1 dic. 2011

La torre de los ratones

(Narrado por el párroco Friedrick)
La noche anterior había estado llena de cánticos y risas en la taberna del pueblo. Bien era cierto que cuando la cerveza va acompañada de una buena compañía y de música uno tiende a olvidarse de todo lo demás. Y eso fue precisamente lo que le sucedió a Jorg, quien durante horas bailó, cantó, bebió, rió y se divirtió en compañía de sus nuevos amigos. Pero en especial en compañía de una hermosa muchacha de la que no pudo, o no quiso apartarse en prácticamente toda la noche. Por unos momentos se le pasó por su cabeza que el verdadero motivo por el que había decidido quedarse en aquel pueblo del valle del Rin, no era otro que la hija del posadero Heinrich, y no el hecho de no poder marcharse a Frankfurt; o su más reciente invención: recopilar todas y cada una de las historias que contaban los habitantes. Se sintió complacido por bailar con ella, por charlar, o por reír. En un momento de la noche, mientras permanecía sentado a una mesa en compañía de varios vecinos, fue el párroco quien captó toda su atención.
- Querido Jorg, déjame decirte que esa idea tuya de recopilar las historias locales me parece acertada. Y por ello no quiero ser menos y contribuir con la mía propia.
Los allí sentados desviaron sus miradas hacia el apergaminado rostro del párroco de la localidad, quien era un gran aficionado a las historias, y no había tarde que no pasara por la taberna.
- ¿Sabes alguna historia Friedrick? –le preguntó un más que asombrado Matthias, el alcalde, mirándolo bastante sorprendido.
- Ya lo creo –aseguró éste.- No pienses que sólo sirvo para dar sermones desde el púlpito.
- Sabemos que eres un gran aficionado a los cuentos, y que no dejas de venir ni un solo día. Pero de ahí a que tú sepas una historia...-comentó Heinrich abriendo sus ojos hasta su máxima expresión.
- Quiero contribuir a la recopilación que está haciendo el bueno de Jorg –dijo palmeando a éste en la espalda.- Si no es inconveniente –puntualizó mirando al joven.
- Nada más lejos de la realidad. Todos los relatos son bienvenidos –apuntó un exultante Jorg.
- Entonces sea –asintió el párroco.
- ¿Cómo se titula tu historia? –preguntó Francois, quien también se encontraba entre los allí reunidos.
- La Torre de los ratones.
Todos lo miraron intrigados por querer conocer la historia que el párroco tendría a bien contarles. Se miraron entre ellos mientras permanecían en absoluto silencio aguardando el comienzo. Mientras tanto, Jorg había extraído un pequeño bloc y un bolígrafo para tomar las necesarias notas.
- Cerca de Bingen, que como todos sabéis se encuentra en mitad del Rin, existe una solitaria isla en la que sobresale su fortaleza. Ésta recibe el nombre de la Torre de los ratones. Durante siglos una oscura leyenda se ha cernido sobre ésta, y que guarda relación con el arzobispo de Maguncia, cuyas malvadas acciones eran bien conocidas en todo el país. Se decía que éste era un hombre ambicioso y cruel con los pobres a quienes obligaba a pagar impuesto tras impuesto; algunos de los cuales los inventaba él mismo con el fin de  recaudar más dinero. Con dichas ganancias decidió construir una torre en una pequeña isla entre Bingen y Rüdesheim para que los barcos que la cruzaran debieran pagar un peaje, y de este modo seguir recaudando más dinero.
Poco después de la construcción de dicha torre las malas cosechas se cebaron con la región. Y por si fuera poco las inundaciones abnegaron los campos, y los pocos cultivos, que consiguieron resistirlas, fueron destruidos por las heladas. La escasez de alimentos era aún más acusada, puesto que el arzobispo había recaudado todo el grano habido y por haber durante ese año para almacenarlo en sus graneros. Una terrible hambruna amenazó la región trayendo miseria a los pobres. La infeliz gente imploraba al arzobispo que bajara los impuestos, y en especial el del grano. Sin embargo, él estaba dispuesto a venderlo al doble de su precio para que nadie pudiera comprarlo. Sus propios consejeros le pidieron que escuchara a las gentes pero él permaneció impasible.
Un día, un grupo de mendigos llegó al palacio episcopal pidiendo comida. El arzobispo y sus invitados estaban en esos momentos disfrutando de un copioso banquete. El arzobispo comentaba a sus invitados lo tedioso que era tener que soportar a estas gentes, y pidió que se les expulsara de allí. Sin embargo, cuando quisieron hacerlo una muchedumbre se agolpaba a las puertas del arzobispado. Muchos se arrojaron ante él, cuando el arzobispo salió a ver que sucedía. En un acto desesperado y para que se marcharan a sus casas el arzobispo les prometió su grano. Les indicó que fueran a los graneros y que cada uno pidiera lo que quisiera. Una vez que todos estuvieron dentro de éste, el arzobispo mandó encerrarlos y prender fuego al granero.
Los chillidos de los pobres se dejaron escuchar incluso en el interior del palacio del Arzobispo. Pero éste lejos de apiadarse, llamó a sus consejeros y les dijo:
- Escuchad como chillan las ratas entre el grano. Por fin este sufrimiento va a llegar a su fin
 El castigo que le envió el cielo fue terrible. Miles y miles de ratas salieron del granero en llamas y emprendieron su camino hacia el palacio episcopal, para finalmente, atacar al propio arzobispo. Sus sirvientes mataron a cientos de ratas, pero parecía que nunca se acabaran. Parecía como si por cada una que mataban aparecieran otras tres. El Arzobispo estaba aterrorizado por este suceso. En un intento desesperado por huir, se subió a una barca esperando que las ratas no pudieran alcanzarle. Sin embargo, una innumerable legión de éstas lo persiguieron hasta la misma torre que él había mandado construir. Comenzaron a roer las puertas de madera y a trepar por las murallas hasta dar con el arzobispo, a quien mataron. En su desesperación éste ofreció su propia alma al diablo a condición de que éste lo salvara de aquel castigo. El diablo llegó y tomó su alma a cambio de liberar su cuerpo”.

