22 dic. 2011

Genovefa

(Narrado por Matthias)
- Eh muchacho, echa un vistazo a todos estos papeles –le dijo Matthias a Jorg aquella mañana de principios de Diciembre cuando éste llegó a la alcaldía.
Se trataba de un montón de legajos apergaminados y descoloridos por el paso del tiempo. Estaban archivados en diversas carpetas y portafolios que dejaban entrever las esquinas de muchos de ellos.
- ¿Qué quieres que haga con ellos? –le preguntó Jorg pasando la mano y la vista por los que estaban en lo más alto.
- Retira todo aquel papel que tenga más de cinco años. No sé para que demonios los guardamos. Si necesitas ayuda le pediré a Catherine, la subalterna que te eche una mano.
- De momento no creo que sea necesario –comentó Jorg cogiendo la primera carpeta y echando un vistazo a su contenido.
- Por cierto, ¿qué tal tu recopilación de historias? –le preguntó Matthias mirándolo por encima de sus gafas.
- No me puedo quejar. Esta misma mañana antes de venir hacia aquí Flora me contó una –le respondió sin levantar la mirada de los papeles.
- No sabía que Flora conociera alguna historia relacionada con este valle. Dime, ¿cuál te contó?
- La historia de Richard y Guta.
- Una historia de amor, claro. No podía ser menos viniendo de Flora –asintió entre risas.
- Eso mismo dijo su marido.
- ¿Te gustó?
- La verdad es que es de agradecer que haya historias de amor como la del emperador y la doncella Guta. De ese modo podré intercalar historias más trágicas con algunas donde el amor sea el principal motor.
- Lo dices por el cuento del francés, ¿verdad? –señaló Matthias agitando un dedo delante de él.
- No sólo por él, sino también por la que me tú contaste sobre Loreley.
- La hermosa hechicera. ¿Has encontrado sus rasgos en alguna de las habitantes de este pueblo? –le preguntó con un toque no exento de picardía.
Jorg levantó la mirada de los papeles y la dirigió hacia el alcalde, quien en esos momentos sonreía con toda intención.  A continuación sacudió la cabeza como si no quisiera seguir hablando de ese tema, ya que intuía hacia donde iban encaminados los comentarios de aquél.
Pasaron un para de horas en las que Jorg permaneció imbuido en la búsqueda de documentación que no sirviera para nada. Poco a poco vio que los papeles que apartaba superaban en número a los que debían permanecer. Descansó durante algunos momentos en los que se sintió confundido por sus pensamientos. Ingrid era la protagonista de ellos en la mayoría de las ocasiones. Pensar en ella lo distraía de su tarea, de manera que se concentró en ésta desechando la imagen de la joven muchacha de su mente. Cogió un legajo algo más contundente que el resto. La cinta que lo ataba estaba bastante roída en los extremos. Se fijó en la fecha y los situó en el montón de los que deberían ser desechados. Pero al cabo de unos segundos volvió a retomarlo en sus manos. Le había parecido leer que aquellos papeles estaban fechados en el siglo XV. ¡¿Cómo era posible?! Se suponía que no debía haber ningún documento más antiguo de diez años. Y aquel legajo estaba fechado en 14... Frunció el ceño mientras lo contemplaba y desató el lazo de raso ennegrecido y raído por el paso del tiempo.
- ¿Qué sucede muchacho? –le preguntó Matthias al verlo en aquella pose tan pensativa.
En un primer momento Jorg no escuchó las palabras del alcalde Matthias pues su atención estaba fijada en aquellos papeles que tenía en sus manos.         Cuando por fin reaccionó agitó el legajo en alto mientras explicaba.
- Encontré un legajo de papeles que data del siglo XV –le informó viendo la expresión de incredulidad en el rostro del alcalde.
- ¿Me tomas el pelo? –le preguntó éste avanzando hacia él.
- Nada más lejos de la realidad. Míralo tú mismo –le indicó tendiendo el manuscrito hacia él.
Matthias tomó el legajo en sus manos y tras ajustarse las gafas sacudió su cabeza de manera incrédula. Luego, se pasó la mano por el rostro y a continuación por su cabellos. Dejó escapar una exclamación mezcla de sorpresa e incredulidad por el documento que tenía en sus manos, y por lo que éste contenía.
- Pero... ¿cómo es posible? –preguntó mirando a Jorg.
- Sin duda alguna debió de traspapelarse en algún momento  –explicó Jorg tratando de encontrar una explicación posible a aquel hallazgo.- ¿Sabe de qué se trata?.
Tras unos breves momentos de silencio, Matthias comenzó a sentir.
- Es la historia de Genovefa.
- ¿La historia de quien? –preguntó Jorg, quien no había comprendido muy bien el nombre pronunciado por el alcalde.
- Genovefa. Esto que has encontrado es un relato antiquísimo. Tal vez debería matizar y llamarla Santa Genovefa.
- ¿Una santa? –preguntó un incrédulo Jorg.
- Será mejor que escuches. Vamos siéntate. Sin duda alguna te servirá para tu colección de relatos e historias de estos parajes.
- Pero... ¿y el trabajo? –preguntó un incrédulo Jorg.
- Emmm, luego, luego. Venga siéntate.
Jorg, quien seguía sin comprender muy bien que era lo que estaba sucediendo siguió las indicaciones de Matthias y se sentó dispuesto a escuchar la narración. El alcalde hizo lo propio y tras ajustarse las gafas y aclararse la voz comenzó:

En todas las provincias del Rin la virtuosa esposa del conde Sigfrido era venerada y amada por todos sus súbditos. La gente la llamaba con el apelativo de Santa Genovefa, en honor a los muchos sufrimientos que padeció.
El castillo de Sigfrido estaba enclavado a escasas leguas de la vieja ciudad de Andernach, y en una época en la que Carlos Martel reinaba sobre los Francos.

Matthias levantó la mirada del pergamino para ver que estaba haciendo Jorg. Como era de esperar no sólo escuchaba, sino que tomaba notas que le valdrían para su recopilación.

“Sigfrido y su joven esposa vivían en una próspera paz, hasta que los densos y negros nubarrones vinieron a enturbiar su felicidad. Los temidos sarracenos procedentes de España habían conseguido abrirse camino hasta la llamada Galia por los romanos; y su avance no parecía tener fin amenazando las fronteras del reino germano. Los enemigos de la cruz debían ser derrotados y expulsados de aquellos territorios de inmediato, y que compartieran el mismo destino que el resto de infieles. La guerra llegó hasta el castillo de Sigfrido, y éste se vio en la imperiosa necesidad de acudir a ésta.
El día de su partida fue sin duda el más triste al dejar el castillo de sus antepasados y a su esposa sin su protección. Encargó, sin embargo, el gobierno del mismo, y el cuidado de Genovefa a Golo, su sirviente más leal.
- Quiero que confíes en él. Y si llegado el caso tu vida corre peligro él te protegerá –le dijo Sigfrido a su afligida esposa antes de depositar un suave beso sobre su frente y marcharse.
La pobre condesa se quedó desolada por tan amarga separación. Cada día sentía más y más la extrema soledad que rodeaba los muros del castillo. Anhelaba la presencia de su esposo y el sonido de su voz. Por otra parte, se sentía vigilada en todo momento por Golo, quien no la dejaba a solas ni un solo momento. Era entonces cuando Genovefa creía vislumbrar una mirada distinta en los ojos del sirviente de su marido. Una especie de pasión que la hacía temblar.

