27 sept. 2011

Rusalki

(Basado en un aleyenda eslava)
Siempre que viajo a Londres con motivo de descansar unos días de mi agitada y estresante agenda me gusta dedicarme a mi hobby favorito, esto es, la de anticuario. Pero para que el lector pueda tener una mejor idea del objeto de esta afición mía le contaré que sólo me interesan los viejos manuscritos. Considero que muchos pensarán que qué tiene de importante un viejo papel apergaminado; pues bien yo se lo explicaré. Los antiguos manuscritos atesoran una incalculable fuente de sabiduría que sólo sus más fervientes seguidores podemos comprender. Sumergirse en su contenido, descifrar claves secretas, viajar a mundos exóticos y lejanos; en definitiva toda una serie de aventuras.
Aquella mañana de comienzos de septiembre el día amaneció despejado sobre la ciudad del Támesis. Algunos tímidos rayos de sol se permitían la licencia de asomar entre las nubes compactas. Inicié mi camino por las atestadas calles y encaminé mis pasos hacia el lugar preferido por excelencia por los anticuarios: la casa de subastas  Christies. No sabía a ciencia cierta si iba a adquirir algún manuscrito aquella mañana, pues desconocía el lote que se iba a subastar. Al llegar a la entrada el portero me saludó inclinando la cabeza, mientras me abría la puerta para poder entrar. Luego, una señorita de uniforme muy amable me tendió el catálogo de objetos que se iba a sacar a subasta. Caminé hasta el salón donde se estaba llevando a cabo una de las pujas programadas para aquel día, y procedí a sentarme tras encontrar un asiento libre. Eché un vistazo a mi alrededor y me percaté de que no había mucha expectación aquella mañana. Esto me indicó que los objetos que iban a mostrarse no deberían tener mucho valor. Comencé a hojear el catálogo sin prestar atención al objeto que en aquellos momentos estaba siendo subastado.
A primera vista el contenido del folleto no despertó mucho interés en mi persona. Decidí echar un segundo vistazo con mayor detenimiento hasta que mis ojos se posaron en algo que captó por entero mi atención. El número doscientos treinta y seis correspondía a un lote formado por un antiguo manuscrito de incalculable valor para mi. El manuscrito Rusalki. De inmediato levanté la vista hacia el subastador para ver qué objeto se encontraba en aquellos momentos en la puja. Por suerte no se trataba de mi deseo de manera que volví al catálogo, y me concentré en la lectura del texto a pie de página que acompañaba a una fotografía a color del texto. Decía así: “Un antiguo manuscrito del siglo... donado por el señor... del cual sólo se sabe que lo adquirió en una subasta, y que pasado un tiempo desapareció. El pergamino fue encontrado en un viejo estudio de la calle Moufetard de París. Su precio de salida es de doscientas libras”. 
El misterioso objeto captó por completo mi atención, y tras comprobar el dinero que podía gastarme decidí concentrarme en la subasta. Pronto salió a puja tan codiciado ejemplar, por el cual confiaba en que nadie pujara. El subastador leyó la descripción que aparecía en la guía, y que yo ya había leído. Sus últimas palabras hacían referencia al precio de salida.
- Se inicia la puja en doscientas libras.
Hubo un momento de silencio e indecisión en la sala en el que todos los presentes nos mirábamos intentando descubrir, si alguno de nosotros tenía interés en aquel viejo papel. Finalmente viendo que nadie parecía mostrar ni el más mínimo me aventuré a levantar mi mano derecha en señal de que aceptaba el precio de salida.
- El caballero ofrece doscientas libras –anunció el subastador señalando en mi dirección. Algunos rostros curiosos se volvieron para comprobar quien había sido,  para posteriormente volver a sus quehaceres particulares. - ¿Alguien da más?.
El silencio continuó lo que favorecía mis expectativas de adquirirlo. El pobre hombre que conducía la subasta intentaba por todos los medios animar la puja, pero no había manera. Nadie parecía mostrar el más mínimo interés por un trozo de papel usado.
- Doscientos a la una.
Mi expectación iba en aumento a medida que se acercaba el final.
- Doscientas a las dos.
Me imaginaba pasando mis manos por el manuscrito, y leyendo su enigmático contenido. El subastador hizo una breve pausa antes de pronunciar la sentencia definitiva que correría el manuscrito. Sin duda buscaba crear algo de expectación esperando que alguien hiciera una contra oferta. Pero nada de eso sucedió, y el escrito cayó en mi poder.
- Doscientas a las tres. Adjudicado al señor del abrigo negro.
Me levanté de inmediato sin poder contener mis nervios, y tras abonar la cantidad acordada por el pergamino lo recibí en mis temblorosas y sudorosas manos fruto de mi excitación por tal acontecimiento. Cuando salí de la casa de subastas Christies lo primero que hice fue dirigirme a un café donde tras acomodarme en una mesa apartada y pedir un té, procedí sin más dilación a la lectura tranquila y pausada del manuscrito Rusalki. Este estaba encuadernado en un libro cuyo lomo era de piel en color oscura, pero bastante desgastado por el paso del tiempo. Baste con señalar que algunas hojas se habían desprendido, y que la cinta de tela roja empleada para marcar la página de lectura se encontraba en un estado deplorable. Roída en su parte inferior. No obstante, el contenido no parecía haberse alterado a simple vista. La letra era bastante gótica con muchos adornos en su parte final. Estaba escrito en una lengua que no era muy común: polaco. Sin embargo, he de decir que mis largos años de investigaciones en países lejanos me han hecho acreedor de un conocimiento en lenguas eslavas, de modo que no tuve grandes problemas para descifrar su contenido el cual pongo ante el público lector.

