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3 oct 2011

Thomas Rymer

Aquel mediodía de comienzos de primavera en la costa de Fife, el cielo aparecía despejado de nubes y un sol brillante trazaba un sendero luminoso a través del valle. Salí de casa después de almorzar para dar un paseo por los acantilados y escuchar al mar rompiendo con furia sobre las rocas. Me asomé un poco para ver dicha estampa, siempre tomando precaución de no caer, y vi como el agua dejaba un rastro de espuma blanca tras el anterior golpe. Durante segundos permanecí quieto observando las embestidas de las olas hasta que consideré que era el momento de emprender mi paseo. Tomé la dirección que se alejaba un poco del pueblo de Fife y me adentré en el bosque. Pretendía disfrutar de aquella hermosa tarde, y a fe que lo iba a hacer. No había caminado demasiado cuando percibí la figura de una persona sentada sobre el verde musgo, y cuya espalda reposaba sobre el tronco de majestuoso árbol. Entrecerré mis ojos para intentar vislumbrar algún gesto o rasgo que me resultara familiar en particular. Y cuando a penas estuve a escasos diez pasos sonreí al ver que se trataba del famoso farero de Fife, el señor Jarvis. Al verme levantó la mano, en la que sostenía su vieja y deslustrada pipa de madera, haciéndome señales para que acudiera junto a él. Encantado por esta invitación me dirigí hacia él. ¿Qué estaba haciendo allí tan temprano? ¿Tal vez buscando la inspiración para su próximo relato?
- Buenos tardes señor Jarvis –le dije cuando llegué a su altura.
- También lo sean para usted, señor... –Jarvis dejó en suspenso la continuación de su comentario pues creo que desconocía mi nombre.
- Thompson. Robert Thompson –le dije solicito mientras tendía mi mano para estrecharle la suya.
Jarvis sonrió complacido mientras volvía su pipa a su boca y aspiraba.
- ¿Puedo preguntarle qué hace aquí?
El farero levantó la mirada hacia mi, que aún permanecía de pie, y sonrió.
- ¿Ha oído hablar alguna vez de Thomas Rymer?
- No, claro que no. ¿Debería? –le pregunté con un tono de intriga mientras mis cejas formaban un arco que se unía a mi flequillo.
- Thomas Rymer siempre estaba sentado junto al camino. Como yo ahora.
- ¿Y qué hacía? ¿A qué se dedicaba?
Jarvis sonrió mientras cerraba los ojos y recostaba su cabeza contra el tronco del árbol. Durante unos segundos no dijo nada. Ni emitió el más leve murmullo. Yo lo contemplaba en silencio sin atreverme a mover un solo músculo, ni mucho menos a decir nada que perturbara sus pensamientos. Al cabo de unos minutos me dijo:
- Verá, Thomas Rymer era un músico. Sí, tocaba el arpa.
- Y la gente se detenía junto al camino a escucharlo...
Jarvis abrió los ojos y me miró con el ceño fruncido. Me apuntó con la boquilla de su pipa y me dijo:
- Me ha dicho que no conocía la historia –señaló con un tono de intriga en su voz.
- Y no la he escuchado jamás, pero he deducido que sucedería así –le dije encogiéndome de hombros.
- ¿Le gustaría escucharla? –me preguntó sabiendo cual sería mi respuesta.
- Claro. Nada me complacería más –respondí con un toque de alegría en mi voz.
- Entonces siéntese y escuche.
Seguí las indicaciones de mi anfitrión y me situé junto a él apoyando mi espalda contra la parte del tronco que Jarvis dejaba libre. Aguardé impaciente a que iniciara su relato, el cual llegó tras otros segundos de silencio. Un silencio en el que sólo se escuchaba el sonido del mar rompiendo en los acantilados. Y el viento meciendo levemente las ramas de los árboles. Se respiraba paz y tranquilidad. El marco idílico perfecto para una narración de Jarvis.

“Esta historia sucedió hace mucho tiempo en la ciudad de Earlston en la región de Lauderdale cerca de las Borders. Para ser más exactos en una pequeña aldea conocida como Ercildoune. En aquellos días, Thomas Rymer era un personaje local muy conocido por todo el mundo, ya que era el laird de Ercildoune. Pero sobre todo por su gran maestría a la hora de componer y tocar el arpa. La gente se concentraba a su alrededor para escuchar las más bellas melodías, ya fuera en mitad de la plaza, o en el camino, cuando lo veían tomándose un descanso en lo días que acarreaba ganado al mercado. Thomas Rymer era joven, y como tal le gustaba reunirse con los demás para disfrutar de su compañía; gastar bromas, cantar y bailar. En ocasiones dejaba a su ganado paciendo tranquilamente mientras él disfrutaba de su tiempo de ocio. Sucedió un mañana de Mayo, que Thomas Rymer se encontraba sentado al borde del camino, apoyada su espalda contra un árbol centenario, llamado el árbol de Eildon. En esos momentos estaba tocando una hermosa melodía con su arpa cuando se percató de la presencia de una dama quien venía en su dirección sobre un hermoso caballo. La dama en cuestión vestía toda en un verde brillante -el color de las hadas locales. Las campanillas que colgaban de la brida del caballo emitían un sonido alegre que perfectamente se compaginaba con la melodía de su arpa. Thomas se dio cuenta que nunca había sido testigo de una visión tan radiante y maravillosa como aquella, y no pudo apartar sus ojos de aquella criatura en ningún momento. De repente sintió que su canción y su melodía comenzaban a ser más lentas y las notas más espaciadas en el tiempo hasta que finalmente dejó de cantar y de tocar para ponerse en pie para saludarla.
- Os saludo señora. Vos debéis ser la Reina del Paraíso –le dijo con un tono de voz que se asemejó más a un susurro, mientras inclinaba su cabeza de manera respetuosa.
- Oh, no, no, Thomas –respondió.- Ese no es mi nombre. Soy la Reina de la Tierra de los Elfos, y he venido a visitarte. Te escuché cantar, pero por favor sigue. No te detengas por mi. Estaría dispuesta a escucharte todo el día. Cuando hayas terminado tu canción, podrás besarme. Y podrás venir conmigo a la Tierra de los Elfos.
- Eso es algo que no me asusta –dijo Thomas de forma rápida.
- Sin embargo, debes saber que un beso de mis sonrosados y suaves labios sellará tu destino. Tendrás que servirme en mi tierra durante siete años- en el bien y en el mal; en tiempo de riqueza y de pobreza.
Las palabras de la Reina mantenían a Thomas Rymer en una especie de encantamiento, y cuando hubo concluido su canción la besó suave y dulcemente. Entonces subió a la grupa de su caballo y cantando alegremente ambos partieron. Al momento, llegaron a una encrucijada de tres caminos. La Reina se los mostró a Thomas. Primero el camino estrecho que conducía a la colina. Un camino lleno de espinas y cantos rodados.
- Este es el camino de la razón. Son pocos los que lo toman a lo largo de su vida.
El segundo camino era más ancho, cubierto de hierba y sin ningún peligro. Conducía a un páramo soleado.
- Este es el camino de la maldad.
Thomas Rymer había escuchado al cura de Ercildone referirse a éstos. Pero la Reina y Thomas cogieron el tercero. El que los conduciría a la Tierra de los Elfos a través de un bosque profundo que ocultaba el sol. Llegaron cuando la noche comenzaba a tejer su manto y se respiraba tranquilidad y sosiego.
- Una última cosa, Thomas, -le dijo la Reina cuando llegaron.- Permanecerás conmigo durante siete años. Y durante todo este tiempo no deberás hablar con nadie. ¡Ni una sola palabra! De lo contrario tu destino quedará sellado para siempre: serás mi sirviente toda la vida. Y no se te permitirá regresar a Ercildone jamás.
Cuando Thomas Rymer penetró en el reino de los Elfos cambió sus ropas por una traje de seda verde como el de sus habitantes, y sirvió a la Reina con lealtad durante siete años. Tocaba el arpa para ella, y su corte bailaba al son de sus melodías. Y durante todo el tiempo no pronunció ni una sola palabra.
Así, llegó el día en el que se cumplía el séptimo año. La reina se dirigió a él.
- Thomas, nuestros siete años concluyen hoy y puedes regresar a tu hogar. Me has servido bien. Y has mantenido silencio en todo momento. Te echaré de menos.
De manera que Thomas Rymer era libre de nuevo. Tras siete años tomaría  el camino de regreso a Ercildone. Pero antes, la Reina le entregó una enorme manzana del árbol que había en la entrada de su palacio.
- Cómetela –le dijo- Te hará entrega de dos preciosos dones. El de la verdad, y el de la profecía. Ambos te harán rico y famoso. Adiós, Thomas Rymer.
Pero Thomas, no estaba convencido del todo de si quería aquellos dones.
- Siempre he hablado conmigo mismo en mi mente –pensó- Pero también he sabido cuando no debía hacerlo. La verdad es un arma de doble filo, o eso me parece a mí. Pero ya veremos...- Tampoco estaba convencido del todo al respecto de si quería el don de la profecía. ¿Le gustaría poder ver el futuro?

