27 sept 2011

Rusalki

(Basado en un aleyenda eslava)
Siempre que viajo a Londres con motivo de descansar unos días de mi agitada y estresante agenda me gusta dedicarme a mi hobby favorito, esto es, la de anticuario. Pero para que el lector pueda tener una mejor idea del objeto de esta afición mía le contaré que sólo me interesan los viejos manuscritos. Considero que muchos pensarán que qué tiene de importante un viejo papel apergaminado; pues bien yo se lo explicaré. Los antiguos manuscritos atesoran una incalculable fuente de sabiduría que sólo sus más fervientes seguidores podemos comprender. Sumergirse en su contenido, descifrar claves secretas, viajar a mundos exóticos y lejanos; en definitiva toda una serie de aventuras.
Aquella mañana de comienzos de septiembre el día amaneció despejado sobre la ciudad del Támesis. Algunos tímidos rayos de sol se permitían la licencia de asomar entre las nubes compactas. Inicié mi camino por las atestadas calles y encaminé mis pasos hacia el lugar preferido por excelencia por los anticuarios: la casa de subastas  Christies. No sabía a ciencia cierta si iba a adquirir algún manuscrito aquella mañana, pues desconocía el lote que se iba a subastar. Al llegar a la entrada el portero me saludó inclinando la cabeza, mientras me abría la puerta para poder entrar. Luego, una señorita de uniforme muy amable me tendió el catálogo de objetos que se iba a sacar a subasta. Caminé hasta el salón donde se estaba llevando a cabo una de las pujas programadas para aquel día, y procedí a sentarme tras encontrar un asiento libre. Eché un vistazo a mi alrededor y me percaté de que no había mucha expectación aquella mañana. Esto me indicó que los objetos que iban a mostrarse no deberían tener mucho valor. Comencé a hojear el catálogo sin prestar atención al objeto que en aquellos momentos estaba siendo subastado.
A primera vista el contenido del folleto no despertó mucho interés en mi persona. Decidí echar un segundo vistazo con mayor detenimiento hasta que mis ojos se posaron en algo que captó por entero mi atención. El número doscientos treinta y seis correspondía a un lote formado por un antiguo manuscrito de incalculable valor para mi. El manuscrito Rusalki. De inmediato levanté la vista hacia el subastador para ver qué objeto se encontraba en aquellos momentos en la puja. Por suerte no se trataba de mi deseo de manera que volví al catálogo, y me concentré en la lectura del texto a pie de página que acompañaba a una fotografía a color del texto. Decía así: “Un antiguo manuscrito del siglo... donado por el señor... del cual sólo se sabe que lo adquirió en una subasta, y que pasado un tiempo desapareció. El pergamino fue encontrado en un viejo estudio de la calle Moufetard de París. Su precio de salida es de doscientas libras”. 
El misterioso objeto captó por completo mi atención, y tras comprobar el dinero que podía gastarme decidí concentrarme en la subasta. Pronto salió a puja tan codiciado ejemplar, por el cual confiaba en que nadie pujara. El subastador leyó la descripción que aparecía en la guía, y que yo ya había leído. Sus últimas palabras hacían referencia al precio de salida.
- Se inicia la puja en doscientas libras.
Hubo un momento de silencio e indecisión en la sala en el que todos los presentes nos mirábamos intentando descubrir, si alguno de nosotros tenía interés en aquel viejo papel. Finalmente viendo que nadie parecía mostrar ni el más mínimo me aventuré a levantar mi mano derecha en señal de que aceptaba el precio de salida.
- El caballero ofrece doscientas libras –anunció el subastador señalando en mi dirección. Algunos rostros curiosos se volvieron para comprobar quien había sido,  para posteriormente volver a sus quehaceres particulares. - ¿Alguien da más?.
El silencio continuó lo que favorecía mis expectativas de adquirirlo. El pobre hombre que conducía la subasta intentaba por todos los medios animar la puja, pero no había manera. Nadie parecía mostrar el más mínimo interés por un trozo de papel usado.
- Doscientos a la una.
Mi expectación iba en aumento a medida que se acercaba el final.
- Doscientas a las dos.
Me imaginaba pasando mis manos por el manuscrito, y leyendo su enigmático contenido. El subastador hizo una breve pausa antes de pronunciar la sentencia definitiva que correría el manuscrito. Sin duda buscaba crear algo de expectación esperando que alguien hiciera una contra oferta. Pero nada de eso sucedió, y el escrito cayó en mi poder.
- Doscientas a las tres. Adjudicado al señor del abrigo negro.
Me levanté de inmediato sin poder contener mis nervios, y tras abonar la cantidad acordada por el pergamino lo recibí en mis temblorosas y sudorosas manos fruto de mi excitación por tal acontecimiento. Cuando salí de la casa de subastas Christies lo primero que hice fue dirigirme a un café donde tras acomodarme en una mesa apartada y pedir un té, procedí sin más dilación a la lectura tranquila y pausada del manuscrito Rusalki. Este estaba encuadernado en un libro cuyo lomo era de piel en color oscura, pero bastante desgastado por el paso del tiempo. Baste con señalar que algunas hojas se habían desprendido, y que la cinta de tela roja empleada para marcar la página de lectura se encontraba en un estado deplorable. Roída en su parte inferior. No obstante, el contenido no parecía haberse alterado a simple vista. La letra era bastante gótica con muchos adornos en su parte final. Estaba escrito en una lengua que no era muy común: polaco. Sin embargo, he de decir que mis largos años de investigaciones en países lejanos me han hecho acreedor de un conocimiento en lenguas eslavas, de modo que no tuve grandes problemas para descifrar su contenido el cual pongo ante el público lector.

Las creencias populares en seres extraños como duendes, trasgos, o genios maléficos se han trasmitido de padres a hijos durante siglos por toda la Europa del este. Cualquier estudioso en el tema corroborará mis palabras. Estas criaturas son en ocasiones maldecidas por ser las causantes de las malas cosechas, las inundaciones, la muerte del ganado o incluso de la misteriosa desaparición de los habitantes de algunas aldeas. Sucedió en el siglo... que un estudiante se adentró en estas regiones para comprobar in situ dichas leyendas. Se sentía tan atraído por este tema que no dudó en pasar sus vacaciones en aquellos recónditos e inhóspitos parajes desolados. Era Semana Santa cuando el joven llegó a Bulgaria, para estudiar a estos personajes tradicionales del folclore local. Tras pasar unos días en la capital, Sofía, decidió marchar por consejo del recepcionista del hotel hacia las montañas, y más en concreto hacia la región de los alrededores de Plovdid. El espeso follaje de sus bosques apenas si permitía al joven estudiante vislumbrar algún vestigio de presencia humana. Finalmente arribó a una pequeña estación de tren algo abandonada, y que parecía extraída de una novela de terror. Se acercó hasta la ventanilla de información donde un aburrido hombre de avanzada edad dormitaba sobre el mostrador. El joven estudiante golpeó tímidamente sobre el cristal intentando  captar la atención de aquel. Tras varias llamadas logró que el desconocido se despertara, lo que pareció no hacerle mucha gracia a juzgar por la mirada que le dedicó al estudiante. Tenía el pelo revuelto y el ceño fruncido. Sus pobladas cejas apenas si permitían verle los ojos. Cogió unas gafas de montura de acero, o más bien de alambre dada la extrema delgadez sus patillas, y se las colocó para poder ver mejor a la causa de su despertar. Se rascó el pelo y después se pasó la mano por el mentón sin afeitar, para posteriormente emitir un sonido parecido a un ¡hola!. Nuestro joven estudiante, que no hablaba el búlgaro, se dirigió a él en un perfecto inglés.
- Disculpe, ¿podría decirme si queda muy lejos el pueblo?
El hombre tardó en reaccionar ante aquella pregunta, parte por su estado aún soñoliento, parte por que aquel chico le hablaba en una lengua y un acento desconocidos. Finalmente logró articular una cadena de palabras que el muchacho logró entender a duras penas, y que le indicaban que ladera arriba lo encontraría. Con esta información partió de la estación el muchacho, mientras el vendedor volvía a recostarse sobre su mesa.
Salió de aquella estación de mala muerte para ponerse en camino, y no hubo de andar mucho, pues pronto encontró un grupo de casas, que deberían ser el pueblo indicado por el vendedor.
La mañana era gris y fría de modo que se abotonó su abrigo e incluso se alzó el cuello, y se echó una bufanda por encima. Cargado con su bolsa de viaje se adentró en el pueblo cruzando sus sinuosas y tortuosas callejuelas sin asfaltar hasta que llegó al centro del mismo, que no era otro que una enorme plaza circular formada por arcos y soportales en los que la gente se agolpaba. Los lugareños lo miraban con cierta curiosidad, pues quedaba claro que no era oriundo de aquella zona. El joven buscó con la mirada un lugar donde alojarse, y tras recorrer toda la plaza vislumbró un letrero algo deslucido en el que pudo leer la palabra “hotel”. Después de echar un vistazo a la fachada, la cual no ofrecía muchas garantías de ser un lugar cómodo y limpio, por las grietas y la suciedad de su entrada se convenció así mismo de que era lo que había y debía decidirse rápido. De modo que tomando aire penetró en aquel oscuro y lóbrego recibidor hasta llegar junto al mostrador de recepción. La madera estaba deslustrada por el paso de los años y no por los clientes, pensó. Había un libro de registros bastante arrugado abierto por la página correspondiente a aquel día. Un lapicero reposaba justo en la mitad. Decidió hacer constar su presencia e hizo sonar un timbre que emitió un sonido estridente. Viendo que no obtenía ninguna respuesta volvió a tocar esta vez con mayor insistencia. Esta vez escuchó el ruido de una puerta en el piso de arriba, al que conducía una escalera de caracol en un rincón, y un posterior ruido de pasos arrastrarse por el suelo. De repente apareció la figura de una mujer de mediana edad de cabellos claros y tez blanca. Al ver que tenía un cliente se apresuró a recomponer su vestimenta y a atusarse el pelo. Al llegar frente al estudiante le obsequió con una sonrisa amigable. El muchacho estudió el rostro de la mujer, que a juzgar por las pocas arrugas que lo surcaban no debía tener muchos años. Sus ojos eran claros como el agua del mar, sus mejillas sonrosadas,  sus labios carnosos...
Se dirigió a él en inglés pues dedujo desde el primer momento que era un extranjero.
-¿Qué desea?
- Busco una habitación para unos cuantos días.
- Entonces está en el lugar adecuado –le respondió mostrándole sus blancos y perfectos dientes.
- Bueno - respondió echando un vistazo alrededor suyo.
- Sólo le costará veinte levs.
El muchacho extrajo de su cartera un billete de veinte y se lo entregó a la mujer, quien se apresuró a guardárselo en el escote ante la atónita mirada del joven.
- Por cierto, ¿puedo preguntarle qué le trae por estos lugares tan apartados?
- Ando recabando información sobre las leyendas que circulan en estos lugares.
- ¿Leyendas? Yo no me atrevería a calificarlas como tales. Las historias que se cuentan son tan reales como la vida misma.
- ¿Usted cree en espíritus, y genios maléficos?
- ¿Usted no? –le preguntó con perspicacia la mujer.
- No. La verdad es que me parecen cuentos e historias propicias para contar en las tardes de invierno al calor de las brasas de la chimenea.
- Yo de usted creería más en ellas.
El joven estudiante esbozó una sonrisa que parecía estar burlándose de ella, pero la mujer no le hizo caso. Siguió con lo suyo tras indicarle cual era su habitación. Se volvió hacia él y le dijo en tono de advertencia.
- Tenga cuidado si se adentra en el bosque de Perak.
-¿Por qué? –preguntó el muchacho encogiéndose de hombros.
- Rusalki –fue la palabra que pronunció antes de dejarlo sólo con gesto pensativo.


Aquella misma tarde el joven estudiante comenzó su labor investigadora. Paseó por la plaza y los alrededores del pueblo y sintió curiosidad por saber donde quedaba el bosque de Perak. Alguien se lo indicó mostrando cierto temor en su rostro al escucharle pronunciar aquel nombre.
- ¡Rusalki! –exclamó huyendo del lado del estudiante.
- Es la segunda vez que escucho esa palabra –murmuró el muchacho.- ¿A qué se referirán?
Aquel misterioso comportamiento hirió su orgullo y decidido a averiguar que se escondía detrás de aquella misteriosa palabra, que hacía a los lugareños estremecerse, se adentró en el bosque de Perak.
El bosque no tenía nada en particular que llamase su atención salvo que era frondoso. Iba caminando por un estrecho camino de tierra cuando de repente escuchó la dulce voz de una muchacha. Apretó el paso para ver de quien se trataba, y al llegar a un pequeño claro la vio con sus propios ojos. No era una, sino tres muchachas las que cantaban mientras lavaban sus prendas en un pequeño arroyo. Después, una de ellas se encargaba de tenderlas en los árboles para su secado.   Al ver al muchacho acercarse detuvieron su labor y se quedaron mirándolo. Sus rostros angelicales de piel blanca y suave irradiaban una belleza que el muchacho jamás había visto antes. Sus cabellos claros y largos se ondeaban al viento al mismo tiempo que los pliegues de sus vestidos. Le llamó la atención que estuvieran descalzas con el frío que hacía. Con paso lento e inseguro se acercó hasta ellas atraído como Ulises por las sirenas. Cuanto más cerca estaba de ellas, más quería aproximarse. Había algo en aquellas tres muchachas que lo empujaba sin poder evitarlo. Una de ellas se dirigió a él con voz dulce. Una voz que acariciaba los oídos del muchacho como una suave música.
- ¿Quieres que te lavemos alguna prenda?
Aquella pregunta desconcertó al muchacho que no sabía de qué le hablaban. Cuando despertó del sueño en el que se había sumergido asintió dándoles un pequeño pañuelo que llevaba en su bolsillo. La muchacha se acercó al arroyo y lo sumergió en este para después de haberlo lavado tenderlo al viento con el fin de que se aireara.  El muchacho mientras tanto las contemplaba  ensimismado sin poder apartarse de ellas. Una de las bellas muchachas que había concluido su tarea se acercó hasta él con los brazos tendidos como si quisiera acogerlo en su pecho, pero el muchacho receloso de sus intenciones se apartó hacia atrás, lo cual disgustó en gran medida a la muchacha.
- No temas querido. No voy a comerte –le dijo esbozando una sonrisa irónica.
-Sólo queremos que descanses un rato junto a nosotras aquí –le dijo la tercera.
El muchacho parecía casi convencido, pero no fue hasta que la tercera, la que le había lavado el pañuelo, le lanzó una mirada llena de picardía que este se acercó a ellas.
- Está bien, pero sólo hasta que mi pañuelo esté completamente seco –les dijo.
- Por eso no debes preocuparte –le dijo la muchacha mientras pasaba su mano por la mejilla del muchacho haciendo que este se convenciera más de sus intenciones.
- Por cierto, no sabréis vosotras que significa la palabra Rusalki –le preguntó a las tres muchachas que se miraron entre sí y sonrieron. Después acogieron al chico junto al árbol cerca del arroyo.

