31 ago 2011

Glencoe

Nunca pude imaginar el éxito que obtendrían los relatos del viejo Jarvis, antiguo farero de la costa de Fife. Ni tampoco pude pensar que la gente me quisiera atribuir un éxito y un reconocimiento que en nada merezco. Ya les he explicado a mis lectores que yo no soy el autor de estas narraciones. Ojalá pudiera ser yo el responsable de dichos cuentos. Antes de contar una nueva historia quiero hacerles partícipes de cierta anécdota que me sucedió con un amigo mío. Me encontraba ojeando unos ejemplares en un puesto en la feria antigua del libro en mi localidad natal, cuando el bueno de Max se acercó hasta mí con una expresión de felicidad en su rostro que no llegué a comprender hasta que se explicó.
- Mi querido amigo –me dijo tendiéndome su mano.- Que maravillosos relatos los tuyos.
Como pueden comprender no sabía a qué se refería el bueno de Max quien se extrañó al contemplar en mi rostro un gesto de extrañeza.
- Tan modesto como siempre ¿eh?. No me digas que no son merecidos los laureles que te otorgan por el éxito de tus relatos.
- Creo que te equivocas amigo –le interrumpí.
- No, no puedo equivocarme. Todo el mundo comenta las hazañas de Lady Killgrew, o el triste final de Sir Robert Langdon...
- Verás antes de que sigas déjame decirte que yo no he escrito esas historias.
Ahora fue Max quien no comprendía nada. Me miró por encima de sus gafas y dijo:
- ¿Cómo que tú no has escrito esos relatos, si vienen firmados por ti?
- Es cierto. Pero en la introducción al mismo dejo claro que yo no soy el autor de los hechos narrados –le expliqué con naturalidad.
- Ya. ¿Entonces?
- El verdadero autor es el antiguo farero de la costa de Fife. Yo sólo soy su compilador.
- Bueno, es igual. Dime, ¿tienes más cuentos de ese...? –pregunto sin recordar su nombre.
- Jarvis.
- ¿De ese Jarvis?
- Estás de suerte quiero Max, pues ahora mismo iba a entregarle a mi editor un nuevo relato.
- ¿Lo tienes aquí? –me preguntó agarrándome del brazo para que no pudiera escaparme.
- Claro –le dije mostrándole un legajo de hojas escritas.
- ¿Puedo leerlo?
- Me temo que no. No hasta que no se haya publicado.
- Al menos dime su título.
- Eso sí. Se titula “Glencoe”.
- ¿Glencoe? –repitió Max mirándome sin comprender nada.- Un título bastante extraño para un relato. ¿De qué trata?
Miré a mi amigo y sonreí abiertamente.
- Querido Max, si te has fijado en los relatos de Jarvis sabrás que éstos están siempre relacionados con la historia, y más en concreto con la de Inglaterra y Escocia.
- Sigo sin comprenderte amigo.
- Entonces espera a leerlo y lo comprenderás mejor.
El descontento de Max se hizo más patente al comprobar que no cedería ante sus insistentes súplicas para que le permitiera si quiera un rápida lectura de la historia. Ese privilegio se lo concedo a mi editor, y después al público de Jarvis. He aquí el manuscrito que entregué al señor... para su publicación y que comienza como los anteriores relatos en la posada de la costa de Fife donde Jarvis ya se encontraba preparado aquella tarde de octubre para deleitar a su audiencia con un nuevo relato.


“El año 1692 es de infausto recuerdo para nuestro país y para las gentes que lo habitaban entonces. En especial para el clan de los Mcdonalds de Glencoe. Cuando la nueva monarquía subió al trono se encontró con una situación algo agitada en nuestro país. Desde un primer momento el objetivo del nuevo monarca fue la de someter a los habitantes de las Tierras Altas sin escatimar esfuerzos. Las continuas disputas entre los clanes escoceses con el Parlamento de Londres no son ajenas para ningún conocedor de la historia de ambos países. Pues bien, como os iba contando, en aquel año de gracia de 1692 el rey Guillermo ofreció una cuantiosa suma de dinero a todos aquellos jefes de los clanes que abandonaran las armas, y le rindieran pleitesía. Para tal fin se fijo una fecha que todos debía respetar: el 1 de enero del año anteriormente citado. Todos los jefes debían acudir a Londres a presentar sus respetos. Cuando los principales consejeros del rey esperaban que ninguno se presentara para tal evento, un nutrido grupo de bravos y rudos montañeses hizo su aparición en la capital de Inglaterra dispuestos a acatar las órdenes del nuevo soberano. Sin embargo, sucedió que uno de los principales clanes el de los Macdonald de Glencoe, no pudo acudir a tal ceremonia. Aquello como era de prever se consideró como un acto de rebeldía como asó lo expresó el propio monarca:
- De manera que todos los principales jefes han acudido a excepción de los Macdonald de Glencoe.
Su irritación aumentaba por momentos alentada en parte por el más ladino de sus consejeros Sir John Dalrymple, quien no hizo sino añadir más leña al fuego.
- Vuestra majestad debería mostrar su autoridad castigando tal ofensa.
- No podemos precipitarnos. Acabo de llegar al trono y no sería una buena propaganda mostrarme severo con mis súbditos.
- Dejadme deciros que los Macdonald de Glencoe siempre se ha comportado como un clan díscolo, y difícil de hacer entrar en razón. Tal vez si vuestra majestad cambiara el guante de seda por una mano de hierro...
- No –respondió el rey mirando fijamente a los ojos a su más leal y también más pérfido consejero”.   

En este punto Jarvis hizo un pequeño inciso para volver a encender su pipa, mientras la audiencia que se había dado cita aquella tarde en la posada aguardaba expectante el desenlace de la historia. Uno podía contemplar los rostros de la gente siguiendo con la mirada cada movimiento de Jarvis. Cuando por fin hubo terminado su ritual de encender la pipa continuó con la narración..
- Como iba diciendo –continuó...

“El rey Guillermo aguardó con impaciencia algunos días hasta que al quinto un hombre vestido con el traje típico de los habitantes de las Tierras Altas se presentó en el palacio para solicitar audiencia al rey. Sir John Dalrymple acudió a responder a la petición de aquel hombre cuyos cabellos y su barba eran del color del fuego. Al ver acercarse a Sir John se inclinó ante su presencia en señal de respeto.
- ¿Qué quieres? –le preguntó con voz áspera y cierto desdén hacia el recién llegado.
- Soy Clive Macdonald, jefe del clan de los Macdonal de Glencoe. Vengo a presentar mis respetos al rey Guillermo...
Al escuchar su nombre Sir John Dalrymple estalló de ira y gritando al jefe del clan le dijo:
- ¡Llegas cinco días tarde! ¿Cómo osas pedir audiencia con el rey Guillermo? ¿Acaso has olvidado que debías presentarte el primer día del año?.
- Ya lo sé, pero...
- Lo sabías y aún así desobedeciste la orden del rey –vociferó fuera de sí Sir John.
- Sí, pero no ha sido culpa mía. Si me he retrasado ha sido debido al tiempo. Una feroz tormenta nos sorprendió y tuvimos que refugiarnos en Glengyle hasta que fuera posible continuar la marcha.
- No es disculpa. Debisteis poneros en marcha unos días antes para estar presentes el día que se os ordenó.
El jefe del clan no supo que responder a tal orden, y agachando la cabeza en señal de respeto aguardó la resolución de Sir John Dalrymple.
- Será mejor que regreséis a vuestras tierras. El rey Guillermo no os recibirá.
- ¿Qué sucederá entonces?- preguntó el jefe Macdonald con cierto tono de angustia en su voz.
- Lo que suceda no es asunto vuestro. El consejo de nobles se reunirá con su majestad para debatir que solución debemos darle a vuestro desleal comportamiento.
Y diciendo esto se dio la vuelta dándole la espalda al jefe de los Macdonald.

“Los días pasaron sin que los Macdonald de Glencoe tuvieran noticias de la decisión a la que habría llegado el rey con respecto a su retraso. Clive mientras tanto se entregaba a sus quehaceres diarios como jefe del clan, esto es repartir el trabajo entre sus seguidores. Clive estaba casado y tenía una hija, Helena, a la que veneraba por encima de todas las cosas. Era una muchacha alegre y afable que ayuda a las demás mujeres del clan en la elaboración del whisky. Eran las mujeres las encargadas de destilarlo, para posteriormente beberlo acompañando a las comidas. Su padre tomaba un trago desde muy temprano antes de ir a cuidar del ganado. Los Macdonald vivían del pastoreo en los verdes  glens  palabra de origen gaélico que emplean los habitantes de las Tierras Altas o Highlands para designar a los valles. Aquella mañana del doce de febrero un mal presagio se ceñía sobre él. No había dormido bien, y eso se notaba en la expresión de su rostro. Cuando su mujer le preguntó qué era lo que le ocurría, el bueno de Clive se disculpó achacando su malestar a la cena.
- Tu padre no sabe mentir –le dijo Clara a su hija cuando Clive se hubo marchado junto con otros dos hombres.- Algo le ronda la cabeza. Desde que regresó de su entrevista con el rey no es el mismo.
- No te preocupes más por él mamá, seguro que no es nada –le respondió la bella Helena restando importancia a las sospechas de su madre.
Por la tarde un nutrido grupo de hombres se aproximó a la región en la que habitaban los Macdonald de Glencoe. Clara y su hija se encontraba en ese momento a las afueras de su casa charlando amistosamente con otras mujeres cuando se percataron de la presencia de aquellos.
- Son los Campbell –dijo Clara a las demás mujeres.
Los Campbell eran el clan más poderoso de la parte occidental de Escocia, y uno de los más leales al rey gracias a lord Breadalbane. Éste había sido el encargado de convocar a los clanes para jurar lealtad al rey. Al verlos aparecer un escalofrío recorrió el cuerpo de Clive, quien llegaba en ese momento procedente de las montañas acompañado de sus hombres. Sabía que su presencia allí tenía que ver con el hecho de no haberse presentado el primer día del año ante el rey. Por ello se mostró cauto ante lo que pudieran decidir los Capmbell, y en especial Breadalbane. Éste mostraba una amplia sonrisa en su rostro como si lo acaecido el mes pasado hubiese quedado olvidado. Pero Clive sabía que aquello no era posible, pues Breadalbane era un hombre vengativo.
- Saludos amigos –dijo Breadalbane al aproximarse al grupo de casas habitadas por el clan Campbell.
- Saludos a ti Breadalbande –respondió Clive Macdonald saliendo a su paso y tendiéndole la mano.
Para sorpresa del propio Clive, Breadalbane se la estrechó fuertemente para después abrazarse a él.
- ¿A qué debemos esta visita? –le preguntó Clive recelando de aquella ptitud tan amable.
- Vengo a hablar contigo en relación a lo que tú ya sabes –respondió con gesto preocupado.
Los rostros de Clara y Helena mudaron su color, y sus mejillas palidecieron como si una ráfaga de frío procedente de las montañas las hubiera dejado heladas. Ambas miraron primero a Breadalbane y después a Clive.
- No es nada, no es nada –intervino el señor de los Campbell.- No hay motivo para preocuparse. ¿Podemos pasar aquí algunos días? El tiempo en las montañas no es muy bueno, y presiento que pronto nevará. No quisiera que nos quedáramos atrapados en la nieve mis hombres y yo.
- Por supuesto que podéis –dijo Clive haciendo señas a los demás Campbell para que se acomodaran.
Cuando todos estuvieron en sus respectivos lugares se dispuso un gran banquete con las mejores carnes y el mejor pescado desalado. Bebieron el whisky destilado por las mujeres, y cantaron y bailaron toda la noche. En medio del jolgorio y ajenos a las miradas de los demás tenían lugar dos escenas diferentes. Por un lado Clive y Breadalbane charlaba amistosamente hasta que éste último habló de lo referente a su retraso en presentar sus respetos al nuevo monarca.
- Te juro que nunca tuve intención de llegar tarde. El mal tiempo nos retrasó. Tú mismo acabas de decirlo –se explicaba el honrado de Clive. Breadalbane lo miraba y asentía una y otra vez a todo lo que su compañero y amigo le contaba.
- Pero me dejaste en mal lugar amigo –le dijo.
- De veras que lo siento. No era mi intención –comentó Clive con gesto serio mientras apoyaba su mano sobre el hombro de Breadalbane.
Por otro lado en un rincón apartado de la casa Helena y el joven teniente Murray, prometidos desde hacía dos años, se hacía confesiones al calor de la lumbre como dos enamorados. El joven Murray estaba deseoso de hacer de Helena su esposa y forma su propio clan. Ella por su parte no había olvidado el día en que él se le declaró y en el que formalizaron su compromiso. Ahora ambos se miraban a los ojos llenos de amor. El muchacho tenía las manos de Helena entre las suyas acariciándolas para darles calor, mientras ella no apartaba su mirada de los ojos de su enamorado.
- Tengo que hablar con tu padre para fijar la fecha de nuestro enlace, Helena. No veo que llegue el día en el que seas mi esposa.
- Sí, yo también –comentó la muchacha con el rostro iluminado por una amplia sonrisa.
El momento tan íntimo entre ambos enamorados se vio interrumpido con la llegada de la hora en que debían retirarse a descansar. Ambos se despidieron prometiéndose reanudar su conversación a la mañana siguiente. Helena se retiró en compañía de su madre, mientras Murray Campbell se retiró junto a los demás hombres. Clive Mcdonald le dijo a Breadalbane que podrían pasar la noche en el granero algo  que el jefe de los Campbell agradeció dada la noche que estaba. De este modo el grupo de hombres de Breadalbane se puso en camino hacia el edificio construido con piedras y maderas que hacia las veces de granero y de cuadra para las bestias. Al entrar comprobaron que los caballos ya se habían dormido. Breadalbane dio orden de cerrar la puerta y atrancarla con un madero para que nadie pudiese entrar aunque tranquilizó a sus hombres diciéndoles que lo hacía para que el viento no interrumpiera sus sueños abriendo de par en par las puertas. Después acordó con todos permanecer despiertos un rato antes de irse a dormir. De este modo Bredalbane se sentó junto a un montón de paja seca que amontonó con el fin de reposar sobre ella. Cuando sus hombres se hubieron despojado de sus armas y las hubieron colocado junto a ellos Breadalbane habló abiertamente al resto.    
- Ya sabéis cual es nuestro cometido en estas tierras –comenzó diciendo mientras miraba a cada uno de sus hombres. Este comentario dejó algo perplejo al joven Murray Campbell quien no sabía de qué estaba hablando Breadalbane.- Su majestad el rey Guillermo por medio de Sir John Dalrymple me ha concedido poderes para aplicar la justicia con el clan Mcdonald. ¿Qué te ocurre muchacho? –le preguntó a Murray que seguía sin comprender muy bien que estaba pasando.
- Lamento interrumpiros pero no sé muy bien de qué estáis hablando.
- Por eso os lo estoy explicando. Aguarda unos segundos y lo sabrás. Bien como iba diciendo el rey quiere que demos una lección a los Mcdonald de Glencoe como respuesta a la desobediencia mostrada por su jefe. Por eso ha decidido que mañana al amanecer ningún miembro del clan quede con vida.
Aquellas palabras fueron como una bala en el corazón para el joven Murray. Si había entendido debían matar a todo el clan  sin respetar la vida de ninguno de sus miembros incluidos las mujeres, los niños y los ancianos. Y eso también iba por Helena. Su amada Helena. La dicha de sus días. Miró consternado a Breadalbane quien había continuado su explicación.
- ¡Esto es un vil y cruel asesinato! –protestó poniéndose en pie como un resorte.
Todos lo contemplaron en silencio. Murray estaba rojo de ira y de rabia dispuesto a batirse con todos aquellos desalmados si se presentara la ocasión. Pero nadie le respondió a excepción de Breadalbane.
- Siéntate muchacho. Tu rey te ordena que cumplas una orden y...
- No es mi rey quien orden acabar con la vida de personas inocentes, y menos a sangre fría y al amparo de la noche.
- Entonces me obligas a acusarte de alta traición a la corona –le advirtió con gesto serio.
Aquellas palabras calmaron los ánimos del joven Murray. El tren del ingenio acababa de parar en la estación de su mente. Si seguía la corriente a Breadalbane tal vez podría descubrir cuando pensaba entrar en acción, y poder avisar a Helena y a sus padres. Se tranquilizó para sosiego de los demás reunidos allí, y volvió a sentarse como si nada de aquello hubiese ocurrido. Cuando Breadalbane hubo terminado de dar las oportunas instrucciones Murray logró deslizarse sin ser visto por un abertura que había en uno de los laterales del granero y salir a la oscura y desangelada noche. No tenía mucho tiempo para avisar a Helena y a sus padres de las intenciones de los Campbell antes de que éstos se pusieran manos a la obra. Llegó raudo y veloz hasta la puerta de la casa de su amada y tras aporrearla con sus dos manos escuchó ruido en el interior. Primero fueron voces. Luego pasos arrastrándose por el suelo. Finalmente el cerrojo que se descorría y por fin la puerta que se abría. A la luz de una vela Murray contempló el rostro adormecido de Clive Mcdonald, quien contempló al muchacho con gesto extrañado.
- ¿No crees que es un poco tarde para visitar a Helena muchacho?- le preguntó levantando la llama de la vela para poder ver mejor su rostro.
- ¡Deben irse de inmediato! –gritó exasperado el joven Murray.
- ¿Irnos? ¿En mitad de la noche? ¿A dónde? –le preguntó intrigado el jefe de los Macdonald.
- Los Campbell van a venir a mataros a todos.
- ¿Te has vuelto loco muchacho?
- No, no estoy loco. He escuchado a Breadalbane transmitirnos las órdenes del mismísimo rey Guillermo. Es el castigo por su falta el primer día del año.
Entonces por fin Clive Mcdonald comprendió la visita tan inesperada de sus vecinos los Campbell, cuanto nunca antes se habían dignado a hacerlo. Tardó en reaccionar unos segundos, los justos para que el tropel de hombres armados de Breadalbane aparecieran a lo lejos con sus armas prestas a ser disparadas. Murray se precipitó en la casa en un intento por salvar la vida de su amada Helena, mientras Clive daba la voz de alarma a los miembros de su clan. Cuando Helena y su madre entendieron lo que ocurría no pudieron dar crédito a sus ojos. Los Campbell habían iniciado ya su trabajo para entonces y varios miembros del clan Macdonald de Glencoe había caído bajo el disparo de las pistolas o acuchillado por las dirks y las claymores, armas que empleaban aquellos días los habitantes del Tierras Altas de Escocia. Cuando Breadalban descubrió la traición de Murray empleó todos sus medios para capturarlo y llevarlo ante rey acusado de lata traición a la corona.

