FELIZ AÑO 2012
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31 dic 2011
22 dic 2011
Genovefa
(Narrado por Matthias)
- Eh muchacho, echa un vistazo a todos estos papeles –le dijo Matthias a Jorg aquella mañana de principios de Diciembre cuando éste llegó a la alcaldía.
Se trataba de un montón de legajos apergaminados y descoloridos por el paso del tiempo. Estaban archivados en diversas carpetas y portafolios que dejaban entrever las esquinas de muchos de ellos.
- ¿Qué quieres que haga con ellos? –le preguntó Jorg pasando la mano y la vista por los que estaban en lo más alto.
- Retira todo aquel papel que tenga más de cinco años. No sé para que demonios los guardamos. Si necesitas ayuda le pediré a Catherine, la subalterna que te eche una mano.
- De momento no creo que sea necesario –comentó Jorg cogiendo la primera carpeta y echando un vistazo a su contenido.
- Por cierto, ¿qué tal tu recopilación de historias? –le preguntó Matthias mirándolo por encima de sus gafas.
- No me puedo quejar. Esta misma mañana antes de venir hacia aquí Flora me contó una –le respondió sin levantar la mirada de los papeles.
- No sabía que Flora conociera alguna historia relacionada con este valle. Dime, ¿cuál te contó?
- La historia de Richard y Guta.
- Una historia de amor, claro. No podía ser menos viniendo de Flora –asintió entre risas.
- Eso mismo dijo su marido.
- ¿Te gustó?
- La verdad es que es de agradecer que haya historias de amor como la del emperador y la doncella Guta. De ese modo podré intercalar historias más trágicas con algunas donde el amor sea el principal motor.
- Lo dices por el cuento del francés, ¿verdad? –señaló Matthias agitando un dedo delante de él.
- No sólo por él, sino también por la que me tú contaste sobre Loreley.
- La hermosa hechicera. ¿Has encontrado sus rasgos en alguna de las habitantes de este pueblo? –le preguntó con un toque no exento de picardía.
Jorg levantó la mirada de los papeles y la dirigió hacia el alcalde, quien en esos momentos sonreía con toda intención. A continuación sacudió la cabeza como si no quisiera seguir hablando de ese tema, ya que intuía hacia donde iban encaminados los comentarios de aquél.
Pasaron un para de horas en las que Jorg permaneció imbuido en la búsqueda de documentación que no sirviera para nada. Poco a poco vio que los papeles que apartaba superaban en número a los que debían permanecer. Descansó durante algunos momentos en los que se sintió confundido por sus pensamientos. Ingrid era la protagonista de ellos en la mayoría de las ocasiones. Pensar en ella lo distraía de su tarea, de manera que se concentró en ésta desechando la imagen de la joven muchacha de su mente. Cogió un legajo algo más contundente que el resto. La cinta que lo ataba estaba bastante roída en los extremos. Se fijó en la fecha y los situó en el montón de los que deberían ser desechados. Pero al cabo de unos segundos volvió a retomarlo en sus manos. Le había parecido leer que aquellos papeles estaban fechados en el siglo XV. ¡¿Cómo era posible?! Se suponía que no debía haber ningún documento más antiguo de diez años. Y aquel legajo estaba fechado en 14... Frunció el ceño mientras lo contemplaba y desató el lazo de raso ennegrecido y raído por el paso del tiempo.
- ¿Qué sucede muchacho? –le preguntó Matthias al verlo en aquella pose tan pensativa.
En un primer momento Jorg no escuchó las palabras del alcalde Matthias pues su atención estaba fijada en aquellos papeles que tenía en sus manos. Cuando por fin reaccionó agitó el legajo en alto mientras explicaba.
- Encontré un legajo de papeles que data del siglo XV –le informó viendo la expresión de incredulidad en el rostro del alcalde.
- ¿Me tomas el pelo? –le preguntó éste avanzando hacia él.
- Nada más lejos de la realidad. Míralo tú mismo –le indicó tendiendo el manuscrito hacia él.
Matthias tomó el legajo en sus manos y tras ajustarse las gafas sacudió su cabeza de manera incrédula. Luego, se pasó la mano por el rostro y a continuación por su cabellos. Dejó escapar una exclamación mezcla de sorpresa e incredulidad por el documento que tenía en sus manos, y por lo que éste contenía.
- Pero... ¿cómo es posible? –preguntó mirando a Jorg.
- Sin duda alguna debió de traspapelarse en algún momento –explicó Jorg tratando de encontrar una explicación posible a aquel hallazgo.- ¿Sabe de qué se trata?.
Tras unos breves momentos de silencio, Matthias comenzó a sentir.
- Es la historia de Genovefa.
- ¿La historia de quien? –preguntó Jorg, quien no había comprendido muy bien el nombre pronunciado por el alcalde.
- Genovefa. Esto que has encontrado es un relato antiquísimo. Tal vez debería matizar y llamarla Santa Genovefa.
- ¿Una santa? –preguntó un incrédulo Jorg.
- Será mejor que escuches. Vamos siéntate. Sin duda alguna te servirá para tu colección de relatos e historias de estos parajes.
- Pero... ¿y el trabajo? –preguntó un incrédulo Jorg.
- Emmm, luego, luego. Venga siéntate.
Jorg, quien seguía sin comprender muy bien que era lo que estaba sucediendo siguió las indicaciones de Matthias y se sentó dispuesto a escuchar la narración. El alcalde hizo lo propio y tras ajustarse las gafas y aclararse la voz comenzó:
“En todas las provincias del Rin la virtuosa esposa del conde Sigfrido era venerada y amada por todos sus súbditos. La gente la llamaba con el apelativo de Santa Genovefa, en honor a los muchos sufrimientos que padeció.
El castillo de Sigfrido estaba enclavado a escasas leguas de la vieja ciudad de Andernach, y en una época en la que Carlos Martel reinaba sobre los Francos.
Matthias levantó la mirada del pergamino para ver que estaba haciendo Jorg. Como era de esperar no sólo escuchaba, sino que tomaba notas que le valdrían para su recopilación.
“Sigfrido y su joven esposa vivían en una próspera paz, hasta que los densos y negros nubarrones vinieron a enturbiar su felicidad. Los temidos sarracenos procedentes de España habían conseguido abrirse camino hasta la llamada Galia por los romanos; y su avance no parecía tener fin amenazando las fronteras del reino germano. Los enemigos de la cruz debían ser derrotados y expulsados de aquellos territorios de inmediato, y que compartieran el mismo destino que el resto de infieles. La guerra llegó hasta el castillo de Sigfrido, y éste se vio en la imperiosa necesidad de acudir a ésta.
