Mostrando entradas con la etiqueta Los cuentos del anticuario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los cuentos del anticuario. Mostrar todas las entradas

17 oct 2012

El misterio de la calavera

Bueno os dejo un nuevo relato del anticuario, a quien tenía ganas de rescatar. Un saludo.

(Relato basado en una antigua leyenda celta)
No creo que haga falta que me presente ante mis queridos lectores,  los cuales ya saben de mi, y de mis anteriores relatos, El aprendiz de relojero y el misterio de las dos mujeres.  Pero para aquellos que por primera vez se acerquen a mis historias, les diré que me llamo… bueno que importancia puede tener mi nombre. Lo que puede interesarles es que soy anticuario. Sí, pero no colecciono muebles y objetos antiguos. No. Nada de eso. Mi predilección es, los manuscritos antiguos, en los que se atesora el verdadero conocimiento, se relatan los hechos más insólitos y fascinantes. Poseo un amplio muestrario de las más diversas leyendas e historias fantásticas que jamás nadie haya conocido. Suelo viajar por el continente en busca de ejemplares raros o de los que pocos han oído hablar. La nigromancia, la brujería y los espíritus errantes son mis temas predilectos. Y es uno de éstos el que traigo hoy antes vosotros. Pero antes, permitidme que haga referencia a la manera tan extraordinaria en la que esta historia llegó a mis manos. Ya sé, que es posible que no tenga excesiva importancia pero aun así quiero hacerlo.

Aquella mañana el cielo aparecía cubierto de negros y espesos nubarrones que amenazaban con descargar lluvia en cualquier momento. El viento soplaba fuerte, provocando que las desnudas ramas de los árboles se agitaran como si fueran látigos.  A pesar de ese tiempo tan desapacible, y que invitaba a permanecer en casa, me aventuré a acudir a la biblioteca en busca de un rato de distracción. Busqué entre los escritores del siglo pasado, aquellos que habían cultivado el género gótico. Aquellos que habían llenado páginas con historias de fantasmas y espíritus que caminaban de noche. Cogí un ejemplar que recopilaba varias de estas historias y me senté a leer algunas.

No había acabado de abrir el libro cuando de su interior se deslizaron varias hojas. Intenté devolverlas a su lugar pero pronto de di cuenta que ni encajaban, ni estaban numeradas. Por no menciona que la letra tampoco coincidía. Seguramente alguien se lo dejó olvidado, pensé al momento. Mi curiosidad fue tal que no vacilé en leer las páginas y en sentirme atraído al instante por su título: La leyenda de la calavera.

Ni qué decir tiene que busqué un sillón para acomodarme y proceder a su lectura. He decidido ponerla por escrito para que todos sean testigos de los acontecimientos de aquel año de… en el que dos hombres se encontraban discutiendo acaloradamente:

-Padre, deberíais comprender que…

-No, y no. Ya he comprendido perfectamente tus intenciones.

-¿No pensáis si quiera en recapacitar mi propuesta?

-Es mi última palabra –le dijo con tono desafiante.

-Entonces no me dejáis otra opción, padre.

-¿Piensas marcharte?

-Sí. Deme su bendición.

El padre no pareció conmovido, ni arrepentido por sus palabras y mucho menos por sus intenciones. No bendijo a su hijo como le pedía. Su orgullo se impuso al cariño que le profesaba.

-Cuídese, y que Dios le proteja –le dijo el muchacho antes de abrir la puerta para irse. Lanzó una última mirada a su padre, quien en esos momentos se había vuelto dándole la espalda. Cuando escuchó el sonido de la puerta cerrándose apretó sus dientes y se sentó en su sillón para quedarse mirando las danzarinas llamas del hogar.

Pasado algún tiempo el padre recibió la trágica noticia de la muerte de su hijo. Aquello fue un golpe duro del que pensó que nunca podría salir. Sabía que aquella posibilidad había existido desde el primer momento que abandonó la casa.

-Maldigo el día que te fuiste de casa, hijo. Pero más me maldigo a mi mismo por ser tan terco. Te has marchado a la tumba antes que yo. ¿Acaso es tu castigo por no haberte dado mi bendición?

Con el paso del tiempo, el hombre se volvió más huraño y cascarrabias. La soledad era su única compañera. Una tarde acudió al cementerio al entierro de uno de sus vecinos, con quien parecía haberse llevado bastante bien. Cuando le hubieron dado sepultura, el hombre se quedó mirando la tumba en silencio. Pero entonces algo llamó su atención. Allí. A sus pies había una calavera. La miró con una mezcla de desconfianza y asombro. Pero su sobresalto fue mayor cuando comenzó a mover su mandíbula profiriendo un sonido quejumbroso mientras pronunciaba las siguientes palabras:

-Mañana iré a tu casa a pasar la noche. Después tú mismo vendrás a buscarme.

El viejo se marchó de regreso a su casa atemorizado por lo que acababa de ver y escuchar. Pero, ¿cómo era posible aquella aparición?

-Lo he imaginado, lo he imaginado –se repetía mientras encendía el fuego en el hogar y los nervios se apoderaban de él.

Todavía angustiado por este suceso decidió invitar al cura a pasar la tarde en su casa para preguntarle por los últimos entierros celebrados. Pensó que alguien podría haber removido las tumbas para realizar algún sacrilegio. Pero las palabras del cura no arrojaron luz al misterio de la calavera. 

Esa misma noche se sentó a cenar con su mirada expectante, vigilando cada rincón de la casa por ver qué sucedía. De repente escuchó tres golpes en su puerta,  que lo sobresaltaron. Sin tan siquiera levantarse de la mesa para abrir, la calavera brincó hasta quedar frente a él sobre la mesa.  Permaneció allí hasta que desapareció igual que apareció. El hombre, asustado, decidió seguir las indicaciones de ésta y regresó al cementerio a hacerle compañía. Llegado al éste se encontró con dos desconocidos enzarzados en una pelea. Uno de ellos sostenía una guadaña y el otro una hoz. Éste último se dirigió a él:

-¿Buscas una calavera descarnada?

Tan asustado estaba que no fue capaz de proferir ni una sola palabra. Se limitó a asentir mientras pensaba que no era un sueño, ya que aquellos dos hombres parecían haberla visto también.

-Pues mire en ese campo de ahí al lado –le señaló y volvió a su pelea con el otro desconocido.

Caminó hasta el campo de al lado donde una pareja discutía. Al verlo aparecer la mujer le preguntó:

-¿Buscas la calavera blanca?

Tampoco en esta ocasión fue capaz de responder.

-Creo que marchó al campo de aquí al lado –le dijo antes de regresar a la discusión.

El hombre corrió preso del pánico al lugar que le indicaban. Aquellas personas eran aterradoras. Como si acabaran de abandonar el infierno. Corrió hacia el lugar indicado y encontró una casa. Sin pensarlo dos veces entró para encontrarse con una dama y su criada. La dama parecía estar congelada e intentaba acercarse al fuego para calentarse. Pero, la criada se lo impedía propinándole violentos empujones. La dama se volvió hacia el hombre con el rostro demacrado, la mirada perdida.