En este punto Jarvis volvió a detenerse mientras su vista permanecía clavada en un punto fijo. Todos aguardaban impacientes el desenlace, aunque bien es cierto que ya lo conocían. No se puede cambiar el curso de la propia Historia, ni siquiera en la ficción.  Tras unos segundos que parecieron eternos Jarvis, el farero de la costa de Fife volvió a continuar su narración.
- Creo que será mejor que evite los detalles más cruentos de aquella noche, y continúe con los hechos acaecidos a la mañana siguiente.

Temprano de mañana su espesa niebla envolvía la región de Glencoe como un mal presagio de los que allí había sucedido la noche anterior. El joven Murray sintió que tenía el cuerpo magullado y dolorido. Una herida en su mejilla derecha, tal vez un rasguño de un disparo, o el trazo de una dirk  afilada eran los causantes de ella. Lentamente se desperezó y se incorporó aún sin comprender muy bien  que había ocurrido finalmente. Su vagos recuerdos se volvían borrosos cuando intentaba por todos los medios hacer memoria. La última imagen que le venía a la mente era la de su amada Helena pidió ayuda. El joven Murray se puso de pie finalmente con la ayuda de un mosquete depositado junto a él. Hacía frío y la niebla comenzaba a disiparse para horror suyo. A media que clareaba contempló con sus propios ojos la carnicería llevada a cabo por los Campbell. Los cuerpos diseminados por toda la aldea de casas en sus más grotescas formas. Caminó con paso turbado entre los cuerpos hacinados unos sobre otro. Entre ellos reconoció a Clive Macdonald y a su esposa. Pero también a niños, ancianos, mujeres. Los Campbell no había respetado a nadie, y ni siquiera a las bestias. Habían incendiado las casas, el pajar y el granero que ahora eran sólo cenizas y escombros humeantes. El pavor se apoderó de él pues temía encontrar a su bella Helena entre los muertos. Pero no la veía por ningún lado. Deambuló largo rato entre los muertos buscándola. El hecho de no encontrarla le daba esperanzas de que hubiera podido escapar. Más cuan cruel es el destino. Y más cuando se trata de jóvenes enamorados por los eran Murray Campbell y Helena Mcdonald. Justo al doblar los restos de una casa encontró el cuerpo semidesnudo de su enamorada. Muerta. Ultrajada. Tiznada de negro por el humo, y con una bala alojada en su cuerpo. Corrió hacia ella pero nada podía hacer. Estaba muerta. La arrulló contra su pecho y lloró amargamente. “

- No me detendré mi querida audiencia en narrar la pena que embargó al joven Campbell.
- ¿No sobrevivió nadie? –preguntó un joven avispado de pelo rojizo y mirada despierta.
- Nadie excepto el joven Murray –respondió moviendo la cabeza de lado a lado.
- ¿Y qué fue de él? –preguntó un muchachita sentada en primera fila.
- Desapareció en las montañas, y nunca más se supo de él. Dicen que allí reunió a un grupo de valientes y leales seguidores y combatió a las tropas inglesas del rey Guillermo, y en especial a los Campbell.
- ¿Siguió llamándose Campbell después de lo que habían hecho su familia? –preguntó un joven apoyado sobre la barra que escuchaba atentamente cada palabra del farero.
- No. Se cambió el apellido. Nunca más volvió a llamarse Campbell. Pero esa es otra historia que algún día os contaré.
El bueno de Jarvis apagó su pipa, se levantó de su butaca y se marchó de la posada hasta el día siguiente.
           
Cuando días más tarde volví a encontrarme con mi querido amigo Max lo primero que hizo fue expresar su agradecimiento por dicho relato. Después echándome una mirada inquisidora me preguntó:
- Por cierto, ¿qué sabes de la vida de nuestro misterioso bardo?
- Apenas nada. Sé que fue el farero de la costa de Fife. ¿Por qué?
- ¿No crees que haya algo de autobiográfico en alguno de sus relatos? –me preguntó con cierta sospecha de que yo conocía el secreto del farero.
- Mi buen Max, la literatura está compuesta una parte real y otra de ficción. Los escritores suelen basarse en experiencias vividas.

Me despedí de mi amigo quien se quedó con el gesto turbado por mis palabras. Yo en cambio volví a mi casa a sumergirme en la colección de historias de Jarvis para seleccionar cual sería la próxima, aunque ya la había decido con anterioridad. 

El laird *

Quiero que quede constancia de que el éxito obtenido desde el primer relato debo atribuírselo por entero al bueno de Jarvis, autor de todas y cada una de la narraciones, que este humilde servidor suyo ha decidido poner por escrito en un intento de rendirle un más que merecido homenaje una vez fallecido. En prueba de mi agradecimiento por los comentarios, siempre favorables, vertidos hacia el mismo, quiero obsequiar a los lectores con una nueva entrega de sus relatos.  No me gustaría que éstos me atribuyeran un galardón que no merezco, pues como dije en la primera y única ocasión en que he traído hasta ustedes los relatos del farero, yo sólo soy el compilador y escribiente de los mismos. Ya les conté que el bueno de Jarvis ocupaba cada tarde su viejo sillón de madera junto a la estufa en la posada que hay en la costa de Fife.  Como de costumbre ésta estaba atestada de gente que cada día madrugaba más para escuchar al bueno de Jarvis. Se había corrido la voz de sus dotes como juglar, y pronto gentes de otros pueblos cercanos a Fife acudían para escuchar aquellos cuentos. Aquella tarde el cielo estaba completamente encapotado. Los negros nubarrones amenazaban con descargar un aguacero, así que mejor lugar para pasar la tarde que la posada donde Jarvis solía relatar sus historias.  Tanto los jóvenes como los ancianos, los ricos y los que no lo eran se acomodaron en torno a nuestro personaje, para escucharle relatar lo que había preparado para aquella tarde de comienzos de otoño en la que los árboles comenzaban a quedarse desnudos de hojas. El viento soplaba fuerte agitando las ventanas de madera de la posada, mientras la gente se juntaba la una con la otra en un intento por dar, y recibir más calor si cabe.
Me encontraba apoyado en la barra sorbiendo mi taza de té caliente, cuando Jarvis comenzó la narración sin más preámbulos. Como bien dije la primera vez que hable aquí de Jarvis, éste solía comenzar sus narraciones sin ningún tipo de aviso o introducción. Yo me apresuré a sacar mi material y comencé a tomar notas. He aquí la historia que Jarvis nos narró aquella tarde de otoño a todos los allí reunidos. Me he permitido titularla El laird ya que narra las aventuras de un señor en el siglo XII:

“Sabed que este país ha permanecido en guerra durante siglos, y que la sangre de valientes guerreros ha corrido montaña abajo regando a su paso estas tierras. Pero gracias al sacrificio de aquellos antepasados hoy somos una nación libre. En los tiempos en que el rey Eduardo II quiso anexionarse Escocia hubo una raza de valientes patriotas que opusieron resistencia a tal deseo del monarca inglés.  Entre ellos se encontraba Sir Robert Langdon dueño y señor de las tierras de Balqhidder. Como otros muchos lairds acudió a la llamada de los nobles para luchar contra los ingleses. Sir Robert estaba casado con una hermosa muchacha de cabellos cobrizos y ojos claros. Su piel era tan blanca como la leche, y suave como un manto de plumas de ganso. Pronto las noticias de la guerra alcanzaron el idílico paraje de Balquidder. Sir Robert, en calidad de señor de aquellas tierras, obedeció la llamada de los demás nobles y se prestó a acudir a la cita. La mañana en que Sir Robert hubo de partir su mujer, Marion, se mostraba nerviosa. Una serie de extraños sueños no la habían permitido descansar durante la noche. Algo en su interior le decía que tal vez no volvería a ver a su marido. De todos es conocido la superstición que envuelve a todo escocés, recalcó el viejo farero antes de sorber un trago de su taza. Luego continuó con su narración.
- No son más que tonterías –le dijo Sir Robert para tranquilizarla.- Verás como mañana estaré de vuelta.
Aquella explicación pareció convencer a la joven esposa quien decidió regalarle una medalla que había llevado colgada al cuello desde niña.
- Llévala de día y de noche. Te protegerá allá donde te encuentres.