El día de su partida fue sin duda el más triste al dejar el castillo de sus antepasados y a su esposa sin su protección. Encargó, sin embargo, el gobierno del mismo, y el cuidado de Genovefa a Golo, su sirviente más leal.
- Quiero que confíes en él. Y si llegado el caso tu vida corre peligro él te protegerá –le dijo Sigfrido a su afligida esposa antes de depositar un suave beso sobre su frente y marcharse.
La pobre condesa se quedó desolada por tan amarga separación. Cada día sentía más y más la extrema soledad que rodeaba los muros del castillo. Anhelaba la presencia de su esposo y el sonido de su voz. Por otra parte, se sentía vigilada en todo momento por Golo, quien no la dejaba a solas ni un solo momento. Era entonces cuando Genovefa creía vislumbrar una mirada distinta en los ojos del sirviente de su marido. Una especie de pasión que la hacía temblar.
Matthias hizo una breve pausa mientras volvía a mirar al joven Jorg. Éste también miraba a su juglar particular esperando a que continuara. Pero la mirada, y los gestos de éste le indicaron que se encontraba sumido en sus más profundos pensamientos. Con las gafas en su mano moviéndolas de manera distraída.
- ¿Piensas que el tal Golo intentará algo con la condesa? –le preguntó de manera muy suspicaz.
- ¿Acaso tú no lo harías? –le respondió el alcalde con otra pregunta que hizo sonreír al muchacho.
- Es posible que estando lejos el marido su más leal sirviente intente conquistar a su esposa. Lo cual no me extrañaría lo más mínimo en aquellos tiempos –comentó Jorg enarcando sus cejas hasta que formaron un arco y se fundieron con sus cabellos.
- Será mejor que continúe. De ese modo despejaremos el misterio –dijo volviendo a colocarse las gafas para proseguir la lectura.
“La condesa salía al balcón esperando divisar a lo lejos los pendones de su amado esposo. Tejía historias y sueños durante los días diciéndose así misma que esa noche cenarían juntos. Pero cuando llegaba la hora de ésta, tan sólo ella y el fiel Golo compartían la comida. Tal vez la guerra contra los infieles durará una eternidad y que nunca volviera a verlo. Que su felicidad se marchitara como una flor. Que su rostro se ajara surcado por mil y una arrugas. Que perdiera su belleza para cuando él tal vez regresara. Y cuando lo hiciera, ¿cómo lo recibiría? ¿Y cómo reaccionaría él?
Por otra parte, la condesa comenzó a sentir cierta aversión por su sirviente. Su pálido rostro angelical despertaba las pasiones más ocultas en el interior de Golo. Sus cada vez más frecuentes entrevistas, y encuentros inesperados, aumentaban su deseo, y le hacían perder el control. Llegados a este punto, una tarde Golo se arrojó a los pies de su señora.
- Os amo mi señora. ¿No os habéis dado cuenta de mis sentimientos? –le imploró levantando la mirada hacia ella.
Ante esta declaración Jorg frunció el ceño. No esperaba tal vez que el sirviente fuera a declararse de aquella manera tan abierta. Pero... Intercambió la mirada con el alcalde, quien en esta ocasión no dijo nada y prosiguió la narración.
“Genovefa estaba horrorizada por tal confesión. Con indignación y algo de burla rechazó por completo a Golo.
- ¿Cómo te atreves a decir eso? ¿Acaso has olvidado tu sitio en el castillo? ¿Tus deberes con tu señor, mi esposo?. Daré cuenta de tu atrevimiento en cuanto éste llegue.
- Sin duda alguna lo ha puesto en su sitio –comentó Jorg interrumpiendo la narración de Matthias, quien alzó su mirada del manuscrito y mirando al muchacho sonrió.
“No podía esperar ninguna clase de perdón y clemencia por parte de su señora. Ademas, su orgullo herido no le permitía solicitar clemencia. Y sólo el deseo de la venganza se apoderó de él sustituyendo al amor por su señora. Comenzó a urdir un plan maquiavélico para desacreditarla a ojos de Sigfrido cuando éste regresara, y de ese modo evitar su ira.
- El claro exponente del amante despechado –apuntó Jorg mientras tomaba notas sin parar.
- ¿Esperabas otra reacción? Golo está herido en su orgullo. Debe tomarse su venganza para no ser castigado por su señor. Me temo que será capaz de todo con tal de salvarse. Pero, sigamos.
“El odio más vil anidó en su pecho. Despidió a todos los sirvientes del castillo y puso en su lugar a los suyos propios. Aquellos que le eran afines a sus propósitos. Entonces, un día apareció ante su señora, y la acusó abiertamente de ser infiel a su esposo.
- Os he visto en brazos de distintos hombres –le espetó acusándola delante de todos los sirvientes.- Debo informar de inmediato a mi señor.
- ¡Mientes! –chilló Genovefa sabiendo el ardid que le había tendido, y como todos los sirvientes estaban de su parte.
De nada sirvieron las explicaciones de la condesa. Golo había urdido su plan de manera paciente. Planificando hasta el más mínimo detalle. Y ahora comenzaba a obtener sus frutos.
- Por los poderes que mi señor, el dueño de este castillo, me ha concedido os ordeno que esperéis su regreso en las mazmorras.
La infeliz condesa sufrió un desvanecimiento por tales acusaciones, y sentencia. Despertó para encontrarse así misma sobre el frío suelo de la mazmorra. Se cubrió el rostro para tratar de ahogar su llanto implorando al Señor que la ayudara a salir de aquella situación.
Poco tiempo después, dio a luz a un hijo, que ella misma bautizó con sus lágrimas con el nombre de Tristan en honor a su padecimiento.
- Desde luego la venganza de Golo no tiene desperdicio –comentó Jorg emitiendo un silbido de desaprobación.- Estoy impaciente por ver qué sucede al regreso de Sigfrido.
Matthias asintió y prosiguió con su narración.
“Sigfrido llevaba lejos de su hogar cerca del año. Había luchado como un héroe en todas y cada una de las campañas militares contra los fanáticos seguidores de Mahoma. Éstos habiendo cruzado los Pirineos, retomaron sus esfuerzos para seguir la lucha con el firme propósito de dominar al resto de la Europa Occidental, y obligarla a aceptar la doctrina del Islam mediante el fuego y la espada. En numerosos encuentros los Francos se habían visto obligados a retroceder ante su empuje. Sigfrido luchó al lado de Carlos Martel, apodado el “Martillo”, como un valiente. Pero en una noche de calma y tregua una lanza sarracena lo hirió. Y aunque dicha herida no fue mortal lo obligó a permanecer convaleciente en cama durante varios meses durante los cuales no hubo ni un solo momento en el que no pensó en su amada.
