28 ago. 2011

Regreso al pasado

Este realto está publicado en la Revista Narrativas en dos entregas:

Regreso al pasado (1º parte), Revista Narrativas, 15, Zaragoza, Octubre-Diciembre, 2009, pp.117-30 
Regreso al pasado (2º parte), Revista Narrativas, 16, Zaragoza, Enero-Marzo, 2010, pp.100-06  

Edimburgo, 1691


Lady Stephanie Brumlow se encontraba presa de un nuevo ataque de nervios por culpa de uno de los muchos desplantes, a los que su marido la tenía acostumbrada. Una vez más había desaparecido dejándola sola para que acudiera a la recepción en casa de los condes de Bedford. No le extrañaba lo más mínimo su comportamiento, ya que desde que había contraído matrimonio con él, sus atenciones con ella se habían limitado a la noche de bodas y poco más. Más preocupado por sus diversiones favoritas, el juego y las mujeres, Richard Sinclair estaba dilapidando su fortuna con gran celeridad. Stephanie había aceptado casarse con él por el hecho de proceder de una de las familias más adineradas e influyentes de Escocia. Se había encaprichado con él de la noche a la mañana, pero no porque realmente lo quisiera o se sintiera atraída, sino por dar celos a otro hombre. Su único y verdadero amor. Y ahora su capricho se había convertido en un infierno del que no veía ninguna salida salvo quitarse la vida así misma o acabar con su marido.
            A su llegada a la casa de los Bedford éstos la recibieron como al resto de invitados. Tras preguntar por su marido e inventar una nueva excusa para justificar su ausencia, tomó una copa de licor, mientras su hermano, John Fraser trataba de adivinar que era lo que la tenía tan preocupada. Aunque a juzgar por lo sola que estaba no hacía falta ser un adivino.
            - No he visto a Richard esta noche hermanita, ¿te ha acompañado? –le preguntó intentando romper el hielo, pero con un tono que denotaba cierta burla que no gustó a Stephanie.
            - ¿Richard? –le preguntó con un tono sarcástico mientras levantaba sus brillantes ojos negros de la copa de champaña y taladraba con éstos a su hermano.- A veces me olvido que es mi marido. Son tantas las veces que acudo sola a los bailes y las fiestas que ya ni me permito pedirle que me acompañe.
        - Como de costumbre. Es una lástima –le comentó chasqueando la lengua al tiempo que controlaba sus gestos por el rabillo del ojo.
           - ¿Una lástima? En ocasiones hasta agradezco que no venga conmigo; ya que a parte de que suele proparsarse con la bebida acostumbra a humillarme en público. ¿Por qué dices eso? –le preguntó llena de rabia e impotencia por ser siempre el centro de todas las miradas y de todos los corrillos.
            - Me refería a desperdiciar a una mujer como tú, hermanita –el tono empleado para referirse a ella por su parentesco volvió a encender a la mujer.
            Stephanie dirigió a su hermano una mirada gélida, y de haber sido otro hombre tal vez hubiera hecho algún comentario subido de tono.  
 - La verdad es que nunca he logrado entender por qué te casaste con él. Todo Edimburgo sabía la clase de personaje que es Richard. Me extrañó mucho que...
           - Es suficiente –le dijo mientras entrecerraba los ojos y apretaba la copa entre sus manos con tanta fuerza, que si John no se la hubiera quitado la habría hecho añicos.- Ya me basto yo sola para martirizarme con ello. Me equivoqué. Lo admito.
            - Me sorprende comprobar que admites tu culpa. Por otra parte, ¿no crees que tu equivocación es algo cara? –señaló enarcando sus cejas.
            Stephanie apretó las mandíbulas tratando de contener toda su rabia. Aquello era demasiado. No entendía el comportamiento de su hermano, quien ya le había dejado claro en varias ocasiones que no le gustaba su marido. En ese momento si alguien le clavara un objeto punzante apostaría a que no sangraría.
             - Todos pensábamos que te casarías con Edgard Ravenswood.
            Al escuchar su nombre Stephanie sintió un escalofrío recorriendo su espalda y como las manos le comenzaban a sudar más de lo normal. Su rostro mudó de color, algo de lo que John se percató al instante. Así como del ligero temblor que se había adueñado de su cuerpo.
       - ¿Qué te ocurre, hermanita? Parece como si hubiera mencionado a un fantasma –recalcó mirándola por encima del borde de su copa.
          - No me pasa nada –le dijo reaccionando al instante apartando su mirada de su hermano para que éste no pudiera leer en sus ojos su desesperación.
Su respiración se había agitado haciendo que su escote se volviera más voluminoso por momentos. Aquellas dos ondulaciones de blanca y aterciopelada piel comenzaron a agitarse más de la cuenta. Stephanie sintió que su corazón latía desbocado golpeándole incesantemente las costillas, y que si no se relajaba podría caerse redonda allí mismo. Inspiró en repetidas ocasiones tratando de dominar sus nervios, mientras las piernas parecían no quererla sostener por más tiempo.
            - Creo que aún sientes algo por él –comentó con toda intención John.
            - ¿Por quién? –le preguntó con un tono que intentaba mostrarse distraída.
            - Buen intento Stephie, pero conmigo no te vale. Soy tu hermano y te conozco demasiado bien. Para tu información te diré que Edgard sigue vivo.
        - ¿Y qué me puede importar eso? –le preguntó mientras se retorcía las manos presa de su nerviosismo.
           - No lo sé. Dímelo tú. Vive en una casita a las afueras de la capital –le dejó caer mientras volvía a observarla por encima del cristal de la copa de la que ahora sorbía.
            - No entiendo a qué viene tu comportamiento, la verdad –le comentó algo azorada mientras sus mejillas comenzaban a sonrojarse.
         - Abandona a tu marido y recupera a Edgard –le susurró provocando un remolino de sentimientos que recorrieron su mente y su cuerpo. De pronto el recuerdo de días pasados en compañía de otro hombre inundó su mente de manera frenética. Sintió la sacudida en el lado izquierdo, y como parecía que el estómago le daba vueltas sin poderlo controlar.
            - ¡Recuperar a Edgard! –exclamó como si pretendiera estar escandalizada.- No sabes lo que dices –le dijo apretando sus dientes hasta que los sintió rechinar, y sus ojos se convertían en dos carbones encendidos.
           - ¡Maldita sea Stephie! –masculló su hermano mientras se encaraba con su hermana en un intento por hacerla reaccionar.- Es el hombre al que siempre has querido. Y no acepto que digas lo contrario. Pero te dejaste llevar por tu capricho de casarte con un hombre a quien no le importas lo más mínimo salvo por tu fortuna. ¿Por cual de sus amantes te ha cambiado esta noche? –le preguntó frunciendo el ceño mientras se acercaba más a ella y sentía su ira creciendo por momentos.
              - Nuestro padre estaba de acuerdo que me emparentara...
            - Esa es una disculpa barata –le reprochó entre dientes.- Sabes que nuestro padre apreciaba a Edgard.
              - Pero no tenía título –le recordó Stephanie con un tono frío en su voz.
          John la contempló con el gesto contrariado durante unos instantes. Intentó vislumbrar algún sentimiento que le indicara lo contrario de lo que su hermana acababa de decir. Percibió su nerviosismo y como le faltaban las palabras.
             - No hablabas en serio, ¿verdad? –le preguntó en un tono más comedido.
        Stephanie intentó hacer deslizar el nudo, que se le había formado en la garganta, y que amenazaba con ahogarla de un momento a otro. De repente una ligera niebla cubrió sus ojos haciendo las imágenes más borrosas. Sus dos ojos refulgían en exceso por el agua que se había formado a su alrededor. Tras varios intentos consiguió que el nudo pasara por fin de su garganta hacia el estómago al mismo tiempo que la niebla de sus ojos se disipaba. Tomó aire con fuerza mientras recomponía su rostro. Se pellizcó las mejillas para que el color volviera a éstas y esbozó una sonrisa ante el rostro de preocupación de su hermano.
            - No hablabas en serio –le susurró algo más tranquilo por el comentario último de su hermana.- Ya sabes que no soy muy buen bailarín, pero estoy dispuesto a sacar a bailar a la mujer más hermosa de la fiesta.
            -  ¿Por qué no te dedicas a bailar con alguna joven en edad casadera? –le sugirió Stephie con un toque de ironía y reproche a partes iguales.
            - Me niego rotundamente.
            - Deberías estar casado y en cambio andas revoloteando de flor en flor.
          - En la variedad está la diversión hermanita –le susurró mientras se adentraban juntos en la pista de baile.
            El vals fue de lo más gratificante para Stephie, quien por unos instantes se olvidó de Richard, de los comentarios de los invitados, pero no de Edgard Ravenswood. Sintió una nueva punzada en el lado izquierdo de su pecho. Allí donde habitan los sentimientos. Y apostaría a que no haría falta rebuscar mucho para que éstos salieran a la superficie. “Edgard Ravenswood”, pensó mientras su mirada quedaba suspendida en el vacío por unos instantes. John miraba de reojo a su hermana contemplándola mientras en su interior se debatía una lucha de sentimientos encontrados. ¿Cómo podía presentarse delante de Edgard y pedirle perdón? No había vuelto a saber nada de él durante los dos últimos años. Tal vez su hermano tuviera razón y ella siguiera enamorada de él. Pero, ¿y él? ¿Cómo reaccionaría cuando la viera aparecer en su casa? ¿Sería capaz de perdonarla?