Jarvis hizo una pausa mientras me miraba intrigado. Como si estuviera esperando algún comentario por mi parte. Yo lo miraba de la misma manera esperando a que continuara con su narración.
- ¿Ya ha terminado? –le pregunté con un tono en mi voz que denotaba sorpresa e impaciencia.- ¿Qué le sucedió a Thomas Rymer? ¿Regresó a su casa o se quedó con la Reina de las Hadas? ¿Se comió la manzana?
Jarvis sonrió mientras apartaba la pipa de su boca y me señalaba con ella.
- Son demasiadas preguntas, mi joven amigo. Esperad a que termine la historia y seguramente todas vuestras dudas quedarán despejadas.
Con estas palabras Jarvis volvió a reclinarse sobre el tronco del árbol y prosiguió su historia, la cual, como las predecesoras no estaba exenta de intriga, misterio, y emoción.      
“Thomas Rymer regresó a su casa junto a su esposa y sus dos hijos. Cuando vio a ésta descubrió que los siete años pasados alejado de ella habían dejado huella. Sus cabellos poseían un toque plateado, y su rostro comenzaba estar surcado por diversas arrugas. Sus hijos se habían convertido en dos jóvenes apuestos. Thomas había mordido la manzana, y en ese momento se daba cuenta de que estaba observando el futuro. Por otra parte, el hecho de decir siempre la verdad hizo que los ciudadanos de Ercildoune no quisieran cuentas con él. ¡Una cosa era decirle a una joven que sus cabellos rubios parecían oro, y otra que parecían heno! Pero Thomas siguió tocando su arpa y cantando aunque ya no hubiera nadie cerca para escucharle como antes. Todos querían saber donde había estado, pero nadie se atrevía a acercarse hasta él para preguntárselo. El nombre de Thomas Rymer pronto comenzó a ser famoso en Ecildourne. Un hombre que decía la verdad, y podía prever el futuro. Se comenzó a llamarle Thomas el Verdadero, y su fama llegó a todos los rincones de Escocia después de que predijera la muerte del rey Alejandro III en una noche de tormenta en el año 1286. Cuando Alejandro se precipitó de su caballo cayendo por unos acantilados cerca de Kinghorn of Fife, justo como Thomas había predicho. De este modo todo el mundo acudía a conocer su futuro: granjeros, peregrinos, soldados,... Un sinfín de personas llegaba cada día hasta su puerta. De este modo Thomas se convirtió en un hombre rico y famoso, tal como le había dicho la Reina de los Elfos. Thomas pensaba en ella en sus momentos de soledad. Y una noche en la que estaba sentado de manera relajada a la luz de la luna uno de sus hijos llegó hasta él para decirle que había un ciervo plateado a la entrada del parque. Thomas sabía que aquel animal sólo podría proceder de la Tierra de los Elfos. Sin decir una sola palabra a nadie, cogió su arpa colgándosela al hombro se deslizó bajo la luz de la luna hacía el parque, donde se encontraba el ciervo de la Reina.
Thomas Rymer no volvió a Ercildoune. Nadie jamás supo que fue de él. Desapareció de la noche a la mañana. Pero sus profecías aún son recordadas.

Durante unos segundos el farero Jarvis se quedó en silencio, con  los ojos cerrados como si estuviera pensando, o simplemente hubiera dejado su mente en blanco. Seguía recostado contra el tronco del árbol, mientras de su pipa salía una pequeña estela de humo alzándose hacia el cielo. Lo contemplé durante todo ese tiempo esperando que dijera algo más. Pero ante este silencio, fui yo quien le pregunté:
- ¿Por qué regresó con la Reina de los Elfos? ¿Tal vez porque descubrió que su verdadero sitio estaba junto a ella?
Jarvis abrió un solo ojo que dirigió hacia mi y sonrió mientras tomaba la pipa en su mano.
- Tal vez descubriera que ser sincero era peligroso.
- Pero, ¿por qué mordió la manzana?
- Curiosidad. Simple curiosidad por ver si la Reina lo había engañado.
- ¿Tal vez vio algo en el futuro que no le gustó, y por ello regresó con la reina?.
- Es posible también.
- Estáis muy misterioso señor Jarvis –señalé mientras él sonreía burlón.
- No tengo la respuesta a vuestras preguntas pues nadie jamás lo supo. Esta historia es una mera leyenda popular de Escocia. Nada más. Así podéis contarla a vuestros lectores –me sugirió sonriente.- Sí, no me miréis así. Ya sé que las andáis publicando en cierta revista barata. El otro día, el señor Murdoch me enseñó uno de mis relatos.
- ¿Os importa qué...? –le pregunté a modo de disculpa.
- Ni lo más mínimo. Redactarlas y publicarlas todas. Conozco infinidad de ellas. E incluso siendo farero me atreví yo mismo a ponerlas por escrito.
- ¿Tenéis vuestras propias historias redactadas? –le pregunté con asombro.
- Así es. Cientos, miles de cuentos y relatos de la Escocia profunda y popular. Algún día os regalaré unas cuantas.
- Me encantaría.
- Lo haré antes de que la Reina de los Elfos venga a visitarme –me dijo con un guiño y una sonrisa pícara mientras se incorporaba.- ¿Venís a la taberna?
Lo miré extrañado durante unos segundos pues pensé que no acudiría a contar más historias.
- Se acerca la hora del relato.
Caminé hacia él mientras Jarvis entrelazaba las manos a su espalda y fumaba. Con paso lento llegamos a la taberna donde la gente ya lo esperaba.