Sir Robert prometió que así lo haría, y tras despedirse de ella y de sus sirvientes partió a la batalla. Ésta no pudo ser más nefasta para lo intereses de Escocia. En ella Sir Robert cayó prisionero de los ingleses y fue encerrado en una mazmorra del castillo de York. El aspecto de su nueva morada era tétrico. Llena de goteras por las que se filtraba un humedad que calaba los huesos de Sir Robert. De las esquinas de las paredes las ratas entraban y salían sin importarles para nada la presencia del nuevo inquilino. La suciedad era extrema tanto que Sir Robert a penas si tenía un poco de paja para recostarse a ratos, pues no sabía cuando amanecía o anochecía salvo por la comida que el carcelero le pasaba a través de una trampilla en la parte inferior de la puerta. Un cuenco de sopa, que más que sopa parecía agua de fregar, y un mendrugo de pan duro, que prefería echar a su compañera las ratas, eran su sustento diario. Los días pasaban sin saber nada de cuando sería ejecutado, pues había sido hallado culpable de traición a la corona inglesa. Se aferraba al medallón de su mujer en un intento por darle fuerzas, y cada vez que lo hacía parecía como si ello le reconfortara. ¿Qué será de mi amada Marion?, se decía constantemente. Su desesperación comenzó a ser tal que creyó que iba a morir allí mismo en la celda sin ser ejecutado. Entre susurros pronunciaba el nombre de Marion, y alargaba la mano en la oscuridad como si pudiera tocarla.
- Si al menos pudiera verte una última vez antes de que la muerte cierre mis ojos. Daría mi vida por volverte a ver.
Sir Robert cayó dormido en un profundo sueño hasta que el tintineo de las llaves del carcelero lo despertó. Creyó en un principio que venía a recoger la escudilla, pero su sorpresa fue mayúscula cuando al abrir la puerta se encontró con un personaje alto y delgado vestido elegantemente. Sir Robert creyó que seguía soñando. Entrecerró los ojos pues la luz del pasillo le impedía ver con claridad. Con el paso de los días se había acostumbrado a la siniestra oscuridad de la mazmorra, y el más tenue rayo de luz le causaba dolor.
- Vamos. Sal de ahí –le ordenó el hombre desde el umbral de la puerta.
- ¿Ha llegado ya mi hora? –le preguntó Sir Robert incorporándose a duras penas. Apoyó sus manos sobre la pared para poder ponerse en pie, pero ésta estaba tan húmeda y él tan débil que volvió a caerse. Fue entonces cuando el extraño decidió ayudarlo a salir de la celda.- ¿Dónde me llevas?
- ¿No quieres abandonar la celda? ¿No quieres ser libre? –le preguntó el extraño con voz autoritaria.
Sir Robert estaba tan asombrado por aquella nueva situación que no supo que decir. Así que decidió seguir al extraño por aquellos estrechos y lóbregos pasillos. La luz mortecina de las antorchas a penas le dejaba ver el rostro de su salvador. Varias veces tropezó aquí y allá, pero logró incorporarse esta vez sin ayuda. Le extrañó que nadie los detuviera. No en vano no había ni rastro de los guardias. Cuando por fin salieron de aquel maldito lugar la luna brillaba en lo alto del cielo arrojando su halo de luz sobre la siniestra figura, quien se había embozado en una capa. Emitió un silbido que sólo dos briosos corceles pudieron escuchar. Hermosos ejemplares sobre los que Sir Robert y su extraño amigo montaron. Pronto pusieron una distancia prudencial entre ellos y el castillo donde Sir Robert había estado cautivo.
Pasaron los días y Sir Robert mejoró su aspecto físico gracias en parte a los cuidados y las atenciones del extraño personaje. Éste hablaba poco, y lo poco que decía era para dar órdenes. Cuando por fin estuvo restablecido del todo quiso saber algo más de él:
- ¿Por qué me has ayudado?
- Porque tu vida vale mucho.
- ¿Qué quieres por salvarme? Fija un precio.
El extraño sonrió mostrando una hilera de blancos dientes antes de responder:
- Lo que quiero lo tendré a su tiempo. Soy paciente.
- Eres muy misterioso, pero te agradezco lo que has hecho por mi.
- Yo también te lo agradezco.
- No comprendo –dijo extrañado Sir Robert mirando fijamente al extraño.
- No te preocupes. Pronto lo comprenderás.
El extraño volvió a sonreír dejando algo turbado a Sir Robert, quien intentaba recordar donde podía haber visto a aquel hombre. Tenía un aire siniestro en la mirada. Y esa voz...
Los días se hicieron semanas hasta que por fin se encontraron en las tierras de Sir Robert. Durante el camino le había hablado de su mujer, de su castillo, de sus sirvientes, de sus cosechas, pero el extraño no parecía tener mucho interés en ello. Cuando por fin llegaron a las inmediaciones del castillo el extraño detuvo su cabalgadura y la de Sir Robert.
- ¿Por qué haces eso? –le preguntó extrañado.
- Es hora de que te recuerde que no tenemos mucho tiempo. De manera que despídete de tu esposa pronto.
- Pero, ¿de qué me hablas?
- ¿Recuerdas las palabras que pronunciaste en la celda oscura del castillo?. ¿Lo que darías a cambio de volver a ver a tu amada esposa?
Al momento Sir Robert palideció y gritó enfurecido al extraño.
- ¡Tú! No puedes hacerlo. No lo permitiré.
- Es inútil que te resistas. Tu herida se está infectando. Pronto el mal se extenderá por todo tu cuerpo. Y serás mío.
- Pero... ¿cómo puedes atreverte a...?
- En una ocasión me dijiste que me darías lo que fuera a cambio de haberte salvado. Ya lo tengo. De hecho lo tenía desde hacía bastante tiempo. Antes siquiera de que te encerrarán en la mazmorra.
- Sabías que me encontraba moribundo y aún así te aprovechaste de mi.
- Te queda poco tiempo –le dijo extrayendo un reloj de arena de su bolsillo interior. Los granos de arena se deslizaban lentamente por el estrecho paso hacia el fondo. Sir Robert a penas tenía tiempo para poco más que explicarle a su esposa.
- Detenlo. Dale la vuelta. Permíteme una sola noche y después seré tuyo.
- ¿Por qué no? –se dijo el misterioso hombre encogiéndose de hombros.- Esta noche. Después vendrás conmigo.
Así quedó convenido. Sir Robert pasaría la noche con su amada Marion, pero al la mañana siguiente volvería a marcharse de su lado sabiendo que no volvería a verla.  La bella Marion no lo reconoció hasta que su mirada descendió hasta la medalla que ella misma le había regalado el día que partió, y no tuvo dudas. Enloqueció de alegría al ver a su marido de vuelta en el hogar. Los sirvientes engalanaron el castillo para dar una fiesta por todo lo alto. Sin embargo, a pesar de la fiesta y de la felicidad de Marion, Sir Robert se consumía por dentro con el paso de los minutos, de las horas. El tiempo volaba para él. Tenía tantas cosas que decirle a su mujer. En todo momento su rostro reflejó la alegría propia del momento. No quería que su mujer adivinara ni por un solo momento cual sería su destino a  la mañana siguiente. Por su parte el extraño se entremezcló con los asistentes al banquete y disfrutó en todo momento con la música, los bailes y las canciones. Al verlo allí Sir Robert se agitó nervioso. Un sudor frío le recorrió la espalda y empapó su frente. El extraño volvió a sacar su reloj de arena y a mostrárselo. Cada vez quedaba menos tiempo. Llegada la hora de retirarse Sir Robert tomó en sus manos el rostro de su esposa y depositando un beso en sus dulces labios quedó dormido.
Al alba Sir Robert partió con el extraño dejando atrás sus tierras, su castillo y lo que más quería en el mundo: su amada Marion. Cuando ésta descubrió el cuerpo sin vida de su esposo rompió a llorar y todos los sirvientes del castillo pudieron escuchar el grito desesperado de la señora. Un grito que Sir Robert no pudo escuchar por hallarse muy lejos en esos momentos de allí”

Así terminó su narración el bueno de Jarvis mientras apagaba su pipa de madera dando unos golpecitos en la palma de su mano. La audiencia permanecía en silencio expectante por si Jarvis iba a continuar, pero lejos de hacerlo se levantó de su sillón junto a la estufa, y se abrió paso entre el bosque de piernas que había crecido en la posada.  Yo lo miré pasar camino de la puerta, pero antes se detuvo en la barra a pagar su cuenta. El posadero, como de costumbre, rechazo el dinero del farero pues gracias a sus historias las ganancias se habían visto incrementadas casi al doble.
- Un relato un poco triste señor Jarvis –me aventuré a decirle.
Se giró para quedar de frente a mí y con voz firme me dijo:
- Un relato por el que todos hemos de pasar tarde o temprano.
Y diciendo esto se alejó con paso cansino hacia la puerta. La abrió y salió al exterior dejándonos tras de sí cariacontecidos a todos los que allí nos encontrábamos, y esperando ansiosos a que llegara el día siguiente para seguir disfrutando con sus historias, aunque por otra parte deseando que el próximo relato no fuera tan triste.
 
 (Literatura Virtual, Méjico, Diciembre, 2007)


·         La palabra laird hace referencia al señor y dueño de un territorio en Escocia.

29 ago 2011

Los rivales




Las tabernas de Tortuga no son el lugar más apropiado para una mujer salvo que se trate de una capitana pirata. Y Valeria lo era. La más aguerrida y osada de todos los capitanes del Caribe. Muchos eran los que querían enrolarse en su navío, La Dama del lago, para hacer fortuna, pero también para disfrutar de la compañía de aquella mujer.  El nombre se debía a que ella había nacido cerca del Lago Ness en las Tierras Altas de Escocia. A pesar del nombre Valeria tenía muy poco de dama, y si mucho de mujer intrépida y valiente. Sus correrías por el mar Caribe eran innumerables y las autoridades tanto españolas, inglesas, francesas u holandesas nada podían hacer para detenerla. En varias ocasiones habían enviado a sus mejores hombres al mando de poderosos navíos para darle caza, pero siempre regresaban con las manos vacías. Su último golpe contra un galeón español cargado de oro procedente de las colonias en América del Sur bien se merecía unos días de descanso en el puerto franco de la isla de Tortuga. En esos momentos Valeria se encontraba sentada a la mesa junto a una botella de ron en compañía de su más encarnizado rival: John Payne, capitán del Halcón. Se trataba de un apuesto inglés de ojos castaños y pelo negro con una sonrisa adorable para cualquier mujer excepto para Valeria, aunque en su interior sintiera lo contrario. Payne era un capitán astuto, frío y calculador que meditaba mucho la situación antes de dar un golpe. Quería tenerlo todo bien controlado para no perder demasiadas vidas en la empresa.
Valeria y él se conocían desde hacía muchos años y ella era consciente de la atracción que despertaba en Payne.  En varias ocasiones le había insinuado abandonar aquella vida en el mar y establecerse juntos. Pero Valeria no estaba dispuesta a satisfacer sus deseos. Ahora él vertía el contenido de una botella de ron en su vaso ante la atenta mirada de ella, y su sonrisa maliciosa.
- ¿Pretendes emborracharme? Te advierto que ningún hombre me ha tumbado.
- ¿Estás insinuando que no has tenido a ningún hombre encima? –le preguntó con gesto burlón mientras levantaba el vaso en alto para brindar.
Valeria lo miró con ira mientras apretaba sus mandíbulas.
- Me estaba refiriendo a la bebida y no al sexo –le respondió de manera explícita.
- Si quieres yo puedo...
- Cállate Payne. Sabes que no me entregaría a ti por nada del mundo –le espetó antes de vaciar el vaso de ron en su garganta sin apartar su mirada de él. ¿Por qué lo había dicho? Se sintió algo contrariada consigo misma por hablar de esa manera; pero tenía que hacerlo para mantener su reputación de mujer aguerrida y firme.
- No estés tan segura –le dijo contemplando sus ojos azules como el mar y sus cabellos castaños como el color del whisky. Sus labios eran exquisitos, suaves y sensuales. Su cuerpo era perfecto para ser una mujer que se pasaba toda la vida en el mar a bordo de su navío. Su camisa de hilo fino abierta hasta la hendidura que separaba sus pechos firmes de piel blanca. Sus manos delicadas pero capaces de sostener un sable o una pistola sin vacilar un solo instante.
- ¿Qué te hace pensar que me agradaría pasar una noche contigo? –le preguntó llena de curiosidad y con un toque sensual en su voz.
Valeria no era como otras mujeres que había conocido. Ella era exquisitamente femenina. No había abandonado sus modales y su porte de mujer pese a convivir con una partida de mugrientos hombres ávidos de tener entre sus brazos aquel cuerpo tan delicado.
- Nos conocemos desde hace mucho tiempo Valeria, y siempre que ha podido surgir algo entre nosotros algo lo ha impedido.
- ¿Qué podría surgir entre tú yo? Somos rivales en el mar –le recordó esbozando una sonrisa ingenua.
- Podemos ser rivales en el mar y amantes en la cama –sugirió con una mirada llena de intención.
Valeria estalló en una carcajada. Payne la contemplaba sonreír sin importarle para nada que una de las chicas que había en la taberna se le acercara. Valeria lanzó una mirada a ésta que se marchó de inmediato.
- Me has espantado mi compañía para esta noche –le comentó con un tono irónico. 
- ¿Yo? –le preguntó sorprendida Valeria echando un vistazo a la muchacha que ahora se había sentado en las rodillas de otro pirata.
- No me digas que no. Sólo he tenido que ver la mirada que le has echado. Un poco más y te hubieras lanzado a por ella.
Valeria lo miró enfurecida por aquel comentario. No estaba dispuesta a aguantar que ni él ni ningún hombre le dijeran lo que tenía o no tenía que sentir por alguien.
- Dime, ¿qué tal te ha ido la última semana? Según dicen has tenido suerte en el golfo de Yucatán –comentó Payne cambiando el tema.
Valeria se encogió de hombros sin quererle dar importancia al tema. Sabía que Payne estaba rabioso por haberle quitado esa presa.
- ¿No me irás a decir que un galeón español procedente de Maracaibo se te cruza en el mar todos los días? –le preguntó con gesto burlón.   
- Simplemente estábamos en el sitio acertado en el momento justo –se limitó a explicarle mientras jugueteaba con el vaso de ron y enarcaba sus cejas en señal de ingenuidad
- No te hagas la ingenua conmigo Valeria. Alguien te dio el soplo de la ruta que seguiría ese galeón –le comentó algo enfurecido mientras se abalanzaba sobre ella y la cogía de la muñeca.
- No se de qué me hablas –le espetó en su rostro con una mirada llena de rabia soltándose de su mano.
- Está bien. Tú ganas. A veces eres imposible –comentó Payne mientras volvía a apoyarse sobre la pared.
- Estás enfadado porque yo he tenido una buena presa y tú no. Niégalo –le dijo retándolo con aquellos ojos brillantes.
Payne lanzó una mirada que hubiera hecho enmudecer a cualquiera de sus hombres pero no a Valeria, quien se mostraba segura en todo momento.
- ¿Por cierto, sigues empeñado en lo de la búsqueda del tesoro de Morgan? –le preguntó sin mucha convicción en el tema.
- Vaya, ¿ahora te interesa? –le preguntó sorprendido Payne inclinándose otra vez hacia ella.
- Es por hablar de algo –le respondió con cara de indiferencia.
- Te ofrecí ir a medias pero tú...
- ¿Ir a medias en qué? ¿En un sueño de locos Payne? No existe tal tesoro –le espetó con rabia en sus voz.
- Te equivocas Valeria. Hace tres días me comentaron que una parte del tesoro de Panamá está oculto en Port Royal. Morgan lo guardó allí cuando fue nombrado gobernador de la isla.
- Tú y tus historias de borrachos de taberna –le dijo sin mucho interés en aquel comentario.
- Para tu información, no fue un borracho quien me lo comentó –le dijo enfurecido mirándola a la cara con gesto serio.
- ¿Y quién fue esta vez? –le preguntó con un cierto tono de burla en la pregunta.
- Una mujer –murmuró en voz baja.
- ¿Quién? No te he escuchado –le comentó con burla mientras hacía el gesto de no haberle oído.
- Una mujer –repitió con voz clara.
-¿Una mujer? ¿Qué clase de mujer? ¿Alguna ramera de Basse- Terre; o de Hispaniola? –le preguntó sin querer darle importancia al asunto.
- Tengo buenos contactos.
- Sí ya lo sé. Sobre todo entre el género femenino, no te lo niego. Ya conozco tus dotes de seductor con las mujeres cuando quieres obtener algo a cambio de ellas –dijo a modo de chanza, pero con cierta punzada de celos en su tono.
- De todas no –dijo muy serio mirándola a ella mientras su mano se deslizaba sobre la mesa hasta alcanzar la de ella.
Al momento sintió la suavidad de aquella piel que deseaba acariciar. Valeria parecía no querer darse cuenta de que Payne ahora trazaba círculos sobre el dorso de su mano. La sensación era tan gratificante para ella que le permitió seguir jugando, mientras disfrutaba de las maravillosas sensaciones que le transmitía.
- Vaya. Qué lástima. ¿No me digas que hay alguna que se resiste a tu atractivo? –le preguntó de forma burlona.
- Tú.
La respuesta de Payne dejó sin reacción a Valeria, quien sin poder evitarlo sintió una ola de calor ascendiendo hasta su rostro. Sus mejillas se encendieron como las mechas de los cañones prestos a ser disparados. Miró fijamente a Payne mientras su respiración se agitaba y él le cogía de la mano. Valeria no la retiró pues se sentía atrapada por él. “Demasiado ron”, pensó mientras los ojos de Payne brillaban de pasión y una media sonrisa se dibujaba en su agraciado rostro. Abrió los labios para decir algo, pero se contuvo. Payne tenía razón. Siempre que podía haber surgido algo entre ambos algo lo había estropeado. Eran rivales en el mar pero buenos amigos fuera de él. Y ser amantes como había propuesto él hacía unos instantes sería una locura según ella. Además, en aquella vida no podía permitirse enamorarse si quiera de él, y navegar siempre con el corazón encogido sin saber si se encontraría bien en todo momento.
- ¿Qué te contó esa mujer? –le preguntó cambiando de tema sin apartar su mano de la de Payne.
- Me dijo que Morgan llevó parte de su tesoro a Port Royal después de saquear Panamá, y lo escondió allí en su propio palacio.
- Sí, pero Morgan está muerto, y un nuevo gobernador ocupa el palacio –le recordó Valeria.- Además, ¿cómo sabe ella que es allí donde Morgan lo guardó?.
- Estuvo trabajando a su servicio durante varios años. Un buen día se topó con parte del botín escondido en la bodega. Al apoyarse en una de las cubas descubrió que estaba hueca. ¿Y adivinas qué contenía? –le preguntó con los ojos encendidos por la codicia.
- ¿El botín? ¿En una cuba de vino? –le preguntó incrédula mientras separaban sus manos.
- Exacto.
- Vamos Payne, te creía más serio. En una cuba –repitió entre risas que a Payne le parecieron hermosas.
“Al menos he conseguido hacerla reír”, pensó. “Ya es algo”. 
- Seguro que es cierta, Valeria. ¿Por qué habría de engañarme?
- Por una buena propina y un trago. O algo más –le dijo mientras en su rostro se dibujaba una mueca de sensualidad, y sus labios se contraían en un mohín cariñoso que  lanzaba un beso a Payne.
Pero él seguía en sus trece y no estaba dispuesto a ceder ante ella.
- Muy bien. Cree lo que quieras –le dijo con cierto desdén.
- ¿Y tú sabes dónde se encuentra?
- ¿Qué te hace pensar que lo sepa? –le preguntó estudiando el rostro de la joven pirata con recelo.- Me parece que ya no estás tan segura de que te esté engañando –le comentó con cierta ironía.
- Bueno... la verdad... todo es posible –balbuceó intentando controlar su risa.
- Me dibujó un plano de la casa y de la bodega.
- ¡No me digas! –exclamó dando una palmada sobre la mesa y se quedaba con la boca abierta fingiendo sorpresa.- Que detalle por su parte.¿Lo tienes aquí?
- No.
- ¿Y se puede saber dónde lo tienes guardado?, ¿o se trata de otra de tus innumerables mentiras?
- En mi camarote.
Valeria sonrió creyendo intuir lo que Payne pretendía. “De manera que quieres jugar conmigo”, pensó observándolo detenidamente con una mirada que parecía estar atravesándolo y hurgando en su interior para averiguar cuales era sus verdaderas intenciones.
- Si quieres podemos ir en un momento y...-sugirió abriendo los ojos como platos.
- ... me seducirás y después...
- No te seduciré... si tú no quieres –le dijo levantando las palmas de sus manos hacia arriba al tiempo que esbozaba una sonrisa llena de picardía.
Valeria se sentía exultante y poderosa aunque no sabía si se debía a todo el ron que había ingerido. De repente un torbellino de calor ascendiendo por sus piernas y continuando por sus muslos. Su respiración se había agitado por un momento y sentía su corazón latir desbocado en su interior. Payne la contemplaba esperando a que se decidiera a acompañarlo. La curiosidad la picaba y Valeria no era de las que se quedaban con las ganas de saberlo todo. Ella era una aventurera como él. Le gustaba el oro como a cualquier capitán en Tortuga. ¿Por qué iba a ser diferente?. Además sentía unas tremendas ganas de tenerla a solas sin nadie a su alrededor para estrecharla entre sus brazos y acariciarla hasta que ella pidiera que la tomara. Se la imaginó desnuda junto a él y sintió que se excitaba como cualquier otro hombre. La deseaba y creía que aquella noche podría tenerla por fin. Siempre se había mostrado distante a mantener una aventura con él, pese a que le había insinuado que podían retirarse los dos solos a alguna isla paradisíaca y vivir de sus ganancias.  Tras varios minutos de pensarlo Valeria esbozó una sonrisa burlona.
- Vamos a tu barco –le dijo levantándose de su asiento. Sintió un ligero mareo pero de inmediato se recompuso y caminó junto a Payne.
- Entonces sígueme –le dijo mirándola a los ojos con una sonrisa que denotaba un cierto aire de  triunfo.
           

