14 oct 2011

El hombre que burló a la muerte


Prefacio

La historia que voy a relatarles la encontré por casualidad en una vieja librería de la ciudad de Praga, a la que acudí a pasar una semana de vacaciones. Me encontraba recorriendo sus callejuelas empedradas en dirección al mítico y famoso Puente de Carlos, cuando mis ojos se posaron en un letrero de madera que sobresalía de la cornisa de una casa de planta baja. Bookshop estaba escrito en aquel. De manera que encaminé mis pasos hacia allí con el fin de encontrar algún libro sobre la ciudad. Al entrar noté el aroma que se respira en esas librerías antiguas donde la sabiduría de cientos de años se almacena en los estantes entre cuatro paredes. Me limité a echar un vistazo por encima como quien no quiere la cosa, cuando de repente un libro pequeño de piel marrón claro y en un estado deplorable captó mi atención. Lo tomé en mis manos por el simple hecho de sentir su rugosidad en mis palmas. Hube de tener mucho cuidado de no caer ninguna página pues algunas estaban sueltas. Yo no hablo ni entiendo el checo, claro está, pero las ilustraciones que contenían llamaron poderosamente mi atención y en especial una. En ella se veía a un hombre postrado en la cama rodeado de sus familiares, según, deduje y alguien que parecía ser un sacerdote. A la cabecera de la cama había una siniestra figura. Era la muerte. Representada por un esqueleto cubierto por una túnica de color negro. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras tendía los brazos hacia el hombre de la cama. Tras hojear el libro me acerqué al vendedor, que en este caso era una joven de piel blanca y ojos claros que amablemente atendió mi consulta. Le pregunté como se titulaba el libro.
- El hombre que burló a la muerte –me respondió en inglés
Le pregunté si lo había leído y podría explicarme de que iba. La joven vendedora me explicó en pocas palabras el relato. Lástima que estuviera en checo, dije. A lo que ella me respondió que si estaba interesado en la obra me la traduciría gustosamente, ya que se trataba de un libro de apenas cinco páginas. Por supuesto accedí a cambio de pagarle por la traducción y la obra. Quedamos convenido que al día siguiente pasaría a recogerlo y así fue. Cuando lo tuve en mis manos no pude resistirme a leerlo y tras abonar a la simpática chica cien coronas checas, encaminé mis pasos hacia el café más cercano. Me senté en una mesa apartada y comencé a leer mientras el calor y el olor a café me inundaban. El hombre que burló a la muerte, decía el título. Y acto seguido comenzaba la historia.

“Una noche fría de comienzos de diciembre un coche de caballos recorría la región de Moravia. Dentro del carruaje viajaban tres personas: un matrimonio de mediana edad y un joven de aspecto sombrío. Al llegar al pueblo de.. .que era la ultima parada del camino, los tres pasajeros se apearon del coche y buscaron alojamiento en la posada, una pequeña casa algo vieja, pero en la cual podrían guarnecerse del frío de aquella época. La dueña, una mujer algo mayor, vestida con un capote de color negro y un pañuelo del mismo color a la cabeza y anudado por debajo de la barbilla, se dirigió  a ellos en tono severo.
- ¿Qué buscáis aquí? ¿No sabéis que la muerte ronda en esta casa?
Los tres forasteros se miraron entre si y después el más joven se volvió hacia la mujer.
- ¿De qué habláis, mujer?
- La muerte se ha adueñado de la casa. Idos u os arrepentiréis.
- ¿Con la noche que hace? Yo me quedó –dijo resuelto el joven.
El matrimonio que había viajado con él en el carruaje preguntaron donde podrían alojarse y la vieja les indicó otra posada que había en el mismo pueblo. Cuando la pareja se hubo marchado el joven se volvió a dirigir a la vieja posadera, quien lo miraba expectante con sus ojos saltones y su tic en la boca.
- ¿De qué muerte hablabas?
- ¿No te lo crees, eh? Pues sígueme –le indicó mientras ascendían por unas escaleras decrepitas que crujían con cada paso que daban. La mujer portaba una vela de sebo en su mano para iluminar el estrecho y lóbrego pasillo que se abría ante ellos. El joven pensó que se metía en la boca del lobo a juzgar por aquella siniestra oscuridad. Se detuvieron delante de una puerta a la cual la vieja llamó suavemente. Toc, toc. Alguien abrió desde el interior y la anciana y el joven penetraron en la estancia. Había un hombre postrado en la cama y tres más a su alrededor rezando. Uno de ellos llevaba una especie de Biblia en su mano y levantaba de vez en cuando la vista hacia arriba dando gracias a Dios. El joven entendió que el hombre de la cama se estaba muriendo. Tenía muy mal aspecto a juzgar por sus ojeras y sus facciones demacradas. Era seguro que no le quedaban más que un par de días. Otro de los hombres parecía un doctor a juzgar por el gesto que hacia de tomarle el pulso constantemente. Y el último tenía toda la pinta de ser el enterrador. Alto, delgado, vestido de negro de la cabeza a los pies. Pájaro de mal agüero.
- ¿Qué le pasa? –le preguntó el joven a la anciana.
- El bueno del señor.... La muerte viene a buscarlo. ¿No la ves apoyada en el cabecero?
El joven dirigió su mirada hacia el cabecero pero no vio nada.
- Tienes que fijarte más –le repitió la anciana.
El joven volvió a mirar y esta vez para su sorpresa vio la figura de la muerte apoyada en el cabecero de la cama del señor...
- Cuando la muerte se sitúa a la cabeza de la cama quiere decir que viene a buscar al que se encuentra en ella.
- ¿Y no se puede hacer nada? –le preguntó el joven.
- ¿Cómo? Nadie escapa a la muerte –respondió la anciana en un susurro.
El joven no quedó convencido del todo. Pensó que algo se podía hacer.  Decidió quedarse en la habitación haciendo compañía a los presentes y ver en que acababa todo aquello. Las horas iban cayendo una tras otra haciendo que la noche pareciera más corta de lo normal. El joven, recordó las palabras de la anciana. Si está al cabecero es porque viene a por el alma del que descansa. Entonces el joven reaccionó. Miró a la muerte y se percató de que estaba dormida. Ese era el momento adecuado para llevar a cabo su plan.
A la mañana siguiente cuando la anciana entró en la habitación no pudo ocultar su sorpresa mediante un chillido. El enfermo había mejorado notablemente. Pero ¿cómo? La muerte ya no estaba a la cabecera sino a los pies de la cama. El joven había aprovechado el sueño de la muerte para dar la vuelta a la cama dejándola a los pies de la misma. Cuando la muerte despertó y se vio desplazada de la cabecera nada pudo hacer. Y se marchó como había venido esperando una nueva oportunidad. Mientras, los hombres que permanecían en la habitación felicitaban al joven por su sagacidad y atrevimiento. Había conseguido burlar a la muerte, pero sólo por esa vez.
Poco tiempo después el enfermo recayó y en aquella ocasión la muerte permaneció despierta toda la noche hasta la mañana en la que llevó el alma de aquel desdichado. No había olvidado el día en que un joven había conseguido engañarla.”

