16 sept. 2013

Entre el deber y el amor. Prólogo y capútlo 1

Aqui os dejo con el prólogo y el capítulo 1 de Entre el deber y el amor publicada por Nueva Editora Digital. Que lo disfrutéis.



Prólogo

Falkirk, Escocia, 1313.
La bruma de la mañana no se había disipado aún, cuando Megan MacAlpine salió de su casa de adobe y paja en dirección al pozo. Decidió echarse el plaid por encima al notar como la humedad y el frío matinal, la envolvían. Había mucha gente en las calles a pesar de lo temprano que era, ya que para los habitantes de la localidad de Falkirk, la jornada comenzaba cuando amanecía y se prolongaba en algunas ocasiones hasta la noche. Falkirk había sido fundada por David I de Escocia y era considerada como una de las primeras ciudades o burghs del país. En aquellos tiempos sus habitantes eran libres, pero sometidos al rey Eduardo de Inglaterra. Megan había conocido al padre y ahora al hijo, y nada había cambiado. Las guerras entre ambos países continuaban bajo el reinado de Eduardo II. Robert Bruce había sido nombrado rey de Escocia en Scone ocho años antes, durante los cuales las disputas entre ingleses y escoceses no sólo no habían cesado, sino más bien parecían habers acrecentado.
Aquella mañana, Megan se había levantado con un extraño malestar producido por los inquietantes sueños, que habían perturbado su descanso. Se había incorporado en varias ocasiones en mitad de la noche con su cuerpo bañado por una fina capa de sudor. Tras lograr tranquilizarse, no sin gran esfuerzo y después de haber caminado por la casa, decidió salir afuera para respirar aire fresco. Durante esos instantes consiguió mitigar su desasosiego y regresó a su cama quedándose profundamente dormida. Ahora camino del pozo le daba vueltas en su cabeza a aquellos extraños sueños. ¿Qué pretendían decirle? La visión del rostro de un desconocido surgiendo de la bruma. El estandarte del rey, muerte, y desolación hasta lograr la ansiada paz. Pero, ¿qué relación tendría ella con aquel extraño? Incluso creyó ver como penetraba en la ciudad, y se instalaba. Luego, las fugaces apariciones de su hermano pequeño, sangre, y dolor.
Sus pensamientos se aclararon cuando se encontró con Rathlin, su hombre de confianza. Desde que sus padres murieron en una de las muchas escaramuzas de los ingleses en Escocia, él se había convertido en la sombra de Megan y de su hermano menor, James. Al ver a la muchacha sonrió y se apresuró a coger sus cubos.
—¿Te sucede algo muchacha? Da la impresión de que no has descansado —le comentó con gesto turbado mientras se acercaba a ella entornando la mirada.
 —Tienes razón. No he dormido bien esta pasada noche —le respondió con cordialidad e intentando restar importancia a este hecho.
—¿Qué te inquieta tanto como para desvelarte? —le preguntó mientras dejaba los cubos junto al pozo y rodeaba a la muchacha pasando su brazo de hierro por sus hombros en un gesto lleno de cariño y ternura.
—Nada en especial —respondió sin darle la menor importancia al asunto.
—¿Estás segura? —insistió Rathlin mientras quedaba delante de ella sujetándola por los brazos. Su mirada escrutaba su rostro intentando averiguar qué le sucedía.       
—Lo único que me preocupa es como salir adelante con las restricciones impuestas por Inglaterra —le dijo con mal humor recordando que existía una guarnición de éstos en Falkirk controlando cualquier intento de rebelión. —Sólo espero que el rey venga pronto a liberarnos. Que de una vez libere a Escocia del yugo inglés, que nos impuso el padre del Eduardo II.
—¿Hablas de Bruce? —le preguntó sorprendido.
—¡De quien si no! —exclamó furiosa. —Yo sólo reconozco a Robert Bruce como rey legítimo de Escocia —le recordó mirándolo con frialdad recordando los ajusticiamientos de inocentes sólo para satisfacer el ego del actual rey, Eduardo y dejarle claro quien tenía derechos sobre Escocia.
—Ten cuidado con tu lengua Megan. Si el gobernador o alguien cercano a él te escuchara hablar así de Eduardo te acusarían de traición a la corona —le recordó medio en serio, medio en broma mientras izaba el cubo repleto de agua hasta dejarlo sobre el borde del pozo.
—Si ella estuviera en peligro yo la ayudaría —dijo una voz a sus espaldas, provocándole un ligero sobresalto.
Megan se volvió para quedar frente al rostro complacido y sonriente de Morton. Un joven escocés algo desgarbado, y quien parecía estar enamorado de ella a juzgar por todas la atenciones que le prestaba desde hacia un año. Pese a todo, la muchacha prefería seguir sola a casarse con aquel zoquete. Podía ser hijo de un rico hacendado de Falkirk, y tener grandes extensiones de tierras, pero no era lo que ella anhelaba. Además, se rumoreaba que el padre de Morton era un claro simpatizante del rey Eduardo. Así que no había ninguna posibilidad de que Megan se fijara en él. Cualquier intento de acercamiento quedaba zanjado en el momento que Megan recordaba su preferencias políticas. Ahora, Morton se ofrecía a ayudarla con el cubo de agua mientras ella lo miraba con furia.
—No hace falta que te molestes —le recordó despejando su rostro de sus cabellos, los cuales echó hacia detrás y sujetó con una cinta. —Puedo yo sola. Siempre lo he hecho. Y siempre lo haré —le recalcó haciéndole ver que no estaba interesado en él lo más mínimo.
—Necesitas un hombre Megan —le dijo de repente. —Alguien que cuide de ti y de tu hermano.
—No necesito a ningún hombre —le espetó en pleno rostro con una sonrisa burlona, mientras posaba sus manos sobre el pecho de Morton para apartarlo de ella, mientras un destello de frialdad apareció en sus ojos ambarinos.
Rathlin permanecía expectante, y en silencio viendo como Megan sabía defenderse de la insistencia de Morton. Pobre muchacho, ¿cuándo se daría cuenta que ella no estaba destinada para él? Haría bien en buscar esposa en otra parte. Megan era algo prohibido e inalcanzable para él.
—Eres injusta conmigo. Sabes que mis padres verían con muy buenos ojos que tú y yo nos desposáramos —le dijo con orgullo— Soy uno de los nobles más pudientes de Falkirk.
Megan lo miró con indiferencia. No soportaba que Morton le estuviera recordando a todas horas su condición de hombre importante en Falkirk; condición que parecía haberse ganado aliándose con el rey Eduardo, como recordó Megan una vez más. Además de su altanería que no la soportaba, tanto su físico como su personalidad distaban mucho de su ideal de hombre.
Rathlin la miraba con gesto divertido lo que encendió más a la muchacha provocando un destello luminoso en sus ojos.
—¿Se puede saber de qué te ríes? —le preguntó entrecerrando los ojos como si lo estuviera amenazando.
—De ver como te libras tú sola tus propias batallas —le respondió poniendo especial énfasis en la última palabra. —Y con buenos resultados —concluyó al ver como el joven Morton parecía rendirse.
—Lo llevo haciendo desde el día que mis padres...—comenzó diciendo Megan hasta que un nudo se le formó en la garganta impidiéndola continuar. Sus ojos parecieron empañarse por un momento, pero tras respirar hondo se irguió de nuevo quedando frente a Rathlin. —No necesito un hombre para llevarme el cubo del agua —le recordó mientras su mano se cerraba en torno al asa de éste y se disponía a irse ofuscada por su situación.
—Algún día tendrás que elegir esposo o te quedarás sola. Tarde o temprano, tu hermano formará su propio clan —le recordó con preocupación viendo que los años pasaban y ella seguía soltera.
Este comentario hizo que Morton la sonriera y la mirara con cariño una vez más esperando algún comentario hacia él. Pero lo único que consiguió de ella fue que lo mirara como si le estuviera lanzando una maldición lo cual hizo que el muchacho se apartara.
—El día que encuentre esposo seré la primera en saberlo. No te preocupes.
—¡Por San Andrés! ¡Tienes veinticinco años Megan!
—Veinticuatro para ser más exactos —le corrigió mostrando una sonrisa burlona.
—A tu edad yo ya estaba formando mi propio clan.
—Pues yo no. Ya lo ves —le dijo haciendo un mohín con sus labios. —No tengo tiempo para pensar en buscar un marido. He de educar a James, y además con los tiempos que corren un marido no serviría de nada. ¿Acaso devolvería la libertad a Escocia? —le preguntó irritada con solo recordar su mísera vida.
