8 nov. 2011

La boda

(Narrado por Francois, dueño de un café)

El cielo de un gris plomizo cubrió la tarde amenazando con descargar más nieve aún de la que ya había caído durante toda la noche anterior. Jorg se encontraba sentado en el salón común de la posada bebiendo café, mientras tomaba notas del los relatos que había escuchado. No le había sido muy difícil recordar los detalles de los dos primeros, pero cuando llegó el turno de recordar y poner por escrito el que hacía referencia  a Lorely, la imagen y las palabras de Ingrid inundaron su mente como un río desbordado. Intentó mantener la calma y ordenar sus pensamientos al respecto de lo que estaba sucediendo. ¿Por qué demonios la imagen de la muchacha y sus palabras se deslizaban en el interior de su cabeza de aquella manera? ¿Por qué no podía dejarlos fuera?, pensó mientras sacudía la cabeza como si quisiera despojarse de todas aquellas tonterías.  Inspiró hondo antes de dejar sus notas sobre la mesita y tomar la taza para beber café en un intento por serenarse. Se levantó del sillón junto al hogar y caminó por el salón hasta una de las ventanas. Allí se detuvo para contemplar el paisaje nevado cubriendo el pueblo de Bacharach. Los cristales empañados no le permitieron ver con claridad la silueta de una joven muchacha, que caminaba en ese momento en mitad de la nieve. Deseoso de verla mejor pasó su mano por el cristal de la ventana  con el fin de retirar el vaho, que el frío había formado, y así poder convertirse en una especie de mirón. La muchacha iba envuelta en una especie de poncho de lana o paño, y que sólo permitía ver el contorno de sus piernas enfundadas en un pantalón negro. Calzaba botas de piel y guantes en sus manos para protegerse del frío. Una gorra de lana que ocultaba parte de sus cabellos, completaba su atuendo invernal. Llevaba sendas bolsas en sus manos y caminaba con gran agilidad a pesar del espesor de nieve acumulada en las aceras. De repente se detuvo en mitad de su camino para charlar con uno de los vecinos del pueblo. Jorg estaba intrigado y fascinado por la complicidad que se podía intuir entre las gentes de Bacharach. Un tercer viandante se les unió y los tres continuaron hablando como si nada. Sin importarles el tiempo, ni el frío, ni la nieve. Recordó las palabras del señor Heinrich acerca de que la gente no se preocupaba de otra cosa que no fuera trabajar o correr, sin detenerse a contemplar la belleza de la cosas. Y tal vez estuviera en lo cierto. Ahora mismo Jorg se encontraba contemplando a aquellas gentes y en cierto modo sintiéndose una especie de ladrón por estarles robando su intimidad. Pero su mirada permanecía fija en la joven a la que reconoció al instante. Sintió que la mano que sostenía la taza de café temblaba. Entonces, entornó la mirada hacia ésta y luego hacia la ventana. En un momento, estaba abrigado para salir afuera. Ingrid se despedía de aquellas gentes y caminaba hacia la posada. Cuando volvió el rostro y sus miradas se encontraron Jorg percibió su sonrisa cautivadora como siempre, y como sus ojos chispeaban.
- Déjame ayudarte.
- Te lo agradezco –le dijo mientras su mirada seguía fija en la de él. Los rostros de ambos volvieron a estar separados por escasos centímetros mientras el vapor que salía de sus bocas se fundían en uno solo.
Por segunda vez Jorg sintió deseos de besarla, pero se contuvo. Cogió en sus manos las bolsas mientras los dedos de ambos se mostraban torpes y se rozaban al tiempo que ella sonreía.
- ¿Qué hacías? ¿Recopilando los cuentos del pueblo? –le preguntó  intrigada.
- Te lo ha contado Matthias –señaló deteniéndose de repente en mitad de la calle para contemplarla avanzar.
De repente se detuvo para volverse. Su rostro de piel blanca y suave mostraba un tono sonrosado en sus mejillas y en la punta de su nariz. Sus ojos claros contrastaban con el blanco del paisaje, y su brillo podría haber competido con la joya más preciada. Asintió divertida y al momento se rió de manera dulce.
- Menos mal –dijo Jorg mostrando alivio- por un momento creí que eras alguna clase de adivina capaz de leer el pensamiento.
- ¿Y cómo marcha tu proyecto? ¿Has recopilado muchos? –le preguntó mientras esperaba a que llegara a su altura.