-Si buscáis la calavera está en la habitación de al lado.

El hombre no podía soportar por más tiempo aquellas escenas.  Corrió hacia la habitación y cerró la puerta. Al girarse la calavera estaba sobre la mesa y tras él tres bultos deformes que en otro tiempo debieron ser mujeres.

-Mujer, da de cenar a nuestro invitado.

La primera mujer se acercó hasta la mesa y depositó un trozo de pan lleno de moho, y una jarra de agua emponzoñada, que el hombre no tocó.

-Mujer da de cenar a nuestro invitado.

Una segunda forma caminó como un zombi para dejar en la mesa una cena igual o peor que la anterior, que el hombre tampoco tocó.

-Mujer trae la cena de nuestro invitado –dijo la calavera por tercera vez.

En esta ocasión la mujer dispuso una serie de manjares exquisitos de los que el hombre comió. Tras el festín la calavera se dirigió al hombre, quien pese a haber comido muy bien, seguía presa del pánico por lo vivido.

-Voy a explicárte lo que has visto. Los dos primeros hombres, se estaban peleando por sus tierras. Ahora tienen que luchar entre si para siempre. La segunda pelea era la de un matrimonio que solían pelearse a diario. Y la tercera corresponde a una señora que maltrataba al servicio doméstico. Ahora deberá sufrir hasta el día del juicio final. Y por último estas tres mujeres fueron mis tres esposas. La primera me trató mal, la segunda peor, y la última me cuidó hasta el fin de mis días.  Tú, por tu parte, desgraciado no fuiste al funeral de tu propio hijo y sí al de una extraño. Dime, ¿cuánto tiempo crees que ha pasado desde que saliste de casa?

-He salido hoy mismo a buscarte –le respondió titubeando.

-No, nada de eso. Llevas aquí años y ni siquiera te has acercado a la tumba de tu hijo a pedirle perdón. Te daré una última oportunidad para que lo hagas. Ve a la tumba de tu hijo y arrepiéntete ante él para obtener el perdón.

El hombre abandonó a la carrera la casa y buscó la tumba de su hijo. Se arrodilló ante ésta y con lágrimas en los ojos suplicó su perdón. En ese momento, la mano de su hijo salió para estrechar la de su padre y juntos obtener el perdón.

Relato escrito por el Jean Moreau, marqués de La Tour en el año…


Miré quien firmaba el relato y no pude por menos que mostrar mi sorpresa, la cual captó la atención de los que allí leían.

-¡El marqués de La Tour!

Mi buen amigo el marqués de La Tour había redactado aquel relato. Pero, ¿quién se lo habría referido? ¿Dónde lo habría escuchado? Y, ¿qué hacía entre las páginas de un volumen de relatos góticos? Lo cierto era que no dejaba de sorprenderme con sus historias, y con la forma en la que éstas llegaban a mí. Pensé en el protagonista y sonreí.

-Hay que dejar todo bien atado en esta vida –me dije mientras mi mirada se quedaba suspendida en el vacío, y jugueteaba con el manuscrito hallado.

Me incorporé y caminé fuera de la biblioteca pensando en aquellas personas con las que había tenido alguna disputa en los últimos días. Sería conveniente que la próxima vez que las viera, aclaráramos la situación no fuera a ser que al final me viera en el papel del viejo hombre.  

 

27 sept 2011

Rusalki

(Basado en un aleyenda eslava)
Siempre que viajo a Londres con motivo de descansar unos días de mi agitada y estresante agenda me gusta dedicarme a mi hobby favorito, esto es, la de anticuario. Pero para que el lector pueda tener una mejor idea del objeto de esta afición mía le contaré que sólo me interesan los viejos manuscritos. Considero que muchos pensarán que qué tiene de importante un viejo papel apergaminado; pues bien yo se lo explicaré. Los antiguos manuscritos atesoran una incalculable fuente de sabiduría que sólo sus más fervientes seguidores podemos comprender. Sumergirse en su contenido, descifrar claves secretas, viajar a mundos exóticos y lejanos; en definitiva toda una serie de aventuras.
Aquella mañana de comienzos de septiembre el día amaneció despejado sobre la ciudad del Támesis. Algunos tímidos rayos de sol se permitían la licencia de asomar entre las nubes compactas. Inicié mi camino por las atestadas calles y encaminé mis pasos hacia el lugar preferido por excelencia por los anticuarios: la casa de subastas  Christies. No sabía a ciencia cierta si iba a adquirir algún manuscrito aquella mañana, pues desconocía el lote que se iba a subastar. Al llegar a la entrada el portero me saludó inclinando la cabeza, mientras me abría la puerta para poder entrar. Luego, una señorita de uniforme muy amable me tendió el catálogo de objetos que se iba a sacar a subasta. Caminé hasta el salón donde se estaba llevando a cabo una de las pujas programadas para aquel día, y procedí a sentarme tras encontrar un asiento libre. Eché un vistazo a mi alrededor y me percaté de que no había mucha expectación aquella mañana. Esto me indicó que los objetos que iban a mostrarse no deberían tener mucho valor. Comencé a hojear el catálogo sin prestar atención al objeto que en aquellos momentos estaba siendo subastado.
A primera vista el contenido del folleto no despertó mucho interés en mi persona. Decidí echar un segundo vistazo con mayor detenimiento hasta que mis ojos se posaron en algo que captó por entero mi atención. El número doscientos treinta y seis correspondía a un lote formado por un antiguo manuscrito de incalculable valor para mi. El manuscrito Rusalki. De inmediato levanté la vista hacia el subastador para ver qué objeto se encontraba en aquellos momentos en la puja. Por suerte no se trataba de mi deseo de manera que volví al catálogo, y me concentré en la lectura del texto a pie de página que acompañaba a una fotografía a color del texto. Decía así: “Un antiguo manuscrito del siglo... donado por el señor... del cual sólo se sabe que lo adquirió en una subasta, y que pasado un tiempo desapareció. El pergamino fue encontrado en un viejo estudio de la calle Moufetard de París. Su precio de salida es de doscientas libras”. 
El misterioso objeto captó por completo mi atención, y tras comprobar el dinero que podía gastarme decidí concentrarme en la subasta. Pronto salió a puja tan codiciado ejemplar, por el cual confiaba en que nadie pujara. El subastador leyó la descripción que aparecía en la guía, y que yo ya había leído. Sus últimas palabras hacían referencia al precio de salida.
- Se inicia la puja en doscientas libras.
Hubo un momento de silencio e indecisión en la sala en el que todos los presentes nos mirábamos intentando descubrir, si alguno de nosotros tenía interés en aquel viejo papel. Finalmente viendo que nadie parecía mostrar ni el más mínimo me aventuré a levantar mi mano derecha en señal de que aceptaba el precio de salida.
- El caballero ofrece doscientas libras –anunció el subastador señalando en mi dirección. Algunos rostros curiosos se volvieron para comprobar quien había sido,  para posteriormente volver a sus quehaceres particulares. - ¿Alguien da más?.
El silencio continuó lo que favorecía mis expectativas de adquirirlo. El pobre hombre que conducía la subasta intentaba por todos los medios animar la puja, pero no había manera. Nadie parecía mostrar el más mínimo interés por un trozo de papel usado.
- Doscientos a la una.
Mi expectación iba en aumento a medida que se acercaba el final.
- Doscientas a las dos.
Me imaginaba pasando mis manos por el manuscrito, y leyendo su enigmático contenido. El subastador hizo una breve pausa antes de pronunciar la sentencia definitiva que correría el manuscrito. Sin duda buscaba crear algo de expectación esperando que alguien hiciera una contra oferta. Pero nada de eso sucedió, y el escrito cayó en mi poder.
- Doscientas a las tres. Adjudicado al señor del abrigo negro.
Me levanté de inmediato sin poder contener mis nervios, y tras abonar la cantidad acordada por el pergamino lo recibí en mis temblorosas y sudorosas manos fruto de mi excitación por tal acontecimiento. Cuando salí de la casa de subastas Christies lo primero que hice fue dirigirme a un café donde tras acomodarme en una mesa apartada y pedir un té, procedí sin más dilación a la lectura tranquila y pausada del manuscrito Rusalki. Este estaba encuadernado en un libro cuyo lomo era de piel en color oscura, pero bastante desgastado por el paso del tiempo. Baste con señalar que algunas hojas se habían desprendido, y que la cinta de tela roja empleada para marcar la página de lectura se encontraba en un estado deplorable. Roída en su parte inferior. No obstante, el contenido no parecía haberse alterado a simple vista. La letra era bastante gótica con muchos adornos en su parte final. Estaba escrito en una lengua que no era muy común: polaco. Sin embargo, he de decir que mis largos años de investigaciones en países lejanos me han hecho acreedor de un conocimiento en lenguas eslavas, de modo que no tuve grandes problemas para descifrar su contenido el cual pongo ante el público lector.

