7 jun. 2013

Relato para proyecto solidario

Os dejo con un relato especial para mí, ya que es para  el proyecto de Maialen y la protectora de felinos de Bilbao, http://melodiasdelasangre.blogspot.com.es/2013/04/quieres-colaborar-es-importante.html  de la que ya os he hablado aquí en el blog. Desde el primer momento me ofrecía a ayudar, y aquí está mi contribución. No es mi estilo porque yo escribo romántica histórica, pero bueno, a ella le ha gustado bastante, según me dijo. Y que por qué no lo convertía en novela... jejjejeje. Bueno que paséis un buen finde.


Un pacto por amor


—Escúchame Claire, necesitamos a ese cliente en la compañía ya. ¿Me entiendes? Es una máquina de hacer dinero. Todo el mundo suspira por tenerlo a él dentro de su cartera. De manera que.— Las explicaciones, o mejor dicho, las órdenes no pudieron ser más explícitas por parte del gerente de área de la compañía. Siempre lo habían sido, luego no había porqué preocuparse. Y por otra parte, ella estaba acostumbrada a su temperamento, a sus voces, y todo ese manual de gestos teatrales que exhibía cuando algo era importante.— Si consigues que firme con nosotros, serás recomendada ante el presidente de la compañía para que ocupes el lugar que te mereces.— Este último comentario lo hizo sin apartar su mirada de ella mientras el tono de su voz se acercaba a la insinuación. ¿Qué le estaba proponiendo? ¿Un sillón en la Junta Directiva? ¿Un aumento de sueldo? ¿Coche de empresa con su propio chófer? Las preguntas se agolparon en su mente de manera rápida, incesante, sin apenas tiempo para responder si quiera a la primera de ellas.

