6 sept. 2011

El duergar

Hace muchos años me encontraba caminando por el bosque cercano a...  en una tarde fría y gris de mediados de diciembre, bajo un cielo que amenazaba con descargar lluvia. De pequeño me habían contado extrañas leyendas y cuentos acerca de poderosos y malignos genios que habitaban en aquellos parajes y que se conocían por el nombre de Duergars. Historias que pertenecían al folclore y las leyendas de aquella región de Escocia. Mi abuela disfrutaba contándonos dichas historias a la luz y el calor de la hoguera que ardía en la chimenea del salón. Según ella, los Duergars eran genios maléficos, cuya única misión era llevar la perdición a los hombres mediante engaños. Creaban situaciones imaginarias de las cuales sólo se podía salir de dos maneras: sucumbiendo ante ellas y con ello la muerte segura, o bien ignorándolas en todo  momento. Yo escuchaba fascinado aquellas historias mientras mi imaginación volaba y se imaginaba al Duergar como un ser espantoso, de grandes miembros y con unas manos como garras con las que si te atrapaban no podías escapar. Con los años aquellas historias comenzaron a parecerme algo absurdo hasta el punto de no concederles ningún crédito. Pero aquel día, en el que me adentré en el bosque, las viejas leyendas de mi abuela revolotearon en mi cabeza. A medida que me adentraba en el bosque, mi imaginación volvió a ser la de aquel chiquillo, que escuchaba embobado aquellas fantásticas narraciones.  Pensé en los Duergars y en que tal vez, se me aparecieran. Pero lo que si apareció de verdad fue la lluvia. De pronto, los grises nubarrones comenzaron a descargar agua con gran violencia y hube de buscar un refugio si no quería calarme hasta los huesos. Por fortuna, divisé una pequeña casa que tenía aspecto de haber sido abandonada por sus dueños. No la recordaba en aquella parte del bosque pero ahora me venía de perlas para resguardarme de la lluvia. Me adentré sin pensármelo dos veces y descubrí que en su interior crepitaba una buena lumbre al calor de la cual se encontraba sentado un hombre. Éste, ni siquiera se volvió para ver quien había entrado. Avancé despacio hasta el fuego con ánimo de calentarme y de conocer al inquilino. Cuando estuve junto a él le vi el rostro. Tal vez  fuera el resplandor de la hoguera el que distorsionaba sus rasgos hasta hacerlos fantasmagóricos. Su pelo era largo y rizado y unas  prominentes patillas le llegaban hasta el final de la mejilla. Sus ojos grandes saltones me miraban con curiosidad. Una nariz enorme surgía en medio de ambos. Fruncía el ceño con gesto de preocupación o tal vez por lo inusual de  mi presencia allí. Llevaba una camisa larga hecha jirones, que le cubría por entero. No tenía zapatos y gracias a ello pude percibir que sus pies eran algo más grandes de lo normal. No dijo nada, sino que se limitó a señalarme con su brazo que me sentara junto al fuego. Yo asentí con la cabeza y murmuré un gracias en señal de agradecimiento. El hombre volvió el rostro hacia el fuego y se quedó clavado contemplándolo como si yo no estuviera. La noche avanzaba y la temperatura iba descendiendo muy deprisa. Afuera seguía lloviendo, lo cual hizo que decidiera a pasar la noche junto a aquel extraño personaje en aquella solitaria casa. Debido a las bajas temperaturas, el fuego consumía con más rapidez de lo habitual la leña y según mis cálculos habría que añadir más a lo largo de la noche. Y así lo hizo mi compañero de alojamiento. Viendo que el fuego se extinguía, alargó su brazo hasta un haz de leña que tenía junto a él y cogiendo varios leños los arrojó al fuego en un intento por evitar que se apagara. Era el único movimiento que había realizado desde que yo llegué a la casa. Luego, me miró fijamente con esa mirada que daba escalofríos y me indicó que yo también arrojara leña al fuego. El problema era que yo no tenía ningún leño que arrojar y así se lo dije. Entonces me señaló un rincón de la casa donde había suficiente madera apilada como para que la lumbre no se extinguiera en toda la noche. Sin  embargo, algo en la mirada de aquel extraño personaje me hacia dudar. De manera que rechacé la invitación de mi compañero y sin hacerle caso cogí una manta que había junto a la chimenea y tras envolverme en ella me quedé dormido. No se cuantas horas dormí ni que sería de mi compañero. Lo cierto es que a la mañana siguiente me despertaron los trinos de los pájaros. Poco a poco me fui despertando. Lo que llamó poderosamente mi  atención fue que al despertarme, lo primero que viera fuera un cielo azul despejado. Pensé que aún estaba soñando, pero la cosa fue a más pues de pronto noté como debajo de mi el suelo estaba empapado en agua. Me incorporé y cual fue mi sorpresa y mi espanto al descubrir que me encontraba al borde de un precipicio por el que me caería sin hacía un movimiento en falso. Lentamente me eché hacia atrás alejándome lo más posible del borde. Cuando me aseguré que no corría peligro comencé a mirar por todas partes. No había rastro de la casa por ningún lado, ni del hombre que la había habitado aquella noche. Comencé a recordar todo lo sucedido la noche anterior y entonces caí en la cuenta. Pensé en el montón de leños apilados en un rincón de la casa y que ahora no estaban. El rincón conducía directamente al precipicio. Un sudor frío me recorrió la espalda al pensar que si hubiera ido a buscar leña como me había indicado aquel extraño hombre, me habría precipitado y habría muerto en la caída. Sólo entonces comprendí lo que había sucedido. Había sido víctima de los engaños de un Duergar. De haberle hecho caso, ahora mismo mi cuerpo yacería sin vida en el fondo de un precipicio. Cuando me recuperé de esta situación emprendí el camino de regreso a mi casa dudando en todo momento de lo que percibían mis ojos pues ¿quién me aseguraba que el bosque era también una ilusión y que a la vuelta del camino iba a encontrar la muerte?. Desde aquel día no volvía a reírme de las historias que mi abuela me contaba de pequeño. Cuando le conté a mi madre la experiencia vivida me dijo con toda naturalidad que, aquel extraño hombre que había conocido y con quien había pasado la noche, no era otro que un Duergar, que había intentado engañarme para conducirme a la muerte.

1 comentario:

  1. Ya sabes que me encanta todo lo que escribes. Espero que sigas haciéndolo ya que se que tu disfrutas al escribirlo y yo leyéndolo. Un beso

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