- Bueno, sólo he trazado algunas líneas. No pienses que ya he escrito los tres que he escuchado. Ni mucho menos, pero espero hacerlo en el transcurso de estos días. Además, si aparte de la gente que los cuenta en la taberna por la tarde, me cuentan historias como esta mañana el alcalde, no daré abasto.             
- Bueno, si no quieres no acudas esta tarde a la taberna.
- ¿Bromeas? ¿Y perderme el relato de esta tarde? Por cierto, ¿sabes por casualidad quien será nuestro juglar hoy?
- Francois.
- Muy bien. Entonces me preparé para tomar las notas necesarias –le dijo mientras ambos entraban en la taberna y Heinrich sonreía al verlos.
- Matthias me ha contado que aparte de trabajar con él, pretendes recopilar los cuentos de estos parajes –comentó mientras tomaba las bolsas en sus manos.
- Así es –asentí convencido de ello.- Me gustaría que la gente pudiera conocerlos.
- Es una muy buena idea. Pero algo complicada. Hay una gran variedad de relatos, cuentos y leyendas. Necesitarás pasar mucho tiempo aquí –dijo recalcando estas últimas palabras con toda intención deseando saber si por fin había decidido permanecer en el pueblo.
- Tienes razón –le dijo sonriendo. Luego volvió el rostro hacia Ingrid y terminó su comentario- pienso quedarme el tiempo que haga falta.
La muchacha sonrió mientras sentía que por algún extraño motivo la compañía de Jorg le gustaba. Le gustaba como la miraba y como le sonreía provocando en ella un rubor que jamás antes había conocido.Heinrich entrecerró sus ojos escrutando el rostro de ambos y las miradas que acababan de intercambiar ambos y sonrió de manera irónica.
- Ingrid me ha comentado que será Francois el encargado del relato de esta tarde.
- Así es. El francés será hoy nuestro juglar.
- Estoy deseando escucharlo.
- Tal vez con el tiempo tú podrías deleitarnos con alguna historia que conozcas de tu tierra natal.
- Oh, no creo que sea buena idea –se excusó Jorg sonriendo tímidamente.
- Sí, podrías contar algún cuento –señaló Ingrid abriendo sus ojos para que él pudiera reflejarse en éstos.- A mi me encantaría oírlo –le dijo con voz pausada mientras entornaba su mirada.
Heinrich comenzaba a sospechar seriamente del interés que había mostrado su hija por Jorg. Y no le cupo la menor duda que éste la hacía sonreír más de lo normal. Y ahora esa insistencia para que contara un cuento... 
- De verdad... no conozco ninguno –dijo Jorg delante de ambos aunque sintiéndose mal por Ingrid, quien le había parecido que mostraba un inusitado interés por él.
Ésta se marchó a ayudar a su madre mientras Heinrich se quedaba con Jorg. Le pasó la mano por los hombros y le dijo:
- Muchacho, de vez en cuando hay que complacer a las mujeres.
Con estas palabras Heinrich dejó a Jorg bastante turbado. Lo miró intentando encontrar alguna explicación pero éste no se la concedió.
- Debo marcharme a ayudar a Matthias.
- Ya nos veremos –le dijo Heinrich a modo de despedida mientras no dejaba de contemplarlo avanzar entre la nieve en dirección a la alcaldía. Volvió el rostro para buscar a su hija y cuando lo hizo ésta se quedó pensativa mirando a su padre.
- ¿Querías algo? –le preguntó mientras colocaba el contenido de las bolsas.
- ¿Qué opinas de Jorg?.- El tono empleado por su padre hizo que Ingrid diera un respingo involuntario. Creía intuir a qué se refería su padre, aunque no podía afirmarlo con total seguridad.
- Que es una pena lo que le ha pasado. El no poder ir a Frankfurt...- Ingrid detuvo su narración cuando vio la sonrisa de su padre.- ¿Qué ocurre?
- Cierto, cierto –asintió jocoso Heinrich.- Es una pena. Pero ha sabido encontrar la forma de quedarse. Me preguntó qué o quien le habrá hecho cambiar de opinión –murmuró mientras pasaba junto a su hija y vigilaba sus movimientos por el rabillo de su ojo.
Ingrid lo contempló desaparecer mientras intentaba controlar los latidos de su corazón. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué se había sentido aliviada cada vez que Jorg no había podido abandonar el pueblo? Sonrió divertida mientras sus ojos centelleaban y en su mente ya deseaba que él estuviera de vuelta.
           

