30 ene 2012

Aventuras de Sigfrido

(Narrado por el librero Allofs)
Aquella tarde Jorg encaminó sus pasos hacia la única librería que había en el pueblo. Necesitaba comprar un bloc nuevo puesto que el primero ya estaba completo con los relatos escritos durante los casi dos meses que llevaba residiendo en el pueblo. La Navidad se acercaba y no había tenido tiempo de pensar en qué podría regalar a Heinrich, Flora e Ingrid. De manera que había decidido dar una vuelta por el pueblo. Pero a cada paso que daba se encontraba con algún vecino que lo paraba para charlar con él. Algunos le preguntaban por el estado de su colección de relatos e historias de aquellos parajes. Otros simplemente a preguntarle si acudiría a la fiesta de Navidad en la taberna. Cuando por fin se vio libre de todos ellos penetró en la vetusta librería del señor Allofs, quien sonrió complacido al verlo entrar.
- Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? –dijo extendiendo los brazos.- Pasa muchacho, pasa.
- Venía a comprar un cuaderno nuevo. El anterior ya lo he terminado con mis notas sobre los relatos.
- ¿Tantos tienes ya? –le preguntó un sorprendido Allofs. Éste era un hombre de unos cincuenta años, no más. El rostro sonrosado y los ojos claros. Sus cabellos habían comenzado a volverse blancos, dejando el color rubio sólo para aquellos que aún se resistían al paso del tiempo.
- Sí, la verdad es que en todo este tiempo que llevo en el pueblo no he dejado de recopilar historias. Lo cierto es que al final tendré que seleccionar las que más me gusten. O bien recopilarlas en dos volúmenes diferentes.
- El folclore en estos lugares es muy abundante. Estoy seguro de que no habrá nadie que no te haya contado una historia –apuntó mientras se volvía para buscar un bloc.
Por unos instantes Jorg curioseó entre los diversos libros y folletos que había en las estanterías. Extrajo uno de ellos que respondía al nombre del célebre héroe alemán, Sigfrido y comenzó a hojearlo. Cuando el señor Allofs regresó con el bloc, Jorg seguía aún absorto en la lectura del volumen.
- Veo que has encontrado algo de tu interés –señaló el librero.
- Nada fuera de lo común. Es un libro que habla de Sigfrido.
- Sí. He tenido la ocasión de leerlo.
- ¿Lo has hecho? –le preguntó Jorg cerrándolo y devolviéndolo a su lugar en la estantería.
- Pues claro. ¿Qué te pensabas? ¿Qué sólo me dedico a venderlos? –le preguntó contrariado por su reacción cuando le dijo que lo había leído.- El buen librero debe conocer en profundidad el material que ofrece. Y a ser posible haber leído todos y cada uno de los libros que vende, o la gran mayoría.
- ¿Y qué opinión le merece?
- Bueno, no está mal, aunque le faltan algunas historias que circulan de boca en boca en torno al héroe Sigfrido.
- Sí, suele pasar –asintió Jorg.- Una recopilación nunca está completa.
- Cierto. Pero es una pena que la historia de cómo conoció a Bruñilda no sea exactamente como la relata.
- ¿Ah no? Pero yo pensaba que...
- No mi querido amigo. La historia de cómo Sigfrido conoció a Bruñilda y lo que sucedió después de hacerlo en poco o nada tiene que ver con la versión descrita en el libro. ¿Te apetecería oírla? –le preguntó con una sonrisa sagaz el librero.
- Pues claro –asintió Jorg abriendo el cuaderno dispuesto a tomar notas.
El señor Allofs sonrió al verlo predispuesto para ello.
- Veo que he despertado tu curiosidad... Entonces escucha...