Llevaba en la compañía más de cinco años, y creía que a estas alturas ya había demostrado con creces su valía para optar a un puesto en la Junta Directiva. ¿Qué más tenía que hacer? ¿Conseguir un último cliente? ¿Era acaso una prueba? Bien. Se lo tomaría como tal. Le apasionaban los retos, y aquel sin duda lo era. Conseguir que Marcel Bordeaux aceptara su propuesta lo era.
—Te he concertado una reunión con él y su representante. Deben estar al llegar.   
—¿Ya? ¿Tan pronto? —repitió extrañada Claire mirando su reloj.— Pero…
—Eso he dicho. De manera que será mejor que te prepares, y que uses tus mejores armas para conseguir que señor Bordeaux se convierta en la estrella de nuestra próxima campaña publicitaria. Se lo he prometido a la firma Tuscany, ya sabes la de trajes para hombres.
—¿Cómo qué…?
—Lo que oyes. Me he comprometido a que en su próxima campaña contarían con Marcel. Era el requisito para poder diseñársela —le aclaró con una sonrisa que significaba que poco más o menos se jugaba la cabeza.
Claire permaneció sentada mientras en su mente revoloteaba toda aquella información. La compañía de publicidad para la que trabajaba se había comprometido con la firma de trajes Tuscany para realizarle su próxima campaña. Pero la condición era que el modelo masculino mejor pagado del momento, accediera a firmar con ellos. De lo contrario no habría campaña publicitaria, y ella se iría a la calle, ni siquiera pensaba en ocupar un puesto en la Junta Directiva de la compañía. De manera que había que conseguir que el hombre de moda acabara trabajando para ellos.
—Estaré en mi despacho.
—En cuanto lleguen, te avisaré.
Se retiró para prepararse, aunque poco podía hacer con lo explícito que había sido su jefe. Tenía que conseguirlo como fuera. Una negativa podría significar despedirse de su trabajo. Caminó por el reducido espacio donde se encontraba dando vueltas en su cabeza a qué estrategia podría emplear con alguien como Marcel. Alguien acostumbrado a que le llovieran ofertas, a desechar todos los días cientos de ellas, era el hombre de moda por el que todo el mundo suspiraba. ¿Cómo haría para conseguirlo?
Ni siquiera tuvo tiempo de pensarlo. La puerta se abrió y su jefe Mark entró precediendo al hombre del día junto a su representante. Claire sintió un ligero sobresalto por la rapidez que parecía haberse dado. ¿Eso era una buena o mala señal?
—Déjeme que le presente a la señorita Swinton. Ella se encargará de todo.
Claire trató de mantenerse firme en todo momento. Quería disimular los nervios que la atenazaban. Se la estaba jugando y lo cierto era que la manera que tenía Marcel de mirarla no iba a ayudarla. Sus ojos claros destacaban con una intensidad nunca percibida en otro hombre. Y su sonrisa, creyó que se derretiría allí mismo. Diabólica. Seductora. Capaz de helar el mismísimo infierno. Estrechó su mano. Era suave, cálida, y su ligero apretón le transmitió confianza, seguridad. Sus nervios parecieron desaparecer al momento. 
—Bien, les dejo para que puedan charlar. Si necesitan cualquier cosa…
—Descuide —asintió Marcel sin tan siquiera girar su rostro hacia el jefe de Claire. No le interesaba lo más mínimo. Su atención estaba ya centrada en quien merecía la pena en aquel despacho.— ¿Nos sentamos? —le preguntó indicando los asientos con una mano, al tiempo que la otra volaba veloz hacia el botón de su americana para desabrocharla.
Volvió a sentirse cohibida. Tal vez algo intimidada por las maneras de aquel hombre. Vestido con un impecable traje oscuro, una camisa clara y una corbata roja. Cruzó la pierna y se dispuso a escucharla. Los brazos apoyados en los reposabrazos, escrutándola, sintiendo como su pulso se le aceleraba con cada una de sus miradas; entonces conseguía que su atención no vacilara ni un ápice. Sí, era consciente del magnetismo que ejercía sobre todas aquellas personas que lo conocían. Incluido su representante y abogado. Pobre hombre, pensó mientras lo miraba atentamente hablar con Claire.
Se permitió la licencia de observarla detenidamente. Una mujer joven y atractiva, a quien seguramente aquella reunión podría catapultarla a la cima. De lo contrario sería arrojada de allí con una simple patada y un cheque de indemnización. Pareció desilusionado por estos pensamientos, aunque por otra parte, sabía que esta situación le permitía una ventaja en su propósito. Alguien dispuesto a todo. La víctima perfecta. Claro que debería ir con cuidado. Nada podría salir mal. Físicamente le pareció perfecta. Sí. Reconocía que su cuerpo era tremendamente sexy, apetecible, carnal. Apostaría su alma a que podría enseñarle los más diversos y exquisitos placeres jamás probados antes.
Umm, cruzó las piernas en una pose relajada provocando que su atención se centrara en ellas. Sí. Decididamente le gustaría pasar su mano por aquellas pantorillas tan bien torneadas. Seguir ascendiendo por sus muslos y dejar que sus manos se perdieran bajo su falda en busca de su centro de placer. No se resistiría. Lo cierto es que no estaba prestando atención alguna a la charla entre ellos dos. Claro que tampoco le interesaban los tecnicismos legales, las cifras, las ganancias. ¿De qué le servían a él? A él, tan sólo le interesaba ella. Ella y nada más.
—¿Puedes dejarnos a solas? —le pidió a su representante interrumpiendo la conversación.
Se quedaron mirándolo como si acabara de decir alguna incongruencia. Marcel agradeció una vez más que ella se quedara suspendida de su mirada. Que sintiera que no podía alejarse de él.