—Porque tú no quieres —insistió Morton mostrando su sonrisa más afable.
Megan puso los ojos en blanco mientras respiraba hondo. Miró a Rathlin con furia mientras éste se encogía de hombros, y después se volvía de nuevo hacia Morton dispuesta a dejarle claro su posición.
—Escúchame Morton. No voy a casarme contigo. Ni ahora ni nunca. ¿Lo has entendido o tengo que repetírtelo? —le preguntó crispada por el comportamiento de éste.
—Entiendo que necesitas tiempo y...
—¡Qué no! ¡Que no necesito tiempo para pensarlo! ¡No insistas más! —le espetó fuera de sí mientras recogía el cubo lleno de agua y se marchaba vertiendo casi la totalidad de su contenido por el camino.
—¿Entonces no quieres que te lleve el cubo? —le preguntó en un susurro mientras Megan desaparecía moviendo sensualmente sus caderas.
—Es mejor que te busques otra muchacha. Este cardo tiene espinas —le dijo Rathlin sonriendo mientras se rascaba su poblada barba.
—No pienso rendirme. Megan MacAlpine terminará por sucumbir a mis encantos —le dijo muy serio mientras estiraba su cuello.
—Conozco a Megan desde que era una chiquilla, y puedo decirte que antes de aceptarte como esposo se secará Loch Tay —le comentó palmeando su espalda.
Megan regresó a casa murmurando toda clase de improperios contra Morton. Cuando abrió la puerta de la casa vio a James desayunando un cuenco con leche y avena. Al ver a su hermana cargada con el cubo se levantó del banco de madera en el que estaba sentado, y corrió a ayudarla. Megan esbozó una sonrisa de agradecimiento a su hermano mientras éste dejaba el cubo junto a la chimenea.
—¿Qué te pasa? —le preguntó contemplando el rostro de su hermana del que aún no había desaparecido su enojo.—¿Ya te has vuelto a tropezar con Morton?   
—Sí, y cada vez que lo hago me crispo más de los nervios —le explicó acalorada.
—Bah, no le hagas caso —le dijo sacudiendo su mano en el aire.
—¿No te cae bien? —le preguntó Megan con un gesto de desagrado en su rostro.
—¿Quieres la verdad? —le preguntó alzando sus cejas mientras su hermana asentía con cara de circunstancia. —Ni un pelo. Es un pretencioso. Siempre va por ahí jactándose de lo que su padre tiene o ha conseguido. ¿Cuándo querrá darse cuenta de que mi hermana se merece a alguien mucho mejor que él?
Megan sonrió complacida mientras pasaba la mano por el pelo de su hermano y se lo alborotaba.
—¿Y qué entiendes tú por alguien mejor, eh?
—Un hombre de verdad, y no una imitación como es Morton.
—¿Un hombre de verdad? —exclamó Megan sin parar de reír por los comentarios de su hermano.—Pero, ¿qué sabes tú de los hombres? —le preguntó mientras pasaba su mano cariñosamente por los cabellos revueltos de James.
—Sí, un hombre cuya mirada te haga temblar, y que cuando te coja la mano parezca que es un grillete.
—Oh... bueno... según lo dices más que un hombre parece que quisieras verme con una especie de monstruo —exclamó Megan abriendo los ojos como platos y resoplando.— ¿Grilletes? ¿Temblar?
—No, no me has entendido. Ha de ser un hombre que cuando te abrace o te tome de la mano tu sientas que te transmite seguridad. Y que su mirada te haga temblar de emoción. Que sientas que tus piernas flaquean y que necesitas que él te sostenga entre sus brazos —sonrió de manera pícara James mirando a su hermana.
—Pero, bueno... ¿de dónde has sacado todas esas cosas? —le preguntó sonrojada Megan.
—Se lo he oído decir a Keira.
—¿Keira eh? Tendré que hablar con ella para que no te enseñe cosas que no debes aprender —dijo Megan sonriendo. —Venga acaba tu desayuno.
—¿Por qué no te has casado? —le preguntó de repente haciendo que Megan se quedara paralizada.
Lentamente se volvió hacia James y sonrió con añoranza. Claro que deseaba un compañero que le transmitiera seguridad, que la abrigara en las frías noches, que la mirara como si ella fuera la única mujer sobre la tierra, que confiara en ella, y que la amara. Pero eso era algo difícil de encontrar en eso tiempos convulsos en los que vivian.
—Simplemente no he encontrado a la persona adecuada. Además, estás tú y...   
Un extraño torrente de voces que crecía y crecía como el trueno de una tormenta comenzó a escucharse en la calle. Interrumpió las reflexiones de Megan entorno al hecho de buscar un marido. Contrariada miró a su hermano y caminó hasta la puerta de la casa. La abrió para asomarse y ver qué era lo que sucedía. Al momento se percató de la presencia de varios soldados ingleses llamando a las puertas de las casas con el único y firme propósito de recaudar impuestos para el gobernador. Megan frunció el ceño y apretó los dientes furiosa entrando en casa. Era lo que le faltaba después de lo de Morton en el pozo, y su hermano y Rathlin recordándole que se buscara un marido.
—¿Qué ocurre Megan? —le preguntó su hermano sobresaltado al verla de esa manera.—¿Se trata de Morton otra vez? —le preguntó entre risas.
Megan sacudió la cabeza en ambas direcciones negando a James, mientras su mirada se quedaba clavada en la de su hermano. Su rostro palideció de inmediato y un sudor frío recorrió su espalda.
—Mucho peor —comenzó diciendo mientras entrecerraba los ojos y pensaba en la situación que se avecinaba.
—¿Mucho peor? —repitió su hermano contemplándola con temor en su mirada y en el gesto de su rostro.
—Sí. Los soldados —le dijo con toda la firmeza que pudo reunir en el timbre de su voz. No quería que su hermano intuyera que estaba algo asustada por la presencia de éstos.
James hizo ademán de salir de la casa, pero su hermana lo detuvo por el brazo. El muchacho se volvió y vio el miedo en su hermana a pesar de que ella siempre se enfrentaba a ellos.
—No se te ocurra salir. Siéntate y no digas nada. ¿Me has entendido?
James ni siquiera se atrevió a abrir la boca sino que se limitó a asentir levemente mientras su hermana fingía ordenar las ropas esparcidas por el suelo.
El gobernador hostigaba a los escoceses con los impuestos para evitar que entregaran todos sus ahorros a la causa de Robert Bruce. Todos los meses era lo mismo. Llegaban a las casas y tomaban lo que querían, incluidas las mujeres y el vino, y cuando estaban saciados se marchaban. Megan escuchó a los hombres acercarse a la casa y golpear la puerta de madera. Apartó a James lejos de ésta hasta situarlo detrás de ella. No se decidió a abrirla confiando en que pasaran de largo si no recibían respuesta. Sin embargo, la puerta se abrió de golpe dejando a la vista a un soldado que sonreía maliciosamente. Entró en la casa y paseó su mirada por la amplia habitación hasta detenerse en Megan y en su hermano. Al verla a ella sonrió con lujuria mostrando sus dientes amarillentos.
—¿Es que no has oído que llamábamos a la puerta? ¿Acaso eres sorda? —le preguntó mientras seguía avanzando hacia ella.
—No, no lo soy —le respondió alzando el mentón mientras sus ojos se clavaban en los del soldado.
—Muy bien. Hemos venido a cobrar los impuestos para el rey.
  —Yo no reconozco a Eduardo como mi rey —le dijo altanera y orgullosa mientras James salía de detrás suyo y miraba al soldado con rencor.
  —Muchacha, deberías tener más cuidado con lo que dices o lo lamentarás —le dijo apuntándola con su dedo en señal de amenaza. —Y ahora vamos paga tus impuestos. No te lo repetiré dos veces.
  —No tenemos nada —le explicó abriendo sus brazos como queriendo abarcar sus escasas pertenencias en la casa.
  —En ese caso tendré que llevarte presa ante el gobernador —le dijo en un principio acercándose a ella. Pero de repente el soldado se detuvo para contemplar mejor a Megan. Entrecerró sus ojos y sonrió de manera lasciva. —Bueno tal vez si me pagas a mi haré la vista gorda esta vez; y quien sabe a lo mejor nos hacemos amigos íntimos —le dijo el soldado mientras pasaba la mano por el rostro de Megan y su boca babeaba.