Matthias hizo una breve pausa mientras volvía a mirar al joven Jorg. Éste también miraba a su juglar particular esperando a que continuara. Pero la mirada, y los gestos de éste le indicaron que se encontraba sumido en sus más profundos pensamientos. Con las gafas en su mano moviéndolas de manera distraída.
- ¿Piensas que el tal Golo intentará algo con la condesa? –le preguntó de manera muy suspicaz.
- ¿Acaso tú no lo harías? –le respondió el alcalde con otra pregunta que hizo sonreír al muchacho.
- Es posible que estando lejos el marido su más leal sirviente intente conquistar a su esposa. Lo cual no me extrañaría lo más mínimo en aquellos tiempos –comentó Jorg enarcando sus cejas hasta que formaron un arco y se fundieron con sus cabellos.
- Será mejor que continúe. De ese modo despejaremos el misterio –dijo volviendo a colocarse las gafas para proseguir la lectura.

“La condesa  salía al balcón esperando divisar a lo lejos los pendones de su amado esposo. Tejía historias y sueños durante los días diciéndose así misma que esa noche cenarían juntos. Pero cuando llegaba la hora de ésta, tan sólo ella y el fiel Golo compartían la comida.  Tal vez la guerra contra los infieles durará una eternidad y que nunca volviera a verlo. Que su felicidad se marchitara como una flor. Que su rostro se ajara surcado por mil y una arrugas. Que perdiera su belleza para cuando él tal vez regresara. Y cuando lo hiciera, ¿cómo lo recibiría? ¿Y cómo reaccionaría él?
Por otra parte, la condesa comenzó a sentir cierta aversión por su sirviente. Su pálido rostro angelical despertaba las pasiones más ocultas en el interior de Golo. Sus cada vez más frecuentes entrevistas, y encuentros inesperados, aumentaban su deseo, y le hacían perder el control. Llegados a este punto, una tarde Golo se arrojó a los pies de su señora.
- Os amo mi señora. ¿No os habéis dado cuenta de mis sentimientos? –le imploró levantando la mirada hacia ella.

Ante esta declaración Jorg frunció el ceño. No esperaba tal vez que el sirviente fuera a declararse de aquella manera tan abierta. Pero... Intercambió la mirada con el alcalde, quien en esta ocasión no dijo nada y prosiguió la narración.

“Genovefa estaba horrorizada por tal confesión. Con indignación y algo de burla rechazó por completo a Golo.
- ¿Cómo te atreves a decir eso? ¿Acaso has olvidado tu sitio en el castillo? ¿Tus deberes con tu señor, mi esposo?. Daré cuenta de tu atrevimiento en cuanto éste llegue.

- Sin duda alguna lo ha puesto en su sitio –comentó Jorg interrumpiendo la narración de Matthias, quien alzó su mirada del manuscrito y mirando al muchacho sonrió.

“No podía esperar ninguna clase de perdón y clemencia por parte de su señora. Ademas, su orgullo herido no le permitía solicitar clemencia. Y sólo el deseo de la venganza se apoderó de él sustituyendo al amor por su señora. Comenzó a urdir un plan maquiavélico para desacreditarla a ojos de Sigfrido cuando éste regresara, y de ese modo evitar su ira.

- El claro exponente del amante despechado –apuntó Jorg mientras tomaba notas sin parar.
- ¿Esperabas otra reacción? Golo está herido en su orgullo. Debe tomarse su venganza para no ser castigado por su señor. Me temo que será capaz de todo con tal de salvarse. Pero, sigamos.

“El odio más vil anidó en su pecho. Despidió a todos los sirvientes del castillo y puso en su lugar a los suyos propios. Aquellos que le eran afines a sus propósitos. Entonces, un día apareció ante su señora, y la acusó abiertamente de ser infiel a su esposo.
- Os he visto en brazos de distintos hombres –le espetó acusándola delante de todos los sirvientes.- Debo informar de inmediato a mi señor.
- ¡Mientes! –chilló Genovefa sabiendo el ardid que le había tendido, y como todos los sirvientes estaban de su parte.
De nada sirvieron las explicaciones de la condesa. Golo había urdido su plan de manera paciente. Planificando hasta el más mínimo detalle. Y ahora comenzaba a obtener sus frutos.
- Por los poderes que mi señor, el dueño de este castillo, me ha concedido os ordeno que esperéis su regreso en las mazmorras.
La infeliz condesa sufrió un desvanecimiento por tales acusaciones, y sentencia. Despertó para encontrarse así misma sobre el frío suelo de la mazmorra. Se cubrió el rostro para tratar de ahogar su llanto implorando al Señor que la ayudara a salir de aquella situación.
Poco tiempo después, dio a luz a un hijo, que ella misma bautizó con sus lágrimas con el nombre de Tristan en honor a su padecimiento.