Cuando la fiesta hubo terminado Stephanie fue acompañada por su hermano en su carruaje. De nuevo volvía a aquella casa tan grande y tan poco acogedora. Sintió un escalofrío sólo con pensar que tendría que ver a Richard. Si había llegado de su partida de cartas, claro. Aunque sabía a ciencia cierta donde habría pasado la velada. En uno de los muchos clubes privados para hombres.
 El coche de caballos se detuvo y antes de que Stephanie abriera la puerta y descendiera de éste, su hermano la retuvo sujetándola por el brazo al tiempo que la miraba con gesto serio.
            - ¿Quieres venir a casa?
           - No –respondió muy segura de ella mientras esbozaba una tímida sonrisa tratando de hacerle ver a John que todo estaba en orden.
            - No tienes porqué...
         - Richard es mi marido y... aunque no nos llevemos bien no significa que no podamos estar juntos –le confensó armándose de valor meintras experimentaba un leve temblor en sus piernas y que no era producido por el frío. 
            - Recuerda lo que te dije –le dijo con toda intención mientras enarcaba sus cejas.
            - ¿Qué? –le preguntó con gesto distraído.
            - Tú ya me entiendes hermanita.
          - Te veré mañana –le dijo despidiéndose de él mientras descendía con ayuda del mayordomo, quien había acudido solícito a ayudar a su señora en cuanto escuchó el trote de caballos.
            - Newtowngrange. No tiene pérdida –le dijo antes de dar la orden al cochero de partir.
            Stephanie sonreía mientras se retorcía las manos nerviosa. Respiró hondo y alzando el mentón para dirigirse a la puerta de su casa. Ascendió los tres escalones de la entrada y caminó al lado de Sawyer, el leal mayordomo.
            - ¿Ha llegado mi marido? –le preguntó sin interés.
            - Está en el salón desde hace una hora.
            - ¿Ha preguntado por mi?
            Swayer cedió el paso a Stephanie mientras carraspeaba tratando de evitar responder a aquella pregunta. Ella lo contempló con una sonrisa irónica y apoyando su mano sobre su antebrazo le dijo:
            - No te esfuerces. No me extraña lo más mínimo.
           Se encaminó hacia el salón donde lo encontró sentado junto a la chimenea leyendo el periódico. Ni siquiera levantó la vista de éste cuando ella se encontró a su lado. Richard permanecía impasible concentrado en alguna noticia de su interés. O simplemente fingía que leía para no prestarle  la más mínima atención. Ella lo observaba y sonría en su fuero interno. “Tal vez me lo merezca”, se dijo mientras se giraba para salir del salón, pero entonces notó la mano de Richard aferrándose a su muñeca y la mirada clavada en él. Stephanie lo contempló desde la ventaja que le daba estar de pie y se mostró sorprendida.
            - ¿Qué quieres? –le preguntó sin importarle lo más mínimo su interés.
            - ¿Qué tal la fiesta? –le preguntó de manera desinteresada.
            - Como todas. Me preguntaron por ti.
            - ¿Y qué les dijiste?
         - Lo mismo de siempre, y ahora te agradecería que me soltaras. Me haces daño –le dijo con mucha calma.
            Richard esbozó una sonrisa llena de ironía mientras se incorporaba hasta quedar de pie frente a ella. Él era más alto y corpulento. La miró con ojos penetrantes sin hacer caso de su petición.
            - Eres mía. Como lo son mis perros, mis caballos, y mi carruaje –le recordó entre dientes.
            - No lo soy –le espetó armándose de valor.
           - Te equivocas querida. Eres mi esposa y como tal me perteneces, ¿o ya no recuerdas tus votos matrimoniales? –le comentó sonriendo mientras mostraba sus dientes.
        - Te odio Richard –le dijo con una mirada llena de furia al tiempo que trataba de soltarse.- Suéltame o juro que...
            - ¿Qué? –le preguntó desafiándola.
            - O juro que te mato.
            - ¿Tú? ¿Quién te crees que eres para amenazarme? Tú que te arrastraste hasta mi suplicándome que me casara contigo –le dijo con desprecio mientras tiraba de su brazo y la atraía hacia su cuerpo.- No puedes escapar de mi querida –le recordó mientras su boca se apoderaba de sus labios y sus lengua se abría paso de manera violenta y  posesiva hacia el interior para encontrar la de ella. Intentó rechazarlo en todo momento, pero su fuerza era mayor. Por un breve instante la soltó, y  Stephanie pudo contemplar la expresión de triunfo, que se le había quedado, mientras sonreía de manera maliciosa.- Y ahora ven a complacerme –le susurró mientras se quitaba el pañuelo del cuello.
           Stephanie abrió los ojos al máximo aterrorizada por aquella visión. Richard era su marido y como tal le debía respeto y obediencia, pero nunca le permitiría tomarla por la fuerza. Eso jamás. De manera que se armó de valor y se dispuso a repelerlo.
            - ¡Estás borracho! –le dijo mientras trataba de apartarse de él .
            Richard sonreía mientras se iba desabotonando la camisa.
            - He dicho que vengas –le ordenó mientras sus ojos refulgían de ira.
            - Jamás. No permitiré que me vuelvas a tocar –le espetó apretando los puños para defenderse.
            - Ya lo veremos.
          Richard se abalanzó sobre ella sujetándola por el brazo. Stephanie forcejeó con todas sus fuerzas para soltarse, pero la mano de Richard parecía un grillete sobre su muñeca. La atrajo hacia él para besarla de nuevo. Sintió su boca sobre su piel, su aliento a alcohol sobre su rostro, y su mirada aterradora. La mirada de un demente. Levantó una mano para atraparle uno de sus pechos mientras ella se resistía.
            - Eres mi mujer. Tú lo quisiste.
            - No, ya no soy nada tuyo –le espetó mientras le tiraba de los cabellos.
            Richard emitió un alarido de furia mientras la soltaba. Momento que Stephanie aprovechó para abandonar el salón trastabillándose con su vestido, pero finalmente logró salir por la puerta de la casa, y tras cruzar corriendo la calle, se subió a un carruaje que había parado en la otra acera. Su corazón latía acelerado como si quisiera hacerla llegar antes al coche. La sangre le corría por las venas y le golpeaba en las sienes. Le costaba trabajo respirar debido al forcejeo y a la tensión vivida. Al llegar junto al cochero le dio la dirección que primero le vino a la mente.
            - Newtowngrange.
            Subió al coche y cerró la puerta para dejarse caer sobre el respaldo tapizado en color burdeos. Justo cuando el cochero fustigaba a los caballos y arrancaba vio el rostro de Richard pegado a la ventanilla, y sus puños aporreándolo.
         Stephanie se sobresaltó al verlo de tal manera que el corazón le dio un vuelco. Su rostro palideció y un sudor frío recorrió toda su espalda provocando un sinfín de calambres. Cerró los ojos y lloró de manera desconsolada y amarga mientras ocultaba su rostro entre sus manos. A lo lejos escuchaba las voces de su marido asegurándole que la encontraría.