Sonreí al cerrar el libro y tras dejarlo sobre la mesita del café, me pregunté si alguien podría burlarla como hizo aquel joven; aunque claro está, al final todos acabamos cayendo entre sus brazos.

Las aventuras de Oliver Colalarga


Hace muchos años... tantos que no logro recordar cuantos, existió un país poblado por pequeños roedores llamado Miceland. Todos sus habitantes eran ratones desde el más humilde campesino hasta el rey. Este vivía en su corte rodeado de nobles que velaban por el buen estado y funcionamiento de todo el país. Pero como el territorio que abarcaba Miceland abarcaba desde las lejanas montañas del Norte, donde durante los fríos y crudos inviernos sus crestas estaban cubiertas por un blanco y espeso manto de nieve, hasta las llanuras más recónditas. Desde el nacimiento del río que cruzaba todo el país hasta su desembocadura en el océano. Tan grande era Miceland que el rey no lograba saber que sucedía en muchas de sus provincias. Es por ello que decidió nombrar un gobernador para que fuera sus ojos y sus orejas allí donde gobernara. De este modo el sabio monarca conocería por medio de ellos como convivían las gentes del país. Para ello una vez al mes los gobernadores acudían al palacio para dar debida cuenta de todos los acontecimientos ocurridos. Así, se trataban temas como las lluvias, los fríos inviernos, los calurosos veranos, las plagas que asolaban a los cultivos o la presencia de gatos. Todos los temas tenían cabida en aquellas reuniones que duraban días y días enteros. Sin embargo, pronto los gobernadores comenzaron a abusar de sus ciudadanos incrementando los impuestos que cobraban en nombre del rey sin ser verdad. Y hubo de ser un pequeño y valiente roedor quien cruzara el país para solicitar clemencia a su majestad, porque su hermano había sido condenado por robar un pedazo de queso. Sucedió una vez en la pequeña provincia de Choza-ratón que el gobernador comenzó a subir los impuestos más y más con el fin de recaudar un dinero que iba a parar a sus arcas. De este modo los pobres vecinos se veían una semana sí y otra también obligados a pagar un impuesto nuevo.
- Si seguimos así pronto no nos quedará con que alimentar a los pequeños –le decía Jeannie Colalarga a su esposo.
- Sí pero el gobernador nos exige que paguemos y si no lo hacemos... –la cara de Roger Colalarga se apenaba viendo la situación por la que estaban pasando.- A penas si nos queda comida para un par de días.
Ante esta situación el pequeño de los hijos de la familia Colalarga,  Fussy, decidió actuar por su cuenta al escuchar el lamento de sus padres. Así que aquella misma noche le comentó a su hermano mayor Oliver sus planes, mientras este último se disponía a dormir en su pequeña caja de cerillas.
- Estoy decidido a llegar hasta la casa del gobernador y sustraer el queso.
- ¡Pero tú estás loco chico! Si los guardias te encuentran robándole el queso al gobernador te encerraran en la cárcel –le dijo su hermano sin salir de su asombro.
- Pues por lo menos podré comer algo –respondió encogiéndose de hombros.
- ¿No hablas en serio, verdad? –le preguntó Oliver algo asustado por los comentarios de su propio hermano.- ¡Ay, si el rey supiera lo que ocurre en Choza-ratón! –exclamó apenado.
- Pero nosotros estamos muy lejos de la corte, y además nunca nos recibiría. Sólo pueden verlo los gobernadores.
- Será mejor que te quites esa idea tan absurda de la cabeza y te acuestes –le ordenó el hermano mayor.
Fussy miró a su hermano, que ya se había acostado, y arrastrando lo pies se dirigió a su cama. Tras apagar la luz de la vela Oliver se quedó dormido.