“Durante varios días la dueña del hotel no volvió a saber nada del estudiante lo cual le extrañó. Preguntó a algunos aldeanos si lo habían visto, o si sabían donde se encontraba. Por todas partes recibió la misma respuesta. Nadie lo había vuelto a ver desde aquella tarde en que recién llegado al pueblo se marchó al bosque de Perak. Armándose de valor, la mujer decidió aventurarse en tan fatídico bosque por ver si lo encontraba. Caminó por el mismo sendero que en su día había recorrido el muchacho, y llegó junto al arroyo. De repente un grito se escapó de su boca. Un grito que se dejó oír en todo el bosque. La mujer entró en un ataque de nervios del cual dicen que no se ha recuperado. La pobre volvió al pueblo caminando a duras penas con una expresión de horror en el rostro que nadie se atrevía a describir. Sus ojos abiertos hasta el extremo que parecía como si estos fueran a salirse de sus cuencas. La boca desencajada por la que se le escapaban continuos gritos y palabras sin sentido. Los que la vieron y estuvieron cerca de ella hasta que se la llevaron al manicomio sólo escuchaban decir una palabra: Rusalki.
Cuando la policía se adentró en el bosque y llegaron al lugar de los hechos comprendieron el estado en el que había quedado la mujer. Allí, apoyado sobre el árbol se encontraba el cuerpo del que en su día había sido un joven fuerte y atlético. Estaba muerto. Lo único que pudo encontrar la policía fue un pañuelo de color blanco tendido sobre una rama. Estaba seco. Nunca pudieron saberse las causas de aquella misteriosa muerte, aunque los más supersticiosos del lugar se aventuraron a explicar que aquello era obra de las Rusalki. Cuando unos de los policías le preguntó qué demonios significaba aquello el hombre se lo explicó:
- Las Rusalki son los espíritus de las jóvenes que se han ahogado en el río. Acogen a los hombres en su seno atrayéndolos con su belleza y sus canciones. Una vez que caen en sus redes no pueden escapar.
- ¿Y el pañuelo? ¿Tiene también algún significado?
- ¡Oh! Ya creo que lo tiene. Las Rusalki piden una prenda a los viajeros para que se la laven. Pero si una vez lavada el viajero se la lleva ellas se llevarán su alma al infierno.
El policía no quedó del todo convencido, pues no creía demasiado en las historias de aquel anciano que los miraba y sonreía. Las causas de la muerte nunca llegaron a determinarse. Por otra parte, la dueña del hotel vivió en el manicomio hasta sus últimos días. En todo ese tiempo permaneció en un rincón con las rodillas apretadas contra su pecho y murmurando una sola palabra: Rusalki”.

Aquí termina la historia del manuscrito. Muchos de los que lo lean dirán que todo esto es un invento; otros dirán que puede ser verdad; y por último estarán los que lo crean a pies juntillas.  Pero lo que si les diré es que yo de ustedes tendría cuidado si un día caminando por el campo, o cruzando un bosque una atractiva muchacha les pide una prenda para lavarla en el río. Y mucho menos si después de ello les invita a pasar la tarde con ella junto a un árbol mientras su prenda se seca al sol.

22 sept 2011

Las aventuras de Anne Bonney

Jack Rackham

El olor a sal del mar y a la brea de los barcos que estaban siendo calafateados impregnaba todo el puerto aquella mañana. Los barcos mercantes procedentes de las colonias de su majestad el rey Guillermo de Orange atracaban para descargar allí sus mercancías siempre y cuando no hubiesen sufrido ninguna tormenta propia del caribe o tropezado con algún barco pirata. El nuevo rey había llegado a Inglaterra procedente de los Países Bajos junto a María Estuardo, hija de Jacobo VII. Éste había huido a Francia tras los graves disturbios que acontecieron en Inglaterra. El trono había recaído en su hija María casada con Guillermo de Orange.  New Providence era un hervidero de barcos, marineros y mercancías. Era el puerto más importante de Nueva Inglaterra, situada en la costa oeste de América. Aquella mañana había arribado un barco mercante procedente de las islas Bahamas que traía a numerosos pasajeros a bordo. Uno a uno, fueron descendiendo por la pasarela hasta llegar a tierra firme. De entre todos ellos destacaba un hombre alto y fuerte con barba, vestido con elegantes ropas de colores y que había demostrado ser un experto marinero durante la travesía. Conocía todos y cada uno de los puertos en los que el barco había hecho escala, así como la ruta hasta llegar a New Providence. Por su aspecto elegante nadie diría que hubiese navegado tanto como para conocer el mar Caribe como la palma de su mano. Un grupo de marineros que jugaban a los dados sobre un barril lo vieron acercarse. El hombre los contempló mientras apostaban a ver quien sacaba el número más alto. Eran hombres rudos de piel curtida por el sol y el salitre del mar. Sus manos estaban encallecidas de trabajar con los cabos de los barcos y de trepar por las escalas. Cuando un barco llegaba a puerto y la tripulación había desembarcado todas las mercancías, ésta disfrutaba de unas cuantas horas libres, que en algunas ocasiones se convertían en días. Al ver allí de pie al hombre el más bajo de los tres, un tipo con bigote y prominentes patillas se dirigió a él.
- ¿Qué desea? ¿Quiere apostar a los dados?
- No gracias –respondió sonriendo.- Tan sólo busco un sitio donde pasar la noche y comer algo.
- ¿Seguro qué quiere pasar la noche aquí, en el puerto? ¿No prefiere un lugar más cómodo en la ciudad?
El hombre negó con la cabeza.
- Se lo decimos porque aquí en el puerto abunda la mala gente. Ya me entiende...ladrones, rufianes de tres al cuarto... –le explicó otro de los marineros que jugaban a los dados.
- Agradezco su consideración caballeros, pero prefiero alojarme aquí en el puerto.
- Entonces vaya a la taberna del Capitán Providence.
- ¿La taberna de qué capitán me han dicho? –repitió con gesto de no saber donde encontrarla pues acababa de desembarcar.
- Oh, perdone a Smithy –intervino el marinero del mostacho y patillas.- La taberna del Capitán Providence está en la primera calle siguiendo todo recto- le indicó.
- Es la taberna más conocida del puerto...- añadió el tercer marinero
- Y de todo Providence –dijo el tal Smithy riendo.
- ¿Cuál es el motivo? –preguntó el caballero recién llegado.
- Se trata de Anne –respondió Smithy
- Es la señora Bonney –añadió el del mostacho.
- Es una mujer muy hermosa –concluyó el tercero.
- Yo pensaba que ustedes habían hablado de un capitán...
- Es el nombre de la taberna –explicó Smithy-. Pero la dueña es ella.
- ¿Y lleva ella sola una taberna en este lugar? –preguntó incrédulo el caballero.
- No, está casada. La regentan entre su marido y ella. Aunque más bien sean Anne la que lleva los pantalones.
Los tres marineros rieron a carcajadas ante la explicación del marinero del mostacho.
- Está bien les haré caso.
- Por unas monedas podemos llevarle su baúl –dijo el marinero del mostacho señalando el equipaje.
- No gracias, puedo yo solo.
Se despidió de los tres marineros que volvieron a sus dados. No le fue difícil encontrar la taberna pues era la única que vio en el puerto. Además, un gran letrero de madera colgaba de un saliente de la pared. Podía escucharse el ruido que hacían los marineros en el interior de la taberna, sus cánticos, sus  risas e incluso sus peleas. En ese preciso momento dos hombres salieron rodando por la puerta mientras no dejaban de golpearse ante la atónita mirada del caballero. Se asomó por ver el ambiente que se encontraría si cruzaba la puerta. Vio una mujer sirviendo jarras de barro que debía contener vino o ron. Esa debía ser Anne, pensó el caballero mientras la zarandeaba un tipo alto como una montaña de enormes brazos. Ella intentaba zafarse de su opresor quien la tenía sujeta por la cintura. Anne era una muchacha de estatura media que parecía una muñeca en brazos de aquel tipo. Viendo que todo esfuerzo resultaba inútil agarró una jarra que le rompió en la mismísima cabeza. El hombre se llevó las manos a la herida que le había hecho Anne y la maldijo. De pronto, el tipo esgrimió un puñal e intentó herir a Anne.
- ¡Mira lo que me has hecho mujer! –dijo el hombre llevándose la mano de nuevo a la cabeza para comprobar cómo brotaba la sangre por la herida.- Vas a lamentarlo –le dijo mientras se abalanzaba hacia ella.    
- Vaya, la cosa se pone interesante –murmuró el caballero quien decidió entrar para ver mejor como acababa aquello.
- Anne no te metas en líos –se oyó una voz detrás del mostrador.
- Aquel debe ser su marido –supuso nuestro misterioso caballero al tiempo que se apoyaba contra la pared.
Todos se giraron hacia el mostrador de donde salió la figura rechoncha del señor Bonney. Mucho más mayor que Anne, con escaso pelo y una pequeñas lentes por encima de las cuales veía.
- Apártate si no quieres que te raje, mequetrefe –gritó el tipo del cuchillo empujándolo hacia un rincón.- Voy a hacer picadillo a tu linda mujercita.
Anne se encontraba acorralada en ese preciso instante con la mitad de la jarra aún en su mano que empleaba como arma defensiva contra el puñal del hombre.
- Olvídalo James, no es más que una mujer –le dijo su compañero en la mesa.
Pero el tal James, que era como al parecer se llamaba aquel tipo, no tenía intención de dejar escapar viva a Anne. Su deseo de venganza se hacía cada vez mayor con cada segundo que pasaba. Alguien llamó a Anne y le arrojó una espada que la muchacha cogió en el aire para esgrimirla a continuación delante de James. Alguien hizo lo mismo poniendo una espada en manos del hombre. Ahora las fuerzas estaban igualadas, pero ¿qué podía hacer aquella frágil muchacha contra aquel gigantón?
La pelea dio comienzo y las primeras estocadas se cruzaron en el aire. Anne lanzaba una y otra vez demostrando conocer el manejo de la espada. La gente de la taberna se había levantado de sus asientos para poder ver mejor. Algunos incluso habían apartado las mesas así como todo aquello que molestara a los combatientes. James, quien además de la espada aún mantenía el puñal en su otra mano, lanzaba estocadas directas al pecho de Anne. Pero la muchacha las paraba sin aparente esfuerzo. Se subió sobre una mesa y comenzó a patear todas las jarras y vasos que había sobre ella intentado dar a James en el rostro. Pero el marinero no estaba dispuesto a dejarse vencer por una mujer; así agarrando un asiento de madera lo arrojó contra Anne haciendo que ésta se cayera al suelo. Como un toro enfurecido embistió a su víctima en el suelo pero lo más que logró fue clavar la punta de su espada en el suelo, al tiempo que Anne rodaba por el mismo escapando de su certera estocada. Luego, de un salto acrobático consiguió ponerse en pie y atacar a James por su flanco derecho. La gente vibraba con el espectáculo que ambos espadachines les estaban brindando. Viéndose  acorralado James corrió hacia ella y logró empujarla contra la pared para luego apartarse y arrojar el cuchillo. Anne lo esquivó con un acto reflejo mientras el puñal quedaba clavado en un barril y su filo vibraba. Decidió que aquello ya había durado bastante y se lanzó a un ataque más abierto. Hizo retroceder a James hasta la pared y  acorralándolo hizo que perdiera su espada con un toque maestro. Luego, sintiendo el frío acero apuntando a su garganta James comenzó a sudar copiosamente mientras el miedo se adueñaba de su rostro. El silencio reinaba en la taberna. Todos esperaban.
- Lo siento –murmuró James con voz trémula.
Anne lo miró a los ojos y después bajó la espada.
- Largo de mi casa –gritó al tiempo que le indicaba el camino hacia la puerta.
Todos los presentes pudieron comprobar cómo se las gastaba aquella mujer. Anne devolvió la espada a su dueño y después se quedó mirando como los autores de la pelea salían uno a uno por la puerta de la taberna. Paseó su mirada por la taberna hasta detenerse en la del extraño caballero quien no había perdido detalle de la destreza de Anne con la espada. Sin bajar su mirada desafiante se dirigió hasta él tal vez dispuesta a empezar otra pelea.
- ¿Qué miráis? –le preguntó con tono autoritario.- ¿Es que no habéis escuchado lo que dije? ¡Largo de aquí! Quiero estar sola.
- Tenéis valor no me cabe la menor duda. Pero decidme, ¿lo habríais matado?
- De habernos encontrado en otra parte no lo habría dudado –respondió mientras observaba el aspecto de aquel extraño caballero.- ¿Sois de fuera verdad? No os había visto nunca antes por mi casa.  
- Es cierto. Acabo de llegar. Estoy pensando en establecerme aquí, en New Providence una temporada –respondió mientras apoyaba la espalda contra la pared.
- Aquí no hay mucho que hacer. Los soldados del rey lo controlan todo. Trabajamos para pagar los impuestos. Si encontráis trabajo en la ciudad tened la certeza de que tarde o temprano os explotarán –dijo mientras se llevaba la jarra a los labios.
- Decidme, ¿dónde aprendisteis a manejar la espada? No es muy frecuente ver a una mujer desenvolverse como la habéis hecho.
- En Port Royal.
- ¿Habéis estado en Port Royal? –preguntó con cara de incredulidad el extraño mientras apoyaba sus codos sobre la mesa.- Sin duda sois una mujer sorprendente.
- Sí, fue allí donde conocí al que hoy es mi marido. Mi padre me adiestró en el manejo del sable, y también de la pistola.
- ¿Y de qué os vale saber manejar las armas en una taberna?
- Ya lo habéis visto. Para evitar que tipos como ese tal James se le suban a una a la chepa.
- ¿No os gusta vuestro empleo?
- No del todo. Me paso los días aquí encerrada entre estas cuatro pareces –dijo extendiendo sus brazos en un intento de abarcar todo el lugar.
- ¿Por qué no os largáis y os olvidáis de vuestro marido?
- Me faltan agallas. Pero si encontrara a alguien dispuesto a llevarme con él no lo dudaría –comentó mirando a los ojos del extraño intentando encontrar un destello de confianza.
- ¿Y qué haríais una vez que estuvieseis lejos de aquí?
- Me convertiría en un pirata. Saquearía la costa y me vengaría del trato recibido de los ingleses.
De repente el extraño se revolvió en su asiento. Su mirada se fijó en la jarra que había sobre la mesa sin decir una sola palabra. Anne se percató de que el color de su  rostro había cambiado.
- ¿Os ocurre algo? –le preguntó preocupada.
- No –respondió volviendo en sí-, tan sólo pensaba que hoy en día se castiga a los piratas con la horca.
- Y vos, ¿a qué os dedicáis? Aún no me lo habéis dicho.
- Me he dedicado a surcar el mar sin rumbo fijo, de puerto en puerto. Ahora, si no os importa me gustaría retirarme a descansar.- El extraño había cortado la conversación de repente lo que no hizo mucha gracia a Anne quien se había quedado con la palabra en la boca.- Si sois tan amable de indicarme mi habitación y el precio que tiene...
Anne posó su mano sobre la del extraño y mirándole fijamente a los ojos le dijo:
- Podéis quedaros gratis, sois un soplo de viento fresco en este lugar.
- De ninguna manera –protestó el extraño.
- No se hable más –dijo Anne posando su mano en los labios de él.
El silencio se hizo entre los dos y no hubo falta de decir nada pues los ojos de cada uno ya se había dicho todo. Anne le indicó que le siguiera y cuando se dio la vuelta en dirección al piso de arriba, el hombre sacó una bolsa de piel que contenía varias monedas de oro y la dejó caer sobre la mesa como pago por las molestias. Luego cogiendo su baúl, el cual había permanecido apoyado en un rincón desde que había entrado en la taberna, siguió a Anne quien se había detenido en lo alto de  las escaleras esperándolo para conducirlo a su habitación. Caminaron por un pasillo con puertas a ambos lados y se detuvieron delante de una que Anne abrió hacia dentro dejando a la vista un cuarto pequeño pero acogedor. El mobiliario lo formaban una cama, una cómoda sobre la que había dispuesta una jofaina con agua, una toalla y jabón; una silla y un espejo algo sucio completaban la habitación.
- Parece acogedora –señaló mirando a Anne.
- No es gran cosa pero...
-Para mí es perfecta. Si hubieseis visto los lugares en los que he dormido...Ahora si me disculpáis quisiera asearme y bajar a comer algo.
- Como gustéis.- El tono de Anne era de disculpa pues pensó que molestaba de manera que se marchó escaleras abajo a recoger los trozos de sillas y mesas que había esparcidos por el suelo debido a la pelea. Echó un vistazo a su alrededor y vio que su marido no estaba.- El muy cobarde. Seguro que salió huyendo en cuanto vio que la cosa se ponía fea. En fin, será mejor que recoja este desorden.
Mientras, en la habitación del piso superior, el extraño había depositado el baúl sobre la cama y lo abría. Contenía ropa en general varias camisas, pantalones, alguna chaqueta. Y debajo de todas aquellas prendas algunas bolsas de dinero, un par de pistolas y un sable dentro de la vaina. El hombre se quedó mirando fijamente mientras volvía a cubrirlas con la ropa. Luego se detuvo delante del espejo y contempló su cara. Llevaba barba desde hacía un año para evitar que lo reconocieran y hasta ahora había dado resultado.    Tenía miedo a que alguien pudiera reconocerlo. Se pasó la mano por el pelo que también había crecido más de lo normal y se lo recogió con una cinta. Cogió agua para lavarse e hizo jabón con el fin de afeitarse. Sacó una navaja del baúl y comenzó a afeitarse. Estaba seguro de que nadie lo reconocería en aquel lugar apartado de la costa. Una vez que hubo terminado contempló su rostro una vez más en el espejo y entonces se enfrentó a la realidad. Sí. Debía asumirlo. Volvía a ser él, aunque con unas cuántas arrugas más. Se preparó para bajar a la taberna de la que volvían a subir los gritos y las voces de los clientes. Anne habría reparado el estropicio causado por la pelea y se habría puesto manos a la obra de nuevo. Salió de la habitación y bajó por las escaleras contemplando el ambiente que había. Varias mesas volvían a estar ocupadas por marineros sedientos. Anne se movía entre las mesas con jarras de cerveza en la mano mientras su marido despachaba detrás de la barra. Localizó una mesa vacía justo en el rincón desde el que había contemplado la pelea. Anne lo vio de inmediato y rostro reflejó sorpresa al ver como había cambiado de aspecto.
- Reconozco que sin barba estáis más atractivo –le dijo guiñándole el ojo sin importarle que su marido pudiera estar viéndola flirtear con el extraño huésped.
- Gracias.
- Os he preparado algo de comer. Por cierto aún no se cómo os llamáis.
- Patrick O’Leary.
- O’Leary. Claro, irlandés.
Se despidió de él para ir en busca de su comida la cual depositó sobre la mesa junto a una jarra de  cerveza que O’Leary agradeció con una sonrisa. Pronto hundió la cuchara en el plato de comida caliente. Hacía días que no probaba comida de verdad pues en el barco que lo había llevado a New Providence sólo había podido alimentarse de carne seca, pescado crudo y fruta.
Tan tranquilo estaba devorando el suculento plato de comida, que ni siquiera se percató de que la puerta de la taberna se había abierto, y tres soldados de su majestad el rey habían entrado. New Providence pertenecía a la corona de Inglaterra. Era una de las pocas regiones que no estaban bajo dominio español. Éste se concentraba en las islas como Hispaniola, Cuba, o Tierra Firme. Al ver a los soldados algunos de los clientes se giraron como si no quisieran saber nada de su presencia allí y siguieron haciendo lo mismo. Otros se levantaron y se marcharon. Los oficiales patrullaban  por las calles y entraban de vez en cuando en las tabernas a curiosear. Disfrutaban arrestando a los alborotadores demostrando con ello su autoridad. Anne los había visto entrar y sintió como se le revolvían las entrañas. Su marido la sujetó por el brazo y le pidió calma conociendo su genio. Dos de los oficiales se acercaron hasta la barra mientras el señor Bonney sudaba copiosamente y Anne seguía despachando a la clientela.           
- ¿En qué podemos ayudarles? –preguntó con la voz entrecortada el señor Bonney.
- Verá, estábamos patrullando cuando alguien nos ha informado de que aquí ha habido un duelo a espadas.
- Bueno... –comenzó diciendo el señor Bonne quien parecía tener un nudo en la garganta.- Si ha habido una pequeña discusión, pero ya ha pasado.
- ¿Califica usted de discusión un duelo? –le preguntó el oficial de mayor graduación. Un tipo alto de apariencia feroz.
- En fin…, -sin duda el señor Bonney no sabía cómo explicarse. Pero eso no le importó al tercer hombre que había entrado en la taberna con los dos soldados quien había fijado su mirada en un cliente de la taberna que comía tranquilamente. En concreto en Patrick O’Leary. Entrecerraba los ojos como si recordara haber visto aquel rostro. Pero ¿dónde? Patrick se había percatado al fin de que aquel oficial no le quitaba el ojo de encima. Él sí lo reconoció en el momento en que había entrado en la taberna. Quería pasar inadvertido ante aquel hombre pero sería difícil. No sólo no dejaba de mirarlo fijamente sino que ahora se acercaba a su mesa. Anne se percató de aquello y dejó de servir. Cuando el oficial inglés estuvo a la altura de la mesa de O’Leary le preguntó:
- ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos años tal vez?
O’Leary continuó comiendo sin inmutarse. Seguía con la cabeza agachada sobre el plato pues sabía que si la levantaba tendría que enfrentarse a su pasado.
- Os estoy hablando –dijo con autoridad el oficial.
Por fin O’Leary alzó el rostro y se quedó mirando al inglés sin pestañear. Habían pasado dos años sin ningún problema hasta ese momento. Había jurado que nadie podría reconocerlo en aquel puerto. Sin apartar la mirada del oficial preguntó:
- ¿Os conozco señor?
- Yo diría que sí –respondió el otro sentándose.
Anne no se perdía detalle de aquella conversación pues no entendía nada. ¿Qué relación había entre el oficial inglés y O’Leary?
- ¿Quién sois? -.le preguntó el oficial sin apartar la mirada de O’Leary.
- Un cliente de esta taberna.
- Sí, pero ¿tendréis un nombre?
- Me llamo O’Leary. Soy irlandés.
El hombre se quedó pensativo mirando aquel rostro que no le era reconocido. Finalmente logró situarlo en el tiempo, mientras esbozaba una sonrisa zorruna.
- Veo que os habéis cambiado el nombre. ¿Qué ha sido de Rackham?
- No conozco a ese hombre.
- Yo no estaría tan seguro. Jack. Jack Rackham.
En aquel momento reinaba un silencio total en la taberna. Anne no entendía muy bien que pasaba ni porqué aquel oficial lo había llamado por otro nombre. ¿Cómo había dicho? ¿Rackham? ¿De qué le sonaba aquel nombre a Anne? Se quedó meditando unos instantes hasta que por fin cayó en el cuenta. Jack Rackham. El corsario indultado por su majestad. Se llevó la mano a la boca intentando ahogar un grito de exclamación.
- Ya que me habéis reconocido almirante Fielding. Os invito a sentaros –dijo en tono irónico Rackham.
- Por fin cara a cara.
- ¿Vais a detenerme? No he hecho nada malo durante estos dos largos años –se explicó el antiguo capitán del Griffin.
- No tengo autoridad para hacerlo. Además no lo haría. Al fin y al cabo os vino bien que os absolvieran. No os culpo por lo que hicisteis. Pagasteis vuestro rescate y el de vuestros hombres con el dinero obtenido de la piratería.
- No os comprendo almirante.
- No me llaméis almirante. Ya no estoy en la marina.
- ¿Cómo sucedió? –inquirió con un toque de curiosidad en su voz.
- Cuando descubrí la corrupción que existía en la corte me juré que no volvería a servir al rey.
- Sí pero seguía siendo un oficial. No os entiendo.
- El rey Jacobo ya no gobierna en Inglaterra. Se marchó a Francia.
- ¿Y quién es el nuevo rey?
- El príncipe Guillermo de Orange y María Estuardo II, hija de Jacobo. Por cierto os aviso de que el indulto ha prescrito.
- ¿Cómo decís? –preguntó contrariado Rackham.
- El nuevo rey ha declarado la guerra a la piratería. Los indultos concedidos por el anterior monarca ya no valen. Han puesto precio a vuestra cabeza y a la de vuestros hombres.
- ¿Quién sabe qué estoy aquí?
- Por ahora sólo yo. Pero no temáis, no soy un delator.
- Pero vos os beneficiaríais con mi captura.
- Ya no. Os he dicho que la corte está corrupta. Nada de lo que digan o hagan me interesa. Y ahora si me permitís debo marcharme y seguir la ronda. Cuidaos y no cometáis ninguna tontería. – Antes de marcharse se volvió para darle un último consejo.- Recordad que vuestra cabeza haría ricos a muchos.
Rackham lo vio marcharse junto a los otros dos oficiales. Después busco a Anne con la mirada y la encontró de pie mirándolo fijamente con un semblante muy diferente. Rakham supo que había llegado el momento de contar toda la verdad y después huir de allí. Pero ¿a dónde? ¿Dónde encontraría a sus hombres para poderlo poner sobre aviso?