Las creencias populares en seres extraños como duendes, trasgos, o genios maléficos se han trasmitido de padres a hijos durante siglos por toda la Europa del este. Cualquier estudioso en el tema corroborará mis palabras. Estas criaturas son en ocasiones maldecidas por ser las causantes de las malas cosechas, las inundaciones, la muerte del ganado o incluso de la misteriosa desaparición de los habitantes de algunas aldeas. Sucedió en el siglo... que un estudiante se adentró en estas regiones para comprobar in situ dichas leyendas. Se sentía tan atraído por este tema que no dudó en pasar sus vacaciones en aquellos recónditos e inhóspitos parajes desolados. Era Semana Santa cuando el joven llegó a Bulgaria, para estudiar a estos personajes tradicionales del folclore local. Tras pasar unos días en la capital, Sofía, decidió marchar por consejo del recepcionista del hotel hacia las montañas, y más en concreto hacia la región de los alrededores de Plovdid. El espeso follaje de sus bosques apenas si permitía al joven estudiante vislumbrar algún vestigio de presencia humana. Finalmente arribó a una pequeña estación de tren algo abandonada, y que parecía extraída de una novela de terror. Se acercó hasta la ventanilla de información donde un aburrido hombre de avanzada edad dormitaba sobre el mostrador. El joven estudiante golpeó tímidamente sobre el cristal intentando  captar la atención de aquel. Tras varias llamadas logró que el desconocido se despertara, lo que pareció no hacerle mucha gracia a juzgar por la mirada que le dedicó al estudiante. Tenía el pelo revuelto y el ceño fruncido. Sus pobladas cejas apenas si permitían verle los ojos. Cogió unas gafas de montura de acero, o más bien de alambre dada la extrema delgadez sus patillas, y se las colocó para poder ver mejor a la causa de su despertar. Se rascó el pelo y después se pasó la mano por el mentón sin afeitar, para posteriormente emitir un sonido parecido a un ¡hola!. Nuestro joven estudiante, que no hablaba el búlgaro, se dirigió a él en un perfecto inglés.
- Disculpe, ¿podría decirme si queda muy lejos el pueblo?
El hombre tardó en reaccionar ante aquella pregunta, parte por su estado aún soñoliento, parte por que aquel chico le hablaba en una lengua y un acento desconocidos. Finalmente logró articular una cadena de palabras que el muchacho logró entender a duras penas, y que le indicaban que ladera arriba lo encontraría. Con esta información partió de la estación el muchacho, mientras el vendedor volvía a recostarse sobre su mesa.
Salió de aquella estación de mala muerte para ponerse en camino, y no hubo de andar mucho, pues pronto encontró un grupo de casas, que deberían ser el pueblo indicado por el vendedor.
La mañana era gris y fría de modo que se abotonó su abrigo e incluso se alzó el cuello, y se echó una bufanda por encima. Cargado con su bolsa de viaje se adentró en el pueblo cruzando sus sinuosas y tortuosas callejuelas sin asfaltar hasta que llegó al centro del mismo, que no era otro que una enorme plaza circular formada por arcos y soportales en los que la gente se agolpaba. Los lugareños lo miraban con cierta curiosidad, pues quedaba claro que no era oriundo de aquella zona. El joven buscó con la mirada un lugar donde alojarse, y tras recorrer toda la plaza vislumbró un letrero algo deslucido en el que pudo leer la palabra “hotel”. Después de echar un vistazo a la fachada, la cual no ofrecía muchas garantías de ser un lugar cómodo y limpio, por las grietas y la suciedad de su entrada se convenció así mismo de que era lo que había y debía decidirse rápido. De modo que tomando aire penetró en aquel oscuro y lóbrego recibidor hasta llegar junto al mostrador de recepción. La madera estaba deslustrada por el paso de los años y no por los clientes, pensó. Había un libro de registros bastante arrugado abierto por la página correspondiente a aquel día. Un lapicero reposaba justo en la mitad. Decidió hacer constar su presencia e hizo sonar un timbre que emitió un sonido estridente. Viendo que no obtenía ninguna respuesta volvió a tocar esta vez con mayor insistencia. Esta vez escuchó el ruido de una puerta en el piso de arriba, al que conducía una escalera de caracol en un rincón, y un posterior ruido de pasos arrastrarse por el suelo. De repente apareció la figura de una mujer de mediana edad de cabellos claros y tez blanca. Al ver que tenía un cliente se apresuró a recomponer su vestimenta y a atusarse el pelo. Al llegar frente al estudiante le obsequió con una sonrisa amigable. El muchacho estudió el rostro de la mujer, que a juzgar por las pocas arrugas que lo surcaban no debía tener muchos años. Sus ojos eran claros como el agua del mar, sus mejillas sonrosadas,  sus labios carnosos...
Se dirigió a él en inglés pues dedujo desde el primer momento que era un extranjero.
-¿Qué desea?
- Busco una habitación para unos cuantos días.
- Entonces está en el lugar adecuado –le respondió mostrándole sus blancos y perfectos dientes.
- Bueno - respondió echando un vistazo alrededor suyo.
- Sólo le costará veinte levs.
El muchacho extrajo de su cartera un billete de veinte y se lo entregó a la mujer, quien se apresuró a guardárselo en el escote ante la atónita mirada del joven.
- Por cierto, ¿puedo preguntarle qué le trae por estos lugares tan apartados?
- Ando recabando información sobre las leyendas que circulan en estos lugares.
- ¿Leyendas? Yo no me atrevería a calificarlas como tales. Las historias que se cuentan son tan reales como la vida misma.
- ¿Usted cree en espíritus, y genios maléficos?
- ¿Usted no? –le preguntó con perspicacia la mujer.
- No. La verdad es que me parecen cuentos e historias propicias para contar en las tardes de invierno al calor de las brasas de la chimenea.
- Yo de usted creería más en ellas.
El joven estudiante esbozó una sonrisa que parecía estar burlándose de ella, pero la mujer no le hizo caso. Siguió con lo suyo tras indicarle cual era su habitación. Se volvió hacia él y le dijo en tono de advertencia.
- Tenga cuidado si se adentra en el bosque de Perak.
-¿Por qué? –preguntó el muchacho encogiéndose de hombros.
- Rusalki –fue la palabra que pronunció antes de dejarlo sólo con gesto pensativo.