  Megan lo apartó de un manotazo, que enfureció aún más al soldado, quien levantó la suya y golpeó a Megan arrojándola al suelo ante la sorpresa de James. El soldado iba a abalanzarse hacia ella cuando de repente una voz lo detuvo. Megan alzó la mirada desde el suelo para comprobar horrorizada, el propio gobernador de Falkirk era quien se encontraba en el umbral de su casa con una mirada que echaba fuego. Avanzó varios pasos hasta situarse junto al soldado y paseó su mirada de Megan a James antes de hablar.
  —¿Qué ocurre aquí? —le preguntó volviendo su rostro rubicundo hacia éste.
  —Se niega a pagar los impuestos del rey.
  —¿Por qué? —preguntó clavando su mirada en Megan intentando atemorizarla, pero ella la mantenía retándolo.      
  —No reconoce a Eduardo como su rey —respondió el sargento.
  —Con que no ¿eh? –exclamó sonriendo irónicamente. —Y según tú, ¿quién es tu rey? —le preguntó con un tono de voz más dulce.
  —Robert Bruce —respondió mientras se levantaba del suelo hasta quedar delante de él.
  Hubo unos instantes de silencio en los que ninguno de los presentes dijo nada. El gobernador de Falkirk inclinó la cabeza sobre su pecho sonriendo como si aquella respuesta le hubiera hecho gracia. Y lo había hecho. Levantó la mirada y la clavó en Megan. Ésta percibió su odio y su venganza.
  —Llevaos al muchacho. Yo voy a enseñarle a esta zorra escocesa quien manda aquí —dijo con voz irónica mientras se despojaba de su capa.
  Megan abrió sus ojos al máximo al escuchar aquella propuesta. Aquel animal iba a violarla si no hacía nada para remediarlo. James se abalanzó sobre él, pero fue retenido por el soldado que lo sacó a empellones de la casa mientras sonreía a Megan.
  —Que disfrutéis señor —masculló entre dientes el sargento mientras cargaba a sus espaldas a James.
  Cuando la puerta se cerró Megan sintió que el pánico se apoderaba de ella. Buscó con la mirada un cuchillo con el que defenderse pero no había ninguno a la vista. Mientras, el gobernador avanzaba con una mirada lujuriosa en sus ojos. Se relamía de gusto intuyendo la piel suave y tersa de la muchacha. Su carne joven y virginal toda para él. Megan agarró una jarra y se la arrojó, pero él consiguió esquivarla sin ningún problema mientras seguía riendo.
  —¿Con que Eduardo no es tu rey eh? Ya te diré yo quien lo es —le dijo abalanzándose sobre ella. Megan intentó rechazarlo, pero su cuerpo pesado la arrinconó contra la pared. Sintió como su barriga le impedía moverse mientras sus manos agarraban sus muñecas poniéndolas por encima de su cabeza. Megan le dio un rodillazo en la entrepierna provocándole un incesante dolor. Luego, intentó zafarse de él corriendo hacia la puerta, pero el gobernador reaccionó rápido y la agarró por su melena tirando de ésta para atraerla hacia el. Megan sintió el tirón y como el dolor le arrancaba lágrimas. Se volvió hacia él para seguir la lucha. No iba a entregarse tan fácilmente. Su pueblo llevaba luchando durante años contra los ingleses, y ella no iba a ser menos. El espíritu de William Wallace ardía en su pecho y se prometió así misma morir antes que sucumbir a aquel pestilente inglés. Le golpeó con furia en el rostro y trató de morderle, pero aquello sólo consiguió encenderlo y excitarlo aún más.
  —No te resistas preciosa. Si en el fondo te va a gustar —le dijo mientras su boca se posaba en sus carnosos labios y su lengua intentaba abrirse paso entre sus dientes. Ahora sus manos buscaban los muslos de Megan mientras ésta se resistía con todas sus fuerzas pataleando.
  Fuera de la casa el soldado inglés sonreía con malicia contemplando a James. Éste estaba a escasos metros de él y lo miraba con odio. Sujetado de los brazos por otros dos hombres. Los ruidos y chillidos del interior prendieron fuego a las entrañas de aquel muchacho de catorce años, quien intuía lo que aquel animal le iba a hacer a su hermana. Rathlin lo vio y sus miradas se cruzaron. Fue un destello fugaz, pero Rathlin lo comprendió. Se acercó a los dos guardias por detrás golpeándolos con todas sus fuerzas haciendo que ambos cayeran inconscientes. Cuando James se vio libre corrió hacia la casa mientras la furia crepitaba en su interior. El soldado apostado en la puerta lo vio venir hacia él como un toro enfurecido, pero no se dio cuenta del pequeño puñal que éste sacaba del interior de su bota y como lo esgrimía delante de él. Sólo sintió un ligero pinchazo y como todo se volvía oscuro.
  Rathlin lo apartó de un golpe y abrió la puerta de la casa de una patada dejando paso a James. Era como si el diablo hubiera tomado posesión de su cuerpo. Sus ojos buscaron a su hermana, quien ahora yacía debajo de aquel seboso cuerpo del gobernador. Se abalanzó sobre él sin que éste lo esperase y hundió el puñal una y otra vez en sus costillas, en su espalda, en todas las partes que encontró. El gobernador chillaba de dolor mientras la sangre manaba por las numerosas heridas recibidas. James estaba enfurecido por lo que aquel inglés le estaba haciendo a Megan, quien ahora chillaba y lloraba desconsolada. Rathlin observaba el cuerpo sin vida del gobernador sobre el suelo bajo un charco de sangre. Megan se había incoroporado y permanecía de pìe en silencio mirando a su hermano sin poder creer lo que había hecho. Rathlin se mesó los cabellos consternado por aquel espectáculo dantesco. Levantó su mirada hacia Megan deseando saber si aquel inglés había consumado la violación. Sintió un alivio cuando vio que no había rastros de sangre sobre la cama. Al parecer James lo había impedido a tiempo. Se acercó hasta ella y la rodeó con su brazo mientras intentaba cerciorarse de que no la había violado.
  —No... No... Ha podido —balbuceó mientras se dirigía a su hermano— Oh, por San Andrés, James, ¿qué has hecho? —le dijo mientras se acercaba a su hermano cubierto de sangre.
  —No creerías que iba a quedarme con los brazos cruzados —le dijo esbozando una sonrisa mientras arrojaba el puñal lejos.
  —Megan, dime la verdad —intervino Rathlin—. ¿Te ha violado? —Ella volvió el rostro hacia su mejor amigo y con lágrimas en los ojos movió la cabeza de un lado a otro negando. —Gracias a Dios —resopló Rathlin mientras se mesaba los cabellos. —Tenemos que sacar el cuerpo de aquí cuanto antes.
  Una multitud de curiosos se había agolpado junto a la puerta. Entre ellos apareció el rostro de Morton horrorizado por la imagen que se exponía ante él.
  —Pero ¿qué…?
 —Morton no digas nada y ayúdame a sacarlo de aquí —le ordenó Rathlin mientras agarraba al gobernador por debajo de los brazos.
  Entre los dos consiguieron alzarlo y sacarlo de la casa mientras los demás habitantes miraban con curiosidad. Lo dejaron en medio de la calle a la espera de ver qué podían hacer mientras los hombres jaleaban a James por lo que había hecho.
  —¡Venganza! ¡Muerte a los ingleses! —gritaron algunos mientras enfervorizados se abalanzaban contra los soldados, que habían capturado una vez que James había iniciado las hostilidades.
  —¡Por Wallace! ¡Por una Escocia libre! —gritaron algunos esgrimiendo dagas y espadas.
  —¡Por Robert Bruce! —aclamaron otros yendo en pos de los ingleses para pasarlos a cuchillo.
  —¡No! ¡Deteneos! —gritó Rathlin. —Dejad que se vayan. No más muertes por hoy.
  Los soldados ingleses, que habían sobrevivido, ahora miraban a los habitantes de Falkirk con el miedo reflejado en sus rostros. Temían que se abalanzaran sobre ellos y los matarán como a animales. Sin embargo las palabras de Rathlin parecieron calmar los ánimos y los escoceses les permitieron irse sin un solo rasguño. Minerva, la mujer de Rathlin, abrazaba a Megan y James mientras los conducía a su propia casa en compañía de otros miembros de su clan. En seguida preparó un baño de agua caliente a Megan para que se limpiara los restos de sangre. Pero sobre todo que se despojara de aquel olor nauseabundo que el gobernador había dejado impregnado en su virginal piel blanca. Por fortuna el gobernador no había conseguido su propósito gracias a la intevención de James. Sin embargo, la valerosa acción del hermano traería mayores problemas a Megan. Pues el asesinato del gobernador sería castigado con la muerte.