“Las creencias populares en seres extraños como duendes, trasgos, o genios maléficos se han trasmitido de padres a hijos durante siglos por toda la Europa del este. Cualquier estudioso en el tema corroborará mis palabras. Estas criaturas son en ocasiones maldecidas por ser las causantes de las malas cosechas, las inundaciones, la muerte del ganado o incluso de la misteriosa desaparición de los habitantes de algunas aldeas. Sucedió en el siglo... que un estudiante se adentró en estas regiones para comprobar in situ dichas leyendas. Se sentía tan atraído por este tema que no dudó en pasar sus vacaciones en aquellos recónditos e inhóspitos parajes desolados. Era Semana Santa cuando el joven llegó a Bulgaria, para estudiar a estos personajes tradicionales del folclore local. Tras pasar unos días en la capital, Sofía, decidió marchar por consejo del recepcionista del hotel hacia las montañas, y más en concreto hacia la región de los alrededores de Plovdid. El espeso follaje de sus bosques apenas si permitía al joven estudiante vislumbrar algún vestigio de presencia humana. Finalmente arribó a una pequeña estación de tren algo abandonada, y que parecía extraída de una novela de terror. Se acercó hasta la ventanilla de información donde un aburrido hombre de avanzada edad dormitaba sobre el mostrador. El joven estudiante golpeó tímidamente sobre el cristal intentando  captar la atención de aquel. Tras varias llamadas logró que el desconocido se despertara, lo que pareció no hacerle mucha gracia a juzgar por la mirada que le dedicó al estudiante. Tenía el pelo revuelto y el ceño fruncido. Sus pobladas cejas apenas si permitían verle los ojos. Cogió unas gafas de montura de acero, o más bien de alambre dada la extrema delgadez sus patillas, y se las colocó para poder ver mejor a la causa de su despertar. Se rascó el pelo y después se pasó la mano por el mentón sin afeitar, para posteriormente emitir un sonido parecido a un ¡hola!. Nuestro joven estudiante, que no hablaba el búlgaro, se dirigió a él en un perfecto inglés.
- Disculpe, ¿podría decirme si queda muy lejos el pueblo?
El hombre tardó en reaccionar ante aquella pregunta, parte por su estado aún soñoliento, parte por que aquel chico le hablaba en una lengua y un acento desconocidos. Finalmente logró articular una cadena de palabras que el muchacho logró entender a duras penas, y que le indicaban que ladera arriba lo encontraría. Con esta información partió de la estación el muchacho, mientras el vendedor volvía a recostarse sobre su mesa.
Salió de aquella estación de mala muerte para ponerse en camino, y no hubo de andar mucho, pues pronto encontró un grupo de casas, que deberían ser el pueblo indicado por el vendedor.
La mañana era gris y fría de modo que se abotonó su abrigo e incluso se alzó el cuello, y se echó una bufanda por encima. Cargado con su bolsa de viaje se adentró en el pueblo cruzando sus sinuosas y tortuosas callejuelas sin asfaltar hasta que llegó al centro del mismo, que no era otro que una enorme plaza circular formada por arcos y soportales en los que la gente se agolpaba. Los lugareños lo miraban con cierta curiosidad, pues quedaba claro que no era oriundo de aquella zona. El joven buscó con la mirada un lugar donde alojarse, y tras recorrer toda la plaza vislumbró un letrero algo deslucido en el que pudo leer la palabra “hotel”. Después de echar un vistazo a la fachada, la cual no ofrecía muchas garantías de ser un lugar cómodo y limpio, por las grietas y la suciedad de su entrada se convenció así mismo de que era lo que había y debía decidirse rápido. De modo que tomando aire penetró en aquel oscuro y lóbrego recibidor hasta llegar junto al mostrador de recepción. La madera estaba deslustrada por el paso de los años y no por los clientes, pensó. Había un libro de registros bastante arrugado abierto por la página correspondiente a aquel día. Un lapicero reposaba justo en la mitad. Decidió hacer constar su presencia e hizo sonar un timbre que emitió un sonido estridente. Viendo que no obtenía ninguna respuesta volvió a tocar esta vez con mayor insistencia. Esta vez escuchó el ruido de una puerta en el piso de arriba, al que conducía una escalera de caracol en un rincón, y un posterior ruido de pasos arrastrarse por el suelo. De repente apareció la figura de una mujer de mediana edad de cabellos claros y tez blanca. Al ver que tenía un cliente se apresuró a recomponer su vestimenta y a atusarse el pelo. Al llegar frente al estudiante le obsequió con una sonrisa amigable. El muchacho estudió el rostro de la mujer, que a juzgar por las pocas arrugas que lo surcaban no debía tener muchos años. Sus ojos eran claros como el agua del mar, sus mejillas sonrosadas,  sus labios carnosos...
Se dirigió a él en inglés pues dedujo desde el primer momento que era un extranjero.
-¿Qué desea?
- Busco una habitación para unos cuantos días.
- Entonces está en el lugar adecuado –le respondió mostrándole sus blancos y perfectos dientes.
- Bueno - respondió echando un vistazo alrededor suyo.
- Sólo le costará veinte levs.
El muchacho extrajo de su cartera un billete de veinte y se lo entregó a la mujer, quien se apresuró a guardárselo en el escote ante la atónita mirada del joven.
- Por cierto, ¿puedo preguntarle qué le trae por estos lugares tan apartados?
- Ando recabando información sobre las leyendas que circulan en estos lugares.
- ¿Leyendas? Yo no me atrevería a calificarlas como tales. Las historias que se cuentan son tan reales como la vida misma.
- ¿Usted cree en espíritus, y genios maléficos?
- ¿Usted no? –le preguntó con perspicacia la mujer.
- No. La verdad es que me parecen cuentos e historias propicias para contar en las tardes de invierno al calor de las brasas de la chimenea.
- Yo de usted creería más en ellas.
El joven estudiante esbozó una sonrisa que parecía estar burlándose de ella, pero la mujer no le hizo caso. Siguió con lo suyo tras indicarle cual era su habitación. Se volvió hacia él y le dijo en tono de advertencia.
- Tenga cuidado si se adentra en el bosque de Perak.
-¿Por qué? –preguntó el muchacho encogiéndose de hombros.
- Rusalki –fue la palabra que pronunció antes de dejarlo sólo con gesto pensativo.