—Por favor —pidió de manera educada.— Me gustaría tratar a solas con la señorita Swinton —recalcó dirigiéndose a ella por su apellido, y pronunciándolo de una manera que a ella le pareció muy sugerente.
Claire no sabía qué estaba sucediendo. ¿Qué pretendía? ¿Era algún tipo de juego? ¿Por qué quería quedarse a solas con ella?  Sentía un ligero escalofrío recorrer su espalda con cada una de sus miradas. Lo vio levantarse y caminar por su despacho con las manos en los bolsillos. Cabizbajo. Pensativo. Pero de repente sintió su voz ronca, sensual, varonil susurrándole en su oído.
—Mejor ahora. Tú y yo solos.    
Había apoyado las manos en los reposabrazos del sillón donde Claire permanecía sentada. De repente lo había girado y sus rostros permanecían separados por escasos centímetros. Podía percibir el olor de su colonia, el brillo magnético de sus ojos, su aliento acariciando sus labios, la presencia de su cuerpo ocupaba toda su atención. No podía moverse sin chocar contra él. Lo miraba con una mezcla de curiosidad y admiración por su aplomo. Su seguridad.
Marcel la sintió temblar una vez más. Su respiración agitada bajo la blusa ceñida a sus pechos, a su cintura. Lo contemplaba asombrada por su comportamiento. Sus labios parecieron abrirse para decir algo pero el leve movimiento de su cabeza la instó a permanecer atenta y en silencio.
La cercanía de aquel hombre no la permitía reaccionar. Debería haberlo empujado y alejarlo. Mandarlo a paseo, pero entonces… tal vez todo se fuera al traste. Sin embargo, no sentía fuerzas para hacerlo. Su mirada, su forma de hablarla. Era como si ejerciera una influencia desconocida en ella.
—Seamos sinceros —comenzó diciéndole mientras se apartaba de ella y le dejaba espacio para poder respirar.— Sé lo que piensas.
—Ni hablar —se aventuró a rebatirle mientras se incorporaba de su asiento queriendo evitar volver a revivir la misma situación de antes. ¿A qué venía aquel juego? ¿Le gustaba jugar con la gente sabiendo el poder que tenía?
—Estás metida en un buen lío —siguió diciendo mientras sonreía y se mostraba afable. Claire entornó la mirada sin comprender a qué se refería.— Sí, no me mires así. Tienes dos opciones —anunció mostrando dos dedos en alto.— Una es conseguir que firme con vuestra compañía publicitaria. Ello te reportará grandes beneficios. Un puesto en la Junta Directiva. Más dinero. Una posición por la que llevas luchando una vida, podría decirse. Podría decirse que tu destino está en mis manos. Puedo hacer que consigas todo eso y más con una simple firma —por primera vez Claire le prestó atención de una manera que poco tenía que ver con el icono sexual que Marcel representaba.— Dos, si fracasas te pondrán en la calle. Sí, con una indemnización millonaria tal vez. Apuesto a que te gustaría que fuera la primera opción. Pero para ello, necesitas que firme.
—Sin duda haré todo lo que pueda para convencerlo de que con nosotros…
—Por favor. Tutéame. No soy tan mayor. ¿O sí?  —le pidió mientras él se miraba así mismo y sonreía a Claire.— Entonces, ¿qué puedes ofrecerme?
Lo contempló extrañada. ¿Acaso no había escuchado lo que su representante y ella había estado hablando?
—El señor…
—No, no, no —comenzó diciendo mientras sacudía su cabeza y se acercaba a ella.— No quiero cifras, números, y demás jerga publicitaria. Quiero algo distinto. Todo eso no me interesa lo más mínimo.
—¿Qué es lo que le… te interesa? —le preguntó tuteándolo mientras esbozaba una sonrisa.
—¿Qué puedes ofrecerme?
La mirada inquisidora de Marcel volvió a sobrecogerla. Por un momento sintió que las piernas le fallaban, y hubo de sujetarse a la mesa. Entonces una repentina sucesión de imágenes en las que ambos aparecían sobre una cama la impactó. ¿De dónde venían? ¿Qué significaba? ¿Acaso deseaba acostarse con él? ¿Se trataba de su subconsciente? No entendió nada cuando Marcel sonrió. Claire seguía confundida. ¿A qué venía aquella sonrisa? ¡No podía ser capaz de leer su pensamiento, y menos ver esas imágenes!
Marcel se acercó a ella. Sus piernas rozaban las suyas. Volvió a sentir como su presencia la intimidaba, hacía que sus nervios se crisparan, que su cuerpo se rebelara.
—Tranquila —le susurró mientras acariciaba su mejilla con un dedo provocando a Claire.
Se humedeció los labios, deslizó el nudo de su garganta, quiso desviar su mirada de la de él, pero era imposible. Era tan atractivo que no podía dejar de hacerlo, de sentirlo. Marcel posó su mano ahora bajo el mentón de Claire y elevó sus labios de manera peligrosa. Se acercó tanto que podía ver su imagen reflejada en sus pupilas. Sonrió de manera seductora mientras era consciente del poder que podía llegar a ejercer sobre ella. Si se inclinaba sobre sus labios, ella no se resistiría. La despojaría de la ropa dejándola desnuda para él, y entonces comprendería de lo que estaba hablando. Pero no era el momento, ni el lugar. Aún no. Sabía que le daría lo que él le pidiera. Esa noche entonces. No podía soportar ni un momento más sin hacerla suya.
—Firmaré —susurró sin apartarse de los labios de ella.— Así ambos podremos obtener lo que deseamos.
Claire no podía moverse. Creía que se había quedado clavada al suelo. Que él la había inmovilizado con su mirada. ¿Había escuchado bien? ¿Firmaría? ¿Así? ¿Sin más? No podía ser tan sencillo.
—¿Estás diciendo que firmarás?
Marcel sonrió una vez más.
—Sí. Eso he dicho —asintió encogiéndose de hombros mientras celebraba en su interior haberla conocido.