“Sigfrido, glorioso nombre que pronunciamos con fervor haciendo referencia a la encarnación de la belleza y del bien. Durante siglos, se han contados historias y se han recitado poemas y cantos alabando sus aventuras. Ensalzando sus victorias. Debes saber que su nombre procede de una pequeña ciudad de nombre Xanten, que significa “paz para los santos”.
En los días a los que mi historia se refiere una poderosa fortaleza se erigía en el centro de Xanten. Un rey llamado Siegmund vivía con su esposa Siegeline y su hijo Sigfrido. Cuando era un muchacho Sigfrido ya poseía una fuerza y bravura sin igual, así como su mente. Cuando contaba con tan sólo trece años era imposible tenerlo encerrado en casa pues anhelada emular a los grandes héroes de la Grecia clásica: Aquiles, Héctor, o Hércules. Escuchaba con gran atención las antiguas canciones y leyendas que recitaban los juglares en el castillo de su padre, y en muchas ocasiones deseaba ser él el protagonista de éstas. Su imaginación se llenaba de numerosas aventuras tras las cuales regresaba victorioso al hogar. Se sentía fuerte e inteligente en ambas proporciones, y su ansiedad por alcanzar cotas de gloria era desmedida. Pronto encontró la oportunidad de demostrar su valía.
Al pie de las Siete Montañas vivía un consumado armero llamado Miner. Conocido en aquellas tierras por ser el más afamado forjador de espadas. Sigfrido gustaba de este oficio y solicitó al armero que lo pusiera a su servicio para aprender el oficio, para poder forjarse así mismo su propia espada.
- Está bien –le dijo el armero- pero no tengo dinero para pagarte por tus servicios.
- No es dinero lo que quiero, sino forjar mi propia espada –le explicó Sigfrido.
- En ese caso... –comentó el armador encogiéndose de hombros.
Pronto se hizo conocida la descomunal fuerza que poseía Sigfrido. El chico, en ocasiones no conociendo el límite de ésta, golpeaba tan fuerte el hierro que lo partía teniendo que empezar de nuevo. Había ocasiones en las que no sabiendo como estar ocioso, cogía a sus compañeros de trabajo en alto y los levantaba sin mayor esfuerzo que levantar una pluma para cualquier otro hombre. Luego los dejaba caer sin tener en cuenta el daño que la caída les producía dejando su cuerpo magullado y herido con diversos cardenales y señales sobre éste. En una ocasión golpeó e hizo añicos la barra con la que estaba trabajando, y golpeó el yunque enviándolo al suelo con un solo golpe.
El armero lo contemplaba asombrado por la fuerza que disponía el joven muchacho, casi podría decirse que era sobrenatural. Pensando que aquella fuerza podría volverse contra él o contra los demás trabajadores decidió deshacerse de él. Por este motivo concibió un plan para matarlo.
Se decía que cerca de aquel lugar habitaba un dragón que mataba y después se comía a todo viajero que pasaba cerca de su cueva. Mimer ordenó a Sigfrido ir al bosque en busca de leña para quemar en el horno, sabiendo que tendría que cruzar por la cueva del dragón y con ella no regresaría:
- Quiero que vayas al bosque y traigas leña para la marmita.
- No hay problema. Tardaré poco –le dijo el muchacho confiado, y sin imaginar la sorpresa que le tenía aguardando.
Encaminó sus pasos hacia el bosque de manera resuelta, sin sospechar nada. Pero de repente el dragón apareció cerca de él caminando de manera silenciosa. Curvando su cuerpo abrió su boca enseñando sus mandíbulas con intención de devorar a Sigfrido. Los ojos de éste brillaron con una mezcla de emoción y sorpresa ante la expectativa de un enfrentamiento con el dragón. Sin dudarlo ni un solo instante, cogió una vara de leña y golpeó con ella al dragón en la boca. Gimiendo de dolor el dragón se volvió sobre sus pasos, pero al momento volvió a atacar a Sigfrido. Esta vez con mayor ansia debido a la ira que sentía por el golpe recibido. Pero Sigfrido evitó su ataque saltando hacia un lado, para posteriormente golpear al animal en la cabeza con una roca que acababa en punta. Una vez que el dragón estuvo aturdido por el golpe, Sigfrido cogió su espada y cortó la cabeza de la bestia. Minutos más tarde con el montón de leña que había reunido preparó una fogata a la que arrojó la cabeza del dragón.
