9 sept. 2011

Loreley

(Narrado por Matthias, el alcalde)

La nevada duró varias semanas en Bacharach de modo que ningún tren pudo circular en dirección a Frankfurt. Ello significaba que Jorg debería permanecer en el pueblo durante todo ese tiempo. En un principio, se había comenzado a preocupar por el mero hecho de no poder llegar a Frankfurt. Había perdido una oportunidad de lograr un puesto de trabajo de prestigio, pero al parecer su destino no parecía estar ligado al centro financiero de Alemania, sino a un pequeño pueblo escondido entre montañas a orillas del Rin. Había intentando abandonarlo en dos ocasiones y en ambas le había sido imposible hacerlo. ¿Qué significaba? ¿Acaso estaba destinado a pasar sus días en Bacharach?. Lo cierto era que el pintoresco decorado en el que estaba enmarcado dicho lugar era idílico, no lo discutía, pero tal vez no era el lugar idóneo para pasar el resto de su días.  Se asomó por la ventana para contemplar sus cumbres cubiertas de un manto blanco, al igual que la mayoría de sus calles adoquinadas. Al levantar la vista hacia el cielo percibió que éste seguía oscuro como si de un momento a otro fuera a echarse a nevar de nuevo. A penas si se veía un alma por la calle. Se vistió y tras asearse bajó a desayunar. Lo cierto era que tampoco había llevado consigo demasiado equipaje, pensando en que sólo le llevaría un par de días llegar a  Frankfurt. Y una vez allí instalarse y comenzar una nueva vida. Nada más lejos de la actual realidad. ¡Se encontraba en mitad del valle del Rin sin poder viajar! Atrapado en un pueblo del que no parecía posible salir. Sacudió su cabeza desilusionado y procedió a bajar al comedor con el fin de pensar en otra cosa, donde el señor Heinrich lo aguardaba con una amplia sonrisa dibujada en su rostro. Estaba sentado a la mesa desayunando y en el momento en el que Jorg asomó la cabeza por el umbral de la puerta, Heinrich se levantó y le indicó que lo acompañara.
- Aquí muchacho. Siéntate aquí –le dijo apartando una silla para que se sentara.- Dime, ¿descansaste bien anoche? –le preguntó con un tonillo en su voz que no logró comprender. ¿Tal vez se estaba refiriendo a que se habían retirado tarde a descansar tras una pequeña fiesta en la taberna?
- Sí, claro –asintió con total normalidad mientras la señora disponía el desayuno para él.
- Buenos días, muchacho –le dijo Flora sonriendo con la misma complicidad que su marido.
“¿Me había perdido algo? ¿Había algún mensaje oculto que no lograba ver?”
- ¿Te gustó la fiesta? –le preguntó el señor Heinrich guiñándole un ojo.- No dejaste de bailar con las muchachas –comentó mientras agitaba su dedo índice hacia él.
- Bueno... es verdad que pasé un rato agradable –respondió sin saber que decirles.- ¡Qué otra opción me quedaba! Si he permanecer aquí al menos procuraré hacer mi estancia lo más agradable posible.
- Ya lo creo. Pero, bueno, vamos a centrarnos en otro asunto. Esta mañana he salido temprano y he estado hablando con algunas personalidades del pueblo –comenzó diciendo mientras adoptaba un tono serio- ya me entiendes, muchacho.
- ¿Se refiere usted al alcalde? –se aventuró a preguntar mientras lo miraba con los ojos entrecerrados.
- Entre otros  -asintió el señor Heinrich-. He estado haciendo indagaciones y preguntando si no necesitaban a alguien a su cargo. Ya me entiendes –carraspeó mientras sorbía un trago de licor.
Jorg lo miraba con incertidumbre por lo que tuviera que decirle. Finalmente arrancó y se lo contó todo.
- Dado que por culpa de la nieve te has visto obligado a permanecer aquí varios días, y con ello no poder llegar a Frankfurt y perder tu empleo...-comenzó diciendo mientras lanzaba furtivas miradas a su esposa, quien permanecía junto a él.- Pues bien, el alcalde necesita a alguien que lo ayude con el archivo ahora que la persona que se encargaba de éste se ha jubilado. No es gran cosa, pero por ahora podrá servirte.
Jorg permaneció en silencio sin saber qué decirle al bueno del señor Heinrich. ¿Había entendido mal o le estaba, no mejor dicho, le había conseguido un empleo?
