29 ago. 2011

Los dos hermanos

(Narrado por el maestro de escuela Hubert)

A la mañana siguiente, Jorg se despertó bastante tarde. No sabía porqué había dormido tantas horas, cuando solía ser una persona que más bien está en pie antes de la salida del sol. Bien es verdad que había tardado en conciliar el sueño debido a la historia que había escuchado en la taberna la pasada tarde. El señor Wolfgaungsen y su manera de narrar el cuento del arquero ciego lo habían cautivado de tal manera, que había perdido el tren a Frankfurt obligándole a pernoctar en una de las hosterías del susodicho pueblo. Una vez que hubo terminado de asearse, cogió el bolso de viaje y descendió las escaleras en dirección a la planta baja para desayunar. La dueña de la posada, que era una mujer bastante fuerte y de rostro rubicundo, lo recibió con una amplia sonrisa mientras le indicaba que eligiera la mesa que más le gustara.
- ¿Un desayuno completo señor? –le preguntó mientras vertía una gran cantidad de café en la taza.      
- Sí, por favor –respondió tomando asiento.
Pocos minutos después regresó con un plato repleto de pan caliente en una mano, y otro de salchichas y carne en la otra, que depositó sobre la mesa con una mezcla de energía y delicadeza.
- ¿Tomará mantequilla y mermelada con el pan?
- Si, por favor –asintió mientras frente a él se sentaba el señor Heinrich dispuesto a desayunar.
- Espero que no te importe –le dijo con un claro y fuerte acento alemán.
Jorg asintió con una sonrisa de complicidad. Y al momento el señor Heinrich se dirigió a la dueña para que le sirviera café.
- ¿De dónde eres? Francois dijo que eres un viajero  –comentó mientras cogía una rebanada de pan caliente.
- No –respondió Jorg mientras la dueña le servía café, y dejaba un plato con un pedazo de mantequilla fresca y un tarro de confitura.
El señor Heinrich cogió el cuchillo y tras untarlo con una generosa cantidad de mantequilla comenzó a extenderla por el pan sin levantar los ojos de éste. Jorg lo miraba aturdido mientras removía con la cucharilla el café.
- ¿Llegaste  ayer, entonces? –le preguntó mientras mojaba la tostada en el café.
- Sí, en el tren Colonia.
Asintió mientras devoraba su tostada con ansiedad. Durante unos segundos no abrió la boca salvo para engullir el último pedazo de la tostada, y relamerse los dedos.  
- ¿Piensas quedarte mucho en Bacharach?
- No, he de marcharme esta misma mañana. Tengo asuntos que resolver en Frankfurt.
Sacudió la cabeza y chasqueó la lengua como si mostrara cierta decepción.
- Asuntos. Negocios. Trabajo –dijo el hombre con cierto mal humor.
- ¿Por qué dices eso? –le preguntó sin encontrar sentido a sus palabras.
- La gente siempre tiene prisa. Nunca se detiene a contemplar la belleza de las cosas o la riqueza que atesoran algunas personas. Como por ejemplo, nuestro tabernero.-¿Te refieres a Wolfgaungsen y a su historia sobre el arquero ciego?
- Por supuesto –asintió al tiempo que se reclinaba hasta apoyarse sobre el respaldo de su asiento y cruzando las manos sobre su barriga me miró con inusitado interés.- ¿Y qué te ha parecido?
- Bueno...
- ¿Sólo bueno? –bramó con su potente voz al tiempo que descargaba su puño sobre la mesa para acrecentar su afirmación.
- No quería ofender.
- ¿No te gustó su historia?
- Claro. Muchísimo.
El señor Heinrich acercó su rostro hacia el de Jorg. Su mirada entrecerrada parecía leer en el fondo de mi alma.
- Pues aún no has escuchado nada, chico –dijo con un tono de voz que denotaba intriga, pero también un claro desafío.
- ¿A qué te refieres? –le preguntó entrecerrando sus ojos en clara señal de recelo.
- A que aún no has escuchado los mejores cuentos y relatos. Y eso no es todo – dijo aumentando la curiosidad en mi persona.- Otras gentes de Bacharach poseemos ese don de narrar historias. Pero claro, debes marcharte, y...
- Me gustaría quedarme a escucharlas, pero... –le dijo lamentando su situación.   