7 sept 2011

El cardo y la rosa

Aquella mañana de comienzos de octubre del año... mis pasos se encaminaron sin saber porqué a la posada de Fife. El tiempo era desapacible como de costumbre por estos lugares. El viento soplaba fuerte y en ocasiones dificultaba en gran medida avanzar. De manera que decidí buscar refugio. Cuando penetré en la taberna apenas si había cinco personas degustado alguna clase de bebida. Qué diferencia verla de esa guisa. En nada se parecía al bullicio que se formaba cuando a eso de las cinco el antiguo farero de la costa de Fife acudía a su puntual cita con su audiencia para deleitarla con uno de sus múltiples relatos. Me acerqué a la barra donde el de inmediato fui reconocido por el tabernero. Nunca he hablado de este personaje, pues no es él el auténtico protagonista de estas crónicas. Sin embargo, para hacerle justicia diré que es un hombre bastante afable. Siempre tiene esa expresión de complicidad que hace que uno se aproxime a él para consultarle cualquier cosa. Lleva más de diez años regentando el negocio junto a  su esposa. Desde que Jarvis empezó con su particular narración de cuentos su caja se ha visto aumentada ostensiblemente. Es por ello que siempre que el buen farero le solicita algo de beber o de comer siempre se lo sirve con gusto. Me disponía a tomarme mi café caliente y humeante cuando divisé la encorvada silueta de Jarvis sentado a una mesa. Se me hizo raro no verle en su butaca junto al calor de la lumbre como solía hacerlo por las tardes. Titubeé unos segundos sobre si acercarme o no. No estaba seguro de si mi presencia podría importunarle. Finalmente me armé de valor y decidí acudir junto a él. Estaba ensimismado en un montón de legajos  escritos a mano, de manera que no se percató de mi presencia hasta que no hube carraspeado para llamar la atención. Jarvis levantó la vista de los papeles y se me quedó mirando pensativo intentando encajar mi rostro en algún sitio. Entrecerró sus diminutos ojos y después de varios segundos de duda me indicó que me sentara en la silla vacía que había frente a él. Agradecí su gesto asintiendo con la cabeza. No me había sentado y depositado mi taza de café cuando Jarvis me dijo en tono directo:
- Sin duda eres el oyente que todas las tardes permanece apostado sobre la barra escuchando mis relatos. Siempre pide la misma taza de café, que sorbe con tragos cortos, mientras toma notas en un cuaderno que extrae de su cartera de piel. Esa que ahora porta –dijo señalando a mi vieja y roída cartera de piel que yo había emplazado junto a la silla.
- Vaya, nunca podía imaginar que mientras cuenta sus historias se pudiera fijar tanto en la gente.
- Sólo en aquellos que día tras día siguen con sus mismas costumbres. Uno llega a familiarizarse con ellas.
- Me gustaría expresarle mi más profunda admiración por sus relatos.
- No son nada. Sólo historias... –dijo restando importancia a su labor.
- Pero debe reconocer que posee una memoria privilegiada. Recordar todos esos datos, personajes, hechos. Sin duda alguna...
-...sin duda alguna son ficción. Es cierto que los hechos ocurrieron tal y como los cuento; pero no es menos cierto que los aderezo con ingredientes de mi propia cosecha.  El relato oral puede experimentar diversas modificaciones, pese a que su trama sea la misma. Por ejemplo, yo podría iniciar un relato diciendo que “era un día nublado y lluvioso cuando Murray Campell despertó aquella mañana”. Sin embargo, si usted lo contara podría alterar la climatología, y decir que era un día soleado. ¿Entiende lo que digo? –me preguntó mirando por encima de sus gafas y enarcaba las cejas.
- Creo que sí. Depende del narrador que el relato tenga una u otra forma.
- Exacto. ¿Conoce el refrán ese que dice que cada maestrillo tiene su librillo?
Asentí pues en ese momento estaba sorbiendo de mi taza.
- Pues aplíquelo en este caso.
- Pero, dígame ¿de dónde saca tantas historias? –pregunté esperando que me revelara su secreto.
Jarvis sonrió con malicia antes de responder a mi pregunta.
- De la propia historia.
- ¿Hay algo de autobiografía en sus relatos?
El farero volvió a sonreír.
- Creo que hace demasiadas preguntas. Verá todos los relatos contienen algo de la persona que lo escribe o lo cuenta, pero eso no indica que lo narrado sea del todo real.
- Comprendo. ¿Y dígame cuál será su próximo relato?
- Estaba echando un vistazo a estos viejos papeles decidiendo cual debía contar –me dijo señalando el conjunto de papeles viejos y arrugados.
- ¿Es esta la  fuente de la que extrae sus relatos? –le pregunté tomando alguno de los manuscritos que me tendía.
- No puedo retener en mi memoria todos las historias. Alguna vez he de inspirarme en algún hecho.
Repasé con mi vista algunas de las historias allí escritas pero no encontré una que me llamara la atención. De modo que le sugería que continuara con la historia que había comenzado el día anterior.
- Quiere que le cuente cómo qué fue de Murray Campbell después de lo de Glencoe? –me preguntó extrañado.
- Sí, me complacería.
- Está bien. Entonces póngase cómo –me dijo mientras extraía su vieja pipa de madera y la encendía. Se reclinó sobre la silla y al momento los pocos clientes que había en la taberna se aproximaron en cuanto vieron que el farero hubo encendido su pipa. Era señal inequívoca de que iba a relatar una historia.