Durante aquella convalecencia una mensajero llegó al campamento portando un mensaje urgente para Sigfrido. Era de parte de Golo. Nada más escuchar esta noticia Sigfrido abandonó la cama y cogiendo la carta comenzó a leerla de manera ávida. El contenido era el siguiente:
“Vuestra esposa os es infiel y os ha traicionado con uno de vuestros sirvientes, Drago, quien ha huido del castillo”.
Sigfrido estrujó en sus manos la misiva mientras un alarido de dolor e impotencia se escapaba de su garganta. Al momento comenzó a reunir a sus seguidores para emprender el camino de vuelta al hogar. No se detuvo ni un solo instante en su cabalgar hasta llegar a su propio castillo. La rabia le corroía las entrañas haciéndole si cabe más daño. Uno de los vigías apostados en una de las torres dio el aviso de la llegada de Sigfrido al ver la nube de polvo que los corceles levantaban detrás de él, y como por encima de ésta ondeaban orgullosos su pendones.
En el momento en el que el conde apareció en el patio del castillo su fiel sirviente Golo acudió prestó a su lado. Aguardó a que desmontara antes de hacerle partícipe de la noticia por él mismo.
- ¿Dónde está? –preguntó furioso el conde.
- Mi señor, he ordenado que la encierren en las mazmorras y...
Sigfrido apartó a Golo de un empujón y se abrió paso hacia éstas seguido de su sirviente, y por algunos caballeros que habían cabalgado junto a él. Genovefa escuchó sin aliento el ruido de pasos acercándose hacia la puerta de su celda. Temblando de emoción logró murmurar una oración. Sin duda alguna venían por ella para acusarla de algo que no había cometido. Y la sentenciarían a la muerte sin que pudiera demostrar su inocencia. Alguien corrió el cerrojo dejando la puerta abierta. Genovefa tomó a su hijo entre sus brazos para protegerlo. Pero cuando vio el rostro de su marido, toda pena y desgracia desaparecieron. Sintió un alivio en su pecho y extendió al pequeño hacia él.
- Es tu hijo, mi señor –le dijo con un tono lleno de compasión mientras sus ojos se habían tornado vidriosos.
La mirada feroz del conde lo dijo todo. Apartó al niño y dirigiéndose a su mujer proclamó su sentencia:
- Mañana abandonarás el castillo. Serás conducida al bosque donde serás ajusticiada.
Con estás palabras el conde se volvió para abandonar la celda ante la mirada de su esposa. No se atrevió a decir nada pues no podía. Su sentencia había caído sobre ella como el hacha del verdugo. ¡¿Cómo era posible que hubiera creído las mentiras de su sirviente?! ¿Por qué ni siquiera le había concedido la oportunidad de defenderse?. Se abrazó a su hijo y lloró en silencio aguardando el día siguiente.
Dos sirvientes fueron a buscarla temprano. La condujeron junto a su hijo hasta el bosque para darles muerte. Al verla arrodillada con el niño en sus brazos no pudieron llevar a acabo las órdenes de su señor.
- Marchaos –le dijo uno de ellos mientras con su brazo extendido le indicaba la espesura del bosque.
La mujer los miró sin comprender que significaba aquel gesto.
- No hagáis preguntas e iros –le apremió el segundo sirviente.
La piedad se había adueñado de los corazones de ambos sirvientes. Como prueba de su vil asesinato llevaron dos lenguas de jabalí al conde, que era lo que éste les había pedido con el fin de que no pudieran hablar.
- Muy astutos en un principio –apuntó Jorg- pero, ¿lograron engañar a su señor? –le preguntó al alcalde con un claro toque de duda en el tono de su pregunta.
- Para ello deberemos continuar leyendo joven amigo.
“Genovefa se adentró en el bosque con su hijo en brazos sintiendo que las fuerzas comenzaban a abandonarla. El niño comenzó a llorar de hambre y de frío. Sin nada que darle de comer ni un refugio en el que ocultarse, Genovefa pidió ayuda al cielo. Su oración sonaba desesperada entre el llanto. El dolor de su pecho era intenso y parecía que fuera a desfallecer de un momento a otro en mitad del bosque. Por un momento creyó estar viendo alucinaciones, producidas sin duda por el cansancio. Delante de ella había una enorme caverna en la que podrían refugiarse y descansar. Y al mismo tiempo una hermosa cierva se acercaba hasta ellos. Los condujo hacia el interior de la caverna para posteriormente tumbarse a su lado y darles calor. Pero lo más sorprendente fue que permitió que la madre extrajera leche de ella con la que alimentar a su hijo. Así sucedió día tras día. Pronto Genovefa comenzó a recolectar frutos y raíces con los que alimentarse.
Los días se convirtieron en semanas, y éstas dieron paso a los meses. Durante todo este tiempo aprendió a perdonar a su esposo pese al fin que había designado para ambos, ella y su hijo.
Y mientras el niño crecía en bosque bajo los cuidados de su madre y de la cierva, en el castillo sobre el Rin el dolor se habían instaurado de manera permanente. No parecía que fuera a abandonarlo jamás. La ira de Sigfrido se había convertido en pena, y con mayor frecuencia se le veía vagar como alma en pena por las mismas habitaciones, que ahora permanecían lúgubres, y antes llenas de dicha y felicidad. Su corazón se vio preso de la agonía, de la desdicha, y del dolor. Los sirvientes comentaban entre ellos, que en ocasiones lo habían visto maldecirse así mismo por su acto contra su esposa y su hijo. Que debería haberla escuchado en su defensa y no dejarse llevar por la ira del momento. Pero ya era tarde para remediar sus actos. Escuchaba voces y lamentos en sueños. Los espíritus de su amada esposa y su hijo lo perseguían atormentándolo día y noche. Para olvidarlas salía en su busca con los perros deseando que éstos encontraran su rastro en la frondosidad del bosque. Pero siempre regresaba igual o peor que cuando partía. Abatido. Sin esperanza alguna. Y en cada lugar creía ver un pálido rostro implorando su perdón. Pero cuando avanzaba hacia él éste desaparecía dejando tras de sí una siniestra sucesión de carcajadas.
El estado mental y físico del conde se deterioró considerablemente hasta el punto de que sus sirvientes, incluido el pérfido Golo, creyeron que se había vuelto loco. Sigfrido, suponiendo que su fiel sirviente pretendía compensar la perdida de su amada con su compañía, le permitía estar cerca para aconsejarlo.