  Megan se sumergió en una tina de agua caliente perfumada con lavanda y restregó toda su piel con un trapo y con un cepillo hasta producirse alguna pequeña herida. Apretó los dientes y mientras se frotaba, y las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Sólo cuando comprendió que si seguía haciéndolo se arrancaría la piel cesó en su empeño. En ese momento se derrumbó sobre sus rodillas llorando de amargura. Minerva y su hija, Claire, entraron en el cuarto cuando la escucharon sollozar y rápidamente se abalanzaron sobre ella para consolarla.
  —No, no, Megan. No llores muchacha —le dijo cogiendo su dulce rostro entre sus manos mientras sus pulgares limpiaban las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Tenía los ojos enrojecidos y sus largas pestañas aparecían ahora empapadas. Tiritaba de frío, pese al calor que emanaba del agua y al calor de la lumbre en una pequeña marmita. Claire cubría sus hombros con una manta y le frotaba la espalda para que entrara en calor. —Prepara un brebaje de esos tuyos.
  La muchacha asintió y salió de la habitación para obedecer el encargo de su madre. Mientras Minerva trataba de consolar a Megan.
  —Megan tienes que ser fuerte. Por ti y por tu hermano. Afortunadamente James evitó lo que parecía inevitable. ¡Esos malditos ingleses! —exclamó con furia Minerva mientras su mirada irradiaba odio y resquemor hacia éstos. —Pero ahora debes pensar en James y en procurar que se marche de aquí. Cuando la noticia llegue al rey...—No terminó de expresar su opinión pues sabía cual sería el veredicto.
  —Eso es lo que más temo —le confesó Megan entre balbuceos cogiendo las manos de Minerva mientras la miraba con los ojos apagados.
  —No te preocupes. Veremos que se puede hacer para que salve la vida. Ahora será mejor que salgas de la tina y termines de secarte. Mientras voy a ver a Rathlin y a James.
  Megan se quedó sola y en silencio en el cuarto dando vueltas en su cabeza a lo que había ocurrido. Lo que más le aterraba era lo que pudiera sucederle a su hermano. Más que la sensación de haber sido ella atacada ¡James había matado al gobernador! ¡Al representante del rey en la ciudad! Enviarían a uno nuevo y más soldados, que tomarían represalias. Su hermano sería ahorcado sin ni siquiera ser juzgado. No tendrían en cuenta que el gobernador hubiera querido violarla. Él estaba en su derecho por su cargo, y ella tenía que aceptarlo por ser una vulgar escocesa. Esa era la política del rey de Inglaterra para con sus súbditos. De repente Megan transformó toda su tristeza en rabia y odio contra los ingleses, y juró que mientras ella viviera su hermano no sería ajusticiado por ningún inglés. Habían acabado con sus padres, pero no le arrebatarían a James, aunque tuviera que enfrentarse ella misma con el nuevo gobernador que llegara a Falkirk.
  Rathlin y James charlaban mientras compartían un plato de comida. El muchacho se había aseado y cambiado de ropa. La otra había sido quemada para que Megan no volviera a verla y le recordara lo sucedido.
  —El gobernador quiso cobrarse los impuestos con Megan —le dijo James tratando de justificar su acto.
  —Eso es algo muy frecuente entre los soldados ingleses. E incluso en ocasiones a pesar de darle el dinero, se toman la libertad de ultrajar a alguna muchacha.
  —Pero yo no estaba dispuesto a permitir que lo hicieran con Megan —masculló entre dientes mientras su mirada era el reflejo de la ira que aún permanecía en su interior.
  —Ni yo tampoco. Por eso me encargué de aquellos dos soldados. Para que quedara libre y pudieras actuar. Sé que no debería haberlo hecho pero, ¡que demonios! No podía quedarme impasible mientras escuchaba los gritos de tu hermana. Y en cuanto a ti y a tu acto, sé que no debería decírtelo pero hiciste bien muchacho. Esos malditos ingleses se merecen un escarmiento.
  —Estaba como poseído por algo o alguien que me impedía dejar de hacerlo —le dijo con la mirada fija en un punto en el vacío.
  —El espíritu de estas tierras. Siempre hemos sido una raza guerrera y valiente. Hemos soportado muchas atrocidades pero siempre nos defendemos cuando alguna injusticia se comete. No te preocupes cualquier escocés habría hecho lo mismo en tu situación.
  —¿Qué va a pasarme ahora? —le preguntó consternado por todo lo sucedido.
  —Seguramente el rey Eduardo envíe más soldados y un nuevo gobernador para castigarte. Por eso debemos actuar rápido y preparar tu marcha de Falkirk hoy mismo.
  —No, no me iré dejando a mi hermana —protestó mientras descargaba su puño sobre la mesa y hacía tambalearse los utensilios de comida. —No pienso separarme de ella. Lo que tenga que ser será, pero mi sitio está aquí en mi hogar y con Megan —le dijo con la mirada firme.
  Rathlin sonrió y tras posar su manaza en el hombro del muchacho lo miró orgulloso.
  —Así habla un escocés. Pero también un insensato. ¿No te das cuenta que si te quedas, Megan sufrirá más que si te marchas? Si te permaneces en Falkirk te ahorcarán y salvo que nos levantemos en armas, no podremos ayudarte. Pero si te marchas, al menos seguirás vivo.
  Aquel comentario llegó a los oidos de Megan, quien ahora aparecía en la sala. Tenía los ojos hinchados y podían vislumbrarse los trazos de las lágrimas. Esbozó una ligera sonrisa mientras se dirigía a abrazar a su hermano.
  —Has sido muy valiente James. Padre estaría orgulloso de ti.
 —Tú también has sido muy valiente defendiéndote de aquel...—comenzó diciendo mientras se volvía hacia su hermana.
  —Megan tómate esto —intervino Minerva tendiendo a la muchacha un vaso de arcilla humeante.
  La muchacha sonrió agradecida mientras tomaba un sorbo del brebaje de hierbas de Claire.
  —No está mal —dijo mirando a la hija de Rathlin y Minerva después del primer sorbo.
  —Me alegro que te guste —respondió agradecida ésta.
  —¿Qué piensas hacer Megan? Creo que lo mejor es que el muchacho se marche.
  —No estoy dispuesto a irme. Ya se lo he dicho —intervino James mirando a su hermana con cariño. —No voy a dejarte sola.
  Megan le devolvió la sonrisa y tras pasarle la mano por los cabellos asintió. Miró a Rathlin después.
  —Ya lo has oido. Nos quedamos —asintió ella mirando a Rathlin. No quería separarse de su hermano.
  —Entonces tu hermano y tú os quedaréis aquí el tiempo que haga falta —le dijo Rathlin.
  —Pero...—hizo ademán de protestar la muchacha.
 —No hay pero que valga —dijo Minerva frunciendo el ceño. —Ya nos apañaremos. Por ahora no debéis volver a vuestra casa. Es mejor que dejéis pasar el tiempo.
  —El rey nombrará un nuevo gobernador y ajusticiará a James —le recordó Megan.
  —De momento dejaremos las cosas como están. Claro que bien pensado, si huye sería como declararse culpable.
  —¿Acaso no lo es? —inquirió Megan mientras sus cejas formaban un solo arco.
  —Actuó en tu defensa. Eso nadie puede negarlo —le rebatió Rathlin queriendo hacerle ver que no todo estaba perdido.
  —¿Crees que el nuevo gobernador tendrá el mismo parecer que tú? ¿Crees que va a creer a una vulgar escocesa? —le preguntó mientras sonreía irónica como si en verdad aquello fuera a pasar, y volvía a sorber un poco de infusión tratando de olvidar lo sucedido. —No. Mirará hacia otro lado, y lo castigará. Tal vez fuera mejor irse de Falkirk antes de que lo nombren.
  Todos permanecieron en silencio mirándose entre si. Sabían que sería casi imposible que James fuera absuelto por haber asesinado al gobernador inglés de Falkirk. Pero también pensaban que tenía que llegar el día en el que las injusticias fueran parte del pasado.
  —No pienso huir. Ni esconderme, y si he de acabar con el siguiente gobernador…
  —No creo que haga falta llegar a tanto —le interrumpió Rathlin. —Pero insisto en que deberías esconderte lejos de aquí.
  La sugerencia de Rathlin parecía calar en todos menos en el afectado. James no estaba dispuesto a dejar a su hermana por ahora. De manera que se mantuvo firme en su determinación mientras Megan cerraba los ojos y asentía. No parecía que pudiera hacerle cambiar de opinión.


1
Edimburgo, seis meses después.