14 sept 2011

El conde Berenzov


San Petersburgo, 1707.

La situación de la familia Glishenko no podían ser peor aquel año. Las perspectivas económicas no eran nada halagüeñas. Las continuas guerras en las que se veía inmersa Rusia habían diezmado el poder adquisitivo de la nobleza. La sublevación de los streltsí, como eran conocidos los miembros del real cuerpo de arcabuceros, exigiendo mejoras en su paga; la rebelión de los tártaros en la región de Crimea; y la invasión de la madre Rusia por parte del emperador de Suecia, Carlos XII. Con este panorama Igor Glishenko se veía abocado a acordar el matrimonio de su hija Irina para salvar el honor y la fortuna de la familia. Para ello el zar le había aconsejado casarla con un viejo amigo de la familia, Anatol Berenzov. Hombre de confianza del zar Pedro el Grande, el conde Berenzov era el candidato más apropiado para contraer matrimonio con Irina La joven muchacha veía con buenos ojos la elección de su padre, ya que conocía a Anatol desde que eran niños, y se había ido enamorando de él a medida que éste iba convirtiéndose en el hombre que era en la actualidad. A sus ojos, él era alto, atractivo, valiente y defensor de la causa justa, que siempre era la suya. Desde que se había convertido en una adolescente enamoradiza, Irina había soñado con convertirse en la mujer de Anatol. Por eso cuando el matrimonio fue concertado y anunciado Irina no pudo evitar gritar de alegría. Por fin el sueño se había hecho realidad.