2

La casa de ladrillos rojos y tejado de gabletes, arquitectura típica de Edimburgo, era el único edificio que había en aquella dirección. La voz del cochero así se lo indicó cuando detuvo el carruaje frente a ésta. Stephanie descendió lentamente del carruaje sin saber muy bien qué estaba haciendo allí. Pero era el único lugar en el que creía que podría sentirse a gusto.
         - Espere un momento. El hombre que vive aquí le pagará el servicio –le dijo con la voz temblorosa, mientras emprendía el camino de adoquines hacia la cancela de la entrada.
            Descorrió el cerrojo y un chirrido espeluznante acompañó sus pasos hasta que la cerró detrás de ella. Había una luz en una ventana por la que ahora se asomaba un rostro de hombre. De inmediato la puerta de madera maciza se abrió y una silueta enorme quedó recortada en la claridad de la luz. Stephanie lo reconoció en seguida. ¿Cómo podría haberlo olvidado?. Edgard avanzó con un farol en la mano para iluminar el camino, y a la persona que ahora se acercaba hasta él. ¿Quién podría ser a estas horas? Nadie lo visitaba desde hacia semanas. Pero cuando Edgard levantó el farol su rostro reflejó la reacción típica de una persona que no esperaría aquella visita por nada del mundo.
      - ¿¡Stephanie!? –murmuró entrecerrando los ojos porque no creía la imagen que éstos contemplaban.
             - ¿Puedes encargarte de pagar al cochero? –le preguntó con la voz entrecortada.
            Edgard iluminó su rostro y por su aspecto dedujo que no pasaba por un buen momento. Asintió aturdido mientras se encaminaba hacia el carruaje para abonarle la tarifa correspondiente. Cuando el cochero se despidió de él, Edgard regresó de inmediato junto a Stephanie. Ésta se había quedado allí de pie esperando imapciente su regreso. Tenía los brazos alrededor de su cuerpo abrazándose para controlar la tiriona fruto del estado de nervios en el que se encotnraba. Al momento sintió la rpesencia de Edgard junto a ella. Mirándola como si se tratara de un fantasma que había regresado d ela muerte tal vez para atormentarlo.
            - ¡Por San Andrés, estás tiritando!. Vamos dentro –le dijo mientras caminaba con ella bajo su brazo.
          Stephanie sintió el calor que emanaba el cuerpo de Edgard, y como éste conseguía reconfortarla. Se dejó conducir hacia el interior de la casa si objetar nada. Y una vez en el interior Edgard apagó el farol y condujo a Stephanie hacia su salón. No era muy grande, pero si se respiraba un ambiente acogedor. La chimenea estaba encendida arrojando su calor por toda la habitación lo que hizo que se sintiera mejor, y que sus temblores fueran desapareciendo. Edgard, de pie en mitad de la habitación, le lanzó una mirada llena de curiosidad. ¿Qué hacía allí?. Sintió una extraña sensación cuando la vio, y que ahora se volvía más intensa. No en vano era la mujer que había amado durante tanto tiempo. La única mujer a la que había cortejado de manera formal, y con la que por primera y única vez había concebido la posibilidad de casarse.
            - Ven y acércate al fuego para calentarte. ¿Quieres una taza de té?.
            Stephanie asintió ligeramente, ya que en esos momentos era incapaz de hablar. Estaba bajo los efectos que la escena con Richard había producido en ella. Pero también el hecho de volver a ver a Edgard. Durante el breve espacio de tiempo que él tardó en volver. Stephanie paseó sus ojos por aquel salón de manera distraída con el fin de evitar mirarlo a él a lo ojos. Sin embargo, su curiosidad pudo con ella y tras breves segundos de contemplar en silencio el contenido de la taza, levantó sus ojos y lo miró a la cara buscando algún resquicio del hombre que ella conoció una vez, y que le había propuesto matrimonio. Edgard se apoyó sobre la chimenea atizando el fuego para que desprendiera más calor. Lo vio arrodillado sobre la alfombra deslustrada del salón. No lo recordaba tan atractivo. Sus cabellos negros estaban algo enmarañados. Sus ojos azules estaban apagados. Parecían carentes de vida. Sus facciones eran más duras, y una barba de varios días cubría sus mejillas. Se volvió hacia ella, y fijó su mirada  penetrante en su rostro provocándole cierta inquietud. Sin duda alguna esperaba una explicación de porqué estaba allí.
            Edgard paseaba su mirada de halcón por el rostro de Stephanie. Sus cabellos estaban algo despeinados, como si hubiera estado forcejeando; y varios mechones caían libres sobre su rostro. Los ojos hinchados y rojos de haber estado llorando. Casi podía distinguir el trazo que las lágrimas habían dejado en sus mejillas. Ella, por su parte, lo miraba asustada por la reacción Edgard pudiera tener. De momento la había aceptado en su casa sin más. Sabía que no debería estar allí. Era el último lugar donde debería haber acudido. Por su parte, Edgard nunca hubiera imaginado que ella se presentaría allí algún día después de tanto tiempo. Pero lo había hecho, y ahora no había vuelta atrás. Había abierto una puerta que él había cerrado hacía dos años. Sólo el destino sabía lo que había deparado a ambos.
            - ¿Qué haces aquí? –le preguntó con la voz dura; fría, tratando de mostrarse indiferente.  
            - Me...me he escapado de casa... –respondió tiritando mientras sentía la fría mirada de él sobre ella.
            - ¡Escapado! –exclamó sorprendido por su respuesta.
            - No soporto a Richard –soltó sin pensarlo ofuscada por la vida que llevaba junto a él.
            Edgard chasqueó la lengua y sonrió burlonamente.
            - Hace dos años no pensabas lo mismo.
         - Hace dos años no sabía quien era –le espetó tratando de reunir fuerzas suficientes para no mostrarse débil. ¿Es que iba a reprocharle su comportamiento al igual que su hermano había hecho en la fiesta? Se había equivocado en su decisión pero ello no implicaba a que se lo estuvieran recordando siempre.
           - ¿Y ahora? ¿Lo has descubierto?.- El tono de su pregunta era mordaz, tratando de hacerle daño.
         - Sí –logró murmurar mientras bajaba la mirada hacia la taza de té sintiendo que las fuerzas le abandonaban. Que no sentía las fuerzas necesarias para seguir hablando siempre de lo mismo.
          - ¿Por qué te has escapado? –le preguntó con un tono más serio y cargado de temor por lo que pudiera sucederle.
       - Al llegar a casa lo encontré borracho. Quiso obligarme a acostarme con él –le respondió mientras tragaba y alzaba la mirada hacia él escrutando su rostro.
           Edgard apretó las mandíbulas y su mirada se volvió hielo. Frunció el ceño e inspiró sin decir nada. No quería mostrarle sus verdaderos sentimientos. Pero en su interior se debatía en una lucha atroz. Quería demostrarle que haría lo que fuera con tal de apartarla de su marido; que lo mataría con sus propias manos si se atrevía a ponerle la mano encima. Después de todo, la seguía amando como el primer día. En su interior se moría de ganas se arrodillarse ante ella y estrecharla entre sus brazos. Sentir su cuerpo junto al suyo; respirar su aroma femenino y permitir que lo embriagara como ninguna otra mujer había conseguido jamás. Pero en vez de hacerlo volvió a sacar al hombre frío y despechado que llevaba dentro.
            - Está en su derecho. Es tu marido. ¿Lo has olvidado?.
            - No, no lo he olvidado, pero no pienso consentirle que me...
            - Déjalo. Ahórrate explicaciones –le dijo sacudiendo la mano en el aire como si todo ello no le importara.- ¿Sabe que estás aquí? –le preguntó escrutando su rostro para ver si le estaba mintiendo.
           Stephanie negó con la cabeza mientras miraba por el rabillo del ojo los movimientos de Edgard. Éste se había vuelto hacia la chimenea. Había apoyado sendas manos sobre la repisa de ladrillos sintiendo la ola de calor ascender por sus brazos. Entrecerró los ojos mientras los fijaba en las llamas que crepitaban devorando los leños.
            - No, claro. Es el último sitio donde te buscaría –murmuró para sí mismo.- ¿Qué pretendías con venir aquí? –le preguntó girándose hacia ella. Empujado por el deseo de contemplarla, de comprobar que no era un sueño y que ella estaba allí de verdad.
            - No lo sé. Tan sólo que el coraz... no lo sé. Tal vez mi hermano...
        - ¿John? ¿Qué tiene que ver en todo esto? –le preguntó mientras entrecerraba los ojos hasta convertir sus pupilas en dos destellos luminosos.
            - Me dijo que seguías vivo.
           - Bueno sí es verdad –corroboró luciendo una sonrisa encantadora que Stephanie agradeció. Era la primera vez que alguien la sonreía de aquella manera en mucho tiempo.- ¿Qué quieres de mi?.
         - Ayúdame por favor –le respondió en un tono que le pareció cargado de sinceridad. Era la primera vez que Stephanie le parecía asustada. No, aterrada más bien. Tenía escalofríos y titubeaba constantemente. Estaba preciosa enfundada en aquel vestido en tonos malva que dejaban ver una porción generosa de sus encantos femeninos. Edgard desvió la mirada de esa parte de su anatomía para centrarse en el significado de sus palabras.- No puedo regresar a casa. Si lo hago Richard me matará. Lo ha prometido.
         - No lo dudo. Es un salvaje. Lo que no logró entender es como acabaste con él.
