12 ene. 2014

Te encontré en invierno


Os dejo con mi nueva contribución a la revista La Cuna de Eros en su número. Que lo disfrutéis.

Claire
No sé si el destino tuvo algo que ver en que yo entrara en aquel café. Yo quiero pensar que se debió a que estaba nevando, y que yo comenzara a parecerme a un muñeco de nieve, a medida que avanzaba por el Boulevard de Saint Germain. Y a pesar de que no era muy frecuente ver la nieve en París, ese día parecía caer con fuerza y determinación. Y ahí iba yo, con mi abrigo hasta los pies, mi bufanda alrededor del cuello apunto de estrangularme de un momento a otro, y mi gorra de visera al estilo de los golfillos del siglo pasado. Necesitaba entrar en calor cuanto antes, y de paso, trabajar un poco mientras esperaba que amainara la nevada. De manera que decidí entrar en el primer café que encontré.
Nada más poner un pie en el interior de éste, sentí como me envolvía una agradable sensación de calor y bienestar. Emití una especie de gruñido de satisfacción cuando percibí el aroma a café recién hecho. Sonreí como una adolescente al girar sobre mis talones y comprobar que las paredes estaban revestidas por estanterías hasta el techo. Todas repletas de libros. Una escalera en forma de caracol te conducía a un piso superior, donde había diseminadas varias mesas y sillas, y en las cuales había gente leyendo en silencio. Me di cuenta que apenas si se escuchaba una delicada melodía. El volumen justo para no entorpecer la lectura. Se respiraba una paz que no había encontrado en otros cafés de París. Tan ensimismada estaba en el ambiente que no me di cuenta que alguien se dirigía a mí
—Apuesto a que nunca has visto nada parecido —me dijo una voz masculina en una especie de susurro. Como si no quisiera molestar a los demás clientes.
Me volví para encontrarme aquel rostro, cuyos ojos me escrutaban de manera fija e intimidatoria hasta cierto punto.
—La verdad es que…—logré balbucear antes si quiera de darme cuenta de su presencia. Y eso que estaba parado delante de mí, ocupando una gran parte del espacio—.  Nunca había visto nada parecido.
 Se apartó hacia un lado, cuando se percató que estaba impidiéndome ver el fondo del café.
—Perdona, pero creo que deberías quitarte el abrigo, el gorro y demás, o pronto comenzarás a experimentar una subida de temperatura.
—Ups, sí —dije sonriendo como una colegiala mientras le hacía caso y me quitaba el abrigo, la gorra y demás hasta quedarme con un jersey y unos vaqueros. No sé porqué me dio la sensación de que era como una cebolla.
—Si me permites…—dijo mientras tomaba mi abrigo de mi propia mano y sentía el suave roce, que la suya producía en la mía—. La gorra y la bufanda si quieres también. Te las guardaré aquí —dijo caminando hacia una especie de guardarropa.
Me ahuequé mi pelo con las manos para darle algo de volumen, después de haberlo hecho prisionero bajo la gorra. Ni siquiera me di cuenta de la mirada que él me estaba dedicando. No hasta que levanté la mía y me fijé en él. Sentí como mi rostro se encendía por un momento al percibir aquel par de ojos fijos en mí; por no mencionar su sonrisa encantadora, mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho. ¿Qué demonios estaba mirando? O mejor dicho, ¿por qué me miraba así y sonreía? Fuera lo fuera me sentí algo cohibida por ser el centro de atención de él en esos momentos. Pero al mismo tiempo mi pulso se aceleró en demasía de manera inexplicable.
—Mejor —se limitó a decir mientras asentía—. ¿Qué te apetece tomar?
Avanzó dos pasos hasta quedarse a escasos centímetros de mi cuerpo. No sé si se debía a su cercanía, o al hecho de haberme despojado del abrigo pero no pude evitar sentir un leve temblor por mi cuerpo.
—Té —fue lo primero que se me ocurrió. Lo primero en lo que pude pensar, pese a que él seguía allí mirándome con curiosidad.
—¿Con leche? —preguntó alzando sus cejas hasta formar un arco.
—No —me apresuré a responderle mientras de manera tímida o seductora me colocaba algunos cabellos detrás de mis orejas y le sonreía como un adolescente que estuviera tonteando.
—Puedes sentarte donde quieras. Ya te lo llevo —dijo con un sonrisa afable que me gustó sin saber porqué.