Pero éste no apareció lo cual afectó en modo alguno a Ingrid.
- ¿No viene Jorg a comer, madre? –le preguntó mientras terminaba de recoger la mesa de los clientes.
- Debe andar muy ocupado en su nuevo empleo –se limitó a responderle ésta ajena a los sentimientos de su hija.
Llegada la hora de cerrar Ingrid anhelaba poderlo ver en la taberna para poder escuchar juntos el relato de Francois. A la hora indicada los tres abandonaron su posada y encaminaron sus pasos a la taberna. Ingrid parecía tener prisa pues su paso era más rápido que el de sus padres, y así se lo hizo saber Heinrich.
- ¿Tienes prisa por llegar a la taberna, muchacha?
Ingrid se detuvo y se volvió para contemplar el rostro expectante de su padre mientras sentía un leve hormigueo por todo su cuerpo.
- Es que... hoy es el turno de Francois y nunca lo he escuchado –le respondió de manera apresurada mientras emprendía de nuevo la marcha.
Heinrich asintió complacido por su explicación mientras volvía a sonreír. 
- ¿Se puede saber que te sucede? –le preguntó Flora mirándolo sin comprender su comportamiento.
- Creo que a nuestra hija le interesa algo o alguien más aparte del cuento –le respondió con un toque misterioso que intrigó aún más a su esposa.- Pasa –le dijo abriendo la puerta.
El ambiente en la taberna era animado pues llegaba el momento que todos los habitantes de Bacharach esperaban. La hora en la que la magia y los sueños se entremezclaban en fantásticas historias narradas por los habitantes.  Cuando Ingrid entró lo primero que hizo fue buscar con su mirada a Jorg. Le sorprendió su forma de comportarse, ya que no sabía muy bien porqué lo hacía. No tardó en vislumbrar su rostro enmarcado en sus cabellos castaños, inclinado sobre un cuaderno tomando notas. Estaba sentado en una mesa y parecía estar bastante concentrado. Ingrid dudó entre ir a saludarlo o no, ya que no quería interrumpir su trabajo. Pero deseaba hacerlo pues no lo había vuelto a ver desde que se marchó a trabajar. Por un instante quería saber porqué no había acudido a comer, qué había hecho, cosas normales.           
- ¿Por qué no vas a saludarlo? –le preguntó la voz de su padre a su espalda.
Cuando se volvió hacia él su rostro había adquirido una tonalidad rosa en sus mejillas, y sus ojos emitían un fulgor desconocido. Intentó disimular y guardar las apariencias pero le fue inútil. Su padre sabía algo que ella misma desconocía o que no sabía interpretar.
- Yo... no... –balbuceó mientras era presa de los nervios.
- Anda –insistió su padre con toda naturalidad.
Ingrid volvió la mirada hacia Jorg, quien ahora estaba mirando en su dirección. Le hizo señas con la mano para que se acercara, y al momento ella estaba allí. Heinrich y Flora declinaron amablemente su invitación, consciente de que lo único que podía hacer era entorpecer aquello que estaba surgiendo entre ambos. Los observaron desde la distancia mientras Francois hacía su aparición. Se inclinó respetuosamente ante la concurrida audiencia, y sonrió encantado.
- Mes amis, gracias por haber venido. Espero no defraudaros con la historia que voy a contaros y que lleva por título La boda.
Después de esta breve presentación Francois tomó asiento en la ilustre mecedora y comenzó su narración. En ese mismo instante Jorg no miraba a éste, sino a la hermosa muchacha que estaba sentada a su lado. Intentó centrarse en el cuento pero durante unos instantes esto le fue imposible. Ingrid por su parte, sentía la mirada de él fija en ella y como un extraño temblor comenzaba a agitar sus piernas. Pero no quiso volver el rostro para enfrentarse a su mirada sino que siguió centrada en el cuento.