Un bote  les aguardaba en la orilla. Payne dejó que Valeria subiera primero para después situarse él a los remos. El Halcón no distaba mucho del puerto de manera que ninguno de los dos tuvo tiempo para decir nada. Payne observaba como el viento del Caribe agitaba el pelo de Valeria dejando su rostro completamente despejado. Su blusa se había ceñido aún más sobre sus pechos realzándolos. Era hermosa pero para él intocable. No sabía muy bien el motivo de su rechazo. Decían que Valeria se había hecho a la mar despechada por el único hombre que había amado. Luego se contaron muchas historias de aventuras con ciertos capitanes y marinos a las que Payne nunca había dado crédito.
- Será mejor que te concentres en remar y no en mí. De lo contrario no estrellaremos contra el casco de tu nave –le advirtió con cierta ironía.
- No te preocupes. Si nos fuéramos a pique yo te sujetaría –le dijo esbozando una sonrisa que hizo que Valeria se tambaleara por unos segundos cuando se imaginó entre sus brazos en mitad del mar.
- Nado bastante bien.
Payne sonrió. Nunca se daba por vencida.
Por fin llegaron junto al Halcón en cuya cubierta no se atisbaba la más mínima presencia humana. Payne ascendió primero por la escala y una vez abordo extendió su brazo para ayudar a Valeria a subir, pero ella lo rechazó para agarrarse a las escalas de los obenques. Caminaron hacia el camarote de Payne. En ese momento uno de los marinos de guardia apareció alarmado por los ruidos.
- Soy yo Robin.
- ¿Capitán? ¿Qué hacéis aquí? –le preguntó somnoliento.
- Valeria y yo tenemos asuntos que tratar. Ve a descansar.
El hombre asintió complacido mientras echaba una mirada de deseo a Valeria, quien se limitó a guiñar un ojo de manera pícara.
- Pasa y siéntete como en tu propio barco –le dijo mientras dejaba la puerta abierta para que penetrara en su camarote.
Valeria echó un vistazo a su alrededor y descubrió que a pesar de ser un hombre, Payne poseía un camarote bastante pulcro y ordenado. Una gran alfombra en tonos rojos y beige cubría el suelo. Había un mueble de madera apoyado contra la pared sobre el que descansaban dos candelabros de oro macizo. La ventana estaba adornada con una pequeñas cortinas de color blanco sujetas a ambos lados de la misma. La cama estaba sin hacer y daba la sensación de que Payne había salido de ella corriendo.
- Reconozco que tienes un gusto exquisito para la decoración –le comentó Valeria mientras se desprendía de su espada que depositaba sobre la mesa.
- Gracias –comentó tendiéndole una copa de vino que Valeria contempló con cierto recelo.
- Ya te he dicho que si piensas emborracharme para  después aprovecharte de mi...
- No es mi intención –dijo mientras sentía el roce de sus dedos sobre los suyos al coger la copa, y sus miradas se mantenían firmes.
- Bien, entonces vayamos a la cuestión que nos ha traído hasta aquí –le urgió Valeria mientras sentía como el vino bajaba por su garganta y sus reflejos comenzaran a flaquear. Se sentía algo achispada. Era mentira que ella aguantara lo que Payne, pero tenía que mantener sus defensas alerta y no sucumbir ante los halagos de aquel experto seductor. “Menos mal que estoy sentada”, pensó, “ya que siento como me tiemblan las piernas”. Sus ojos seguían mirando a Payne en vez del mapa que éste extendía delante de ella.
- Estos son los planos de la residencia del gobernador de Port Royal. Las caballerizas, los jardines, y la casa principal. En el piso inferior está el salón comedor, la cocina, el despacho, y la biblioteca. En el superior están los dormitorios y dos cuartos de baño. Y por último en el sótano se encuentra la bodega y los almacenes de provisiones.- En ese momento Payne levantó la vista del plano y para su sorpresa descubrió que Valeria no lo miraba a éste, sino a él.- ¿Por qué no estás atendiendo a mis explicaciones? –le preguntó furioso pero halagado por que se estuviera recreando en él.
Valeria pareció reaccionar y sonrió sensualmente a Payne a modo de disculpa mientras se llevaba la copa a sus carnosos y sonrosados labios. Ahora fue Payne quien se dedicó a contemplarla sin que a ella pareciera importarle mucho.
- Dime una cosa, ¿es el vino el que  da ese toque sonrosado a tus mejillas o tenerme tan cerca? –le preguntó mientras sus dedos se movían ágiles sobre una de ellas.
Valeria sonrió complacida mientras se mordía el labio inferior y sus ojos emitían un fulgor sin precedentes. Sus labios esbozaron una media sonrisa algo irónica, algo maliciosa, como si estuvieran invitándolo a probarlos.

Payne no se lo pensó ni un solo instante más y cogió la copa de vino de sus manos para dejarla sobre la mesa. Valeria lo atraía y ella era consciente de ello. Por eso ahora empleaba sus armas femeninas para atraerlo a su puerto, que era su cuerpo. Aquella mujer lo había hechizado hacía mucho tiempo antes, y sus labios siempre habían sido como fruta prohibida para él; pero algo en su interior le indicaba que aquella noche probaría aquella suculenta fruta. Sintió como la respiración de ella se había acelerado a medida que él la acariciaba. Tal vez fuese al sentir el cálido roce de su manos sobre sus mejillas arreboladas y calientes. Éstas le daban un aspecto más aniñado como el de una jovencita que estuviera cometiendo una travesura. Decían que ella había estado con otros hombres y que era un experta amante pero a Payne le costaba creerlo a juzgar por su nerviosismo. Además, Valeria no era la clase de mujer que se arroja a los brazos del primero que conoce. Payne deslizaba su mano por su cuello provocando una sensación placentera en ella. Cerró los ojos para recrearse y disfrutar de aquellas caricias que Payne le brindaba y que ella deseaba tanto. Cuando él posó su mano sobre su pecho Valeria no pudo evitar dejar escapar un gemido por sus labios que ni ella misma esperaba. Intentó controlar su estado de excitación en todo momento, pero era demasiado tarde. Payne se había acercado hasta ella y ahora sus labios jugueteaban sobre los suyos sintiendo un tímido roce que provocó en ella una oleada de calor que la llevó a corresponder al beso. Entreabrió sus labios carnosos y delicados para que Payne los saboreara con exquisita delicadeza. Destilaban aroma y sabor al vino de Burdeos que le había ofrecido procedente de un galeón francés. Los recorrió con su lengua recreándose en ellos para que Valeria notara aquella delicadeza y ternura de la que Payne hacía gala. Ahora era ella la que se aventuraba a recorrer con su propia  lengua los del capitán alimentando la llama de su deseo. Payne se había sentado sobre la mesa mientras con sus manos sostenía el rostro de Valeria sin dejar de besarla. Ella no podía resistirse más a aquella atracción que sentía desde hacía tanto tiempo por él. Se incorporó de su silla y se apretó contra su cuerpo excitada por sus besos y sus caricias. Las expertas manos de Payne descendieron lentamente por la camisa de hilo de Valeria transmitiendo una especie de descargas en su cuerpo. Sentía su piel bajo la tela y como su roce la provocaba más. Cuando sus manos se posaron en sus glúteos Valeria lanzó un gemido que fue como música celestial para los oídos de Payne. Y entonces,  comenzó a desanudar los cordones de su camisa para poder contemplar parte de sus encantos. Aquella visión lo excitó aún más y comenzó a recorrer su cuello con cálidos y húmedos besos más prolongados y ardientes, mientras dejaba que la camisa se deslizara por sus suaves brazos. Payne se centró ahora en sus hombros redondos que comenzó a cubrir de besos mientras Valeria cerraba los ojos para intensificar el placer que sentía. Payne comenzó a descender hacia sus firmes pechos, que habían quedado expuestos a su visión. Valeria introdujo su mano entre los cabellos de Payne para prolongar aún más el placer que le producían sus labios recorriéndolos. Él se aplicó encantado a ambos besándolos y acariciándolos primero para posteriormente succionar sus puntas erguidas por la excitación. Valeria lo apartó para mirarlos a los ojos y comenzó a despojarlo de su ropa no sin cierto nerviosismo. Su mirada estaba llena de deseo y de pasión. Payne tenía un cuerpo esbelto cuya musculatura estaba perfectamente trazada. Valeria pasó sus manos por su pecho fuerte mientras iba dejando pequeños besos por éste al igual que había hecho él con ella. Payne sentía que su excitación iba en aumento y que tenía que amarla sin más dilación. Pasó un brazo por los hombros y  otro por debajo de sus muslos y levantándola en el aire la llevó hasta la cama donde la recostó sin dejar de sentir su deseo. Posó sus manos sobre sus pantalones y los deslizó por sus firmes muslos. Sus manos los recorrieron al tiempo que sus labios seguían el trazo de sus dedos sobre éstos hasta llegar a la altura de la cintura. Payne era testigo en todo momento del placer que sus caricias despertaban en su cuerpo extrayendo los más profundos gemidos de Valeria. Sus labios expertos se aplicaban a aquellas zonas sabiendo el resultado que éstos producían.  Y cuando sus dedos exploraron el interior de sus muslos Valeria dejó escapar un gemido incontrolado. Payne sonreía maliciosamente mientras aplicaba sus labios a la cara interna de los muslos, y descendía hacia aquella zona en la que sabía que toda mujer podría llegar al éxtasis si uno se aplicaba bien. Ahora su lengua jugueteaba en aquella zona mientras vigilaba los espasmos que ello producía en aquel cuerpo sensual y carnal de Valeria. Ésta se aferraba primero a las sábanas en un intento por controlar aquel oleaje de placer que la inundaba, pero cuando vio que era imposible se dejó hacer. Sus manos ahora se situaron sobre la cabeza de Payne instándole a seguir un poco más. Valeria se retorcía por las sacudidas de placer que aquellos labios y aquella lengua le provocaban. Sus cabellos castaños se esparcían ahora revueltos por toda la almohada. La estaba torturando de una manera deliciosa.  Y cuando él apartó el rostro de su más preciado tesoro cuando intuyó que ella estaba preparada para entregarse a él. Se desprendió de los pantalones y se dispuso a tomarla. Percibió cierto nerviosismo en Valeria impropio de una mujer que, según decían, ya había estado con hombres; Aquel gesto no pasó desapercibido para Payne. De manera que se inclinó suavemente sobre ella y comenzó a entrar lentamente observando cada gesto, cada movimiento que hacía ella. Se retorcía pero no sabía si de placer o de dolor. Todo aquello era muy extraño. Y cuando volvió a intentarlo se percató de que Valeria no lo había estado con ningún hombre. Sin embargo, su besos y sus caricias pronto provocaron que él se adentrara en su cuerpo cual navío hasta alcanzar el puerto. Se movió lentamente en un principio mientras ella se acoplaba a él y se aferraba a su espalda. Un torbellino de sensaciones nuevas había surgido en el interior de Valeria. Payne sabía como hacerla sentir y estremecerse con sus caricias y sus besos. Ahora ella lo rodeaba con sus piernas mientras su manos acariciaban su pelo. Hubo un instante en el que las miradas de ambos se encontraron y no pudieron engañarse por lo que ambos sentían. Payne comenzó a moverse dentro de ella lentamente. Valeria lo seguía mirando entre jadeos y suspiros. Se mordía los labios en un intento por ahogar sus gemidos de placer pero no pudo. Y cuando sintió que un inmenso fuego la abrasaba ascendiendo por sus piernas hasta concentrarse entre sus muslos y su abdomen hubo de rendirse ante la evidencia del momento. Payne le atraía  aunque le costara reconocerlo. Aumentaba gradualmente su ritmo, y que se sintiera cómoda. No había duda de que ella era virgen a juzgar por las dificultades que había tenido para penetrarla.  Vigilaba en todo momento que ella fuera acompasada a su ritmo para que juntos llegaran al final. Y cuando ambos lo alcanzaron, un  estallido de placer los envolvió. Payne jadeaba sudoroso pero con una sonrisa en los labios que denotaba su felicidad por haber logrado tomar aquella plaza. Valeria también le sonreía con un brillo especial en sus ojos y sus mejillas encendidas por la pasión. Payne se inclinó sobre su rostro una vez más y le obsequió con un suave y tierno beso que Valeria agradeció.  Sus miradas fueron largas y profundas. No hacía falta decir una sola palabra para saber lo que ambos estaban pensando. En acto reflejo sin saber el motivo Valeria extendió su mano para rozar la mejilla de Payne y mirarlo con ternura. Quería saborear y disfrutar aquel momento de placer. Finalmente él se dejó caer sobre su costado sin apartar su mirada de aquella exuberante mujer. Valeria lo contemplaba como antes nunca lo había hecho. ¿Era posible que aquel conquistador de mujeres y pendenciero de Payne pudiera haberla amado de aquella manera? ¿Qué las mismas manos que manejaban la espada con una destreza envidiable hubieran recorrido su cuerpo con aquella exquisita ternura, y la hubiera hecho estremecerse de aquella forma? ¿Qué fuera tan rudo en el combate y tan tierno en el amor? Nunca hubiera podido imaginarlo. Estaba como flotando en una nube de la que no quería bajarse por ahora. Sus piernas aún temblaban por la emoción del momento. ¿Y él? ¿Qué pensaría de ella? “¿Habrá descubierto que nunca he estado con un hombre?”, se preguntaba mientras se mordía el labio inferior. 
- Eres la mujer más maravillosa que he conocido –le comentó mientras acariciaba su mejilla y volvía a besarla.
Valeria sonrió embelesada por aquel comentario y aquellos gestos que la tenían abrumada.
- Eso se lo dirás a todas después de...-comenzó a decirle con cierto enojo.
- Nunca se lo he dicho a ninguna. Puedes estar segura –le comentó serio mientras la miraba a los ojos y su mano se deslizaba por su mejilla.- Por cierto, ¿no pensarás que me he aprovechado de ti?  -le preguntó con un tono burlón mientras fruncía el ceño.
Valeria abrió los ojos al máximo poniendo cara de sorpresa por aquel comentario.
- No estoy borracha si es lo que quieres saber. Además yo no estaría tan segura de tu afirmación –le comentó incorporándose hasta apoyar su barbilla sobre su pecho mientras sus ojos brillaban a la tenue luz de las lámparas.
- ¿Por qué dices eso? –le preguntó extrañado Payne mientras una mano recorría sus cabellos dorados como el oro.
- Tal vez haya sido yo la que me haya aprovechado de ti sabiendo de tu debilidad por mí.
- Entonces bienvenida sea –exclamó con una carcajada para después mirarla a los ojos y hablarle en un tono más serio.- Me gustaría despertarme contigo cada mañana, y ver tu rostro al abrir mis ojos, mientras la luz del sol baña tu pelo y tu piel.
Valeria sintió una punzada en su pecho. Sus dedos recorrieron el pelo ensortijado del pecho de Payne mientras su sonrisa se borraba de su rostro. Él llevó su mano hasta la barbilla para levantarlo y obligarla a mirarlo. Notó que sus ojos se humedecían no sabía si por la emoción del momento, de felicidad o de rabia. Payne no escuchó la respuesta que esperaba que pronunciaran aquellos labios que momentos antes lo habían besado con ardor. Valeria se incorporó sobre la cama permitiendo contemplar a Payne una vez más su cuerpo desnudo mientras se envolvía en una sábana.
- ¿Te marchas?
- No. Sólo quiero arroparme para dormir junto a ti –le dijo mientras pasaba su mano por el rostro de él.- Pero lo nuestro no puede ser Payne –le comentó con cierta resignación y tristeza en su tono.
- ¿Por qué? –le preguntó sorprendido mientras se incorporaba para quedar a su lado.
- Somos personas de mundo, de mar. Somos capitanes en nuestros respectivos navíos. Somos rivales. Somos...
- Un hombre y una mujer que se atraen y que podrían compartir su vida lejos de los peligros del mar. Valeria estoy cansado de esta vida errante.
- ¿Y qué quieres? –le preguntó volviendo el rostro hacia él.
- Quiero una casa en el sur de Inglaterra con un jardín. Quiero una mujer con la que compartir mis sueños y los suyos. Una mujer valiente y decidida con la que formar una familia, y sentarme en el porche todas las tardes a ver las puestas de sol. Que se siente sobre mis rodillas y apoye su cabeza en mi pecho mientras hundo mis manos entre sus cabellos y siento su suavidad entre mis dedos.  Quiero que tú seas esa mujer Valeria –le confesó mirándola a los ojos fijamente antes de besarla en el hombro. Pero Payne no se vio reflejado en los ojos azules como el océano de Valeria. Sólo percibió una tímida sonrisa.
- Yo no soy la mujer que buscas  Payne. Lo siento –le dijo mientras se acostaba.
- ¿Y lo que ha ocurrido? ¿No ha significado nada para ti? –le preguntó con el gesto turbado.
- Ha estado bien Payne. Los dos nos hemos entregado porque lo deseábamos.
- Pues tu cuerpo me ha transmitido mucho más que ahora tus palabras –le espetó con rabia mientras la contemplaba con sus mejillas aún encendidas y su melena del color del whisky sobre sus hombros y sobre su rostro. Payne la contempló sin decir nada más. Sabía que cualquier cosa que le dijera no produciría en ella el efecto que esperaba.
- Buenas noches –susurró mientras se giraba hacia la pared del camarote para intentar dormir.
Valeria cerró los ojos y apretó las sábanas entre sus puños con un gesto de rabia que no lograba comprender. Si su interior le decía que lo amaba ¿por qué no estaba dispuesta a abandonarse a sus brazos, a contemplar esas puestas de sol de las que le hablaba, a dejar el mar para formar una familia?