Sir Alastair Rutherford era el hombre perfecto para el cargo de nuevo gobernador de Falkirk. Con él se restablecería el orden, había decidido el rey apoyado por sus consejeros y nobles. Había transcurrido casi medio año desde que el último gobernador fuera asesinado, y hasta ese momento el rey no se había decidido a enviar a nadie; más preocupado por la guerra abierta con Robert Bruce, que por nombrar un nuevo gobernador en una perdida ciudad escocesa. La elección de Alastair era una manera de agradecerle su comportamiento como soldado, y que se había distinguido en la campaña de Methven Wood consiguiendo hacer huir a los ejércitos de Robert Bruce. Como agradecimiento a su labor en el ejército durante las guerras en Escocia el rey Eduardo II de Inglaterra había decidido concederle el gobierno de Falkirk, no sin antes advertirle de que su primera tarea sería castigar al asesino del anterior gobernador. El rebelde era un tal, James MacAlpine.
Alastair Rutherford se encontraba en esos momentos en una taberna disfrutando de un vaso de vino junto a su inseparable segundo John Wishart, a quien conocía desde el comienzo de las luchas en el norte, y de quien nos se separaba allá donde fuera. Sir Alastair era un joven aguerrido, valiente, y decidido en la batalla. Sin embargo, había algo que no le gustaba pese a que se veía obligado a hacerlo: odiaba pelear contra sus conpatriotas. Alastair era escocés de nacimiento, pero su padre rindió pleitesía a Eduardo I de Inglaterra durante las revueltas llevadas a cabo por William Wallace. Este hecho convirtió a la familia Rutherford en una aliada de los ingleses, y una traidora para sus propios amigos y compatriotas. Jamás le perdonarían que se hubiera apoyado al monarca inglés para evitar derramar la sangre de los miembros de su propio clan. Desde ese momento Alastair Rutherford había sido admitido en el ejército inglés para defender el trono contra los clanes escoceses, que se habían unido a Robert Bruce. Fue durante estas campañas donde Alastair se había labrado un futuro prometedor a ojos del rey Eduardo.
John Wishart miraba a su amigo mientras éste permanecía sentado con el gesto turbado por la noticia que acababa de llegar. Su nombramiento como gobernador de Falkirk. Algo que a simple vista no parecía hacerle mucha gracia dadas las circunstancias en las que se producía.
—Si no te conociera creería que no te hace gracia ocupar el gobierno de Falkirk. ¡Vamos hombre! ¡Alegra esa cara! ¡El rey ha reconocido por fin tu valor en el campo de batalla y tu determinación a la hora de atacar a las tropas de Bruce en Metheven Wood! ¿Por qué esa cara? Ahora tendrás la oportunidad de impartir justicia a tus propios compatriotas —le comentó sacudiendo a su amigo en un intento porque reaccionara. —Podrás arreglar esta maldita situación —concluyó mientras sacudía la cabeza y se llevaba la jarra a la boca para beber.
Alastair respiró hondo un par de veces y luego resopló pensando en la tarea que le aguardaba.
—Cierto, impartir justicia. ¿Pero no crees que es demasiada casualidad que primera tarea sea juzgar a un rebelde escocés porque asesinó al anterior gobernador? Un gobernador inglés. Nombrado por un rey inglés. ¿Crees que es un buen comienzo? —le preguntó alzando las cejas mientras en su mano jugaba con su jarra de cerveza.
—El rey no te está pidiendo que lo ahorques nada más llegar. Sino que hagas justicia —matizó John Wishart levantando las manos en alto.
  —Justicia —repitió Alastair sonriendo. —¿La misma que aplicaba su padre? —le preguntó con sorna mirando a su amigo, quien ahora esbozaba una mueca de desagrado al recordar la política de Eduardo I. —El martillo de los escoceses, lo apelaban.
—Vamos hombre. No será tan malo después de todo. Si el muchacho es inocente quedará libre sin más. Es más, seguro que cuando se enteren de que eres como ellos te aceptarán sin más.
  —Supongo que no hablas en serio ¿no? —le preguntó fijando su mirada de incredulidad en su amigo.
  —No te entiendo Alastair. Llevo muchos años a tu lado pero la verdad es que hay ocasiones en las que me gustaría estar dentro de tu cabeza para saber que piensas cuando hablas de esta manera.
  —¿Tú crees que recibirán a un escocés, que ha jurado lealtad al rey de Inglaterra, como si nada hubiera pasado? —le preguntó alzando sus cejas.—En cuanto sepan que…
  —Fue tu padre quien juró esa lealtad a Eduardo, no tú —le interrumpió mirándolo fijamente mientras lo sujetaba por su muñeca. —De manera que deja de compadecerte.
  —No me compadezco, tan solo digo yo no he hecho nada para revocar ese vasallaje. Más bien todo lo contrario. Lo acaté sin más —le explicó pareciendo estar enfurecido consigo mismo por este hecho. —Y no sólo eso sino que defendí el pabellón inglés contra la causa de Bruce.
  —De acuerdo y gracias a ello tienes tierras, un castillo y docenas de sirvientes —le recordó con una mueca irónica e intentando arrancarle una sonrisa a su amigo. Al ver que no lo hacía cambiar de opinión desistió. —Como quieras —le dijo alzando sus manos en tono de rendición. —¿Cuándo partimos?
  —Mañana a primera hora —le respondió de mala gana.
  —Entonces hasta mañana no vuelvas a pensar en Falkirk; ni en el gobierno, ni en ese pobre diablo de Mac… no sé qué.
  —MacAlpine. James MacAlpine. ¿Creía que las revueltas habían terminado con el fin de Wallace? —murmuró mientras su mirada quedaba fija en el vacío mientras jugaba con el vaso.
  —Ni mucho menos. Eso creía Eduardo, pero se equivocó. El sentimiento patriota iniciado por William Wallace se vio reforzado tras su violenta muerte. Y después surgió la propuesta de elegir a Robert Bruce como su rey —le recordó Wishart señalándolo con su dedo.
  —Sí, trayendo más muerte y desolación al país. Seguro que James MacAlpine es otro Wallace que pronto se unirá a Bruce —comentó con resignación al tiempo que depositaba el vaso sobre la mesa.
  —Entonces será mejor que decidas si debe vivir o morir —le dijo serio John Wishart mientras apuraba el contenido de su jarra. —Pero tampoco olvides que es un compatriota.
  Este comentario perturbó el espíritu de Alastair. ¿Quién era él para decidir si un hombre debía morir o vivir? Y menos si era un compatriota, pese a que él estuviera en el bando enemigo. Él era escocés, pero luchaba a favor de un rey que no era el suyo. Vivía en su país rodeado de sus compatriotas pero luchaba bajo el emblema de la casa real inglesa: los tres leones.
  —¿Intentas convencerme de algo? —le preguntó con un toque escéptico.
  —Nada más lejos de la realidad amigo. Pero venga divirtámonos en esta última noche aquí en la capital.
  —Tienes razón amigo, es hora de divertirse —comentó mientras volvía a llenar los respectivos vasos, e intentaba sacarse de la mente a James MacAlpine. Luego los levantaron en alto y brindaron para a continuación vaciarlos de un solo trago en sus gargantas.
  —Dime, Alastair ¿cuánto hace que no estás con una mujer? Y me refiero a una mujer de verdad y no a esas remilgadas de la corte —le comentó con un sonrisa maligna en sus labios y un brillo especial en los ojos.
  Alastair miró a su amigo con el ceño fruncido, como si no estuviera hablando en serio.
  —¿Bromeas? —le preguntó frunciendo el ceño.
  —Te lo pregunto en serio —le dijo con una medida sonrisa pícara.
  Alastair se encongió de hombros.     
  —No recuerdo, me he pasado medio año fuera de la ciudad de campamento en campamento. Lejos de casa y de las mujeres.
  —¿Y desde entonces nada? ¿Ni siquiera con una meretriz? —le preguntó asombrado po reste hecho.
  —¿Qué estás tramando? —le preguntó entornand la mirada hacia su amigo.
—Vamos a ir a un lugar donde nos divertiremos toda la noche. A fin de cuentas estoy seguro que tardarás en volver a estar con una mujer una vez que llegues a Falkirk.
  —Espero que haya al menos alguna muchacha atractiva a la que pueda cortejar.
  —¿Cortejar? ¿Quién ha dicho que tengas que cortejar a nadie? Yo hablo de mujeres que no te piden que las seduzcas; ni esperan que viertas palabras dulces en sus oídos. Sólo sienten interés por el peso de tu bolsa. Ya me entiendes —le explicó entre risas.
  —A veces me pregunto si tendrás sentimientos ahí dentro —le comentó señalando su pecho.