“En los días del emperador Rudolph von Habsburgh, cuando muchos castillos dominaban de manera orgullosa las colinas a ambos márgenes del Rin, uno de ellos se alzaba amenazante y desafiante: el castillo de Brubach. Éste era el hogar de los poderosos caballeros de Eppenstein. Su escudo de armas así como su pabellón eran visibles desde cualquier punto. La armadura plateada y los tres penachos rojos. Tras las oscuras y temerosas murallas de la fortaleza, allí se cultivaba la más delicada y hermosa flor, la doncella Isabel, hija del conde de Eberhard. Muchos orgullosos y aguerridos caballeros solicitaron su mano en matrimonio, desconocedores de que había sido prometida en secreto a Siegbert von Lanneck.
            Jorg se dio cuenta que el bueno de Francois elevaba el tono de su voz con  el fin de acrecentar la emoción de su narración. Y que a diferencia de los demás que se habían decidido a contar sus historias sentados en la mecedora, Francois permanecía de pie. Moviéndose de un lado para otro; inclinándose sobre los sonrientes y no menos sorprendidos rostros de su audiencia. Por un momento Jorg desvió su mirada de manera fugaz hacia Ingrid y vio que ella estaba hechizada por la narración. Suspendida en ese estado de querer saber más. Como una niña ávida de conocimiento. Entregada al cuento. Jorg sonrió tímidamente y volvió a centrarse en la narración del francés quien ahora sonreía.
            “El emperador Rudolph había redactado una proclama para que todos los caballeros los apoyaran en su lucha contra el rey Ottokar de Bohemia. Siegbert, sobrino y heredero del señorío de Burgrave de Lanneck, y su primo respondieron a la llamada. Este hecho entristeció a Isabel, pero llevó bien la separación dado que era el propio emperador quien lo llamaba, y el linaje de Siegbert. Al igual que otras muchas doncellas, Isabel aguardó pacientemente el retorno de su prometido. El anciano Burgrave de Lanneck falleció y mientras, el señorío aguardaba a su nuevo señor. Se cuenta entonces, que en el año... el de la nombrada batalla de Marchfeld en la que muchos valientes caballeros encontraron la muerte. Y de los pocos que regresaron ninguno trajo noticias de la suerte que Siegert había corrido.
El otoño avanzaba transformando las riberas del Rin en un manto de tonos ocre, rojizos, y marrones. Un día un joven caballero llamó a las puertas del castillo de Lanneck. Los más ilustres de la corte llegaron a afirmar que era el paladín del propio emperador. Y él mismo se presentó como el conde Rufus von Andechs, el joven primo de Siegbert. La expectación fue máxima cuando se supo su verdadera identidad. Y más aún si cabe, cuando afirmó tener noticias de Siegbert. Al momento Isabel acudió presta a su presencia. Estaba agitada, presa de los nervios. Durante meses no había sabido nada de su prometido, y ahora de pronto se presentaba su primo ante ella.

Una exclamación de júbilo se escuchó por toda la taberna. La gente intuía que Siegbert estaría vivo, y que había mandado a su primo para anunciar su regreso. Ese comentario corría de boca en boca. Los más pesimistas intuían que Siegbert había muerto, y que esa era la noticia que su primo le llevaba a Isabel. Fuera cual fuera todos aguardaban impacientes a que Francois continuara. Éste sonreía sabedor de la intriga que había suscitado su relato. Pero no quiso demorarlo más y continuó:

“ – Me temo que no soy portador de muy buenas noticias –comenzó diciendo con un tono de voz cargado de emotividad.
No fue capaz de continuar pues en ese momento un grito escapó de los labios de Isabel, quien al momento se desplomó sobre el frió suelo del castillo. Cuando la hubieron retirado a sus aposentos, el senescal  del castillo quiso conocer el fin del relato.
- Mi primo falleció en la batalla de Marchfeld. Lo hizo con honor. También quiero deciros que yo, su primo, soy su heredero directo. Para atestiguarlo traigo aquí los documentos pertinentes. Es por ello que tengo derecho a ocupar Lahneck.
El senescal dio la bienvenida al nuevo conde y señor, y al momento dio orden de que se proclamara a todos los pueblos y castillos vecinos que el castillo de Brubach ya tenía nuevo señor. Ello también incluía la mano de Isabel.
Cuando las noticias llegaron a sus oídos la doncella sintió pavor por esta resolución. Y ninguna de sus miembros de su propio séquito fueron capaces de consolarla, y reconfortarla.
La Navidad se acercaba cuando un joven monje procedente del monasterio de Bornhofen llegó hasta el castillo. El conde Eberhard había pedido a los hermanos un sacerdote para el castillo y éstos habían enviado al hermano Markus, en honor al santo y gran evangelista. Sin embargo, el humilde hábito de éste no podía ocultar los modales de caballero y el origen noble del hermano.

Francois bajó el tono de su voz para arrojar cierto misterio en torno al nuevo personaje que introducía en el relato. Su mirada escrutaba los rostros de los allí presentes estudiando cada uno de sus gestos; y escuchando sus diversos comentarios. En un momento de valentía me incliné sobre Ingrid para susurrarle:
- ¿Crees que pueda ser Siegbert?
Al momento Jorg se vio invadido, y rodeado por el aroma femenino que desprendía los cabellos y la piel de Ingrid. Se quedó paralizado y mudo esperando pacientemente la respuesta de ella. Por su parte, Ingrid había sentido el aliento de la voz de Jorg acariciando la piel de su cuello y de su rostro como los rayos del sol la tierra: cálidos y placenteros. Temía volver el rostro pues sabía que se encontraría con el de él, y que sus miradas y sus bocas estarían separadas por escasos milímetros. De manera que se limitó a permanecer con la mirada fija en Francois mientras respondía:
- Pudiera ser.
- ¿Y el primo?
Ingrid se armó de valor y volvió su rostro para enfrentarse a la mirada relampagueante de Jorg. Sintió que las manos y las piernas le temblaban ligeramente, como las hojas de los árboles mecidas por el viento ligero procedente de las cumbres. Se vio reflejada en los oscuros ojos de Jorg y se limitó a sonreír tímidamente.
Jorg no obtuvo ninguna respuesta a su pregunta, porque de repente Francois siguió con su narración captando toda su atención.

Cuando el hermano Markus vio a la infeliz  doncella Isabel y conoció su historia  su mirada emitió unos destellos luminosos que cautivaron a la muchacha. Desde ese 0momento el hermano Markus se prometió así mismo que la ayudaría en todo lo que pudiera. Se entregó a esta tarea desde el primer momento lo cual provocó que la doncella se sintiera reconfortada con el comportamiento del hermano, y que pronto una sincera admiración surgiera en su interior. Dicha admiración comenzó a ser recíproca.

En este punto Jorg volvió el rostro hacia Ingrid y su sorpresa fue mayor cuando descubrió que ella lo contemplaba fijamente. Al momento sus mejillas se tiñeron de encarnado y la muchacha bajó la mirada sobre su regazo, y posteriormente la concentro en Francois.

Muchas e instructivas conversaciones surgieron entre ambos contertulios al calor del fuego. Conversaciones que poco a poco consiguieron desterrar la pena y la congoja del corazón de Isabel. Y mientras tanto el hermano Markus se enamoraba poco a poco de ella.- Este comentario produjo un gesto de asombro en la concurrida audiencia de Francois.- Y en las noches luchaba enconadamente con el demonio que habitaba en su interior. Sufría en silencio su cariño por la doncella Isabel. Un cariño que no podía descubrir de manera abierta. Un día Rochus von Andechs se presentó en el castillo del conde Eberhard. El conde y su hija Isabel le dieron la bienvenida a su hogar. El propio Rochus se sintió embriagado por la belleza de la joven doncella desde el primer momento que la vio, así como bastante impresionado por el joven caballero, quien comparado con Siegbert, parecía ser un joven orgulloso y altivo. Desde ese día se convirtió en un visitante asiduo del castillo con el firme propósito de conquistar el corazón de la joven doncella con su encanto. Tras una larga temporada en el castillo en la cual el corazón de alguna de las damas que habitaban éste había latido de manera más acelerada que de costumbre –dijo Francois llevándose su mano hacia el lado izquierdo-. Rochus solicitó la mano de la doncella Isabel.
Hubo de meditarlo durante algún tiempo. Al final del cual aceptó la propuesta de matrimonio. El conde, su padre, estaba encantado con esta decisión y ordenó que se dispusiera todo para la celebración de la boda. Todo el mundo estaba expectante y dichoso por el futuro enlace; todos a excepción del hermano Marcus quien se mostraba profundamente disgustado por este acontecimiento. Sentía una aversión por el joven caballero que no podía explicar. Rochus, por su parte, también parecía sentir cierto odio por el hermano. La doncella Isabel aseguró a todos que su mayor deseo era pertenecer en cuerpo y alma a su esposo.