Mientras contemplaba como el fuego devoraba la cabeza del animal, un pájaro que había posado sobre un árbol cercano cantó alegremente. Sigfrido lo escuchó detenidamente y entendió las siguientes palabras:
- Si quieres convertirte en un ser invencible, despójate de tus ropas y úntate con la grasa del dragón.
Sigfrido no se lo pensó dos veces y siguiendo las indicaciones del pájaro se untó todo el cuerpo con la grasa del dragón. Pero cuando lo estaba haciendo una hoja de un árbol voló hasta posarse entre sus hombros. Aquella parte del cuerpo del héroe quedó sin untarse en grasa volviéndola más vulnerable. Cuando hubo concluido, cogió la cabeza del dragón y regresó al taller del armero. Cuanto más se acercaba a éste, más crecía su ira, pues intuía que el armero era conocedor de la existencia del dragón, y que había querido que éste lo matara.
Por su parte, Miner había visto a Sigfrido avanzar hacia él con determinación, y no le había gustado para nada la expresión de su rostro. Se sobresaltó cuando vio el trofeo que portaba, y que no era otro que la mismísima cabeza del dragón. Rápidamente corrió a esconderse pues era consciente del enfado de Sigfrido.
- ¡Miner! ¡Miner! ¿Dónde te has metido? –gritaba Sigfrido mientras dejaba la cabeza del dragón sobre el suelo y comenzaba a mover todos los utensilios, que había en el taller de un lado a otro.
 Pero por más que lo buscó no consiguió encontrarlo por ningún lado y decidió emprender su camino. Viajó durante bastante tiempo sin a penas descanso. Recorrió valles. Ascendió montañas. Cruzó ríos. Se embarcó con su caballo hasta llegar a una costa lejana y desconocida para él. El noble animal ascendió una montaña rocosa hasta su cima donde encontraron un castillo rodeado por una muralla de llamas. Sigfrido sintió curiosidad por saber quien habitaba en el castillo, y porqué éste aparecía protegido por las llamas. Durante unos momentos meditó qué podía hacer. Justo el tiempo en el que una voz le dijo:
- Rompe el encantamiento. Atraviesa las llamas con determinación. La más hermosa doncella será tu recompensa.
El joven y valiente Sigfrido no  se lo pensó dos veces y con determinación indicó a su montura que siguiera adelante, y atravesara la muralla de fuego. Una vez cruzada la muralla las llamas desaparecieron. El encantamiento fue derrotado, y Sigfrido se encontró ante la más impactante fortaleza que jamás había contemplado. De muros anchos y robustos, y altas torres de vigilancia. No había señales de seres vivientes cuando cruzó el puente levadizo que conducía hacia su interior. Se adentró en numerosas habitaciones, recorrió numerosos pasillos, ascendió y descendió escaleras. Estaba harto de caminar de un lado para otro buscando a la doncella que había indicado la voz cuando por fin la encontró. Sobre una exquisita y ricamente adornada cama yacía la forma más delicada y hermosa de una joven. Sus cabellos se asemejaban al oro bruñido y estaba adornado con piedras preciosas. Estaba vestida con los ropajes más caros y relucientes que él jamás había visto. Lentamente se acercó hasta el lugar. Hasta que las puntas de sus botas rozaron la cama. Por unos momentos Sigfrido no supo que hacer. No se movía. Se limitaba a contemplar a la dama con admiración. Y cuando sus ojos se posaron en sus sonrosados labios sintió enormes deseos de besarla. Se inclinó sobre éstos y los cubrió con delicadeza con un beso apasionado y lleno de amor. La joven, Bruñilda cuyo nombre conocería más tarde, abrió los ojos a los pocos momentos, al mismo tiempo que el castillo parecía cobrar vida. De repente aparecieron sus habitantes rica y elegantemente ataviados.
Todos quisieron que Sigfrido permaneciera en el castillo, el cual había sido prisionero de un encantamiento. Pero Sigfrido, lejos de aceptar tal propuesta decidió rechazarla y partir en busca de nuevas aventuras, eso sí, prometiendo regresar junto a la joven Bruñilda.