Stephan
Se sentó en la mesa junto a la ventana para poder mirar como seguía nevando en la calle. Luego, sacó un ordenador pequeño de su bolso, y lo colocó sobre la mesa. La observé detenidamente mientras su mirada recorría la decoración del café. Aún tenía las mejillas sonrosadas por el frío de la calle, y en sus ojos brillantes una mezcla de expectación y curiosidad. En ese momento nuestras miradas se cruzaron y ambos nos limitamos a sonreír sin saber el motivo de ello. Ella la apartó al instante y la desvió hacia la pantalla de su ordenador, mientras parecía algo cohibida por este hecho. Sacudí mi cabeza divertido y traté de centrarme en su té. Debía reconocer que era atractiva y que me había llamado la atención. Pese a ello me di cuenta que la estaba volviendo a mirar, y como esperaba a que ella hiciera lo mismo para que nuestras miradas volvieran a cruzarse. Y se produjo cuando me dirigía hacia ella para servirle su té. Lo deposité con cuidado mientras ella lo miraba.
—Dime, ¿los libros se pueden coger para leerlos aquí? —preguntó con un claro tinte de curiosidad en su voz, que me provocó una tímida sonrisa.
—Así es. La gente puede coger un libro de los cientos que hay en el café para leerlo aquí.
—Supongo entonces, que la gente pasará horas en este lugar…
—Tanto como deseé acabar el libro. Hay personas que vienen todos los días unas cuantas horas.
—Entiendo que el libro no puede sacarse de aquí, ¿verdad? —me preguntó entornando la mirada con curiosidad.
—Entiendes bien. Es el único requisito que pongo. Bueno, si necesitas algo, sólo tienes que decírmelo. Veo que tienes cosas por hacer —le dije haciendo referencia a su portátil—. Disfruta del té.
Se quedó mirándome como si fuera a decir algo, pero al final pareció pensarlo mejor. Di una vuelta por el café recogiendo las tazas de clientes que ya se habían marchado. Decidí salir a la calle a ver como discurría la tarde entre nubes grises y copos de nieve, y sonreía al pensar que aquel clima me estaba ayudando en mi negocio. Pero lo que no podía ni imaginar era que mi destino estuviera ligado a ese paisaje nevado.