- Entonces quédate –le dijo extendiendo sus grandes manos hacia él.- Márchate mañana. Quédate un día más, y disfruta del encanto y del misterio de Bacharach y de las historias de sus gentes. Te aseguro que no te arrepentirás –dijo guiñándole un ojo.
- No sé... si... –titubeó Jorg mientras miraba su reloj y pensaba que debería marcharse esa mañana.
Cuando reaccionó el hombre había cogido la bolsa de viaje, que ya había depositado junto a la pata de la mesa, y ahora caminaba por el comedor.
- Flora. El muchacho se queda –le dijo a la dueña, quien miró a Jorg con una amplia sonrisa de felicidad.
- Pero... mi tren –protestó sin éxito.- Debo ir a Frankfurt –insistió levantándose de la silla al tiempo que su voz era una especie de grito desesperado.
- Tienes un tren más tarde. Justo después de que el maestro Hubert acabe su historia –dijo el hombre sacudiendo su mano delante de Jorg.- Y ahora ven conmigo. Te enseñaré  el pueblo y te presentaré a las gentes  -dijo tendiendo su gran mano, que Jorg estrechó con cordialidad.
-  Pero... –protestó en vano mientras veía como el hombre le dejaba la bolsa a Ingrid, su hija, quien lo miraba fijamente, mientras su padre  intercambiaba unas cuantas palabras con ella. La muchacha asintió complacida y sonrió para posteriormente desaparecer escaleras arriba.
- Vamos. ¿Terminaste el desayuno? –le preguntó señalando su taza de café y su plato con salchichas y tocino.
No quiso hacerle esperar así que bebió con rapidez el café y cogió dos rebanadas de pan para el camino. El hombre sonrió mientras le pasaba la mano por encima del hombro.
- Verás cómo no te arrepientes.
En vano intentó Jorg explicarle que debía marcharse, pero todo intento fue inútil.
Caminaron toda la mañana por Bacharach visitando a las distintas gentes que allí habitaban. Volvió a ver a Francois, el francés que le recomendó la taberna. Ahora les hacía  señas para que fueran a su tienda-café.
- Bon  jour, mes amis –les saludó Francois - Veo que aún sigue entre nosotros –dijo tendiéndole la mano a Jorg.
- Hasta esta tarde que coja el tren para Frankfurt –se apresuró a decir.
- No esté tan seguro amigo. Esta tarde es el turno de Hubert el maestro.
- Espera a escucharlo –asintió Francois mientras preparaba dos cafés.
Se sentaron en un mesa baja a esperar a que les sirvieran. A Jorg le daba la impresión que en aquel lugar todos se conocían y se trataban con una cordialidad exquisita. Había algún vínculo entre ellos que le llamaban su atención.
- ¿De dónde eres? -le preguntó Francois mientras servía café y se sentaba a charlar con ellos.
- De Colonia.
- ¿Y por qué vas a Frankfurt? –le preguntó de manera directa. Cuando se dio cuenta de su gesto se apresuró a rectificar.- Perdona mi interés pero es que aquí nos tratamos como si fuéramos una gran familia.
- No, no importa. Voy a trabajar. He conseguido un empleo nuevo. ¿Y tú? ¿Cómo es que un francés acaba en este lugar? –le preguntó con curiosidad  y con el mismo trato cordial que el empleado por él.
- Una larga historia –respondió sonriendo.- Vine a pasar unos días y... ya ves - dijo señalando su pequeño, pero acogedor café.- Me enamoré del lugar y de mi actual mujer –matizó provocando una carcajada en Heinrich.
- Más bien di que fue Sophie quien te enamoró, y no el pueblo.
- Bueno, es posible –rectificó entre risas el francés.
Por un instante aquel pensamiento caló hondo en la mente de Jorg. Y sí... no, no. No podía ser posible. “Mi sitio está en Frankfurt. En uno de los mejores bufetes de la ciudad, y no en este sitio perdido” se repetía una y otra vez en su mente.
- Tal vez el tuyo también esté aquí –le dijo señalando la mesa con su dedo.
- No, no. Por cierto, ¿a qué hora sale el tren para Frankfurt? –les preguntó dejándoles claro que su intención era marcharse.
Ambos hombres se miraron, sonrieron, y movieron sus cabezas. Había cierta complicidad en aquel gesto que Jorg no llegaba a comprender.