De repente, un día de los muchos que el conde salía en busca de su esposa con tan solo un puñado de hombres, entre quienes estaba Golo, una cierva llamó su atención. Sigfrido se aventuró a perseguirla sin descanso y sin importarle lo más mínimo hacia donde podría conducirlo. Tal vez hasta las mismísimas puertas de la muerte, que gustosamente cruzaría. Ya casi había alcanzado a la cierva cuando ésta desapareció en el interior de una caverna. A la entrada se encontraba una hermosa mujer con las ropas raídas, y un pequeño aferrado a su mano en busca de protección. La mujer miró fijamente al cazador y comenzó a temblar de emoción. Un grito mitad de triunfo, mitad de rabia escapó por sus labios al reconocer al conde postrado a sus pies. Cuando él la reconoció no encontró palabras de perdón.
- Genovefa –murmuró inclinando la cabeza hacia delante en actitud sumisa.- Te he buscado día y noche para reparar el daño que...
- Ni siquiera me permitiste defenderme. Y ni siquiera consideraste la posibilidad de que éste fuera tu hijo –le reprochó.
- ¡Pero! ¿Hablas? –le preguntó sorprendido por este hecho.
- Tus leales servidores tuvieron más misericordia que tú.
- Alabado sea...
Pronto las palabras de reproche dejaron paso a las de perdón y cariño. Las de Genovefa prendieron como el fuego en el interior del conde, quien se levantó hacia ella para arroparla en sus brazos y besar sus lágrimas.
- Perdonadme –les imploró a ella y al pequeño volviendo a postrarse a los pies de ambos.
El niño se acercó hasta él para que pudiera abrazarlo y besarlo con devoción, y lloró de felicidad por haber recuperado a sus seres más queridos.
Pasados unos minutos hizo sonar el cuerno de caza llamando a sus hombres. Al momento se presentaron ante él comandados por Golo.
- ¿Reconoces a estas dos personas? –le preguntó el conde mientras sus voz se asemejaba al trueno y lo miraba con la misma ira con la que había mirado a su esposa e hijo en la celda.
El malvado abrió sus ojos al máximo al reconocerlos y se arrojó a los pies de su señor abrazando sus rodillas en un acto de compasión. Confesó sus felonías entre sollozos. Sigfrido lo apartó de él mirándolo con odio, y pese a que la propia condesa quiso interceder por él para asombro de su marido, el conde no se apiadó y Golo fue ajusticiado.
Desde ese momento comenzó un período de felicidad para el conde y su santa esposa. Vivieron en el castillo sin más peligros, ni traiciones. El conde no volvió a desconfiar de su esposa, ni de ningún otro sirviente. Aprendió a escuchar y a valorar las palabras de todos antes de decidir que castigo o recompensa conceder.”
El alcalde dio la vuelta al último papel que contenía el legajo y tras volverlos a juntar miró a Jorg esperando su opinión.
- Era lógico que acabará bien.
- ¿Por qué dices eso? –le preguntó un sorprendido Matthias.
- Estaba claro que el conde rectificaría. Se daría cuenta de su error y trataría de enmendarlo.
- Recuerda que no todas las historias que has escuchado tuvieron un final feliz.
- Es verdad, pero en ésta creo que se veía venir desde el primer momento –le dijo muy seguro.- ¿Qué piensa hacer con el manuscrito?
- Entregárselo a Brigitte, la bibliotecaria –respondió levantándose de la silla.
- No la conozco.
- Entonces, será mejor que lo hagas. Además, apuesto a que ella conoce mil y una historias –le dijo con un tono cargado de complicidad mientras le guiñaba un ojo.- Pero eso déjalo para más tarde. Ahora debemos seguir con el trabajo.
- Claro. No lo había olvidado –comentó Jorg sonriendo al tiempo que guardaba su libreta de notas y ardía en deseos de conocer a la tal Brigitte e indagar en las historias que pudiera conocer.
19 dic 2011
Richard y Guta
(Narrado por Flora)
Transcurrieron algunas semanas hasta que Jorg consiguió que Flora, la esposa de Heinrich, le hiciera partícipe de uno de sus relatos. Durante este tiempo siguió escuchando las más diversas y entretenidas historias relacionadas con el valle del Rin. Y durante este tiempo también, su relación con Ingrid se fue volviendo más intensa. Aprovechaban los descansos de la muchacha, o las tardes libres para pasear por los alrededores del pueblo; para disfrutar juntos con la nieve como dos chiquillos; o para sentarse plácidamente junto al fuego del salón y repasar las historias. Ingrid se había convertido en la ayudante de Jorg, y éste ya contaba con ella después de acudir a escuchar el cuento, para que juntos lo repasaran y comentaran.
El relato de Flora acaeció una mañana en la que el joven se encontraba sentado en el comedor aguardando su desayuno. Estaba repasando las notas del cuento narrado por el párroco del pueblo cuando Flora hizo su aparición.
- Buenos días, Jorg.
- Buenos días.
- Veo que ya estás enfrascado en tus relatos. Por cierto, ¿qué tal con Matthias? –le preguntó mientras disponía sobre la mesa una taza sobre el plato, cubiertos, y una servilleta.
- Ah, bien. No puedo quejarme. Es un hombre muy amable, y muy atento.
- ¿Y en cuanto al trabajo?
- Sin problema.
- Me alegro –comentó la dueña de la posada mientras se dirigía en busca del café y la leche.
Jorg volvió a centrar su mirada en su cuaderno mientras Flora regresaba con dos jarras de cerámica en color blanco y ribeteado con una cenefa azul. En el momento en el que depositaba sendas sobre la mesa, se escuchó la voz de su marido.
- Buenos días –dijo desde el umbral de la puerta de acceso al comedor. Caminó con paso decidido hasta donde se encontraban su esposa y Jorg.- Veo que sigues con tus notas –comentó señalando con un dedo hacia el cuaderno.
- Sí, estoy retocando alguna de las historias de estos últimos días –asintió Jorg mientras removía su café con la cucharilla sin apartar su mirada del cuaderno.
- Por cierto, ya que estás aquí –dijo volviéndose hacia su esposa.- ¿Por qué no le cuentas una de esas historias que sabes? –le preguntó mirándola con el ceño fruncido.
- ¿A qué historias te refieres?.- Flora parecía algo confusa y aturdida por el comentario de su marido y ahora lo miraba sin dar crédito a su comentario.
- Sí mujer. Una de esas de amor sobre damas desamparadas y aguerridos caballeros –le explicó con cierto toque de humor mientras asentía.
- Oh, vamos. Esas no son historias como para ser contadas en público –se excusó la mujer sonrojada mientras sacudía su cabeza.
- Claro que lo son –insistió su marido.- Además, he escuchado a nuestro joven escritor quejarse de que algunas historias terminaban de una manera trágica. Seguro que una de esas que tú conoces tiene un final feliz. Anda vamos mujer.