El día de la boda había llegado y por fin podría disfrutar de su amado Anatol para toda la vida. Se encontraba en la residencia de él para celebrar el enlace. 
- Qué afortunada eres Irina por casarte con un conde, y nada menos que Anatol –le comentaba su hermana Mushia mientras le recogía el pelo y contemplaba el rostro de felicidad de su hermana reflejado en el espejo de su tocador.
- Sí, ¿verdad qué es maravilloso? Aunque me gustaría que la boda se celebrara por otros motivos que por salvaguardar el honor de la familia –respondió con un tono más melancólico.
- No te preocupes por eso. Tú sólo piensa en que vas a cumplir tu sueño. Casarte con Anatol –le recordaba entre risas.- Además esta noche...- le insinuó con un gesto lleno de picardía que provocó que las mejillas de Irina se arrebolaran de timidez.- He oído decir a Ania que es una gran amante. Muchas mujeres de San Petersburgo lo han intentado atraer a su alcoba, pero según parece él es bastante selecto.
- Mira que os gusta a Ania y a ti contar chismes –bromeó Irina acerca de los comentarios de su hermana mientras respiraba hondo dentro de su vestido blanco inmaculado.
- Sí, sí, pero ya me contarás que tal en tu noche de bodas –le dijo con un toque en el que la ingenuidad y la picardía se entremezclaban.
- Ni lo sueñes –protestó Irinia girando el rostro para mirar fijamente a su hermana.
- Vamos, vamos. No será para tanto. A fin de cuentas es tu primera vez –le comentó dándole pequeños golpecitos con el codo provocando una vez mas que las mejillas parecieran dos capullos de rosas.
- Por eso mismo. No pienso darte detalles de un momento tan íntimo y personal en una mujer. ¿Qué clase de mujer sería si fuera aireando mis secretos de alcoba?. Me convertiría en la comidilla del las recepciones del zar; por no hablar del bochorno que tendría que soportar cada vez que me señalaran con el dedo. Además, ya lo experimentarás cuando te llegue la ocasión.
En ese momento fue Mushia la que pareció avergonzarse por el comentario de su hermana, y sonrió con gesto pícaro mientras se llevaba un dedo a los labios. Estos gestos la delataron ante su hermana quien, abrió la boca escandalizada y sus ojos en su máxima expresión.
- No me irás a decir que tú... –le dijo girándose para quedar de frente a ella mientras Mushia se hacía la interesante.
- ¿Qué pasa mujer?
- Mushia tienes sólo veintidós años –le recordó Irinia sin salir de su asombro, pues su hermana era la menor.
- ¿No será que estás celosa por que yo haya conocido el placer en brazos de un hombre?
- Pero, ¿cómo puedes decir eso? Además, ¿no se supone que debes esperar al amor verdadero? ¿Qué debes entregarte sólo a tu marido? –le preguntó algo molesta por el comportamiento de su hermana.
- Sólo ha sido una vez –le respondió a modo de disculpa.
- ¡Mushia! –exclamó algo decepcionada porque su hermana no se hubiera entregado al hombre que su corazón amaba.
- Veo que a pesar de ser mayor que yo sigues siendo una romántica soñadora. ¿Cuándo querrás crecer y dejar de soñar con príncipes de sangre noble que vienen en un corcel blanco a rescatarte de tu torreón? –le preguntó mientras se burlaba de los sueños de su hermana, imitando a un caballero montado en su caballo blanco que recorría la habitación.
Irina iba a protestar, pero en ese instante la puerta de la habitación se abrió de par en par y la madre de ambas, Marina, entró presa de un ataque de nervios.
- Deprisa, deprisa. Tu esposo ya ha llegado.
Mushia se apresuró a colocar la tiara de brillantes sobre el tocado de Irinia, y del que sobresalía el velo de su vestido.
- ¿Estás nerviosa hija? –le preguntó su madre mientras la sujetaba por los brazos.
Ésta se limitó a asentir con el rostro iluminado por la felicidad del día. Era su día. Era su boda, y se suponía que a partir de ese momento todo sería dicha y felicidad en su matrimonio.  Además, iba a casarse con el amor de su vida; con el príncipe de sus sueños. Todo era perfecto. Nada podía salir mal. El propio zar había bendecido dicha unión.
- Lamento que tu boda sea por las circunstancias que ya conoces, y que él no se te haya declarado. Ni te haya cortejado como tú hubieras querido –comenzó diciendo su madre con cierta resignación.- Pero es el hombre de confianza del zar Pedro, y un miembro distinguido de la nobleza –recalcó tratando de insuflar ánimo a su hija.
- Madre, me caso con el hombre que quiero. Con el hombre que mi corazón siempre ha anhelado. Deja ya de compadecerme, y dile a mi padre que venga para llevarme ante mi futuro esposo.
Marina Glishenko esbozó una sonrisa de alegría al comprobar lo bien que su hija había encajado aquella decisión. La besó efusivamente en ambas mejillas y salió de la habitación dejando a sus dos hijas a solas de nuevo.  
- ¿Te sientes decepcionada porque no se haya declarado con un ramo de flores en la mano Irina? –le preguntó Mushia posando su mano sobre el hombro de ésta.
- No, claro que no –le respondió sin darle importancia a ese aspecto, aunque en su interior había deseado que él hubiera aparecido de la manera que había descrito Mushia. Desechó estos pensamientos de su mente para que no le enturbiaran la felicidad del día.
- Vaya, estás radiante hija mía –exclamó su padre nada más entrar en la habitación y verla allí de pie con su vestido de novia.- Será mejor que vayamos bajando. Anatol parece impaciente.
Aquel comentario llenó de felicidad el corazón de Irina, quien sintió como el pulso se le aceleraba sin control, y una sensación de nerviosismo se apoderaba de ella. Lentamente fue descendiendo cada uno de los escalones de los que constaba la escalera que unía ambos pisos de la mansión. Con cada paso que daba su felicidad iba en aumento. Intentaba controlar a su corazón que parecía estar dotado de alas que le permitieran volar al encuentro de su enamorado. Cuando llegó al pie de la escalera se encontró con que Anatol se había reunido con un grupo de invitados con los que charlaba y reía.
- Ya te han sentenciado a cadena perpetua amigo Anatol –le decía uno.
- Al menos tu futura esposa será atractiva –bromeaba otro.
- Sí, ya que va a quedarse con tu fortuna –rió otro mientras palmeaba en su hombro a Anatol, quien sonreía divertido entre el grupo.
No vio llegar a Irina y por lo tanto no pudo ver la expresión de su rostro al verlo allí de pie tan elegantemente vestido con su uniforme militar. Su pelo de color castaño era algo largo y enmarañado, y le sobresalía por encima del cuello de su levita. No recordaba que Anatol fuese tan alto y tan ancho de espaldas. Contemplaba su rostro de perfil. Sus pómulos altos, su nariz recta perfectamente trazada que terminaba en unos labios finos de tono claro. Sus mejillas estaban pulcramente afeitadas para ese día resaltando el brillo de su piel de aspecto terso y suave. De repente todos su camaradas se percataron de la presencia de Irina y Anatol se volvió para encontrarse con aquel ángel vestido de blanco. Con aquellos ojos de color azul intenso, como las aguas del mar Báltico a su paso por el estrecho de Carelia, enmarcados en aquel rostro de trazos finos y delicados, y que ahora lo contemplaba con un brillo y una emoción indescriptible. Aquellas mejillas ligeramente sonrosadas como capullos de rosas; y aquellos labios carnosos y vírgenes que ahora le sonreían con fervor. Su cuello blanco y delgado que descendía hasta el escote de su vestido, y por el que Antol podía entrever la parte superior de sus pechos subiendo y bajando acompasados por una más que agitada respiración. La contempló de cuerpo entero y sintió que era el hombre más afortunado que pisaba la tierra en esos momentos. Nunca podía haber imaginado las múltiples sensaciones que su amiga de la niñez le estaba haciendo sentir.
- Irina –interrumpió su padre- es hora de que marchemos al salón donde el Pope celebrará la ceremonia.
Pero los ojos de Irina se habían quedado prendados del porte de Anatol, cuya copa de vino temblaba incesantemente en su mano.
- Te envidio muchacho –le comentó un invitado.- Es una damita muy elegante.
- ¿Quién quiere una mujer elegante eh? –le preguntó con burla mientras sorbía de un trago el vino restante en su copa.
En ese mismo instante sintió una mano agarrando su codo. Cuando se volvió se encontró con el rostro de su madre que le indicaba que ya era la hora. Anatol dejó su copa de vino y se ajustó la levita para posteriormente avanzar con paso algo incierto hacia el salón donde Irina lo aguardaba.
- ¿Has estado bebiendo Anatol? –le preguntó su madre observando como dudaba con cada paso.
- Sólo unas copas con mis invitados –le respondió entre risas mientras sus ojos negros como la noche se centraban ahora en su prometida y futura mujer.
“Dios mío que hermosa es”, pensaba con cada centímetro que recorría para unirse a ella. Tan elegante con ese vestido. Tan dulce. Tan... Anatol no pudo continuar pensando porque el sólo hecho de mirarla a los ojos nublaba su mente. Clavó su mirada en aquel rostro que le sonreía radiante de felicidad. Anatol seguía ensimismado y embriagado por su belleza. De vez en cuando lanzaba miradas furtivas por el rabillo del ojo para contemplar su pecho agitado bajo el satén de color blanco. Su pelo, en el que hasta ahora no se había fijado, era dorado y estaba recogido en forma de corona alrededor de su cabeza. ¡Dios que mujer más atractiva! Creía que no podía resistir ni un momento más antes de besarla, y de hecho así fue para sorpresa de todos los invitados. No pudo refrenarse. Necesitaba saborear sus labios inocentes. Rodeó a Irina por la cintura y la atrajo hacia él de manera algo brusca. Todos lanzaron una exclamación de disgusto por haber interrumpido la ceremonia, pero cuando los vieron abrazados las exclamaciones de sorpresa y de rechazo se tornaron en gritos de alegría y felicidad.
Anatol recorría los labios de Irina con una pasión desenfrenada. Su lengua se mostraba ansiosa por profanar aquella boca inexplorada por ningún hombre antes. Ella cedió ante su empuje y la abrió esperando a recibirlo. El beso fue largo y cálido. Anatol la había estrechado contra sí mismo sintiendo ahora la firmeza de sus pechos rozando su camisa mientras el vello se le erizaba. Era consciente de que sus cuerpos estaban separados por una tela fina que podía rasgarse en cualquier momento. Su mano recorrió su espalda lanzando punzadas de pasión por todo el cuerpo de Irina, cuyos gemidos quedaron ahogados por sus labios.
Cuando se separó de ella sus miradas se encontraron. Anatol sonreía complacido ante su mirada.
- Siempre tomo un sorbo antes de comprar una botella. Y ésta es de buena cosecha –dijo esbozando una sonrisa de deseo a la que se encontraba a escasos segundos de convertirse en su mujer.
Aquel comentario provocó cierta crispación en Irina quien no se esperaba algo así. Sus mejillas se encendieron de rabia, y sus ojos parecieron humedecerse de repente. Su corazón pareció detenerse como si aquellas palabras hubieran supuesto un golpe seco para él. Sus ilusiones parecían esfumarse como las volutas del humo de un cigarro. Miraba a Anatol sin comprender muy bien su comportamiento. No lo recordaba así. Y ahora... De repente sintió deseos de abofetearlo; de lanzarle a la cara el ramo de flores y salir de allí escaleras arriba, para encerrarse en su habitación y dejar que sus ojos azules como el mar vertieran sus aguas sobre su rostro. Pero aguantó estoicamente hasta el final. Era su día. El día de su boda. Y era lo que más había deseado en este vida; y con el hombre que supuestamente era perfecto para ella. Pero aquel comentario. La había comparado con una botella de vino. ¿Eso era para él? ¿cómo el buen vino?. Miró a su padre y comprendió que debía sacrificarse por el bien de mi familia.
Anatol sonreía cínicamente mientras la ceremonia continuaba para sorpresa y disgusto de los invitados. Cuando por fin todo hubo concluido Anatol se acercó hasta su nueva esposa para besarla de aquella forma tan ruda, que tenía eclipsada a Irina. No era  la forma que ella había imaginado para su noche de bodas. Casi sentía pánico de aquel hombre que no reconocía en estos momentos.  ¿Qué había quedado del simpático, educado y atento muchacho de hace años?. Ahora parecía un simple fullero de taberna que se dedica a beber vodka y a retozar con prostitutas.
Anatol se acercó hasta sus compañeros que lo aguardaban para felicitarle por el espectáculo dado.
- No ha estado mal amigo.
- ¿No has podido esperar a que terminase la ceremonia? –le preguntaba otro.
- Tenía que probarla. Y a decir verdad su sabor me ha complacido. Me hervía la sangre mientras la besaba entre mis brazos –dijo buscando con la mirada aquellos ojos azules que ahora reflejaban el sentimiento más profundo que latía en el pecho de Irina: desilusión.
Anatol sintió que un brazo tiraba de él. Se volvió para descubrir el rostro de su amigo Dimitri que quería felicitarlo por su boda.
- Acompáñame  -le susurró para que nadie pudiera escucharlo.
Anatol cruzó todo el salón pasando entre los invitados, que ahora lo detenían para felicitarlo, mientras Irina lo seguía con la mirada triste. Cuando ambos amigos estuvieron solos Anatol se apoyó sobre la balaustrada del balcón hecho una furia. Dimitri, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperaba su reacción. De repente se giró y avanzando hacia su amigo levantó el puño y lo lanzó contra el rostro de Dimitri enviando a éste al suelo. Ahora lo contemplaba desde allí mientras se llevaba la mano al labio y percibía el sabor de la sangre.
- Espero que te haya gustado mi actuación ahí dentro –exclamó lleno de rabia mientras en sus ojos se reflejaba la ira.
- Anatol te lo advertimos.
- ¿Qué me advertisteis? ¿Qué tendría que casarme con Irinia Glisenhko para guardar las apariencias?
- Te dijimos que no sería fácil –le sermoneó con paciencia Dimitri.
- De acuerdo pero ¿por qué ella? –le preguntó señalando con su mano hacia el interior de la casa donde seguramente estaría ahora.
- Era la candidata perfecta.
- ¿La candidata perfecta? ¿Pero de qué trata todo esto? –le preguntó incrédulo mientras se encogía de hombros.
- Se trata de que te ciñas al plan establecido –le recordó Dimitri.- Entiendo como te sientes.
- No. No tienes ni idea. Esa muchacha está enamorada de mi desde que éramos jóvenes, y hoy se supone que es el día más feliz de su vida porque se ha casado con el hombre que quiere –le resumió haciendo aspavientos con sus brazos. Luego se calmó y se apoyó con los codos en la balaustrada mientras sus manos recorrían sus cabellos.
- ¿Y tú? –le preguntó con el ceño fruncido.
- ¿A qué te refieres? –le miró perplejo.
- ¿Estás enamorado de Irina?
La pregunta fue directa e impactó en el centro de su pecho a Anatol. No supo que responder ya que una mezcla confusa de sentimientos se agolpaban ahora mismo en su cabeza. Su mente se llenó de imágenes de días pasados juntos en los que creía estar enamorado de ella pero luego...
- ¿Cómo puede alguien saber si está enamorado de otra persona?.
Dimitri se encogió de hombros sin responder.
- Ella no se merece lo que voy a hacerle. Nos conocemos desde críos, por todos los cielos Dimitri –le suplicó ante la mirada impasible de su amigo quien trataba de entender su postura.
- Todo eso que me cuentas lo entiendo pero el zar consideró que era idónea para ti. Su familia pasa por apuros económicos y tú vuelves a ser conde. Aceptaste ser espía del zar ¿lo olvidas? Te restituimos tu título a cambio de que averiguaras quien intenta acabar con él. Alguien de la nobleza rusa es un traidor que conspira con el rey Carlos XII de Suecia para acabar con el zar. Ya sabes cual es tu misión.
- ¿Y qué papel juega ella en todo esto?
- Necesitabas una esposa para desviar la atención de tu verdadera misión. Un cambio social, además de...
- Además de mi afición al juego, la bebida, y las mujeres. No te preocupes interpretaré mi papel a la perfección.
- Eres nuestro mejor hombre Anatol. Descubre al traidor y todo será como antes.
- ¿A qué te refieres? –le preguntó con una mirada desconcertante.
- Descubierto el traidor ella ya no te vale –le respondió fríamente.
- ¿De qué me estás hablando? –le preguntó con cierto recelo.
- De ella –respondió sin darle importancia.
- No se os ocurrirá –le advirtió negando con la cabeza.
- ¿No me digas que piensas enamorarte perdidamente de ella? –le preguntó con sorna.- Tú preocúpate de tu misión, pero sin involucrarte demasiado. Ella es una mera comparsa. Ah, por cierto te queda bien el papel de borracho, aunque no logro comprender como haces para beber tanto y estar sereno –le dijo guiñando un ojo a su amigo.
Dimitri se volvió al interior de la fiesta dejando a Anatol solo en el balcón ordenando sus pensamientos. No permitiría que a Irina le sucediera nada mientras él estuviera vivo. Cumpliría su misión, pero a ella no le tocarían un pelo si querían seguir con vida. Con esta firme decisión volvió a su boda con una copa en la mano. Descompuso un poco su aspecto y fue en busca de su mujer.