Valeria no pudo dormir después de todo lo sucedido. Había estado despierta dándole vueltas en la cabeza a todo lo que Payne le había propuesto, y cuanto más pensaba en ello más confusa estaba. A media noche decidió levantarse sigilosamente y vestirse. Era mejor abandonar el barco ahora que por la mañana. Si se despertaba entre sus brazos sería más complicado hacerlo. Se vistió despacio para no alterar el sueño de Payne, quien ahora dormía profundamente. Lo contempló unos instantes mientras se abrochaba su camisa  y posteriormente se ceñía el cinturón de cuero. Se incorporó sobre él y depositó un beso en sus labios.
- Perdóname.
Payne se movió ligeramente. Valeria aguardó a que volviera a dormirse antes de marcharse. Caminó descalza sobre la alfombra del camarote con sus botas en la mano hacia la mesa donde aún descansaba su sable. Lo cogió y lo introdujo en su cinturón. Se percató de que el plano de la casa del gobernador de Port Royal continuaba desplegado sobre la mesa. Lanzó una mirada a Payne por si se había despierto. Seguía dormido boca arriba. Cerró los ojos unos segundos y respiró hondo antes de coger el plano.  Lo dobló y se lo guardó debajo del cinturón. Miró por última vez a Payne antes de abandonar el camarote. Una vez en cubierta caminó sigilosamente hacia la borda y tras comprobar que el bote seguía todavía amarrado al barco descendió por la escalera hasta éste. Desató el nudo y cogiendo un remo se empujó haciendo palanca con éste sobre el casco del Halcón. Comenzó a remar hacia su propio barco mientras el viento soplaba y agitaba su melena. Sintió una punzada de resquemor en su interior y un sabor amargo en su boca por lo que acababa de hacer. Él había confiado en ella con respecto al mapa y ella había aceptado a acompañarlo para apoderarse de él. Pero el problema había surgido cuando él la comenzó a besar y a acariciar. Entonces estuvo a punto de cambiar de planes y olvidarse del motivo de su presencia en el camarote de Payne. Sin embargo, aquello que él le proponía no podía ser. Ella era libre y quería seguir siéndolo. Ningún hombre la ataría a un pedazo de tierra. Cuando subió a bordo de la Doncella del lago sus temores desaparecieron. Llamó a su contramaestre para darle las oportunas órdenes. Éste no ocultó su sorpresa al verla llegar a esa hora.
- Valeria, ¿de dónde sales?
- Del infierno –le respondió con una voz autoritaria y una mirada que echaba fuego.- Pon rumbo a Port Royal –le ordenó mientras caminaba hacia su camarote.
- ¿A Port Royal? –le preguntó sin salir de su asombro.
Valeria se volvió para quedar delante suyo con un gesto de rabia en su rostro. Apretaba las mandíbulas y los puños para contenerse. Estaba claro que la noche con Payne le había afectado más de lo que ella podía ni si quiera imaginar.
- ¿Es que estás sordo Lennox? –le preguntó alzando la voz.
- Se hará como ordenas –respondió de manera cauta el contramaestre Lennox, mientras la observaba marcharse hacia su camarote.
Pronto los hombres se entregaron a la maniobra para sacar el barco del fondeadero de la isla de la Tortuga y emprender el rumbo a Port Royal ante lo inédito de aquella orden.
- Nos dirigimos a la madriguera del zorro –le comentaba Lennox al artillero O’Rourke.- La escuadra inglesa del Caribe está en Port Royal
- ¿Qué mosca le ha picado? –le preguntaba O’Rourke haciendo gestos hacia el lugar por el que Valeria había desaparecido.
- No lo sé O’Rourke –le respondió con el gesto confundido mientras daba las órdenes a los demás hombres del mar.


Cuando Payne se despertó algo en su cabeza le decía que Valeria ya no estaba en el camarote. No obstante, extendió su brazo para comprobar aquel pensamiento deseando que se hubiera equivocado; pero no fue así. Lamentó su marcha más de lo que él se creía. Aquella diablesa de cabellos castaños lo tenía atrapado. Lo había conquistado como a un joven que todavía no conoce a las mujeres. Payne se pasó la mano por sus cabellos y respiró hondo antes de levantarse y enfrentarse a la verdad. Se incorporó en la cama quedando sentado unos instantes contemplado el camarote. Descubrió que había recogido sus pertenencias y se había largado así sin más. De repente un pensamiento extraño se le vino a la mente. Su rostro se contrajo con un gesto mezcla de rabia y de temor. Lentamente se incorporó de la cama e iba a salir de ella cuando algo lo detuvo. Clavó su mirada sobre la sábana y pronto comprendió. Valeria se había entregado por primera vez. Y lo había hecho con él. Pero, ¿por qué se lo había ocultado? ¿Por qué no había confiado en él?. Su forma de comportarse, su nerviosismo. Eran señales inequívocas de su virginidad. Payne conocía esa mirada, ese temblor, no en vano algunas doncellas inglesas la habían perdido con él. Aún recordaba que hubo de salir por piernas de Hispaniola tras arrebatar la virtud a la hija del gobernador, y de no ser por sus hombres lo habrían colgado.          Recordó entre risas esa escena, pero de pronto su rostro se volvió un roca. Sus mandíbulas apretadas, sus ojos entrecerrados, y el ceño fruncido.  Salió de la cama y se puso unos calzones y unos pantalones largos mientras seguía avanzando hacia la mesa. Desde la distancia vio que no estaba allí. Tal vez lo hubiera vuelto a guardar. Registró los cajones del mueble pero no lo encontró. Sus recuerdos estaban ahora confusos por el alcohol y Valeria, y no podía pensar con claridad. Volvió a mirar en la mesa pero allí sólo estaban las copas de vino. Cerró los ojos desilusionado pero reaccionó de inmediato y descargó su impotencia con la mesa apartando las copas de un solo golpe. Éstas cayeron sobre la alfombra vertiendo los restos del vino. Payne apretó los puños con rabia y se maldijo. Valeria se había llevado el mapa, pero no era eso lo que le preocupaba, sino que lo hubiera traicionado. ¿Se había acostado con él sólo para apoderarse después del mapa del tesoro de Morgan?
- Qué estúpido he sido. ¿Cómo he podido ser tan necio? –se dijo así mismo maldiciéndose. Se dejó caer sobre la silla en la que Valeria estaba sentada mientras él la besaba y la acariciaba como nunca antes había hecho con una mujer.- ¿Por qué? ¿Por qué Valeria? Te habría dado el mapa si me lo hubieras pedido. Haría cualquier cosa para demostrarte lo mucho que me importas. Incluso ir al infierno a rescatarte –exclamó entre dientes.  Corrió hacia la puerta de su camarote y la abrió de golpe mientras gritaba el nombre de su contramaestre.- ¡Johnston, Johnston!
Payne regresó para terminar de vestirse mientras su contramaestre aparecía en el umbral del camarote con el gesto de haber dormido poco.
- ¿Qué ocurre capitán? –le preguntó confundido por aquellas voces.
- Pon rumbo a Port Royal de inmediato –le respondió mientras buscaba su camisa.
- Vaya, parece ser que anoche estuvisteis entretenido –le comentó Johnston a la vista del revuelo que había ahora en la habitación, y el desorden de las sábanas.- ¿A Port Royal he oído bien?
- Sí. Esa engreída de Valeria cree que puede enfrentarse ella sola a los ingleses.
- ¿Valeria? ¿Ingleses? ¿De qué demonios estáis hablando? –le preguntó sin comprender nada.
- Valeria ha pasado la noche aquí –le respondió mirándolo a la cara y con un tono de voz que denotaba cierta desilusión.
- ¿Valeria? ¿Os estáis refiriendo al capitán de la Doncella del Lago? –le preguntó con un gesto de incredulidad en su rostro.
- ¿Conocéis a otra? –le preguntó tajante Payne.
- No la verdad –le respondió. Se quedó pensativo unos segundos y después estalló en una carcajada mientras palmeaba a Payne en la espalda.- Vaya, enhorabuena capitán. De manera que con Valeria eh. Si ya decía yo que...
- Valeria se ha llevado el mapa de Morgan.
- ¿Qué? Por todos los demonios...
- Sí, échame la culpa. Me he dejado embrujar por esa mujer para apoderarse del plano. Y ahora seguramente vaya camino de Port Royal para apoderarse del tesoro.
- Pero no podrá entrar en Jamaica. Los ingleses están allí y en cuanto la reconozcan...
- Tú lo has dicho Jonhston. Si la reconocen...- Payne se detuvo unos segundos recordando su bello rostro después de hacer el amor. No podía creer que le hubiera hecho esto.- Por eso vamos a Port Royal. Para salvarle el cuello.
- ¿Os habéis vuelto loco capitán?.
- Tú no lo entenderías viejo zorro –le dijo agitando su mano.
- Creo que si lo entiendo. Le habéis vendido el alma al mismísimo diablo.
Payne miró atentamente a su contramaestre y suspiró mientras se apoyaba en la mesa.
- Pues entonces pon rumbo al infierno para recuperarla.