         - Lo sabes muy bien.
         - Sí, claro que lo sé. Los Ravenswood perdimos todos nuestros títulos y posesiones tras la guerra. Y claro yo no podía ofrecerte nada a cambio de –Edgard se detuvo en la narración. Cerró sus ojos y recordó días pasados. Días felices en los que él la cortejaba y en los que el mundo era el lugar más maravilloso.
            - Lo siento Edgard.
        - Lo sientes –asintió contrariado.- ¿Después de dos años?. ¿Cómo puedes tener el valor de presentarte aquí y decir que lo sientes?. Stephie, eres increíble. ¿No recuerdas las palabras de tu padre en la recepción por tu cumpleaños? –le preguntó mirándola fijamente mientras ella cerraba los ojos. Sabía a lo que se estaba refiriendo, pero ya no podía volver atrás. No podía remediar lo que había hecho.- Esas palabras las llevo grabadas a fuego aquí dentro –le dijo señalando su pecho mientras tensaba las mandíbulas.
         - Créeme que lo lamento –le dijo poniéndose de pie mientras dejaba la taza de té sobre una mesita.
            - Y luego tú. Diciéndome que...
            - No lo digas por favor –le suplicó mientras sus ojos se abnegaban de lágrimas.
           - Que los Ravenswood no le llegábamos a los talones a los Sinclair –le recordó con un tono duro y frío que rasgaba la piel de ella como un látigo, mientras la miraba a los ojos.- Mi familia fue durante siglos la encargada de guardar y custodiar el sello real de Escocia.
            - Estaba ofuscada. Quería darte una lección –le dijo mientras dos perlas cristalinas rodaban libres por sus sofocadas mejillas.
            - ¡A mí! Maldita sea ¿por qué? –le preguntó extendiendo las palmas de sus manos.
            - Te vi en varias ocasiones flirteando con Rose Marie Monroe –le confesó en voz baja mientras las lágrimas caían sobre su regazo dejando dos manchas en éste.
            - ¿Flirteando? Pero, ¿de qué...? ¡Por San Andrés! –exclamó poniendo cara de no entender de qué iba todo aquello.-  Tal vez... ella pudiera haber  estado interesada en mi, pero yo no lo estaba en ella –le dijo mientras la sujetaba por los hombros y sus miradas se encontraban frente a frente.- Nunca tuve ojos para ninguna otra mujer que no fueras tú Stephie. Nunca los he tenido –murmuró sintiendo que le faltaban las fuerzas. Que los ojos se le empañaban, y que la boca se le secaba.
            Durante unos instantes ninguno de los dos dijo nada. Ambos permanecían en una especie de hechizo que ninguno de los dos quería romper. Edgard sintió que la piel se le erizaba al recordar los momentos tan maravillosos que habían compartido, pero por otra parte, la herida era profunda. Cerró los ojos y se apartó de ella para dirigirse a la ventana y fingir que miraba a través de ella. Stephanie lo siguió con su mirada, mientras se retorcía las manos y se mordía el labio inferior. Aguardaba su decisión. Sabía que no sería fácil recuperarlo, y que tal vez nunca lo hiciera. 
           - Necesito tu ayuda. No te la pediría si no estuviera en peligro –insistió mientras se incorporaba del sillón e intentaba caminar hacia él.
            - Ahora me necesitas. Para salvarte de tu marido. Qué irónico –exclamó mirándola por encima del hombro. Stephie se sentía culpable de todo lo sucedido; y Edgard seguía sin creer lo que estaba pasando.- ¿Qué quieres? ¿Qué mate a Richard? –le preguntó esbozando una sonrisa maligna.
            - Sólo quiero que me protejas.
          - Imagino que estás al tanto de que si me encuentran contigo soy hombre muerto. Tu marido tiene amigos poderosos en las altas esferas. A ti te acusarían de adulterio. Richard te repudiará, y si maneja los hilos con destreza  posiblemente te deporten al Nuevo Mundo; pero yo perdería el cuello –dijo riendo.- Tiene gracia.
            - ¿Lo qué? –le preguntó contrariada Stephanie.
         - Que haya buscado la muerte con tantas ansias en la guerra contra los ingleses, y ahora se presente ante mi en una apariencia tan atractiva –le dijo paseando su mirada por su cuerpo hasta hacer que Stephanie se ruborizara.
            - No lo sabía. No obstante si no quieres yo...
           - La cuestión no es si yo quiero. Se trata de si sabes lo que me estás pidiendo. Porque una vez que se empieza no hay vuelta atrás. Y no vale arrepentirse. Por cierto, ¿cómo piensas pagarme mis servicios? –le preguntó alzando una ceja. Aquella propuesta le heló la sangre a Stephanie. Nunca pudo imaginar que le cobraría por su ayuda. “Quiere humillarme. Regodearse con mi desgracia”, pensó mientras trataba de controlarse.- Como verás mi situación económica no es muy solvente, y no me vendría mal alguna gratificación extra –le dijo abarcando con sus brazos la habitación.
        - Ahora mismo no tengo dinero. Ni siquiera tengo donde ir –le dijo implorando cierta comprensión mientras su respiración se agitaba bajo el vestido y su escote se volvía más atrayente.
            Edgard frunció el ceño dándole vueltas a la cabeza sobre la manera en que podría cobrarse sus servicios. Quería humillarla como ella había hecho con él. Hacerla pasar apuros como los que había atravesado él, aunque ello conllevara hacerse él mismo daño. No podía ni quería verla sufrir, pero tampoco podía olvidar su desplante y su rechazo a su proposición de matrimonio.
            - Ya sé lo que quiero a cambio de protegerte y liberarte de tu marido.
            - ¿Qué? –le preguntó deseando conocer el precio a pagar.
            - A ti –le dijo con calma.
            - ¿A mi? –le preguntó sin salir de su asombro mientras sentía un repentino pálpito en su pecho.
            - Sí has oído bien. Tú. Quiero que tú seas mi recompensa. Si no tienes dinero...
            - ¡No soy una furcia! Puede que esté desesperada pero no hasta ese punto–le espetó rabiosa por aquella declaración. Sacó fuera toda su ira y su odio. Estaba cansada. Dolida.
         - No me her referido a pasar la noche contigo. No me has entendido, o tal vez no me he explicado bien. No se trata de eso. Me refiero a ti. Si quedas libre te quedarás conmigo para siempre.
            Stephanie se sintió algo decepcionada porque no se estuviera refiriendo a pasar la noche con ella. Ese comentario la hirió en cierto modo en su orgullo femenino, ya que había creído que ningún hombre podría resistirse a sus encantos. Y más él, quien durante años fue su pretendiente.
            - Y esta noche...
            - Puedes quedarte aquí, por supuesto. Arriba encontrarás una habitación con una cama. 
            - ¿No subes a indicarme cuál es? –le preguntó con cierto toque sensual en su voz. ¿Por qué lo había adoptado si acababa de rechazarlo?. Quería dominar la situación. Sentirse deseada por él. Pero para su desilusión Edgard siguió comportándose de manera fría y distante.
            - La primera a la derecha –le dijo con un tono frío.- Encontrarás ropa en el armario.
            Stephanie asintió mientras se encaminaba hacia la escalera.
            - Que descanses –le dijo mirándolo por encima del hombro mientras ascendía los peldaños.
         Edgard se tumbó sobre el viejo sofá de color ocre que ahora recibía los destellos del fuego haciéndolo parecer oro. No tenía ganas de irse a dormir. En parte porque tenía mucho en lo que pensar. Y además, ella se había quedado con la cama. Clavó su mirada en el fuego viendo como las llamas crepitaban y consumían lentamente los troncos arrojados sobre ella. No pudo evitar que su mente se sintiera invadida con los recuerdos de aquel fatídico día. Y aquellas palabras que ahora volvían a retumbar en su cabeza: “Damas y caballeros quiero anunciarles el compromiso de mi hija Stephanie con el caballero Lord Richard Sinclair”. Recordó la cara que se le había quedado cuando escuchó la noticia. Ni siquiera fue capaz de felicitar a los contrayentes. ¿Para qué?. Tenía bastante con aquella comedia como para seguir actuando en ella. Salió de allí en dirección a la parte vieja de la ciudad para emborracharse en las tabernas. Amaneció tumbado en los jardines de Princess Street con una resaca considerable. Se dirigió a casa y se acostó. Se pasó encerrado varios días hasta que las noticias de la llegada del príncipe Guillermo de Orange anunciaron el cambio de gobierno. Llamaron a filas a los defensores del rey Jacobo Estuardo, y él se alistó sin pensárselo dos veces. Durante dos años no volvió a saber nada de ella, hasta esa noche. Había coincidido con su hermano, a quien salvó la vida en Killiecrankie, pero no tuvo fuerzas para preguntarle por ella.
            - Maldita sea –masculló entre dientes mientras se incorporaba para quedar sentado.- ¿Por qué has tenido que venir a abrir esa puerta que durante tanto tiempo he procurado mantener cerrada?. Se ve que aún hay algo latiendo por ti. Soy un sentimental. La guerra no me ha endurecido todo lo que yo creía. Más bien todo lo contrario. Juré que no te ayudaría nunca más, pero veo que has sabido tocar esa fibra sensible que... ¡Por San Andrés, que aún siento algo por ti, Stephanie!.
           Se quedó dormido sobre el sofá hasta que la luz de la mañana comenzó a filtrarse por las ventanas y a darle de lleno en el rostro. Sin embargo lo que lo despertó fueron los golpes de alguien aporreando su puerta.