Francois hizo una breve pausa en la que cogió su taza de café y sorbió un poco mientras dejaba que la gente sacara sus propias conjeturas acerca de cómo acabaría el relato. ¿Se casaría la doncella Isabel finalmente? ¿Y con quién? ¿Quién era en realidad el hermano Markus? Estas y otras preguntas asaltaban la cabeza de Jorg, quien parecía no querer pensar ni mirar a Ingrid. Hasta cierto punto se sentía intimidado por su hermosura, por su mirada, por su presencia tan cercana. Sus piernas se rozaban ligeramente, y en un momento determinado sus manos había hecho lo mismo de una manera no provocada. En ese momento Ingrid había sentido un ligero chispazo recorrer su brazo hasta provocarle cierta agitación en su pecho; pero no había querido prestar más atención de la debida, y volvía a centrarse en el final del relato de Francois.

Durante los preparativos de la boda una pequeña capilla había sido erigida en el castillo, y el matrimonio de Isabel se iba a convertir en el primer acto sagrado a celebrar en ésta. La boda se celebraría con todo el lujo y la pompa propia de tal enlace. Y a medida que se acercaba el día el castillo se iba engalanando con las mejores galas y adornos. Los preparativos estaban casi concluidos la víspera del enlace cuando Rochus, engalanado con sus mejores ropas, penetró en el castillo acompañado de su séquito. Las paredes del castillo retumbaron con los gritos de júbilo de los presentes: invitados y familiares de ambas partes. El salón del baile y el del banquete fueron iluminados con decenas de antorchas arrojando sus haces de luz y dotando al castillo con una luminosidad increíble. Y mientras tanto, en la torre del emperador Enrique, una pequeña recámara donde en una ocasión el propio emperador había buscado refugio, todo estaba tranquilo. La luz de la luna brillaba a través de la pequeña ventana iluminando el rostro de un joven arrodillado que rezaba de manera desesperada. Se trataba del hermano Markus quien en esos momentos rezaba a su santo patrón ya que a la mañana siguiente iba a unir a Isabel y al  caballero que tanto odiaba en sagrado matrimonio. De repente la estancia se llenó de una luz sobrenatural y el propio San Marcos apareció de pie ante el hermano. – Francois agitó sus brazos en alto como si se tratara de un prestidigitador que fuera a hacer aparecer a alguien delante de los presentes. Su gesto arrancó exclamaciones de admiración de varios chavales que se sentaban en las primeras filas.- San Marcos le entregó una simple cruz mientras le decía:- Markus, con esta cruz derrotarás al diablo, ya que Rochus von Andechs no es otro que el propio diablo. Tras lo cual desapareció. El hermano sin embargo permaneció arrodillado durante algún tiempo más mientras se aferraba a la cruz y pensaba en las palabras que San Marcos le había transmitido. No durmió en toda la noche y cuando la mañana llegó aún seguía arrodillado en la misma posición.
Los gritos y las voces de júbilo comenzaron a escucharse por todo el castillo. Se incorporó y tras salir de su habitación caminó al encuentro de la pareja.           El aire estaba impregnado de la felicidad que significaba el enlace de la princesa Isabel. Ésta caminaba lentamente en dirección a la capilla. Radiante y hermosa como ninguna otra. A su lado su elegante prometido. Altivo. Orgulloso. Mirando al frente en todo momento. Por unos instantes las palabras de San Marcos cruzaron la mente del hermano como un fugaz relámpago: Rochus es el diablo.  El hermano Markus penetró en la capilla y tras intercambiar unas palabras y varias miradas con la feliz pareja extrajo de debajo de su hábito la cruz que su patrón San Marcos le había entregado. La situó justo delante de Rochus, quien al verla emitió un grito un cayó al suelo, el cual se abrió bajo sus pies tragándose al joven y orgulloso caballero. En un último intento por vencer se aferró a Isabel para arrastrarla consigo mismo, pero en el último momento el hermano Markus tiró de ella. El horror se apoderó de todos los invitados a la boda, pero al mismo tiempo algunos acusaron al conde y a su hija de ser servidores del mismísimo diablo y de haberlos querido arrastrar al infierno con ellos. Fue entonces cuando de la propia capilla surgió un brillo sobrenatural que iluminó la estancia de manera prodigiosa. San Marcos apareció delante de todos ellos dispuesto a proteger al conde y a su hija de la ira de sus invitados. Pero para sorpresa del propio conde y de su hija, la presencia del santo hizo que todos se arrodillaran ante ellos. Al momento San Marcos desapareció dejando en silencio la capilla. Fue entonces cuando el hermano Markus consagró la capilla al santo como salvador y protector de los caballeros de Eppenstein. De este modo el conde Eberhard cambió el nombre del castillo de Brubach por el de Markusburg, ciudad de Marcos como es conocida hoy en día.