Claire
Intenté centrarme en mi trabajo, pero por alguna extraña razón, mi mente y mi atención parecían estar en otro lugar. O más bien debería decir, en otra persona. Sonreía como una adolescente al pensar en ello, y más cuando con la taza en mis manos dando pequeños sorbos, lo observaba moverse de un lado para otro por todo el café. Entonces viendo que estaba distraído, lo miré detenidamente mientras recogía tazas, platos, o charlaba de forma animada con los clientes. ¡Por todos los diablos! ¿Por qué me comportaba de aquella forma? Lo primero que se me vino a la mente fue que era atractivo, lo cual me provocó una sonrisa llena de picardía. Bueno, a decir verdad no es nada malo pensarlo, me dije entrecerrando los ojos mientras seguía mirándolo. Puse lo ojos en blanco y traté de apartar mi atención de él centrándome mi novela, la cual, por otra parte, había dejado de lado hacia ya tiempo. Debería entregarla en el plazo convenido y por ahora no se estaba cumpliendo. Y desde luego si me dedicaba a lanzarle miraditas al camarero menos todavía. Resignada miré una vez más por la ventana como lo copos de nieve caían de manera lenta y silenciosa sobre la calle. Un fino manto de color blanco comenzaba a cubrir aceras y coches, y por un momento llegué a preguntarme si no habría sido mejor haberme marchado a casa en vez de estar allí. Dentro de unas horas las calles podrían estar intransitables a causa de la nieve. Sonreí divertida cuando una fugaz y alocada idea cruzó mi mente. ¿Y si me quedara atrapada en aquel café con él?, me pregunté mientras fruncía mis labios.
       —¿Todo bien?
       Su voz me provocó un ligero sobresalto que no pude controlar. Mi corazón se aceleró a mil y yo creí que iba a caerme de la silla. Pero todo se complicó más cuando sentí sus manos sobre mi brazo sujetándome. Lo miré con los ojos abiertos sin poder decir nada. Entreabrí mis labios pero lo único que salió por ellos fue un ligero suspiro. Entonces sentí su mirada cálida, la cual podría derretir la nieve de las aceras.
       —Siento haberte asustado —dijo a modo de disculpa.
       Traté de ordenar todos mis pensamientos y poder decir algo coherente pese a seguir sintiendo sus dedos sobre mi brazo. Acariciándolos con exquisita delicadeza, y de una manera casual, que no podía creer que estuviera provocándome esa extraña sensación.
       —Sí, estoy… bien. Estaba… mirando como cae la nieve —le dije volviendo a centrarme en los copos que cubrían las aceras e intentando evitarlo a toda costa—. Lo cierto es que no esperaba que pudiera cuajar tan pronto. No sé como podré marcharme a casa…—murmuré sin darme cuenta que él estaba escuchándome ¿Y si no podía salir del café? ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme a pasar la noche allí? ¡Pues claro que no!, me dije mientras fruncía mis labios.
—Seguro que dentro de unas horas ya habrá pasado. No te preocupes —me dijo guiñándome un ojo mientras regresaba a su trabajo, y yo lo miraba con curiosidad por la tranquilidad que demostraba pese a que seguía nevando. Sacudí mi cabeza en un intento por apartarlo de mis pensamientos y centrarme en mi trabajo.  Encendí mi portátil y me puse a escribir. Debía acelerar la redacción de mi novela, la cual había aparcado después de la marcha de Sam. Ahora debía volcarme en ella, o mi editora se cabrearía de verdad.

Stephan
Tuve la impresión de que se había asustado cuando me acerqué a ella; pero más si cabe cuando la sujeté por el brazo. Su mirada me había parecido que chispeaba, por algún motivo que desconozco. Aquellos ojos color miel parecían estar escrutando mi rostro con una curiosidad inusitada; como si tratara de saber que iba a hacer. Y si os digo la verdad me hubiera gustado dejarme llevar por mis impulsos y haber rozado sus labios entreabiertos con la yema de mi pulgar. O haber dejado que mis dedos trazaran el contorno de su rostro; haber jugado con los rizos de su pelo entre mis dedos. Pero no lo hice. ¿Por qué? Porque no era el momento, ni el lugar. Ni mucho menos las formas. Que me hubiera llamado la atención su atractivo, no significaba que fuera a lanzarme a por ella de buenas a primeras. No era mi estilo. Y ahora la observaba con el ceño fruncido mirando la pantalla de su portátil y tecleando con rapidez. En alguna que otra ocasión alargaba de manera sistemática su mano para coger la taza y sorber un poco de té. Lancé una mirada por la ventana para darme cuenta que la nieve seguía cayendo y que dentro de un par de horas, caminar por las calles sería una misión de audaces. Sonreía mientras la observaba desde detrás de la barra, fingiendo que limpiaba algunas tazas. ¿Y si no podía irse por la nieve acumulada?, me pregunté mientras me quedaba clavado con mi mirada fija en ella. Alcé mis cejas hasta que se perdieron bajo algunos mechones de mi flequillo. Sonreí irónico al imaginarme la situación. Pero aquello, no iba a suceder.

