22 ago. 2011

Lady Killgrew

Antes de comenzar a narrar los hechos acaecidos a la señora que da título a los mismos, me gustaría dejar claro que yo no soy el autor de los mismos. Simplemente soy el compilador y encargado de ponerlos por escrito. El privilegio de conocer  la historia le corresponde a un personaje que vivía en el apartado pueblecito de la costa de Fife, Escocia. Dicho hombre había trabajado como farero durante muchos años. Es él por tanto el único autor de este relato que tiene como protagonista a dicha dama.  El hecho de ponerlos por escrito se debe a que durante sus últimos años de vida, me refiero a los del señor Jarvis, nombre de nuestro farero,  nunca nadie se molestó en darlos a conocer, y dar un más que merecido reconocimiento a su labor como juglar. Fue a su muerte cuando decidí sacar a la luz, y al juicio de los lectores, las innumerables historias que contaba el bueno de Jarvis. Éste solía acudir a la posada situada en el mismo pueblo costero donde se encontraba el faro. Dicha posada se hizo conocida gracias a él y todos los días estaba atestada de gente a eso de las cinco, la hora predilecta por el farero, para acudir a su cita con una pinta de jugosa cerveza. Era entonces cuando ocupaba su asiento predilecto junto a la pequeña estufa de carbón, y tras comenzar el ritual de encender su pipa y sorber un trago de cerveza, esperaba a que los contertulios allí reunidos le pidieran que narrara alguna de sus muchas aventuras. Yo, era uno de esos contertulios que acudía puntualmente a la cita, para escucharle contar sus cuentos. Era la atracción de aquella aldea. Una especie de novela por entregas que hacía las delicias de chicos y grandes. Y claro,  la afluencia de gente hacía que las arcas del posadero se llenaran día tras día hasta rebosar. Sin duda alguna Jarvis era un reclamo mucho mayor que cualquier atracción turística de la zona. De entre sus muchas narraciones (más de doscientas) he escogido la que hace referencia a Lady Killgrew. Me gustaría insistir, una vez más, en que yo no soy el autor de la misma, y que yo no he vivido las aventuras que voy a relatarles. Todos aquellos que conozcan la historia, o hayan sido participes de la misma podrán dar su opinión, y decidir si es verdad o no lo que Jarvis contó aquel día en una de aquellas reuniones vespertinas.
            Aquella tarde de primavera del año... me encaminé como de costumbre a la posada situada en la costa de Fife. Me encontraba a veinte pasos de la puerta de entrada, cuando ya pude escuchar la algarabía que había en el interior. Abrí la puerta y al momento me encontré envuelto en una espesa nube de humo mezcla del tabaco y de los vapores del alcohol. No hacía mucho frío en la calle, pero la estufa de carbón estaba encendida. A su lado el viejo Jarvis se encontraba acomodado en su sillón fumando su pipa. Lo encontré reclinado contra el respaldo, la cabeza erguida y los ojos cerrados sin duda alguna buscando en el interior de su mente el relato del que nos haría partícipes aquella tarde. Me acerqué a la barra y pedí una pinta de cerveza para que me acompañara durante toda la narración. Era digno de ver el corro de ávidos oyentes que se había formado en torno al bueno de Jarvis. Tuve alguna que otra dificultad en encontrar un tajo sobre el que sentarme, y una mesa sobre la que descansar mi jarra. Los hombres charlaban animadamente mientras aguardaban a que el farero saliera de su trance y comenzara la narración de todas las tardes. De repente, Jarvis abrió los ojos y miró al nutrido grupo de impacientes oyentes. Esbozó una amplia sonrisa y tras una larga chupada a su pipa comenzó su historia. Hay que aclarar que el viejo farero no hacía ningún tipo de preámbulo, ni explicaba el tema de su narración. Simplemente comenzaba sin más y uno tenía que estar muy atento o de lo contrario perdería el hilo.