- ¿Qué habéis hecho qué? –le preguntó incrédulo O’Rourke a Valeria cuando ésta le contó el motivo por el que había accedido a acompañar a Payne a su camarote.
- Ya lo habéis oído –le respondió en voz baja.
- ¿Sabéis lo que significa? ¡Os pueden juzgar y colgar por robar a un hermano de la costa! ¿En qué diablos estabais pensando eh? –le preguntó mirándola con el ceño fruncido con sus brazos cruzados sobre el pecho.
Valeria sabía que había hecho mal y que en cuanto se lo contara a su contramaestre éste le diría lo que ella ya sabía de antemano.
- ¿Lo sabe el capitán Payne? –le interrogó escudriñando sus ojos intentando vislumbrar algún indicio.
Valeria negó en un principio con la cabeza para después encogerse de hombros.
- ¿Qué queréis decir? Aclararos.
- Me lo llevé esta mañana antes de que el se despertara.
O’Rourke la miró boquiabierto sin encontrar las fuerzas necesarias para chillarle. Cuando se hubo calmado se acercó hasta la mesa, detrás de la que estaba sentada Valeria, y apoyando sus grandes manos sobre ésta la miró a los ojos antes de pronunciar lo que él ya se temía.
- Decidme que no pasasteis la noche con Payne. Decidme que no os acostasteis con él para poderle robar ese pedazo de papel –dijo entre dientes.
Pero el silencio de Valeria fue tan concluyente que no hizo falta que la mujer lo confesara. O’Rourke cerró los ojos unos segundos mientras digería la noticia. No podía creer que ella lo hubiera hecho. Inclinó la cabeza y comenzó a moverla en sentido negativo intentando por todos los medios alejar ese pensamiento de su cabeza, pero el silencio de su capitán le impedía hacerlo.
- ¿Sabíais de los sentimientos del capitán Payne hacia vos?
- Me los confesó.
- Antes o después de iros a la cama con él –le espetó el contramaestre de manera brusca.
Valeria le lanzó una mirada que hubiera atemorizado a cualquier rival, pero no al irlandés quien permanecía impasible esperando su respuesta.
- ¿Qué importancia puede tener? –le preguntó en un acto de coraje mientras alzaba el mentón desafiando al contramaestre.
- La tiene, ya que si os los confesó antes de que os acostaseis con él y le robaseis el mapa –O’Rourke se detuvo para mirar a otro lado pero aún así no se calló-, entonces es que no tenéis sentimientos –le espetó en la cara con el ánimo de herirla en su orgullo.
- ¿Creéis que no me culpo por lo que he hecho? –levantándose de su asiento al igual que un resorte para apoyarse en la mesa y hacer frente a las acusaciones de su contramaestre.
- No me digáis que os estáis arrepintiendo –le comentó con cierta sorna en su tono.- Sabed que el capitán Payne os ama desde hace mucho tiempo, y vos os habéis permitido jugar con sus sentimientos; y no contenta con ello vais y os apoderáis del mapa del tesoro de Morgan.
Valeria lo miraba con ira en sus ojos aunque debía admitir que el irlandés tenía toda la razón del mundo. Pero, ¿por qué se sentía como si hubiera hecho algo malo?. Sólo había quebrantado una par de normas del código de los hermanos de la costa.
- No me arrepiento de nada –le dijo muy segura aún sabiendo en su corazón que tal vez no debiera haber tratado así al hombre que por primera vez la había hecho sentirse deseada, y mujer.
- Ya lo veo, ya. Si fuera vuestro padre os cogería y os propinaría una buena tunda de azotes para que aprendierais.  
- Tal vez. Pero da la casualidad que no lo sois –le comentó con gesto irónico.
- Por eso vamos hacia la trampa, ¿no? –dedujo señalando el papel que contenía los planos de la casa del gobernador.
Valeria bajó la mirada hacia éste e intentó responderle pero las palabras no le salieron.
- Sois muy joven e inexperta en algunos asuntos, capitán –le dijo mientras se despedía de ella dejándola a solas con su mapa y sus recuerdos de la noche anterior. Sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo y una sensación de bienestar cuando evocó todo lo acontecido en el camarote del Halcón. Payne besándola y acariciándola tan dulcemente, con tanta ternura, con tanta delicadeza. La piel se le erizaba sólo con recordar el suave tacto de sus dedos sobre su piel. Sus besos por todo su cuerpo y en especial en su zona más íntima. Cerró los ojos y se dejó transportar de nuevo a aquel camarote donde Payne la había amado con tanta pasión; donde sus cuerpos se habían fundido en uno solo sin muchos esfuerzos como si se conocieran de tiempo atrás. Sintió agitarse su respiración y como sus pechos se henchía con sólo recordar como se habían aplicado sus labios sobres ellos. Se dejó caer abatida sobre su propia cama pensando en Payne y en su reacción al contemplar que el mapa había desparecido, y que ella se lo había llevado.



Payne se encontraba sobre la cubierta del Halcón oteando el horizonte con su catalejo en un intento desesperado por divisar las velas de La doncella del lago. Maldecía una y otra vez la imprudencia de Valeria, pero lo que más le dolía era la forma en la que lo había utilizado para lograr el mapa. Y para colmo él iba detrás suyo con el propósito de protegerla de los ingleses. ¿En qué estaría pensando? Adentrarse ella sola en Port Royal para llevarse la parte que Morgan escondió durante sus años como gobernador de la isla. No sabía muy bien cómo se las ingeniaría para hacerlo, pero lo que todos comprendían era que si alguien la descubría y reconocía su verdadera identidad Valeria sería un pirata más ahorcado en el muelle sin tener en cuenta que fuera mujer. Subió al castillo de proa para ver si desde allí podía divisar el navío. Tampoco tuvo suerte en esta ocasión. De modo que bajó a su camarote y se encerró hasta que el vigía avistara tierra. Se sirvió una copa de vino y se sentó a reflexionar sobre lo ocurrido. ¿Por qué se había comportado de esa manera? Nunca hubiera podido imaginar que Valeria pudiera rebajarse hasta acostarse con él por el simple hecho de robarle el mapa a la mañana siguiente, y salir huyendo. ¿Qué quedaba de la noche que habían pasado juntos?  A juzgar por sus gemidos y la forma de revolver las sábanas él juraría que Valeria había disfrutado. ¿O estaba fingiendo sólo para que él se confiara? ¿Todo lo que había surgido había sido por que ella lo había planeado?. No podía creer que cuando la miraba estuviese contemplando a una mujer sin sentimientos. Y cuando se reía. ¿Era también una risa falsa?. Su mirada se detuvo en la cama en la que habían disfrutado de sus cuerpos y que ahora le parecía tan vacía y tan falta de sentimientos que prefirió apurar la copa y centrarse en Port Royal. ¿Le había entregado su más preciado don por un mapa que podía ser falso?
- Valeria –susurró mientras sus ojos se quedaban fijos en el plano que contenía la distribución de las islas del Caribe.


La doncella del lago se acercaba a Port Royal. El vigía apostado en la cofa del palo mayor dio el aviso que sacó a Valeria de sus pensamientos, y la atrajo a cubierta donde  O’Rourke la  esperaba con el catalejo preparado. Valeria  ni siquiera se molestó en mirarlo, sino que se limitó a contemplar la línea de tierra en el horizonte.
- Port Royal –le informó esperando que ella se dignara a hacerle partícipe de sus planes. Aunque después de la conversación mantenida en su camarote dudaba de que se mostrara tan solícita.
- Bien di a los hombres que preparen un bote para acercarnos a tierra. Después ven a verme a mi camarote –le ordenó mientras le devolvía el catalejo, y O’Rourke asentía sin entender nada.
Cuando el contramaestre O’Rourke hubo terminado con las maniobras, descendió los escalones hacia el camarote de Valeria con el fin de averiguar qué se proponía. Llamó a la puerta y cuando entró se la encontró forcejeando con los botones de una lujoso vestido fruto de alguno de los mercantes asaltados. Al ver a O’Rourke en el umbral levantó el mentón y le dijo con gesto autoritario.
- En vez de quedaros ahí embobado podrías acercaros a echarme una mano.
El contramaestre sonrió complacido mientras le ayudaba con el vestido y le preguntaba a qué venía aquel cambio de apariencia.
- Se puede saber ¿qué estáis haciendo con este vestido?
- Intento parecer una dama –le respondió girando el rostro para mirarlo por encima de sus0 hombros.
- ¿Una dama?
- No pretenderéis que me presente en la isla ataviada con mis pistolas y mi sable anunciando mi llegada –le respondió en tono burlón.
O’Rourke abrió la boca para decir algo, pero de inmediato se calló comprendiendo el ardid de su capitana. Permaneció en silencio tensando de los cordones para que el corpiño se le ciñera más a su esbelto cuerpo. Esperaba que Valeria se dignara a explicarle su plan pero en vista de que no abría la boca, se lo preguntó directamente.
- ¿Cómo pretendéis acercaros al gobernador?
- Me presentaré como una inglesa recién llegada a Port Royal dispuesta a establecerme en la isla.
- ¿Y si os descubre? –le preguntó mientras tensaba al máximo las cintas provocando un gemido en Valeria.
- ¿Pensáis que con este atuendo y adaptando mis modales a los de una dama podrá distinguirme de quien soy en realidad? –le preguntó girándose hacia él mientras sus pestañas se movían a gran velocidad y su rostro expresaba una mueca infantil.
O’Rourke la contempló y sonrió complacido por su interpretación.
- Os mantendréis cerca de mi en todo momento. Seréis mi hombre de confianza. De manera que id a asearos y a cambiaros de ropa. Imagino que encontraréis algo de vuestra talla entre el botín requisado al último navío.
O’Rourke sonrió de manera burlona antes de dirigirse hacia la puerta, pero entonces se volvió y mirando a Valeria, quien ahora se miraba en un espejo de cuerpo entero, se lo preguntó directamente y sin rodeos.
- ¿Y Payne?
Valeria se giró como un tornado hacia su contramaestre mientras sus cabellos describían un arco y acababan por ocultar la mitad de su rostro. Su mirada se había encendido al escuchar aquel nombre y su respiración se había agitado fruto de la aceleración a la que se veía sometido su corazón. Apretó los puños hasta que los nudillos perdieron el color y sus labios expresaron una mueca de rabia.
- ¿Qué pasa con él? –le espetó llena de ira.
- Tranquilizaos Valeria –le aconsejó el contramaestre con calma mientras comprendía la reacción que aquel nombre producía en ella.- Sólo os estoy preguntando si habéis considerado la posibilidad de que también se encuentre en Port Royal para pediros cuentas por lo que ya sabéis.
- No tengo que darle ninguna explicación –masculló entre dientes.
- No hace falta que os mostréis de esa manera conmigo –le señaló O’Rourke.
- ¿Cómo? –le preguntó alzando el mentón con dignidad y orgullo.
- Como si el capitán Payne no os importara. Tal vez os convendría hablar de ello –le sugirió mientras su rostro reflejaba un gesto de confianza.
- No tengo que daros explicaciones de ninguna clase soy la capitana.
- Es cierto y que no tengáis que responder a mis preguntas, -comenzó diciendo el contramaestre mientras de dos zancadas se situaba frente a ella y la miraba con el ceño fruncido- pero como mujer si deberíais expresar vuestros sentimientos, y sabéis muy bien a qué me estoy refiriendo.
Valeria lo contemplaba con las mandíbulas apretadas por la tensión de la escena. Desearía descargar su furia interna contra O’Rourke, pero sabía que ello no aplacaría del todo su rabia por lo que sentía por Payne. No quería reconocerlo abiertamente, pero Payne era distinto a cualquier hombre que había conocido. Había conseguido que sus piernas temblaran con sus caricias, y ello le había gustado pero también la había asustado. Había jurado no rendirse a ningún hombre, y hasta ahora no lo había hecho por que ninguno había conseguido quebrar sus sólidas defensas, Hasta que llegó Payne y éstas se vinieron abajo como un castillo de naipes. Y encima ella se había portado con él de aquella manera. Traicionando su confianza y su amor. Ahora sabía que nunca podría volver a mirarlo a la cara. Y que él nunca más querría saber de ella.
O’Rourke abandonó el camarote dejando a Valeria con sus pensamientos, y su remordimiento.