3

Edgard se puso de pie al momento y con todos sus sentidos alerta. Caminó descalzo sobre la alfombra que amortiguaba sus pasos. Lanzó una mirada hacia lo alto de la escalera cuando estuvo al pie de ésta. Stephanie estaba allí de pie en lo alto enfundada en una camisa suya que le quedaba bastante grande. Sus cabellos caían en cascada sobre sus hombros mientras en sus ojos aparecía una mirada de terror. Temía que fuera Richard, quien estuviera aporreando la puerta. Sintió que las piernas le temblaban mientras no apartaba la mirada de Edgard. Estaba desnudo de cintura para arriba y ahora podía observar su esbelto cuerpo surcado por algunas cicatrices. Edgar se giró hacia ella y le indicó que se escondiera en la habitación.
            Cuando se cercioró que estaba oculta caminó hacia la puerta con paso firme. Nadie podía sospechar que ella estaba allí. Y menos su actual esposo, quien estaba seguro de que él la odiaba. Hasta anoche. Descorrió la cortina de la ventana un poco para ver quien estaba ante su puerta y cuando descubrió que era John, el hermano de ella, respiró aliviado. Abrió la puerta y fingió que estaba descansando aún. El rostro de John mostraba la preocupación lógica por al desaparición de su hermana. Probablemente todo Edimburgo sabría ahora que la esposa de Richard Sinclair estaba desaparecida.
            - ¿Qué haces aquí tan temprano?.
            - Stephanie ha desaparecido –le respondió alarmado.
            - ¿Y por qué has venido a decírmelo?.
            - Porque anoche le comenté que viniera a verte para...
            - Shhhh -susurró mientras le indicada con la cabeza que entrara.
            - ¿Está aquí? –le preguntó hecho un manojo de nervios.
            - Stephie –llamó Edgard en dirección al piso de arriba.
Al momento ésta apareció en lo alto de la escalera. Había reconocido la voz de su hermano preguntando por ella a Edgard. Descendió los peldaños con rapidez mientras sus cabellos flotaban en el aire y los bajos de su camisa se levantaban revelando parte de sus muslos, que no pasaron desapercibidos para Edgard.
            John dirigió una mirada inquisidora a Edgard al ver a su hermana con tan poca ropa; pero él se limitó a encogerse de hombros sin saber qué decir.
            - ¿Cómo estás? Me tenías preocupado –le dijo John abrazándola al tiempo que depositaba un fraternal beso sobre su cabeza.- ¿Qué ha sucedido? Richard se presentó en mitad de la noche en mi casa buscándote como un poseso.
        - Me escapé, John –le dijo con seriedad mientras por el rabillo del ojo controlaba los movimientos de Edgard.
            - Sí, eso me ha quedado claro. Ahora la pregunta es ¿por qué? –le preguntó frunciendo el ceño y entrecerrando sus ojos para intentar lo que se le estaba pasando a su hermana por la cabeza.
            - No lo soportó –le espetó mientras se retorcía las manos fruto de los nervios y de la tensión que experimentaba. Se volvió para caminar por la alfombra sin dirección alguna.
        - ¿A quién? ¿A Richard? –le preguntó sin dar crédito aquella acusación después de la conversación mantenida la noche anterior en casa de los condes de Bedford. Luego, giró el rostro para mirar a Edgard, quien se había retirado y ahora se encontraba sentado en su sillón.
            - A mi no me mires. Eso mismo me contó cuando anoche se presentó en mi casa.
            - ¿Por qué has venido aquí? –le preguntó sacudiendo la cabeza sin entender lo que le pasaba a su hermana.
          - No sabía donde ir. Recordé la dirección que me diste al despedirnos. Supongo que...- Stephanie se pasó las manos por los cabellos para retirarlos de su rostro e intentar aclarar sus ideas. Ahora caminaba por el salón bajo la atenta mirada de Edgard, quien hacía verdaderos esfuerzos para no delatar su excitación. Verla vestida con su camisa y como ésta dejaba ver sus muslos de piel blanca y suave... No podía negar que Stephanie era irresistible, y que por mucho que intentara odiarla por lo que le hizo sabía que él estaba encadenado a ella. Se engañaba así mismo cuando se decía que no la quería, y que la había olvidado. Se rió de manera burlona mientras hablaba con su corazón. “¿Creía que habías aprendido la lección?. Ahora me doy cuenta que todos mis esfuerzos fueron en vano”.
            - ¿Qué opinas, Edgard? –le preguntó John de repente sacando a aquél de sus pensamientos.
           - Bien, si es verdad lo que cuenta... – comentó distraído pues su atención había estado puesta en aquella sensual mujer de exquisitas formas.
            - ¿Cómo que si es verdad? –le preguntó encarándose con él.
        Edgard se estremeció al ver como lo miraba. Sus ojos irradiaban rabia y enojo por su comentario. Sus mejillas encendidas y sus labios entreabiertos invitándolo a tomarlos. Y ahora el cuello de la camisa rebelando el descenso hacia las perfectas formas que se marcaban bajo la tela. Cuando Stephanie descubrió el motivo por el que Edgard la miraba se irguió y se abrochó hasta arriba la camisa mientras lanzaba una mirada de furia a éste. Sin embargo, tuvo que admitir que le había gustado que él se fijara de aquella manera en su escote. Significaba que después de todo él no era una roca como quería hacerla ver.
            - ¿Entonces dudas de su historia? –le preguntó John dando un paso al frente.
            - No. La creo, ya que esta casa sería el último lugar a donde se dirigiría –dijo con una voz fría y segura, mientras el semblante de su rostro se endurecía al mirarla.
            Stephanie sintió la frialdad de aquella mirada. Sus ojos penetrantes clavados en su rostro. No sabía muy bien si aquella mirada le aterraba o por el contrario le gustaba, pero lo cierto es que sus piernas parecieron comenzar a flaquear y decidió sentarse.
            - ¿Y ahora? ¿Qué vais a hacer? –les preguntó John pasando la mirada desde su hermana hasta Edgard.
            - Ella puede quedarse aquí todo el tiempo que haga falta –respondió Edgard muy seguro sin apartar su mirada de Stephanie.- Richard no se atreverá a asomar por aquí. Es el último lugar donde la buscaría.
            - ¿Y qué pasará si por casualidad indaga y descubre que está aquí? Pueden acusarte de haberla raptado.
        - ¿Quién yo? ¿Raptarla? –le preguntó sorprendido Edgard mientras esbozaba una sonrisa burlona.- ¿Por qué? ¿Qué motivo tendría para hacerlo?. Todo Edimburgo sabe que la odio por lo que me hizo.
            - Por eso mismo. Te rechazó por Richard –respondió John con el gesto comedido.- Él podría convencer a la gente de que es tu venganza.
            - Tal vez incluso me agradezca que se la haya quitado de en medio.
          - ¿Qué insinúas? –le preguntó Stephanie saltando del sofá para enfrentarse con Edgard de nuevo.
            - Según tengo entendido por las malas lenguas de la ciudad. Tú a Richard le importas muy, muy poco –le comentó no exento de sarcasmo.
              - Pero, ¿cómo te atreves a decir eso? –le preguntó avanzando hacia él.
          - Es la verdad. Todo Edimburgo sabe que Richard no te toca porque no te quiere. Sólo le interesa tu fortuna, no tu cuerpo. Estoy por apostar a que ni siquiera te ha hecho el amor.
            - Pero, ¿quién te crees que eres para hablarme así? –le preguntó con el rostro encendido por la ira y los ojos abiertos al máximo como si fuera a salírsele de las cuencas.- Para tu información te diré que Richard si me ha tocado y se ha acostado conmigo.
            - Me creo la persona que te va a salvar el cuello. Y te recuerdo que tú has venido a buscarme. Por otras parte te puedo asegurar que tú no despiertas un gran interés de Richard. Estoy seguro –asintió Edgard esbozando una sonrisa burlona mientras disfrutaba viéndola humillada de aquella manera mientras intentaba zafarse de los brazos de su hermano.
            - Estate quieta Stephie. Y tú Edgard guarda tus comentarios más mordaces para otra ocasión –le dijo señalándolo con su brazo extendido.
            - ¡Te odio! –le gritó mientras se veía libre de su hermano.
Su respiración se había agitado más de la cuenta y ahora adoptaba una posición de ataque que divirtió a Edgard. Con los puños apretados sintiendo como sus uñas se clavaban en sus palmas y como sus nudillos palidecían retó con su mirada a Edgard.
           - Durante dos años yo he sentido lo mismo por ti. Por otra parte te diré que te equivocas Stephie. Me amas más de lo que tú crees –le dijo con el mismo tono burlón que había empleado antes.
            - ¡Mentira!. ¡Nunca te he querido y nunca lo haré. Puedes estar seguro de ello!.
            - Entonces sal de mi casa y vete con John. Que él te proteja. Porque si de algo estoy seguro, es de que has venido a buscar mi ayuda porque en el fondo soy el único amigo que tienes. Y puedo asegurarte que sigues enamorada de mi; y si no es cierto lo que digo abandona mi casa –le dijo señalando la puerta mientras su voz se asemejaba a un trueno. La contempló con el ceño fruncido y los ojos llameando ira.
           Stephanie seguía en la misma posición mirando fijamente a Edgard mientras ahora él aguardaba su decisión con los brazos cruzados sobre el pecho. Su apuesta era arriesgada porque si vencía su orgullo ella desaparecería igual que había venido. ¿Le daría la razón, o sería capaz de poner su vida en peligro para no reconocer que lo amaba?. John miraba ahora a su hermana deseando que no cometiera una estupidez. Lo cierto era que él no tenía mucha idea de lo que debía o podía hacer para protegerla; pero Edgard sí.
            - John, ¿tienes un coche a la puerta? –le preguntó con la voz cortada por la emoción que la embargaba. Sus ojos comenzaron a nublarse y un nudo se le formó en la garganta. El corazón comenzó a latir más lento como si quisiera detenerse. Tenía ganas de llorar y desahogarse.- Sólo será cuestión de un momento.
            Se volvió ante la atónita mirada de ambos y comenzó a subir las escaleras en dirección al dormitorio. No lloraría delante de él porque sería admitir su triunfo. Apretó los dientes con rabia mientras se sentaba en la cama y respiraba hondo. Trató de recomponerse ante el pequeño espejo ovalado que había sobre una rústica cómoda. Se pasó las manos por el rostro y se pellizcó las mejillas para que adquirieran color. Se desprendió de la camisa de él y se quedó con ella en la mano durante unos instantes. Luego sin saber el motivo de su acto pasó su mano por ella sintiendo su suavidad. Su aroma varonil la había rodeado toda la noche y ahora su propio cuerpo destilaba ese olor. Se vistió de inmediato con sus propias ropas y se dispuso a bajar. No quería estar ni un minuto más en aquella casa. Odiaba a Edgard por su comportamiento, pero también así misma por no querer reconocer sus sentimientos hacia él.


- ¿Por qué lo has hecho? –le preguntó John mientras Edgard paseaba por el reducido salón con las manos a la espalda y la cabeza inclinada.
            - ¿A qué te refieres? –le preguntó a su vez éste con aire distraído.
            - A ponerla entre la espada y la pared. A eso me estoy refiriendo.
          - Yo no la he puesto en ningún lado ni entre nada –le aclaró levantando la cabeza y mirando fijamente a John.- Le he ofrecido mi ayuda nada más.
         - A cambio de que reconozca que sigue enamorada de ti. ¿Te parece justa la elección? –le preguntó mostrando las palmas de sus manos e intentando hacerle ver que era injusto.
            - Sí. Si me voy a jugar el cuello por ella, quiero saber que lo hago por algo más que por huir de un marido borracho y pendenciero. Quiero saber que después de esto habrá un futuro para ella y para mi. No quiero que se vuelva a marchar John. No. Otra vez no. No podría soportarlo –le confesó mientras sentía que el pulso le latía acelerado en el interior de su cuerpo.
            - Es mentira lo que le has dicho –susurró John mientras miraba con recelo a Edgard.
            - ¿A qué te refieres? –le preguntó con el ceño fruncido.
            - Que la odias.
            Edgard cerró los ojos al tiempo que apretaba las mandíbulas con rabia.
           - La odié en un principio por lo que me hizo –le confesó finalmente mientras aflojaba la tensión que agarrotaba todos sus músculos.
            - ¿Pero...? –inquirió John alzando sus cejas.
       - Aún así nunca he dejado de quererla. Ese odio era una coraza para protegerme de mis sentimientos hacia ella. Una excusa para no reconocer que la seguía y la sigo amando, John –le confesó mirando a su amigo a los ojos.
            - Sabes que ella si te quiere.
            - ¿Y tanto le cuesta reconocerlo?. ¡Maldita sea he pasado dos años en el infierno y tú lo sabes!. Dos años en los que buscaba la muerte desesperadamente porque creía que nunca más la volvería a ver, ni a tener la mínima posibilidad de recuperarla. Porque en esos momentos mi vida carecía de sentido sin ella. Estaba vacío. Además, mi familia había sido desposeída de los títulos y posesiones por el nuevo rey, por el hecho de ser leales a los Estuardo. Y mira por donde el destino me brinda una segunda oportunidad; pero quiero que esta vez se quede –le dijo mientras extendía las palmas de sus manos en gesto de súplica.
            - ¿Por ese motivo te arriesgaste a sacarme del paso de Killiecrankie cuando los ingleses nos sorprendieron?. Porque buscabas que una bala acabara contigo.
            - Eres mi amigo John –le comentó posando sus manos sobre los hombros de éste.- Iría al infierno para salvarte.
            - Aún a riesgo de tu propia vida –sentenció éste mirándolo con admiración por ello, pero también por ser un cobarde.- Si la quieres no la dejes marchar Edgard. Retenla contigo. Si Richard la encuentra la matará –le aseguró aferrándose a los brazos de su amigo mientras sus miradas quedaban suspendidas la una en la otra.   
            En ese momento escucharon los pasos de Stephanie bajando las escaleras. Se había arreglado lo mejor que había podido. Quería aparentar que todo estaba bien, y que las palabras de Edgard no la habían afectado como él esperaría. Con el mentón alzado y la los hombros hacia atrás descendió el último peldaño y se acercó a su hermano.
            - ¿Nos vamos? –le preguntó con el semblante serio y sin volver el rostro hacia Edgard, quien en esos momentos estaba hechizado por la presencia de ella.
            - Quédate –murmuró mientras la agarraba por el brazo.
            Stepanie sintió el chispazo de sus dedos sobre la tela de su vestido y como su intensidad la atravesaba con gran facilidad. Al momento el pulso se le disparó hasta cotas insospechadas. No quería volverse, pero aquella quemazón por toda su piel la estaba obligando a hacerlo.
            - Siento lo que te he dicho. No quería molestarte. Por eso te pido que te quedes, y no porque me ames o me odies, sino porque esta casa es el lugar más seguro para ti en estos momentos.
            Stephanie seguía mirando a su hermano, quien enarcaba las cejas en señal de asombro. Ella volvió su mirada hacia Edgard y éste sintió que su interior se fundía como el hielo en primavera. Toda su furia se evaporó con aquella mirada. Le había hecho daño a juzgar por sus ojos. Había llorado. Sin duda ella lo había ido buscando para pedirle ayuda, y él sólo había pensado en vengarse porque lo rechazó hace dos años. Se había dejado llevar por el odio y la amargura que lo había rodeado durante ese tiempo. Pero sabía que siempre amaría a aquella mujer. Por mucho que le costase, por muchas batallas que tuviera que librar, y por mucho que le costara reconocerlo. La amaba como a ninguna.
            - ¿Sin ningún compromiso?.
            - Ninguno.
            Stephanie miró a Edgard a los ojos y vislumbró cierta complicidad en su mirada.
            - Puedes irte John –le dijo a su hermano.
            - Ven cuando quieras a traernos noticias de la ciudad. Sería conveniente estar preparados para cualquier cosa –le sugirió Edgard.
            - Os veré lo antes posible.
            - Vigila tus espaldas. No sería descabellado que te siguieran.
            - Lo tendré en cuenta. Y tú cuídate –le dijo a su hermana mientras la besaba en la frente.
            Se despidió de ambos y abandonó la casa. Cuando se quedaron a solas Edgard se sintió por primera vez en mucho tiempo como un adolescente que no sabe que hacer con una mujer como aquella.
            - ¿Te apetece comer algo?.
            - ¿Sabes cocinar? –le preguntó sorprendida.
            - Sé hacer muchas cosas. Mi situación no me da para contratar un servicio –bromeó mientras esbozaba una sonrisa.
            - De acuerdo –le dijo con un tono frío.
             