“Cuando Murray, evitaré su apellido ya que desde lo de Glencoe había decidió renegar de él, terminó de enterrar a todos los miembros de los Macdonald emprendió el camino en solitario hacia las montañas altas. Allí permaneció oculto por algún tiempo hasta que todo hubiera pasado. Sin embargo, la situación en Escocia no era la más óptima. El heredero al trono Jacobo Estuardo había sido expulsado del trono hacía tiempo, y sus seguidores no estaban por la labor de quedarse cruzados de brazos. Pronto surgió el movimiento jacobita a favor de la causa de los Estuardo. Estos partidarios se aglutinaron bajo ese nombre en honor a quién, según ellos, era su legítimo monarca. Capitaneados por John Graham de Claverhouse estos jacobitas iniciaron una serie de hostilidades contra los ejércitos ingleses del rey Guillermo y la reina María. Era curioso el hecho de que la reina fuese la hija del depuesto Jacobo, y que por lo tanto el actual monarca de Inglaterra y Escocia fuese su yerno.
En medio de esa rebelión Murray se rodeó pronto de un grupo de valientes y feroces seguidores jacobitas procedentes de las Tierras Altas. Durante todo este tiempo no había olvidado la afrenta de Breadalbane y sus hombres contra los Macdonald de Glencoe, y menos contra su amada Helena. Había jurado vengarse de él, y para ello se había rodeado de hombres fieles a él y al príncipe Estuardo. Desde el primer momento se habían dedicado a asaltar todos los destacamentos de soldados del rey Guillermo en un intento por debilitar su ya de por sí débil gobierno. Sin embargo, lo único que Murray conseguía era llamar la atención del propio monarca que no dudaba un solo instante en enviar nuevos destacamentos a las tierras de Atholl, donde ahora vivía, para capturarlo.
Un día que Murray y sus hombres acampaban tranquilamente en las tierras de Glencoe que en su día pertenecieron a los Macdonald, llegaron noticias de que un nutrido destacamento de soldados ingleses pasarían cerca de allí en dirección a las tierras de Breadalbane, quien tras su expedición de castigo contra los Macdonald había recibido el señoría de Glenorchy y con ello el castillo de Tymouth de parte del rey. Murray interrogó a los dos hombres que habían llevado la noticia.
- ¿Dónde los habéis avistado? –les preguntó Murray poniéndose en pie de un salto al tiempo que el resto de sus hombres.
- En estos momentos deben estar cruzando sus tierras. Sin duda se dirigen al castillo de Tymouth –respondió el escocés consultado. Un montañés rudo y corpulento de pelo y barba pelirrojos. Iba vestido con las ropas clásicas de los hombres de las Tierras Altas, así como con el tartán del clan de Atholl.
- A juzgar por el destacamento deben escoltar a alguien importante –apuntó el otro hombre. Este montañés era todo lo contrario al primero. Era más pequeño y con el pelo negro.
- ¿Por qué dices eso, Melville? –preguntó intrigado Murray.
- Por el carruaje.
- ¿Un carruaje? –se sorprendió el joven jefe.
- Sí. Un coche tirado por cuatro hermosos ejemplares –comentó el montañés de la barba.
Aquella información hizo que pensar a Murray, quien se apartó del grupo en silencio mientras en su cabeza bullía una idea. ¿Iría el propio Breadalbane en ese coche?  Sí así fuera estaban de suerte. No podía decirse lo mismo del ahora conde de Breadalbane. Volvió hacia su grupo de hombres que lo contemplaban en silencio aguardando las correspondientes órdenes de ponerse  en marcha bien para huir, o bien para asaltar el carruaje.
- Bien –comenzó diciendo Murray.- Nos apostaremos al final de Loch Rannoch e interceptaremos el carruaje.
- ¿Qué haremos con los soldados? –preguntó un escocés alto de pelo largo mientras revisaba sus armas.
- Si oponen resistencia ya sabéis –respondió Murray mirando al grupo de veinte hombres.- Y ahora en marcha.
La comitiva corrió hacia la desembocadura de Loch Rannoch para aguardar el paso del destacamento de soldados con su correspondiente carruaje. Se habían apostado ocultos entre unas pequeñas protegidas por abundante y espesa vegetación. El color de sus tartanes se fundía con el de aquella dificultando su localización. Los clanes escoceses solían elegir colores oscuros para su tartán identificativo de cada clan con el fin de poderse camuflar mejor entre los árboles y la maleza. De este modo lograrían pasar desapercibidos para los ingleses y les sería más fácil sorprenderles. Murray había dado órdenes de no disparar salvo que fueran los ingleses quienes abrieran fuego primero. No era partidario de acabar con vidas inocentes. Se respetaría la vida de todos aquellos que decidieran rendirse. Por el contrario acabarían con los que se resistieran.
El carruaje era un elegante coche en color negro con adornos y ribetes dorados. Iba tirado por cuatro hermosos corceles como le había informado el montañés de barba y que respondía al nombre de Gourlay. En el pescante del mismo iban dos hombres uno de los cuales iba armado con un mosquete. No se podía distinguir quien era su ocupante ya que las cortinas iban cerradas tal vez para que nadie pudiera averiguar la identidad del mismo. Delante del carruaje un grupo de seis soldados a caballo abría la marcha, mientras que un grupo de otros ocho la cerraba. En total hacía catorce, pensó Murray sin apartar los ojos de la comitiva. Cuando por fin estuvieron cerca de ellos levantó la mano para que tres fornidos montañeses comenzaran a talar un enorme árbol con sus hachas de Lochaber. El ritmo era frenético y pronto el árbol comenzó a ceder ante el ímpetu de los res improvisados leñadores. Cuando los primeros soldados ingleses se aproximaban al lugar donde Murray y sus hombres aguardaban el árbol cedió del todo cayendo en mitad del camino para sorpresa del soldado que iba de avanzadilla. La repentina aparición del árbol encabritó a su montura quien levantado sus patas delanteras consiguió derribar a su jinete. Pronto el desconcierto se adueñó de los soldados que se vieron de inmediato sorprendidos por los feroces gritos de los montañeses. Por su parte los ingleses tuvieron el tiempo justo de efectuar algún que otro disparo que hizo blanco. Murray no esperaba tener que disparar pero no le dejaron más remedio y de certero disparo derribó al jinete que se encontraba más próximo al carruaje. El que parecía ser el capitán de la escolta desenvainó su sable y ordenó cargar a sus hombres contra los montañeses. Éstos aguardaban firmemente en su posición la carga mientras cargaban sus pistolas y mosquetes de pedernal. Cuando se produjo la detonación varios jinetes cayeron de sus monturas dejándolas a éstas sin gobierno. Los montañeses cargaron contra los soldados derribados blandiendo sus espadas conocidas por el nombre de claymore . Tras unos minutos de ardua lucha los soldados que quedaban en pie decidieron rendirse ante el arrojo de los montañeses. El que parecía ser el oficial de más rango quedó a merced del joven Murray, quien al ver como se rendía ordenó a sus hombres bajar las armas.
- ¿Quién va en el carruaje? –preguntó señalando al coche que se había quedado atascado junto al árbol. Sus dos conductores habían descendido del mismo por miedo a ser alcanzados por una bala.
El oficial no respondió lo que Murray interpretó como una descortesía por su parte. Viendo que ni el inglés iba a responderle, ni que el ocupante no se dignaba a aparecer fue él mismo quien tiró del manillar de la puerta para dejar paso a una especie de visión. Una cara de ángel se apareció a Murray. Una joven de mirada penetrante lo contemplaba sentada en el interior. Su rostro era fino y delicado cual un muñeca de porcelana. Sus ojos claros irradiaban una belleza extrema. Sus cabellos dorados iban recogidos y ocultos bajo una especie de sombrero. Su vestido de raso en color crema se ajustaba a su figura como un guante. El joven Murray le ordenó que saliera, lo que le prohibió el oficial inglés.
- No lo hagáis señorita.
- No estáis en posición de exigir –le recordó el jefe de los montañeses apuntándole con su pistola.
Luego volviéndose hacia la grácil muchacha la ayudó a descender del carruaje. La contempló durante unos instantes antes de dirigirse a ella.
- ¿Quién sois?
Pero la linda inglesa permaneció callada con gesto altivo desafiando al escocés.
- ¿Es que no tenéis lengua? –le preguntó con cierto tono de impaciencia.
Viendo que seguí sin responder apuntó al oficial inglés con su pistola, y tirando hacia atrás del percutor le advirtió.
- Si no me decía quien sois me obligareis a emplear otros métodos para lograr saber lo que quiero.
Ante esta situación la muchacha no tuvo más remedio que responder.
- Me llamo Allison Campbell.
- ¿Sois por casualidad la hija del conde de Breadalbane?
- Lo soy –respondió levantando la barbilla en tono desafiante.
- La hija de Breadalbane –murmuró Murray sopesando lo que aquello significaba.
- Y vos, ¿tenéis nombre? –le preguntó la muchacha.
- Me llamo Murray.
- ¿Sin más?
- Sí.
- ¿Es esta la hospitalidad de Escocia? –le preguntó mirando en rededor.
- ¿Acaso no sabéis que Inglaterra y Escocia están en guerra? ¿No os ha informado vuestro padre?
La muchacha negó con la cabeza y por primera vez Murray percibió cierto temor en su rostro.
- Pero, no temáis no tengo por costumbre asesinar mujeres a sangre fría.
- Me alegra saberlo, ya que según me han dicho este país está plagado de salvajes asesinos–comentó con cierto desdén mirando con desprecio a los montañeses.
Aquello hirió el orgullo de Murray y trajo a su mente recuerdos que jamás podría olvidar.
- Habláis de asesinos y de salvajes sin ni siquiera conocernos. ¿Es esa la imagen que os ha transmitido vuestro padre el conde?.
- Sí. Mi padre me ha advertido.
Murray no pudo reprimir una sonora carcajada ante el asombro de todos los presentes incluidos sus propios hombres. La muchacha lo miró contrariada y cuando por fin Murray hubo dejado de reírse le preguntó en tono de reproche.
- ¿Puede saberse qué os hace tanta gracia?
- Que haya sido vuestro propio padre el que os lo haya dicho.
- ¿Conocéis por casualidad a mi padre? –le preguntó con cierto aire de sospecha.
- Sí claro. Conozco muy bien a vuestro padre. Lord Breadalbane Campell. El carnicero de Glencoe.
Aquel apelativo sorprendió a la muchacha tanto como a los demás hombres quienes a pesar de no conocer en persona al conde de Breadalbane, si habían oído ese calificativo, y el porqué se lo habían puesto.
- ¿De qué habláis? –le preguntó lady Allison con un tono de nerviosismo en su voz.
- ¿No os lo ha contado vuestro padre?. ¿Cómo asesinó a sangre fría a los miembros del clan de los Macdonald de Glencoe?.- El tono de Murray iba subiendo. La ira y los recuerdos de aquella fatídica noche volvían a su mente. El recuerdo de su amada Helena muerta. Cómo enterró a todos los miembros con sus propias manos y juró vengarse de Breadalbane.
- Eso son calumnias que os estáis inventando.
- No son calumnias –interrumpió Murray acorralando a la muchacha contra la puerta del carruaje. – Preguntadle a vuestro padre qué sucedió en la noche de San Valentín hace un año.
- No, no, estáis mintiendo –decía la pobre muchacha intentando no escuchar las palabras del joven escocés.
- Sí, sí, es cierto por que yo estuve allí.
Después de esta confesión Murray se calmó y más tranquilo continuó su relato.
- Yo era uno de los enviados por el rey a castigar la desobediencia de los Macdonald de Glencoe. Pero nunca pude imaginar que el castigo era exterminarlos a todos. Cuando vuestro padre me explicó el verdadero motivo de nuestra presencia allí quise evitar la matanza, pero no pude. ¿Sabéis lo que recibí a cambio?. ¿No? Yo os lo diré, una herida de la que conseguí recuperarme. Pero hubo otra herida de la que jamás me recuperaré.- Luego Murray agachó la cabeza y susurró.- Entre los Macdonald se encontraba mi prometida Helena.
Aquellas palabras enmudecieron a lady Allison al tiempo que su rostro mudó de color. Murray se volvió hacia ella  y vio la pena en sus ojos. Luego hacia sus hombres:
- Dejad que se vayan.
El oficial inglés no había podido contener sus lágrimas al escuchar el relato del joven montañés, ni tampoco lady Allison.
- Marcharos –le ordenó mientras le abría la puerta del carruaje para que subiera. Cuando se hubo acomodado de nuevo en éste asomó la cabeza por la ventana para contemplar por última vez el rostro del joven montañés. Éste levanto el rostro hacia ella y con voz firme le dijo:- Decidle a vuestro padre que Murray Campbell no asesina a inocentes. Decídselo que él os entenderá.
Con estas palabras se despidieron. Los montañeses apartaron el tronco del camino dejando el paso libre al carruaje y a los soldados que no habían perecido en el combate. Cuando se hubieron marchado Gourlay se dirigió a Murray.
- Perdona que te lo pregunté, pero ¿por qué no la has retenido para que su padre pagara el rescate?
Murray miró a su compañero y poniendo la mano sobre su hombro le respondió:
- Hay verdades que valen el rescate de un rey.