- Pero, ¿qué sucedió con Isabel, os estaréis preguntando? ¿Y con el hermano Markus? –preguntó Francois a la expectante audiencia que ahora lo contemplaba muda. Entre ellos Jorg e Ingrid, quienes no perdían ni una sola palabra del cuento del alegre francés.

Isabel se encontró tan asustada y tan confundida por los acontecimientos vividos que decidió entrar en el convento de Marienberg en Boppard donde tomó los hábitos de monja. Un año después de los sucesos del castillo de Brubach, un caballero cabalgaba hacia el norte por una de las orillas del Rin. Era Siegbert von Lahnec quien emprendía su camino de vuelta al hogar tras un largo período de convalecencia en un país extranjero tras la batalla de Marchfelde. Desde lo alto de la colina divisó la ciudad de Coblenza así como el castillo que había pertenecido a su padre, y fue hacia éste a donde se dirigió primero. Pronto, sin embargo, emprendió su camino hacia el castillo de Lahneck. Allí sería recibido triunfalmente como el nuevo señor y futuro esposo de Isabel von Eppenstein. Tales eran los sueños del caballero camino del castillo. El senescal le dio la bienvenida con sorpresa y cuando Siegbert preguntó por Isabel no recibió ninguna noticia al respecto. Pero al verse presionado por el joven señor, el senescal se vio obligado a relatar todo lo sucedido desde el mismo momento en que él partió a la guerra. Tras escuchar todo el relato, Siegbert se retiró en silencio.
La oscuridad se había extendido como un manto sobre el valle del  Rin y a lo lejos la luna brillaba por encima de la colina. En los castillos y en las ciudades las luces comenzaban a apagarse como si estuviera diciéndole adiós al solitario caballero que ahora cabalgaba por las rocosas pendientes.
A la mañana siguiente los campesinos hallaron al caballero Siegbert von Lahneck muerto al pie de una roca. Y desde entonces la montaña desde la cual el caballero se había arrojado fue conocida como la Tumba del caballero.