Aquella misma tarde el joven estudiante comenzó su labor investigadora. Paseó por la plaza y los alrededores del pueblo y sintió curiosidad por saber donde quedaba el bosque de Perak. Alguien se lo indicó mostrando cierto temor en su rostro al escucharle pronunciar aquel nombre.
- ¡Rusalki! –exclamó huyendo del lado del estudiante.
- Es la segunda vez que escucho esa palabra –murmuró el muchacho.- ¿A qué se referirán?
Aquel misterioso comportamiento hirió su orgullo y decidido a averiguar que se escondía detrás de aquella misteriosa palabra, que hacía a los lugareños estremecerse, se adentró en el bosque de Perak.
El bosque no tenía nada en particular que llamase su atención salvo que era frondoso. Iba caminando por un estrecho camino de tierra cuando de repente escuchó la dulce voz de una muchacha. Apretó el paso para ver de quien se trataba, y al llegar a un pequeño claro la vio con sus propios ojos. No era una, sino tres muchachas las que cantaban mientras lavaban sus prendas en un pequeño arroyo. Después, una de ellas se encargaba de tenderlas en los árboles para su secado.   Al ver al muchacho acercarse detuvieron su labor y se quedaron mirándolo. Sus rostros angelicales de piel blanca y suave irradiaban una belleza que el muchacho jamás había visto antes. Sus cabellos claros y largos se ondeaban al viento al mismo tiempo que los pliegues de sus vestidos. Le llamó la atención que estuvieran descalzas con el frío que hacía. Con paso lento e inseguro se acercó hasta ellas atraído como Ulises por las sirenas. Cuanto más cerca estaba de ellas, más quería aproximarse. Había algo en aquellas tres muchachas que lo empujaba sin poder evitarlo. Una de ellas se dirigió a él con voz dulce. Una voz que acariciaba los oídos del muchacho como una suave música.
- ¿Quieres que te lavemos alguna prenda?
Aquella pregunta desconcertó al muchacho que no sabía de qué le hablaban. Cuando despertó del sueño en el que se había sumergido asintió dándoles un pequeño pañuelo que llevaba en su bolsillo. La muchacha se acercó al arroyo y lo sumergió en este para después de haberlo lavado tenderlo al viento con el fin de que se aireara.  El muchacho mientras tanto las contemplaba  ensimismado sin poder apartarse de ellas. Una de las bellas muchachas que había concluido su tarea se acercó hasta él con los brazos tendidos como si quisiera acogerlo en su pecho, pero el muchacho receloso de sus intenciones se apartó hacia atrás, lo cual disgustó en gran medida a la muchacha.
- No temas querido. No voy a comerte –le dijo esbozando una sonrisa irónica.
-Sólo queremos que descanses un rato junto a nosotras aquí –le dijo la tercera.
El muchacho parecía casi convencido, pero no fue hasta que la tercera, la que le había lavado el pañuelo, le lanzó una mirada llena de picardía que este se acercó a ellas.
- Está bien, pero sólo hasta que mi pañuelo esté completamente seco –les dijo.
- Por eso no debes preocuparte –le dijo la muchacha mientras pasaba su mano por la mejilla del muchacho haciendo que este se convenciera más de sus intenciones.
- Por cierto, no sabréis vosotras que significa la palabra Rusalki –le preguntó a las tres muchachas que se miraron entre sí y sonrieron. Después acogieron al chico junto al árbol cerca del arroyo.

“Durante varios días la dueña del hotel no volvió a saber nada del estudiante lo cual le extrañó. Preguntó a algunos aldeanos si lo habían visto, o si sabían donde se encontraba. Por todas partes recibió la misma respuesta. Nadie lo había vuelto a ver desde aquella tarde en que recién llegado al pueblo se marchó al bosque de Perak. Armándose de valor, la mujer decidió aventurarse en tan fatídico bosque por ver si lo encontraba. Caminó por el mismo sendero que en su día había recorrido el muchacho, y llegó junto al arroyo. De repente un grito se escapó de su boca. Un grito que se dejó oír en todo el bosque. La mujer entró en un ataque de nervios del cual dicen que no se ha recuperado. La pobre volvió al pueblo caminando a duras penas con una expresión de horror en el rostro que nadie se atrevía a describir. Sus ojos abiertos hasta el extremo que parecía como si estos fueran a salirse de sus cuencas. La boca desencajada por la que se le escapaban continuos gritos y palabras sin sentido. Los que la vieron y estuvieron cerca de ella hasta que se la llevaron al manicomio sólo escuchaban decir una palabra: Rusalki.
Cuando la policía se adentró en el bosque y llegaron al lugar de los hechos comprendieron el estado en el que había quedado la mujer. Allí, apoyado sobre el árbol se encontraba el cuerpo del que en su día había sido un joven fuerte y atlético. Estaba muerto. Lo único que pudo encontrar la policía fue un pañuelo de color blanco tendido sobre una rama. Estaba seco. Nunca pudieron saberse las causas de aquella misteriosa muerte, aunque los más supersticiosos del lugar se aventuraron a explicar que aquello era obra de las Rusalki. Cuando unos de los policías le preguntó qué demonios significaba aquello el hombre se lo explicó:
- Las Rusalki son los espíritus de las jóvenes que se han ahogado en el río. Acogen a los hombres en su seno atrayéndolos con su belleza y sus canciones. Una vez que caen en sus redes no pueden escapar.
- ¿Y el pañuelo? ¿Tiene también algún significado?
- ¡Oh! Ya creo que lo tiene. Las Rusalki piden una prenda a los viajeros para que se la laven. Pero si una vez lavada el viajero se la lleva ellas se llevarán su alma al infierno.
El policía no quedó del todo convencido, pues no creía demasiado en las historias de aquel anciano que los miraba y sonreía. Las causas de la muerte nunca llegaron a determinarse. Por otra parte, la dueña del hotel vivió en el manicomio hasta sus últimos días. En todo ese tiempo permaneció en un rincón con las rodillas apretadas contra su pecho y murmurando una sola palabra: Rusalki”.