Jarvis terminó así su narración y se quedó mirándome fijamente a los ojos esperando tal vez que dijera algo acerca de la historia. Cuando vio que ni siquiera abría la boca me preguntó directamente mi opinión al respecto.
- No podía imaginar una continuación como ésta –respondí sin saber muy bien qué decirle.
- ¿No?
- No. Pensé que Murray... bueno no sé. Como bien ha dicho cada juglar cuenta la historia como mejor le parece, ¿no?. Pero dígame, ¿supo lady Allison la verdad por boca de su padre? ¿Volvió a ver a Murray? –le pregunté intentando vislumbrar algún indicio que me permitiera asociar la historia  a la propia vida de Jarvis.
El farero negó con la cabeza mientras chupaba de su pipa.
- No puedo afirmarlo. No tengo las respuestas a esas preguntas.
- Y dígame, ¿cómo lo titularía? –le pregunté con curiosidad.
- Ummm –Jarvis hizo un gesto y después de unos segundos de silencio me señaló con la boquilla de su pipa y dijo muy seguro.- El cardo y la rosa.
Ahora fui yo el que permanecí en silencio sin saber qué significado podía tener ese título con la historia.
- ¿Qué relación puede existir entre el título y la historia?.
- El cardo es la flor de Escocia. Es áspero y espinoso. Así es el carácter de Murray. Y la rosa la asociamos a Inglaterra, recuerde la guerra de las dos rosas. La rosa representa la pureza como lady Allison, aunque también tiene espinas.
- Como Breadalbane –apunté.
- Bien, puede valer. Bueno ahora si me disculpa he de dar mi habitual paseo por la costa. Las viejas costumbres nunca se pierden. Me gusta recorrer el camino que conduce al faro. Buenos días –dijo despidiéndose de mi tocando el ala de su gorra con su mano derecha. Yo por mi parte permanecí sentado unos minutos con mis pensamientos hasta que la puerta de la taberna se cerró detrás de Jarvis.