- Pero, he de atender...
- No se hable más. Yo me encargaré de la gente. E Ingrid –dijo señalando a la joven muchacha que ahora mismo aparecía en el comedor.
- ¿Qué sucede conmigo? –preguntó ésta mientras se acercaba a la mesa donde se habían reunido los tres, y los miraba.
- Que me ayudarás a servir a los clientes según vayan llegando, mientras tu madre le cuenta una historia a Jorg –le explicó su padre asintiendo muy seguro de lo que decía.
- ¿Es cierto? ¿Vas a contarle una historia a Jorg? –preguntó la muchacha mirando a su madre de hito en hito.
- No estoy muy segura...
- Oh, vamos Flora, no te hagas de rogar –insistió su marido.
- Adelante estaré encantado de escucharla y de incluirla en la recopilación –señaló Jorg con el bolígrafo en la mano presto a tomar notas.
Durante unos segundos se hizo el silencio en el cual los tres dirigieron sus miradas hacia Flora aguardando impacientes el comienzo de su relato.
- Bueno... si eso es lo que queréis...
Se sentó junto a Jorg y tras servirse una taza de café ella misma comenzó su narración:
- Voy a contaros la historia de Richard y Guta –dijo de manera solemne mientras sus ojos recorrían los tres rostros que ahora estaban fijos en ella.
“A mediados del siglo... existía un hermoso castillo cerca de Kaub, el cual estaba habitado por el conde Philip de Falkenstein. Allí vivía felizmente junto a su hermana Guta. Una joven tan hermosa como buena.
Fueron numerosos los caballeros quienes intentaron conseguir su amor, pero ninguno de ellos lo logró jamás. La doncella del castillo no parecía tener demasiado interés en cambiar la hospitalidad de su propio hermano por la de otro.
Flora hizo una pausa para beber un poco de café mientras levantaba la mirada hacia sus tres improvisados oyentes.
- Continúa mujer –comentó Heinrich expectante.
“Decidido a que su hermana contrajera matrimonio, el conde Philip decidió organizar un torneo.
- Ya que no encuentras un marido con el que casarte. Aquel que gane el torneo será tu esposo –le informó el conde a su hermana.
Ésta aceptó de buen grado ya que su esposo sería elegido por Dios. Aquel que venciera sería digno de ocupar su corazón.
“En poco días tuvo lugar el grandioso e importante torneo cerca de Colonia, al cual acudieron todos los caballeros de todas las regiones del país; e incluso algunos procedentes de otros países tales como Francia e Inglaterra. Una gran multitud de espectadores se reunió para contemplar a los más valientes caballeros de toda Europa. De entre todos los nobles presentes en el torneo había uno en particular que llamaba poderosamente la atención.
Flora abrió sus ojos hasta su máxima expresión como si ella misma lo estuviera viendo. Y el tono de su voz se elevó de manera emocionada captando la atención no sólo de su esposo e hija, y de Jorg, sino de algunos curiosos que se habían acercado a escucharla. Pero no se sintió incómoda en ningún momento; ni avergonzada por el hecho de que su audiencia fuera creciendo. Al contrario, parecía como si este hecho la estuviera motivando. Jorg, por su parte, no paraba de tomar notas en su cuaderno olvidándose por completo de su desayuno, el cual se había enfriado. Tan sólo había una persona que captara su atención, además de escuchar a Flora: Ingrid. La muchacha se había sentado frente a él mientras no tenía a nadie a quien servir, y ello facilitaba a Jorg lanzarle fugaces pero reveladoras miradas. Ingrid no era ajena a éstas y en más de una ocasión correspondió a tales miradas. Pero lo que más le sorprendió no fue que él la mirara de aquella furtiva manera, sino que en su imaginación ella era la hermana del conde, y Jorg, el misterioso caballero que ganaría su mano.
“Este misterioso caballero había llegado de Inglaterra luciendo una armadura sin igual. Nadie podía ver su rostro pues estaba oculto bajo su yelmo. Se hacía llamar el Caballero del León, debido al dibujo de su escudo: un león dorado. Pronto la manera de pelear llamó también la atención de los presentes causando una gran sensación entre éstos. Rápidamente hizo que su adversario cayera del caballo entre los gritos y aclamaciones de la gente.
Dicha destreza no pasó desapercibida al propio conde Philip y a su hermana, quienes se encontraban entre los asistentes al torneo. Guta no había podido apartar sus ojos de aquel misterioso caballero, y de su forma de luchar. Y en cada lance su interés por él aumentaba, lamentando al mismo tiempo el hecho de no poder ver su rostro. Pero pronto la oportunidad de hacerlo pronto se la iba a presentar puesto que el Caballero del León fue declarado justo vencedor del torneo. Guta fue la elegida para entregar el trofeo al vencedor: una corona dorada de laurel. En ese mismo instante una extraña sensación, que jamás antes había experimentado, se apoderó de toda ella al contemplar por fin el rostro del caballero inglés.
- ¿Qué fue lo que le sucedió? –preguntó la excitada voz de Ingrid mientras enmarcaba su rostro entre sus manos, y apoyaba los codos sobre la mesa.
Jorg desvió su mirada para contemplarla y se preguntó si la extraña sensación que había experimentado Guta sería la misma que lo invadía a él al contemplar a Ingrid.
Flora sonrió complacida y asombrada por el interés que su historia estaba despertando en sus oyentes. Y en especial en su propia hija.
- Ten un poco de paciencia y lo descubrirás.
“Quizás el caballero pudo haber leído en las facciones del rostro de Guta, lo que en vano trataba de ocultarle; tal vez un leve destello de la pasión, que había prendido en el interior de su pecho de manera repentina, y que había volado hasta posarse en el suyo propio en el mismo momento en el que se arrodilló ante ella. O en el momento en el que sus manos se posaron sobre su cabeza para coronarlo como vencedor del torneo. ¿Quién podría explicar lo que sucedió?
Por un breve momento las miradas de Jorg e Ingrid volvieron a encontrarse al tiempo que su madre terminaba de explicar lo que había sucedido entre Guta, y el misterioso Caballero del León. ¿Acaso no les sucedía a ellos lo mismo?
“Poco después, cuando ambos conversaban apartados del resto de la gente, el caballero se sintió como hechizado por la gracia y la belleza de Guta. Y esa misma noche durante el banquete, cuando la música se dejó escuchar en el salón, ambos se convirtieron en compañeros inseparables. Y las palabras flotaron de sus labios expresándole el amor que su mirada no podía ocultar.