- Como ves, mi querido amigo,  -continuó diciendo el librero- Sigfrido no se quedó con Bruñilda, sino que su espíritu indomable y aventurero le empujó a buscar nuevas aventuras.
- Me recuerda en cierto modo a Hércules y sus doce trabajos –apuntó Jorg.
- Sí, bien pudiera parecerse. No en vano Sigfrido siempre fue considerado como un héroe, e incluso una especie de dios para el folclore alemán.
- ¿Conoce alguna aventura más de Sigfrido?
- Bueno, verás, son muchas las canciones, y leyendas que se le atribuyen. Algunas de las cuales no pasan por ser meras invenciones. Otras en cambio no fueron vividas por él, pero se le atribuyeron en sus días para realzar su valor, y el de la propia aventura. No obstante si siguiéramos profundizando en su vida y sus acciones veríamos que las aventuras de Sigfrido están plagadas de alegría, tristeza, pasión, amor, llanto, muerte, odio, heroísmo, cobardía en definitiva todas las características propias de cualquier ser humano. Hasta llegar a la última leyenda en la cual Sigfrido termina envuelto en un velo de pena.
- ¿Está aquí? –preguntó Jorg levantando en alto el ejemplar que había tomado de la estantería.
- Por supuesto. Aunque son muchos los que aseguran que su triste final no es sino una invención de alguien a quien no le cayó muy bien.
Jorg lanzó una furtiva mirada al libro y luego de devolverlo a su lugar sonrió al librero.
- Espero que te haya servido.
- Claro. Estoy copiando todas y cada una de las historias que me cuentan.
- Ardua tarea joven amigo.
En ese momento un cliente entró en la librería y Jorg hubo de despedirse hasta otra ocasión. Estaba satisfecho con el nuevo relato que hacía el número diez de su recopilación. No sabía a ciencia cierta cuantos relatos podía o quería reunir; pero cuantos más tuviera más posibilidades tendría de escribir un segundo volumen. Lo cierto es que lo que en un principio comenzó como una broma, o una especie de juego, se estaba convirtiendo en algo personal y con lo que estaba disfrutando. Pero si había algo que le hacía disfrutar más, era la compañía de Ingrid. Y a medida que encaminaba sus pasos hacia la posada y la contemplaba a través de la ventana de ésta, más reconfortado se sentía y más dichoso.
- Sí, -se dijo- es una suerte que perdiera el tren a Frankfurt.