31 ago 2011

Glencoe

Nunca pude imaginar el éxito que obtendrían los relatos del viejo Jarvis, antiguo farero de la costa de Fife. Ni tampoco pude pensar que la gente me quisiera atribuir un éxito y un reconocimiento que en nada merezco. Ya les he explicado a mis lectores que yo no soy el autor de estas narraciones. Ojalá pudiera ser yo el responsable de dichos cuentos. Antes de contar una nueva historia quiero hacerles partícipes de cierta anécdota que me sucedió con un amigo mío. Me encontraba ojeando unos ejemplares en un puesto en la feria antigua del libro en mi localidad natal, cuando el bueno de Max se acercó hasta mí con una expresión de felicidad en su rostro que no llegué a comprender hasta que se explicó.
- Mi querido amigo –me dijo tendiéndome su mano.- Que maravillosos relatos los tuyos.
Como pueden comprender no sabía a qué se refería el bueno de Max quien se extrañó al contemplar en mi rostro un gesto de extrañeza.
- Tan modesto como siempre ¿eh?. No me digas que no son merecidos los laureles que te otorgan por el éxito de tus relatos.
- Creo que te equivocas amigo –le interrumpí.
- No, no puedo equivocarme. Todo el mundo comenta las hazañas de Lady Killgrew, o el triste final de Sir Robert Langdon...
- Verás antes de que sigas déjame decirte que yo no he escrito esas historias.
Ahora fue Max quien no comprendía nada. Me miró por encima de sus gafas y dijo:
- ¿Cómo que tú no has escrito esos relatos, si vienen firmados por ti?
- Es cierto. Pero en la introducción al mismo dejo claro que yo no soy el autor de los hechos narrados –le expliqué con naturalidad.
- Ya. ¿Entonces?
- El verdadero autor es el antiguo farero de la costa de Fife. Yo sólo soy su compilador.
- Bueno, es igual. Dime, ¿tienes más cuentos de ese...? –pregunto sin recordar su nombre.
- Jarvis.
- ¿De ese Jarvis?
- Estás de suerte quiero Max, pues ahora mismo iba a entregarle a mi editor un nuevo relato.
- ¿Lo tienes aquí? –me preguntó agarrándome del brazo para que no pudiera escaparme.
- Claro –le dije mostrándole un legajo de hojas escritas.
- ¿Puedo leerlo?
- Me temo que no. No hasta que no se haya publicado.
- Al menos dime su título.
- Eso sí. Se titula “Glencoe”.
- ¿Glencoe? –repitió Max mirándome sin comprender nada.- Un título bastante extraño para un relato. ¿De qué trata?
Miré a mi amigo y sonreí abiertamente.
- Querido Max, si te has fijado en los relatos de Jarvis sabrás que éstos están siempre relacionados con la historia, y más en concreto con la de Inglaterra y Escocia.
- Sigo sin comprenderte amigo.
- Entonces espera a leerlo y lo comprenderás mejor.
El descontento de Max se hizo más patente al comprobar que no cedería ante sus insistentes súplicas para que le permitiera si quiera un rápida lectura de la historia. Ese privilegio se lo concedo a mi editor, y después al público de Jarvis. He aquí el manuscrito que entregué al señor... para su publicación y que comienza como los anteriores relatos en la posada de la costa de Fife donde Jarvis ya se encontraba preparado aquella tarde de octubre para deleitar a su audiencia con un nuevo relato.


“El año 1692 es de infausto recuerdo para nuestro país y para las gentes que lo habitaban entonces. En especial para el clan de los Mcdonalds de Glencoe. Cuando la nueva monarquía subió al trono se encontró con una situación algo agitada en nuestro país. Desde un primer momento el objetivo del nuevo monarca fue la de someter a los habitantes de las Tierras Altas sin escatimar esfuerzos. Las continuas disputas entre los clanes escoceses con el Parlamento de Londres no son ajenas para ningún conocedor de la historia de ambos países. Pues bien, como os iba contando, en aquel año de gracia de 1692 el rey Guillermo ofreció una cuantiosa suma de dinero a todos aquellos jefes de los clanes que abandonaran las armas, y le rindieran pleitesía. Para tal fin se fijo una fecha que todos debía respetar: el 1 de enero del año anteriormente citado. Todos los jefes debían acudir a Londres a presentar sus respetos. Cuando los principales consejeros del rey esperaban que ninguno se presentara para tal evento, un nutrido grupo de bravos y rudos montañeses hizo su aparición en la capital de Inglaterra dispuestos a acatar las órdenes del nuevo soberano. Sin embargo, sucedió que uno de los principales clanes el de los Macdonald de Glencoe, no pudo acudir a tal ceremonia. Aquello como era de prever se consideró como un acto de rebeldía como asó lo expresó el propio monarca:
- De manera que todos los principales jefes han acudido a excepción de los Macdonald de Glencoe.
Su irritación aumentaba por momentos alentada en parte por el más ladino de sus consejeros Sir John Dalrymple, quien no hizo sino añadir más leña al fuego.
- Vuestra majestad debería mostrar su autoridad castigando tal ofensa.
- No podemos precipitarnos. Acabo de llegar al trono y no sería una buena propaganda mostrarme severo con mis súbditos.
- Dejadme deciros que los Macdonald de Glencoe siempre se ha comportado como un clan díscolo, y difícil de hacer entrar en razón. Tal vez si vuestra majestad cambiara el guante de seda por una mano de hierro...
- No –respondió el rey mirando fijamente a los ojos a su más leal y también más pérfido consejero”.   

En este punto Jarvis hizo un pequeño inciso para volver a encender su pipa, mientras la audiencia que se había dado cita aquella tarde en la posada aguardaba expectante el desenlace de la historia. Uno podía contemplar los rostros de la gente siguiendo con la mirada cada movimiento de Jarvis. Cuando por fin hubo terminado su ritual de encender la pipa continuó con la narración..
- Como iba diciendo –continuó...

“El rey Guillermo aguardó con impaciencia algunos días hasta que al quinto un hombre vestido con el traje típico de los habitantes de las Tierras Altas se presentó en el palacio para solicitar audiencia al rey. Sir John Dalrymple acudió a responder a la petición de aquel hombre cuyos cabellos y su barba eran del color del fuego. Al ver acercarse a Sir John se inclinó ante su presencia en señal de respeto.
- ¿Qué quieres? –le preguntó con voz áspera y cierto desdén hacia el recién llegado.
- Soy Clive Macdonald, jefe del clan de los Macdonal de Glencoe. Vengo a presentar mis respetos al rey Guillermo...
Al escuchar su nombre Sir John Dalrymple estalló de ira y gritando al jefe del clan le dijo:
- ¡Llegas cinco días tarde! ¿Cómo osas pedir audiencia con el rey Guillermo? ¿Acaso has olvidado que debías presentarte el primer día del año?.
- Ya lo sé, pero...
- Lo sabías y aún así desobedeciste la orden del rey –vociferó fuera de sí Sir John.
- Sí, pero no ha sido culpa mía. Si me he retrasado ha sido debido al tiempo. Una feroz tormenta nos sorprendió y tuvimos que refugiarnos en Glengyle hasta que fuera posible continuar la marcha.
- No es disculpa. Debisteis poneros en marcha unos días antes para estar presentes el día que se os ordenó.
El jefe del clan no supo que responder a tal orden, y agachando la cabeza en señal de respeto aguardó la resolución de Sir John Dalrymple.
- Será mejor que regreséis a vuestras tierras. El rey Guillermo no os recibirá.
- ¿Qué sucederá entonces?- preguntó el jefe Macdonald con cierto tono de angustia en su voz.
- Lo que suceda no es asunto vuestro. El consejo de nobles se reunirá con su majestad para debatir que solución debemos darle a vuestro desleal comportamiento.
Y diciendo esto se dio la vuelta dándole la espalda al jefe de los Macdonald.