  —Mis sentimientos se encuentran en otras partes —le confesó riendo a carcajadas mientras se levantaba de su asiento y pasaba el brazo por encima de los hombros de Alastair.

  A la mañana siguiente Alastair se despertó con un peso en la cabeza que le impedía recordar que hacía en aquella habitación tapizada de color rojo. Volvió a cerrar los ojos por unos instantes mientras trataba de recordar lo sucedido. Quiso pasarse la mano por su rostro, pero de pronto se dio cuenta que se encontraba debajo del cuerpo de una mujer. Y lo mismo le sucedía con la otra. Giró su rostro hacia ambos lados y descubrió la presencia de dos hermosas criaturas acostadas junto a él. Una de ellas le daba la espalda mientras la fina sábana le caía sobre la cadera con exquisita ligereza permitiendo ver solo el comienzo de su trasero. Su rizada melena azabache le caía sobre la espalda como un amasijo de finas hebras. Al otro lado una pelirroja se aferraba a su cuerpo mientras su cabeza descansaba sobre su costado. Alastair sentía sus pechos presionaba su costado y su respiración era pausada. La muchacha estaba completamente desnuda encima de la cama. La mirada de Alastair recorrió su cuerpo curvilíneo hasta detenerse en sus torneadas piernas. Sonrió de manera pícara cuando fugaces destellos de lo sucedido la noche anterior invadieron su mente.
  Intentó deslizar sus brazos por debajo de ambas en un intento por liberarse y tratando en todo momento de no despertarlas. Las dos mujeres se movieron al unísono cuando Alastair consiguió sacar sus brazos de debajo de sus hermosos cuerpos de piel dorada y suave. Percibió el aroma dulzón de los perfumes que llevaban puestos. Pero también el aroma a alcohol y sexo de una noche desenfrenada. Lentamente comenzó a recordar como John lo había arrastrado hasta aquella casa. Habían bebido varias botellas de vino y después... ¿y después?, se preguntó frunciendo el ceño. No recordaba nada en claro salvo por imágenes que iban y venían, aunque a juzgar por sus dos compañeras de cama podía intuir qué era lo que había sucedido después. No hacía falta ser muy listo. Levantó la sábana para darse cuenta que él también estaba como su madre lo trajo al mundo. Sonrió burlón e intentó incorporarse para salir de aquel amasijo de ropas esparcidas sobre la cama. Con gran destreza consiguió abandonar el lecho aún caliente dejando a sus dos compañeras aún profundamente dormidas.
  Buscó su jubón para deslizarlo por su cabeza y que éste cayera sobre su cuerpo. Después se puso sus calzas y finalmente sus botas. En ese momento la mujer de cabellos negros se despertó e incorporándose en la cama dejó ver sus pechos firmes con sus cumbres erectas como invitando a que Alastair volviera a cubrirlos de besos como había hecho durante la noche anterior. La mujer tenía unos ojos negros como la noche y su mirada era enigmática. Sonrió burlona mientras jugaba con varios mechones de su pelo.
  —¿Te marchas? —le preguntó con una voz sensual cuyo tono le sonaba a Alastair a desilusión.
  —El deber me llama —respondió mientras se ajustaba la cota de mallas.
  —Lástima —dijo la mujer chasqueando la lengua mientras su mirada se volvía más intensa. —Podríamos seguir jugando como anoche.
  —¿Anoche?... No recuerdo muy bien qué sucedió, pero a la vista de...—Alastair no encontró palabras para definir la escena que había contemplado.
  En ese momento la otra mujer también se despertaba y se incorporaba para contemplar como Alastair terminaba de arreglarse. Sus ojos eran claros como el día y sus labios finos y perfectamente perfilados sobre su rostro de tez blanca.
  —Dice que no recuerda qué sucedió anoche —le comentó con ironía su compañera de cama.
  —Pues quien lo diría a juzgar por lo bien que te portaste. No tenemos la suerte de conocer muchos hombres como tú, con esa... predisposición a complacer a dos mujeres —le susurró mientras se levantaba de la cama para que Alastair pudiera verla de cuerpo entero.
  Verla desnuda frente a él le produjo cierto deseo por volver al lecho, y repetir la experiencia de la pasada noche. La muchacha avanzó sigilosa hacia él y rodeó su cuello para atraer su boca y mordisquearle sensualmente sus labios. Alastair sintió que el deseo se encendía en su interior, y que si aquella mujer seguía por ese camino pronto ardería de pasión.
  —¿Volverás pronto? —le preguntó pasando la mano por sus cabellos.
  —No lo creo. Salgo para Falkirk hoy mismo —respondió algo nervioso por la situación, que se tornó más complicada cuando la mujer de cabellos negros imitó a su compañera. Esto es un suplicio, pensó Alastair mientras la pelirroja atraía hacia ella su rostro para besarlo. Sintió sus húmedos y carnosos labios posarse en los suyos mientras su lengua jugueteaba pidiendo paso. Alastair abrió la boca para prolongar el beso mientras la rodeaba por la cintura y la estrechaba contra su cuerpo. Después se separó de ellas con gran esfuerzo por contenerse. —He de irme. Lo he pasado muy bien con vosotras, pero ahora no puede ser —les dijo mientras retiraba los brazos de ellas que reptaban por su cuerpo como serpientes provocando una sensación agradable a Alastair.
  Las dos mujeres mostraron su disgusto porque Alastair tuviera que marcharse y se quedaron algo decepcionadas por este hecho.
  Alastair cerró la puerta de la habitación y respiro aliviado mientras Jonh Wishart, sonriente y con los brazos cruzados sobre el pecho, lo observaba apoyado en el hueco de un ventanal.
  —Caramba Alastair, cualquiera diría que no quieres ocupar tu nuevo puesto de gobernador.
  —Deberías haber visto a esas dos mujeres —le comentó señalando hacia la puerta cerrada de la habitación.
  —Ya lo creo amigo —dijo emitiendo un silbido de aprobación al ver como las dos mujeres asomaban sus cabezas y parte de sus esculturales cuerpos tras la puerta.
  —Alastair —dijeron con una voz sensual y cantarina mientras sus ojos chispeaban maliciosamente.
  Éste se volvió para encontrarse con sus sonrientes rostros. ¿Qué querrán ahora? ¿Es que no van a dejarme tranquilo?, pensó mientras fruncía el ceño mirándolas.
  —Te dejas la espada —le dijo la mujer de pelo negro mostrándosela.
  Alastair chasqueó la lengua decepcionado por ese descuido y regresó sobre sus pasos hacia la puerta donde las dos muchachas los aguardaban. Cuando llegó hasta ellas la mujer de cabellos de fuego abrió por completo la puerta permitiendo que John viera sus cuerpos esbeltos completamente desnudos y se quedara con la boca abierta. Alastair agarró la empuñadura de la espada, pero la mujer no la soltaba y tirando de ésta hacia si lo atrajo una vez más a sus labios, que devoró glotonamente. Cuando lo soltó viéndose saciada, le tocó el turno a la pelirroja que se despachó a gusto mientras extendía sus brazos hacia el cuello de él.
  —Dile a tu amigo que deje de babear —le susurró mientras le guiñaba un ojo a John, quien no daba crédito a lo que estaba viendo.
  —Vuelve pronto Alastair. Hombres como tú no son muy frecuentes por aquí —le gritó la mujer de cabello negro entre risas.
  John Wishart miraba a su amigo sin creerse todavía lo que aquellas dos hermosas mujeres le habían dicho.
  —Oye, no me digas que anoche...
  —Eso creo —respondió Alastair mirando al frente.
  —¿Cómo que crees? Uno no olvida con facilidad con quien ha pasado la noche. Sobre todo si han diso ellas dos. No son fáciles de olvidar. De manera que anoche... con las dos —le preguntó sin salir de su asombro mientras levantaba dos dedos.
  Alastair se encogió de hombros y puso cara de circunstancia, lo que enfureció aún más a John.
  —Te recuerdo que fue idea tuya venir aquí.
  John lo miró con la boca abierta mientras salían a la calle.
  —Ahora entiendo que hayas estado tanto tiempo sin una mujer.

  —Dime Alastair, ¿no sientes ganas de llegar? —le preguntó John mirando a su amigo, quien por otra parte llevaba todo el camino callado contemplando los agrestes paisajes que discurrían junto al río Tay, y cuyas aguas desembocaban en el Mar del Norte gracias al estrecho del mismo nombre que el río.
  —Mentiría si te dijera que sí —respondió haciendo un gesto de indiferencia.
  —Entonces, ¿por qué no renunciaste al cargo?