A la mañana siguiente temprano unos golpes en la puerta de la casa de la familia Colalarga hicieron saltar de las cajas a todos sus inquilinos. Cuando el padre abrió la puerta se encontró de frente con el capitán de la guardia del gobernador.
- Buenos días –dijo con voz autoritaria.- ¿Es usted el señor Colalarga?
- Pues claro yo soy –respondió mientras buscaba su par de gafas en los bolsillos de su bata, para poder ver mejor al capitán.
- Vengo a informarle de que anoche encontramos a su hijo...un momento –dijo mientras desplegaba un rollo de papel, y se colocaba el monóculo para poder leer- a su hijo Fussy Colalarga robando el queso del gobernador.
- ¡Mi hijo! ¡Fussy! –exclamó el padre llevándose las manos a la boca.
La señora Colalarga, que en esos momentos se encontraba detrás de su esposo, se desmayó al escuchar las palabras del capitán y hubo de ser reanimada por Oliver que había presenciado toda la escena. El señor Colalarga no daba crédito a sus grandes orejas, y no creía nada de lo que el capitán le había comentado. Pero todo cambió cuando este le hizo entrega de una copia de la acusación al tiempo que se despedía de él.
- Que tengan un buen día –les dijo esbozando una sonrisa maligna por debajo de sus enormes bigotes.
Cuando los miembros de la familia Colalarga se quedaron a solas el desánimo se apoderó de ellos. La madre lograba recuperarse muy lentamente de aquella noticia, mientras el padre se sentaba sobre su sofá gastado a leer el contenido de la acusación.
- Lo van a acusar de robo. Y seguramente lo condenarán a muerte –exclamó apenado.
- Le dije que no lo hiciera –murmuró Oliver.
- ¿Sabías que iba a hacerlo? –le preguntó su madre sobresaltada mientras su padre daba un respingó del sofá haciendo que sus gafas se le cayeran al suelo.
- Bueno...yo... anoche me lo comentó –respondió Oliver con cierto titubeó en su voz.- Pero le dije que no lo hiciera –se apresuró a decirle a sus pobres y apenados padres.
- Será mejor que acudamos a ver al viejo Sabio. Él nos dirá que podemos hacer. Seguro que se le ocurre algo –dijo el padre intentando calmar la situación.

Sabio era un ratón muy anciano y muy listo debido a que gustaba de leer y leer. Su casa parecía una biblioteca por la cantidad de libros que tenía. Libros en las estanterías, sobre las mesas, en la repisa de la chimenea o apilados por el suelo. En los rincones. No había un espacio de su casa que no tuviera algún ejemplar de los escritores más famosos de Miceland. Lo encontraron sentado a su mesa devorando las páginas de un gran libro que a Oliver le pareció muy viejo. Cuando le contaron el lío en el que se había metido el pequeño Fussy, Sabio los miró por encima de sus gafas con cierta preocupación.
- Es una acusación muy seria. Robar el queso del gobernador... Pero veremos que se puede hacer.
- Lo hizo para poder comer –le explicó Oliver intentando ayudar en todo lo posible.
- Sí, sí –asentía Sabio.- Pero es el queso del gobernador entiende muchacho...–repetía una y otra vez.
Aquellas palabras apenaron aún más a la familia Colalarga que veía pocas esperanzas en las palabras de Sabio.

El día del juicio todos los habitantes de Choza-ratón habían acudido a presenciar el juicio contra Fussy. Según las estrictas órdenes del gobernador la familia no podía ver al acusado antes del juicio. Fussy se había sentado sobre una bobina de hilo y estaba custodiado por dos guardias con cara de pocos amigos. Cuando la señora Colalarga vio a su hijo en aquella situación sintió como la pena le oprimía el corazón. Mientras, Oliver y su padre se acomodaban en sus asientos que no eran otra cosa que una enorme caja de cartón dispuesta para tal acontecimiento. El juicio se desarrolló como era de esperar, y pese a los esfuerzos de Sabio por evitar que culparan a Fussy de robar el queso del gobernador, diciendo que lo había hecho porque tenía hambre, o porque era un joven alocado, el veredicto fue claro. Culpable. Desde ese momento la familia Colalarga se sumió en la más profcunda tristeza. Ya no volverían a ver a su hijo.
Cuando todo hubo pasado Oliver se quedó a solas con Sabio en el tribunal, mientras sus padres eran consolados por los demás habitantes de Choza-ratón.
- ¿No hay ninguna posibilidad de salvarlo? –le preguntó Oliver desesperado.
- No –respondió Sabio moviendo la cabeza en sentido negativo. Pero de pronto pareció como si le hubiera venido la inspiración y mirando fijamente a los ojos a Oliver le dijo:- Sí, ya lo creo. Existe una única manera de salvarle la vida a tu hermano, pero bastante arriesgada.
- ¿Cuál? Dime, deprisa.
- Ir a pedir clemencia al rey.
- Entonces me pondré en marcha hoy mismo.
- Pero muchacho –le gritó Sabio agarrando a Oliver por la manga de su camisa para que no saliera corriendo.- ¿Tú sabes lo que dices?. El camino es largo y difícil. Y no cuentas con un medio para desplazarte hasta la capital del reino.
- Entonces iré a pie –respondió tajantemente Oliver.
- ¿A pie?
- Sí, ¿para qué tengo estos pies tan grandes? –le preguntó a Sabio levantando primero uno y luego el otro. De modo que decidió que emprendería el camino a la mañana siguiente.

