14 oct. 2011

El hombre que burló a la muerte


Prefacio

La historia que voy a relatarles la encontré por casualidad en una vieja librería de la ciudad de Praga, a la que acudí a pasar una semana de vacaciones. Me encontraba recorriendo sus callejuelas empedradas en dirección al mítico y famoso Puente de Carlos, cuando mis ojos se posaron en un letrero de madera que sobresalía de la cornisa de una casa de planta baja. Bookshop estaba escrito en aquel. De manera que encaminé mis pasos hacia allí con el fin de encontrar algún libro sobre la ciudad. Al entrar noté el aroma que se respira en esas librerías antiguas donde la sabiduría de cientos de años se almacena en los estantes entre cuatro paredes. Me limité a echar un vistazo por encima como quien no quiere la cosa, cuando de repente un libro pequeño de piel marrón claro y en un estado deplorable captó mi atención. Lo tomé en mis manos por el simple hecho de sentir su rugosidad en mis palmas. Hube de tener mucho cuidado de no caer ninguna página pues algunas estaban sueltas. Yo no hablo ni entiendo el checo, claro está, pero las ilustraciones que contenían llamaron poderosamente mi atención y en especial una. En ella se veía a un hombre postrado en la cama rodeado de sus familiares, según, deduje y alguien que parecía ser un sacerdote. A la cabecera de la cama había una siniestra figura. Era la muerte. Representada por un esqueleto cubierto por una túnica de color negro. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras tendía los brazos hacia el hombre de la cama. Tras hojear el libro me acerqué al vendedor, que en este caso era una joven de piel blanca y ojos claros que amablemente atendió mi consulta. Le pregunté como se titulaba el libro.
- El hombre que burló a la muerte –me respondió en inglés
Le pregunté si lo había leído y podría explicarme de que iba. La joven vendedora me explicó en pocas palabras el relato. Lástima que estuviera en checo, dije. A lo que ella me respondió que si estaba interesado en la obra me la traduciría gustosamente, ya que se trataba de un libro de apenas cinco páginas. Por supuesto accedí a cambio de pagarle por la traducción y la obra. Quedamos convenido que al día siguiente pasaría a recogerlo y así fue. Cuando lo tuve en mis manos no pude resistirme a leerlo y tras abonar a la simpática chica cien coronas checas, encaminé mis pasos hacia el café más cercano. Me senté en una mesa apartada y comencé a leer mientras el calor y el olor a café me inundaban. El hombre que burló a la muerte, decía el título. Y acto seguido comenzaba la historia.

“Una noche fría de comienzos de diciembre un coche de caballos recorría la región de Moravia. Dentro del carruaje viajaban tres personas: un matrimonio de mediana edad y un joven de aspecto sombrío. Al llegar al pueblo de.. .que era la ultima parada del camino, los tres pasajeros se apearon del coche y buscaron alojamiento en la posada, una pequeña casa algo vieja, pero en la cual podrían guarnecerse del frío de aquella época. La dueña, una mujer algo mayor, vestida con un capote de color negro y un pañuelo del mismo color a la cabeza y anudado por debajo de la barbilla, se dirigió  a ellos en tono severo.
- ¿Qué buscáis aquí? ¿No sabéis que la muerte ronda en esta casa?
Los tres forasteros se miraron entre si y después el más joven se volvió hacia la mujer.
- ¿De qué habláis, mujer?
- La muerte se ha adueñado de la casa. Idos u os arrepentiréis.
- ¿Con la noche que hace? Yo me quedó –dijo resuelto el joven.
El matrimonio que había viajado con él en el carruaje preguntaron donde podrían alojarse y la vieja les indicó otra posada que había en el mismo pueblo. Cuando la pareja se hubo marchado el joven se volvió a dirigir a la vieja posadera, quien lo miraba expectante con sus ojos saltones y su tic en la boca.
- ¿De qué muerte hablabas?
- ¿No te lo crees, eh? Pues sígueme –le indicó mientras ascendían por unas escaleras decrepitas que crujían con cada paso que daban. La mujer portaba una vela de sebo en su mano para iluminar el estrecho y lóbrego pasillo que se abría ante ellos. El joven pensó que se metía en la boca del lobo a juzgar por aquella siniestra oscuridad. Se detuvieron delante de una puerta a la cual la vieja llamó suavemente. Toc, toc. Alguien abrió desde el interior y la anciana y el joven penetraron en la estancia. Había un hombre postrado en la cama y tres más a su alrededor rezando. Uno de ellos llevaba una especie de Biblia en su mano y levantaba de vez en cuando la vista hacia arriba dando gracias a Dios. El joven entendió que el hombre de la cama se estaba muriendo. Tenía muy mal aspecto a juzgar por sus ojeras y sus facciones demacradas. Era seguro que no le quedaban más que un par de días. Otro de los hombres parecía un doctor a juzgar por el gesto que hacia de tomarle el pulso constantemente. Y el último tenía toda la pinta de ser el enterrador. Alto, delgado, vestido de negro de la cabeza a los pies. Pájaro de mal agüero.
- ¿Qué le pasa? –le preguntó el joven a la anciana.
- El bueno del señor.... La muerte viene a buscarlo. ¿No la ves apoyada en el cabecero?
El joven dirigió su mirada hacia el cabecero pero no vio nada.
- Tienes que fijarte más –le repitió la anciana.
El joven volvió a mirar y esta vez para su sorpresa vio la figura de la muerte apoyada en el cabecero de la cama del señor...
- Cuando la muerte se sitúa a la cabeza de la cama quiere decir que viene a buscar al que se encuentra en ella.
- ¿Y no se puede hacer nada? –le preguntó el joven.
- ¿Cómo? Nadie escapa a la muerte –respondió la anciana en un susurro.
El joven no quedó convencido del todo. Pensó que algo se podía hacer.  Decidió quedarse en la habitación haciendo compañía a los presentes y ver en que acababa todo aquello. Las horas iban cayendo una tras otra haciendo que la noche pareciera más corta de lo normal. El joven, recordó las palabras de la anciana. Si está al cabecero es porque viene a por el alma del que descansa. Entonces el joven reaccionó. Miró a la muerte y se percató de que estaba dormida. Ese era el momento adecuado para llevar a cabo su plan.
A la mañana siguiente cuando la anciana entró en la habitación no pudo ocultar su sorpresa mediante un chillido. El enfermo había mejorado notablemente. Pero ¿cómo? La muerte ya no estaba a la cabecera sino a los pies de la cama. El joven había aprovechado el sueño de la muerte para dar la vuelta a la cama dejándola a los pies de la misma. Cuando la muerte despertó y se vio desplazada de la cabecera nada pudo hacer. Y se marchó como había venido esperando una nueva oportunidad. Mientras, los hombres que permanecían en la habitación felicitaban al joven por su sagacidad y atrevimiento. Había conseguido burlar a la muerte, pero sólo por esa vez.
Poco tiempo después el enfermo recayó y en aquella ocasión la muerte permaneció despierta toda la noche hasta la mañana en la que llevó el alma de aquel desdichado. No había olvidado el día en que un joven había conseguido engañarla.”

Sonreí al cerrar el libro y tras dejarlo sobre la mesita del café, me pregunté si alguien podría burlarla como hizo aquel joven; aunque claro está, al final todos acabamos cayendo entre sus brazos.

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