- Desde luego la venganza de Golo no tiene desperdicio –comentó Jorg emitiendo un silbido de desaprobación.- Estoy impaciente por ver qué sucede al regreso de Sigfrido.
            Matthias asintió y prosiguió con su narración.

“Sigfrido llevaba lejos de su hogar cerca del año. Había luchado como un héroe en todas y cada una de las campañas militares contra los fanáticos seguidores de Mahoma. Éstos habiendo cruzado los Pirineos, retomaron sus esfuerzos para seguir la lucha con el firme propósito de dominar al resto de la Europa Occidental, y obligarla a aceptar la doctrina del Islam mediante el fuego y la espada. En numerosos encuentros los Francos se habían visto obligados a retroceder ante su empuje. Sigfrido luchó al lado de Carlos Martel, apodado el “Martillo”, como un valiente. Pero en una noche de calma y tregua una lanza sarracena lo hirió. Y aunque dicha herida no fue mortal lo obligó a permanecer convaleciente en cama  durante varios meses durante los cuales no hubo ni un solo momento en el que no pensó en su amada.
Durante aquella convalecencia una mensajero llegó al campamento portando un mensaje urgente para Sigfrido. Era de parte de Golo. Nada más escuchar esta noticia Sigfrido abandonó la cama y cogiendo la carta comenzó a leerla de manera ávida. El contenido era el siguiente:
“Vuestra esposa os es infiel y os ha traicionado con uno de vuestros sirvientes, Drago, quien ha huido del castillo”. 
 Sigfrido estrujó en sus manos la misiva mientras un alarido de dolor e impotencia se escapaba de su garganta. Al momento comenzó a reunir a sus seguidores para emprender el camino de vuelta al hogar. No se detuvo ni un solo instante en su cabalgar hasta llegar a su propio castillo. La rabia le corroía las entrañas haciéndole si cabe más daño. Uno de los vigías apostados en una de las torres dio el aviso de la llegada de Sigfrido al ver la nube de polvo que los corceles levantaban detrás de él, y como por encima de ésta ondeaban orgullosos su pendones. 
En el momento en el que el conde apareció en el patio del castillo su fiel sirviente Golo acudió prestó a su lado. Aguardó a que desmontara antes de hacerle partícipe de la noticia por él mismo.
- ¿Dónde está? –preguntó furioso el conde.
- Mi señor, he ordenado que la encierren en las mazmorras  y...
Sigfrido apartó a Golo de un empujón y se abrió paso hacia éstas seguido de su sirviente, y por algunos caballeros que habían cabalgado junto a él. Genovefa escuchó sin aliento el ruido de pasos acercándose hacia la puerta de su celda. Temblando de emoción logró murmurar una oración. Sin duda alguna venían por ella para acusarla de algo que no había cometido. Y la sentenciarían a la muerte sin que pudiera demostrar su inocencia. Alguien corrió el cerrojo dejando la puerta abierta. Genovefa tomó a su hijo entre sus brazos para protegerlo. Pero cuando vio el rostro de su marido, toda pena y desgracia desaparecieron. Sintió un alivio en su pecho y extendió al pequeño hacia él.
- Es tu hijo, mi señor –le dijo con un tono lleno de compasión mientras sus ojos se habían tornado vidriosos.
La mirada feroz del conde lo dijo todo. Apartó al niño y dirigiéndose a su mujer proclamó su sentencia:
- Mañana abandonarás el castillo. Serás conducida al bosque donde serás ajusticiada.
Con estás palabras el conde se volvió para abandonar la celda ante la mirada de su esposa. No se atrevió a decir nada pues no podía. Su sentencia había caído sobre ella como el hacha del verdugo. ¡¿Cómo era posible que hubiera creído las mentiras de su sirviente?! ¿Por qué ni siquiera le había concedido la oportunidad de defenderse?. Se abrazó a su hijo y lloró en silencio aguardando el día siguiente.
Dos sirvientes fueron a buscarla temprano. La condujeron junto a su hijo hasta el bosque para darles muerte. Al verla arrodillada con el niño en sus brazos no pudieron llevar a acabo las órdenes de su señor.
- Marchaos –le dijo uno de ellos mientras con su brazo extendido le indicaba la espesura del bosque.
La mujer los miró sin comprender que significaba aquel gesto.
- No hagáis preguntas e iros –le apremió el segundo sirviente.
La piedad se había adueñado de los corazones de ambos sirvientes. Como prueba de su vil asesinato llevaron dos lenguas de jabalí al conde, que era lo que éste les había pedido con el fin de que no pudieran hablar.