“Los días pasaron sin que los Macdonald de Glencoe tuvieran noticias de la decisión a la que habría llegado el rey con respecto a su retraso. Clive mientras tanto se entregaba a sus quehaceres diarios como jefe del clan, esto es repartir el trabajo entre sus seguidores. Clive estaba casado y tenía una hija, Helena, a la que veneraba por encima de todas las cosas. Era una muchacha alegre y afable que ayuda a las demás mujeres del clan en la elaboración del whisky. Eran las mujeres las encargadas de destilarlo, para posteriormente beberlo acompañando a las comidas. Su padre tomaba un trago desde muy temprano antes de ir a cuidar del ganado. Los Macdonald vivían del pastoreo en los verdes  glens  palabra de origen gaélico que emplean los habitantes de las Tierras Altas o Highlands para designar a los valles. Aquella mañana del doce de febrero un mal presagio se ceñía sobre él. No había dormido bien, y eso se notaba en la expresión de su rostro. Cuando su mujer le preguntó qué era lo que le ocurría, el bueno de Clive se disculpó achacando su malestar a la cena.
- Tu padre no sabe mentir –le dijo Clara a su hija cuando Clive se hubo marchado junto con otros dos hombres.- Algo le ronda la cabeza. Desde que regresó de su entrevista con el rey no es el mismo.
- No te preocupes más por él mamá, seguro que no es nada –le respondió la bella Helena restando importancia a las sospechas de su madre.
Por la tarde un nutrido grupo de hombres se aproximó a la región en la que habitaban los Macdonald de Glencoe. Clara y su hija se encontraba en ese momento a las afueras de su casa charlando amistosamente con otras mujeres cuando se percataron de la presencia de aquellos.
- Son los Campbell –dijo Clara a las demás mujeres.
Los Campbell eran el clan más poderoso de la parte occidental de Escocia, y uno de los más leales al rey gracias a lord Breadalbane. Éste había sido el encargado de convocar a los clanes para jurar lealtad al rey. Al verlos aparecer un escalofrío recorrió el cuerpo de Clive, quien llegaba en ese momento procedente de las montañas acompañado de sus hombres. Sabía que su presencia allí tenía que ver con el hecho de no haberse presentado el primer día del año ante el rey. Por ello se mostró cauto ante lo que pudieran decidir los Capmbell, y en especial Breadalbane. Éste mostraba una amplia sonrisa en su rostro como si lo acaecido el mes pasado hubiese quedado olvidado. Pero Clive sabía que aquello no era posible, pues Breadalbane era un hombre vengativo.
- Saludos amigos –dijo Breadalbane al aproximarse al grupo de casas habitadas por el clan Campbell.
- Saludos a ti Breadalbande –respondió Clive Macdonald saliendo a su paso y tendiéndole la mano.
Para sorpresa del propio Clive, Breadalbane se la estrechó fuertemente para después abrazarse a él.
- ¿A qué debemos esta visita? –le preguntó Clive recelando de aquella ptitud tan amable.
- Vengo a hablar contigo en relación a lo que tú ya sabes –respondió con gesto preocupado.
Los rostros de Clara y Helena mudaron su color, y sus mejillas palidecieron como si una ráfaga de frío procedente de las montañas las hubiera dejado heladas. Ambas miraron primero a Breadalbane y después a Clive.
- No es nada, no es nada –intervino el señor de los Campbell.- No hay motivo para preocuparse. ¿Podemos pasar aquí algunos días? El tiempo en las montañas no es muy bueno, y presiento que pronto nevará. No quisiera que nos quedáramos atrapados en la nieve mis hombres y yo.
- Por supuesto que podéis –dijo Clive haciendo señas a los demás Campbell para que se acomodaran.
Cuando todos estuvieron en sus respectivos lugares se dispuso un gran banquete con las mejores carnes y el mejor pescado desalado. Bebieron el whisky destilado por las mujeres, y cantaron y bailaron toda la noche. En medio del jolgorio y ajenos a las miradas de los demás tenían lugar dos escenas diferentes. Por un lado Clive y Breadalbane charlaba amistosamente hasta que éste último habló de lo referente a su retraso en presentar sus respetos al nuevo monarca.
- Te juro que nunca tuve intención de llegar tarde. El mal tiempo nos retrasó. Tú mismo acabas de decirlo –se explicaba el honrado de Clive. Breadalbane lo miraba y asentía una y otra vez a todo lo que su compañero y amigo le contaba.
- Pero me dejaste en mal lugar amigo –le dijo.
- De veras que lo siento. No era mi intención –comentó Clive con gesto serio mientras apoyaba su mano sobre el hombro de Breadalbane.
Por otro lado en un rincón apartado de la casa Helena y el joven teniente Murray, prometidos desde hacía dos años, se hacía confesiones al calor de la lumbre como dos enamorados. El joven Murray estaba deseoso de hacer de Helena su esposa y forma su propio clan. Ella por su parte no había olvidado el día en que él se le declaró y en el que formalizaron su compromiso. Ahora ambos se miraban a los ojos llenos de amor. El muchacho tenía las manos de Helena entre las suyas acariciándolas para darles calor, mientras ella no apartaba su mirada de los ojos de su enamorado.
- Tengo que hablar con tu padre para fijar la fecha de nuestro enlace, Helena. No veo que llegue el día en el que seas mi esposa.
- Sí, yo también –comentó la muchacha con el rostro iluminado por una amplia sonrisa.
El momento tan íntimo entre ambos enamorados se vio interrumpido con la llegada de la hora en que debían retirarse a descansar. Ambos se despidieron prometiéndose reanudar su conversación a la mañana siguiente. Helena se retiró en compañía de su madre, mientras Murray Campbell se retiró junto a los demás hombres. Clive Mcdonald le dijo a Breadalbane que podrían pasar la noche en el granero algo  que el jefe de los Campbell agradeció dada la noche que estaba. De este modo el grupo de hombres de Breadalbane se puso en camino hacia el edificio construido con piedras y maderas que hacia las veces de granero y de cuadra para las bestias. Al entrar comprobaron que los caballos ya se habían dormido. Breadalbane dio orden de cerrar la puerta y atrancarla con un madero para que nadie pudiese entrar aunque tranquilizó a sus hombres diciéndoles que lo hacía para que el viento no interrumpiera sus sueños abriendo de par en par las puertas. Después acordó con todos permanecer despiertos un rato antes de irse a dormir. De este modo Bredalbane se sentó junto a un montón de paja seca que amontonó con el fin de reposar sobre ella. Cuando sus hombres se hubieron despojado de sus armas y las hubieron colocado junto a ellos Breadalbane habló abiertamente al resto.    
- Ya sabéis cual es nuestro cometido en estas tierras –comenzó diciendo mientras miraba a cada uno de sus hombres. Este comentario dejó algo perplejo al joven Murray Campbell quien no sabía de qué estaba hablando Breadalbane.- Su majestad el rey Guillermo por medio de Sir John Dalrymple me ha concedido poderes para aplicar la justicia con el clan Mcdonald. ¿Qué te ocurre muchacho? –le preguntó a Murray que seguía sin comprender muy bien que estaba pasando.
- Lamento interrumpiros pero no sé muy bien de qué estáis hablando.
- Por eso os lo estoy explicando. Aguarda unos segundos y lo sabrás. Bien como iba diciendo el rey quiere que demos una lección a los Mcdonald de Glencoe como respuesta a la desobediencia mostrada por su jefe. Por eso ha decidido que mañana al amanecer ningún miembro del clan quede con vida.
Aquellas palabras fueron como una bala en el corazón para el joven Murray. Si había entendido debían matar a todo el clan  sin respetar la vida de ninguno de sus miembros incluidos las mujeres, los niños y los ancianos. Y eso también iba por Helena. Su amada Helena. La dicha de sus días. Miró consternado a Breadalbane quien había continuado su explicación.
- ¡Esto es un vil y cruel asesinato! –protestó poniéndose en pie como un resorte.
Todos lo contemplaron en silencio. Murray estaba rojo de ira y de rabia dispuesto a batirse con todos aquellos desalmados si se presentara la ocasión. Pero nadie le respondió a excepción de Breadalbane.
- Siéntate muchacho. Tu rey te ordena que cumplas una orden y...
- No es mi rey quien orden acabar con la vida de personas inocentes, y menos a sangre fría y al amparo de la noche.
- Entonces me obligas a acusarte de alta traición a la corona –le advirtió con gesto serio.
Aquellas palabras calmaron los ánimos del joven Murray. El tren del ingenio acababa de parar en la estación de su mente. Si seguía la corriente a Breadalbane tal vez podría descubrir cuando pensaba entrar en acción, y poder avisar a Helena y a sus padres. Se tranquilizó para sosiego de los demás reunidos allí, y volvió a sentarse como si nada de aquello hubiese ocurrido. Cuando Breadalbane hubo terminado de dar las oportunas instrucciones Murray logró deslizarse sin ser visto por un abertura que había en uno de los laterales del granero y salir a la oscura y desangelada noche. No tenía mucho tiempo para avisar a Helena y a sus padres de las intenciones de los Campbell antes de que éstos se pusieran manos a la obra. Llegó raudo y veloz hasta la puerta de la casa de su amada y tras aporrearla con sus dos manos escuchó ruido en el interior. Primero fueron voces. Luego pasos arrastrándose por el suelo. Finalmente el cerrojo que se descorría y por fin la puerta que se abría. A la luz de una vela Murray contempló el rostro adormecido de Clive Mcdonald, quien contempló al muchacho con gesto extrañado.
- ¿No crees que es un poco tarde para visitar a Helena muchacho?- le preguntó levantando la llama de la vela para poder ver mejor su rostro.
- ¡Deben irse de inmediato! –gritó exasperado el joven Murray.
- ¿Irnos? ¿En mitad de la noche? ¿A dónde? –le preguntó intrigado el jefe de los Macdonald.
- Los Campbell van a venir a mataros a todos.
- ¿Te has vuelto loco muchacho?
- No, no estoy loco. He escuchado a Breadalbane transmitirnos las órdenes del mismísimo rey Guillermo. Es el castigo por su falta el primer día del año.
Entonces por fin Clive Mcdonald comprendió la visita tan inesperada de sus vecinos los Campbell, cuanto nunca antes se habían dignado a hacerlo. Tardó en reaccionar unos segundos, los justos para que el tropel de hombres armados de Breadalbane aparecieran a lo lejos con sus armas prestas a ser disparadas. Murray se precipitó en la casa en un intento por salvar la vida de su amada Helena, mientras Clive daba la voz de alarma a los miembros de su clan. Cuando Helena y su madre entendieron lo que ocurría no pudieron dar crédito a sus ojos. Los Campbell habían iniciado ya su trabajo para entonces y varios miembros del clan Macdonald de Glencoe había caído bajo el disparo de las pistolas o acuchillado por las dirks y las claymores, armas que empleaban aquellos días los habitantes del Tierras Altas de Escocia. Cuando Breadalban descubrió la traición de Murray empleó todos sus medios para capturarlo y llevarlo ante rey acusado de lata traición a la corona.