II

La fiesta continuaba en el interior cuando Anatol volvió algo más borracho que antes. Se paró a charlar con algún que otro invitado por el camino que conducía hacia Irina. En varias ocasiones cambió de copa ante la atenta mirada de su esposa. Anatol sintió ganas de bailar y se abrió paso hasta el centro de la sala donde comenzó a dar rienda suelta a sus dotes de bailarían cosaco. En una par de ocasiones se cayó sobre el suelo dado su lamentable estado. Los invitados lo habían rodeado y lo animaban a que continuara con aquella diversión, a pesar de la vergüenza que le estaba haciendo pasar a Irina. Ésta lo contemplaba sin reconocerlo. No podía ser él el hombre de quien se había enamorado hacía tanto tiempo. Algo tenía que haberle ocurrido para que se comportara de aquella manera tan extraña, y tan bochornosa.
- Es el día de su boda hija. Debes comprender que esté contento –le consolaba su madre viendo la mirada perdida de ésta al ver como Anatol se humillaba así mismo y a ella.
Pero Irina no tenía fuerzas si quiera para hablar. En ese momento Anatol se incorporaba del suelo en medio de las carcajadas y divisaba por fin el rostro de su esposa. Durante unos segundos le pareció como si alguien lo hubiera atravesado con un puñal. Sintió como se le desgarraba el alma al verla tan triste. Tragó saliva en un intento por recomponerse y acercarse a ella. Y cuando iba a mostrarse cariñoso y comprensivo recordó las palabras de Dimitri. Entonces alguien sacó a bailar a Irina y sus celos se encendieron. La vio sonreír por primera vez desde que se habían casado. Pero le dolió que no le sonriera a él, sino a un desconocido suyo. Apretó los puños fruto de la crispación y se encaminó al improvisado mostrador del bar donde pidió que le sirvieran una copa. La cogió y comenzó a sorber despacio mientras alguien a su lado le hablaba.
- Conde Berenzov enhorabuena por vuestra boda.
Anatol se volvió sin despegar sus labios de la copa para toparse con los diminutos ojos de Igor Belanov, el primer ministro. Un hombre bajito con la cabeza afeitada y un monóculo en su ojo derecho.
- Gracias coronel Belanov.
- Habéis estado alejado de la ciudad...
- De viaje por el continente.
- ¿Algún país en concreto? –inquirió con especial interés Belanov.
- Ninguno –respondió mientras solicitaba otra copa.
- ¿No creéis que bebéis demasiado?
- ¿Y vos? ¿No hacéis demasiadas preguntas? Por cierto, ¿qué tal marcha la guerra con los suecos? - El rostro de Belanov expresó una mueca de disgusto por aquel comentario. La situación no marchaba bien para los intereses del zar.- He oído decir que el atamán de los cosacos de Ucrania ha ofrecido sus servicios  a Carlos de Suecia.
- ¿Quién os ha facilitado tal información? –le preguntó exaltado el coronel Belanov.
- Tranquilizaros coronel, os va a dar algo. Así mismo el sultán de Turquía y el gran Khan de Crimea han aceptado igualmente. Me pregunto, ¿quién estará convenciendo a todos ellos para aliarse y atacar al zar y?  –le preguntó mientras lo dejaba allí solo cono aquella pregunta y volvía al centro de la fiesta.
Buscó con su mirada a su mujer pero no la encontró por ningún lado. Caminó por toda la casa sin percatarse de su presencia. Cuando vio a Mushia fue directamente hacia ella sin soltar su copa.
- ¿Dónde esta mi esposa? –le preguntó con la lengua algo trabada.
- No deberías beber más Anatol. Mírate.
- No te he pedido tu opinión. Te he preguntado por Irina.
- Se ha retirado.
- ¿Tan pronto? –le preguntó con lo ojos abiertos en su máxima expresión.
Mushia le lanzó una mirada de desprecio y se apartó de su camino maldiciendo ese día. “Menuda noche de bodas le aguardaba a su hermana. Bueno, si al menos se quedara dormido como una cuba no tendría que pasar por ese trance”, pensó.  Mushia sentía una mezcla de rabia y tristeza por el destino que le esperaba al matrimonio de su hermana. Casado con el que creía ser el príncipe de su sueños. Su alma gemela. El hombre que ansiaba su corazón, y resultaba ser un borracho pendenciero.


Subió las escaleras de dos en dos deseando encontrarse con Irina. Empujado más por su deseo carnal que por sus sentimientos. Al llegar arriba se detuvo unos instantes. Buscó una maceta en la que vertió la mitad del contenido de la copa. Ese era el truco que pretendía averiguar Dimitri. De cada dos copas que supuestamente bebía una y media acababa en alguna maceta de la casa. Su imagen era puro teatro. Se dirigió con paso titubeante hacia la puerta tras la cual se encontraría ella. Por el camino iba pensando en las palabras de Dimitri y sobre como llevar la situación; ¿cómo iba a engañar a su propio corazón y a sus propios sentimientos?. ¿Cómo iba a rechazar o a tratar como un déspota a su mujer en la intimidad? A una mujer tan hermosa y tan dulce como era Irina. Sacudió la cabeza para desterrar de su mente esas palabras. En la intimidad no habría disfraces, ni máscaras, ni interpretaciones. Sería él. Abrió la puerta de repente pero no vio a Irina. Aquello le extrañó y le enfureció en un principio. Entró como un loco en la habitación buscando con su mirada a su bella esposa. Entonces apareció en el umbral de la terraza alertada por los golpes que estaba profiriendo Anatol. Sus miradas se cruzaron unos instantes y él percibió el miedo en sus ojos azules. Aquellos ojos que él adoraba ahora estaban aterrados. La expresión de su rostro era de auténtico pánico. Su respiración se había acelerado al verlo de aquella manera. Se había despojado de su vestido de novia y ahora lucía un camisón de color blanco marfil y una bata a juego. Se había recogido su pelo castaño aunque algunos rizos se mostraban rebeldes y caían sobre su rostro otorgándole un imagen deliciosa. La sentía temblar. Anatol estaba desconcertado y desarmado ante aquella hermosura expuesta en el umbral de la terraza, mientras su silueta blanca se recortaba en la oscuridad. Dio un portazo a la puerta para que se cerrara y caminó hacia ella como si estuviera poseído. Y lo estaba. Lo estaba por aquella seductora mujer que lo empujaba hacia sus brazos como las sirenas los había hecho como Ulises; pero él no se iba a resistir. No quería que lo ataran al mástil del barco. Quería correr hacia ella y refugiarse en su pecho, acariciar su piel, embriagarse con su aroma, jugar con los rizos de su pelo, sumergirse en su mirada, y abandonarse a su abrazo. ¿Cómo puedo hacer daño a esta criatura? ¿Cómo puedo resistirme a esta mujer cuando me mira con esos ojos?, pensaba
- ¿Por qué has subido a la habitación?
- Estaba cansada –se disculpó Irina mientras se frotaba las manos en claro síntoma de nervios mientras volvía el rostro para no contemplarlo, y seguir desilusionando
- Mírame. No me vuelvas el rostro.
- ¿Para qué? Para mirar a un borracho –le espetó armándose de valor.
Aquella respuesta no la esperaba Anatol, quien sintió en ese momento como si le hubieran disparado a bocajarro. Hubo de hacer esfuerzos para sostenerse en pie y no caerse, y no precisamente porque estuviera interpretando sino por que ella había conseguido hacerle daño. Se acercó a ella quien ahora se mostraba con confianza después de la respuesta dada, y lo observaba con el mentón alzado.
- Soy tu marido y me debes...
“No me mires así por Dios”, pensó. “No puedo continuar con esta farsa si lo haces”.
Anatol se acercó hasta ella rendido ante sus encantos y se olvidó de su papel de borracho, de Dimitri, del zar, pero no de amar a aquella mujer que ahora era su esposa.
Pero Irina no se lo pensó dos veces y lo abofeteó con todas su fuerzas descargando toda la rabia acumulada durante el día. Para luego apartarse de él rechazándolo Aquel gesto no sorprendió a Anatol, quien comprendía su reacción.
-Lamento lo sucedido Irinia. No pretendo herirte. Además creo que he bebido demasiado.
Ella quiso creer en las palabras de su esposo y dejó que se acercara por segunda vez. Entonces Anatol le pasó su mano por su mejilla con una exquisita ternura para sorpresa de Irina quien sintió como aquel suave roce la había hecho despertar. Su piel se erizó al sentir sus dedos recorriendo su rostro. Ahora el dedo índice se acercaba hacia sus labios y los que recorría con parsimonia. Lentamente los ojos de Irina parecieron recobrar el fulgor de momentos antes de su boda. Ahora lo miraba con amor, con el cariño que siempre le había tenido. Anatol ascendió con el dorso de su mano por la otra mejilla hasta que dos de sus dedos atraparon un rizo rebelde y lo situaron detrás de su oreja. La mano descendió ligera por su barbilla recorriendo su curva que conducía a su cuello aterciopelado. Anatol sintió su suavidad y su fragancia. Irina cerró los ojos y se dejó envolver por aquellas caricias, y cuando él presionó sus labios sobre la piel del cuello sintió que un mar de sensaciones la inundaban. No podía rechazar lo que él le estaba brindando y debía reconocer que sabía como aumentar su deseo y su excitación. Ahora Anatol ascendía por su cuello hasta su oreja a la que aplicó un ligero mosdisco que hizo que Irina abriera los ojos de repente para  volverlos a cerrar, y disfrutar de aquel momento. Anatol rodeó su cintura con su manos sintiendo como se estremecía con el simple roce de éstas. Sólo las separaban de su piel una tela suave y fina “pero no tanto como lo sería ella”, pensó. Alzó su rostro sujetándolo por el mentón y cubrió sus labios con los suyos en un beso suave, tierno, lento, que en nada se parecía al que le había dado en la ceremonia. Anatol jugaba con su labio inferior atrapándolo entre los suyos; rozándolo con la punta de su húmeda lengua, saboreando el delicioso néctar que destilaban. Irina abrió los ojos sorprendida al comprobar que el aliento de Anatol no apestaba a alcohol. No podía ser posible. Lo había visto beber y beber como buen ruso, y buen cosaco. Ahora su lengua exploraba su interior buscando a su pareja de baile para entrelazarse en un ritmo lento que fue dando paso a uno más frenético hasta que ambas bocas se unieron saciándose. Ahora Anatol hundía sus manos en sus cabellos rizados jugando con ellos hasta que los liberó dejándolos sueltos para él. Sintió su suavidad al tacto de sus torpes manos; su aroma a miel de flores. No dejó de besarla en ningún momento ni siquiera cuando deslizó su bata por sus brazos para dejarla solamente con su camisón de tirantes. Posó sus labios sobre sus redondos hombros para sentir su frescor y su suavidad. Anatol sabía que debía ir con mucho cuidado ya que ella no había estado con ningún hombre. Quería demostrarle que podía amarla y llevarla al éxtasis pese a su comportamiento. Tomó su rostro entre sus manos para besarla una vez más y aguardó a que ella  abriera sus ojos azules intensos:
- Eres preciosa Irina –le susurró.
Ella sintió que sus defensas se derretían como los castillos de arena cuando el mar lo arrastra. Sintió que las piernas iban a fallarle y se tuvo que aferrar a él para no caerse. Sintió su cuerpo pesado pero fuerte sostenerla como una pluma y hacerla flotar. No podía ser cierto que aquél fuera el Anatol de horas antes, pensó. Ahora él comenzó a despojarse de su chaqueta y de su camisa dejando su pecho desnudo para que ella lo recorriera con sus temblorosas manos mientras él la contemplaba embelesado, hechizado, cautivado por aquella candidez y aquella inocencia que emanaba por todos los poros de su piel. Sus mejillas se habían encendido, pero Anatol no supo explicar a qué se debían. Su timidez por estar con un hombre por primera vez, su excitación... Recorrió sus brazos ascendiendo hacia sus hombros para enganchar los tirantes y deslizarlos lentamente primero sobre sus hombros y después por sus brazos. Irina se encogió juntando sus hermosos y delicados pechos. Sintió  pudor al quedarse desnuda ante él e intentó cubrirse en un gesto impulsivo. Anatol la atrajo contra él para sentir su piel suave y tersa sobre su cuerpo curtido a la intemperie. Sintió sus pechos rozarse contra su vello y como sus pezones se endurecían. Recorrió su espalda con lentas caricias hasta llegar a sus glúteos redondos y firmes. Luego, sus muslos que ahora temblaban de nervios cuando sintió como su mano se acercaba a aquella parte de ella que producía un mayor placer. Apretó los muslos evitando que él recorriera aquel recoveco de su cuerpo. Anatol la relajó y la tranquilizó con sus caricias y sus besos; entonces logró llegar al centro del placer femenino, primero despacio y después algo más rápido sintiendo su calor, sus humedad y su deseo. Irina gimió un par de veces debido a la emoción del momento. Nadie nunca la había tocado allí y de aquella forma. Anatol sentía sus rizos ensortijados enredarse en sus dedos. Jugaba con ellos arrancando notas de placer semejante a las de una balalaica. Irina experimentaba una sensación de placer que no podía y no sabía describir, pero que era placentera. Ahora jadeaba en voz baja ya que se sonrojaba aún más cuando algún gemido se escapaba en un tono superior. Anatol entonces la miraba y sonreía. En ese momento cogió la mano de ella y la situó en la pernera de su pantalón para que viera su grado de excitación. Irinia abrió los ojos asombrada por aquello. Le pidió que le desabrochara el pantalón pues una parte de él pugnaba por salir de su cautiverio. Cuando lo hizo, Irina pasó sus manos por éste acariciándolo como Anatol le decía provocando las mismas sensaciones que ella había experimentado momentos antes. Fue en ese momento cuando Anatol la tomó en brazos y la llevó a la cama donde la depositó con una mezcla de poder y ternura. Se tumbó a su lado mientras continuaba acariciándola por todo el cuerpo. Irinia era una delicia, con ese toque de ingenuidad y timidez propio de una mujer que se entrega por vez primera. Muy despacio se fue incorporando sobre ella sin apartar su mirada de la suya y sin abandonar sus labios que lo atraían hacia ella una y otra vez. Entonces, tomó su rostro entre sus manos apartándole el pelo rebelde y le regaló una mirada que no pudo ocultar su amor hacia ella. Una mirada que derrochaba ternura por todas partes y que Irina agradeció. Se perdió en sus ojos azules  y deseó quedarse allí, en medio de ese mar para siempre.
- Dime si te hago daño, por favor –le pidió con un tono de voz cercano al susurro.
Irina asintió envuelta en una ola de calor que le ascendía desde la planta de los pies, recorría sus piernas y venía a morir a la parte interna de sus muslos adentrándose hacia su abdomen. Anatol comenzó a moverse muy despacio y de manera muy suave observando cada gesto y cada mirada que le indicaran que debía parar. Lentamente fue adentrándose en aquel calor que ella le ofrecía y que él aceptaba encantado. Se detuvo para relajarla cubriendo sus pechos de besos y sus muslos de caricias que hicieron sentir a Irinia un calor más intenso, casi sofocante mientras sentía como Anatol avanzaba hacia el centro del placer. Sus besos eran el bálsamo perfecto al dolor que experimentó en un principio y que dejó pasó a un placer intenso que ahora recorría todo su cuerpo provocando que su respiración se acelerará y que su corazón bombeara más sangre de lo normal. Una tormenta estalló en su interior y se vio atrapada en una espiral de placer que se tradujo en una serie prolongada de espasmos y gemidos. Se aferró a la espalda de Anatol, quien ahora incrementaba paulatinamente su ritmo. No quería parar pero tampoco quería que se acabara. Miraba a Irinia deleitándose con su rostro encendido por la pasión del acto. Había dejado de ser una joven para convertirse en toda una mujer. Su mujer. Y nada ni nadie iba a hacerle daño. Buscó su mano para entrelazarla y buscar juntos el final. La miraba embobado. Como cuando siendo niño veía desfilar a los cosacos, y recordaba como se quedaba con la boca abierta hasta que el desfile terminaba. Se dio cuenta de que no podría separarse de ella desde aquel día; y que sus almas estaban unidas como una sola. Pasara lo que pasara con su misión Irinia no sufriría, ni permitiría que se viera envuelta en mitad de ella; aunque para ello hubiera de tratarla con algunos modales bruscos. Pero encontraría la manera de hacerlo de la manera menos dolorosa para ambos, ya que en su corazón sólo podía haber amor para aquella hermosa criatura. Cuando sintió que llegaba al final hundió la cabeza en su cuello para ahogar el grito de la culminación del placer.
Ahora sus cuerpos jadeaban y sudaban por el esfuerzo. Anatol la miró con su pelo enmarañado y adherido a su rostro. Pasó su mano por la mejilla y depositó un beso en sus labios que ahora le sonreían.
- Te quiero Irina.
Sus mejillas se volvieron a encender de felicidad pues ahora había recuperado al Anatol que siempre había conocido. Él se apartó y buscó una toalla para que se limpiara la sangre. Se sorprendió al verlo pero Anatol la tranquilizó.
- Es normal la primera vez.
Ella lo miró desconcertada pero se tranquilizó cuando él la estrechó contra su pecho y la besó en la cabeza.
- Perdóname por todo el daño que pueda causarte –le dijo sorprendiéndola por aquella afirmación.