5 ene 2012

El dragón de Drachenfelds

(Narrado por Brigitte la bibliotecaria)

No tardó mucho tiempo Jorg en encaminar sus pasos hacia la biblioteca del pueblo. Una vez finalizado su almuerzo. Un edificio vetusto de piedra adornado con diversos blasones en las esquinas de la fachada, y tejado de pizarra en color negro acabado en punta. La puerta de doble hoja estaba construida toda en madera y ribeteada con clavos, y por supuesto el escudo de armas de la localidad. Jorg leyó la placa de latón en la que estaba inscrito el horario de apertura y cierre de la biblioteca. Consultó su reloj y se dio cuenta que acababa de abrir, tras la pausa para el almuerzo. Entró en la biblioteca avanzando por un pasillo largo de cuyas paredes colgaban diversos mapas y fotografías de célebres escritores alemanes. El silencio era total y a penas si se escuchaba el sonido que emitían las páginas cuando eran pasadas. Se acercó hasta el mostrador, donde una mujer de cabellos claros recogidos en lo alto con un lapicero leía atentamente a través de sus gafas. No se percató de la presencia de Jorg hasta que éste se dirigió a ella.
- Buenas tardes, desearía hablar con Brigitte, la bibliotecaria –le informó en un susurro.
La mujer levantó la mirada del libro para clavarla en la persona que había allí de pie frente a ella.
- Soy yo. ¿Qué desea? –le preguntó mientras se quitaba las gafas y las dejaba sobre el mostrador.
- Me llamo Jorg, y me envía Matthias.
- ¿Eres el recopilador de historias del Rin? –le preguntó abriendo sus ojos al máximo, sorprendida en cierto modo de que estuviera allí.
- El mismo.
- ¿Qué deseas? –le preguntó poniendo toda su atención en él        
- Como te dije me envía Matthias.
- ¿Y qué es lo que quiere? –le preguntó entrecerrando sus ojos mientras cerraba el libro y centraba su atención en Jorg.
- Me ha dicho que viniera a verte y te preguntara por las historias que conoces.
Brigitte sonrió de manera irónica y asintió.
- Vaya, vaya con Matthias. De manera que te envía para que te cuente alguna de las historias que conozco sobre el valle del Rin.
- Si es mal momento, o...
- No, no. Nada de eso, muchacho. A estas horas nadie viene. Están reposando el almuerzo.       
- Si no es molestia
- Pues claro que no –le dijo agitando la mano delante de él como si quiere restar importancia a este hecho.
Jorg se quedó satisfecho. Y mientras aguardaba a que Brigitte regresara deambuló entre estanterías curioseando acerca de los ejemplares que allí había. La biblioteca no era muy grande, aunque acogedora. Había mesas para que la gente que acudiera pudiera sentarse a leer durante el horario de apertura. Contaba también con una pequeña sala de consulta enfocada a la historia del país.
- Bueno, pues cuando quieras –escuchó que le decía Brigitte a su espalda.- Podemos sentarnos en una mesa, si prefieres.
Jorg siguió las indicaciones de la bibliotecaria. Una mujer de avanzada edad vestida con una traje de chaqueta y falda en color azul oscuro. Sobrio, pero elegante. Tomaron asiento y Jorg abrió su cuaderno para tomar notas.
- Veo que tienes unos cuantos relatos –señaló Brigitte mirando al cuaderno.
- Sí, he recopilado algunos. Pero creo que aún son insuficientes.
- ¿Piensas recopilarlos todos? Te advierto que eso es prácticamente imposible –exclamó una divertida Brigitte.
- Sólo hasta que considere que poseo una cantidad suficiente para publicarlos. Siempre se puede escribir un segundo e incluso un tercer volumen.
- Está bien. Veamos... ¿alguien te ha relatado la historia del dragón de Drachenfelds?
- No, nadie –respondió muy seguro.
- Bien, entonces vas a oírla por primera vez. ¿Te apetece un café antes de que empiece? –le preguntó levantándose de su asiento para ir hacia una cafetera, que había encendida, y que se encontraba sobre un mueble bajo.
- Gracias.
Fue cuestión de varios minutos que Brigitte regresara con sendas tazas de café, cucharillas y sobres de azúcar. Volvió a acomodarse en asiento y cerrando los ojos comenzó a hablar de nuevo.
- ¿Por dónde íbamos? –se preguntó así misma.- Ah, sí, ya recuerdo... La historia del dragón de Drachenfelds.

Se dice que cuando el viajero abandona la ciudad de las Musas, puede ver a su izquierda las poderosas cumbres de las Siete Montañas. Y en la cumbre de la más alta se encuentra enclavada la torre de un antiguo castillo en torno al que se ha tejido esta leyenda, y cuyo nombre aún pervive.
Fue hace muchos siglos cuando los Germanos habitaban en la margen izquierda del Rin. En esos mismos días un fiero y terrible dragón habitaba en lo más profundo de la montaña. Los habitantes cercanos a esta sentían pavor cuando la bestia abandonaba su morada y se adentraba por valles y bosques en busca de sus víctimas. Todo intento por conseguir someterlo fue inútil. No había fuerza posible que consiguiera acabar con el dragón. Los sacerdotes de las tribus germanas consideraron que debía tratarse de algún tipo de deidad, y que estaba enfadada con ellos. Para calmarla decidieron ofrecerle sacrificios humanos.

La voz de Brigitte era pausada y melodiosa como si fuera una especie de encantamiento. Su forma de narrar la historia en poco o nada se parecía a lo que Jorg había escuchado hasta entonces. Ello convertía la leyenda del dragón en una de las más queridas por él al final del libro.
           
“En un principio decidieron que dicho sacrificio serviría para ajusticiar a los criminales y a los prisioneros romanos.

- Recuerda que estamos en los años en los que las tribus germanas en las montañas. En el lugar al que las legiones romanas los habían empujado, y que las continuas escaramuzas entre germanos y las legiones de Roma eran algo muy frecuente –le explicó a Jorg para situarlo históricamente en el período de la narración.
Éste asintió agradeciendo su explicación.