En cuanto la chalupa para acercarse a tierra estuvo dispuesta Valeria abandonó su camarote para subir a cubierta ante la mirada de asombro de sus hombres. Todos la miraban embobados sin poder creerse que aquella elegante mujer, quien ahora requería la ayuda de O’Rourke para descender al bote fuese su capitán. Cuando se hubieron acomodado dio órdenes a su tripulación para que estuviesen alerta a cualquier indicio de peligro. Los hombres remaban con vigor sin apartar la mirada de Valeria quien ahora se protegía de los rayos del sol empleando una sombrilla delicada. Se sentía algo incómoda dentro de aquel corsé tan ajustado que le oprimía las costillas impidiéndola respirar con comodidad.
- ¿Cómo pueden las mujeres de sociedad llevar estos vestidos tan ceñidos? Casi no puedes ni moverte dentro de ellos –protestaba ante las risas de sus hombres.
- Paciencia querida –le comentó O’Rourke con una tímida sonrisa.
Al llegar a tierra varios nativos de la isla acudieron a recibirla con fruta fresca y ron. Valeria hizo ademán de coger la botella que le tendía un nativo para echar un trago a su sedienta garganta, cuando O’Rourke emitió un gruñido que captó su atención.
- No olvidéis que sois una dama, y por lo tanto las damas no beben ron como los piratas –le recordó esbozando una sonrisa que a Valeria le enervó la sangre. Después se volvió hacia el nativo y sonrió de manera dulce rechazando la botella.
- ¿También me vais a prohibir comer? –le preguntó con desdén mientras contemplaba la fruta.
- Una dama no se pondría a comer en público, y menos comida ofrecida por gente extraña.
Valeria lanzó una mirada de odio a O’Rourke y respirando hondo se alejó de allí.
- Y según tú, que pareces conocer muy bien los modales de las damas, ¿dónde debo ir ahora y cómo he de comportarme? –le preguntó esbozando una sonrisa irónica.
- Hemos venido a ver al gobernador, ¿no? –le preguntó con cara de incredulidad.
- Ya sé a qué hemos venido –masculló entre dientes Valeria con la sangre hirviendo en sus venas.
- Entonces vayamos directamente a su casa –sugirió O’Rourke contemplado como su señora le amenazaba con la mirada.
La residencia del gobernador de Port Royal se encontraba en el otro extremo de la isla. Para llegar hasta ésta hubieron de alquilar un coche de caballos. Durante el trayecto Valeria contemplaba como estaba organizaba la ciudad, qué negocios había, cómo iba vestida la gente, o como se comportaba. Se adentraron por un camino cubierto de una vegetación extensa a ambos lados con palmeras de gran tamaño. Hacía calor y Valeria sentía ahogarse dentro de aquella prisión en forma de vestido. Intentaba respirar hondo en un intento por no asfixiarse. O’Rourke mientras tanto la contemplaba y reía para sus adentros por la situación  por la que estaba pasando su capitán. Por fin divisaron el tejado de la casa señorial del gobernador y tras avanzar por un camino perfectamente delimitado, llegaron hasta la entrada de la misma. Al ver aparecer el carruaje uno de los sirvientes salió a recibir la visita. Valeria sonreía amablemente mientras el sirviente le abría la puerta para que se apeara del carruaje. Agradeció tal muestra de cortesía inclinando la cabeza respetuosamente.
- Seguid así –le susurró O’Rourke mientras se situaba a su lado.
- ¿Los señores tienen cita con el gobernador D’Orgeon? –les preguntó el sirviente algo estirado en sus modales.
- Pues mira no –comenzó diciendo Valeria mientras se apoyaba con ambas manos en la sombrilla y se dirigía al sirviente como si estuviese hablando con la tripulación de su navío. Esta forma de hablar sorprendió tanto al sirviente que abandonó su porte distinguido y señorial para contemplar con los ojos abiertos como platos a la joven dama. Por su parte O’Rourke la miró sin comprender qué estaba haciendo y le dio un ligero codazo para que se refrenara. Cuando se dio por enterada se aclaró la garganta y volvió a hablar.- Lo cierto es que no. Acabo de llegar a la isla y pese a que estoy algo cansada me gustaría que el gobernador me... nos recibiera para aconsejarnos.
- El gobernador es una persona muy ocupada. Veré que puedo hacer. Sean tan amables de esperar unos instantes –les dijo el sirviente regresando al interior de la mansión mientras Valeria y O’Rourke se quedaban allí plantados.
- Moderad vuestros modales u os descubrirán. Recordad que no os estáis dirigiendo a la tripulación.
- ¿Y qué queréis que haga si de repente me olvido de dónde estoy y cómo he de comportarme? –le preguntó con un gesto de rabia mientras le apuntaba con la sombrilla como si fuera su espada.
- Apartad eso de mi –le dijo mientras con su mano la hacía descender al suelo.- Sois una dama inglesa y no una capitán de la Tortuga grosero y pendenciero, por favor –exclamó poniendo los ojos en blanco.
Valeria iba a protestar pero en ese momento el sirviente regresó de hablar con el gobernador.
- El señor gobernador D’Orgeon les recibirá con mucho gusto. Hagan el favor de seguidme –le informó el sirviente mientras iniciaba el camino de regreso al interior de la casa.
Valeria y O’Rourke lo siguieron sin perder detalle del lujo y la ostentación que había en aquella casa. Fueron conducidos por un amplio pasillo en el que destacaban unas exquisitas pinturas.
- Fijaos. Alguno de estos cuadros podrían adornar mi camarote –le indicó en tono jocoso.
El sirviente los condujo hasta lo que parecía ser el despacho del gobernador. Era una habitación amplia decorada con muebles de estilo colonial. El gobernador se encontraba en estos precisos instantes sentado detrás de una mesa de madera maciza brillante y pulcramente ordenada. Se levantó de su sillón nada más que la pareja hubo penetrado en la habitación. Era un hombre de estatura media con le pelo negro y largo y un fino bigote. Sus mejillas eran carnosas y sus labios pequeños. Su sonrisa no transmitió seguridad a Valeria, quien ahora se acomodaba en la silla que éste le ofrecía.
- Señorita...
- Monroe. Edith Monroe –dijo Valeria presentándose así misma.
- ¿Y vos sois...? –le preguntó mirando al contramaestre.
- Montgomery. Ralph Montgomery –respondió convencido de su identidad.
- ¿Han venido en el Adventurer?
La pregunta cogió a ambos por sorpresa. No había previsto el hecho de que el gobernador pudiera informarse acerca del barco en el que habían llegado a la isla. El gesto de sorpresa de ambos, y los segundos que tardaron en reaccionar provocaron cierto recelo en el gobernador desde ese mismo momento.
- Ah, sí, sí claro. El Adventurer –se apresuró a responder Valeria componiendo el gesto de su rostro para que no pareciera que no sabía de qué les estaba hablando el gobernador.
- ¿Una travesía placentera desde Inglaterra?
El gobernador decidió continuar con aquel tema hasta descubrir quienes eran aquellas dos personas que estaban sentadas en su despacho, así como sus pretensiones.
- Sí, sí algo cansado –respondió Valeria de nuevo esbozando su mejor sonrisa.
El gobernador quedó satisfecho con aquella respuesta y en sus ojos se vislumbró un brillo especial, al tiempo que en su rostro se dibujaba una sonrisa llena de malicia.
- ¿Y qué puedo hacer por ustedes? –les preguntó con gesto amable.
- Bueno, hemos decidido establecernos en Port Royal –comenzó diciendo Valeria mientras O’Rourke no le quitaba el ojo al gobernador.- En Inglaterra nos dijeron que era una tierra de oportunidades y de riqueza.
- De manera que han venido atraídos por la prosperidad de la isla –dedujo el gobernador mirando fijamente a Valeria con una mirada que a ésta no le transmitía buenas sensaciones.- ¿Y qué es lo que quieren de mi exactamente?
- Nos podría decir si hay alguna casa en la que podamos alojarnos –intervino O’Rourke con el fin de desviar la atención del gobernador hacia él.
- Sería cuestión de indagar un poco en la cámara de la propiedad para que nos facilitaran las casas disponibles. Si me permiten una pregunta, ¿cuál sería la cantidad que estarían dispuestos a pagar por una casa?
Ambos se miraron sin saber qué responder ya que todo aquello estaba siendo improvisado sobre la marcha. Fue finalmente Valeria la que intervino con lo primero que se le vino a la mente.
- Depende.
- ¿De qué? –preguntó extrañado el gobernador.
- De cómo sea la casa.
- Ya entiendo. Ustedes primero miran la casa y si les convence pagan el precio, ¿no es así?
- Sí, algo así –corroboró con una sonrisa fácil Valeria.
- Bien, estoy pensando que tal vez les interesaría conocer a gente distinguida de la isla, y de ese modo podrían intercambiar información.
- Se lo agradeceríamos mucho –dijo Valeria a modo de cumplido.
- ¡Qué les parecería asistir está noche a una cena. Aquí en mi casa. Invitaría a las personas más influyentes, ya me entienden, para que puedan aconsejarles en su establecimiento en Port Royal.
- Sería un gran honor gobernador.
- De ese modo podrían conocer el funcionamiento comercial y político de la isla. Cómo bien sabrán nuestra riqueza procede de las plantaciones de café y de cacao cuyos frutos exportamos al continente. Es una buena vía para iniciar un negocio –les sugirió.
- Muy amable por su parte el hacernos partícipes de las riquezas de la isla.
- No quiero entretenerlos más, puesto que han de instalarse. ¿Lo han hecho ya? Puedo recomendarles un alojamiento si así lo desean.
- Es usted una persona muy atenta gobernador –le dijo Valeria mientras sus ojos centelleaban de emoción y agitaba sus pestañas ante la atónita mirada de aquél.
- Es mi deber. Por favor vengan esta noche a eso de las siete. Estaré encantado de que asistan.
Valeria y O’Rourke se levantaron de sus respectivos asientos y tras estrechar la mano del gobernador salieron de la habitación. El gobernador se sentó con el gesto turbado y pensativo. Los dos personajes que acababan de abandonar su despacho no eran quienes decían. Pero, ¿quiénes eran, y a qué había venido su interés por hablar con él?. Mandó llamar a su criado para que enviara una nota que había garabateado con urgencia.
- Para el capitán Hollis. Es urgente.
El sirviente emprendió rápido su camino hacia el cuartel general de la armada inglesa en Port Royal, mientras el gobernador sonreía maliciosamente encantado de poder divertirse un poco a costa de aquellos dos pobres infelices.



 - ¿Crees que nos ha descubierto? –le preguntó O’Rourke cuando hubieron encontrado una casita en la que alojarse.
- No lo sé –respondió con el ceño fruncido mientras paseaba por una de las dos habitaciones, que se comunicaba por una puerta y  que habían alquilado.- Pero no me ha gustado la forma de mirarnos, ni el interrogatorio al que nos ha sometido.
- A mi tampoco. ¿Pensáis que el hecho de preguntarnos por el barco en el que hemos llegado haya levantado sospechas?
- Tal vez. No podemos averiguar qué pretendía con aquellas preguntas. Pero si quería descubrirnos es posible que lo haya hecho. Al ver nuestra reacción... –Valeria dejó el comentario sin terminar sopesando lo que esto podía significar.
- Pero, entonces ¿por qué insistir en que acudamos a su casa esta noche?
- No lo sé, tal vez quiera asegurarse bien de quién somos antes de dar cualquier paso –le respondió con cautela Valeria levantando la vista del suelo hacia el contramaestre.
- No vayáis Valeria.
- ¿Por qué? –le preguntó sorprendida.- ¿Acaso pensáis que las sospechas de ese hombre me van a intimidar? ¿A mí? –exclamó poniendo cara de sorpresa por la sugerencia de O’Rourke.
- Presiento una encerrona Valeria. Tal vez sea mejor regresar al barco.
- Regresad vos si lo deseáis. Pero yo seguiré con mi plan para encontrar el tesoro de Morgan –le espetó mientras sus ojos brillaban de codicia imaginando las monedas de oro y las joyas que debía contener.
- Que vuestra codicia no cabe vuestra tumba –le dijo despareciendo de la habitación.


El Halcón se acercaba lentamente a Port Royal mientras el capitán Payne se encaramaba sobre la borda sujeto a la escala para ver mejor.
- Vigía, ¿ves algún barco en las proximidades?
- El puerto está despejado capitán.
- ¿Dónde habrá echado el ancla la Doncella del lago? –se preguntaba mientras seguía escudriñando el horizonte con su catalejo.
- Tal vez no se encuentre en la isla –sugirió Johnston.
- Estará. Conozco a Valeria. Prepara una chalupa para ir a tierra.
- ¿Pensáis desembarcar?
- Debo obtener información.
- ¿Pero dónde? Si ella está en la isla se habrá hecho pasar por otra persona –le advirtió Johnston.
Payne lo miró y sonrió disimuladamente mientras palmeaba a su contramaestre en el hombro y caminaba en dirección a su camarote. Poco tiempo después salía vestido como si fuera un lord inglés respetable. Se había vestido con una camisa de chorreras con un pañuelo anudado al cuello. Una levita en color azul y unos pantalones blancos y unas botas altas. Recogió su pelo con una cinta luciendo una coleta a la moda, se afeitó y se puso lentes para despistar aún más.
- Me presentaré. Soy el alto comisionado para la piratería en el Caribe. Lord Falquarhson –dijo haciendo una reverencia.  
Cuando el contramaestre y los demás hombres lo vieron aparecer de esa guisa sobre la cubierta haciendo gala de esos modales, no pudieron contener las risas y las bromas.
- ¿Pensáis ir así por la isla? –le preguntó Jonhston contrariado por su aspecto.
- Tengo que pasar desapercibido. Mi cabeza tiene precio –le recordó esbozando una sonrisa.- Y ahora bajemos a tierra. Tened listas las baterías por si tuviéramos que intervenir de otra manera.
- ¿Pretendéis llevaros a Valeria sin hacer ruido?
- Exacto.
- ¿Y contáis con que ella lo apruebe?
- No, pero tengo que hacerlo amigo. Si la descubrieran pronto bailaría del extremo de una soga –le respondió con el corazón en un puño por si ello llegara a suceder.



Cuando llegó a tierra el capitán Payne se dirigió sin más preámbulos a visitar el cuartel general del ejército de su majestad el rey Jorge en Port Royal. Lo primero que quería saber era si Valeria estaba retenida. Se presentó en la entrada con gran pomposidad y seriedad dado el rango que se había atribuido. En seguida fue conducido hacia el hombre de mayor rango en el cuartel: el capitán Higgins quien al verlo se apresuró a formar la tropa y a recomponerse él mismo el uniforme. Una visita como aquella no se recibía todos los días en Port Royal.
- Capitán Higgins, me llamo Falquarhson y soy el alto comisionado de su majestad el rey para la piratería en el Caribe. 
- Señor...
- Fal-quar- hson –repitió el capitán Payne recalcando las sílabas.
- ¿No esperábamos su llegada? Ni siquiera habíamos oído hablar de vos y...
- Sí, es posible, ya que he sido nombrado hace dos semanas –respondió con toda naturalidad viendo el gesto de asombro del capitán Higgins.
- ¿Y cuál es vuestro cometido?
- Limpiad estas aguas de piratas –respondió con desdén mientras posaba su mano sobre el hombro del capitán para transmitirle confianza.- Por cierto, ¿sabéis si se ha visto a alguno por aquí?
- Ahora mismo acabo de recibir un comunicado del gobernador sospechando de la presencia de dos individuos muy extraños en la isla –le informó con naturalidad.
- ¿Cómo? ¿Y de quién se trata? –preguntó con mucho interés intuyendo quienes podían ser.
- No me ha dicho más. Si quiere podemos ir a visitarlo y que nos de más explicaciones –sugirió el capitán cediendo el paso al capitán Payne.
- Sin duda será una conversación más que interesante –murmuró mirando de reojo al capitán Higgings.


El gobernador se sintió complacido por la visita del alto comisionado para la piratería pese a no haber oído nunca ese cargo.
- Es un nombramiento reciente, señor –le informó Payne mientras cruzaba sus piernas y su rostro reflejaba cierta seriedad.
- ¿Y cuál es exactamente su cometido?
- Acabar con los piratas en esta aguas, como ya le he informado al capitán Higgins. Es menester deportarlos a Inglaterra para que sean juzgados y condenados.
- ¿A Inglaterra? –le preguntó sorprendido el gobernador.
- Así es señor. Su majestad el rey Jorge ha decidido que sean deportados para escarmiento de cualquier ciudadano inglés que ose practicar la piratería. Es por ello que he venido en calidad de alto comisionado para comprobar si teníais alguno retenido y poderlo llevar a Inglaterra.
- ¿Contáis con un barco para vuestra disposición?
- Por supuesto. Se encuentra un poco apartado de la cosa. Veréis es que quiero mantener alejados de tierra a los marineros. Ya me entiende... –le comentó con la mano cerca de su boca y en un susurro para que nadie lo escuchara.
- Comprendo –asintió seriamente el gobernador.
- El capitán me ha comentado que sospecháis de la presencia de dos individuos que bien podrían ser... piratas.
- Efectivamente –comentó muy serio el gobernador alzando su mentón en señal de orgullo y autoridad.- Son una hombre y una mujer que pretenden establecerse en la isla.
- ¿Y cuál es el problema?
- Veréis señor...
- Fal- quarh-son –deletreó sonriendo alegremente.- Entiendo que mi nombre suene raro –le dijo con una sonrisa cínica.
- El hecho es que aseguraron que habían venido de Inglaterra en el Adventurer –le informó bajando el tono de la voz como si fuese un secreto inconfesable.
El capitán Payne se quedó en silencio con la mirada fija en el gobernador esperando a que continuara. Ya sabía que Valeria no había venido de Inglaterra y menos en un barco mercante; pero quería descubrir los planes del gobernador.
- Ese barco llegó a Port Royal hace dos días procedente de Liverpool –exclamó el gobernador emitiendo un pequeña sonrisa de triunfo.
- ¿Y? –le preguntó Payne encogiéndose de hombros.
- Tengo aquí la lista de pasajeros que vinieron a bordo del navío y esos dos no están. No aparece ninguna señorita Monroe ni su sirviente. Ello me hizo recapacitar y aunque en un principio no caí en la cuenta, posteriormente, y, después de que se hubieron marchado los dos de aquí el rostro de la mujer comenzó a resultarme conocido, e incluso familiar diría yo. De manera que busqué en los archivos de los capitanes más buscados y fíjese que encontré –le explicó mostrando un pasquín con el rostro de Valeria.
- ¡No! –exclamó sorprendido Payne mientras hacía gestos ostensibles con la mano señalando al retrato con las gafas en su mano- ¿Estáis seguro de que es ella?.
- Sin duda alguna.
- Entonces debemos detenerla inmediatamente –dijo enérgicamente Payne mientras volvía a colocarse las gafas temiendo que el gobernador pudiera reconocerlo a él también; aunque parecía bastante impresionado con su cargo ficticio como para reparar en su rostro.
- Lo tengo todo preparado –dijo con un gesto de triunfo el gobernador mientras se frotaba las manos.
- ¿Ah sí? No me digáis.
- Los he invitado a cenar esta noche aquí en mi residencia. Es más que probable que acepten dicha invitación. Pero lo que no saben es que entre los invitados se encontrarán el capitán Higgings, y vos si aceptáis, aparte de varios soldados para impedir que escapen.
- Muy astuto gobernador. Claro que asistiré. No me lo perdería por nada del mundo. Imagínese la cara de esa mujerzuela cuando se vea arrestada. Por otra parte, me complacería mucho poderla deportar a Inglaterra para dar debida cuenta de vuestra acción –le explicó muy serio.
- Sin duda alto comisionado –comentó el gobernador sintiendo como su pecho se hinchaba de orgullo dándole el aspecto de un pavo.
- Entonces iré a prepararme para esta noche. Gobernador. Capitán Higgings –se despidió haciendo una reverencia a ambos y abandonó el despacho del gobernador.
El capitán Payne se reunió con Johnston en una taberna para informarle de la situación.
- Valeria y O’Rourke están aquí.
- ¿Dónde? –preguntó Johnston sobresaltado.
- No lo sé aún, pero el gobernador los ha descubierto y piensa detenerlos esta noche en su casa. Los ha invitado a una cena y han aceptado.
- ¿Qué pensáis hacer capitán? –le preguntó preocupado su contramaestre.
- Salvadle el cuello a ese engreída de Valeria –respondió entre dientes mientras en su rostro se percibía la rabia por la situación.- La amo demasiado para permitir que baile del extremo de una soga –le confesó a su amigo mirándolo a la cara.
Johnston asintió comprendiendo la situación que atravesaba Payne.
- Yo también lo haría si fuera vos. ¿Qué queréis que hagamos?
- Trae a los hombres a tierra, y dirigios a la casa del gobernador. Conoces la situación de la bodega y el lugar dónde supuestamente está el tesoro de Morgan. El resto es fácil.
- Pero, ¿cómo saldréis de la casa?
- Déjalo de mi cuenta. Vosotros preocuparos por el tesoro.