Aquella misma noche Oliver le contó a sus padres lo que Sabio le había dicho, y como había decidido ponerse en marcha hacia la capital para solicitar clemencia al rey. Por supuesto se lo prohibieron, pero Oliver estaba decidido a hacerlo, y antes de que saliera el sol se había puesto en marcha. El camino hasta llegar a la capital sería largo y lleno de peligros. En los bosques habitaban toda clase de malhechores y asaltantes de caminos, pero Oliver estaba decidido a llegar ante el rey para contarle lo que sucedía en Choza-ratón. Había salido de casa con un pequeño atillo que contenía  algunos pedacitos de queso y varios mendrugos de pan, para alimentarse durante el camino. No obstante, confiaba en la buena caridad y hospitalidad de sus vecinos. Iba pensando en que le diría al rey, como se lo diría, y en como habría de dirigirse a él cuando varios hombres salieron de entre los matorrales y lo rodearon.
- Alto. ¿Quién eres y donde vas pequeño roedor? –le preguntó el que parecía el jefe a juzgar por su aspecto. Llevaba una camisola de color verde sujeta con un trozo de cuerda a la cintura. Se cubría la cabeza con un pequeño gorro de fieltro con una pluma. En sus manos llevaba un arco hecho con un palillo y sedal.
- Me llamo Oliver Colalarga, y voy a la capital a ver al rey –respondió nervioso.
- ¿A la capital? –le preguntó un secuaz algo regordete y ojos saltones.
- ¿Qué quieres del rey? –le preguntó el que parecía ser el jefe.
- Voy a solicitar clemencia para mi hermano. El gobernador lo ha condenado por robar queso.
- Umm. Sí, he oído algo de ese asunto. Es cierto que el gobernador se comporta mal con sus ciudadanos. Nosotros hemos tenido que venirnos a vivir al bosque para escapar de sus injusticias. Por cierto me llamo Robin Ratón, y estos son mi pandilla -dijo señalando a todos los allí presentes.- Esta bien Oliver te dejaremos pasar por nuestro bosque, y es más voy a entregarte mi anillo para que nadie te moleste. Tú enséñalo a cualquiera que intente robarte, y de inmediato sabrá que eres mi amigo.
- Gracias –respondió Oliver tomando el anillo que Robin Ratón le entregaba.
- Espero que tengas suerte en tu aventura –le dijo antes de desaparecer en la espesura del bosque.
De este modo se despidió Oliver de Robin Ratón y su pandilla y continuó su marcha hacia las montañas que se levantaban delante suyo, y que debía atravesar para llegar a ver al rey. Cuando llegó a la falda de las mismas Oliver se detuvo a descansar y a tomar algún pedazo de queso con el que reponer su fuerzas. Apenas si había parado unos instantes para descansar en todo el día, y además comenzaba a hacerse de noche.
- He de encontrar un refugio en el que resguardarme del frío de la noche.
Y buscando, buscando dio con una pequeña cueva abandonada; o eso creía pues al estar todo a oscuras no se dio cuenta de que en su interior dormía un gran gato peludo de color gris. Oliver sintió algo blando y mullido delante suyo y decidió recostarse sobre aquello. Estaba tan cansado que no se percató del ligero ronroneo que emitía el gato, y que Oliver confundía con sus propios ronquidos. Cuando a la mañana siguiente el gato se despertó y estiró sus patas se dio cuenta de que con la sacudida de las mismas había arrojado algo pequeño contra la entrada de la cueva. Pronto sus ojos se posaron sobre el pequeño roedor que había salido rodando. Oliver se despertó fruto del golpe que había recibido. Más cuan grande fue su sorpresa cuando se encontró frente al enorme gato que ahora abría la boca y se relamía de gusto por el manjar que tenía allí delante.
- Vaya, vaya. De manera que ya tengo el desayuno preparado –dijo acorralando a Oliver.
- Escúcheme señor gato –balbuceó Oliver- tengo mucha prisa...y debo seguir el camino hacia la capital para ver al rey. Además le recuerdo que entre nuestros países hay paz.
- Yo no he oído nada de paz entre gatos y ratones –dijo mientras avanzaba con paso lento y firme hacia Oliver.
Mientras tanto el pequeño roedor caminaba hacia atrás acercándose cada vez más a la entrada de la cueva.
- ¿Dónde crees que vas pequeño?
La mente de Oliver trabajaba a toda velocidad intentando encontrar la manera de salir de allí lo antes posible.
- Soy amigo de Robin Ratón –dijo de repente.
- ¿De Robin Ratón? –preguntó sorprendido el gato.
- Sí mira –le dijo enseñándole el anillo que el habitante del bosque le había regalado.
El gato contempló el anillo que relucía con las primeras luces del alba y tras asegurarse de que era cierto miró a Oliver y le dijo:
- Está bien. Puesto que era amigo de Robin Ratón no te haré nada. También es amigo mío.
- ¿De veras? –preguntó Oliver algo sorprendido por el hecho de que un ratón y un gato fueran amigos en aquellos tiempos.
- Pues claro. Robin salvó a mi familia de morir en un incendio durante las guerras entre ratones y gatos. Desde aquel día juré que no haría daño a sus amigos, y puesto que tú eres uno de ellos no te tocaré ni un pelo. Es más puedes subirte sobre mi lomo, y te acercaré a la ciudad.
De este modo Oliver se subió a la espalda del gato que le ayudó a cruzar las montañas, a vadear el río, y a atravesar los verdes valles cercanos a la capital. El gato se detuvo a las afueras de la capital en donde dejó a Oliver.
- Espero que tengas suerte en tu misión. Yo debo volver a mi territorio. No es bueno que un gato esté cerca de la capital de los ratones. Entiendes verdad. Todavía hay ratones que nos consideran sus enemigos, pese a que hace ya años que hay paz entre nosotros.
De este modo se despidió del pequeño roedor y emprendió el camino de regreso. Oliver entonces empezó a buscar el palacio, pero como nunca antes había estado en la capital hubo de preguntar por su ubicación. Muchos ciudadanos se sorprendieron por su interés en ver al rey, y le aconsejaron que desistiera de su intento ya que aquel no le recibiría. Pero Oliver no había llegado hasta allí para nada de manera que decidido se encaminó hacia el palacio de su majestad. Al verlo llegar los dos guardias apostados a ambos lados de la puerta le impidieron la entrada.
- Pero necesito ver al rey. Es muy importante –le dijo en tono de súplica.
Sin embargo, los dos guardias permanecieron impasibles ante Oliver. Este hubo de poner a funcionar rápido la maquinaria de su cabeza. Comenzó a pasear con la cabeza gacha sin ver que un ratón con carro lleno de fruta se aproximaba por la calle hacia él.
- Aparta de ahí roedor, no ves que tengo que cruzar–le gritó el conductor alzando el puño como si quisiera enfadarse.  El carro se detuvo justo delante de la entrada del palacio esperando a que abrieran las puertas momento que Oliver aprovechó para esconderse entre la fruta. Una vez dentro saltó del carro, y corrió hacia el salón del trono donde se estaba celebrando una importante reunión en la que participaba el rey y sus consejeros. Tan encandilado estaba Oliver que no percató de la presencia de los guardias hasta que estos lo detuvieron.
- Soltadme, soltadme –gritaba Oliver mientras forcejeaba con sus captores.
Aquellos gritos despertaron la curiosidad del ayudante del rey quien de inmediato corrió a ver que sucedía. Era un ratón alto y fuerte vestido con una librea en tonos azul claro.
- ¿Qué sucede aquí? ¿Y quién es este? –preguntó señalando a Oliver.
- Lo hemos encontrado fisgoneando por palacio –respondió uno de los guardias.
- ¿Qué hacías aquí? –le preguntó el ayudante del rey bajando la mirada hacia Oliver.
- Sólo quiero ver al rey para...
- El rey no recibe a nadie –le dijo muy serio el ayudante.
- Pero es muy importante que lo vea, debo informarle...
- Echadlo de aquí vamos.
- ¡No, no, majestad, majestad! –comenzó a gritar cada vez más y más alto Oliver hasta que sus gritos trajeron al propio rey ante él.
- ¿Qué sucede aquí Fritz? –le preguntó mirando al ayudante.
- Este muchacho que se ha colado en palacio para veros majestad –se explicó.
- ¿Y qué es eso tan importante que tienes que decirme que arriesgas tu vida por entrar en palacio? –le preguntó el rey.
- Señor... majestad –empezó diciendo Oliver haciendo una reverencia.- Se trata de mi hermano.
- ¿Qué le pasa a tu hermano?
- Está preso en la prisión de Choza-ratón.
- Si está preso es por que ha cometido algún delito ¿no? –le preguntó levantando las cejas.
- Robó el queso del gobernador –respondió en voz baja Oliver mientras agachaba la cabeza.
- Eso es delito majestad –le recordó el ayudante.
- Ya lo sé Fritz no necesito que me lo recuerdes. Continúa pequeño.
- El gobernador de Choza-ratón nos obliga a pagar impuestos abusivos; tantos que no nos llega ni para comer. Por eso mi hermano robó el queso.
- Ummm. Vaya, de modo que mi gobernador de Choza-ratón se comporta mal, ¿eh?
- Majestad vos podéis indultar a mi hermano.
- Tienes razón, pero antes me aseguraré de que lo que dices es verdad. Y tengo un plan para averiguarlo.