Aquella misma tarde el joven estudiante comenzó su labor investigadora. Paseó por la plaza y los alrededores del pueblo y sintió curiosidad por saber donde quedaba el bosque de Perak. Alguien se lo indicó mostrando cierto temor en su rostro al escucharle pronunciar aquel nombre.
- ¡Rusalki! –exclamó huyendo del lado del estudiante.
- Es la segunda vez que escucho esa palabra –murmuró el muchacho.- ¿A qué se referirán?
Aquel misterioso comportamiento hirió su orgullo y decidido a averiguar que se escondía detrás de aquella misteriosa palabra, que hacía a los lugareños estremecerse, se adentró en el bosque de Perak.
El bosque no tenía nada en particular que llamase su atención salvo que era frondoso. Iba caminando por un estrecho camino de tierra cuando de repente escuchó la dulce voz de una muchacha. Apretó el paso para ver de quien se trataba, y al llegar a un pequeño claro la vio con sus propios ojos. No era una, sino tres muchachas las que cantaban mientras lavaban sus prendas en un pequeño arroyo. Después, una de ellas se encargaba de tenderlas en los árboles para su secado.   Al ver al muchacho acercarse detuvieron su labor y se quedaron mirándolo. Sus rostros angelicales de piel blanca y suave irradiaban una belleza que el muchacho jamás había visto antes. Sus cabellos claros y largos se ondeaban al viento al mismo tiempo que los pliegues de sus vestidos. Le llamó la atención que estuvieran descalzas con el frío que hacía. Con paso lento e inseguro se acercó hasta ellas atraído como Ulises por las sirenas. Cuanto más cerca estaba de ellas, más quería aproximarse. Había algo en aquellas tres muchachas que lo empujaba sin poder evitarlo. Una de ellas se dirigió a él con voz dulce. Una voz que acariciaba los oídos del muchacho como una suave música.
- ¿Quieres que te lavemos alguna prenda?
Aquella pregunta desconcertó al muchacho que no sabía de qué le hablaban. Cuando despertó del sueño en el que se había sumergido asintió dándoles un pequeño pañuelo que llevaba en su bolsillo. La muchacha se acercó al arroyo y lo sumergió en este para después de haberlo lavado tenderlo al viento con el fin de que se aireara.  El muchacho mientras tanto las contemplaba  ensimismado sin poder apartarse de ellas. Una de las bellas muchachas que había concluido su tarea se acercó hasta él con los brazos tendidos como si quisiera acogerlo en su pecho, pero el muchacho receloso de sus intenciones se apartó hacia atrás, lo cual disgustó en gran medida a la muchacha.
- No temas querido. No voy a comerte –le dijo esbozando una sonrisa irónica.
-Sólo queremos que descanses un rato junto a nosotras aquí –le dijo la tercera.
El muchacho parecía casi convencido, pero no fue hasta que la tercera, la que le había lavado el pañuelo, le lanzó una mirada llena de picardía que este se acercó a ellas.
- Está bien, pero sólo hasta que mi pañuelo esté completamente seco –les dijo.
- Por eso no debes preocuparte –le dijo la muchacha mientras pasaba su mano por la mejilla del muchacho haciendo que este se convenciera más de sus intenciones.
- Por cierto, no sabréis vosotras que significa la palabra Rusalki –le preguntó a las tres muchachas que se miraron entre sí y sonrieron. Después acogieron al chico junto al árbol cerca del arroyo.