Nunca sabré como mi buen amigo Jorg se dejó enredar por Heinrich para que se marchara después de comer. Ni como lo convenció para que escuchara el cuento del maestro. Por ello, a eso de las cuatro se dirigieron a la taberna en cuestión. Jorg había desistido en sus ruegos y súplicas para que le dejara irse. El señor Heinrich entró en la taberna donde, Flora, la gentil mujer que le había servido el desayuno a Jorg lo aguardaba, al igual que  Ingrid su hija. Ésta lo contemplaba con una radiante sonrisa.
- Veo que te vas a quedar –señaló como si estuviera complacida porque fuera así.           
- Sólo hasta que escuche el cuento –se apresuró a decirle mientras ella sonreía.
- Ya conoces a mi esposa, Flora –dijo Heinrich mientras la atraía hacia él.- Flora el muchacho se quedará un par de días más.
- No, no... Tengo que irme. Escucharé el cuento y me iré –dijo muy seguro.
- No estés tan seguro. A veces el destino es caprichoso –comentó Flora mirando al muchacho fijamente abriendo sus ojos azules. Ahora supo de quien los había heredado su hija.


El ambiente en la taberna era animado, pues llegaba el momento que todos los habitantes de Bacharach esperaban. La hora en la que un miembro del pueblo aparecería ante su fiel y concurrida audiencia para deleitarla con otra de sus historias. Jorg se encontraba junto al señor Heinrich degustando una taza de café cuando se  percataron que el señor Hubert aparecía por un extremo de la taberna con sus manos a la espalda. Al momento se hizo un silencio sepulcral, mientras éste tomaba asiento en su mecedora junto al fuego. Por encima de sus pequeñas gafas, paseó su mirada por la concurrida audiencia, y por un momento sus ojos se posaron en Jorg. A éste le pareció percibir una sonrisa de triunfo en su apergaminado rostro, y como asentía con su cabeza a modo de saludo. Luego, cerró los ojos mientras tomaba en su mano su pipa y se mecía.

- Como encargado del cuento de hoy, voy a contaros uno que lleva por título “Los dos hermanos”, y que guarda relación con el emperador Conrado II  –comenzó diciendo, mientras apoyaba sus manos sobre los reposabrazos y se mecía lentamente. Pareciera que fuera a quedarse dormido cuando de repente su voz rasgó el silencio como un trueno.

Durante la Edad Media, un anciano caballero que pertenecía a la corte del Emperador Conrado II vivió en el castillo de Sterrenberg, cerca de Bopard. El viejo guerrero vivía con los dos hijos que su mujer, ya fallecida, le había dado en vida. Desde la muerte de ésta la alegría y la dicha en raras ocasiones había encontrado cobijo entre los muros del castillo. Sin embargo, un día un tímido rayo de luz pareció querer desterrar toda aquella desdicha y oscuridad del castillo. Una prima lejana había  fallecido en Rudesheim, dejando huérfana a una muchacha, una hermosa joven que había quedado al cuidado de sus parientes más cercanos. Ángela, que así se llamaba, tenía los cabellos dorados como el oro bruñido, y su carácter era tan cordial que pronto fue la protegida de los miembros del castillo. Pronto se ganó la amistad y el afecto de los dos hijos del guerrero. Lo que se esperaba que sucediera, sucedió entre los tres jóvenes. El amor fue paso a paso sustituyendo a la amistad de los dos caballeros y ambos trataron por sus medios de conquistar el corazón de Ángela. El anciano hombre de confianza del señor del castillo pronto se dio cuenta de lo que estaba sucediendo entre los tres jóvenes, y no dudó en contárselo a su señor.
- Si me permitís, debo contaros algo de lo que probablemente vos seáis ajeno –comenzó diciéndole mientras captaba toda la atención de su señor.
Cuando hubo terminado su relato, el señor del castillo frunció el ceño y su rostro fue el fiel reflejo de la preocupación.
- Era algo que se veía venir, Alfred –murmuró mirando a su más leal servidor.
           