“La familia de los Killigrew procedente de Cornualles se había caracterizado durante todas sus generaciones por ocupar importantes cargos políticos, militares y diplomáticos al servicio de la Corona. John Killigrew, era vicealmirante de Cornualles y gobernador perpetuo del distrito de... Su padre y su tío habían sido contrabandistas, y su propia madre participaba en el negocio. Entre sus amistades se encontraban personalidades de la categoría de Sir John Wogan, vicealmirante de la flota galesa; o el propio almirante irlandés Munster, quien además era miembro del Parlamento. El negocio de los Killigrew iba desde la construcción de barcos, la provisión de víveres, la contratación y pago de tripulaciones, hasta el almacenaje y pago de los productos obtenidos en los viajes.
“Durante muchos años los contrabandistas al servicio de la familia Killigrew actuaron como es lógico con total impunidad a pesar de la quejas de los propios comerciantes. Fue un golpe de mala suerte lo que propició que la propia hija de la familia Killgrew, Diana, fuera acusada de contrabando
“Fue en el año..., bien no recuerdo exactamente la fecha, pero eso no importa demasiado. Lo que importa es que cierto navío procedente de La Hansa propiedad de unos armadores españoles atracó en el puerto de Falmouth, frente al castillo de Killiecrankie. Nada sospechaban los dos armadores de que en las cercanías los Killigrew acampaban a sus anchas, y para ser más exactos, la hija de los mismos. Diana que se mostraba siempre ociosa y presta a entrar en acción había reunido a un nutrido grupo de hombres fieles en el propio castillo de Killiecrankie aquella misma noche.
“- Escuchad muchachos, O’Rourke ha venido a decirme que un barco procedente de la Hansa cargado de ricas mercancías ha atracado en el puerto. Y que sus armadores, españoles, descansan plácidamente en la posada. Esta noche mientras  duermen nosotros nos apoderaremos del navío.
“- Será pan comido –dijo un gigante de casi dos metros sin un pelo en la cabeza y con un reluciente aro de oro en su oreja izquierda al tiempo de se frotaba las manos.
“- No debemos fiarnos Devon. Aún no sabemos cuantos hombres se han quedado a bordo de la nave. Es mejor ir preparados para lo peor. Tened en cuenta que opondrán resistencia.
“- No os preocupéis –dijo John Sally extrayendo su daga de dos filos de su vaina, y acariciándose el rostro con ella.- ¿Y el botín?
 “- Lo traeremos al castillo. Ya habrá tiempo de repartirla. Y ahora en marcha. El tiempo apremia. 
“De este modo milady Killigrew y sus contrabandistas abandonaron el castillo al amparo de la noche. La suerte se alió con ellos pues las nubes ocultaban la luna e impedían que su luz se posara sobre el grupo de malhechores. Diana Killigrew era una mujer valiente y decidida que no se echaba atrás ante nada ni nadie. Vestía una camisa de lino blanco bastante holgada, unos pantalones anchos de color oscuro y botas altas. Una casaca de color verde abotonada la protegía del frío. Tenía el pelo cobrizo y los ojos verdes aguamarina. Demasiado hermosa para dedicarse a saquear barcos, le dijeron a su padre en una ocasión unos tratantes en nómina de los Killigrew.
“Con paso lento pero firme avanzó pistola en mano hacia el muelle donde estaba atracado el majestuoso navío. Era una nave de tres palos y dos puentes. El velamen recogido como manda la maniobra. Veinte portañolas con sus correspondientes bocas de fuego ocultas eran las defensas con las que contaba. No demasiadas para hacer frente a los barcos piratas y corsarios que navegaban por aquellas latitudes.  Los hombres se arrojaron a las gélidas aguas y nadaron en dirección a la nave la cual alcanzaron sin gran esfuerzo aparente.  Una vez que lograron encaramarse sobre la borda comenzaron a desplazarse por la cubierta con el mayor sigilo posible, pues los marineros yacían dormidos unos contra otros. Sin embargo, uno de ellos despertó y consiguió dar la alarma.
“- ¡Piratas!  ¡Están abordando el barco! ¡Arriba compañeros!
“Lady Killigrew reaccionó rápido y de un certero disparo hirió de muerte al marinero. Pronto se entabló una lucha sin cuartel en la que los hombres se esforzaban por no caer bajo la espada de su adversario. Lady Killigrew resultó ser una experta con la espada y pronto hirió en el pecho al marinero que se batía con ella dejándolo muerto sobre la cubierta. El fragor de la batalla terminó pronto, pues los contrabandistas superaban en número a los hombres del navío español. Cuando tan sólo quedaban en pie media docena de ellos lady Killigrew dio órdenes a sus hombres para que detuvieran la pelea, con el fin de hacer confesar a los marineros donde se encontraba el botín. Se acercó con paso firme y seguro hacia uno de ellos mientras amartillaba su pistola y la dirigía hacia aquel.
“- ¿Qué mercancías lleváis a bordo? ¿Oro? ¿Joyas?
“- Poca cosa señora, telas, vino, frutas...–respondió titubeando el marinero cuyo sudor comenzaba a empaparle la camisa.
“Lady Killigrew hizo un gesto a uno de sus hombres para que registrara los camarotes.
“- Si me habéis dicho la verdad quedaréis libre, pero si me habéis mentido os colgaré a todos del palo de mesana.
“Al instante Devon apareció con un enorme cofre a cuestas. Al verlo Lady Killigrew volvió al mirada hacia el marinero, quien temblaba mientras era sujetado por dos hombres.
“- Aún podéis salvar la vida si me entregáis la llave que abre ese cofre.
“- Yo no la tengo. Lo juro –dijo suplicando el marinero.
Lady Killigrew apuntó su pistola hacia la cerradura del cofre haciéndola saltar por los aires de un certero disparo. De inmediato quedó abierto expuesto su contenido de monedas de oro y plata, ricos y finos collares, majestuosas pulseras y toda una variedad de piedras preciosas y baratijas.
“- Colgadlos –fue la última orden que dio lady Killigrew antes de abandonar la nave. Cuando arribaron al muelle y dirigieron la mirada hacia atrás una estampa fantasmagórica los sobrecogió. Los hombres se balanceaban del extremo de una soga que pendía de las vergas.
Luego, en el castillo.
“- Quietas las manos. Lo difícil no es dar el golpe, sino saber esperar para repartirse el botín. Por la mañana descubrirán lo ocurrido y las sospechas recaerán sobre nosotros. Ahora marcharos mientras yo lo escondo aquí. Y procurad que nadie os reconozca.
“Al momento, los hombres abandonaron el castillo a galope sobre veloces caballos. Lady Killgrew salió detrás con un buen bolso de monedas y partió en dirección contraria a sus hombres. Uno de los marineros que había sobrevivido a las heridas recibidas en la pelea consiguió llegar al pueblo a duras penas y dar la voz de alarma. Los armadores, alertados por su voz, se dispusieron a socorrerlo, para posteriormente tomar cartas en el asunto. El marinero resistió el tiempo suficiente para narrar lo ocurrido, y entre quejidos y lamentos pronunciar el nombre de lady Killgrew. Por su parte, la afamada contrabandista se encontraba lo bastante lejos del pueblo como para saber que había sido delatada por un moribundo. Los pasquines con su rostro impreso, y la consiguiente recompensa se extendieron por todo el territorio hasta que uno de ellos cayó en manos de la propia lady Killigrew.
“Mientras, su padre recibía en sus oficinas la visita de los dos armadores españoles dispuestos a presentar una queja y a pedir responsabilidades. Cuando hubieron terminado de narrarle la historia John Killigrew quedó tan sorprendido que no pudo dar crédito a tales comentarios. Sin embargo, les prometió que investigaría el asunto. Para entonces su propia hija había pasado a Irlanda y  John Killigrew no hacía nada para entregar a su hija a la justicia.
“-¿Cómo voy a entregarles a mi propia hija? –le decía a su mujer.