La tarde avanzaba dejando paso a la noche mientras Claire seguía escribiendo. Parecía que, por fin, había cogido una buena racha y no paraba. Las ideas fluían y fluían en su cabeza de aquella manera tan sencilla que no podía dar crédito. Ni tampoco a que su personaje masculino…Ooooohhh ¡¿qué demonios estaba haciendo? ¿En qué estaba pensando? No podía ser cierto que… Se echó a reír mientras se llevaba la mano a la boca para evitar que el sonido de las carcajadas se pudiera escuchar. Pero era tan… tan increíble que ella hubiera escrito aquello. ¡Por favor!

Stephan
Escuché sus carcajadas ahogadas tras su mano. Sus ojos abiertos hasta el máximo mientras no los apartaba de la pantalla del ordenador. ¿Qué era tan gracioso? Pero lo que más me llamó la atención fue que me lanzara furtivas miradas cada pocos segundos. ¿Es que tenía que ver algo con lo que estaba escribiendo en su portátil? En ese momento nuestras miradas volvieron a cruzarse y en su rostro se dibujó una sonrisa que sería capaz de elevar la temperatura exterior. Ni siquiera era consciente de la hora que era, ni de como había empeorado la climatología. Sólo parecía ser consciente de lo que la dueña de aquel rostro y su sonrisa me provocaban.
Encendí las luces del café cuando me di cuenta que la oscuridad comenzaba a adueñarse de éste. Miré mi reloj para comprobar como las horas habían pasado como si de una ráfaga de viento se tratara. Y que por algún extraño motivo, quería detenerlas. Vi como levantaba la mirada hacia las lámparas, que colgaban del techo y luego volvía el rostro de nuevo hacia mí. Envalentonado por este gesto, que pareció como si me estuviera invitando a sentarme con ella, así que avancé con paso firme hacia la silla vacía junto a su mesa. Su mirada me siguió durante el corto trayecto hasta su mesa. Me dio la impresión de que mes taba estudiando por su manera de mirarme.