El maestro de Bacharach se detuvo unos segundos para permitir a su concurrida audiencia tomar conciencia del tema del relato de aquella tarde. Y al mismo tiempo esperar a que el señor Wolfgaungsen le llevara una taza humeante y una pequeña mesa donde poderla colocar. Sonrió agradecido mientras la tomaba en sus manos, y tras sorber un pequeño trago, escrutó los rostros de los allí presentes antes de esbozar una tímida sonrisa. Tras varios segundos sin decir nada volvió a retomar la narración.

“ Ambos hijos eran igual de queridos para el señor, pero tal vez el primogénito, quien un día heredaría el castillo y todas las tierras que lo circundaban, y que  también había heredado el carácter afable de su madre, le complacía más para esposo de Ángela, al fiero y aguerrido Conrad, su hermano. Desde el primer momento cuando la muchacha apareció en el castillo, él había concebido la idea de casarla con Henry, el hijo mayor, quien le daría una posición a Ángela si se casaba con ella. Era cierto que Henry amaba a Ángela con un amor profundo y sincero que en raras ocasiones expresaba. Su hermano, por el contrario, no ocultaba su ardiente amor por Ángela y pronto su padre percibió con tristeza que la hermosa muchacha correspondía a estos sentimientos. Henry no era ajeno a la felicidad de la pareja, y en un generoso acto de apartarse de su camino, enterró su amor en lo más profundo de su ser para que su hermano gozara de dicha y felicidad. Pero el cambio de humor y en el comportamiento de Henry no pasaron desapercibidos para Ángela. Se daba cuenta de cómo le temblaba la voz cuando la llamaba por su nombre, pero al momento la emoción de su mirada desaparecía, y las nubes de su amargura pronto nublaban su ser.
- ¿Qué te sucede Henry? Desde hace algún tiempo te noto cambiado –le comentó Ángela en una de las últimas ocasiones en las que estuvieron a solas.
Era entonces cuando Henry sonreía con amargura al contemplar la causa de su felicidad y no poderla alcanzar. Sabía que su carácter reservado le había llevado a ese extremo. Y que si tal vez hubiera manifestado sus sentimientos hacia ella como lo había hecho su hermano...
- No es nada. Es que estoy preparándome para partir –le respondió con toda naturalidad.
- ¿Te marchas? –le preguntó sobresaltada por este hecho mientras su pecho se agitaba.
- Bernardo de Clairvaux ha venido desde Francia para reclutar soldados y caballeros para la Segunda Cruzada en Tierra Santa.
Aquellas palabras produjeron en Ángela la misma angustia y desasosiego que en el corazón del viejo señor, cuando su hijo le comunicó su determinación de alistarse en el ejército de los cruzados. La fiera voz del monje, y su discurso convincente consiguieron reunir alrededor de mil hombres dispuestos a seguirlo hasta Tierra Santa. Henry, pese a que no envidiaba la felicidad de su hermano, sabía que sería imposible ser testigo de ésta, de manera que decidió emprender el camino hacia Tierra Santa.
El propio Conrad también anhelaba entrar en acción y se sentía dominado por el impulso del momento. Deseaba embarcarse rumbo a Tierra Santa. Su alma aventurera clamaba por las aventuras que sin duda alguna aguardaban a los cruzados al otro lado del continente.  Viendo que ambos hijos parecían estar de acuerdo en marcharse, su padre decidió reunirlos a ambos ante él.
- ¿Quién de los dos permanecerá en el castillo de mis antepasados, si ambos decidís marcharos? –les preguntó apenado por esta perspectiva.- Te imploro a ti, mi hijo mayor, que representas la viva imagen de tu madre, que tengas piedad de las arrugas que surcan el rostro de tu padre. Y tú Conrad, ten clemencia hacia las lágrimas de tu prometida”.
Ambos hermanos permanecieron en silencio hasta que el mayor habló:
- No te abandonaré, padre.
- Y tú, Ángela –dijo el menor a la afligida doncella- tendrás que soportar mi ausencia.