- Asuntos urgentes me obligan a regresar a mi país, pero te prometo que volveré por ti en tres meses –le dijo tomando sus manos en las suyas, mientras la mirada de Guta relampagueaba de emoción, sin poder ocultar las sensaciones de su corazón.- A mi vuelta solicitaré a tu hermano que me conceda tu mano en matrimonio y hará publico mi nombre. Pero por ahora las circunstancias me obligan a no revelarlo –le dijo mirándola fijamente a los ojos.
Mientras, los de ella se empañaban por la tristeza de tener que verlo partir al día siguiente. El amor está lleno de sacrificios. Y Guta aceptó la petición de su amado deseando que los tres meses pasaran lo más rápidamente posible para poderse reunir de nuevo.
Pero no fueron tres, sino cinco meses los que pasaron. En ese terrible período de tiempo Alemania se convirtió en un campo de batalla asolado por las continuas disputas por la futura elección del nuevo emperador. Conrado IV el último de la casa de Hohenstaunsen había fallecido en Italia. Mientras tanto en el norte de Europa Guillermo de Holanda luchaba por el trono; Alfonso de Castilla fue elegido rey en una parte del reino, mientras Richard de Cornwall, hijo de John, rey de Inglaterra, fue elegido en otra; Pero habiendo recibido más votos, Richard fue coronado rey en Aix-la-Chapelle, y desde ese momento comenzó un viaje por las provincias del Rin para agradecer a todos aquellos que lo habían apoyado.
Flora hizo una breve pausa en la que volvió a beber de su taza de café. Durante la narración de su historia tanto Heinrich como Ingrid se habían encargado de servir a los comensales, pero sin dejar de escuchar la narración.
“La primavera comenzaba hacer notar con unos rayos de sol más luminosos y ardientes sobre las montañas y los valles del Rin. Pero en el castillo de Falkenstein ninguno rayo de sol penetró en la tristeza de Guta. Pálida e infeliz tejía sueños que no parecía que fueran a cumplirse. En ocasiones veía a su enamorado sobre el suelo. Muerto en alguna batalla sin poder regresar junto a ella. Susurrando su nombre. En otras ocasiones lo imaginaba en brazos de otra doncella. Feliz, cantando y riendo en su castillo ajeno a la infelicidad de ella. Guta se volvió más y más consciente de que le había entregado su amor, y que él, de una manera cruel y despiadada, se había burlado de éste. Todos los esfuerzos del conde Philip por hacer los días de su hermana más llevaderos y por distraerla, eran estériles. De repente, un día, un sonido de trompetas se escuchó en el camino hacia el castillo. Y una comitiva de caballeros se detuvo a las mismas puertas de éste. Guta estaba asomada a una ventana de su habitación contemplando la escena. Las lágrimas que había estado derramando en silencio habían dejado sus trazos sobre sus pálidas mejillas.
Por su parte, el conde Philip recibió a los soldados como correspondía a su rango. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando reconoció al hombre que los mandaba, y que no era otro que el Caballero del León. El valiente inglés que había vencido en el torneo de Colonia. El hombre por el que su hermana Guta pasaba los días y las noches llorando. De repente, una siniestra mirada se apoderó del conde. Estaba furioso por el hecho de que hubiera desaparecido y no hubiera dado ninguna noticia al respecto de que estaba vivo.
- ¿Cómo os atrevéis a presentaros aquí después de tanto tiempo? –le inquirió con desdén mientras sus ojos refulgían de ira.- ¿Sabéis los días y las noches que mi hermana os ha aguardado?
El caballero inglés comprendió perfectamente el enojo del conde y asintió en silencio a cada una de sus acusaciones mientras en su corazón sentía la pena que Guta había sufrido por él.
- ¿Está ella en el castillo? –fue lo único que se atrevió a decir.
- Sí, pero...
- Soy Richard de Cornwall –le informó de repente dejando al conde pálido y sin poder para reaccionar.- Si no he venido antes ni he mandado recado a vuestra hermana ha sido porque he estado inmerso en diversas disputas en Inglaterra y como bien sabréis aquí, en Alemania. Pero no he venido como emperador de Alemania o como rey de Inglaterra a solicitar la mano de Guta; sino como el Caballero del León, justo vencedor del torneo de Colonia. Tal vez vengo tarde a cumplir con mi promesa, pero mi amor no ha cambiado. Os ruego que me anunciéis a vuestra hermana sin traicionar mi verdadero nombre.
El conde Philip acató sin más dilación la orden de su emperador y se retiró en busca de Guta. Sin embargo, no hizo falta tal acción pues de repente las puertas del salón se abrieron de par en par, y la hermosa figura de la joven doncella apareció ante ellos. Y lo que antes habían sido lágrimas de tristeza se tornaron en lágrimas de alegría y dicha.
Guta se arrojó a los brazos de su amado con un grito de felicidad, y los primeros momentos que ambos pasaron en silencio estuvieron cargados de emotividad, de pasión, de amor. Uno podría percibir todos esos sentimientos por sus miradas, por su manera de rozarse con sus manos. Durante unos momentos se quedaron a solas para decirse tantas cosas...
De repente, su hermano el conde regresó al salón.
- ¿Te ha dicho quien es? –le preguntó mirando al emperador.
- No. ¿Por qué? –preguntó su hermana con gesto de preocupación paseando su mirada por el rostro de su hermano, y luego por el de Richard.
Fue entonces cuando el propio emperador tomó la mano de Guta entre las suyas y mirándola fijamente a los ojos le dijo:
- No quiero que compartas conmigo el resto de mi vida –le dijo en un principio arrojando confusión al pecho de la joven doncella- sino también el trono.
Cuando Guta comprendió quien era en realidad su prometido, el Caballero del León sintió que las piernas le flaqueaban y que se desmayaba para ser recogida por los brazos del emperador.
Pocos días después el emperador celebró su boda con gran pompa y grandes celebraciones en el castillo del Rin, al cual Philip llamó desde ese día Gutenfels en honor a su hermana.
Flora se quedó callada esperando la reacción de su improvisada audiencia. Paseó su mirada por cada uno de aquellos rostros que la miraban perpleja. Ninguno de ellos se atrevió a abrir la boca hasta que Jorg expresó su satisfacción por el relato.
- Fantástico.
Flora, miró al joven devolviéndole la sonrisa. Se sentía agradecida porque le hubiera gustado la historia.
- Ha sido un relato muy bonito, mamá. No recuerdo habértelo escuchado contar cuando yo era una niña.
- Ah, bueno... la verdad es que nunca antes te lo había contado. Y bueno... es uno de mis favoritos –comentó entre risas.
- Ya te dije que mi esposa es una gran aficionada a las historias de amor, muchacho –comentó Heinrich esbozando una sonrisa de orgullo por su mujer.