4

Edgard decidió que pasarían el día algo alejados de la casa. Stephanioe se mostró algo contrariada en un principio porque ello supondría que podrían verla. Pero Edgard le tranquilizó cuando le mostró que todo a su alrededor era bosque, y un pequeño lago al que él solía ir a nadar por la tarde.
            - Nadie puede hallarte aquí. Te lo aseguro –le dijo con un tono convincente en su voz.
Luego se encargó de preparar un suculento conejo a la lumbre, y que Stephanie agradeció. Durante el tiempo que hacía que lo conocía nunca pudo imaginar que él pudiera valerse por sí mismo de aquella manera. Cada cosa que hacía la sorprendía gratamente. Incluso que la hizo reír y sentirse bien algo que creía olvidado desde que se casó con Richard. “Por San Andrés, ¿por qué he dejado escapar a este hombre?”, se preguntó cuando regresaban a casa al atardecer. “No tiene nada que ver con Richard. Son el día y la noche”, se decía mientras lo miraba por el rabillo del ojo avanzar entre los árboles con paso firme y seguro.
Cuando la noche hubo extendido su manto ribeteado de puntos brillantes, Edgar abandonó la casa y se sentó en un pequeño banco de madera que había construido y había ocultado bajo un antiguo roble. Quería estar a solas con sus pensamientos. Cerciorarse de que estaba haciendo lo correcto con ella. Stephanie se había acostado hacía tiempo y en la quietud de la noche sólo se escuchaba el viento, que mecía las hojas de los árboles, y el ulular de algún búho.
- ¿En qué demonios me he metido? –se preguntaba en voz alta mientras se pasaba la mano por el mentón.- Maldita seas Stephanie. Creía que alejándome de la ciudad nunca más te volvería a ver. Y mientras yo huía de ti, tú me encuentras. Será el destino que quiere vernos juntos, o...
- ¿Ahora hablas solo?. Desconocía esa faceta de ti –le dijo una voz a su espalda.
Edgard se volvió desconcertado para ver su silueta recortada en el umbral de la puerta. Sintió que se ponía nervioso, y que sería mejor que ella volviera a su habitación. Pero sus deseos no se vieron colmados. Ella avanzó descalza las losetas del camino en dirección a él. Estaba radiante con sus cabellos desordenados flotando alrededor de su rostro como mariposas. Edgard sentía que la boca se le secaba y la respiración se le entrecortaba con su presencia. ¡Cómo la deseaba! Durante estos años había compartido momentos íntimos con alguna que otra mujer de vida fácil, pero ninguna le había transmitido lo que Stephanie estaba haciendo ahora. Se acomodó a su lado en el pequeño banco y Edgard sintió el roce de la suave piel de su muslo sobre su mano. Ella lo miraba de una manera que lo tenía embrujado, sus labios entreabiertos, un par de botones de la camisa desabrochados, y sus piernas cruzadas dejando ver su piel bajo una falda de campesina que había encontrado abandonada en uno de los armarios de la casa..   - ¿Qué haces aquí? Pensé que dormías –le dijo en un susurro.
- No podía. No después del día tan maravilloso que he pasado –le confensó en un susurro mientras sentía que el viento retiraba algunos mechones de su rostro.
- Venga mujer, apuesto a que estás acostumbrada a días llenos de fiestas, recepciones y bailes mucho mas entretenidos que pasar un día en un bosque a las afueras de Edimburgo comiendo conejo asado en una hoguera –le comentó entre risas tratando de apartar de su mente sus pensamientos más íntimos.
- Pues aunque así lo creas, no tiene nada que ver con la realidad. Y tú, ¿qué haces aquí fuera? ¿No tienes sueño o no puedes conciliarlo? –cambiando de tema para no hablar de su pasado. Todo lo que tenía que ver con recepciones y bailes le recordaba a Richard.
- Estaba tomando el aire de la noche –le respondió sin saber que decir.
- Y hablando solo –le dijo alzando sus cejas en señal de sorpresa mientras una débil sonrisa se dibujaba en sus casrnosos labios.
Edgard chasqueó la lengua y comprendió que ella se había percatado de sus comentarios, cuyo objetivo era ella misma.
- Por cierto, ¿tan mala soy como para maldecirme? –le preguntó con una mezcla de ironía y amargura por haberle herido.
- Yo... b-bueno... tal vez no sea esa la cuestión... –comenzó a decir mientras balbuceaba de manera incomprensible mostrándose confuso, vulnerable. Por un momento se había despojado de su coraza y ahora parecía mostrarse tal y como él era.
- ¿Es cierto que has estado huyendo de mi?.
- En cierto modo sí. No quería volver a verte y... –apretó las mandíbulas y desvió su mirada hacia sus manos entrelazadas. No quería mirarla a los ojos pues sabía que acabaría sucumbiendo a sus encantos de nuevo.
- ¿Tanto daño te hice? –le preguntó mientras posaba su mano de piel suave sobre las de él.
Durante unos segundos él mantuvo la vista fija en éstas sintiendo su calor. Luego la levantó para mirarla cara a cara y abrirle su corazón. No podía más. Tenía que decirle lo que había sentido por ella. Sacarlo de dentro antes de aque acabara por destruirlo. Sino lo estaba ya.
- Cuando amas a una persona hasta el punto de dar todo lo que tienes incluida la vida...
- Vas a arriesgarla por mi ahora. Tal vez tengas razón y no merezca tu ayuda. He sido una egoísta al venir aquí y meterte en este embrollo –le dijo mientras apartaba el rostro para mirar hacia los arbustos diseminados por allí. Las piernas le temblaban y las palmas de sus manos sudaban copiosamente por su proximidad. 
- No, -susurró Edgard mientras llevaba su mano hasta su mentón y volvía el rostro hacia él. ¿Había un gesto de preocupación o de arrepentimiento?. Edgard no sabría cómo definirlo, pero lo cautivó. Dejó que el pulgar de su mano recorriera el labio inferior de ella. Stephanie sintió su suavidad bajo la yema de su dedo. Su mano se deslizó hasta cubrir su mejilla de piel suave y pálida a la luz de la luna. No pudo evitar dejar escapar un suspiro, y al momento sintió que el calor la invadía pese a estar bajo el cielo estrellado a aquellas horas de la noche.  Edgard concentró su mirada en sus labios mientras ella seguía mostrándose nerviosa  e intentaba que el nudo que oprimía su garganta se deslizara.- Que Dios me perdone por lo que voy a hacer, porque yo no puedo –le dijo mientras se inclinaba sobre su rostro y atrapaba sus labios al mismo tiempo que Stephanie cerraba los ojos para aumentar la sensación de bienestar y placer del momento dejándose llevar por la situación. No pensó en que estaba casada, en que la perseguía su marido, en que si la encontraba la mataría. Nada de eso iba a estropear aquel momento anhelado durante tanto tiempo. 
Edgard la rodeó por la cintura con un brazo mientras la mano del otro comenzaba a  recorrer el contorno de su rostro, y sus labios jugaban con los de ella. Los fue tanteando con tranquilidad, deleitándose en ellos. No había prisa. Había aguardado tanto tiempo a tenerla entre sus brazos de aquella manera, que podría resistirse un poco más. La noche era larga y estaban ellos dos. Nada ni nadie vendría a interrumpirlos. Stephanie los abrió  para que la lengua de él encontrara el camino hacia el interior de su boca, y junto a la suya danzar de manera frenética. Edgard se incorporó para abrazarla y atraerla hacia él. Sintió sus pechos plenos golpearlo, y sus puntas erectas bajo la fina camisa de hilo. Y mientras, las dos bocas se devoraban hambrientas por tan larga espera. El beso se volvió apasionado, cálido, húmedo. Los  escarceos preeliminares habían dado paso a un beso posesivo y sensual. Edgard deslizó un brazo por debajo de las piernas de Stephanie y la alzó en alto mientras ella le rodeaba el cuello para sujetarse mejor. Sin dejar de besarse entraron en la casa. Edgard cerró la puerta con un ligero golpe de su pie sin apartar sus ojos de ella. No recordaba que la hubiera mirado de aquella manera tan intensa. Una mirada larga y cargada de pasión. Stephanie sonrió mientras le acariciaba la mejilla y se alzaba para besarlo. Subieron el tramo de escaleras hacia el piso de arriba y entraron en la habitación. La dejó de pie junto a la cama mientras él se situaba detrás rodeándola con los brazos. Stepahine sintió el cálido abrazo envolverla hasta hacerla sentir libre. Recordó los días pasados cuando ella se sentía colmada de sus atenciones, y nada ni nadie podía interponerse ente ellos. Su boca buscaba ahora su cuello sobre el que deslizó sus labios suaves y húmedos, al tiempo que su lengua le transmitía una cadena de chispazos que ella nunca había conocido. Comenzó a desabotonarle la camisa y cuando lo hizo deslizó de manera suave y delicada la tela por sus hombros. Resbalando por sus brazos provocando que su piel se erizara. La camisa cayó a sus pies hecha un remolino. Edgard comenzó a besarle la espalda en dirección a sus glúteos. Pasando sus manos por su cintura, en dirección a sus caderas y poder deslizar la falda por sus piernas de piel aterciopelada sin dejar en ningún momento de besarla. Le propinó varios mordiscos cariñosos en las nalgas que aumentaron el deseo en ella, y también una sonrisa picarona. Edgard se incorporó justo cuando ella se giraba hacia él para que sus pechos quedaran expuestos a sus ojos. Redondos. Firmes. Turgentes por el deseo que él le provocaba. Edgard deslizó sus manos hasta ellos y los atrapó mientras volvía a besarla en los labios. En ese instante Stephanie comenzó a desvestirlo. Lo despojó de la camisa y cuando su torso quedó descubierto pasó sus manos por su musculatura y por las diversas cicatrices que lo recorrían. Recuerdos de la guerra. Una guerra a la que ella lo había empujado con su rechazo. Edgard sintió una especie de calambre cuando ella se inclino para cubrir aquel torso con sus besos apasionados. Su excitación se volvió extrema cuando ella deslizó la mano hacia la pernera de su pantalón. Debía liberarlo cuanto antes. El pantalón cayó a su pies y ella se dejó llevar a la cama empujada por los besos de él. Se recostó junto a ella recorriendo su cuerpo tan sensual, tan carnal, tan apetecible... Sus manos se posaron en sus caderas mientras sus dedos trazaban círculos, y figuras extrañas que erizaban la piel de Stephanie. La sentía arder y al tiempo que la sangre fluía por sus venas como lava candente. Sus defensas habían caído como castillos en la arena cuando el mar los arrastraba. No podía negar lo que sentía por Edgard, quien ahora se concentraba en recorrer sus pechos con sus labios. Besando, lamiendo, succionando y mordisqueando deliciosamente éstos. Un fuego abrasador se había apoderado de su cuerpo. Un fuego en el que ansiaba consumirse aunque sólo fuera por esa noche. Sentía que la piel le escocía como si estuviera aplicando hierros al rojo sobre ésta, pero aún así era una sensación placentera el tormento al que Edgard la estaba sometiendo. No quería que cesara en ningún momento.
Los dedos de Edgard buscaron el recoveco más preciado. El centro máximo de placer femenino. Tanteó despacio en un principio sintiendo la suavidad de los rizos, y su humedad, y lo que sus caricias sobre éste provocaban en Stephanie, quien intentaba ahogar sus jadeos. Edgard recorría su cuello mientras no abandonaba su empeño de darle placer. Por un momento se detuvo para mirarla a los ojos. Sintió que algo se rompía en su interior. La coraza que durante los últimos años había llevado en su honor se había quebrado. El rencor había desaparecido. El pasado quedó olvidado. ¿Por qué se había encerrado en sí mismo?. Había rechazado el amor que le habían brindado para obtener el que de verdad siempre había tenido. El de ella.
- Dime que no estoy soñando por favor. Necesito oírlo. Dime que estás aquí conmigo –le imploró con la voz cargada de emoción mientras acariciaba su mejilla con dulzura.
- Sí, Edgard. Soy yo. Estoy aquí y me estás tocando y acariciando como yo a ti.
- Prométeme que nunca te marcharas.
- Lo prometo.
Ambos se fundieron en un beso largo mientras Edgard se incorporaba sobre ella. Stephanie estaba preparada para recibirlo. Nunca antes había conocido semejante placer. Por un momento recordó sus palabras: “Apuesto a que Richard no te ha hecho el amor”. “No como tú”, le dijo en su mente. Richard había sido un bruto que buscaba saciar sus impulsos masculinos sin ningún tipo de sentimiento. Nunca se había tomado tanto tiempo en besarla, acariciarla, desvestirla, y regalarle miradas tan largas y apasionadas. Por primera vez estaba descubriendo lo que un hombre enamorado podía llegar a hacer sentir a una mujer. Sintió como se deslizaba hacia el interior de ella y como esta llegada sacudía todo su cuerpo. Stephanie lo abrazó mientras sus dedos se aferraban a su espalda con todas su fuerzas. Edgard hundió su rostro en el cuello de ella aspirando su aroma, recorriendo su cuello con sus labios, hasta llegar al lóbulo de su oreja. Lo lamió, lo besó, y lo atrapó entre sus dientes mientras ella se retorcía presa de los espasmos de placer que él le hacía sentir.
- Stephanie, ¿por qué me has hecho esperar tanto? –le susurró sintiendo que se  estremecía en su interior.
Se incorporó sobre sus brazos para observar su rostro mientras permanecía quieto. Ella levantó los suyos para  rodearle el cuello, mientras él se dejaba caer de espaldas a la cama. Stephanie quedó sentada a ahorcajadas al tiempo que Edgard deslizaba sus manos por sus muslos hasta posarlas en las caderas y posteriormente los glúteos. Lo acarició con devoción e incluso le propinó algún que otro pellizco que la sorprendieron gratamente. Luego levantó la cabeza y se centró en sus pechos. Ella se movía al ritmo que las manos de él le marcaban. Parecía que Edgard no tenía prisa. No quería que se acabara, pues tenía miedo que el hechizo desapareciera. Y cuando comenzó a sentir ese hormigueo en la entrepierna que anuncia el momento final la atrajo contra él para devorar de manera insaciable sus labios. Ahora las dos bocas mantenían una contienda desenfrenada por ver cual de las dos se comía a la otra. Stephanie ahogó un gemido, pero cuando la cadena de éstos se hizo constante dejó escaparlo por su boca presa de un temblor inimaginable. Sintió que se fundía como el acero. Que la sangre abandonaba sus músculos y que éstos caían sin fuerza. Ambos estallaron en una cascada de sensaciones y sentimientos que los iba a atar de por vida. Ahora nadie podía negar que ambos se habían echado de menos. Y eso mismo pensó Edgard mientras la estrechaba con todas sus fuerzas contra su pecho. Le cogió el rostro entre sus manos y mirándola a los ojos le declaró su amor:
- Te quiero. Siempre te he querido. Durante estos años nunca dejé de pensar en ti, y en que algún día tal vez pudiera recuperarte.
Ella sintió una sacudida tremenda en su pecho cuando escuchó estas palabras. Acarició su mejilla con su mano mientras luchaba con todas sus fuerzas para no llorar. Estaba emocionada. Él la amaba. Lo había estado haciendo a pesar de que lo había rechazado convirtiendo su vida en una pesadilla.
- ¿Por qué? –le susurró. Edgard no la entendió y frunció el ceño sorprendido.- ¿Por qué has mantenido un amor tan leal hacia mi después de todo este tiempo?.
- Tal vez porque sea un sentimental –le respondió sonriendo.
Stephanie seguía sentada sobre él, pero inclinada mientras sus dedos recorrían ahora su rostro. El perfil de su nariz. Su mentón. Sus mandíbulas. Sus labios. Se dejó caer hacia un lado y él la arropó con la colcha mientras le pasaba un brazo por los hombros y la atraía hacia él.
- Te has acostado con una mujer casada –le dijo.
- ¿Y qué?
- Pueden acusarte por ello y castigarte, e incluso ahorcarte.
- Puedo soportar cualquier castigo si sé que tú estás a salvo. Lejos de tu marido.
- No digas eso –le dijo incorporándose sobre un hombro y lo miraba con el ceño fruncido.
- Pero ahora estás aquí conmigo y nada malo va a pasarte –le dijo mientras sus dedos jugueteaban con sus nariz.
- ¿Por qué no me di cuenta de que...?.
- Eso forma parte del pasado. Déjalo enterrado. Ahora sólo importa el presente.
Edgar se inclinó sobre ella para devorar aquellos labios tan apetecibles mientras ella emitía un gemido de aprobación.