Pocos días después Oliver regresó a Choza-ratón acompañado de un extraño compañero. Un roedor ataviado con unos andrajosos ropajes y un bastón que le servía para ayudarse al caminar. Juntos entraron en casa de la familia Colalarga. Al verlo aparecer sus padres se llenaron de gozo, pues pensaron que traía el indulto para su hermano. Pero a cambio lo que Oliver había traído era una boca más que alimentar.
- Perdonadnos, pero sólo tenemos unas migajas de queso para ofreceros. La vida en Choza-ratón se hace cada vez más difícil –le explicó la señora Colalarga.
- ¿Por qué? –le preguntó el extraño.- ¿Acaso vuestro rey no os trata bien?
- No es el rey precisamente, sino su gobernador quien nos oprime con tantos impuestos. Casi no nos llega para comer y además... nuestro hijo...
La señora Colalarga no pudo continuar la narración pues la pena la embargaba de manera que fue el señor Colalarga quien la concluyó.
- Mañana ajusticiarán a nuestro hijo por robar un pedazo de queso del gobernador. Él que tiene los almacenes llenos a rebosar.
- Cuanto lo siento –dijo el extraño.- ¿Si pudiera hacer algo?
- Rezábamos para que Oliver trajera el indulto del rey pero...-dijo el señor Colalarga encogiéndose de hombros.
- No deben preocuparse; seguramente que su hijo ha hecho todo lo que ha podido y más –respondió el extraño mirando a Oliver.
Los señores Colalarga se miraron sin entender aquellas palabras y se retiraron a dormir a esperar la mañana siguiente en la que su hijo Fussy sería ajusticiado por el verdugo. La mañana resultó despejada y muy soleada. El viento fresco mecía las ramas de los árboles emitiendo un sonido melódico. Todo estaba preparado en la plaza de Choza-ratón para la ejecución de Fussy. El gobernador se encontraba sentado sobre un enorme carrete de hilo con un respaldo de espejo dispuesto a dar la orden de comenzar. Fussy y el verdugo aguardaban la orden. El pueblo de Choza-ratón había sido obligado a congregarse en la plaza bajo pena de igual castigo para el que no lo hiciera. Los padres de Fussy y el propio Oliver se encontraban allí también al igual que el extraño compañero de Oliver.  El gobernador se levantó de su asiento para dar la orden de empezar el castigo cuando una voz se oyó entre el público que detuvo tal acontecimiento.
- Alto en nombre del rey. Detened esta injusta ejecución.
Todos los ratones congregados volvieron sus cabezas hacia el lugar de donde había salido aquella voz. El gobernador ofendido por aquella interrupción mandó detener a aquel que se había atrevido a contradecir sus órdenes. El extraño avanzó saliendo de la multitud, y con paso firme y decidido caminó hacia el patíbulo ante la sorpresa de todos.
- ¿Con qué derecho te atreves a detener esta ejecución? –le preguntó el gobernador señalándolo con el dedo.
- Con el derecho que concede mi rango y mi título –respondió el extraño despojándose de todos sus harapos hasta dejar visible el traje con el emblema real en su pecho.
- ¡El rey! –exclamaron algunos curiosos.
- ¡Es el rey! –gritaban otros.
- Ha venido a librarnos del gobernador –murmuraban.
El señor y la señora Colalarga no daban crédito a sus ojos. El rey en persona había acudido a Choza-ratón. El gobernador no tuvo más remedio que sentarse y callarse ante la autoridad del monarca.
- Me han dicho que tratas mal a mi pueblo, y que has acusado injustamente a este pobre indefenso por robar un pedazo de queso para poder comer. ¿Es esta la justicia que yo te enseñé? Desde hoy quedarás preso en la cárcel. Nombraré un nuevo gobernador.