III

Cuando Irina se despertó a la mañana siguiente extendió su brazo para notar la presencia de Anatol, pero en su lugar encontró un lecho vacío y frío. Se incorporó con la esperanza de que todavía se encontrara en la habitación, pero su deseo murió en su interior mucho antes de que lo formulara. Anatol no estaba. Pero no sólo en la habitación sino en la casa. Había salido temprano a una reunión privada, según le comentó el mayordomo. De manera que pasaría sola su primer día de casada en su nuevo hogar. Con cierta pereza caminó por la casa recorriendo todas y cada una de sus estancias con el fin de matar el tiempo de espera. Las horas fueron cayendo como pesadas losas sobre sus hombros sin que recibiera noticia de Anatol. Ya oscurecía cuando por fin apareció. Pero no lo hizo solo sino que llegó acompañado de un grupo de invitados a los que condujo al salón mientras saludaba a su esposa. Estaba algo desaliñado y daba la sensación de haberse sumergido en una cuba de vodka a juzgar por su olor.
- ¿Qué tal querida? –le preguntó dejando sendos besos en sus mejillas.
- Te fuiste sin decirme nada. Estaba preocupada.
- Tenía que atender mis asuntos –dijo como si su ausencia fuera algo normal.
- Pero, tanto tiempo...
- Oh, vamos, vamos no empieces a controlarme la vida cherie.
Varios invitados observaban el comportamiento de Anatol con su esposa y parecía compadecer a la pobre muchacha.
- Esperaba que al menos hoy estuviéramos juntos. Estamos recién casados.
- Tú con quien te has casado es con mi dinero. Al fin y al cabo eso es este matrimonio. Un acuerdo económico. Tu me calientas la cama y yo te doy un estatus –exclamó entre risas que fueron coreadas por su invitados.
Irina apretó sus dientes y sus puños presa de la rabia. Sus ojos se tornaron vidriosos al tiempo que su mirada languidecía. Anatol lo percibió y sintió como si le estuviera aplicando hierros candentes sobre su piel, pero no podía correr a rescatarla de su situación. Tenía una misión que cumplir, y ante la gente debía parecer algo déspota.
- Te odio Anatol. Maldigo el día que me casé contigo –le espetó a la cara delante de todos los presentes.
Se dio media vuelta y subió corriendo las escaleras hacia su cuarto con los ojos arrasados por las lágrimas. Anatol fue consciente de sus sollozos con cada paso que daba. Apretó los puños y cerró sus ojos mientras en su mente le pedía perdón por su comportamiento. Se volvió a sus invitados y levantando los brazos en señal jocosa y dibujando una sonrisa socarrona exclamó:
- Mi esposa ha sido una niña malcriada toda la vida. ¿No es cierto que su padre me la entregó a cambio de mi fortuna? –hizo una pausa mientras todos se reían y su corazón se encogía de pena. Era duro representar aquella farsa y herir a aquella joven inocente. Debía darse prisa en descubrir al traidor y acabar con todo aquello. De ese modo podría amarla libremente. Si para entonces no era demasiado tarde.
Anatol se incorporó a la fiesta tratando de no pensar en Irina y en sus últimas palabras. Lo odiaba y no la culpaba por sentir odio hacia él. En dos días le había dicho algunas cosas que jamás pensó que le diría a una mujer. Ahora tenía dos misiones en su cabeza. Descubrir al traidor al zar, y recuperar el amor de su amada esposa. Trató de apartar este ultimo pensamiento de su mente para obtener información de los allí reunidos. Fue Dimitri quien se lo llevó a parte para conversar con él.
- Lo estás haciendo muy bien Anatol. Casi hasta me lo he creído –comentó entre risas.
- No vuelvas a recordármelo, ¿quieres? ¿Crees que es fácil hacerle daño a una persona como Irina? –le preguntó lanzando una mirada de odio.
- Vamos, vamos amigo –le dijo mientras palmeaba su hombro.- No tienes que meterte tanto en la piel de amante esposo.
- Y tú que sabrás –le dijo mientras apartaba la mano de Dimitri de su hombro con furia.
- Escúchame. Llegamos a un acuerdo. Tu título nobiliario a cambio de la vida del zar. No es muy difícil. Y encima te dimos una esposa para hacer todo perfecto –dijo riendo entre dientes.
- Eres despreciable Dimitri. No sientes compasión por nadie.
- Descubre al traidor y todo habrá acabado. Podrás retirarte con su adorada esposa y nada de esto habrá sucedido.
- ¿Y si abandonara? ¿Y si se lo contara todo?
- Entonces volverás a la cloaca de dónde saliste –le amenazó.- Y no creo que quieras regresar.
Anatol lo miró con aquellos ojos que ahora parecían emitir destellos como el filo de un puñal. Vio retirarse a su amigo, aunque cada momento que pasaba odiaba más llamarlo así. ¿Qué le había sucedido a Dimitri? De un tiempo a esta parte se había vuelto más codicioso, mezquino. Apartó estos pensamientos de su mente y se centró en Irina y en comportamiento. Sentía un dolor agudo en su pecho cuando pensaba en ella. Sus últimas palabras habían dejado una herida que ahora sangraba y que tardaría en cicatrizar. Sólo su perdón lo lograría.
- Irina, Irina, ¿por qué has tenido que ser tú la persona que tenga que soportar tanta humillación? –exclamó mientras se pasaba la mano por el rostro.
Pensó en subir a la habitación y pedirle disculpas; contarle cuál era la situación en la que se encontraba, pero por otra parte, no quería inmiscuirla en sus asuntos. No quería que corriera un peligro innecesario. Cómo le dolía todo lo que le estaba haciendo. Le dolía más que la herida que recibió en combate y que ahora parecía quererle enviar algún tipo de mensaje. Sería mejor estar muerto a seguir destruyendo a Irina. La única forma de salvar su amor era cumplir su misión, y para ello debería volver al salón con sus invitados.


Tras varias semanas de humillaciones, Irina empaquetaba sus pertenencias. Estaba decidida a abandonar aquella casa y a aquel hombre. Lo sentía por su padre, pero no iba a soportar más humillaciones. Trabajaría en lo que encontrara hasta que le salieran callos en las manos, hasta que sus músculos se endurecieran. No le importaría perder la belleza que poseía, todo lo que tenía con tal de alejarse. No quería volverlo a ver, ni sentir sus caricias ni sus besos sobre su piel como la noche anterior, pues si lo hacía acabaría cediendo a sus irremediables impulsos de amarlo. Lo amaba sí. Lo amaba como a nadie en este mundo. Había sido su esperanza, su sueño de adolescente, pero no creyó en ningún momento que su sueño se tornara una pesadilla como la que estaba viviendo. Y en solo dos días. ¿Qué sería de ella cuando llevaran, meses, años...?. Cogió únicamente sus pertenencias, las que había llevado consigo y abandonó la casa. Descendió las escaleras escuchando en todo momento las risas procedentes del salón. Ni siquiera se molestó en despedirse de él. No quería que la viera marchar, pero algo hizo que Anatol saliera del salón y se tropezara de bruces con ella. Sus miradas se encontraron durante una fracción de segundo. La de Anatol reflejaba sorpresa mientras la de Irina era de rabia por tener que verlo allí. Se percató de la maleta que llevaba con ella y supo de inmediato lo que estaba haciendo. No, no puedes irte así sin más de mi lado Irina, le dijo desde su corazón. Te quiero, por todos los santos quédate. Pero en vez de ello volvió a salir el déspota y orgulloso. La miró con desprecio de arriba abajo, y viceversa. Se aproximó hasta que sus rostros quedaron separados por escasos centímetros.
Irina lo contemplaba con el mentón alzado en tono desafiante. Demostrándole que no le tenía miedo. Pero en su interior le pedía que la detuviera, que la subiera a la habitación y le hiciera el amor como la noche pasada. Pero Anatol no se movió.  Ni siquiera la rozó con sus manos. Se limitó a mirarla a la cara y a preguntarle.
- ¿A dónde vas?
- Me marcho de esta casa. Lejos de ti –le respondió con el ceño fruncido desafiándolo con la mirada.
- ¿Cómo te atreves a dejarme? –le preguntó alzando la voz.
- Dame un motivo para quedarme –le dijo retándolo no sólo con la palabras sino con la mirada que ahora clavaba en él como si fueran dos dagas.
“Quédate porque te quiero, y porque lo deseas”, pensó en su cabeza, pero no fue capaz de decírselo, y los ojos de Irina se empañaron. Extendió una mano para sujetarla por el brazo, pero entonces ella se soltó y le cruzó la cara con su mano por segunda vez. Al momento se sintió confundida por lo que había hecho. Abrió sus ojos al máximo en claro gesto de sorpresa mientras se llevaba la mano a la boca como si quisiera ahogar un grito. Los anónimos espectadores los miraban atónitos desde el umbral de la puerta del salón. Anatol miró por encima del hombro aquellos rostros desencajados y esbozó una sonrisa irónica.
- Ya tenéis tema de conversación en vuestra próxima reunión.- Después volvió el rostro hacia Irina, quien no se había recuperado de su acción. Temblaba de frío, de emoción o de terror esperando la reacción de Anatol.- Véte. Fuera. Largo de mi casa –le espetó abriendo la puerta para que se fuera.
Irina lo miró con lágrimas en sus ojos. Una última mirada al amor de su vida, que había resultado ser un demonio. Se volvió hacia la salida y cogiendo la maleta caminó hacia la oscuridad. Anatol se giró hacia sus invitados y de igual manera los echó de casa.
- ¿No me habéis oído? Largo de casa –les espetó agarrando a alguno por la pechera para sacarlo arrastras. Sus ojos se posaron en Dimitri quien ahora sonreía complacido mientras pasaba delante de él. Cuando el último invitado se hubo marchado dio un portazo y se quedó solo con su dolor.
Irina encontró un carruaje que la llevó a casa de sus padres, quienes al verla en tal estado la acogieron y procuraron reconfortarla. Su madre no podía dar crédito a lo que estaba escuchando acerca de Anatol. No podía ser el hombre que ella le describía. Irina tenía el corazón roto y el alma destrozada. Él no la quería. La había aceptado por que el zar se la había impuesto, pero no por que realmente la amara. Las palabras que había vertido en sus oídos la noche anterior habían sido las apropiadas para ganarse su confianza y acostarse con ella. No podía creer que el mismo hombre tierno y cariñoso; respetuoso y dulce de su noche de bodas fuese un déspota y un engreído.  No quería volverlo a ver, ni saber nada de él. Su dolor era demasiado fuerte como para perdonarlo. El hecho de no verlo le ayudaría a olvidar que una vez amo a un hombre llamado Anatol Berenzov.