Valeria y O’Rourke se presentaron a la hora exacta que le había fijado el gobernador. El ambiente era exquisito. Había una multitud de personas ricamente ataviadas con sus elegantes vestidos y deslumbrantes joyas. Una ligera melodía se escuchaba al fondo para amenizar la velada. Algunas parejas bailaban en una pista de baile improvisada para la ocasión. Valeria entró del brazo de su contramaestre. Había cambiado su vestido de la mañana por uno de noche adecuado para aquel tipo de recepciones. O’Rourke se había tenido que desplazar hasta el barco para buscar entre los vestidos, que Valeria había obtenido de sus ataques a mercantes, uno que le favoreciera. Finalmente le había llevado uno de tirantes bastante escotado por delante y por detrás en color azul noche. De igual manera había tenido que rebuscar entre las joyas para que pudiera lucir un juego de pendientes y un collar de exquisita belleza. Se había recogido el pelo de una manera sencilla dejando al descubierto su cuello y la prolongación del mismo. El vestido se ajustaba en la cintura para después salir despedido en forma de campana ocultando sus pies en los que llevaba sus botas cómodas de piel. Total nadie los va a ver, le comentó a O’Rourke.   El gobernador acudió solicitó ante su presencia para saludarlos y darles la bienvenida.
- Espero que disfruten de la velada.
- Yo también –dijo Valeria inspirando profundamente mientras su escote parecía que iba a salírsele.
- Me gustaría presentaros a cierta gente importante de la isla. Si me permitís –le comentó extendiendo el brazo para que Valeria lo tomara.
O’Rourke los miraba preocupado por las intenciones que pudiera albergar el gobernador. Sabía que estaba tramando algo y aún así había acudido.
- Permitidme que os presente al capitán Higgins.
- Tanto gusto señorita Monroe –le dijo inclinando la cabeza.
 - El gusto es mío –comentó Valeria agachándose como lo haría una verdadera dama inglesa.
- Este es el señor Lovat, el director de la cámara de comercio de Port Royal. Imagino que tendrá que hacerle muchas preguntas en relación a su nueva casa –le comentó esbozando una sonrisa que a Valeria no le gustó nada.
- Si, por supuesto.
- El señor Williams es el juez de la isla. Es quien dicta las sentencias, especialmente contra los piratas –comentó haciendo hincapié en esta última palabra.
Valeria comenzaba a sospechar que aquello era una encerrona en toda regla. Un capitán del ejército, un juez, varios hombres más vestidos de uniforme. Y el gobernador que no la soltaba en ningún momento.
- Y ya por último me gustaría presentaros al capitán del Adventurer el señor Brady
- Es un placer conocer a una mujer tan...hermosa –le preguntó tendiéndole la mano mientras sus ojos no se apartaban de los de ella.
- ¿Pero cómo? ¿No conoce a la señorita Monroe? –le preguntó sorprendido el gobernador.- Ella me dijo que había venido en su barco.   
- Pues lo siento pero no la conozco –replicó el capitán frunciendo el ceño.
Valeria sintió un nudo en la garganta al escuchar aquellas palabras. Sabía que el gobernador estaba tramando algo y que era referente a ella. Lanzó una mirada de odio hacia éste mientras se soltaba de su brazo.
- ¿Qué queréis? –le inquirió con una mirada llena de ira.
- Digamos que arrestaros, Valeria –dijo muy despacio para que todos escucharan la acusación. Hizo un gesto hacia dos hombres que de inmediato se abalanzaron sobre ella sujetándola para que no pudiera escapar.- Vuestras correrías por el Caribe han terminado. Es más tenemos la suerte de contar con la presencia del encargado de su majestad para acabar con la piratería en el Caribe, que os conducirá a Londres para ahorcaros.
Valeria miraba a un hombre que estaba de espaldas a ella charlando amistosamente y riendo en compañía de un grupo de personas.
- Señor Falquarhson –dijo con voz solemne el gobernador.
El mencionado caballero se giró con una sonrisa de complacencia en su rostro para quedar de frente a Valeria. Al reconocerlo dio pequeño grito de sorpresa mientras sus ojos se abrían como platos. Un sudor frío le recorrió la espalda al tiempo que su respiración se aceleraba incontrolada.
- ¡Vos! –exclamó intimidada por la situación.
- Soltad a la pirata Valeria –le ordenó a los dos hombres.- Es imposible que salga de aquí por sí sola –comentó lanzando una mirada de complicidad a la mujer que amaba. Valeria lo miraba intrigada por su presencia allí. Sin duda había venido a por el tesoro de Morgan, y ahora pretendía venderla a los ingleses. Se acercó hasta ella todo lo que pudo para susurrarle.- Si apreciáis nuestras vidas seguidme el juego.
Valeria lo miró sin comprenderlo pero decidió seguirle la corriente pues era la única forma de salir de allí. El capitán Payne se volvió hacia el gobernador, quien es esos momentos sonreía dichoso por la captura de Valeria.
- Señor Falquarhson, -le dijo mientras se lo llevaba a parte-, me gustaría que hablaseis en mi favor al rey para que pudiera concederme unas tierras aquí en la isla... ya sabéis al fin y al cabo...bueno, soy yo quien ha descubierto y capturado a la pirata Valeria –balbuceó nervioso a lo que el capitán Payne le dijo:
- Hablaré de vos a su majestad para que recompense vuestra acción.
En ese momento dos hombres del servicio entraron en la casa profiriendo gritos:
- ¡Piratas, los piratas están saqueando la casa!
- Pero, qué... –exclamó el gobernador mirando a Payne mientras éste se encogía de hombros primero y después golpeaba al gobernador derribándolo al suelo ante la sorpresa de todos los presentes incluida la propia Valeria.
El capitán Payne se abalanzó sobre un guardia y tras arrebatarle el sable se lo arrojó a Valeria para que se defendiera.
- Ya no hay motivos para fingir. Nos han descubierto –exclamó mientras se desembarazaba del soldado.
- ¿Has venido por el tesoro? –le preguntó mientras se batía con un oficial inglés al que consiguió desarmar de inmediato.
- Claro que no –le respondió mientras pegaba su espalda a la de ella.
- ¿Entonces?
 - He venido por ti. Te quiero maldita sea, y si me hubieras pedido el mapa te lo habría dado, y no estaríamos ahora así.
El griterío que se había formado en el salón recibidor de la casa del gobernador alertó a los vecinos de la zona que acudieron a prestarle ayuda. Cuando Payne descubrió que aquello comenzaba a ponerse feo agarró a Valeria por la mano y tirando de ella la sacó de allí. Corrieron como almas que lleva el diablo mientras O’Rourke y Johnston junto al resto de hombres del Halcón cerraban las puertas de la casa impidiendo salir a los de dentro. Valeria y Payne se subieron a uno de los carruajes que había en la entrada, y en el que habían ido llegando los invitados, y salieron al galope en dirección al puerto. Una vez allí los botes los esperaban para llevarlos a bordo del Halcón. Cuando todos hubieron subido a bordo con el tesoro de Morgan, el capitán Payne se dirigió a los hombres:
- Como veis el tesoro existía. Y ahora mientras yo ajusto cuentas con Valeria –dijo mirando a ésta mientras sus ojos echaban fuego.- Johnston y O’Rourke lo repartirán a partes iguales. Vamos –le dijo a Valeria sujetándola por el brazo.
Cuando por fin estuvieron a solas en el camarote Payne cerró la puerta detrás suyo hecho una furia. Valeria sabía que Payne tenía suficientes motivos para enfadarse con ella. La miró directamente a la cara y se rindió una vez más ante su belleza. La boca se le quedó seca, el pulso se le aceleró, y sus deseos por volver a tumbarla de espaldas en la cama y amarla se hicieron más latentes. Respiró hondo y extendió su mano hasta rozar su suave mejilla, mientras en su rostro aparecía una sonrisa de complicidad.
- Sólo quiero saber una cosa. ¿Te entregaste a mi para después robarme el mapa? –le preguntó mientras no dejaba de mirarla y de embriagarse con su presencia. Estaba radiante con aquel vestido en tonos azul pastel; sus cabellos revueltos por lo vivido esa noche; su escote invitándolo a recrear la vista sobre éste.- Dime que no te acostaste conmigo por el mapa y te creeré –Payne balbuceaba sin encontrar las palabras adecuadas a la situación. Ella lo miraba con un brillo especial en los ojos. Parecía como su fuera a echarse a llorar de un momento a otro.
- No –susurró
Payne se acercó más a ella y tomó su rostro entre sus manos para clavar su mirada en la de ella, y verse reflejado en aquellos hermosos ojos azules como el mar.
- Nunca antes habías estado con un hombre, ¿verdad?
Valeria bajó la mirada y sacudió la cabeza. Payne la estrechó entre sus brazos y la besó en el pelo. Ella se apartó para quedarse clavada mirándolo.
- ¿Viniste a por mi?
- Cuando descubrí lo que habías hecho  ordené poner rumbo a Port Royal para buscarte.
- Entonces el tesoro...
- No me importaba. Si me hubieras pedido el plano te lo habría entregado. Fui a Port Royal única y exclusivamente a por ti. Pero no podía arrastrar a mis hombres a un capricho de mi corazón, de manera que dejé que se llevaran el botín.
- ¿Y lo que me dijiste en casa del gobernador?
El pulso se le aceleró hasta límites insospechados. Sentía ganas de besarlo y abrazarlo como la primera vez. Aguardaba su respuesta impaciente. Por su parte Payne se inclinó hacia sus labios para susurrarle con voz cálida y tierna.
- Te quiero Valeria.
Cubrió sus labios con los suyos mientras rodeaba su cintura con sus brazos. Ella correspondió a aquel beso que ahora inundaba todo su ser enviando una sucesión de descargas por todo su cuerpo. Payne deslizó sus manos hasta los cierres del vestido y sus dedos ágiles y expertos comenzaron a desabrocharlos. Luego deslizó el corpiño por su cuerpo dejándola indefensa ante él. Valeria rodeó su cuello y prolongó aún más el beso mientras sentía como Payne terminaba de desvestirla y ahora sus manos recorrían su espalda bajando en dirección a sus muslos. Ahora era ella la que lo atraía hacia la cama y se sentaba en el borde para despojarlo de su pantalón. Tomó con suma delicadeza lo que él le ofrecía arrancando pequeños gemidos de placer de su garganta. Payne se inclinó sobre ella y la besó ardientemente mientras se recostaba a su lado. Ahora la deseaba aún más porque ya no era un mero deseo carnal lo que le empujaba hacia ella y hacia su cuerpo, sino un sentimiento más fuerte. Detuvo sus caricias unos segundos mientras contemplaba su rostro brillante y resplandeciente y aquellos ojos azules como el océano refulgiendo como nunca antes. Sí, ella estaba enamorada de él, y no podía negarlo. Bastaba una mirada suya para saberlo. Y aquella manera de besarlo con aquellos besos tan cálidos y tan húmedos. Payne deslizó su mano hacia el lugar donde sabía que toda mujer siente más placer y ella cerró los ojos dejando escapar un gemido. Sentía sus dedos juguetear entre sus rizos provocando innumerables sensaciones placenteras. Payne la atrajo hacia él para que quedara sentada sobre sus muslos. Ahora la contemplaba en todo su esplendor. Aquel maravilloso cuerpo de fina y delicada piel con sus pechos firmes mientras él la acoplaba sobre su masculinidad. Valeria abrió los ojos con gesto de sorpresa cuando descubrió lo fácil que había sido para él entrar. Payne sonrió  y posando sus manos sobre sus caderas comenzó a moverse acompasado a ella. Valeria respiraba hondo sintiendo como él se movía en su interior y cómo ambos disfrutaban del momento. Payne la atrajo hacia él para poderle besar los pechos y recorrerlos posteriormente con su lengua mientras gemía de placer y se aferraba a sus cabellos para que no se apartara. Él deslizó sus manos hacia sus glúteos para prolongar más la excitación, pero ésta era tal que ambos tardaron poco tiempo en darse cuenta de que sus cuerpos querían liberar toda su tensión; y cuando ambos estallaron en un mar de sensaciones comprendieron que estaban unidos para siempre. Payne le retiró con delicadeza el pelo del rostro para colocárselo detrás sus orejas recorriendo todo el contorno de las mismas mientras Valeria sonreía de felicidad.
- Te quiero Payne –susurró mientras se volvía a inclinar para besarlo tiernamente.
- Eres la mujer más maravillosa que he conocido, aunque algo testaruda.
Ella apoyaba ahora su barbilla contra el pecho de él contemplándolo  ensimismada mientras sus dedos jugaban con el vello ensortijado.
- ¿A dónde iremos ahora?
- A Inglaterra. Olvidas que debo entregarte al rey.
- Ya me he entregado yo sola –le dijo mientras se incorporaba para volverlo a besar mientras el barco se mecía con la suavidad del oleaje.