“El tiempo pasaba y los armadores españoles no obtenían ninguna respuesta satisfactoria por parte de John Killigrew, quien respondía siempre con evasivas. Viendo que nada conseguían apelaron a la justicia inglesa, que de inmediato tomó cartas en el asunto. No querían que los piratas empañaran las buenas relaciones existentes entre  la corona inglesa y la española, así que se enviaron espías a todos los lugares del reino incluidos los más recónditos para encontrarla. Uno de estos espías vino a parar a Irlanda, donde lady Killgrew vivía apartada del contrabando llevando una vida honrada y haciéndose llamar Edith O’Hara. Ahora, frecuentaba los bailes y las reuniones de la alta sociedad debido a parte del botín que había escondido lejos de sus hombres.
“Sucedió que en una de estas reuniones entabló amistad con un joven apuesto de la capital quien no ocultaba su interés por ella, y se las arreglaba para coincidir en varias de esas reuniones sociales en los clubes. Una tarde lluviosa de otoño lady Killigrew y el joven apuesto tomaban el té mientras charlaban amistosamente.
“- Aún no me habéis dicho si vuestro corazón está ocupado señorita O’Hara –le dijo el joven con una sonrisa irónica.
“- Sois demasiado directo, monsieur –respondió lady Killigrew con un tono que denotaba cierta coquetería propia de una mujer que se siente atraída por un hombre.
“- Sólo quiero conoceros, y saber cosas de vos. Claro que si os he ofendido...- se disculpó el joven.
“Pero lady Killigrew no respondió, sino que se limitó a juguetear con su abanico a modo de  seducción.
“A medida que pasaban los días las visitas del apuesto joven se hacían más y más frecuentes, lo que complacía a lady Killigrew. Cierta noche el caballero pasó a recogerla para acudir al baile que lady Margaret de Longchamps y su marido, el embajador, daban con motivo de sus bodas de plata. Toda la alta sociedad irlandesa acudió a tal evento deseosa de conocer los últimos chismorreos de la capital. Cuando lady Killigrew entró en el gran salón todas las miradas se posaron sobre su vestido ricamente engalanado. Un corpiño adornado de pedrería cubría la parte superior del cuerpo. No tenía mangas y se abrochaba a la espalda dejando al descubierto sus suaves, pero fuertes brazos. El resto del vestido tenía forma de campana y le llegaba hasta el suelo ocultando sus zapatos. Todo de fina gasa en el mismo tono que el corpiño. Un collar de esmeraldas, a juego con los pendientes, caía en cascada sobre su pecho  realzando aún más su belleza. Durante gran parte de la noche fue la mujer más solicitada y cada uno de sus compromisos de baile. Cuando finalmente quedó libre pudo bailar con su acompañante, sin imaginar la sorpresa que le tenía deparado el destino. Durante la primera parte del vals el joven permaneció callado mirando atentamente los bellos ojos de su pareja. Lady Killigrew le correspondía devolviéndole en todo momento la misma mirada hasta que por fin cansada y algo nerviosa por el silencio de su amigo le preguntó que le ocurría aquella noche.
“- No sois el mismo de días pasados, monsieur.
“- Tampoco vos sois la misma –dijo en tono frío y cortante.
“- No os entiendo –se excusó ella mientras sus mejillas comenzaban a sonrojarse.
“- ¿Cómo debería llamaros?
“- Sigo sin comprender vuestros acertijos, acaso se trate de un juego nuevo.
“- No finjáis conmigo señorita O’Hara, o debería llamaros  Lady Killigrew.
            “La sola mención de su verdadero nombre hizo que ella se agitara entre sus brazos. Sus mejillas mudaron el color pasando del sonrojo a una extrema palidez. Se soltó de sus brazos, y dando un paso atrás intentó mantener la compostura.
            “- ¿Cómo habéis descubierto mi verdadero nombre?
            “- He hecho mis indagaciones y el resultado de las mismas me ha conducido a vuestro verdadero nombre, y... a vuestra persona.
            “- Me habéis estado espiando –dijo entre dientes mientras sus puños se cerraban hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
            “- Era mi deber –le explicó.
            “- ¿Vuestro deber? –le preguntó extrañada.
            “- Soy el enviado del gobierno encargado de averiguar donde os ocultabais.
            “- De acuerdo. Ya me habéis encontrado. Y ahora, ¿vais a entregarme? –le preguntó con gesto altivo.
            “El joven la miró durante unos segundos en silencio. Su corazón y su cabeza se batían en duelo. La pasión y la obligación. ¿Entregaría a la mujer que amaba? ¿La mujer con la que había compartido todos aquellos maravillosos meses?
            “- Será mejor que os marchéis de Irlanda. Hay gente que cree haberos descubierto, y no dudaría en poneros grilletes. Al amanecer zarpa un barco rumbo al Nuevo Mundo. Idos antes de que me vea obligado a cumplir con mi deber –le dijo desviando su mirada.
            “Esas fueron las últimas palabras que pronunció aquel joven antes de dar media vuelta y abandonar la fiesta. Justo cuando se giraba creyó escuchar a su espalda una voz que le decía.
            “- Perdonadme. “

