17 oct. 2012

El misterio de la calavera

Bueno os dejo un nuevo relato del anticuario, a quien tenía ganas de rescatar. Un saludo.

(Relato basado en una antigua leyenda celta)
No creo que haga falta que me presente ante mis queridos lectores,  los cuales ya saben de mi, y de mis anteriores relatos, El aprendiz de relojero y el misterio de las dos mujeres.  Pero para aquellos que por primera vez se acerquen a mis historias, les diré que me llamo… bueno que importancia puede tener mi nombre. Lo que puede interesarles es que soy anticuario. Sí, pero no colecciono muebles y objetos antiguos. No. Nada de eso. Mi predilección es, los manuscritos antiguos, en los que se atesora el verdadero conocimiento, se relatan los hechos más insólitos y fascinantes. Poseo un amplio muestrario de las más diversas leyendas e historias fantásticas que jamás nadie haya conocido. Suelo viajar por el continente en busca de ejemplares raros o de los que pocos han oído hablar. La nigromancia, la brujería y los espíritus errantes son mis temas predilectos. Y es uno de éstos el que traigo hoy antes vosotros. Pero antes, permitidme que haga referencia a la manera tan extraordinaria en la que esta historia llegó a mis manos. Ya sé, que es posible que no tenga excesiva importancia pero aun así quiero hacerlo.

Aquella mañana el cielo aparecía cubierto de negros y espesos nubarrones que amenazaban con descargar lluvia en cualquier momento. El viento soplaba fuerte, provocando que las desnudas ramas de los árboles se agitaran como si fueran látigos.  A pesar de ese tiempo tan desapacible, y que invitaba a permanecer en casa, me aventuré a acudir a la biblioteca en busca de un rato de distracción. Busqué entre los escritores del siglo pasado, aquellos que habían cultivado el género gótico. Aquellos que habían llenado páginas con historias de fantasmas y espíritus que caminaban de noche. Cogí un ejemplar que recopilaba varias de estas historias y me senté a leer algunas.

No había acabado de abrir el libro cuando de su interior se deslizaron varias hojas. Intenté devolverlas a su lugar pero pronto de di cuenta que ni encajaban, ni estaban numeradas. Por no menciona que la letra tampoco coincidía. Seguramente alguien se lo dejó olvidado, pensé al momento. Mi curiosidad fue tal que no vacilé en leer las páginas y en sentirme atraído al instante por su título: La leyenda de la calavera.

Ni qué decir tiene que busqué un sillón para acomodarme y proceder a su lectura. He decidido ponerla por escrito para que todos sean testigos de los acontecimientos de aquel año de… en el que dos hombres se encontraban discutiendo acaloradamente:

-Padre, deberíais comprender que…

-No, y no. Ya he comprendido perfectamente tus intenciones.

-¿No pensáis si quiera en recapacitar mi propuesta?

-Es mi última palabra –le dijo con tono desafiante.

-Entonces no me dejáis otra opción, padre.

-¿Piensas marcharte?

-Sí. Deme su bendición.

El padre no pareció conmovido, ni arrepentido por sus palabras y mucho menos por sus intenciones. No bendijo a su hijo como le pedía. Su orgullo se impuso al cariño que le profesaba.

-Cuídese, y que Dios le proteja –le dijo el muchacho antes de abrir la puerta para irse. Lanzó una última mirada a su padre, quien en esos momentos se había vuelto dándole la espalda. Cuando escuchó el sonido de la puerta cerrándose apretó sus dientes y se sentó en su sillón para quedarse mirando las danzarinas llamas del hogar.

Pasado algún tiempo el padre recibió la trágica noticia de la muerte de su hijo. Aquello fue un golpe duro del que pensó que nunca podría salir. Sabía que aquella posibilidad había existido desde el primer momento que abandonó la casa.

-Maldigo el día que te fuiste de casa, hijo. Pero más me maldigo a mi mismo por ser tan terco. Te has marchado a la tumba antes que yo. ¿Acaso es tu castigo por no haberte dado mi bendición?

Con el paso del tiempo, el hombre se volvió más huraño y cascarrabias. La soledad era su única compañera. Una tarde acudió al cementerio al entierro de uno de sus vecinos, con quien parecía haberse llevado bastante bien. Cuando le hubieron dado sepultura, el hombre se quedó mirando la tumba en silencio. Pero entonces algo llamó su atención. Allí. A sus pies había una calavera. La miró con una mezcla de desconfianza y asombro. Pero su sobresalto fue mayor cuando comenzó a mover su mandíbula profiriendo un sonido quejumbroso mientras pronunciaba las siguientes palabras:

-Mañana iré a tu casa a pasar la noche. Después tú mismo vendrás a buscarme.

El viejo se marchó de regreso a su casa atemorizado por lo que acababa de ver y escuchar. Pero, ¿cómo era posible aquella aparición?

-Lo he imaginado, lo he imaginado –se repetía mientras encendía el fuego en el hogar y los nervios se apoderaban de él.

Todavía angustiado por este suceso decidió invitar al cura a pasar la tarde en su casa para preguntarle por los últimos entierros celebrados. Pensó que alguien podría haber removido las tumbas para realizar algún sacrilegio. Pero las palabras del cura no arrojaron luz al misterio de la calavera. 