Y mientras Irina no deseaba volver a ver a Anatol, éste se volcaba en su misión para no pensar en el dolor que sentía por la marcha de su amada. Su estado físico se vio deteriorado en los días sucesivos al abandono de la casa por parte de Irina. Apenas dormía y comía. Durante días se encerraba en su despacho, y otros desaparecía y regresaba después de mucho tiempo. Por entonces la guerra entre Suecia y Rusia seguía su curso. Los cosacos se había puesto de parte del rey Carlos XII, y además los rusos casi no presentaban resistencia, y los invasores partieron hacia Riga para encontrarse con el zar y el grueso de su ejército. Pero antes el rey de Suecia quería terminar de aglutinar a todos los cosacos, incluidos los regimientos del Don y del Volga. Pero la situación cambió gracias a la labor diplomática de Anatol, quien por iniciativa propia y sin temerle a la muerte, a la cual prefería a vivir sin Irina, se encaminó hacia la región que bañaba las aguas del Don. Iba a entrevistarse con el atamán de los cosacos, Zaporovski.
Al llegar al campamento de cosacos fue detenido y conducido ante el jefe . Era un hombre alto con la cabeza afeitada salvo por la coleta clásica. Lucía un aro de plata en su oreja izquierda, y un amplio mostacho resbalaba por la comisura de sus labios. Se irguió delante de Anatol para mostrarle la amplitud de su envergadura, y caminó con los brazos cruzados sobre el pecho observándolo.
- ¿Quién eres? –le preguntó con una voz ronca y potente como el trueno.
- Me llamo Anatol Berenzov.
- ¿Berenzov? –repitió intrigado el jefe cosaco.- ¿El mismo Berenzov al que le arrebataron su título por matar en un duelo al sobrino del zar?.
- El mismo.
- ¿Y qué buscas en mi campamento y entre mis hombres?.
- Vengo a pediros que reneguéis de la palabra dada al rey de Suecia y os unáis a los ejércitos del zar Pedro el Grande.
- ¿Hablas en su nombre? ¿Te ha enviado el mismo zar? –le preguntó enarcando un ceja en señal de recelo.
- No. Hablo en mi nombre, pero si el zar...
- Hablas en tu nombre –repitió el atamán riendo- cómo si tu nombre tuviera algún efecto.
- Escucha Iván Zaporovski, los suecos se están replegando ante el empuje de las tropas rusas, si apoyas a éstas la batalla y la guerra caerán del lado ruso. ¿Quieres que las estepas sigan perteneciendo a los cosacos?
- Las estepas son nuestro hogar.
- Si lo suecos vencen no volveréis a pisar las estepas. Os someterán a su reino y no volveréis a ser libres. Pero si apoyáis al zar...
 Un murmullo procedente de la otra parte del campamento interrumpió la conversación entre Anatol y Zaporovski. El revuelo que se había armado era de consideración a juzgar por las voces. Finalmente, un grupo armado de cosacos se presentó delante de su jefe.
- Hemos capturado a un espía.
- ¿Un espía? –preguntó sorprendido el atamán.- Está bien traedlo aquí.
El cosaco se volvió para dar órdenes de que trajeran al retenido. La expectación era máxime cuando el supuesto espía fue arrojado ante los pies de Zaporovki. Había quedado de rodillas atado con las manos a la espalda y la cabeza agachada impidiendo verle el rostro. Zaporovski lo agarró por sus cabellos y la alzó para que todos pudieran verlo. Cuando Anatol clavó su mirada en éste un escalofrío le recorrió el cuerpo, y de inmediato se agolparon en su cabeza miles de recuerdos.
- ¡Dimitri!
El hecho de que Anatol hubiera reconocido a su amigo cogió desprevenido a Zaparovski quien de inmediato se volvió hacia éste.
- ¿Lo conoces?
- Sí –respondió sin apartar la mirada del prisionero, quien esbozaba una sonrisa de maldad que desencadenó en una sonora carcajada.
- Pero, tú...- Anatol comenzó a recopilar toda la información que tenía. Dimitri le había pedido que buscaran al traidor al zar y a Rusia. Y nunca podría haber imaginado que... Su rostro mudó el color al tiempo que sus ojos se abrían al máximo y entonces se dio cuenta.- Tú.
- Sí yo. Yo soy el hombre que buscas Anatol –le espetó en el rostro con gesto orgulloso.
- Pero yo... nunca imaginé que fueras tú, Dimitri –dijo con amargura Anatol mientras lo miraba con desprecio.
Dimitri se encogió de hombros mientras en su rostro se relejaba una mueca de burla.
- Sólo para mis intereses. Te mantenía ocupado con esa historia del espía contrario al zar para desviar tu atención de mi persona. Y veo que ha dado resultado. A estas horas los turcos y los suecos estarán acabando con las tropas zaristas. Rusia caerá en manos de Carlos XII de Suecia.
- ¿Por qué Dimitri? –le preguntó frunciendo el ceño.
- Por poder Anatol. Un poder que tú nunca tendrás.
- Ni tú tampoco puesto que serás ajusticiado por traidor al zar –intervino Zaporovski.
- No me importa. Mi causa ya ha triunfado. Rusia caerá y mi muerte no habrá sido en vano –les dijo levantando el mentón en claro gesto desafiante.
- No estés tan seguro –le dijo el atamán de los cosacos agachándose hasta que sus miradas se encontraron. Luego se incorporó y llamó a uno de sus hombres.- Kancharev, reúne a los cosacos. El zar nos necesita.
El enviado partió en seguida a reunir a todos los cosacos del Don diseminados por aquellos parajes cercanos, y pronto más de cinco mil se dieron cita en el campamento de Zaporovki dispuestos a partir.
- Por cierto Anatol, te recomiendo que vayas en seguida hacia la casa de los Glishenko.
- ¿Por qué? –le preguntó mientras lo sujetaba por el cuello.
Dimitri esbozó una sonrisa burlona una vez más antes de responder.
- Varios de mis leales hombres partieron al amanecer en busca de tu adorada esposa –le respondió entre risas.
Anatol no pudo resistirse y golpeó con todas sus fuerzas a Dimitri provocando su caída. Después se volvió hacia el atamán de los cosacos.
- Necesito un caballo.
- Llévate el que más te guste. Por cierto, ¿es cierto lo que ha dicho esta alimaña?
- Sí, mi esposa Irina se encuentra en peligro. Ya me separé de ella en una ocasión, pero juro que no habrá otra –le comentó con el gesto de su rostro crispado por la situación 
- Entonces no te demores más en tu partida –le apremió el cosaco.
- ¿Y él? –le preguntó echando un último vistazo al que en un tiempo fuera su amigo.
- No te preocupes. Conocerá la justicia de los cosacos.
- Apremiaros en vuestra marcha. Rusia y el zar os necesitan.
Con esta última consigna Anatol picó espuelas partiendo al galope hacia San Petersburgo del que le separaban a apenas unas verstas. Calculó que estaría en casa de Irina en poco tiempo si el caballo le aguantaba, y lo haría a juzgar por el brioso corcel que le habían entregado. Ahora cabalgaba como alma que llevara el diablo. Como si alguien lo estuviera persiguiendo. El viento de la estepa le golpeaba la cara retirando sus cabellos que ondeaban al viento como látigos. A penas si  se apoyaba en la silla de montar y se abalanzaba hacia delante. El caballo corría sin apenas posar sus cascos sobre el terreno, sino que parecía como si volara. Una densa nube de polvo se levantaba por donde pasaba. Tras un largo trecho de camino divisó la casa de los Glishenko. Todo estaba en calma. Rogó al cielo que los hombres de Dimitri se hubieran entretenido por el camino, o que no hubieran dado con la casa. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no había sido así por las dos monturas que había en la entrada. Sólo esperaba que no llegara demasiado tarde, pues nunca podría perdonárselo. Frenó la marcha de su caballo y descendió de éste antes de que se hubiera detenido del todo. No obstante, lo sujetó por la brida y lo apartó de la casa para que nadie se percatara de su presencia. Si alguno de los dos hombres de Dimitri lo vieran sospecharían de la presencia de un intruso. De modo que lo escondió mientras él caminaba con cautela hacia la entrada de la casa. Fue bastante sencillo llegar hasta la cancela de hierro y cruzar el jardín que abría el camino hacia la puerta de doble hoja que permanecía abierta. Se agazapó junto a una de las ventanas para echar un vistazo al interior. A  través de las cortinas distinguió a cuatro personas obligadas a sentarse en un sofá de tres piezas. Apretados los cuatro: Igor, Marina y sus dos hijas Mushia e Irina. Al verla sintió una enorme alegría puesto que aún seguía viva. Estaba radiante pese a que sus cabellos aparecían enmarañados y le caían desordenados por su dulce rostro. Dejó de centrarse en ella y se fijó en los dos hombres que ahora los apuntaban con sus armas. No había tiempo que perder si quería salvarlos. De manera que se arrastró por el porche de la entrada hasta la puerta. Se incorporó lentamente mientras extraía un puñal de su funda y se asomaba ligeramente. Ahora uno de ellos increpaba a Irina y tras intercambiar unas palabras la agarró por los cabellos y la abofeteó. Aquel gesto enervó la sangre de Anatol. Ahora apretaba los dientes y las manos mientras observaba como Irina se erguía desafiante ante aquellos dos hombres. Sabía lo orgullosa y valiente que era. Ya le había quedado claro el día que lo abandonó.
Anatol decidió que era el momento de entrar. Nadie lo esperaba de manera que contaba con el factor sorpresa. Se situó delante de la puerta y propinando una fuerte patada la abrió hasta atrás. Todos se quedaron petrificados por aquel ruido. Los dos malhechores se volvieron sobresaltados y Anatol aprovechó para lanzar su daga contra uno matándolo en el acto. Cayó de espaldas hacia atrás; hacia donde se encontraba Irina, quien al verlo abalanzarse sobre ella salió huyendo del sofá. El otro hombre recibió el impacto del cuerpo de Anatol, quien se había arrojado contra él cayendo ambos sobre el sofá, que a su vez se volcó arrojando a todos sus ocupantes. En la caída había perdido el arma y ahora Anatol lo sujetaba por su camisa mientras lo golpeaba impunemente hasta dejarlo inconsciente.
Los miembros de la familia Glishenko se fueron incorporando lentamente temiendo que aquel intruso fuera a hacer lo mismo con ellos. Sin embargo, sus temores se disiparon en el momento en el que reconocieron a aquél que les acababa de salvar la vida.
- Atadlo fuertemente para que no pueda escapar –ordenó a Mushia y a Marina.
Aún no se había vuelto para contemplar a Irina, a quien el corazón se le había agitado en gran medida al escuchar aquella voz. Sintió una serie de escalofríos que recorrían todo su cuerpo. Parecía como si la cabeza quisiera estallársele por la emoción del momento vivido. Las palmas de sus manos le sudaban copiosamente y ahora se las retorcía presa de una gran angustia. Entonces se enfrentó a aquel rostro y a aquel hombre a quien había amado por encima de todo desde hacia años; y  a quien seguía amando a pesar de las desgracias sufridas.
- ¡Anatol! –exclamó llevándose la mano a la boca. Todos se acercaron al joven conde Berenzov, quien no se atrevía a mirar a Irina por la vergüenza que sentía. Fue ella quien se aproximó a él y posando la mano en su mejilla le volvió el rostro para contemplar su mirada.
En ese momento Anatol se dejó caer de rodillas ante ella sorprendiendo a todos por su actitud, incluida la propia Irina quien no supo cómo reaccionar. Anatol permanecía con la cabeza gacha y había comenzado a hablar.
- Vengo a implorarte que me perdones Irina por todo el daño que te he causado. Y si aún queda algo de tu cariño hacia mi en tu corazón permíteme que lo gane para mi. Si no, al menos perdóname y podré marcharme en paz.
Todos contemplaban la escena expectantes y sin abrir la boca. Las miradas de todos se clavaron en Irina, cuya mirada se había tornado dura y desafiante.
- Me dijiste que me había casado por dinero y que misión era calentarte la cama, y...
- No era yo Irina, y lo sabes. Recuerda lo ocurrido en nuestra habitación la noche de nuestra boda –le dijo provocando una sensación placentera en su esposa al recordar como la había acariciado, la había besado, la había tocado, y la había encumbrado hacia cotas de placer jamás imaginadas por ella. Como ambos habían disfrutado de sus cuerpos desnudos, de sus abrazos, de su amor.- Tuve que interpretar el papel de esposo libertino y pendenciero. Tenía que hacerlo. ¿Por qué crees que he venido a salvarte? Dimitri me lo dijo.
Irina permanecía allí de pie frente a Anatol, quien no se había incorporado aguardando su perdón. Las últimas explicaciones la habían turbado como al resto de los presentes.
- ¿De qué me estás hablando? ¿Qué es todo eso de que has estado interpretando un papel... y qué te contó Dimitri...? Me estás confundiendo Anatol.
- El zar me encargó la honrosa tarea de descubrir al traidor que pretendía acabar con él. Si accedía me devolverían el título de conde, del que fue desposeído mi padre por el propio padre del zar Pedro. Al acceder tenía que casarme y fingir que yo era un marido déspota y cruel delante de todos para que nadie sospechara de mí. Por ello te humillé delante de todos, incluido Dimitri, quien resultó ser el traidor que él mismo me había pedido encontrar.- Anatol levantó la mirada hacia la de Irina.- Cada una de las palabras que te decía eran como si me estuvieran abriendo la carne con un látigo. Sentía y percibía tu dolor y tu tristeza. Y entendí tu odio y tu desprecio al marcharte de casa. No te culpo por lo que hiciste pues yo también lo habría hecho. La única prueba de mi amor por ti la tienes de la noche que pasamos juntos. Allí no te engañé, no interpretaba ningún papel Irina. Era yo. Por un momento Irina pareció conmovida por la historia de Anatol y pareció dispuesta a perdonarlo allí mismo. Sin embargo, su rostro volvió a endurecerse para sorpresa de todos.
- ¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué no me dijiste aquella misma noche lo que pasaba?
- Y arriesgar tu vida –le dijo incorporándose mientras en su rostro se reflejaba el desconcierto.
- Tal vez sería mejor que tu confianza Anatol. Salvaste mi vida pero mataste mi confianza en ti.- Irinia se volvió mientras se retorcía las manos presa de la angustia del momento y de la situación. Respiró hondo antes de pronunciar su sentencia.- Vete Anatol. El tiempo dirá si debemos volver a unirnos. Pero por ahora es mejor que cada uno siga su camino.
Anatol asintió ante aquella respuesta que lo condenaba a vivir sin el amor de Irina. Se volvió hacia Igor, quien ahora lo contemplaba con una mezcla de lástima y de confusión. No sabía si su hija habría actuado como Anatol merecía, pero debía respetarla. Antes de marcharse el conde Berenzov ayudó a Igor a llevar fuera los cuerpos de los asaltantes. Ató al que estaba inconsciente a su caballo y salió de allí con él a su lado para entregarlo a las autoridades.
En casa de los Glishenko reinaba el más absoluto silencio. Ninguno de sus miembros se atrevió a cruzar una palabra con Irina. Ella era una mujer adulta y sabía lo que hacía en todo momento. Subió a su habitación y se encerró para dar rienda suelta a sus emociones. Se arrojó sobre la cama para llorar amarga y desconsoladamente durante unos instantes hasta que se sintió reconfortada y su mente despejada para pensar en Anatol. En ese momento la puerta de la habitación se abrió y el rostro de Mushia se asomó para comprobar cómo se encontraba su hermana. Ésta le agradeció que entrara ya que tenía que hablar con alguien. Mushia vio los ojos llorosos de su hermana y la pena que la embargaba. Se sentó junto a ella en la cama y la abrazó para consolarla.
- He venido a ver cómo estabas –comenzó diciendo Mushia mientras se separaba de Irina y secaba sus lágrimas con su mano.
- La inesperada visita de Anatol me ha trastornado. No esperaba volver a verlo nunca más.
- Pues ya ves lo equivocada que estabas. Pero dime, ¿no te ha gustado volver a verlo?
- Mucho, pero...
- Pero no puedes olvidar cómo te trató.
Irina movió la cabeza mientras las lágrimas se escapaban de sus ojos rodando libres por sus mejillas.
- Él te quiere Irina. Ha venido porque sabía que estabas en peligro. ¿Quien cruzaría la estepa para salvar a su amada? Sólo aquél que esté profundamente enamorado.
- Podría haberme hecho partícipe de todo. Al fin y al cabo se suponía que éramos uno al casarnos –le respondió en tono de reproche.
- Hablas como si ya no estuvieras casada, o cómo si pensaras separarte de él –comentó Mushia confusa por aquella reacción de su hermana.
- Ya no sé lo que digo, ni lo que hago.
- ¿Por qué no lo has perdonado?
- No sentía fuerzas para hacerlo.
- Procura encontrarlas antes de que sea demasiado tarde –le dijo en tono de advertencia Mushia mientras abandonaba la habitación.
Irina se volvió a quedar sola recapacitando sobre las últimas palabras de su hermana. ¿A qué se está refiriendo?
- Oh, Anatol. ¿Por qué has tenido que regresar para turbar mi espíritu?. Contaba con no volverte a ver y ahora has puesto patas arriba mi mundo –se dijo mientras se dejaba caer de nuevo en la cama.