Claire
Sentía curiosidad por ver qué se proponía, así que lo seguí con mi mirada hasta que se sentó frente a mí. Sentía como su presencia ocupaba por completo mi espacio. Era como si no viera nada más en aquel café. Como si no tuviera ojos para otra cosa o persona que no fuera él. Y eso me provocó una agitación, y un sentimiento placentero al mismo tiempo. De repente, un temblor se apoderó de mis dedos, impidiéndome seguir tecleando con normalidad. Me humedecí los labios y sentí su mirada fija en mí. De aquella manera que no sabría como describir. Pero que me hizo sentir a gusto.
—¿Deseas algo? —le pregunté reuniendo fuerzas en medio de los nervios que me había provocado verlo allí, sentado delante de mí y mirándome fijamente.
—Sólo quería saber si quieres otro té —respondió con un tono de voz que se acercó al susurro y me erizó la piel.
—Oh, bueno… la verdad es que…—Debía admitir que me sentía algo cortada en su presencia y que nada de lo que dijera o hiciera parecía tener sentido.
—Llevas tecleando durante horas sin parar. ¿Puedo preguntarte a qué te dedicas?
Se mostró cauto, pero interesado en mi trabajo. Sonreí de manera tímida mientras inspiraba y apartaba mis manos del teclado. No quería mirarlo de manera fija pues algo en él me hacía sentir intimidada. Algo que no había experimentado con anterioridad.
—Soy escritora —dije reuniendo el valor necesario para decirlo. Me miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad mientras se limitaba a asentir—. Escribo novela romántica.
—¿Historias de amor? —me preguntó sin poder ocultar su sorpresa en el tono y el su gesto.
—Sí.
—Vaya —exclamó con cara de estar confundido. Estaba segura que por su gesto y su mirada no era el tipo de novelas que estaba acostumbrado a leer.
—Supongo que no está dentro de tus lecturas preferidas —dije con una sonrisa irónica mientras me apartaba el pelo del rostro, como si quisiera que tuviera un amplia visión de mi. ¿Estaba flirteando con él? No podía creer que lo estuviera haciendo. Pero así me pareció.
—No es una de mis aficiones, pero… quien sabe. Tal vez ahora que conozco a una escritora…
Sonreí ante su comentario.
—¿No irás a decirme que después de hoy vas a convertirte en un ferviente seguidor de mis historias de amor? —le pregunté con un toque de sutil ironía mientras mi ceja derecha se arqueaba en clara señal de escepticismo, y mis labios se fruncían en un mohín de desacuerdo.
—No lo sé. Nunca he leído una novela romántica —me confesó algo avergonzado por este hecho.
—Lo imaginaba —asentí convencida mientras entornaba la mirada hacia él esperando su comentario. Pero lo que no me esperaba era su siguiente pregunta.
—Y dime, ya que cuentas historias de amor, ¿cómo es la tuya en particular?
Su pregunta fue como un mazazo. Nadie me había preguntando al respecto de mi vida privada en relación a las novelas. Y yo, la verdad, no tenía mucho que decir después de mi último y estrepitoso fracaso sentimental. Pero allí estaba yo, mirando a aquel chico, del cual no sabía ni su nombre, y haciéndome esa pregunta a mí misma.
Stephan
Se quedó callada y pensativa cuando le pregunté por su situación sentimental. Era como si hubiera presionado algún resorte en su interior, que hubiera hecho saltar las alarmas. Su gesto risueño pareció difuminarse en el brillo enigmático, que las lágrimas producían en sus pupilas. Desvió su atención hacia la ventana para contemplar como los copos de nieve silenciosos seguían cayendo en París de manera más lenta.
—Disculpa, tal vez no debí… —me disculpé rozando su mano con la mía captando su atención de nuevo. Su mirada se quedó fija en de nuestras manos para después dejarla suspendida en mi rostro, mientras parecía que fuera a decir algo.
—No pasa nada —murmuró—. De todas formas no hay mucho que contar—. Volvió a desviar su atención hacia la calle mientras parecía perderse en la inmensidad del manto blanco que cubría París—. Sería mejor que me marchara. Se ha hecho tarde y…
—Si te esperas puedo acompañarte —le dije sin pensarlo, lo cual produjo en ella la expresión de sorpresa que esperaba. Temía que me dijera que no—. Como puedes comprobar nos hemos quedado solos, y dado el tiempo que hace… No creo que nadie se aventure a venir a tomar un café.
Bajó la vista hacia el teclado y durante unos segundos permaneció en silencio. Al cabo de los cuales, esbozó una ligera sonrisa y asintió.
—De acuerdo —dijo muy segura de sus palabras—. No tengo prisa. Yo también iré recogiendo. Por cierto dime cuanto te debo por el té.
Sacudí la cabeza mientras me levantaba de la silla y la contemplaba.
—Déjalo. Invita la casa.
—Pero…
—Otro día que vengas —le aseguré guiñándole un ojo y dándole a entender que era mi deseo volverla a ver.
Me dirigí hacia la barra para terminar de recoger las tazas, que aún no había fregado. Pero no importaba. En ese momento, ella ocupaba toda mi atención. Por alguna extraña razón, deseaba terminar la tarde en su compañía. Quería detener el tiempo. Exprimir las horas que quedaban. Disfrutar de su sonrisa. Perderme en su mirada. Y soñar con que aquello podría ser una de las historias que ella escribía.
Poco después salíamos del café mientras sentíamos como la nieve se hundía bajo nuestros pies.
—Ten cuidado.
Se volvió hacia mí con gesto irónico en su rostro. Como si yo pensara que iba a caerse sobre la nieve. La veía avanzar con seguridad. Logré mantener el equilibrio hasta situarme junto a ella y fue entonces cuando ella dio un paso en falso y cayó sobre la nieve. Me apresuré a ayudarla mientras ella no paraba de reír al tiempo que no dejaba de mirarme.
—Me has asustado —me aseguró fingiendo estar enfadada conmigo.