Esa misma noche se sentó a cenar con su mirada expectante, vigilando cada rincón de la casa por ver qué sucedía. De repente escuchó tres golpes en su puerta,  que lo sobresaltaron. Sin tan siquiera levantarse de la mesa para abrir, la calavera brincó hasta quedar frente a él sobre la mesa.  Permaneció allí hasta que desapareció igual que apareció. El hombre, asustado, decidió seguir las indicaciones de ésta y regresó al cementerio a hacerle compañía. Llegado al éste se encontró con dos desconocidos enzarzados en una pelea. Uno de ellos sostenía una guadaña y el otro una hoz. Éste último se dirigió a él:

-¿Buscas una calavera descarnada?

Tan asustado estaba que no fue capaz de proferir ni una sola palabra. Se limitó a asentir mientras pensaba que no era un sueño, ya que aquellos dos hombres parecían haberla visto también.

-Pues mire en ese campo de ahí al lado –le señaló y volvió a su pelea con el otro desconocido.

Caminó hasta el campo de al lado donde una pareja discutía. Al verlo aparecer la mujer le preguntó:

-¿Buscas la calavera blanca?

Tampoco en esta ocasión fue capaz de responder.

-Creo que marchó al campo de aquí al lado –le dijo antes de regresar a la discusión.

El hombre corrió preso del pánico al lugar que le indicaban. Aquellas personas eran aterradoras. Como si acabaran de abandonar el infierno. Corrió hacia el lugar indicado y encontró una casa. Sin pensarlo dos veces entró para encontrarse con una dama y su criada. La dama parecía estar congelada e intentaba acercarse al fuego para calentarse. Pero, la criada se lo impedía propinándole violentos empujones. La dama se volvió hacia el hombre con el rostro demacrado, la mirada perdida.

-Si buscáis la calavera está en la habitación de al lado.

El hombre no podía soportar por más tiempo aquellas escenas.  Corrió hacia la habitación y cerró la puerta. Al girarse la calavera estaba sobre la mesa y tras él tres bultos deformes que en otro tiempo debieron ser mujeres.

-Mujer, da de cenar a nuestro invitado.

La primera mujer se acercó hasta la mesa y depositó un trozo de pan lleno de moho, y una jarra de agua emponzoñada, que el hombre no tocó.

-Mujer da de cenar a nuestro invitado.

Una segunda forma caminó como un zombi para dejar en la mesa una cena igual o peor que la anterior, que el hombre tampoco tocó.

-Mujer trae la cena de nuestro invitado –dijo la calavera por tercera vez.

En esta ocasión la mujer dispuso una serie de manjares exquisitos de los que el hombre comió. Tras el festín la calavera se dirigió al hombre, quien pese a haber comido muy bien, seguía presa del pánico por lo vivido.

-Voy a explicárte lo que has visto. Los dos primeros hombres, se estaban peleando por sus tierras. Ahora tienen que luchar entre si para siempre. La segunda pelea era la de un matrimonio que solían pelearse a diario. Y la tercera corresponde a una señora que maltrataba al servicio doméstico. Ahora deberá sufrir hasta el día del juicio final. Y por último estas tres mujeres fueron mis tres esposas. La primera me trató mal, la segunda peor, y la última me cuidó hasta el fin de mis días.  Tú, por tu parte, desgraciado no fuiste al funeral de tu propio hijo y sí al de una extraño. Dime, ¿cuánto tiempo crees que ha pasado desde que saliste de casa?

-He salido hoy mismo a buscarte –le respondió titubeando.

-No, nada de eso. Llevas aquí años y ni siquiera te has acercado a la tumba de tu hijo a pedirle perdón. Te daré una última oportunidad para que lo hagas. Ve a la tumba de tu hijo y arrepiéntete ante él para obtener el perdón.

El hombre abandonó a la carrera la casa y buscó la tumba de su hijo. Se arrodilló ante ésta y con lágrimas en los ojos suplicó su perdón. En ese momento, la mano de su hijo salió para estrechar la de su padre y juntos obtener el perdón.

Relato escrito por el Jean Moreau, marqués de La Tour en el año…


Miré quien firmaba el relato y no pude por menos que mostrar mi sorpresa, la cual captó la atención de los que allí leían.

-¡El marqués de La Tour!

Mi buen amigo el marqués de La Tour había redactado aquel relato. Pero, ¿quién se lo habría referido? ¿Dónde lo habría escuchado? Y, ¿qué hacía entre las páginas de un volumen de relatos góticos? Lo cierto era que no dejaba de sorprenderme con sus historias, y con la forma en la que éstas llegaban a mí. Pensé en el protagonista y sonreí.

-Hay que dejar todo bien atado en esta vida –me dije mientras mi mirada se quedaba suspendida en el vacío, y jugueteaba con el manuscrito hallado.

Me incorporé y caminé fuera de la biblioteca pensando en aquellas personas con las que había tenido alguna disputa en los últimos días. Sería conveniente que la próxima vez que las viera, aclaráramos la situación no fuera a ser que al final me viera en el papel del viejo hombre.  

 

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