—Así de sencillo. Como os lo cuento —explicaba Claire eufórica a sus amigas en un local de copas.— Firmó sin más.
—Es increíble que hayas conseguido que un tío como él firme con vosotros —exclamó asombrada Marie.
—Tal vez no sea el típico tío estirado que pensamos —señaló Olivia.
—Sea lo que sea, lo he conseguido —dijo alzando su brazo en alto en señal de victoria.
Las tres bailaban en la pista ajenas a todo lo que sucedía a su alrededor. Claire cerró los ojos y se dejó llevar por la música sin ser consciente de como un brazo la rodeaba por la cintura y la atraía hacia un cuerpo duro. Sintió un aroma conocido invadir sus sentidos; un toque específico; una caricia que provocó que abriera sus ojos  para encontrarse con los de Marcel mirándola con intensidad, con curiosidad, y con deseo. Él era quien la había rodeado con su brazo, atrayéndola hacia su pecho para sentirla junto a él. Sus amigas los miraban boqueando como si fueran peces mientras Claire se rendía a los encantos de aquel hombre. No parecía que el resto de la gente se hubiera percatado de su presencia, pero allí estaba.
Siguieron mirándose durante unos instantes, como si el resto de la gente no existiera a su alrededor. ¿Qué clase de hechizo tendría a Claire suspendida de la mirada de Marcel?
—Vámonos —le susurró de una manera que a Claire no le quedó ninguna duda de que quería acompañarlo, deseaba conocerlo, estar a solas con él mientras las imágenes de sus cuerpos desnudos envueltos en caricias volvían a invadir su mente.
—Os llamó mañana —fue lo que les dijo de pasada a sus amigas mientras acompañaba a Marcel agarrada a su mano.
Lo siguió por las calles en medio de la algarabía propia de una noche de fiesta. Estaba ebria de felicidad por su triunfo. Había conseguido que Marcel Bourdeaux, el rostro del momento; el cuerpo por el que las mejores firmas de ropa pugnaban; ahora era suyo, bueno de su compañía. Recordó la cara que puso su jefe cuando le presentó el contrato firmado.
Marcel la atrajo hacia su cuerpo. La rodeó por la cintura y se quedó mirándola como si estuviera extasiado. ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Por qué pensaba que ella podría…? Sólo tenía que sentirlo. Desearlo. Decirlo y entonces él… Claire entornó la mirada mientras se mordía el labio con un gesto de ingenuidad, de sensualidad. Marcel enmarcó su rostro entre sus manos y después de mirarla con una intensidad arrebatadora, se inclinó sobre sus labios sin vacilar. Sin pensar en las consecuencias. Claire lo recibió sin ninguna protesta. Deseaba sentir su boca sobre la suya, adentrarse en ella, saborear sus labios, perder la consciencia de lo que estaba haciendo. Un latigazo de deseo incontrolado la sacudió cuando él profundizó el beso y sus lenguas danzaron frenéticas, como si lo hubieran estado esperando durante mucho tiempo.
La desvistió tomándose su tiempo pese a la excitación. Quería saborearla, recorrer cada una de sus curvas, explorar, descubrir aquello que más placer le producía. Que después de todo ella fuera suya. Su cuerpo se reveló ante él dispuesto para que tomara posesión. No había dejado de besarla en ningún momento. Ahora, ella permanecía tumbada sobre la cama mientras él recorría su espalda con sus labios; presionando sobre su piel suave, arrancándole gemidos de placer; erizándole la piel con el leve roce de las yemas de sus dedos. Mordisqueó sus nalgas al tiempo que sus manos las abarcaban. Firmes, prietas, suaves… Claire estaba tan excitada que no podía aguantar más sin que él la penetrara. Jamás se había tomado tanto tiempo con una mujer como lo estaba haciendo ahora. Pensó que ella podía ser la elegida. Deslizó sus manos por sus muslos mientras su lengua dejaba un rastro húmedo. Lentamente fue girándola hasta dejarla boca arriba. Sus manos abarcaron sus pechos, plenos, turgentes, mientras sus dedos jugueteaban con sus pezones hasta que se endurecieron. Claire sintió el leve dolor sobre ellos con cada roce de su mano. Pasó su lengua por ellos sin darles tregua. Los succionó y les dio ligeros mordiscos que elevaron la pasión y el deseo en Claire. Pasaba su boca de un pezón a otro mientras ella lo instaba a seguir. Marcel siguió su particular tortura acercándose poco a poco entre sus muslos. Sus dedos juguetearon con sus rizos, buscaron la carne tibia, suave, y lentamente comenzaron a masajear aquella zona. Claire jadeaba mientras la humedad mojaba los dedos de Marcel. No dejó que se incorporara sino que hundió su rostro entre sus muslos. Los besó con delicadeza, con detenimiento hasta que encontró lo que buscaba. Lamió despacio su sonrosada piel, pasó sus dedos una vez más hasta que se deslizaron en su interior provocando los jadeos de Claire. Lengua y dedos se adueñaron de aquella zona mientras ella gemía y se aferraba a las sábanas. Entonces las imágenes regresaron a su mente, pero en ese instante poco o nada le importaba su significado. Se llevó su mano a la boca en un intento por ahogar sus gemidos de placer, pero nada podía hacer por detener el fuego que la quemaba por dentro. Se incorporó apoyándose en sus codos para contemplar la cabeza de Marcel moviéndose hundida entre sus muslos. Él levantó la mirada y sonrió al contemplar el gesto en el rostro de Claire. Se incorporó de manera ágil, felina y tomando su rostro con una mano la atrajo a sus labios para que ella misma probara su propio sabor. Marcel devoró sus labios mientras la penetraba de manera lenta, provocando gemidos que quedaban ahogados en sus bocas. Comenzó a moverse de manera lenta en principio, para ir aumentando el ritmo a medida que sentía como ella se excitaba. Descendió sus labios por su cuello en dirección a la clavícula, y más abajo hasta atrapar su pezón erecto. Claire cerró los ojos para que la sensación fuera más intensa, más placentera con cada embestida de él. Marcel se dejó caer de espaldas para que ella se sentara sobre él y comenzar una danza endiablada con sus caderas. Subía y bajaba sobre su miembro mientras Marcel no cesaba de besarla, de acariciarla.
—Eres mía. Sólo mía —le susurró mientras sentía como ambos se fundían en uno sólo.
—Sí, Marcel, soy tuya —le aseguró mientras lo miraba fijamente a los ojos y sentía como si él se estuviera adueñando de su alma.
—Para la eternidad.
—Sí —asintió en medio de un leve gemido de placer mientras seguía moviéndose sobre él.
—Que así sea —dijo con voz solemne Marcel sonriendo tímidamente al escucharla.
¿Lo diría en serio? ¿Le juraría amor eterno? Aumentó el ritmo mientras sus manos se aferraban a las caderas de ella para alcanzar juntos el orgasmo. Sintió como estallaba dentro de ella y como algo en su pecho parecía resquebrajarse. La abrazó cuando ella reposó la cabeza sobre su pecho. La besó con ternura sobre el pelo, le acarició el rostro mientras sentía su corazón junto al suyo. Y le pareció que ya nada podría separarla de él. Había accedido a concederle lo que ansiaba en su trabajo. A cambio ella se había entregado a él. Le había jurado que se quedaría con él para siempre. ¿Qué haría si supiera su verdadera identidad? ¿Que vagaba por el mundo en busca de una compañera que pudiera liberarlo? Liberarlo, sí. 