5
No los oyeron llegar. Estaban profundamente dormidos. Entrelazados entre si. Sólo cuando lo golpearon y escuchó los gritos de ella se dio cuenta de lo que sucedía. Abrió los ojos para encontrar la punta de una espada pegada a su cuello y que ahora le obligaba a levantar el mentón. Al hacerlo se encontró con la mirada asesina de Richard, y su sonrisa de triunfo.
            - Debería matarte como al perro que eres –le escupió a la cara.
            - ¿Cómo has sabido que ella estaba aquí? –le preguntó con el semblante serio.
            - No ha sido muy difícil. Reconozco que era una idea descabellada, al principio. Después lo pensé y me dije que podía resultar. Ella estaba tan desesperada que haría cualquier cosa por salvarse. Y eso incluía pedir ayuda a su antiguo amor.
            Edgard controlaba la respiración en todo momento sabiendo que si se agitaba más de la cuenta podría clavarse él solo el acero. Mantuvo la calma mientras estudiaba la situación.
            - Mírala –le ordenó presionando un poco más el la punta sobre la carne hasta hacer que la sangre brotara.
            Edgard volvió su mirada hacia ella. Stephanie estaba sujeta por dos hombres. Su rostro estaba compungido por el dolor. Tenía miedo de que Richard lo matara. Sus  ojos estaban hinchados y enrojecidos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Intentaba zafarse de aquellos dos hombres pero la tenían bien sujeta.
            - Déjala en paz. Yo la he incitado a todo esto. Yo la emborraché para acostarme con ella.
            - ¿¡Crees que soy estúpido!? Prueba con otra historia Ravenswood. Ella vino a buscarte y se acostó contigo –resumió con desgana.- Nunca pensé que sintiera algo por ti. Creía que eso había quedado atrás, pero veo que no.
            - ¿Qué vas a hacer con ella? A ti no te interesa, tú sólo quieres su dinero.
            - Dinero que por otra parte no poseo –le informó mascullando entre dientes.
            - ¿Cómo? –preguntó sorprendido Edgard.
            - He descubierto que la zorra de mi mujer ha ido transfiriendo sus propiedades a su hermano así como una gran suma de dinero a mis espaldas.
            - Es lo que te mereces. ¿Piensas que no estaba al tanto de lo que me estabas robando? –le dijo fuera de sí con los ojos llameando de ira.
            - Vaya, de manera que te ha desplumado. Bravo Stephie –dijo volviendo el rostro hacia ella.- Así que no tienes nada Richard.
            - La necesito para que firme un documento como que traspasa todo a mi nombre. Y mira tú por donde, tú vas a ser la llave para que ella acceda –le dijo sonriendo.
            - No firmes nada –le ordenó lanzándole una mirada de advertencia. Una mirada que helaría el corazón de cualquiera.
            - Si no firma despídete de este mundo Ravenswood –le dijo mientras la punta de la espada presionaba contra su garganta.- Ella decide.
            Stephanie lo miró aterrado asintiendo con la cabeza. Sintió una opresión en el pecho que no la dejaba respirar con normalidad. Logró tomar aire y recuperó el aliento. Tragó intentando deshacer el nudo que ahora se había quedado paralizado en su garganta. Miró a su marido y habló:
            - Firmaré siempre y cuando lo dejes libre.
          - Por supuesto, después de dejarle una caricia para que no olvide su afrenta hacia mi persona –le dijo pasando el filo de su espada por la mejilla de Edgard ante la mirada aterradora de Stephanie.
            - Eres un ser rastrero –le espetó ella con toda su furia.
        - Mira quien habló –le dijo mirándola con desprecio.- ¿Con cuántos te has revolcado a mi espaldas querida?. ¿Firmarás o despedimos a Ravenswood? –le preguntó volviendo la mirada hacia Edgard.
            - Sabía que eras un cobarde Richard, pero no que llegases al punto de esconderte detrás de tu mujer. No tienes honor –le dijo Ravenswood tratando de provocarlo.
            - Firmaré. Dame el documento –le dijo Stephanie con orgullo.
            - Veo que por fin has entrado en razón –le comentó sonriendo maliciosamente.- Tú vigila a éste –le dijo a uno de los acompañantes mientras él rebuscaba en su bolsillo interior de la levita hasta encontrar el papel.- Aquí tienes querida. Y aquí tienes tinta y pluma –le informó señalando la que había encima de la mesa.- Como puedes ver está todo preparado.
            Stephanie la cogió sin apartar la mirada de Richard en un principio; luego la desvió hasta encontrarse con la de Edgar, y en ese momento supo lo que tenía que hacer.   Mojó la pluma con cierta parsimonia en el tintero ante la impaciencia de Richard.
            - ¿Dónde tengo que firmar? –le preguntó con voz dulce y melosa mientras sus ojos chispeaban.
            - ¡Aquí! –le gritó poniendo la mano sobre el espacio reservado a la firma.
           Fue en ese momento cuando no se lo pensó dos veces y levantando la pluma en alto la descargó con fuerza sobre la mano de él clavándosela hasta que la sangre se confundió con la tinta. Un alarido de terror salió de su garganta. Nadie excepto Edgard se lo esperaba, quien reaccionó de inmediato reduciendo al hombre que lo custodiaba. Lo golpeó con todas sus fuerzas arrebatándole el mosquete. Sin embargo, cuando Edgard se incorporó con el arma en sus manos vio que el otro esbirro tenía a Stephanie sujeta por el cuello y ahora apuntaba el cañón de su pistola a la sien. Su rostro reflejaba la angustia propia del momento. Sentía el sudor recorriendo su espalda, perlando su frente,  y como sus palmas estaban completamente húmedas. Richard se había arrancado la pluma y ahora se vendaba la mano con el pañuelo, que instantes antes  llevaba anudado a su cuello.
            - ¡Vamos mátala a qué esperas! –le ordenó a su esbirro.
            - No lo hagas si quieres seguir viviendo, muchacho –le advirtió Edgard mientras lo apuntaba.
            - ¡Mátala!.
            Stephanie temblaba de pies a cabeza viendo tan cerca su muerte. Miró a los ojos a Edgard que ahora brillaban de emoción. Una ligera sonrisa afloró en sus labios.
            - Lo siento querida, pero soy un sentimental.
            Stephanie sintió como el brazo alrededor de su cuello se aflojaba y el hombre caía al suelo como un saco pesado. Se vio libre y de con la mirada clavada en Richard. Se inclinó sobre el cuerpo del muerto y cogió la pistola para apuntarlo. Al verla éste palideció mientras levantaba las manos. Edgard quedó paralizado mirando el cañón del arma apuntando hacia él. Si no lo impedía lo mataría allí mismo condenándose de por vida. En ese momento el ruido de pasos en el piso inferior alertó a los tres ocupantes. John apareció en el umbral de la puerta para quedarse paralizado por la escena. Lo acompañaban varios hombres de uniforme, y uno que parecía ser alguien importante dado su aspecto regio.
            - Quieta Stephie. No merece la pena. Richard tiene demasiados problemas él solo. Han emitido una orden de arresto por deudas de juego.
            Al escuchar aquellas palabras Stephie comenzó a bajar el arma aunque mirando con recelo a Richard. No se fiaba por nada del mundo de él. Miró de reojo a John, quien asintió mientras tomaba la pistola entre sus manos.
            - Prenderlo –ordenó el hombre que mandaba a los soldados uniformados.
           