“Durante varios días la dueña del hotel no volvió a saber nada del estudiante lo cual le extrañó. Preguntó a algunos aldeanos si lo habían visto, o si sabían donde se encontraba. Por todas partes recibió la misma respuesta. Nadie lo había vuelto a ver desde aquella tarde en que recién llegado al pueblo se marchó al bosque de Perak. Armándose de valor, la mujer decidió aventurarse en tan fatídico bosque por ver si lo encontraba. Caminó por el mismo sendero que en su día había recorrido el muchacho, y llegó junto al arroyo. De repente un grito se escapó de su boca. Un grito que se dejó oír en todo el bosque. La mujer entró en un ataque de nervios del cual dicen que no se ha recuperado. La pobre volvió al pueblo caminando a duras penas con una expresión de horror en el rostro que nadie se atrevía a describir. Sus ojos abiertos hasta el extremo que parecía como si estos fueran a salirse de sus cuencas. La boca desencajada por la que se le escapaban continuos gritos y palabras sin sentido. Los que la vieron y estuvieron cerca de ella hasta que se la llevaron al manicomio sólo escuchaban decir una palabra: Rusalki.
Cuando la policía se adentró en el bosque y llegaron al lugar de los hechos comprendieron el estado en el que había quedado la mujer. Allí, apoyado sobre el árbol se encontraba el cuerpo del que en su día había sido un joven fuerte y atlético. Estaba muerto. Lo único que pudo encontrar la policía fue un pañuelo de color blanco tendido sobre una rama. Estaba seco. Nunca pudieron saberse las causas de aquella misteriosa muerte, aunque los más supersticiosos del lugar se aventuraron a explicar que aquello era obra de las Rusalki. Cuando unos de los policías le preguntó qué demonios significaba aquello el hombre se lo explicó:
- Las Rusalki son los espíritus de las jóvenes que se han ahogado en el río. Acogen a los hombres en su seno atrayéndolos con su belleza y sus canciones. Una vez que caen en sus redes no pueden escapar.
- ¿Y el pañuelo? ¿Tiene también algún significado?
- ¡Oh! Ya creo que lo tiene. Las Rusalki piden una prenda a los viajeros para que se la laven. Pero si una vez lavada el viajero se la lleva ellas se llevarán su alma al infierno.
El policía no quedó del todo convencido, pues no creía demasiado en las historias de aquel anciano que los miraba y sonreía. Las causas de la muerte nunca llegaron a determinarse. Por otra parte, la dueña del hotel vivió en el manicomio hasta sus últimos días. En todo ese tiempo permaneció en un rincón con las rodillas apretadas contra su pecho y murmurando una sola palabra: Rusalki”.

Aquí termina la historia del manuscrito. Muchos de los que lo lean dirán que todo esto es un invento; otros dirán que puede ser verdad; y por último estarán los que lo crean a pies juntillas.  Pero lo que si les diré es que yo de ustedes tendría cuidado si un día caminando por el campo, o cruzando un bosque una atractiva muchacha les pide una prenda para lavarla en el río. Y mucho menos si después de ello les invita a pasar la tarde con ella junto a un árbol mientras su prenda se seca al sol.

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