  —Ya te dije que mi padre... —comenzó diciendo en tono cansino.
  —Sí, ya sé que tu propio padre y otros nobles escoceses juraron vasallaje a Eduardo. Pero ahora quien se sienta en el trono es su hijo, y tú no le has prestado juramento que yo sepa.
  —No hace falta que lo haga. Mi padre lo hizo en nombre de la familia y se supone que esa lealtad pasa a través de las generaciones.
  —¿Nunca te has planteado romper la palabra de tu padre y unirte a Bruce?
  —¿Te refieres a luchar contra Eduardo II? —le preguntó Alastair sorprendido.
  —A eso me refiero. Nunca has sentido el deseo de luchar al lado de los tuyos. Al fin y al cabo tu padre era un noble escocés
  Alastair permaneció en silencio unos instantes pensando en lo que le había sugerido John Wishart, quien ahora aguardaba pacientemente su respuesta.
  —En alguna ocasión se me ha pasado por la cabeza hacerlo. Pero sería ir contra la voluntad de mi padre.
  —Cierto, pero dime ¿cuándo se te ha pasado por la cabeza? —exclamó sorprendido John mirando con los ojos abiertos al máximo a Alastair.
  —Cuando William Wallace derrotó a los ingleses en la batalla de Falkirk.
  —¿Qué sucedió para que te echaras atrás?
  —Yo era demasiado joven y mi padre ejercía una gran autoridad sobre mi persona. Me alistó en los ejércitos de Eduardo de Inglaterra antes de que yo pudiera decir nada e incluso oponerme a su decisión. Luché contra Wallace en Falkirk.
  John miraba a su amigo con cierta lástima por haberse visto sometido durante toda su vida a un padre tan autoritario como había sido Graham Rutherford.
  —Aún estás a tiempo.
  Alastair esbozó una sonrisa irónica por aquel comentario.
  —¿Unirme a Bruce? ¿Lo dices en serio? ¿Yo, que he luchado contra mis propios hermanos y amigos? ¿Yo, que he derramado la sangre de cientos de patriotas escoceses a favor de un rey tiránico? —le preguntó molesto por todo lo que había hecho en su pasado.
  —Robert Bruce no desperdiciaría a alguien como tú. Te lo aseguro.
  —¿Ya has olvidado que hicimos huir al rey Bruce con el rabo entre las piernas en Methven Wood? —le recordó esbozando una sonrisa irónica.
  —Por ello mismo. Seguramente le gustaría contar en sus filas con el hombre que le hizo huir con el rabo entre las piernas, como tú dices.
  Cabalgaron en silencio sin volverse a decir nada hasta que avistaron a un hombre que conducía un rebaño de ovejas. Alastair se adelantó para preguntarle por Falkirk. El hombre levantó la mirada con cierto temor al descubrir que se trataba de soldados ingleses. Alastair había desplazado consigo alrededor de cien soldados para mantener la paz y el orden en Falkirk, y aquella estampa amedrentó al hombre, quien no presagió nada bueno para los habitantes.
  —Amigo, ¿queda lejos la ciudad de Falkirk? —le preguntó en un tono cordial mientras detenía su caballo junto al pastor.
  —Avistaréis las primeras casas al cruzar aquella colina —señaló el pastor con cara de pocos amigos una vez que hubo dominado su miedo inicial.
  —Podríamos acampar aquí antes de entrar en la ciudad. Así podemos asearnos y que los hombres coman algo —sugirió John viendo que los hombres estaban cansados.
  —Tal vez tengas razón. Al fin y al cabo no me esperan hasta mañana. Di a los hombres que monten el campamento. Gracias amigo —dijo volviéndose hacia el pastor pero éste ya había iniciado su camino sin prestarles la menor atención.
  Alastair desmontó y tras atar su caballo a un árbol comenzó a despojarse de parte de su indumentaria. John se encargó de distribuir a los hombres en torno al perímetro que ocuparía el campamento por esa noche. Los soldados comenzaron a descargar el material para montar las tiendas en las que se alojarían. Alastair tenía la vista fija en el horizonte representado por las montañas. Mañana entraría en Falkirk al frente de sus soldados para tomar posesión de su nuevo cargo. Un cargo, que por otra parte, no le hacía nada de gracia, pero que había aceptado debido a sus lazos familiares.
  —Oye Alastair, ¿qué fue de lady Marian? ¿No ibais a casaros? —le preguntó John mientras se paraba junto a él una vez que se había despojado de la espada y de la cota de malla.
  —Eso fue al principio.
  —Siempre has estado muy callado al respecto de ese tema —le comentó John con el ceño fruncido sin entender de qué iba aquello.
  —Tú mismo lo has dicho. Íbamos, es decir en el pasado. Pero a día de hoy no lo estoy ni lo estaré —respondió resoplando.
  —Según decían era la esposa perfecta para ti.
  —Pues para mi no lo era —le espetó con furia volviendo la mirada hacia John, quien pudo ver la ira en ésta.
  —No sabía que te molestara tanto hablar del tema.
  —Perdona John —le dijo Alastair posando su mano sobre el hombro de su amigo. Se tomó unos segundos antes de volver a hablar. —Para mi padre era perfecta, sí. Significaba emparentarme con una de las fortunas más ricas de Inglaterra.
  —No me digas más. Se trataba de una boda concertada —dijo John resignado.
  —Yo no la había visto en mi vida. ¿Cómo diablos iba a saber si me iba a gustar? —le preguntó a John tratando de explicárselo.
  —Es lógico, pero así funcionan los matrimonios en Inglaterra.
  —Pues yo no estoy dispuesto a ello. Si tengo que compartir mi vida con una mujer al menos que pueda conocerla antes de la boda. Ver si congeniamos, y esas cosas.
  —Y si tiene un buen cuerpo, ya me entiendes —dijo trazando la silueta de una mujer en el aire.
  —¿Por qué siempre acabas pensando en lo mismo? —le preguntó con una mezcla de malestar e ironía.
  —Vamos Alastair. Lo único que busco es una mujer que me satisfaga y me de herederos. ¿Tú no? —le preguntó sorprendido por la reacción de Alastair.
  —Tú pareces buscar una ramera como las de anoche —le dijo con autoridad.
  John resopló mientras miraba a lo lejos en dirección hacia donde Alastair lo hacía. En ese momento de silencio en el que sólo se escuchaban el susurro de las hojas mecidas por el viento, un grito sobresaltó a ambos hombres.
  —¿Has oído? —preguntó extrañado Alastair.
  —Me ha parecido un grito de mujer —dijo John avanzando unos pasos e intentando ver a lo lejos.
  —Tienes razón, pero ¿de dónde proviene? —se preguntó Alastair escrutando el horizonte con la palma de su mano sobre la frente para evitar que la claridad le diera en los ojos. De repente lo vio. —¡Allí! ¡Hay alguien en el agua!
  Alastair no se lo pensó dos veces y despojándose de sus botas salió corriendo en dirección al agua donde se zambulló como un pez. En la orilla John y varios soldados lo veían avanzar con grandes brazadas hacia la persona que chapoteaba frenéticamente por mantenerse a flote. Alastair incrementó el ritmo de su brazada para llegar cuanto antes. Cuando estuvo bastante cerca descubrió que se trataba de una mujer joven. Se situó junto a ella y la rodeó por el pecho para arrastrarla después hacia la orilla.
  —Calmaos. Ya ha pasado todo. Estais a salvo.
  Al ver como Alastair venía hacia la orilla dio orden de encender un fuego.
  —Rápido encender un fuego para que se calienten —ordenó a varios hombres.
  Alastair llegó a la orilla con el cuerpo de la mujer en sus brazos en el mismo momento, que John salía a su encuentro para comprobar que ambos estuvieran bien. Alastair se arrodilló sobre el musgo y depositó a la muchacha sobre éste, mientras su rostro reflejaba la preocupación por si se hubiera ahogado.
  —Traer mantas. Está empapada.
  Era una muchacha joven, de eso no había duda. Su pelo era largo y rizado, aunque no pudo precisar el color exacto debido a la humedad que lo impregnaba. Tenía el ceño fruncido y los ojos cerrados. Su piel era blanca, pero podía deberse al frío del agua. Su nariz era recta y sus labios carnosos. Llevaba puesto un vestido de lana y el plaid enredado en las piernas. Alastair dedujo que seguramente éste había sido el culpable de que no pudiera nadar. La cubrió con una manta antes de volver a tomarla en brazos para acercarla al fuego, que sus hombres habían preparado, así como una improvisada tienda de campaña. Alastair la acercó al fuego mientras frotaba sus miembros para que entrara en calor.