            En este punto el viejo farero detuvo su narración para quedarse mirando en un punto fijo. Todos los que allí estábamos permanecimos expectantes esperando a que continuara, y nos dijera como acabó sus días lady Killgrew, pero no volvió a abrir la boca. Fue entonces que uno de los que allí estábamos lleno de curiosidad le hizo la pregunta que todo deseábamos hacerle, pero que no nos atrevíamos. 
            - ¿Qué fue de lady Killgrew?
            El farero pareció despertar de su sueño, y volver al mundo real. Dio una profunda bocanada a su vieja pipa, y mirando al joven le respondió:
            - Nunca más supe de ella.
            - ¿Y el joven?
            - Después de este episodio decidió abandonar el trabajo al servicio del gobierno y retirarse a un lugar apartado en un intento por olvidar a aquella hermosa mujer. Dicen de ella que fue arrestada, y condenada a juicio por piratería y contrabando. Pero posteriormente fue indultada por ser mujer.
            - ¿Vos la conocisteis? –le preguntó un chiquillo de no más de catorce años con el rostro lleno de pecas, y vivos ojos.
            El farero volvió a quedarse mudo. Volvió a aspirar su pipa y sonrió mirando al chavalillo que aguardaba impaciente la respuesta.
            - ¿Qué si la conocí? –le preguntó extrañado mientras se levantaba de su asiento junto a la estufa. Apagó su pipa con unos leves golpecitos sobre la palma de su mano izquierda, y caminó hacia la puerta pasando entre todos los clientes, que miraban expectantes al viejo farero. Cuando llegó a la puerta se volvió hacia su audiencia y dijo.- Creí conocerla.- Y con esas palabras salió de la taberna cerrando la puerta detrás suyo.  

Literatura Virtual, Mejico, Octubre, 2010.

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