- Esta es la leyenda, que tal vez difiera de la Historia. Es cierto que fue odiado por los ciudadanos, y que él fue el fundador del peaje que los barcos pagan por cruzar el Rin, lo cual ha dado mayor veracidad a la leyenda de la Torre de las ratas –matizó al final de su narración el párroco mientras paseaba su mirada por los rostros allí reunidos. 
- Vaya, nunca pensé que aquel torreón solitario fuera el artífice de esta leyenda –apuntó Heinrich mientras fruncía el ceño.
- Has dicho que esta leyenda puede diferir de la Historia... –apuntó un más que entregado Jorg mientras dejaba descansar su mano.
- Así es. Pero eso no es nada nuevo –señaló el párroco- Bien es sabido que toda leyenda posee algo de real.
- Me parece inverosímil que un hombre de Dios ofrezca su alma al diablo para salvarse –comentó Matthias.
- Tal vez sea porque llegada nuestra hora la muerte no concede ningún privilegio. Y da igual el rango que cada uno tenga –explicó el párroco.
- Pero vender tu alma... No sé... –señaló Francois sacudiendo la cabeza.
- Cada uno haría cualquier cosa con tal de salvarse, ¿no? –preguntó el párroco Friedrick.
- Lo cierto es que las dos historias de hoy no han sido muy alentadoras –matizó Jorg mirando sus notas.
- Oh, bueno. No debes preocuparte por ello. Ven a verme cualquier día y te contaré como surgió el catolicismo en Alemania –le indicó el párroco esbozando una sonrisa.
- ¿Conoces más? –le preguntó con un toque de intriga.
- Ya te dije que todos los habitantes de este pueblo atesoramos una incalculable fuente de riqueza cultural –le recordó Heinrich captando su atención.
- Ya me estoy dando cuenta de ello.
- Lo dicho. Ven a verme un día de estos y te contaré alguna leyenda más. Y ahora, brindemos –propuso el párroco Friedrick.
- Alguien más desea deleitarnos con una historia –sugirió Francois paseando su mirada por los contertulios.
- Creo que es algo tarde y que deberíamos retirarnos ya –sugirió el alcalde Matthias.
- Cierto –apuntó Heinrich levantándose de su silla y buscando con su mirada a su mujer y a su hija, quienes permanecían hablando junto a otras mujeres en una mesa aparte.- Por cierto, Jorg, ¿por qué no le pides a mi esposa que te cuente la historia de amor de Richard y Guta?. Es muy aficionada a ésta y a la Einghard y Emma –le dijo guiñándole un ojo.
- Sin duda alguna que lo haré –asintió Jorg complacido por aquella información. De repente un pensamiento cruzó su mente y sin meditarlo dos veces lo dijo en alto.- ¿E Ingrid?
Heinrich lo miró en silenció mientras su mirada escrutaba el rostro del muchacho. Sonrió de manera cínica al mismo tiempo que asentía.
- Creo que conoce alguna que otra. También deberías preguntarle. Ya lo creo –dijo con un tono que no dejó indiferente al muchacho.- Pero creo que ahora es algo tarde. Vamos –le dijo indicándole que lo acompañara junto a su esposa e hija.
Al llegar junto a ésta sintió la mirada reluciente de Ingrid y su sonrisa cautivadora. ¿Qué historia podría conocer aquella hermosa muchacha? ¿Alguna relacionada con Loreley? Jorg, no había olvidado el relato del alcalde Matthias acerca de la misteriosa mujer que con su hermosura y sus cantos atraía a los hombres a la destrucción. Y ahora, cuanto más se acercaba a ella, y más tiempo compartían juntos más se convencía que ella ejercía cierto poder de atracción sobre él.     

1 comentario:

  1. Seguro que a Jorg le pasaba exactamente lo mismo que a mi, cada vez que leo una historia tuya me cautiva más y más. Espero que nos sigas deleitando con tus historias. Un beso

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