  —Será mejor que te cambies o cogerás una pulmonía —le indicó John.
  —Y tú procura que esté cerca del fuego. Y prepara algo caliente para darle de beber.
   Alastair entró en su tienda y se despojó de la ropa empapada para ponerse una camisa larga y unas calzas limpias y se reunió con John junto a la muchacha.
  —Deberías cambiarla a ella también. Usa una de tus camisas.
  —¡Es una mujer! —exclamó Alastair mirando a su amigo con los ojos abiertos al máximo.
  —Ya me he dado cuenta. ¿Vas a escandalizarte a estas alturas por ver y estar junto a una mujer desnuda? —le inquirió sorprendido por el comentario.
  —¿Dónde voy a desnudarla? ¿Aquí delante de todos?
  —Vuelve a la tienda. La humedad le está haciendo mal.
  Alastair resopló pero accedió a ello sabiendo que John estaba en lo cierto. Volvió a tomarla en sus brazos y desapareció tras la lona que hacía las veces de puerta. La depositó con sumo cuidado mientras ella gemía y parecía volver en sí. De repente sintió náuseas y comenzó a toser y a agitarse, aunque mantenía los ojos cerrados. Alastair le puso su brazo sobre su espalda para facilitar que se incorporara y escupiera el agua que había tragado. Cuando pareció que hubo terminado de expulsarla se dejó caer sobre el camastro en el que solía dormir él. Su respiración era agitada y tosía a intervalos. Se pasó una mano por el rostro como si se estuviera desperezando y lentamente comenzó a abrir los ojos adaptándolos a la luz. Lo primero que vio fue el techo de lona de la tienda. Frunció el ceño tratando de recordar qué le había sucedido y dónde se encontraba. Giró su rostro para encontrarse con el de Alastair, quien permanecía arrodillado y con la mirada fija en ella. La muchacha se sobresaltó al verlo y se incorporó de inmediato sobre el camastro con una velocidad y una destreza propia de un felino adoptando una postura defensiva. Sus ojos eran del color de la miel y brillaban como Alastair jamás había visto en una mujer. Ahora entrecerraba sus ojos escrutando el lugar y a él mismo. Y de repente la desconfianza se asentó en ella.
  —No temas. Estás en buenas manos —le dijo con voz tranquila mientras extendía su brazo para rozarle el vestido. —Te encontramos en el río. Parecía que tenías problemas para mantenerte a flote, y bueno, me lancé al agua por ti. Por cierto, tengo aquí una camisa y un jubón míos que pueden ayudarte a secarte antes —le dijo tendiéndole ambas prendas.
  La muchacha seguía mirando a aquel hombre como si temiera que fuera a aprovecharse de ella. Aún así aceptó de buen grado la ropa que le ofrecía. La humedad estaba penetrando en sus huesos, y debería cambiarse cuanto antes. Se dio cuenta de que pese a que las facciones de él eran duras ahora se mostraban relajadas, e incluso creyó que había sonreído al verla recuperada. Sus ojos eran oscuros y profundos como si se adentrara en lo desconocido. Su mentón fuerte y pronunciado con un hoyuelo en éste, que se acentuaba más, cuando sus labios finos dibujaban una sonrisa afable.
  —Me marcharé para que puedas hacerlo —le dijo mientras salía de la tienda moviéndose algo torpe. Como si no supiera exactamente que debía hacer.
  La muchacha permaneció todavía algunos minutos más en aquella postura recordando lo que había pasado. Aquel joven la había salvado al verla en peligro. Por su aspecto le pareció un soldado, aunque no pudo adivinar si era inglés o escocés ya que no llevaba ningún emblema impreso en sus ropas. A juzgar por el color de su piel, más oscura que la de los ingleses y sus cabellos negros, dedujo que era extranjero. Extendió la camisa para ver su amplitud lo cual le arrancó una tímida sonrisa, así como un gesto de sorpresa. Aquella camisola podría servirle de vestido. Se incorporó de la cama y tras desprenderse de su jubón de lana y su camisa interior se quedó completamente desnuda. Deslizó sobre su cabeza la camisa que él le había dado y bajó su mirada para comprobar el aspeccto que tenía. Lo mismo le pasó con su jubón de color azul claro. Le llegaba hasta por debajo de sus rodillas mientras que las mangas ocultaban por completo sus manos. Por suerte el escote no permitía ver nada. Titubeó unos instantes acerca de si debía salir fuera o esperar a que él regresara. Pero la respuesta llegó antes de que ella tomara una decisión.
  —¿Puedo pasar? —escuchó decir a la sombra que se apostaba en la entrada.
  La muchacha vaciló durante unos segundos antes de dar una respuesta. Se estaba mirando por delante y por detrás para ver si todo le quedaba bien. Luego se apartó el pelo de la cara e introduciendo sus manos entre sus cabellos los alborotó un poco dándoles un aspecto más desenfadado.      
  —Sí.
  Alastair retiró la lona de su tienda y penetró en ésta para quedarse mirándola con curiosidad. Ella extendía en ese momento sus brazos hacia delante mostrando la longitud de sus mangas. Su rostro había ganado algo de color y sus ojos brillaban aún más que la primera vez que los vio. Alastair estaba algo confuso y no sabía explicar el motivo, pero había algo que lo hacía sentirse intranquilo en su presencia. Él, que en la batalla mostraba un temple y un nervio envidiables, se sentía algo cohibido ante ella. De repente comenzó a reírse por su aspecto mientras cruzaba sus brazos sobre el pecho.
  —¿De qué os reís? —le preguntó entrecerrando sus ojos para mirarlo fijamente. Estaba molesta por las risas de Alastair mientras éste se acercaba hasta ella. La muchacha se apartó al sentir el contacto de sus manos sobre ella, y Alastair se detuvo.
  —Déjame ayudarte —le pidió mientras trataba de mostrarle confianza. Luego cogió las mangas de su camisa y se las dobló cuidadosamente hasta que sus manos encontraron las de ella. Aquella amabilidad la tenía asombrada. Y aunque recelaba de él en todo momento, poco a poco sus gestos la tranquilizaron. No había conocido a ningún hombre, y menos a un guerrero, que mostrara esos modales con una mujer. Dedujo que él debía proceder de una familia noble de modales exquisitos. —¿Mejor?
  Ella asintió mientras se miraba sus manos y a continuación entornaba su mirada hacia el extraño. Por un instante se sintió algo más reconfortada con su trato.
  —Por cierto desconozco tu nombre.
  La muchacha vaciló unos instantes pensando si debería decírselo. Pero nada impedía hacerlo.
  —Megan MacAlpine —respondió dejando su mirada fija en el rostro de él.
  —Alastair Rutherford —le dijo él tendiendo su mano para estrecharla con la de ella. Y sin prestar atención al apellido que ella le había dado.
  Megan dudó unos segundos antes de estrecharla, pues no estaba segura de si podía o no confiar en él. Sin embargo, y pese a esos pensamientos, aceptó estrecharla. Sintió una extraña ola de calor que poco a poco ascendió por todo su brazo y se abrió paso hasta su pecho. Su mano era fuerte, segura, pero suave y cálida al mismo tiempo. Le transmitía seguridad mientras sus ojos no se apartaban de ella. Megan sintió que el calor invadía su rostro provocando que sus mejillas se tiñeran. Inclinó la cabeza para ocultar su rubor y varios cabellos se deslizaron hacia delante ocultando su rostro. Alastair se apresuró, en un acto reflejo y sin explicación, a devolverlos a su sitio con extrema delicadeza. Sus dedos rozaron de pasada su mejilla ardiente y describieron un arco hasta depositarlos en su sitio. Megan se mostró inquieta al sentir la suave caricia de sus dedos, y pareció apartarse un poco de él. Después levantó su mirada para comporbar como él seguía contemplándola de una manera poco habitual. Parecía sentirse hechizado por aquellos ojos y aquel rostro tan risueño. —Por cierto, ¿tienes hambre?
  Megan sacudió la cabeza mientras apartaba la mirada de él y comenzaba a caminar por la improvisada tienda. Aquella criatura había aparecido de la nada y por algún motivo no podía dejar de mirarla.
  —¿Eres de por aquí?
  —De Falkirk —respondió en un susurro sin ser consciente de lo que ello implicaría. ¿Por qué se lo había dicho? ¿Por qué de repente confiaba en un hombre? En un soldado.
  De Falkirk, pensó Alastair frunciendo el ceño. Que casualidad, pensó. Él iba hacia allí con el cargo de gobernador.

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