El maestro volvió a hacer una pausa para dejar que sus palabras produjeran el efecto que esperaba en su concurrida audiencia. Uno podía contemplar los rostros de los allí presentes reflejando la incertidumbre del momento. La tensa espera por saber qué ocurriría.
- Seguro que el mayor no regresa de la Cruzada y al final su hermano se casa con Ángela –comentó un chiquillo a otro en un susurro, que todos percibieron dado el silencio sepulcral que se sobrecogía a la taberna en esos instantes.
El maestro Hubert lo miró y sonrió como un zorro mientras devolvía la taza a la mesita auxiliar que le habían colocado.

Al día siguiente el joven caballero abandonó el hogar de sus antepasados. Al principio la doncella Ángela parecía no encontrar consuelo a su dolor. Pero pronto su amor comenzó a menguar con el paso de los días, las semanas, y finalmente los meses. En ocasiones era la indignación la que la tenía atrapada y murmuraba quejas contra el destino que había emprendido su amado. Y a considerar que ella no había sido lo suficientemente importante para él, al haberla dejado sola en el castillo junto a su padre, y su hermano. Sucedió que con el paso del tiempo el carácter y los sentimientos de la joven hacia el hermano menor comenzaron a cambiar. Ahora admiraba sus buenas cualidades a las que en un principio no había prestado atención. Su destreza para la caza; su habilidad con las armas y sus actos de humanidad con el resto de personas. Al mismo tiempo trataba de hacer la separación de su hermano de Ángela de lo más llevadero para ésta. Por ello solía pasar mucho tiempo con ella con el fin de mitigar su dolor. Pero en ocasiones pensaba si este acercamiento suyo podría derivar en algo más que una mera amistad. Tenía miedo a que el amor pudiera surgir entre ellos, y cuando su hermano regresara de Tierra Santa volverse a quedar sin nada. Mientras tanto, Ángela sentía una especie de atracción hacia el hermano. Deseaba hacerle entender que su amor por su hermano sólo había sido una locura de juventud. Una pasión que parecía haberse evaporado desde el mismo instante en el que se marchó. Se sentía infeliz cuando entendía que Henry, a quien ahora comenzaba a conocer mejor, no parecía sentir nada por ella, excepto una relación de amistad. Y anhelaba que le dijera las palabras que su alma y su corazón guardaban. Henry no era ajeno a este cambio de Ángela en sus atenciones y en su afecto hacia él.  Pero orgullosamente desechaba cualquier sentimiento de cariño que surgía en su corazón al pensar que le estaba arrebatando la prometida a su hermano. Pronto el viejo conde comenzó a darse cuenta de lo que sucedía entre ambos jóvenes y rezó para que su otro hijo regresara pronto de Tierra Santa. En sus sueños veía a Ángela en su castillo como una viuda y a  su propio hijo junto a ella. Entonces veía a su otro hijo regresar de las cruzadas y entonces el sueño desaparecía. Decidió construir un castillo para cuando su hijo regresara, y le dio el nombre de Liebenstein. Las cruzadas llegaron a su final, y fueron muchos los caballeros que regresaron a su hogar. Conrad se había casado con una hermosa mujer de aquellas tierras lejanas y ahora se dirigía a su hogar, donde su padre había fallecido. Henry se llenó de cólera cuando conoció la noticia del matrimonio de su hermano. Tal conducta indecorosa y miserable hacia Ángela merecía un castigo.  El barco en el que venía su hermano se acercó más y más a tierra. Y pronto los gritos de los marineros y los rostros de éstos se distinguieron. Conrad fue el primero en poner los pies sobre la tierra al mismo instante en el que un vigía le informaba que el nuevo castillo era para él. El mismo día, un mensajero envió recado al castillo de Sterrenberg para informar a Henry. Éste respondió que lo aguardaba en el puente con la espada en la mano porque consideraba que había humillado a Ángela al regresar al hogar con otra mujer. Al amanecer, los dos hermanos se encontraron en el puente y pronto comenzó la disputa. Pronto el hermano mayor recibió el golpe del filo de la espada de su oponente y la sangre brotó. Al mismo tiempo Ángela apareció tras los arbustos en un intento por detener la pelea.
- ¡En el nombre de Dios, y en el de vuestro padre, deteneos! –clamó en voz alta.
Ella, por quien ambos se batían, ahora estaba dispuesta a sacrificarse.
- Cesad la lucha. No hay razón para ello.
Los dos hermanos se miraron entre sí y después a la doncella que les imploraba que cesaran. Al instante ambos arrojaron sus armas sobre el suelo. Conrad, inclinó la cabeza hacia delante, y se cubrió el rostro con su mano. No se atrevía a mirar a la doncella quien aún seguía allí de pie sollozando. Henry por su parte, tomó la mano de ella y le dijo:
- Vamos hermana. Nuestro comportamiento no merece tus lágrimas.
Ambos desaparecieron entre los árboles mientras Conrad seguía de pie observándolos en silencio. Un sentimiento que nunca había experimentado pareció apoderarse de su corazón provocándole el llanto.
Días más tarde Ángela decidió ingresar en el convento de Marienburg situado en el valle que separaban ambos castillos. Allí encontró la paz y el descanso. Pronto se erigió un muro entre ambas fortalezas de Sterrenbergh y Liebenstein como símbolo de la enemistad entre ambos hermanos.
Banquete tras banquete se sucedían en el castillo nuevo mientras la hermosa mujer de Conrad se ganó los favores de los más dignos caballeros del Rin, mientras  la pena parecía haberse instalado en el castillo de Sterrenbergh. Henry no había querido tratar de convencer a la doncella Ángela para que abandonara su propósito, pero desde el momento de su partida su fuerza fue disminuyendo. Al pie de las montañas hizo que se construyera un monasterio, y pocos meses después ella abandonó este mundo. Ese día las campanas sonaron en el valle por la muerte de Ángela.
El señor de Liebebstein no fue agraciado con el cariño de su esposa por mucho tiempo. Se escapó con un caballero de los que habían gozado de la hospitalidad en Liebenstein. Conrad se vio sobrecogido por el dolor y la pena, y se arrojó desde lo alto de las murallas del castillo. Ambas fortalezas pasaron a manos de un caballero, Bromser de Rudesheim y desde ese día ambas cayeron en ruinas. La iglesia y el claustro aún permanecen en el valle y hoy en día son centro de peregrinaje”.