- Muy astutos en un principio –apuntó Jorg- pero, ¿lograron engañar a su señor? –le preguntó al alcalde con un claro toque de duda en el tono de su pregunta.
- Para ello deberemos continuar leyendo joven amigo.
           
Genovefa se adentró en el bosque con su hijo en brazos sintiendo que las fuerzas comenzaban a abandonarla. El niño comenzó a llorar de hambre y de frío. Sin nada que darle de comer ni un refugio en el que ocultarse, Genovefa pidió ayuda al cielo. Su oración sonaba desesperada entre el llanto. El dolor de su pecho era intenso y parecía que fuera a desfallecer de un momento a otro en mitad del bosque. Por un momento creyó estar viendo alucinaciones, producidas sin duda por el cansancio. Delante de ella había una enorme caverna en la que podrían refugiarse y descansar. Y al mismo tiempo una hermosa cierva se acercaba hasta ellos. Los condujo hacia el interior de la caverna para posteriormente tumbarse a su lado y darles calor. Pero lo más sorprendente fue que permitió que la madre extrajera leche de ella con la que alimentar a su hijo. Así sucedió día tras día. Pronto Genovefa comenzó a recolectar frutos y raíces con los que alimentarse.
Los días se convirtieron en semanas, y éstas dieron paso a los meses. Durante todo este tiempo aprendió a perdonar a su esposo pese al fin que había designado para ambos, ella y su hijo.
Y mientras el niño crecía en bosque bajo los cuidados de su madre y de la cierva, en el castillo sobre el Rin el dolor se habían instaurado de manera permanente. No parecía que fuera a abandonarlo jamás. La ira de Sigfrido se había convertido en pena, y con mayor frecuencia se le veía vagar como alma en pena por las mismas habitaciones, que ahora permanecían lúgubres, y antes llenas de dicha y felicidad. Su corazón se vio preso de la agonía, de la desdicha, y del dolor. Los sirvientes comentaban entre ellos, que en ocasiones lo habían visto maldecirse así mismo por su acto contra su esposa y su hijo. Que debería haberla escuchado en su defensa y no dejarse llevar por la ira del momento. Pero ya era tarde para remediar sus actos. Escuchaba voces y lamentos en sueños. Los espíritus de su amada esposa y su hijo lo perseguían atormentándolo día y noche. Para olvidarlas salía en su busca con los perros deseando que éstos encontraran su rastro en la frondosidad del bosque. Pero siempre regresaba igual o peor que cuando partía. Abatido. Sin esperanza alguna. Y en cada lugar creía ver un pálido rostro implorando su perdón. Pero cuando avanzaba hacia él éste desaparecía dejando tras de sí una siniestra sucesión de carcajadas.
El estado mental y físico del conde se deterioró considerablemente hasta el punto de que sus sirvientes, incluido el pérfido Golo, creyeron que se había vuelto loco. Sigfrido, suponiendo que su fiel sirviente pretendía compensar la perdida de su amada con su compañía, le permitía estar cerca para aconsejarlo.
De repente, un día de los muchos que el conde salía en busca de su esposa con tan solo un puñado de hombres, entre quienes estaba Golo, una cierva llamó su atención. Sigfrido se aventuró a perseguirla sin descanso y sin importarle lo más mínimo hacia donde podría conducirlo. Tal vez hasta las mismísimas puertas de la muerte, que gustosamente cruzaría. Ya casi había alcanzado a la cierva cuando ésta desapareció en el interior de una caverna. A la entrada se encontraba una hermosa mujer con las ropas raídas, y un pequeño aferrado a su mano en busca de protección. La mujer miró fijamente al cazador y comenzó a temblar de emoción. Un grito mitad de triunfo, mitad de rabia escapó por sus labios al reconocer al conde postrado a sus pies. Cuando él la reconoció no encontró palabras de perdón.