Aquí termina la historia del manuscrito. Muchos de los que lo lean dirán que todo esto es un invento; otros dirán que puede ser verdad; y por último estarán los que lo crean a pies juntillas.  Pero lo que si les diré es que yo de ustedes tendría cuidado si un día caminando por el campo, o cruzando un bosque una atractiva muchacha les pide una prenda para lavarla en el río. Y mucho menos si después de ello les invita a pasar la tarde con ella junto a un árbol mientras su prenda se seca al sol.

28 ago 2011

El misterio de las dos mujeres



El día había amanecido como los anteriores. El otoño había hecho acto de aparición en la capital a comienzos del mes de septiembre; algo más temprano que en otros años. Pero éste, parecía tener especial interés en asentarse cuanto antes. Una fina lluvia caía sesgada sobre los cristales del ventanal al que estaba asomado en esos mismos instantes. El cielo aparecía cubierto de nubes que alternaban el gris oscuro con el negro. Estaba claro que por mucho que deseara que el tiempo cambiara mis deseos no se verían cumplidos; de manera que tendría que pasar el día en casa. Por otra parte no me importaba ya que de este modo dispondría del tiempo necesario para ordenar el contenido de un viejo arcón, que había adquirido recientemente en una de las numerosas subastas de Sotheby’s. Como ya saben mis queridos lectores por mi anterior aventura, soy anticuario. Pero no coleccionó toda clase de trastos, si no que mi interés se centra única y exclusivamente en los viejos manuscritos. De este modo he logrado hacerme con una biblioteca de considerable mención.
            Decidido pues a permanecer en mi biblioteca durante gran parte del día, me acerqué hasta el gran arcón de madera deslustrada en los bordes. Tenía forma rectangular. Estaba todo hecho en madera a excepción de los cierres de metal; algunos de los cuales contenían restos de herrumbre. Lo contemplé durante algunos instantes con gesto pensativo desde mi posición antes de inclinarme sobre él para abrirlo. Por supuesto el subastador me había hecho entrega de las llaves que lo abrían. Así que recogí el manojo de éstas que había depositado sobre la mesita auxiliar junto al viejo arcón, y procedí a abrirlo. El sonido metálico al introducir la llave en la cerradura me sobresaltó. Un chirrido estridente semejante a un gato al que se le pisa por error la cola. Después procedí a levantar la tapa para desvelar su contenido, y que no era otro que legajos antiguos sin valor para muchos, pero de incalculable para mi.
            Había cientos de papeles atados con cintas de diversos colores. Algunos encuadernados, pero cuyas pastas ya mostraban el deterioro del paso de los años. Estaban deslucidos en los bordes. Tomé uno al azar y lo abrí con extremo cuidado temiendo que pudiera desintegrarse debido al estado en el que se encontraba. Era un pequeño legajo atado con una cinta de color azul oscuro. Lo sostuve en mis manos observándolo. No tenía título alguno, ni mucho menos el nombre del autor. De este modo desaté con sumo cuidado la cinta, que al momento se rompió debido a su estado de conservación. En un segundo pergamino había garabateadas varias letras, y un escudo de armas impreso en éste.

“Este libro pertenece a la colección privada del marqués de LaTour. París, 1750”

           De inmediato mis ojos se abrieron como platos al leer el nombre del célebre marqués cuya gran parte de su vida se dedicó a recopilar historias y leyendas. Me incorporé desde la posición en la que estaba, y caminé hasta la estantería que tenía detrás de mi. Paseé mis dedos por entre los volúmenes allí alojados. Sabía que poseía alguna historia de este célebre compilador.
          - Sí –exclamé cuando di con ella. Tomé en mis manos un segundo legajo con una amplia sonrisa de satisfacción. Caminé de vuelta hacia mi mesa y me senté detrás de ella. Antes, encendí la chimenea, ya que la habitación comenzaba a quedarse fría.
           Deposité con sumo cuidado ambos legajos sobre la mesa. Estaba ansioso por comprobar que no eran iguales, lo cual supondría una terrible decepción. Aún recordaba la aventura titulada El aprendiz de relojero, y que fue el primer vestigio escrito de este marqués de LaTour, y del cual modestamente me hago autor de su publicación; pero, dejar sin sacar a la luz sus historias, me ha parecido siempre un sacrilegio. Mi emoción fue aumentando a medida que descubría que disponía de un nuevo manuscrito suyo. Me dispuse a entregarme a su lectura cuando la puerta de la biblioteca se abrió para dejar paso a Clifford, mi ayudante, con el desayuno. Levanté la mirada del manuscrito hacia él y exclamé lleno de regocijo:
           - Clifford, adivine usted quien ha tenido la gentileza de introducir un manuscrito suyo en ese viejo arcón.
            Clifford me miró sin comprender nada en un principio, pero al ver mi cara de felicidad, y como agitaba en alto el legajo se aventuró a dar un pronóstico.
            - A juzgar por su estado de nervios y satisfacción sólo puede tratarse de LaTour.
            - Exacto mi buen amigo. Y para mayor satisfacción veo que es distinto al que poseo –comenté comprobando su título.- ¿No te apetece sentarse junto al fuego a escucharlo?. Hoy no tenemos nada que hacer. Parece que el día se ha puesto de nuestra parte, Clifford. Siéntate. Te lo ruego –le dije indicándole un butacón aterciopelado junto al fuego.
            Clifford se mostró bastante dispuesto a ello, y tras ir a buscar otra taza se sirvió un té y se sentó a escucharme.
            - Se titula Las dos mujeres y parece estar ambientado en Europa. Me pregunto cómo ha podido recopilar todas estas historias –le comenté a Clifford mirándolo fijamente.
            - Seguramente al igual que usted. Invirtiendo tiempo y dinero en ello.
           - Sí, seguramente. Pero, escucha, escucha. En el año... . Vaya como siempre no da la fecha en la que esta historia está basada –dije lamentando tal hecho.- en la localidad de Granviers cuando un hombre...