Pocos días después el rey ofreció el cargo de gobernador al propio Oliver, quien se excusó diciendo que no tenía rango ni categoría para hacerlo.
- Es posible, pero te las ingeniaste muy bien para entrar en mi palacio burlando a mi guardia. Estoy seguro de que serás igual de justo con tus vecinos. Y espero que acudas pronto a visitarme. Además he oído que entre tus amistades se encuentra Robin Ratón.
- Yo quería pediros que le permitierais regresar a Choza-ratón para ayudarme.
- Pues claro. Ya he mandado llamarlo.
Oliver sintió una inmensa alegría por el feliz desenlace de la historia. Su hermano se había salvado del verdugo. El queso almacenado por el gobernador había sido distribuido entre todos los habitantes de Choza-ratón, y él había sido nombrado gobernador. Pronto se rodeó de gente experta como el bueno de Sabio el devorador de libros e historias, o Robin Ratón que le ayudaron en el buen cumplimiento de la justicia. En cuanto a Fussy fue castigado por sus padres por robar, aunque fuese para comer. Su castigo fue acudir a casa de Sabio a colocar por orden todos los libros que Sabio tenía apilados en su casa. Algo que Fussy agradeció, pues le permitió acercarse a la lectura, y descubrir el placer que esta le producía.

3 oct 2011

Thomas Rymer

Aquel mediodía de comienzos de primavera en la costa de Fife, el cielo aparecía despejado de nubes y un sol brillante trazaba un sendero luminoso a través del valle. Salí de casa después de almorzar para dar un paseo por los acantilados y escuchar al mar rompiendo con furia sobre las rocas. Me asomé un poco para ver dicha estampa, siempre tomando precaución de no caer, y vi como el agua dejaba un rastro de espuma blanca tras el anterior golpe. Durante segundos permanecí quieto observando las embestidas de las olas hasta que consideré que era el momento de emprender mi paseo. Tomé la dirección que se alejaba un poco del pueblo de Fife y me adentré en el bosque. Pretendía disfrutar de aquella hermosa tarde, y a fe que lo iba a hacer. No había caminado demasiado cuando percibí la figura de una persona sentada sobre el verde musgo, y cuya espalda reposaba sobre el tronco de majestuoso árbol. Entrecerré mis ojos para intentar vislumbrar algún gesto o rasgo que me resultara familiar en particular. Y cuando a penas estuve a escasos diez pasos sonreí al ver que se trataba del famoso farero de Fife, el señor Jarvis. Al verme levantó la mano, en la que sostenía su vieja y deslustrada pipa de madera, haciéndome señales para que acudiera junto a él. Encantado por esta invitación me dirigí hacia él. ¿Qué estaba haciendo allí tan temprano? ¿Tal vez buscando la inspiración para su próximo relato?
- Buenos tardes señor Jarvis –le dije cuando llegué a su altura.
- También lo sean para usted, señor... –Jarvis dejó en suspenso la continuación de su comentario pues creo que desconocía mi nombre.
- Thompson. Robert Thompson –le dije solicito mientras tendía mi mano para estrecharle la suya.
Jarvis sonrió complacido mientras volvía su pipa a su boca y aspiraba.
- ¿Puedo preguntarle qué hace aquí?
El farero levantó la mirada hacia mi, que aún permanecía de pie, y sonrió.
- ¿Ha oído hablar alguna vez de Thomas Rymer?
- No, claro que no. ¿Debería? –le pregunté con un tono de intriga mientras mis cejas formaban un arco que se unía a mi flequillo.
- Thomas Rymer siempre estaba sentado junto al camino. Como yo ahora.
- ¿Y qué hacía? ¿A qué se dedicaba?
Jarvis sonrió mientras cerraba los ojos y recostaba su cabeza contra el tronco del árbol. Durante unos segundos no dijo nada. Ni emitió el más leve murmullo. Yo lo contemplaba en silencio sin atreverme a mover un solo músculo, ni mucho menos a decir nada que perturbara sus pensamientos. Al cabo de unos minutos me dijo:
- Verá, Thomas Rymer era un músico. Sí, tocaba el arpa.
- Y la gente se detenía junto al camino a escucharlo...
Jarvis abrió los ojos y me miró con el ceño fruncido. Me apuntó con la boquilla de su pipa y me dijo:
- Me ha dicho que no conocía la historia –señaló con un tono de intriga en su voz.
- Y no la he escuchado jamás, pero he deducido que sucedería así –le dije encogiéndome de hombros.
- ¿Le gustaría escucharla? –me preguntó sabiendo cual sería mi respuesta.
- Claro. Nada me complacería más –respondí con un toque de alegría en mi voz.
- Entonces siéntese y escuche.
Seguí las indicaciones de mi anfitrión y me situé junto a él apoyando mi espalda contra la parte del tronco que Jarvis dejaba libre. Aguardé impaciente a que iniciara su relato, el cual llegó tras otros segundos de silencio. Un silencio en el que sólo se escuchaba el sonido del mar rompiendo en los acantilados. Y el viento meciendo levemente las ramas de los árboles. Se respiraba paz y tranquilidad. El marco idílico perfecto para una narración de Jarvis.