Pues bien, llegó un momento en el que la paz se firmó con Roma, y los prisioneros de guerra comenzaron a escasear hasta que finalmente no hubo ninguno. Fue entonces cuando los guerreros germanos de esta tribu comenzaron a adentrarse en otros territorios deseosos de hacer la guerra con las tribus vecinas. De esta manera volverían a obtener prisioneros para sacrificarlos ante el dragón. Sucedió que en la última de sus incursiones encontraron una joven doncella cuya belleza llamó la atención de los dos líderes de la tribu. El primero de ellos se llamaba Osrich, famoso jefe conocido por tener la fuerza de un oso y la ferocidad de un tigre; el otro era Ringhol, igual de valiente que el otro, pero de naturaleza más tranquila.

Hasta ese momento Jorg no había dicho nada y seguía anotando en su cuaderno aquellas notas, o información que le servían para después tejer la trama él mismo.

“La joven doncella intentó alejarse de ambos jefes cuando los vio avanzar decididos hacia ella. En sus rostros podía leer su codicia por poseerla; y sus miradas expresaban el deseo lujurioso. Pronto se entabló una batalla entre ambos jefes por ver quien sería el dueño de la muchacha.
-  Te la cambio por mi parte del botín –le dijo Ringhol señalando un montón de baratijas.
- No –comentó Osrich con determinación.- Yo soy el mayor de los dos y me corresponde a mí. Además, yo soy el jefe supremo.
- Yo he luchado igual que el más valiente de los hombres. Me la he ganado por derecho –le espetó un encolerizado Ringhol encarándose con él mientras su mano se acercaba peligrosamente a la empuñadura de su espada.
Dicho enfrentamiento provocó que las fuerzas se dividieran y que la mitad de los hombres se inclinaran en apoyo de Osrich, y la otra mitad hacia Ringhold.  El primero la reclamó para él y los hombres lo jalearon y clamaron que tenía razón por ser el mayor. Ringhol la reclamó para sí también, y recibió el apoyo de sus partidarios.  Aquella situación amenazaba con acabar con un río de sangre, mientras la joven permanecía asustada temiendo a ambos dos por igual.
En ese momento el sumo sacerdote de la tribu hizo su aparición en mitad de los dos contendientes. Se trataba de un hombre de cabellos y barba blanca como la nieve.  Al momento se hizo el silencio y todos se dispusieron a escucharlo. 
- Maldito aquel extranjero que siembre la discusión y la separación entre nuestros dos valerosos jefes. Y menos si se trata de la hija de nuestros enemigos –clamó señalando a la joven doncella, quien al momento se sintió cohibida, aterrada al ver los llameantes ojos del druida fijos en ella, y su dedo acusador señalándola.- Según nuestras leyes, el autor de dicha disputa debe ser sacrificado ante el dragón a la salida del sol
En ese momento el clamor y el griterío de los hombres de la tribu se dejó escuchar como el trueno que anuncia la tormenta.
- ¿Y los dos guerreros? ¿No intercedieron a favor de la joven muchacha? –le preguntó Jorg interrumpiendo la narración de Brigitte.
Ésta sonrió complacida por ver el interés que la narración de la historia estaba despertando en Jorg.
- Ten paciencia –fue su respuesta mientras esbozaba una sonrisa y proseguir la narración.