“...caminaba con paso cansino por las estrechas callejuelas de esta localidad. Iba vestido de negro de la cabeza a los pies, salvo por las medias blancas que contrastaban notablemente con el resto de su atuendo. Anochecía a esas horas cuando el misterioso hombre se adentró por el camino que pasaba justo al lado del cementerio. El ulular de las lechuzas y el viento silbando entre los cipreses eran los únicos sonidos que se escuchaban. El hombre apretó el paso al percatarse de la proximidad del camposanto e iba a dejarlo atrás cuando se percató de la presencia de dos mujeres junto a dos tumbas. Se quedó paralizado por aquella visión. ¿Qué estarían haciendo a estas horas tan intempestivas de la noche?. No sabía porqué motivo se quedó allí observándolas hasta que una de ellas levantó la cabeza y lo descubrió. Para su mayor sorpresa el hombre no se sobresaltó, sino que sintió que una extrema tranquilidad invadía su cuerpo al sentir los ojos claros de aquella mujer. Brillaban con tal intensidad que podrían competir con las propias estrellas. Al instante sintió también la mirada de la segunda mujer. Y al igual que con la primera, experimentó una paz y una calma sin explicación.
           Las dos mujeres caminaban en esos momentos hacia él. Pero al hombre le parecía que flotaran, y que sus pies a penas si rozaban el suelo. Hizo ademán de marcharse de allí cuanto antes cuando escuchó la voz de una de ellas que lo llamaba.
            - Espera buen hombre. ¿Nos acompañarías a casa? Es muy tarde y por estos caminos...
        En ese preciso instante su voz le pareció que lo sumía en un estado de embriaguez que le impedía hablar. Iba a responder pero su lengua se le trabó. Sentía la boca seca ante la proximidad de aquellos dos mujeres de exquisita belleza. Ambas iban vestidas es tonos oscuros que contrastaban con sus cabellos rubios y sus ojos claros. Sonrieron amablemente al hombre y tras situarse una cada lado de él emprendieron el camino hacia el pueblo.
            - ¿Viven lejos? –les preguntó pasado el primer momento de nervios.
            - A escasos metros.
            - ¿Puedo preguntarles que hacían a estas horas en este lugar?.
            - Visitando a los que ya no están.
            - ¿Y usted?.
            - Voy de camino a mi casa.
         - No le entretendremos demasiado –le dijo una de ellas mientras llegaban a una casa de dos plantas de aspecto señorial.
            Empujaron la puerta que dio paso a un patio interior. La oscuridad de la noche no le permitía contemplar con claridad la decoración, pero intuyó que había una fuente colocado en mitad del patio. Luego fue conducido por unas escaleras hacia el piso superior que daba paso a la vivienda propiamente dicha.
            El hombre fue conducido hacia un salón iluminado por la luz que arrojaban decenas de velas, aunque no las suficientes como para poder ver mejor el mobiliario.
            - Ya que ha sido usted tan amable nos gustaría que tomara una taza de té con nosotras.
       - Bueno... verán... son ustedes muy amables ... pero debo marcharme cuanto antes –dijo el hombre a modo de disculpa.
         - Sólo serán unos instantes. Podrá marcharse cuando tome el té –insistió una de las dos mujeres.
            El hombre accedió finalmente ante la insistencia de ambas mujeres y se sentó más por miedo a lo que le pudiera pasar, que por ser galante.
            - Nunca las había visto por aquí –comentó intentando entablar una conversación.
        - Mi hermana, Beatriz y yo hemos faltado desde hace algún tiempo, ¿verdad?-comentó una mirando a la otra.
            - Es cierto. Hace tiempo que nos marchamos ya, pero hoy hemos vuelto a rezar por los que ya no están.
            - ¿Parientes suyos?.
            - Oh, sí ya lo creo. Parientes muy cercanos.
            El hombre sacó una cajita de rape y tras ofrecer a ambas mujeres, que lo rechazaron, tomó un poco para él. Luego, dejó la cajita sobre la mesa y apuró el té.
         Permaneció un poco más de tiempo en compañía de las dos mujeres, hasta que finalmente se despidió. Volvió a recorrer el camino junto al cementerio hacia  su  casa. Al llegar se dirigió al salón donde se sirvió una copa de brandy que bebió de un solo trago. Estaba temblando por la situación vivida. Buscó la cajita de rape para tomar un poco pero para su sorpresa no la encontró en ninguno de sus bolsillos. De repente cayó en la cuenta de que al ofrecerles a las dos mujeres, no se había acordado de recogerla.
- Es muy tarde para volver. Mañana en la mañana pasaré por ella –se dijo mientras se desvestía para dormir.


Tras una noche agitada por extraños sueños el hombre se despertó. A penas si recordaba lo que había soñado. Pero lo que sí se mantenía fresco en su mente era la aventura vivida en compañía de las dos mujeres. Recordó que debía pasar a recuperar su cajita de rapé. Y con esa determinación se levantó temprano. Salió de su casa y tomó el camino hacia la casa de ambas mujeres. Al pasar por delante del cementerio giró su rostro hacia éste como si las  buscara con la mirada a ambas. Pero no las encontró. Si encontró la casa. Pero para su sorpresa no tenía el aspecto de la noche anterior. Parecía abandonada. Su aspecto era lúgubre y deprimente. Iba a empujar la puerta cuando escuchó la voz de una anciana a su espalda.
            - ¿Qué buscáis en esa casa, señor?
            - Vengo a visitar a las dos damas que habitan en ella –le respondió muy resuelto.
            - ¿Las dos damas? ¿Qué dos damas? –le preguntó la mujer extrañada.
            - Anoche estuve aquí en compañía de dos damas. Recuerdo que una se llamaba Beatriz.
            La anciana mudó el color de su rostro al escuchar aquel nombre.
            - ¿Beatriz?
            - Sí, lo que no recuerdo es el nombre de la otra. Eran de enorme belleza ambas.
            - Sí. Lo eran. Beatriz y Michelle –dijo la anciana.
            - ¿Las conocéis?.
            - Sí. Las conocí.
            - ¿Por qué os referís a ellas en pasado.  Están aquí –le dijo señalando a la casa.
            - Pero, ¿de dónde demonios habéis salido buen hombre?. Beatriz y su hermana murieron hace cinco años. Los mismo que lleva la casa abandonada.
            - ¡Imposible! –exclamó el hombre.
          - Entrad y comprobarlo vos mismo. Y después id al cementerio y mirad sus tumbas –le dijo la anciana alejándose de él.
        El hombre no quiso creerla y se adentró en la casa. El patio estaba cubierto por infinidad de hojas secas. La fuente no tenía agua y daba la impresión de llevar bastante tiempo en ese estado. Las ventanas estaba rotas en su mayoría, y las escaleras que conducían al piso superior estaban algo desvencijadas. Al llegar frente a la puerta vio que estaba entornada. El hombre la empujo para adentrarse en una profunda oscuridad salpicada por los haces de luz que penetraban por las ventanas. Caminó con paso lento. Todo a su alrededor estaba cubierto de polvo y telarañas. Estaba abandonado. Se adentró en el salón en el que habían tomado el té. Al ver el juego de porcelana sobre la mesa se sobresaltó. El corazón le dio un vuelco. Pero lo que más le aterrorizó fue descubrir su cajita de rape. La tomó entre sus temblorosas manos. Estaba fría. Limpió la capa de polvo que cubría la tapa y cuando sus ojos se posaron sobre ésta un grito salió de su garganta. Al momento arrojó la cajita sobre la mesa como si le hubiera quemado. Tras unos segundos de incertidumbre la tomó de nuevo no queriendo creer lo que había visto grabado sobre ella.

                                               Beatriz y Michelle

Salió corriendo de aquella casa como alma que lleva el diablo. Se dirigió al cementerio para localizar sus tumbas. Estaban en el mismo lugar en el que había visto a ambas mujeres la noche pasada. Sintió como se le erizaba la piel por el pavor que sentía. Y cuando se inclinó para leer las inscripciones sobre las lápidas creyó morirse. Y allí al pie de ambas. Un par de rosas rojas frescas. Se volvió intentando encontrar a la persona que había dejado las flores; pero no encontró a nadie. Cogió la cajita de rape y la depositó allí antes de marcharse.”