Esta historia sucedió hace mucho tiempo en la ciudad de Earlston en la región de Lauderdale cerca de las Borders. Para ser más exactos en una pequeña aldea conocida como Ercildoune. En aquellos días, Thomas Rymer era un personaje local muy conocido por todo el mundo, ya que era el laird de Ercildoune. Pero sobre todo por su gran maestría a la hora de componer y tocar el arpa. La gente se concentraba a su alrededor para escuchar las más bellas melodías, ya fuera en mitad de la plaza, o en el camino, cuando lo veían tomándose un descanso en lo días que acarreaba ganado al mercado. Thomas Rymer era joven, y como tal le gustaba reunirse con los demás para disfrutar de su compañía; gastar bromas, cantar y bailar. En ocasiones dejaba a su ganado paciendo tranquilamente mientras él disfrutaba de su tiempo de ocio. Sucedió un mañana de Mayo, que Thomas Rymer se encontraba sentado al borde del camino, apoyada su espalda contra un árbol centenario, llamado el árbol de Eildon. En esos momentos estaba tocando una hermosa melodía con su arpa cuando se percató de la presencia de una dama quien venía en su dirección sobre un hermoso caballo. La dama en cuestión vestía toda en un verde brillante -el color de las hadas locales. Las campanillas que colgaban de la brida del caballo emitían un sonido alegre que perfectamente se compaginaba con la melodía de su arpa. Thomas se dio cuenta que nunca había sido testigo de una visión tan radiante y maravillosa como aquella, y no pudo apartar sus ojos de aquella criatura en ningún momento. De repente sintió que su canción y su melodía comenzaban a ser más lentas y las notas más espaciadas en el tiempo hasta que finalmente dejó de cantar y de tocar para ponerse en pie para saludarla.
- Os saludo señora. Vos debéis ser la Reina del Paraíso –le dijo con un tono de voz que se asemejó más a un susurro, mientras inclinaba su cabeza de manera respetuosa.
- Oh, no, no, Thomas –respondió.- Ese no es mi nombre. Soy la Reina de la Tierra de los Elfos, y he venido a visitarte. Te escuché cantar, pero por favor sigue. No te detengas por mi. Estaría dispuesta a escucharte todo el día. Cuando hayas terminado tu canción, podrás besarme. Y podrás venir conmigo a la Tierra de los Elfos.
- Eso es algo que no me asusta –dijo Thomas de forma rápida.
- Sin embargo, debes saber que un beso de mis sonrosados y suaves labios sellará tu destino. Tendrás que servirme en mi tierra durante siete años- en el bien y en el mal; en tiempo de riqueza y de pobreza.
Las palabras de la Reina mantenían a Thomas Rymer en una especie de encantamiento, y cuando hubo concluido su canción la besó suave y dulcemente. Entonces subió a la grupa de su caballo y cantando alegremente ambos partieron. Al momento, llegaron a una encrucijada de tres caminos. La Reina se los mostró a Thomas. Primero el camino estrecho que conducía a la colina. Un camino lleno de espinas y cantos rodados.
- Este es el camino de la razón. Son pocos los que lo toman a lo largo de su vida.
El segundo camino era más ancho, cubierto de hierba y sin ningún peligro. Conducía a un páramo soleado.
- Este es el camino de la maldad.
Thomas Rymer había escuchado al cura de Ercildone referirse a éstos. Pero la Reina y Thomas cogieron el tercero. El que los conduciría a la Tierra de los Elfos a través de un bosque profundo que ocultaba el sol. Llegaron cuando la noche comenzaba a tejer su manto y se respiraba tranquilidad y sosiego.
- Una última cosa, Thomas, -le dijo la Reina cuando llegaron.- Permanecerás conmigo durante siete años. Y durante todo este tiempo no deberás hablar con nadie. ¡Ni una sola palabra! De lo contrario tu destino quedará sellado para siempre: serás mi sirviente toda la vida. Y no se te permitirá regresar a Ercildone jamás.
Cuando Thomas Rymer penetró en el reino de los Elfos cambió sus ropas por una traje de seda verde como el de sus habitantes, y sirvió a la Reina con lealtad durante siete años. Tocaba el arpa para ella, y su corte bailaba al son de sus melodías. Y durante todo el tiempo no pronunció ni una sola palabra.
Así, llegó el día en el que se cumplía el séptimo año. La reina se dirigió a él.
- Thomas, nuestros siete años concluyen hoy y puedes regresar a tu hogar. Me has servido bien. Y has mantenido silencio en todo momento. Te echaré de menos.
De manera que Thomas Rymer era libre de nuevo. Tras siete años tomaría  el camino de regreso a Ercildone. Pero antes, la Reina le entregó una enorme manzana del árbol que había en la entrada de su palacio.
- Cómetela –le dijo- Te hará entrega de dos preciosos dones. El de la verdad, y el de la profecía. Ambos te harán rico y famoso. Adiós, Thomas Rymer.
Pero Thomas, no estaba convencido del todo de si quería aquellos dones.
- Siempre he hablado conmigo mismo en mi mente –pensó- Pero también he sabido cuando no debía hacerlo. La verdad es un arma de doble filo, o eso me parece a mí. Pero ya veremos...- Tampoco estaba convencido del todo al respecto de si quería el don de la profecía. ¿Le gustaría poder ver el futuro?