Francois pronunció las últimas palabras con un sentimiento de pena. Ninguno de los presentes podría imaginar que el relato tuviera aquel trágico e inesperado final.  Francois permaneció en silencio unos instantes escrutando los rostros de su audiencia hasta que ésta estalló en un clamor por el cuento. Después sonrió complacido mientras asentía con su cabeza, se levantaba de su mecedora y se inclinaba ante todos los presentes, quienes aplaudían llenos de júbilo. Jorg se encontraba entre éstos, y en un momento su mirada se cruzó con la Ingrid, cuyo rostro parecía reflejar una mezcla de emoción y consternación por la historia. Mantuve la mirada en ella hasta comprobar si ella haría lo mismo. Al cabo de unos segundos le sonrió mientras sus ojos chispeaban. Una voz vino a sacarlos de su ensoñación.
- ¿Qué te ha parecido muchacho? -preguntó el señor Heinrich posando su mano en su hombro.
- Bueno, a decir verdad es el mejor que he escuchado, aunque algo trágico.
- Sí, lo cierto es que el relato de nuestro amigo el francés ha sido algo triste. Pero espera, y ya verás más adelante. Cuando hayas escuchado decenas de historias, no sabrás cual es la mejor. Y apuesto a que las encontrarás con final feliz. ¿Piensas recogerlas todas por escrito? –me preguntó con un inusitado interés.
Aquellas palabras hicieron reflexionar a Jorg. ¿Pondría por escrito todas las historias de los vecinos de Bacharach? ¿O sólo lo haría con las que tuvieran un final feliz? Pero si hiciera eso, estaría mostrando predilección por unos vecinos más que por otros. No, decididamente las recopilaría todas independientemente de su final. De ese modo todo el mundo las recordaría, y las leería y releería una y otra vez.. En ese momento Jorg se sentía entusiasmado por esa nueva aventura hasta tal punto que no se percató de la presencia de Francois junto a una hermosa mujer de cabellos rubios como la cerveza alemana.

- Ah, mon ami Jorg –exclamó posando su mano sobre el hombro del muchacho, quien al momento de sentir el contacto volvió el rostro.- ¿Te ha gustado mi  historia?
- Me hubiera gustado que hubieses seleccionado alguna que tuviera un final más feliz –le respondió mientras lo miraba.
- Bueno, son cosas que pasan. Es cierto que no es una de esas historias que terminan bien. Pero... –dijo encogiéndose de hombros mientras sonreía.- Ah, déjame presentarte a mi esposa.
Jorg saludó a ésta con una amplia sonrisa mientras le tomaba la mano.
- ¿Piensas quedarte mucho entre nosotros? –le preguntó la mujer mientras lanzaba fugaces miradas a Ingrid.
- Lo cierto es que... –comenzó diciendo entre titubeos.
- Jorg ha decidido quedarse para recopilar y poner por escrito todas las historias que contemos –señaló Ingrid interviniendo en la conversación mientras deslizaba su mano alrededor del brazo de Jorg.
- Vaya, eso sí que es una buena historia –señaló Francois.- No tenía ni la más remota idea de que fueras a hacerlo.
- Se me ha ocurrido esta mañana –dijo Jorg a modo de excusa por no haberle comentado nada.
- ¿Y cuántos relatos piensas recopilar?.
- No lo sé –respondió mirando a Ingrid y viendo el su rostro cierta complicidad.
- Necesitarás tiempo para hacerlo –puntualizó la esposa de Francois.
- Es verdad. Pero lo cierto es que dispongo de todo el tiempo del mundo –exclamó con un gesto triunfante.
- Entonces piensas establecerte aquí –señaló un jubiloso Francois.
El sonido de un violín y de las palmas de los lugareños comenzó a dejarse escuchar en la taberna dejando la respuesta de Jorg para mejor ocasión.
- ¡Música! –exclamó el señor Heinrich sonriendo y aplaudiendo mientras se dirigía hacia su esposa y la sacaba a bailar.

Jorg permaneció quieto contemplando la escena, y como varias parejas los imitaban, entre éstas Francois y su esposa. Al momento el local se había convertido en una improvisada pista de baile en la que los lugareños reían y se divertían. Se sentía extraño entre aquellas gentes, hasta que una delicada y suave mano lo llevó hasta la pista de baile. Jorg levantó la mirada para ver el rostro de su dueña, y al momento se sintió como hechizado por aquellos hermosos ojos refulgiendo de emoción. Se sumergió en la profundidad de su mirada, y en calor de su sonrisa, y de repente sin saber porqué dio gracias porque siguiera nevando en Bacharach. 
 

1 comentario:

  1. Que puedo decir de las dos historias paralelas que has contado? Nada mejor que son a cual más bonitas.

    ¡Qué pueblo tan bonito Bacharach! Invito a todo el que pueda ir a verlo a pasear por sus calles son una verdadera maravilla. Como bien dice el relato es un pueblo que pertenece al Valle de Rin, muy muy cerca de Frankfurt.

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