“Los dos hombres se miraron. Osrich parecía estar satisfecho con la decisión tomada. Mientras, Ringhold, el joven y orgulloso jefe, parecía apenado por el destino que debería correr aquella muchacha de rostro angelical. En un arrebato de furia se adelantó y clamó con voz potente.
- No lo permitiré.
Todos los miraron confundidos. ¿Como atrevía a oponerse a la sentencia del druida? E incluso Osrich lo contempló como si no lo reconociera.
- No puedes oponerte al deseo del druida –le dijo.
- No consentiré que la muchacha sea sacrificada vilmente a la bestia.
- ¿Y qué sugieres? –preguntó el druida dando un paso adelante hasta quedar frente al joven guerrero.
- Yo ocuparé su lugar –le respondió con decisión.
De nuevo el clamor de la gente se escuchó por encima de las palabras del propio druida.
- ¿Pretendes sacrificarte por ella?
- Así es.
- No puedes –terció Osrich.- Pero puedes hacer una cosa.
La muchacha prestaba toda su atención en esos momentos deseando saber cual iba a ser su más inmediato futuro. Miraba al joven guerrero con un sentimiento de cariño y ternura en su pecho. Pero al mismo tiempo de temor por quererse sacrificar por ella.
- Creo que podremos hacer algo mejor –comenzó explicando Osrich.- ¿Por qué no luchas con el dragón? –le preguntó con toda intención sabiendo que no lo haría. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando escuchó la respuesta de Ringhold.
- Acepto.
- Pero, para que la lucha sea más interesante, ataremos a la joven a un poste. De ese modo, si tú mueres el dragón la devorará. ¿Qué te parece?-le sugirió Osrich.
El júbilo se extendió por todos los seguidores de éste, quien sonreía de manera maquiavélica. Después se volvió hacia el druida esperando su consentimiento, el cual no tardó mucho en llegar. Asintió una sola vez al tiempo que cerraba los ojos.
De este modo, la suerte de la joven muchacha quedó ligada a la destreza del joven guerrero. No había despuntado el alba del nuevo día cuando el valle mostraba signos de actividad humana. Una procesión avanzaba a través del bosque serpenteando por su camino. Al frente de ésta caminaba el druida y detrás la víctima junto a su paladín. La joven llevaba una corona de flores sobre su cabeza. El joven guerrero caminaba a su lado y de vez en cuando lanzaba furtivas miradas hacia ésta para contemplar, no sólo su estado de ánimo, sino su belleza. Estaba dispuesto a matar al dragón para liberarla. Y una vez que lo hubiera hecho le pediría que se marchara con él lejos de aquellos bosques de Germania.
Llegaron al lugar del sacrificio el cual había sido deshonrado por la sangre humana en numerosas ocasiones. El fanático druida, ayudado por sus acólitos, procedió a atar a la muchacha al poste. Ningún síntoma de debilidad fue patente a los ojos de los allí reunidos. Ni un solo gemido, o protesta. Era como si aceptara su destino, o como si confiara demasiado en la destreza de su paladín. Ni una sola lágrima asomó a sus relucientes ojos. Una vez que todo estuvo en orden, el druida ordenó a todos que se apartaran. Luego se acercó hasta el joven Ringhold, a quien ya le habían entregado una espada y un escudo.
- Si vences al dragón ella quedará libre. De lo contrario...
No terminó de decir lo que debía, sino que entornó al mirada y se apartó.
Los primeros rayos del sol surgieron detrás de las montañas para iluminar la corona de flores, así como el rostro de la joven doncella. No se movió en ningún momento. Pero no apartaba su mirada del joven guerrero, quien ahora hacía lo propio. Sus miradas se cruzaron y en ellas pudo leerse el cariño que ambos se profesaban. De repente un tenebroso sonido procedente de las profundidades de la montaña alertó a Ringhold. Éste se giró aferrado a su espada y colocándose delante de la joven aguardó su destino. El dragón asomó al momento mirando con curiosidad a ambas víctimas. Levantó la cabeza para cerciorarse de que eran en realidad dos y al momento comenzó a avanzar directo hacia Ringhold. Éste miraba al dragón a los ojos aguardando su movimiento. En un primer momento esquivó su cola cuando ésta se movió en círculo dispuesta a asestarle un golpe mortal. Ringhold saltó a tiempo y cuando volvió a asentar sus pies sobre el suelo descargó su espada sobre ésta produciendo un corte que arrancó un gemido al dragón. Ringhold se rehizo de inmediato presto a proseguir la lucha. Ahora el dragón abría las fauces dispuesto a abalanzarse sobre el joven guerrero. Éste arrojó el escudo al rostro de la bestia y rápidamente se encaramó sobre su cuello. Montado sobre éste comenzó a descargar su espada con violentos golpes que enfurecieron al animal.
Los espectadores, entre los que se hallaba Osrich, no podían dar crédito a lo que estaban viendo. El dragón se debatía entre la vida y la muerte con cada golpe de espada de Ringhold. Éste por su parte recibía las sacudidas de la bestia, pero sin causarle demasiado daño. En uno de sus últimos golpes, Ringhold consiguió dejar ciego al dragón. Los gritos de sorpresa de los asistentes resonaron en el valle, al tiempo que el dragón caía sobre el suelo herido de muerte, mientras Ringhold, bañado en la propia sangre de la bestia acudía a liberar a la doncella. Las cuerdas que antes la habían sujetado al poste ahora cayeron libres. Los robustos brazos de Ringhold la arroparon mientras el joven guerrero miraba desafiantes a todos los presentes, incluidos el druida y Osrich. Luego se volvió hacia la doncella y con sus manos acarició tiernamente sus mejillas, hasta que sus dedos se posaron en sus labios mientras ambos no se dejaban de mirar. En un gesto de complicidad la joven doncella se abrazó fuertemente al joven guerrero apoyando su rostro sobre su pecho para escuchar los latidos de su corazón. Mientras, el joven Ringhold acariciaba con devoción sus cabellos, y depositaba un beso sobre éstos.
El druida se acercó hasta la pareja.
- ¿Quién ha salvado a la doncella de una muerte segura? ¿Quién ha derrotado al dragón?-preguntó levantando la voz para que todos pudieran escucharlo.- Ringhold –respondió señalándolo con admiración.- No sólo has salvado a la doncella sino a tu propio pueblo. Ya no habrá más sacrificios. Desde hoy serás el nuevo jefe de la tribu.
Aquellas palabras no gustaron a Osric quien se adelantó dispuesto a rebatirlas cuando Ringhold pidió la palabra.
- No quiero tener nada que ver con vosotros. Desde este momento abandono la tribu.
Un clamor de expectación se elevó por encima de las montañas.
- ¿Por qué? –preguntó el druida.
Pero el joven guerrero no respondió. Se limitó a abrazar a la joven doncella y a abrirse paso en medio  de la gente. Lo vieron desaparecer en la inmensidad del bosque, y nada más se volvió a saber de él. Tiempo después algunos viajeros dijeron que lo vieron junto al pueblo de la joven doncella con la que se había casado.  El druida mandó construir una fortaleza en el lugar en el que el dragón había morado durante tanto tiempo en honor a Ringhold. Dicha fortaleza se convirtió en un próspero castillo con el paso de los siglos. Por su parte, Ringhold y la doncella dieron lugar a una raza de poderosos guerreros y sabias mujeres que se extendieron por todo el valle del Rin”.