—He cumplido mi parte —informó Marcel a su señor cuando se presentó ante él con gesto sombrío. No esperaba que él, su más fiel seguidor lo hubiera logrado. Nunca lo creyó. Y ahora debía cumplir el pacto.
—He visto que has encontrado a alguien que tal vez pudiera ser la llave de tu liberación. No obstante…
—¿No piensas cumplir lo firmado? ¿Es eso lo que me estás diciendo? —le preguntó encarándose con su maestro.— Te he servido durante siglos proporcionándote almas. Hasta el día que encontrara…
—Sí. El amor —le interrumpió agitando su mano en el aire sin darle importancia.
—Entonces el pacto queda cumplido.
—Tal vez.
El comentario alertó a Marcel. Frunció el ceño mientras miraba al maestro. ¿Qué tramaba?
—¿Y si te pidiera su alma a cambio de la tuya? —le preguntó sembrando el temor en Marcel.
—Jamás. No puedes. No…
—Puedo hacer lo que quiera. ¿Entiendes? Soy tu señor, tu dueño. Y puedo hacerlo. Además, ella se ha entregado a ti…
—Pero no ha firmado nada.
—Me basta su palabra.
Marcel sonrió.
—No puedes tocarla, y lo sabes —le dijo observando como el rictus de su rostro cambiaba.— No se entregó por codicia. Ni por obtener riquezas, ni una vida eterna, nada de eso. Se entregó por amor. Al igual que yo, de manera que nuestro contrato queda resuelto. ¿Has olvidado el motivo por el que lo firmé?
El maestro frunció el ceño y sus manos se cerraron hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas con violencia. Sabía que lo que le decía era cierto. Lo había visto en su interior. Marcel ya no le valía para reclutar almas. Ya no sería uno de sus soldados. Debía dejarlo ir.
—Quiero mi contrato.
—¿Y tu vida mortal? —le preguntó con un tono de desagrado mientras arqueaba sus cejas.
— Eso he dicho.
Con mano firme y gesto de desagrado el maestro le entregó el pergamino enrollado que llevaba su nombre, y el cual había permanecido a su cuidado durante tanto tiempo.
—Si alguna vez deseas volver…
Marcel sacudió la cabeza mientras se marchaba.