En este punto Jarvis volvió a detenerse mientras su vista permanecía clavada en un punto fijo. Todos aguardaban impacientes el desenlace, aunque bien es cierto que ya lo conocían. No se puede cambiar el curso de la propia Historia, ni siquiera en la ficción.  Tras unos segundos que parecieron eternos Jarvis, el farero de la costa de Fife volvió a continuar su narración.
- Creo que será mejor que evite los detalles más cruentos de aquella noche, y continúe con los hechos acaecidos a la mañana siguiente.

Temprano de mañana su espesa niebla envolvía la región de Glencoe como un mal presagio de los que allí había sucedido la noche anterior. El joven Murray sintió que tenía el cuerpo magullado y dolorido. Una herida en su mejilla derecha, tal vez un rasguño de un disparo, o el trazo de una dirk  afilada eran los causantes de ella. Lentamente se desperezó y se incorporó aún sin comprender muy bien  que había ocurrido finalmente. Su vagos recuerdos se volvían borrosos cuando intentaba por todos los medios hacer memoria. La última imagen que le venía a la mente era la de su amada Helena pidió ayuda. El joven Murray se puso de pie finalmente con la ayuda de un mosquete depositado junto a él. Hacía frío y la niebla comenzaba a disiparse para horror suyo. A media que clareaba contempló con sus propios ojos la carnicería llevada a cabo por los Campbell. Los cuerpos diseminados por toda la aldea de casas en sus más grotescas formas. Caminó con paso turbado entre los cuerpos hacinados unos sobre otro. Entre ellos reconoció a Clive Macdonald y a su esposa. Pero también a niños, ancianos, mujeres. Los Campbell no había respetado a nadie, y ni siquiera a las bestias. Habían incendiado las casas, el pajar y el granero que ahora eran sólo cenizas y escombros humeantes. El pavor se apoderó de él pues temía encontrar a su bella Helena entre los muertos. Pero no la veía por ningún lado. Deambuló largo rato entre los muertos buscándola. El hecho de no encontrarla le daba esperanzas de que hubiera podido escapar. Más cuan cruel es el destino. Y más cuando se trata de jóvenes enamorados por los eran Murray Campbell y Helena Mcdonald. Justo al doblar los restos de una casa encontró el cuerpo semidesnudo de su enamorada. Muerta. Ultrajada. Tiznada de negro por el humo, y con una bala alojada en su cuerpo. Corrió hacia ella pero nada podía hacer. Estaba muerta. La arrulló contra su pecho y lloró amargamente. “

- No me detendré mi querida audiencia en narrar la pena que embargó al joven Campbell.
- ¿No sobrevivió nadie? –preguntó un joven avispado de pelo rojizo y mirada despierta.
- Nadie excepto el joven Murray –respondió moviendo la cabeza de lado a lado.
- ¿Y qué fue de él? –preguntó un muchachita sentada en primera fila.
- Desapareció en las montañas, y nunca más se supo de él. Dicen que allí reunió a un grupo de valientes y leales seguidores y combatió a las tropas inglesas del rey Guillermo, y en especial a los Campbell.
- ¿Siguió llamándose Campbell después de lo que habían hecho su familia? –preguntó un joven apoyado sobre la barra que escuchaba atentamente cada palabra del farero.
- No. Se cambió el apellido. Nunca más volvió a llamarse Campbell. Pero esa es otra historia que algún día os contaré.
El bueno de Jarvis apagó su pipa, se levantó de su butaca y se marchó de la posada hasta el día siguiente.
           
Cuando días más tarde volví a encontrarme con mi querido amigo Max lo primero que hizo fue expresar su agradecimiento por dicho relato. Después echándome una mirada inquisidora me preguntó:
- Por cierto, ¿qué sabes de la vida de nuestro misterioso bardo?
- Apenas nada. Sé que fue el farero de la costa de Fife. ¿Por qué?
- ¿No crees que haya algo de autobiográfico en alguno de sus relatos? –me preguntó con cierta sospecha de que yo conocía el secreto del farero.
- Mi buen Max, la literatura está compuesta una parte real y otra de ficción. Los escritores suelen basarse en experiencias vividas.

Me despedí de mi amigo quien se quedó con el gesto turbado por mis palabras. Yo en cambio volví a mi casa a sumergirme en la colección de historias de Jarvis para seleccionar cual sería la próxima, aunque ya la había decido con anterioridad.