- ¿Al frente? ¿Estáis seguro conde Berenzov? –le preguntó incrédulo el oficial de mayor rango a cargo del departamento militar.
- Eso he dicho –respondió tajante Anatol.
- Pero, estáis casado, e imagino que vuestra esposa... bueno en fin.
- Mi esposa –Anatol hizo un inciso en su comentario tras pronunciar aquella palabra y quedar pensando unos segundos antes de continuar.- Iba a decir que por ello no debemos preocuparnos ahora. En este momento lo que preocupa es salvar a la madre patria del invasor sueco. Y se necesitan hombres en el frente de manera que estoy dispuesto a incorporarme ahora mismo.
- Todo esto es muy extraño, pero si insistís –le dijo el oficial encogiéndose de hombros.
- Os lo agradezco.
Anatol se dirigió hacia el sitio de Poltava, una pequeña ciudad fortificada donde los rusos habían acumulado una gran cantidad de víveres. El asedio había debilitado a los suecos, que desde la margen izquierda del río Vorskla hostigaban a los refuerzos que el zar enviaba. Anatol era el encargado de organizar las defensas para impedir que los suecos tomaran la ciudad. Los refuerzos rusos estaban siendo retenidos en la margen derecha del río. Los suecos habían apostado un gran número de hombres para impedir que lo cruzaran y pudieran socorrer a la ciudad. Pero cuando parecía que Poltava claudicaría los cosacos aparecieron en medio de la batalla poniendo en fuga a las tropas de Carlos XII. Éste resultó herido y los rusos contraatacaron liberando la ciudad.
El conde Berenzov, Anatol, fue enviado de vuelta a San Petersburgo para que se recuperara de sus heridas. Sin embargo, Anatol no quería regresar a la ciudad, pues nada lo ligaba a ella. Pidió seguir combatiendo pero el propio zar, al saber de su valentía y de sus heridas, optó por concederle un permiso para retirarse hasta que lo volviera a llamar. De este modo Anatol regresó a su casa con el corazón oprimido por los recuerdos de su hogar. No había dejado de pensar en Irina ni un solo instante, pero sus recuerdos se desvanecían en cuanto recordaba sus últimas palabras. De ello hacía algo más de un mes. Sus pasos lo llevaron hasta la entrada y tras tocar a la puerta el fiel Barovski abrió. Por un instante se quedó clavado observando a aquel hombre desarrapado que pretendía entrar en la casa.
- ¿Qué quiere? –le preguntó con gesto serio.
- Barovski, ¿no me reconoces?
El interpelado entrecerró sus ojos unos instantes para abrirlos poco después con el gesto contrariado. No había reconocido a su señor.
- Señor Anatol. Yo... no le había reconocido, perdone que...
- Tranquilo amigo, es lógico –le comentó con voz cansina mientras apoyaba su mano en el hombro de su fiel mayordomo.
Entró en la casa y caminó hasta encontrar un sillón en el que se derrumbó. Cerró los ojos unos instantes para recapacitar sobre todo lo vivido hasta entonces. Su boda con Irina, su misión, la marcha de ella, Dimitri, los asaltantes en casa de los Glishenko, las palabras de Irina, el asedio de Poltava, y ahora por fin en casa. En una casa por la que no sentía el menor aprecio. Apoyó sus botas sucias sobre la mesa baja de madera sin importarle lo más mínimo que ésta se manchara.  Con la mano en su frente se quedó dormido pensando que ella regresaría algún día, que lo perdonaría, y que volverían a empezar de nuevo. Mejor aún que Irina aparecería en ese momento delante suyo y le regañaría por pisar los muebles.
- Antes de entrar en casa deberías quitarte las botas. El servicio no tiene la obligación de limpiar la suciedad que tú vas dejando por tu descuido.
Anatol sonrió entre sueños. Casi podía oír su voz tan clara y nítida como si estuviera allí. Qué delicia de sueño. No quiero despertarme nunca. Dejadme soñar con ella.
- No me has oído Anatol.
El tono de ella casi alcanzaba la exasperación. De repente sintió como su botas caían al suelo. Entre abrió los ojos unos instantes a medio camino entre la realidad y el sueño, y entonces vio una forma borrosa allí delante suyo.
- Déjame tranquilo Barovski –le dijo con voz somnolienta.
Al ver que el mayordomo no respondía volvió a recostarse en el sillón y a sumergirse en su sueño en el que él e Irina aparecían radiantes y felices. Volvió a apoyar sus pies sobre la mesa y de nuevo volvieron a caer al suelo. Anatol no estaba de humor para juegos, de manera que crispado por la actitud de su mayordomo se incorporó decidido a reprenderle. Pero entonces sus ojos lo engañaron. Parecía aturdido, confundido, dormido. Creyó seguir soñando. Irina estaba allí de pie con las manos entrelazadas en el regazo y con sus ojos azules como el mar mirándolo con cara de pocos amigos. La miró con recelo pues pensaba que el destino le estaba jugando una mala pasada.
- ¿Irina? –le preguntó extendiendo el brazo pero se contuvo.- Temo que desaparezcas si te toco.
- Puedes hacerlo Anatol. Soy real, mira –le dijo mientras entrelazaba los dedos de sus manos ante la incredulidad de él.
Abrió la boca para decirle algo, pero entonces las palabras no le salieron. Su lengua se volvió pastosa de repente. Su mente se quedó en blanco. No sabía qué decirle. Su corazón latía ahora desbocado como el caballo que lo había llevado hacia ella desde la estepa. Poco a poco recuperó su estado normal. Deslizó su mano por la mejilla de ella sin poderse creer aún que ella estuviera allí. No podía ser cierto.
- No puede ser cierto. Tú... no quieres verme. Eres una ilusión producida por mis sentimientos. Eres un sueño.
- Entonces despierta Anatol. 
Irina se inclinó sobre él y lo besó suavemente en los labios. Unos labios que había extrañado desde su noche de bodas, y que ahora saboreaba con deleite para sorpresa de su marido. La emoción embargaba a Anatol hasta el punto de que sus ojos se tornaron vidriosos, y no pudo reprimir que una lágrima se le escapara.
- Anatol –murmuró ella sorprendida por su reacción mientras su mano volaba hacia la mejilla de él para atraparla.
- Oh, Irina. Perdóname te lo suplico. No te merezco –le dijo mientras inclinaba el rostro para besar sus manos.
- No hay nada que perdonar. Y sí me mereces. Eres mi marido. El hombre con quien quiero pasar el resto de mi vida.
Anatol no encontró palabras para corresponder a aquella afirmación tan rotunda. Tras unos breves momentos de silencio por fin pudo hablar.
- Pero, ¿qué haces aquí? –le preguntó sin salir de su asombro.
- Esta es mi casa. Mi sitio está junto a ti. Por eso vine aquí a esperar que regresaras -Anatol volvió a quedarse sin habla mientras la escuchaba.- He sufrido por ti desde que supe que te habías ido al frente. Temí que te mataran, amor mío. Todo este tiempo sin verte, sin saber de ti me ha hecho recapacitar.
- Nunca quise hacerte daño –le dijo mirándola a sus ojos cristalinos en los que se volvió a ver reflejado.- Te quiero Irina.
- Lo sé mi amor, lo sé. El zar vino a verme en persona al saber que estabas en el frente buscando la muerte. Me lo contó todo – dijo ella que comenzó a besarlo de nuevo; esta vez por todo el rostro hasta bajar a sus labios que tomó entre los suyos con pasión. Anatol la rodeó por la cintura y la trajo hacia él para fundirse en un abrazo.
- Voy a mancharte el vestido –le comentó observando lo radiante que la había encontrado con aquel traje en color verde botella.
- El vestido puede sustituirse pero este momento de dicha no volverá jamás, Anatol.
Anatol hundió sus manos entre sus cabellos para besarla con un fuego que le quemaba las entrañas



Lo condujo arriba y lo desnudó desprendiéndole de aquellas ropas sucias y roídas por la guerra. Su cuerpo se había endurecido por la campaña y ahora sus músculos estaban más marcados, su pecho era más amplio, sus brazos más fuertes. Su piel era más curtida pero Irina experimentaba las misma sensaciones cuando pasaba sus manos por ésta. Los rasgos de su rostro iban adquiriendo un gesto más dulce con las caricias que ella le proporcionaba. Luego comenzó a dejar tímidos y cálidos besos sobre su rostro, sus hombros, su pecho, su abdomen. Él la incorporó para comenzar a desprenderla de su vestido. La atrajo hacia él para saborear sus labios tan anhelados durante tanto tiempo, aunque no había olvidado su suavidad, y su dulzura. Los recorrió acrecentando el placer en ella, cuya respiración la delataba. Sentía su sangre bullir por todo su cuerpo mientras Anatol la despojaba de su vestido dejándola desnuda ante él. Su cuerpo era perfecto, su piel como el terciopelo, suave y sedosa. Deslizó el vestido por sus caderas hasta que éste quedó arremolinado a sus pies. Sus manos descendieron los tirantes de su ropa interior de manera muy sutil, haciendo que resbalaran por sus brazos lanzando chispazos sobre su piel. Ésta se le erizó al sentir el tacto de sus dedos. Las caricias de Anatol eran maravillosas, aún recordaba como la había acariciado en su noche de bodas. ¿Cómo podía traicionarla? Si le había hecho experimentar sensaciones ante vividas ocultas en el interior de su cuerpo. Él había sabido como liberarlas para deleite de ambos. El deseo de Anatol se hizo patente cuando ella sintió como su masculinidad golpeaba su vientre pugnando por abandonar su cautiverio forzoso. Decidió que debía liberarlo para deleite de ambos. Lo tomó entre sus manos notando su tacto suave, y viendo el placer que producían sus caricias sobre éste. Anatol se inclinó hacia delante para susurrarle en el oído.
- Irina te deseo.
Aquellas palabras elevaron las llamas del fuego que crepitaba en su interior hasta sentir como éstas la abrasaban. Rodeó su cuello con sus brazos para besarlo con más pasión mientras lo atraía hacia ella. Sintió su lengua invadiendo su boca que por derecho le pertenecía. El beso fue largo y húmedo mientras sus lenguas se buscaban incesantemente. Sin descanso. Irina cerró los ojos y se dejó amar por aquel hombre del que siempre había estado enamorada. Sabía que la amaba. Sus caricias y sus besos no la engañaban ni lo harían nunca. Se apartó de él para mirar su rostro. Anatol sonreía de felicidad mientras ella pasaba su mano por su mejilla y descendía hasta sus labios donde se detuvo unos instantes, mientras en su interior tres palabras pugnaban por salir. Entreabrió los labios y las dejó libres para que él las escuchara.
- Te quiero Anatol.
Una sonrisa se dibujó en sus labios antes de que ella los volviera a cubrir con los suyos, y lo atrajera hacia la cama. Anatol se tumbó a su lado sin dejar de besarla ni  un solo instante al mismo tiempo que sus manos comenzaban recorriendo su cintura y bajaban por sus caderas en dirección a sus muslos firmes. Se entretuvo allí prolongando las caricias. Sus labios abandonaron los de ella y comenzaron a recorrer su cuello presionándolos contra su piel para transmitirle su amor. Luego le llegó el turno a sus pechos endurecidos por la excitación. Los cogió entre sus manos juntándolos para saborearlos y deleitarse con sus puntas. Las besó, las lamió y succionó para un mayor gozo de Irinia, quien no podía soportar el placer que Anatol le hacía sentir. Era como una tormenta que crecía y crecía amenazando con estallar. Siguió recorriendo su cuerpo con sus labios y con su lengua enviando descargas de pasión. Hacía tanto tiempo que no la tenía, que no la sentía que quería prolongar al máximo aquella situación. Quería verla retorcerse bajo sus besos y sus caricias. Quería que experimentara todo su amor a través de éstos. Ella se incorporó para intercambiar los papeles. Ahora ella recorría su pecho con sus manos suaves y sus besos provocativos. Él le pidió que ascendiera para besarla una vez más, y entonces la sentó sobre su vientre y fue moviéndola hasta acoplarse en él. Irina sintió como entraba con menor dificultad que la primera vez. Inspiró cerrando los ojos para sentirlo de nuevo en su interior. Sintió sus manos sobre sus caderas instándola a moverse despacio hasta que lograran la perfecta armonía. Anatol la miraba embelesado por la belleza que irradiaba mientras sus manos recorrían la mayor parte de su cuerpo de piel clara. Acarició sus pechos perfectos y se incorporó para recorrerlos con sus labios, mientras Irina hundía sus manos en los cabellos de él y lo instaba a que siguiera allí. Las manos de Anatol descendieron a los glúteos a donde se sujetó para intentar profundizar más. De repente la volteó hasta quedar él encima apoyado sobre sus fuertes brazos. Ahora él se movía entrando y saliendo de aquel centro de placer. Ella se había aferrado a su espalda mientras se besaban. Unos segundos después Anatol miraba aquel rostro angelical cuyas mejillas se habían encendido por la pasión.
- Te quiero Irina.
Ella sabía que era cierto y que esta vez tenía al auténtico Anatol para ella. El momento final se acercaba y él incrementó el ritmo sintiendo los espasmos previos. Irina le acarició la mejilla antes de cerrar sus ojos y dejar escapar un pequeño grito que indicaba que su placer era extremo. Ambos descargaron la tensión contenida durante tanto tiempo. Se sintieron liberados y más ligeros. Se miraron con unos ojos que  transmitían todo el cariño y el amor posible. Su rostro estaba perlado por el sudor, sus cabellos revueltos, pero sonreían. Irina estiró los brazos por encima de él como si estuviera desperezándose y los dejó caer alrededor de su cuello.
- Siempre adoré tus ojos. Esos ojos azules como las aguas del Báltico. Esos ojos que me han traído de vuelta a casa y a ti.
Irina sonreía complacida mientras el color no acababa de abandonar sus mejillas.
- ¿Sabes que estuve enamorada de ti desde que éramos unos chiquillos?
- ¡No! –exclamó sorprendido Anatol mientras se dejaba caer hacia un lado de la cama y se llevaba la mano a la frente.
- Es verdad –le dijo Irina con el rostro encendido de felicidad al tiempo que se incorporaba sobre su codo. Anatol echó una colcha por encima de sus cuerpos desnudos pese al calor que había en la habitación procedente de un pequeño hogar.- Estaba enamorada de ti desde la primera vez que te vi vestido con tu uniforme en el baile de presentación en sociedad de Nina Molensko.
- Sí ya lo recuerdo. Te saqué a bailar...
- Y yo me enamoré perdidamente de ti.
Anatol sonrió mientras con el dorso de su mano acariciaba su mejilla.
- Por eso accediste a casarte conmigo –le dijo en un susurro mientras se incorporaba para poderla besar de nuevo.- Nunca imaginé que aquella espigada mocosa  de trenzas pudiera algún día hechizarme como lo hiciste el día de nuestra boda. No podía creer que aquella hermosa mujer fuera...
- La espigada mocosa de trenzas –repitió con un tono de mal humor.
- Bendita mocosa –le dijo antes de cubrir sus labios con los suyos.


Varios días después Anatol dio una fiesta para celebrar su vuelta a casa. Todos sus amigos así como los padres de Irina y Mushia habían acudido. Había una gran expectación por volver a ver juntos a la pareja después de los últimos acontecimientos. Anatol charlaba animadamente con sus invitados. Un Anatol que en nada tenía que ver con el que todos esperaban. Éste era reservado, educado, serio, y algo bromista. Cuando las notas del vals inundaron el salón buscó con la mirada a su esposa y sin decirse nada, ambos se encontraron en la pista de baile. Sus manos se entrelazaron mientras sus cuerpos se acoplaban como antes. Anatol estaba fundido en aquella mirada, en aquel rostro angelical. No merecía aquella mujer después de lo ocurrido.
- No se te ocurra beber como...
- Nunca bebía todo lo que pedía. Era un truco. Siempre estuve sereno. Quería estarlo en el momento de estar contigo a solas. No quería perderme ningún detalle.
- Pero entonces... –Irina estaba contrariada con sus palabras. Juraría haberle visto beber y beber hasta estar borracho.
- No era licor lo que tú veías, sino zumo de frutas.
- ¿Zumo de frutas? –le preguntó sin poder creerlo.
- Siempre pedía de beber a Barovski. Él era mi cómplice.
El rostro de Irina se puso serio un momento.
- No más engaños amor mío. Quiero que me confíes todo.
- ¿Incluido mi amor? –le preguntó levantando una ceja.
- Ése ya lo tengo.
Cuando el vals terminó Anatol pidió un momento de silencio. Irina lo miró contrariada y sorprendida. Pero entonces él tomó su mano y se dirigió a los congregados para reclamar su atención.
- Quiero decirle a mi adorable mujer –comenzó diciendo en voz alta para volverse y mirar fijamente aquel dulce rostro en el que ahora se reflejaba la sorpresa y la vergüenza. En el que sus mejillas volvían a encenderse como la cama en la que hacía el amor. Sintió un temblor de piernas pero lo superó al ver el rostro de Anatol clavado ante ella.- que eres mi vida. Y si tú te vas yo me muero. Y que mi mundo se queda a oscuras cuando la luz de tus ojos se apaga. Que son el faro que me guía hasta tus brazos cuando estoy perdido. Y que si alguna vez su luz se ha extinguido por mi culpa, yo me arrastraré hasta ellos para volverlos a encender. Te quiero condesa Berenzov.
Anatol se abalanzó sobre ella para estrecharla entre sus brazos y besarla en aquellos labios que tanto había anhelado ante el júbilo de los presentes.