Claire
El hecho de sentirlo a mi lado me hizo trastabillarme y caer sobre la nieve. Luego, sus manos me agarraron y tiró de mí hasta conseguir levantarme del suelo y acabar contra su propio pecho. De repente, sentí como uno de sus brazos me rodeada por la cintura para no dejarme caer de nuevo. Nuestros cuerpos apretados ajenos al frío. Sentía el calor que desprendía y como éste recorría todo mi cuerpo de manera vertiginosa. Me quedé mirándolo y mis carcajadas desaparecieron de manera lenta, y torpe cuando fui consciente de como nos estábamos mirando. De como sentíamos deseos de besarnos. Se quitó el guante para dejar que su mano se apoderara de mi rostro, y que su pulgar me acariciara con lentitud, con delicadeza, con ternura.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó en un susurro mientras sentía su aliento acariciar mis labios de una manera reveladora. Me los humedecí, sintiendo la necesidad de besarlo. El nudo en mi estómago ascendía en ese momento de manera vertiginosa hacia mi garganta. Y el temblor de piernas, debido a la situación más que al frío.
—Sí, no ha sido…—En ese momento, mis palabras murieron ahogadas en sus labios. En su tierno y dulce beso. Cerré los ojos mientras me dejaba envolver por la calidez de su boca, la suavidad de sus labios y de su lengua. Lo rodeé para profundizar más aún el beso mientras sentía a mi corazón galopar libre como un caballo salvaje. Me di cuenta que mi gorra se había deslizado hasta caer sobre la nieve. Pero en ese instante nada me importaba. Ni tampoco podría explicar la razón que me había empujado a dejarme llevar de aquella manera. Allí, en mitad del Boulevard de Saint Germain, bajo la nieve que caía a nuestro alrededor de manera silenciosa, y un bosque de paraguas, comencé sin quererlo a escribir mi nueva historia de amor. Pero, a diferencia de las otras, en ésta, la protagonista iba a ser yo.
Cuando se separó de mí, se quedó mirándome de manera tímida. Como si aquello no hubiera sucedido. Sonreí al verlo con aquella expresión tan tierna en su rostro, que los deseos de fundirme con él me asaltaron. Recogió mi gorra del suelo y tras sacudirle la nieve me la colocó apartando mi pelo para que mi rostro quedara libre. Aquel gesto tan casual, tan inocente y tan romántico, porqué no decirlo,  me provocó un leve suspiro, que no pude imaginar ni contener.
—Tal vez deberías sujetarme —le dije mientras me cogía de su brazo y me apretaba contra él en busca de calor—. Por si vuelvo a caerme.
Me dedicó una mirada de esas que te hacen palpitar por dentro. Que te hacen sentir la persona más feliz que pisa la tierra, o la nieve en mi caso.
Diréis que soy una loca, o una romántica por actuar como hice. Que tal vez no debí aceptar aquel beso. Pero ni siquiera yo puedo definir la extraña locura que se apoderó de mí aquella tarde. Sólo sé que me hizo soñar con algo que existía en mi imaginación. Con esa sensación de felicidad de la que disfrutaban las heroínas de mis novelas. ¿Tal vez me hubiera llegado el momento de dar el salto de mis páginas a mi vida real? No lo sé. Ni quiero preguntármelo. Tampoco estoy segura de si en mi nueva historia pondrá un fin. O si incluso será feliz. Pero por ahora, continuó escribiéndola.
 

6 comentarios:

  1. Qué bonito y qué romántico. Me ha encantado!!!!!

    Un abrazo!!!

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    1. Hola Raquel, me alegro que te haya gustado. La verdad es que quería escribir algo dulce y tierno, y creo que me quedó bien.

      Un abrazo

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  2. Te ha quedado precioso, Kike, felicidades. Como apunta Raquel, muy romántico.

    Besos.

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    1. Hola Claudia, gracias por tus palabras. Me alegra que te guste y que pienses que es muy romántico

      Besos

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  3. No sabía que colaborabas con esa revista pero que suerte tienen de contar con un escritor como tu. Un besazo.

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    1. Hola Tamara gracias por pasarte. Bueno últimamente les envío un relato romántico. SIempre que tengo tiempo, y se me ocurre alguno. Gracias por tus palabras

      Un besazo

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