      
Dejé los legajos de la historia sobre la mesa mientras en mi cabeza bullía un sola idea. Clifford me miraba en silencio esperando mi reacción.
            - Intrigante –murmuré mientras juntaba mis manos a la altura de mi boca.
            - Misterioso –apuntó Clifford.
            - ¿Crees que lo soñó? –le pregunté volviendo mi mirada hacia él.
          - Es el gran dilema de siempre señor. Los sueños se mezclan con la realidad hasta el punto de que muchas veces no sabemos lo que es una cosa y la otra.
            - Como en el caso de la Aventura del estudiante alemán de Irving.
         - Como en es ese caso y otros muchos., señor Y ahora si me permite debo retirarme a mis asuntos –me dijo levantándose del sillón para abandonar la biblioteca mientras yo seguía sumido en mis pensamientos.
            Recogí el legajo de LaTour y lo coloqué junto al otro que poseía para posteriormente volverme a adentrarme en los misterios que ocultaba aquel viejo arcón. 

(Literatura Virtual, Méjico, 2008)

22 ago 2011

El aprendiz de relojero

No voy a contarles como llegaron a mi los papeles manuscritos del célebre anticuario y escritor LaTour,  ya que estas cosas suceden de muchas maneras, sino más bien, lo que éstos contienen. Lo que si es cierto es que dicho legajo estuvo a punto de correr una suerte diferente a la que finalmente tuvo. Por lo que respecta a la autenticidad o no de los hechos que a continuación voy a relatar sucedieron tal y como aparecen reflejados y que comienzan en una otoñal mañana en una pequeña aldea en la que vivía un experto relojero junto a su hija.