- Genovefa –murmuró inclinando la cabeza hacia delante en actitud sumisa.- Te he buscado día y noche para reparar el daño que...
- Ni siquiera me permitiste defenderme. Y ni siquiera consideraste la posibilidad de que éste fuera tu hijo –le reprochó.
- ¡Pero! ¿Hablas? –le preguntó sorprendido por este hecho.
- Tus leales servidores tuvieron más misericordia que tú.
- Alabado sea...
Pronto las palabras de reproche dejaron paso a las de perdón y cariño. Las de Genovefa prendieron como el fuego en el interior del conde, quien se levantó hacia ella para arroparla en sus brazos y besar sus lágrimas.
- Perdonadme –les imploró a ella y al pequeño volviendo a postrarse a los pies de ambos.
El niño se acercó hasta él para que pudiera abrazarlo y besarlo con devoción, y lloró de felicidad por haber recuperado a sus seres más queridos.
Pasados unos minutos hizo sonar el cuerno de caza llamando a sus hombres. Al momento se presentaron ante él comandados por Golo.
- ¿Reconoces a estas dos personas? –le preguntó el conde mientras sus voz se asemejaba al trueno y lo  miraba  con la misma ira con la que había mirado a su esposa e hijo en la celda.
El malvado abrió sus ojos al máximo al reconocerlos y se arrojó a los pies de su señor abrazando sus rodillas en un acto de compasión. Confesó sus felonías entre sollozos. Sigfrido lo apartó de él mirándolo con odio, y pese a que la propia condesa quiso interceder por él para asombro de su marido, el conde no se apiadó y Golo fue ajusticiado.
Desde ese momento comenzó un período de felicidad para el conde y su santa esposa. Vivieron en el castillo sin más peligros, ni traiciones. El conde no volvió a desconfiar de su esposa, ni de ningún otro sirviente. Aprendió a escuchar y a valorar las palabras de todos antes de decidir que castigo o recompensa conceder.”

El alcalde dio la vuelta al último papel que contenía el legajo y tras volverlos a juntar miró a Jorg esperando su opinión.
- Era lógico que acabará bien.
- ¿Por qué dices eso? –le preguntó un sorprendido Matthias.
- Estaba claro que el conde rectificaría. Se daría cuenta de su error y trataría de enmendarlo.
- Recuerda que no todas las historias que has escuchado tuvieron un final feliz.
- Es verdad, pero en ésta creo que se veía venir desde el primer momento –le dijo muy seguro.- ¿Qué piensa hacer con el manuscrito?
- Entregárselo a Brigitte, la bibliotecaria –respondió levantándose de la silla.
- No la conozco.
- Entonces, será mejor que lo hagas. Además, apuesto a que ella conoce mil y una historias –le dijo con un tono cargado de complicidad mientras le guiñaba un ojo.- Pero eso déjalo para más tarde. Ahora debemos seguir con el trabajo.
- Claro. No lo había olvidado –comentó Jorg sonriendo al tiempo que guardaba su libreta de notas y ardía en deseos de conocer  a la tal Brigitte e indagar en las historias que pudiera conocer.  

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