- Dime, ¿conoces algún otro relato? –insistió el joven
- Algún otro, pero –le dijo anticipándose a sus deseos y levantando una mano en alto- te lo contaré en otra ocasión. Ahora debemos ponernos a trabajar –concluyó mientras se levantaba de la silla al mismo tiempo que el resto de huéspedes.
Heinrich miró a Jorg y guiñándole un ojo se marchó con su esposa mientras Ingrid permanecía sentada a la mesa en una clara aptitud de ensueño. Su mirada emitía destellos que atraparon al muchacho. Se quedó clavado mirándola mientras en su imaginación se representaba de nuevo la historia relatada por Flora; pero con diferentes personajes. Él era el caballero del León, e Ingrid la hermosa muchacha que aguardaba pacientemente su regreso. Por algún extraño motivo ambos pensaron en lo mismo, y fue como si al mirarse ambos estuvieran transmitiéndose el mismo pensamiento. Fue en ese preciso instante que Ingrid sintió arder su rostro bajo la atenta mirada de Jorg, y en un acto reflejo se levantó a toda prisa derramando el poco de leche que contenía la jarra sobre la mesa. De manera presta se dispuso a limpiarlo. Y fue en ese momento cuando en un acto reflejo su mano tropezó con la de Jorg. Una fracción de segundo fue suficiente para que la llama del cariño, y porqué no decirlo, del amor prendiera de manera irreversible en su pecho. Fue como en el relato de su madre. Cuando la joven Guta se dispuso a coronar al caballero del león. Cuando su mano entró en contacto con los cabellos del joven y sus miradas se encontraron como las de ellos dos ahora mismo. Ingrid sonrió tímidamente ante tal gesto. Sintió el calor de la mano de Jorg sobre la suya. Y él la suavidad de aquella piel tan blanca.
Cuando retiró su mano, Ingrid sintió como una ligera corriente de frío se apoderaba de su mano. El calor que le había rodeado había desaparecido en el mismo instante en el que Jorg se apartó de ella. Se dio prisa en recoger la poca leche que aún resbalaba por la mesa, y al momento se giró para salir del comedor bajo la atenta mirada de Jorg. En todo momento supo que la seguía con ésta. Podía sentir sus ojos fijos en ella. Y una sensación de bienestar la sobrecogió.
- ¿Qué pasa hija? –le preguntó su madre al verla caminar deprisa con las mejillas aún encendidas.
- Derramé la leche sobre la mesa –se explicó mientras se dirigía a la cocina.
Flora sonrió intencionadamente pero no hizo ningún comentario pues no quería poner en un aprieto a su hija, y menos a Jorg, quien en ese momento abandonaba el comedor.
- ¿Ya te marchas?
- Sí. Prometí a Matthias que estaría temprano para ordenar unas cajas llenas de documentos.
- ¿En verdad te gustó la historia?
- Mucho –asintió Jorg mientras palmeaba su cuaderno de notas.- Le haré un hueco en mi recopilación –comentó mientras se despedía de manera nerviosa.
- Espera. ¿Crees que Guta hizo bien en esperar al caballero?
- Si era un amor fiel... –respondió encogiéndose de hombros.
- ¿Y tú? ¿Lucharías en un torneo para conseguir la mano de una joven doncella? –le preguntó mientras entrecerraba sus ojos y escrutaba su rostro.
- Apuesto a que lo haría.
- Entonces adelante, y no pierdas el tiempo –le dijo mientras se volvía hacia la cocina dejando a Jorg sumiso en sus pensamientos.
¿Qué había querido decir con aquellas palabras? ¿A qué torneo se refería? ¿Acaso pensaba que él estaba interesado en Ingrid?
1 dic 2011
La torre de los ratones
(Narrado por el párroco Friedrick)
La noche anterior había estado llena de cánticos y risas en la taberna del pueblo. Bien era cierto que cuando la cerveza va acompañada de una buena compañía y de música uno tiende a olvidarse de todo lo demás. Y eso fue precisamente lo que le sucedió a Jorg, quien durante horas bailó, cantó, bebió, rió y se divirtió en compañía de sus nuevos amigos. Pero en especial en compañía de una hermosa muchacha de la que no pudo, o no quiso apartarse en prácticamente toda la noche. Por unos momentos se le pasó por su cabeza que el verdadero motivo por el que había decidido quedarse en aquel pueblo del valle del Rin, no era otro que la hija del posadero Heinrich, y no el hecho de no poder marcharse a Frankfurt; o su más reciente invención: recopilar todas y cada una de las historias que contaban los habitantes. Se sintió complacido por bailar con ella, por charlar, o por reír. En un momento de la noche, mientras permanecía sentado a una mesa en compañía de varios vecinos, fue el párroco quien captó toda su atención.
- Querido Jorg, déjame decirte que esa idea tuya de recopilar las historias locales me parece acertada. Y por ello no quiero ser menos y contribuir con la mía propia.
Los allí sentados desviaron sus miradas hacia el apergaminado rostro del párroco de la localidad, quien era un gran aficionado a las historias, y no había tarde que no pasara por la taberna.
- ¿Sabes alguna historia Friedrick? –le preguntó un más que asombrado Matthias, el alcalde, mirándolo bastante sorprendido.
- Ya lo creo –aseguró éste.- No pienses que sólo sirvo para dar sermones desde el púlpito.
- Sabemos que eres un gran aficionado a los cuentos, y que no dejas de venir ni un solo día. Pero de ahí a que tú sepas una historia...-comentó Heinrich abriendo sus ojos hasta su máxima expresión.
- Quiero contribuir a la recopilación que está haciendo el bueno de Jorg –dijo palmeando a éste en la espalda.- Si no es inconveniente –puntualizó mirando al joven.
- Nada más lejos de la realidad. Todos los relatos son bienvenidos –apuntó un exultante Jorg.
- Entonces sea –asintió el párroco.
- ¿Cómo se titula tu historia? –preguntó Francois, quien también se encontraba entre los allí reunidos.
- La Torre de los ratones.
Todos lo miraron intrigados por querer conocer la historia que el párroco tendría a bien contarles. Se miraron entre ellos mientras permanecían en absoluto silencio aguardando el comienzo. Mientras tanto, Jorg había extraído un pequeño bloc y un bolígrafo para tomar las necesarias notas.
“- Cerca de Bingen, que como todos sabéis se encuentra en mitad del Rin, existe una solitaria isla en la que sobresale su fortaleza. Ésta recibe el nombre de la Torre de los ratones. Durante siglos una oscura leyenda se ha cernido sobre ésta, y que guarda relación con el arzobispo de Maguncia, cuyas malvadas acciones eran bien conocidas en todo el país. Se decía que éste era un hombre ambicioso y cruel con los pobres a quienes obligaba a pagar impuesto tras impuesto; algunos de los cuales los inventaba él mismo con el fin de recaudar más dinero. Con dichas ganancias decidió construir una torre en una pequeña isla entre Bingen y Rüdesheim para que los barcos que la cruzaran debieran pagar un peaje, y de este modo seguir recaudando más dinero.