Con estas palabras Brigitte dio por concluida su historia. Apuró su taza de café y sonrió complacida a Jorg.
- ¿Nunca se supo porqué se marchó Ringhold? –le preguntó mirándola con impaciencia.
- No. Nunca. La leyenda que te he relatado no lo dice. Y pese a que he tratado de hallarla en antiguos manuscritos y libros jamás lo he conseguido. Si quieres saber mi opinión, creo que se debía a una cuestión de desengaño. Durante mucho tiempo su tribu había sacrificado numerosas víctimas al dragón sin que hubieran intentado nada por acabar con ese macabro ritual.
- Y cuando él lo hizo...
- Se dio perfecta cuenta de ello. De que podían haber hecho algo más.
- Pero, ¿por qué lo hizo con la joven doncella y no con los demás? –preguntó Jorg bastante confundido.
Brigitte sonrió divertida, lo cual dejó más aturdido a Jorg.
- ¿Por qué crees tú que lo hizo? –le respondió con otra pregunta que Jorg no supo responder.- Porque vio algo en aquella joven que nunca antes había visto. O sintió por ella algo diferente a otras víctimas.
- Amor –susurró Jorg sin pestañear mientras su mirada permanecía perdida en un punto fijo. Cuando reaccionó cerró su cuaderno de notas y se dispuso a marcharse.- ¿No vienes a la taberna?
- Cuando acabe aquí unas cosas. Por cierto, me gustaría tener una ejemplar de los relatos en la biblioteca, sin consigues que se publique.
- Descuida que lo tendrás –le aseguró Jorg mientras se disponía a abandonar el edificio y encaminar sus pasos hacia la taberna en busca de más historias que recopilar.