Jarvis hizo una pausa mientras me miraba intrigado. Como si estuviera esperando algún comentario por mi parte. Yo lo miraba de la misma manera esperando a que continuara con su narración.
- ¿Ya ha terminado? –le pregunté con un tono en mi voz que denotaba sorpresa e impaciencia.- ¿Qué le sucedió a Thomas Rymer? ¿Regresó a su casa o se quedó con la Reina de las Hadas? ¿Se comió la manzana?
Jarvis sonrió mientras apartaba la pipa de su boca y me señalaba con ella.
- Son demasiadas preguntas, mi joven amigo. Esperad a que termine la historia y seguramente todas vuestras dudas quedarán despejadas.
Con estas palabras Jarvis volvió a reclinarse sobre el tronco del árbol y prosiguió su historia, la cual, como las predecesoras no estaba exenta de intriga, misterio, y emoción.      
“Thomas Rymer regresó a su casa junto a su esposa y sus dos hijos. Cuando vio a ésta descubrió que los siete años pasados alejado de ella habían dejado huella. Sus cabellos poseían un toque plateado, y su rostro comenzaba estar surcado por diversas arrugas. Sus hijos se habían convertido en dos jóvenes apuestos. Thomas había mordido la manzana, y en ese momento se daba cuenta de que estaba observando el futuro. Por otra parte, el hecho de decir siempre la verdad hizo que los ciudadanos de Ercildoune no quisieran cuentas con él. ¡Una cosa era decirle a una joven que sus cabellos rubios parecían oro, y otra que parecían heno! Pero Thomas siguió tocando su arpa y cantando aunque ya no hubiera nadie cerca para escucharle como antes. Todos querían saber donde había estado, pero nadie se atrevía a acercarse hasta él para preguntárselo. El nombre de Thomas Rymer pronto comenzó a ser famoso en Ecildourne. Un hombre que decía la verdad, y podía prever el futuro. Se comenzó a llamarle Thomas el Verdadero, y su fama llegó a todos los rincones de Escocia después de que predijera la muerte del rey Alejandro III en una noche de tormenta en el año 1286. Cuando Alejandro se precipitó de su caballo cayendo por unos acantilados cerca de Kinghorn of Fife, justo como Thomas había predicho. De este modo todo el mundo acudía a conocer su futuro: granjeros, peregrinos, soldados,... Un sinfín de personas llegaba cada día hasta su puerta. De este modo Thomas se convirtió en un hombre rico y famoso, tal como le había dicho la Reina de los Elfos. Thomas pensaba en ella en sus momentos de soledad. Y una noche en la que estaba sentado de manera relajada a la luz de la luna uno de sus hijos llegó hasta él para decirle que había un ciervo plateado a la entrada del parque. Thomas sabía que aquel animal sólo podría proceder de la Tierra de los Elfos. Sin decir una sola palabra a nadie, cogió su arpa colgándosela al hombro se deslizó bajo la luz de la luna hacía el parque, donde se encontraba el ciervo de la Reina.
Thomas Rymer no volvió a Ercildoune. Nadie jamás supo que fue de él. Desapareció de la noche a la mañana. Pero sus profecías aún son recordadas.

Durante unos segundos el farero Jarvis se quedó en silencio, con  los ojos cerrados como si estuviera pensando, o simplemente hubiera dejado su mente en blanco. Seguía recostado contra el tronco del árbol, mientras de su pipa salía una pequeña estela de humo alzándose hacia el cielo. Lo contemplé durante todo ese tiempo esperando que dijera algo más. Pero ante este silencio, fui yo quien le pregunté:
- ¿Por qué regresó con la Reina de los Elfos? ¿Tal vez porque descubrió que su verdadero sitio estaba junto a ella?
Jarvis abrió un solo ojo que dirigió hacia mi y sonrió mientras tomaba la pipa en su mano.
- Tal vez descubriera que ser sincero era peligroso.
- Pero, ¿por qué mordió la manzana?
- Curiosidad. Simple curiosidad por ver si la Reina lo había engañado.
- ¿Tal vez vio algo en el futuro que no le gustó, y por ello regresó con la reina?.
- Es posible también.
- Estáis muy misterioso señor Jarvis –señalé mientras él sonreía burlón.
- No tengo la respuesta a vuestras preguntas pues nadie jamás lo supo. Esta historia es una mera leyenda popular de Escocia. Nada más. Así podéis contarla a vuestros lectores –me sugirió sonriente.- Sí, no me miréis así. Ya sé que las andáis publicando en cierta revista barata. El otro día, el señor Murdoch me enseñó uno de mis relatos.
- ¿Os importa qué...? –le pregunté a modo de disculpa.
- Ni lo más mínimo. Redactarlas y publicarlas todas. Conozco infinidad de ellas. E incluso siendo farero me atreví yo mismo a ponerlas por escrito.
- ¿Tenéis vuestras propias historias redactadas? –le pregunté con asombro.
- Así es. Cientos, miles de cuentos y relatos de la Escocia profunda y popular. Algún día os regalaré unas cuantas.
- Me encantaría.
- Lo haré antes de que la Reina de los Elfos venga a visitarme –me dijo con un guiño y una sonrisa pícara mientras se incorporaba.- ¿Venís a la taberna?
Lo miré extrañado durante unos segundos pues pensé que no acudiría a contar más historias.
- Se acerca la hora del relato.
Caminé hacia él mientras Jarvis entrelazaba las manos a su espalda y fumaba. Con paso lento llegamos a la taberna donde la gente ya lo esperaba.