Poco después de la construcción de dicha torre las malas cosechas se cebaron con la región. Y por si fuera poco las inundaciones abnegaron los campos, y los pocos cultivos, que consiguieron resistirlas, fueron destruidos por las heladas. La escasez de alimentos era aún más acusada, puesto que el arzobispo había recaudado todo el grano habido y por haber durante ese año para almacenarlo en sus graneros. Una terrible hambruna amenazó la región trayendo miseria a los pobres. La infeliz gente imploraba al arzobispo que bajara los impuestos, y en especial el del grano. Sin embargo, él estaba dispuesto a venderlo al doble de su precio para que nadie pudiera comprarlo. Sus propios consejeros le pidieron que escuchara a las gentes pero él permaneció impasible.
Un día, un grupo de mendigos llegó al palacio episcopal pidiendo comida. El arzobispo y sus invitados estaban en esos momentos disfrutando de un copioso banquete. El arzobispo comentaba a sus invitados lo tedioso que era tener que soportar a estas gentes, y pidió que se les expulsara de allí. Sin embargo, cuando quisieron hacerlo una muchedumbre se agolpaba a las puertas del arzobispado. Muchos se arrojaron ante él, cuando el arzobispo salió a ver que sucedía. En un acto desesperado y para que se marcharan a sus casas el arzobispo les prometió su grano. Les indicó que fueran a los graneros y que cada uno pidiera lo que quisiera. Una vez que todos estuvieron dentro de éste, el arzobispo mandó encerrarlos y prender fuego al granero.
Los chillidos de los pobres se dejaron escuchar incluso en el interior del palacio del Arzobispo. Pero éste lejos de apiadarse, llamó a sus consejeros y les dijo:
- Escuchad como chillan las ratas entre el grano. Por fin este sufrimiento va a llegar a su fin
El castigo que le envió el cielo fue terrible. Miles y miles de ratas salieron del granero en llamas y emprendieron su camino hacia el palacio episcopal, para finalmente, atacar al propio arzobispo. Sus sirvientes mataron a cientos de ratas, pero parecía que nunca se acabaran. Parecía como si por cada una que mataban aparecieran otras tres. El Arzobispo estaba aterrorizado por este suceso. En un intento desesperado por huir, se subió a una barca esperando que las ratas no pudieran alcanzarle. Sin embargo, una innumerable legión de éstas lo persiguieron hasta la misma torre que él había mandado construir. Comenzaron a roer las puertas de madera y a trepar por las murallas hasta dar con el arzobispo, a quien mataron. En su desesperación éste ofreció su propia alma al diablo a condición de que éste lo salvara de aquel castigo. El diablo llegó y tomó su alma a cambio de liberar su cuerpo”.
- Esta es la leyenda, que tal vez difiera de la Historia. Es cierto que fue odiado por los ciudadanos, y que él fue el fundador del peaje que los barcos pagan por cruzar el Rin, lo cual ha dado mayor veracidad a la leyenda de la Torre de las ratas –matizó al final de su narración el párroco mientras paseaba su mirada por los rostros allí reunidos.
- Vaya, nunca pensé que aquel torreón solitario fuera el artífice de esta leyenda –apuntó Heinrich mientras fruncía el ceño.
- Has dicho que esta leyenda puede diferir de la Historia... –apuntó un más que entregado Jorg mientras dejaba descansar su mano.
- Así es. Pero eso no es nada nuevo –señaló el párroco- Bien es sabido que toda leyenda posee algo de real.
- Me parece inverosímil que un hombre de Dios ofrezca su alma al diablo para salvarse –comentó Matthias.
- Tal vez sea porque llegada nuestra hora la muerte no concede ningún privilegio. Y da igual el rango que cada uno tenga –explicó el párroco.
- Pero vender tu alma... No sé... –señaló Francois sacudiendo la cabeza.
- Cada uno haría cualquier cosa con tal de salvarse, ¿no? –preguntó el párroco Friedrick.
- Lo cierto es que las dos historias de hoy no han sido muy alentadoras –matizó Jorg mirando sus notas.
- Oh, bueno. No debes preocuparte por ello. Ven a verme cualquier día y te contaré como surgió el catolicismo en Alemania –le indicó el párroco esbozando una sonrisa.
- ¿Conoces más? –le preguntó con un toque de intriga.
- Ya te dije que todos los habitantes de este pueblo atesoramos una incalculable fuente de riqueza cultural –le recordó Heinrich captando su atención.
- Ya me estoy dando cuenta de ello.
- Lo dicho. Ven a verme un día de estos y te contaré alguna leyenda más. Y ahora, brindemos –propuso el párroco Friedrick.
- Alguien más desea deleitarnos con una historia –sugirió Francois paseando su mirada por los contertulios.
- Creo que es algo tarde y que deberíamos retirarnos ya –sugirió el alcalde Matthias.
- Cierto –apuntó Heinrich levantándose de su silla y buscando con su mirada a su mujer y a su hija, quienes permanecían hablando junto a otras mujeres en una mesa aparte.- Por cierto, Jorg, ¿por qué no le pides a mi esposa que te cuente la historia de amor de Richard y Guta?. Es muy aficionada a ésta y a la Einghard y Emma –le dijo guiñándole un ojo.
- Sin duda alguna que lo haré –asintió Jorg complacido por aquella información. De repente un pensamiento cruzó su mente y sin meditarlo dos veces lo dijo en alto.- ¿E Ingrid?
Heinrich lo miró en silenció mientras su mirada escrutaba el rostro del muchacho. Sonrió de manera cínica al mismo tiempo que asentía.
- Creo que conoce alguna que otra. También deberías preguntarle. Ya lo creo –dijo con un tono que no dejó indiferente al muchacho.- Pero creo que ahora es algo tarde. Vamos –le dijo indicándole que lo acompañara junto a su esposa e hija.
Al llegar junto a ésta sintió la mirada reluciente de Ingrid y su sonrisa cautivadora. ¿Qué historia podría conocer aquella hermosa muchacha? ¿Alguna relacionada con Loreley? Jorg, no había olvidado el relato del alcalde Matthias acerca de la misteriosa mujer que con su hermosura y sus cantos atraía a los hombres a la destrucción. Y ahora, cuanto más se acercaba a ella, y más tiempo compartían juntos más se convencía que ella ejercía cierto poder de atracción sobre él.
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