Richard comprendió que no tenía salvación, y que o bien se pudriría en la cárcel, o bien sería ajusticiado en Grassmarket. Aunque otra posibilidad se le cruzó por la cabeza. Escapar de allí. Detrás de él quedaba la ventana como única y posible vía de escape. Cuando vio a los guardias dirigirse hacia él se volvió para arrojarse por ésta.
            - ¡Alto! –gritó el oficial al mando con voz potente.
          Richard no pareció escuchar la advertencia o no quiso hacerlo, y decidido a arriesgarse continuó con su idea. El ruido de cristales rotos quedó amortiguado por el sonido de un disparo. Todos los rostros se volvieron en la misma dirección. El oficial de policía mantenía el brazo extendido con su arma en la mano aún humeante. El cuerpo de Richard yacía sobre el jardín de la casa.
            Stephanie temblaba de nervios por la escena vivida. No sabía a ciencia cierta si Richard estaba muerto o no. Sólo cuando el oficial de policía volvió a los pocos minutos para confirmarle que en efecto, Richard había muerto, sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo, y como si las piernas no fueran capaces de sostenerla mucho más en pie. Edgard se apresuró a recogerla con los brazos abiertos. La estrechó contra su pecho, y luego tomó su rostro entre sus manos y la besó efusivamente por todo éste. John sonrió al verlos tan enamorados y sin decir palabra abandonó la habitación cerrando la puerta detrás de él. Necesitaban tiempo para estar a solas.
            - Temía perderte otra vez –le susurró mientras sus dedos recorrían sus mejillas.
            -  Ahora no hay nada ni nadie que me impida estar contigo Edgard. El destino no se equivoca nunca. Tú y yo estábamos hechos el uno para el otro –le susurró antes de besarlo con fervor.


Varias semanas después de este incidente, Stephanie  tenía muy claro cual era el siguiente paso que tenía que tomar para lograr la felicidad completa. Ahora era libre para casarse con Edgard, quien se había encerrado en su casa para no interferir en los asuntos de ella. Cuando apareció en  Netowngrange enfundada en un vestido color beige de pronunciado escote Edgard sintió un temblor por todo su cuerpo que estuvo a punto de hacerle caer.
            - Eres una aparición.
            - Adulador –le dijo sonrojándose.
            - Ahora que eres libre, ¿qué has pensado hacer ahora con tu vida? –le preguntó irónicamente.    
            Stephanie lo miró contrariada. Esperaba otra reacción por parte de Edgard. Creía que él lo tenía tan claro como ella. Pero, aquella pregunta...  
- ¿Qué te ocurre? –le preguntó con el ceño fruncido.
           - ¡Maldita sea Edgard!, ¿qué te pasa a ti? ¿Dónde se han quedado tus palabras bonitas y dulces? ¿Dónde está ahora tu promesa de amor eterno? –le preguntó mientras su rostro enrojecía de rabia. Su mirada se había encendido y varios de sus cabellos se habían soltado de su recogido.- Edgard la miraba y sonreía mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.- ¿Y ahora de qué diablos te ríes? –le preguntó encarándose con él.
            - De lo hermosa que te pones cuando te enfadas –le dijo dando dos pasos y atrayéndola hacia él por la cintura. Su mirada se clavó en la suya y sonrió complacido.
            Stepanie temblaba como un junco mecido por el viento bajo sus manos. Lo miraba con los ojos entrecerrados dudando de si estaba hablando en serio o no.
            - ¿Me estabas tomando el pelo? ¿Era eso? ¿Te estabas burlando de mi? –le preguntó mientras hacía un mohín con sus labios e intentaba zafarse de sus brazo.
            - Me debes algo por protegerte, y te juro que  esta vez no me dejas plantado, cariño. Y para que veas que hablo en serio tengo al párroco de Saint Giles avisado para que oficie la ceremonia esta misma mañana, y un carruaje para llevarte hasta él –le dijo mientras John conducía éste.
            Era una calesa descubierta y toda adornada de flores y guirnaldas.
            - Buenos días hermanita. ¿Lista para dar el sí quiero?.
        Stephanie se quedó con la boca abierta sin poder articular una palabra. Sintió los brazos de Edgard rodeándola por la cintura mientras posaba sus labios sobre su cuello. Se sintió la mujer más dichosa del mundo. Ahora sí había encontrado a alguien que la quería, y la respetaba.
        - Perdona el numerito pero soy un sentimental –le susurró haciendo que Stephanie se emocionara. La volvió para quedar con el rostro frente al suyo.- Te quiero Stephie.- Deslizó un dedo bajo su mentón y alzó sus labios para poderlos cubrir una vez más.              
       - Pagaré encantada lo que te debo. Al fin y al cabo no podemos contradecir al destino –le dijo mientras se ponía de puntillas para besarlo con toda la pasión que aquel hombre le hacía sentir. 

(Publicado en Narrativas, números 15 y 16 de 2011)

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