Era una muchacha muy hermosa a la cual no le faltaban pretendientes cada día en su puerta. Su padre, experto relojero y viudo desde hacía ya bastantes años, se mostraba en cierto modo preocupado puesto que temía que Berta, que era como se llamaba su hija, se quedara sola en el mundo cuando él ya no estuviera. Día a día sentía como las fuerzas le abandonaban y veía cerca su fin. Es por ello que había decidido transmitir sus conocimientos acerca del funcionamiento de la maquinaria de los relojes, y en concreto el que poseía el rey en su palacio. Cada vez que aquel se estropeaba el rey mandaba llamarlo para que lo reparara, pues solamente él conocía como estaba fabricado.
            Un día llegó a la aldea un joven de aspecto humilde vestido con ropas algo gastadas y envuelto en una capa azul. Llegaba en busca del relojero, pues había oído decir que era el mejor del país. Decido a perfeccionar el oficio emprendió camino hasta donde vivía. Al verlo el relojero le preguntó que quería.
            - He oído decir que sois el mejor relojero del país.
            - Bueno, sí... eso cuentan, pero ¿qué deseas? –respondió sin darle importancia el hombre.
            - Quiero perfeccionar mis conocimientos –respondió el muchacho.
            - Lo cierto es que no enseño a cualquiera. Este es un trabajo que requiere mucha dedicación y precisión.
            -Ya la poseo.
            - ¿Entonces, sabes algo de relojes?.
        - En la ciudad de la que vengo hay algunos talleres en los que he aprendido. Pero se han quedado pequeños para mis ganas de prosperar. Algunos de los relojeros que allí viven no son capaces de reparar cierta clase de relojes, los más antiguos. Dicen que cuanto más antiguo es el reloj más complicada es su reparación, ¿es eso cierto?
            - Ya lo creo –respondió el relojero mirando al muchacho por encima de sus gafas.- Por cierto, ¿cuál es tu nombre, muchacho?.
            - Me llamo Karl.
            - Y dime Karl, ¿tienes dinero para pagarme las clases?
            - Si señor, tengo aquí todos mis ahorros –respondió mostrando una pequeña bolsa de cuero.
- Sabes, no acepto gente así, de buenas a primeras. Deberás mostrar tu valía –comentó enarcando las cejas.
- ¿Qué tengo que hacer? –preguntó impaciente el muchacho.
- Por lo pronto, quítate la capa esa que llevas puesta y acércate.
El muchacho obedeció las órdenes, y se aproximó hasta la mesa de trabajo sobre la cual se encontraba apoyado el relojero. Sobre ella estaba expuesto el mecanismo de un reloj de pared bastante antiguo.
- Escucha bien, este reloj pertenece a una persona muy importante de la aldea. ¿Sabes a lo que me refiero? –le comentó con gesto serio.
El muchacho asintió algo nervioso.
- Pues bien, quiero que le eches un vistazo y lo arregles mientras yo voy a buscar a mi hija. Ten mucho cuidado, pues ese reloj significa mucho para su dueño.
- Si señor, la tendré.
- De este modo veremos si es cierto que puedes servirme como ayudante.
El relojero se marchó dejando a Karl solo en el taller dando vueltas y vueltas alrededor de la mesa escudriñando el reloj desde todos los ángulos para ver que le ocurría.
            Transcurrida una media hora el relojero volvió al taller y se encontró al muchacho sentado en un rincón con los brazos cruzados sobre el pecho.
            - ¿Qué haces ahí? –le preguntó Fausto, que así se llamaba el relojero,   extrañado por no verlo trabajando en el reloj que le había encargado.
            - Ya he terminado con el reloj –respondió mientras se incorporaba de la silla y avanzaba hacia la mesa sobre la que se encontraba funcionando el viejo reloj.
            Fausto no daba crédito a sus ojos.  Berta, su hija, entró en el taller para conocer al joven y se dio cuenta de que el viejo reloj funcionaba.
            - Por fin lo ha arreglado padre. El reloj del abuelo.
            - Yo...yo no he sido, hija mía. Ha sido él –respondió señalando con su mano hacia Karl, quien no apartaba la vista de Berta. Qué muchacha más hermosa y dulce, pensó nada más verla. Tendió su mano para estrechar la de la joven muchacha y el simple roce de ambas hizo que lo dos sintieran lo mismo.
            - Si has conseguido arreglar el viejo reloj del abuelo, es que debes de ser un maestro relojero muy famoso –comentó Berta ruborizándose por la forma en la que la miraba el muchacho.
            - Nada de eso, señorita. No soy más que un simple aprendiz cuya máxima ilusión sería aprender de vuestro padre, el afamado relojero de la región.
            - Ejemm, bueno –interrumpió Fausto a los dos jóvenes que continuaban mirándose el uno al otro como dos enamorados.- Creo que... en fin te has ganado el derecho a quedarte en mi taller. No me vendría mal un poco de ayuda.
            De esta manera el joven Karl pasó a ser el aprendiz del más famoso relojero de la región. Y durante todo este tiempo la relación entre él y Berta se fue haciendo cada vez más especial. Fausto, aprobaba dicha relación pues consideraba a Karl como un hombre de provecho. Pero sobre todo veía que a su hija se le iluminaba el rostro cada vez que el joven se le acercaba.
            Sin embargo, pronto hubieron de separarse. Fausto le aconsejó a su aprendiz que debería marcharse de la aldea y poner en práctica todos sus conocimientos. Así, el día de la despedida llegó. Karl emprendió un viaje sin destino fijo pero que le llevaría por las ciudades y aldeas más recónditas del país con el firme propósito de demostrar su valía como relojero. Los años transcurrieron y el buen nombre de Karl comenzó a dejarse oír en todas partes. Pero mientras nuestro aprendiz dejaba de serlo para convertirse en un profesional, Fausto fallecía dejando sola a Berta con el taller y la casa.
            Por aquel entonces no le faltaron pretendientes a la joven huérfana. Pero ella los rechazaba aguardando el regreso de Karl.
            Sucedió entonces que Berta decidió poner a prueba a sus pretendientes. Berta, cogió el reloj de su abuelo y lo desmontó pues ella también poseía algunos conocimientos sobre los relojes.  Aquel que lograra volverlo a poner en funcionamiento sería el que obtendría su mano. La proposición llegó a todos los lugares del país, e incluso traspasó sus fronteras y jóvenes llegados de todas partes acudieron a probar fortuna. Pero ninguno logró superar la prueba. Muchos la consideraban imposible de llevar a cabo y acusaban a la muchacha de haberla elegido con el firme propósito de que nadie lograra superarla.
            - Sí puede hacerse.
            - ¿Ah sí? –exclamó un pretendiente.- No me digas.
            - En una ocasión un joven aprendiz de relojero consiguió reparar este viejo reloj.
            - Bueno, ¿y dónde está? –preguntó otro pretendiente.
           - No lo sé –respondió en voz baja.- Ojalá regresara, pero sin duda ahora se habrá convertido en un hombre rico y no se acordará de mi.
            Los días pasaban y nadie lograba reparar el viejo reloj de pared. Una mañana un hombre vestido con ropas andrajosas apareció en el pueblo. Venía montado sobre un caballo algo escuálido. Se detuvo en las cuadras y preguntó por el relojero Fausto. Pronto se enteró de que aquel había fallecido hacía unos cuantos años.
            - ¿Y la muchacha?
            - Vive sola desde entonces.
            - ¿No se ha casado? –preguntó el extraño con un interés inusitado.
            - No. Aquel que quiera su mano debe superar una prueba –le informó el dueño de las cuadras.
            - ¿Qué prueba?
            - Debe reparar un viejo reloj destartalado.
            El hombre permaneció en silencio sin decir una sola palabra.
            - ¿No querrás probar fortuna? –le preguntó extrañado.
            - ¿Por que no?
            - Hombre, si me permites te diré que no tienes aspecto de entender de relojes. Han venido los mejores de todo el país, pero ninguno lo ha conseguido.
            El pobre sonrió pero no dijo nada.
            - Y dime, ¿dónde queda la casa de la muchacha?
            - Siguiendo el camino. Ves, -le dijo señalando con su mano- aquella que sobresale por encima de las demás. Pero, ¿de verdad vas a intentarlo?
El extraño se despidió del hombre y caminó en dirección a la casa que le había indicado. Al llegar a la puerta vio a una hermosa muchacha que lo miraba con gesto extraño.
- Dime extranjero, ¿de dónde vienes?
- Del otro lado de las montañas.
- ¿Más allá de la frontera?
El extraño asintió sin decir una sola palabra.
- Tal vez hayas oído hablar de un famoso relojero,..
- ¿Cuál es su nombre?
- Se llama Karl.
- ¡Oh sí!, he oído hablar de él.
- ¿Y que dicen? –preguntó la muchacha embargada por la emoción de haber encontrado a alguien que pudiera darle noticias de su joven aprendiz.
- Qué es sin duda uno de los mejores maestros relojeros del mundo. ¿Por cierto, me han dicho que quien quiera casarse contigo debe superar una prueba?
La muchacha lo miró contrariada pues no esperaba que aquel extraño andrajoso pudiera realizarla.
- Sí, así es. Se trata de montar y hacer funcionar un viejo reloj de pared.
- ¿Puedo probar fortuna?
- Bueno, si así lo deseas –respondió Berta encogiéndose de hombros.
La noticia corrió como un reguero de pólvora por la aldea y pronto una multitud de curiosos se apostaba en el taller del que fuera el mejor relojero de la región. Todos miraban contrariados a aquella extraña figura encorvada sobre la mesa de trabajo, pues no parecía que tuviera mucha idea de reparar relojes. Sus manos parecían torpes, hasta el punto de no saber como agarrar las herramientas lo cual producía risa entre los curiosos.
- Vete a tu casa piojoso. No ves que no tienes ni idea –le gritaba alguno.
- Vuélvete al lugar de donde has salido –le decía otro.
De pronto, harto tal vez de los insultos, las manos cobraron una agilidad y una destreza jamás vista. Los que antes lo habían insultado ahora permanecían con la boca abierta o mudos de asombro. Berta, la hija del relojero, no podía dar crédito a sus ojos. El extraño había montado el reloj y lo había hecho funcionar ante el asombro de todos los presentes. Había superado la prueba. Pero, ¿quién era aquel pordiosero?
- Sólo una persona habría sido capaz de montarlo y hacerlo funcionar –comentó Berta acercándose al extraño y retirando la capucha que le cubría. Su rostro ennegrecido y pelo graso ocultaba al verdadero aprendiz. Berta le ordenó que se lavase en el cubo que allí había y para asombro de todos el pordiosero resultó ser un joven atractivo.- ¡Karl! –exclamó la muchacha mientras se arrojaba en sus brazos orgullosa del joven aprendiz de relojero.
Sí, Karl, el aprendiz de relojero. Aquel muchacho que había reparado el reloj en una ocasión lo había vuelto a hacer.
- Perdona por no haberte reconocido –se disculpó Berta.
- Supe hace tiempo que tu padre había fallecido. La noticia me llenó de tristeza. Después me enteré de la prueba que tenía que pasar aquel que quisiera casarse contigo, y como sabía que nadie podía repararlo me hice pasar por un pobre mendigo para volver a verte. Siento haberte gastado esta broma.
- Pero, ¿por qué?
- Antes de darme a conocer quería saber si aún te acordabas de mi.
- Pues claro que sí. Desde el día en que marchaste, rogaba para que regresaras. 
- Bueno, pues ya estoy aquí y no pienso marcharme nunca más.
Desde aquel día el aprendiz de relojero ocupó el taller de su antiguo maestro y pronto fue mandado llamar a la corte donde el rey le encargó que le fabricara un reloj como regalo de bodas para su hijo. Fue tal la sensación que causó el reloj en la corte que el joven Karl pasó a ser relojero oficial del país y el encargado de reparar el reloj del rey.  


Deposité con sumo cuidado el legajo sobre la mesa y lo observé durante algunos momentos. Tal vez los lectores no consideren el relato como una gran historia, pero el valor sentimental que representa lo suple. Llevaba amucho tiempo detrás de las historias del marqués de La Tour, y apara mi encontrar su primera obra fue todo una proeza. Confío en que la próxima vez el marqués o un humilde servidor, sepan transmitir logren cautivarlos. 
(Relato publicado en la revista Literatura Virtual, Méjico, Enero 2006)