Cuando lo vio allí esperándola no pudo pensar en otra cosa que no fuera lo afortunada que era. El tiempo que llevaba con Marcel había sido tan intenso que jamás pensó que pudiera desearlo a su lado tanto como lo deseaba. Al principio le pareció esquivo, como si no quisiera que supieran que estaban juntos. Claire lo entendía. Era el hombre de moda en el mundo publicitario. Su rostro aparecía en vallas, marquesinas de las paradas del autobús, prensa, televisión. Sus encuentros eran esporádicos pero excitantes, cargados de pasión y sexo. Todo él rezuma deseo, su mirada hambrienta la sobrecogía. Sus manos buscaban su cuerpo en mitad de la cocina para auparla sobre la encimera y hacerle amor allí mismo. Era incansable. Como si necesitara llenarse de ella a cada instante. Asegurarse que estaba allí, sólo para él.
Marcel echaba un vistazo a su contrato antes de que ella llegara junto a él. Sonrió de manera diabólica mientras lo releía y justo cuando Claire apareció, lo volvió a enrollar ante la mirada cargada de curiosidad de ella.
—¿Puedo preguntarte que es ese pergamino?
Marcel la  miró a los ojos buscando algún rastro de temor en ellos. Pero sólo encontró la complicidad y la ternura de los últimos días.
—Mi primer contrato.
—Vaya, aún lo conservas —exclamó emocionada Claire.— ¿Eres un romántico?
— Depende para qué —le respondió rodeándola por la cintura para atraerla hasta él y besarla.
—Entiendo.
—En este caso —dijo cogiendo un encendedor y prendiéndolo ante la sorpresa de Claire.— No, no lo soy. No me gustó nada. Así que es mejor destruirlo —le aseguró mientras las llamas lo devoraban por completo. Un rastro de cenizas fue lo que quedó sobre el suelo.
—¿Rompes con tu pasado? —le preguntó mirándolo con sorpresa.
—En este caso es lo más conveniente. Créeme —le aseguró antes de besarla una vez más.
   

8 comentarios:

  1. Hola cielo muy bueno el relato. xoxo

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    1. Hola wapa, muchas gracias por pasarte. Me alegro que te guste

      Besos

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  2. Pedazo relato Kike, menos mal que no es tu género de literatura,jejeje.

    Está genial.

    Feliz viernes.

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    1. Hola EldanY gracias por pasarte y por tus comentarios. Prefiero la histórica pero bueno no me importa si es por una buena causa. Uno hace lo que puede

      Un saludo
      Feliz finde

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  3. Muy buen relato, Kike, y además por colaborar con semejante causa, es muy noble de tu parte, muchas felicidades y les deseo todos los éxitos.

    Besos.

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    1. Hola Claudia gracias por tus palabras. Me alegro que te haya gustado,

      Besos

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  4. Me parece una causa muy noble y os deseo mucha suerte con el proyecto!!!

    El relato me ha encantado, es precioso como conjugas el erotismo con el romanticismo, te ha quedado genial, felicidades!!!

    Un abrazo!!

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    1. Hola Raquel gracias por pasarte. Me alegro que te haya gustado esa mezcla de la que hablas.

      Un abrazo

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