La voz del maestro se fue apagando como la luz de la tarde tras las montañas mientras se aproximaba al final de su historia. Hubo un silencio que nadie se atrevió a romper. Era una especie de respeto hacia los dos hermanos y a la doncella. Todos los rostros se quedaron fijos en el señor Hubert, quien ahora se inclinaba hacia atrás para dejar que su espalda reposara sobre el respaldo de la mecedora. Tomó la taza que había depositado sobre la mesa y junto a la mecedora y volvió a beber de ésta. Jorg era incapaz de moverse del sitio hasta que la gente poco a poco volvió a sus quehaceres. A los pocos segundos el propio maestro estaba mezclándose con los clientes. El señor Heinrich palmeó a Jorg en el hombro y sonrió.

- Una historia verdaderamente triste.
- Sí –asintió éste.
- Dos hermanos enfrentados por una misma mujer. Esa historia es bastante antigua.
- Cierto, pero oírla de labios del señor Hubert hace que a uno se le ericen los cabellos y la piel –comentó Jorg aún preso del ambiente que había rodeado la narración.
- Espera a escuchar algunos más. Y a conocer a sus narradores como el propio alcalde Matthias; Briggitte, la...  –dijo sonriendo mientras volvía a palmearle en el hombro.
- Me temo que no será posible. He de marcharme –le dijo haciendo ademán de levantarse de su asiento para abandonar la posada.- Antes me gustaría abonarte la cuenta de... ¿de qué te ríes? –le preguntó sorprendido por su sonrisa.

El señor Heinrich seguía mirándolo con una amplia sonrisa en su rubicundo rostro mientras sacudía su cabeza.
- Pues yo me temo que no podrás hacerlo.
- ¿Por qué? –le respondió mirándolo perplejo.- No hay nada que pueda impedir que me marche. Aún faltan veinte minutos para que llegue el tren.
- Mira por la ventana, muchacho –le dijo señalando hacia ésta.
Al hacerlo se quedó quieto sin poder mover un solo músculo. Un denso manto blanco se extendía por las calles de Bacharach. Era increíble que aquello fuera verdad. Jorg desvió la mirada hacia el señor Heinrich, quien parecía mostrarse contento por este hecho.
- No podrás llegar a Frankfurt con esta nevada. Nadie se arriesgaría a llevarte a la estación. Además, el tren seguramente no pase por aquí hoy.
Iba a protestar, pero sabía que sería inútil. Por algún extraño motivo el destino del joven comenzaba a estar ligado a este pequeño y pintoresco pueblecito del Valle del Rin. Se sentó en un banco de madera, y dejó caer sus hombros en claro gesto de resignación.
- Ya te lo dije. Pero no te preocupes. Tienes tu habitación disponible –le dijo asintiendo.
- ¿Cuánto tiempo crees que tendré que esperar? –le preguntó levantando su mirada abatida hacia Heinrich.
- Ufff. Es difícil saberlo, pero yo creo que, tal vez... –titubeó mientras se rascaba su cabeza.- Un par de días o tres.
- ¡Pero he de llegar a la ciudad esta misma noche o perderé mi empleo! –protestó intentando hacerle ver cual era su situación.
- Hay ocasiones en los que la nieve dura semanas... o meses. Lo que me extraña es que este año ha llegado algo pronto -dijo con precaución mientras lo miraba de reojo.- Pero dime, si no puedes llegar a Frankfurt por la nieve... Imagino que en el trabajo no podrán decirte nada. No es culpa tuya.
Jorg lo contempló durante unos segundos sin poder llegar a creer que le estuviera sucediendo aquello. Luego, desvió la mirada hacia la gente y por un segundo volvió a cruzarla con la de Ingrid, la hija de Heinrich quien sonrió complacida mientras se acercaba hasta él y le entregaba una jarra de cerveza. ¿Qué misterio encerraba aquel lugar? ¿Es que nunca iba a abandonarlo?. Su mirada se centró en la jarra rebosante de cerveza, y por unos instantes se sintió confundido. Luego levantó la vista para encontrarse con los ojos relampagueantes de Ingrid una vez más. Acababa de escuchar por boca de su padre lo que le sucedía a Jorg.
- No desesperes –le dijo con una voz dulce y musical- todo se arreglará.
- Eso espero –asintió en parte desanimado por no poder llegar a Frankfurt al día siguiente.
- Haz caso a mi hija, muchacho –dijo Heinrich haciendo un gesto con su cabeza a ésta.- Ah, por cierto, mira ahí viene el maestro Hubert. Aquí, aquí –le indicó Heinrich con la mano.
- ¿Qué os ha parecido el relato? –preguntó nada más llegar junto al grupo.
- Una maravilla, aunque algo triste –respondió la esposa de Heinrich.
- Bueno, nada como la vida misma –comentó sonriendo mientras se fijaba en Jorg.
- Déjame que te presente a Jorg. Iba camino de Frankfurt, pero por ahora no ha tenido suerte –le comentó Heinrich sonriendo al tiempo que indicaba el paisaje nevado del exterior.
- Bueno... es difícil que los trenes circulen con esta climatología –resumió mientras se frotaba las manos para entrar en calor.- Yo te recomiendo que pases unos días más con nosotros. Te aseguro que no te arrepentirás –le dijo con una amplia sonrisa.
- Entiendo –dijo Jorg mientras sentía la mirada de Ingrid sobre él, y como por unos instantes le hacía temblar.
Decidió dejar de pensar en Frankfurt, y sus desgracias e incorporarse al ambiente festivo de la taberna. Además, era verdad que no podía abandonar el pueblo mientras la nieve no dejará de caer. Sorbió un trago de cerveza y se relajó.
La tarde discurrió entre charlas y risas y durante esas horas en la que Jorg comenzó a darse cuenta que se encontraba a gusto entre aquellas gentes, y que éstas le habían acogido como a uno más. Que no era un extraño entre ellos. Sin quererlo estaba haciendo nuevos amigos y viviendo experiencias nuevas. Pero lo que no podía imaginar era lo que el destino le tenía deparado.

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