- Vamos muchacho di al menos que aceptas el empleo.
- Claro –logró decir.- Sólo que... ¿Me ha buscado un empleo? –le preguntó atónito.
- Es todo lo que podemos hacer por ti –afirmó de manera tajante
- Pero no deberían haber...-quiso hacerles ver, pero ambos se mostraron muy decididos.
- No se hable más. Iré a ver a Matthias y le diré que aceptas el empleo.
Jorg sacudió la cabeza. Estaba aturdido por todo aquello. ¿Tal vez el destino estuviera obrando de nuevo? ¿Tal vez no pueda escapar a éste, y haya decidido que permanezca en Bacharach de por vida?, se preguntó mientras permanecía en silencio, aturdido por todo lo que le estaba sucediendo en tan poco tiempo.
- Gracias, pero no debería haberse molestado –se apresuró a decirle.- Además, en cuanto pueda me gustaría ir a la ciudad –insistió tratando de hacerles ver que su intención no era permanecer en aquel pueblo.
- Oh, no deberías dármelas a mi –le comunicó sonriendo mientras movía su cabeza en sentido negativo.
- ¿Entonces? –le preguntó confundido.
El señor Heinrich sonrió mientras desviaba la mirada hacia el otro lado del comedor. Jorg la siguió con la suya propia hasta que se encontró con la reluciente mirada, y la dulce sonrisa de Ingrid, su hija, quien  recogía la mesa en esos momentos. Por unos segundos sintió que el pulso se aceleraba en su interior, y que le faltaban las palabras. Que en su garganta se había formado un extraño nudo, que le impedía tragar. Ingrid sonrió y al momento sus mejillas se tiñeron del color de las rosas en primavera, y se alejó aún con la sonrisa dibujaba en sus labios. Quería agradecerle su acto, pero estaba ocupada y no quería molestarla. Además, prefería estar a solas con ella, y no con sus padres observando. Decidió que lo haría más tarde, en la hora del cuento. Pero, ¿por qué se limitaba a sonreír él también? ¿Por qué de repente se le había ido de la mente la idea de marchar a Frankfurt? ¿Iba a aceptar el empleo del alcalde? ¿Deseaba quedarse en el fondo? Pero, ¿por qué se proponía permanecer en aquel idílico lugar?, se preguntaba mientras reflexionaba y su mirada buscaba de manera inexplicable la de Ingrid.
- Si te decides a quedarte podrías ir a decírselo. Su casa está dos calles más allá de aquí –dijo el señor Heinrich señalando a través de la ventana.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que Jorg no prestó atención a su indicación. De repente el rostro de la joven muchacha inundaba su mente y no conseguía apartarla de ahí. Lo cierto era que se estaba montando sus propias historias, y construyendo castillos en el aire sin motivo aparente. En un momento no pudo reprimir una sonrisa al pensar en sus fantasías, cuando se imaginó junto a Ingrid en aquel lugar. Juntos. Para siempre.
- ¿De qué te ríes muchacho? –le preguntó Heinrich mirándolo con el ceño fruncido.
Éste abandonó sus ensoñaciones por unos momentos ante el tono imperante del señor Heinrich. Luego, lo miró seriamente y le dijo:
- Me río por todo lo que me está sucediendo.
- Bueno, pero a la postre puede ser beneficioso para ti, ¿no crees? Anda a ver a Matthias –le aconsejó palmeándole en el brazo antes de dejar el comedor.
Si aceptaba la oferta del alcalde y trabajaba para él, entonces tendría que quedarse en Bacharach por una larga temporada. De lo contrario sería mejor que se marchara cuanto antes. ¿Qué haría? Se levantó de la mesa y entonces su mirada se volvió a posar en Ingrid, y su cabeza se hizo un lío.

Encaminó sus pasos por la calle central del pueblo hasta el lugar donde residía el alcalde. Era una casa con el tejado de pizarra y la fachada en color blanco, ribeteada de adornos en madera. Jorg entró sin llamar pues la puerta estaba entornada. Nada más hacerlo una voz le recibió.
- ¿Quién es?
- Busco al alcalde Matthias. Me envía...- No pudo finalizar su presentación pues al momento delante de él apareció un hombre en mangas de camisa sobre la que lucía un impecable chaleco negro.
- Yo soy Matthias –respondió fijando su mirada en Jorg.
Era un hombre corpulento de tez sonrosada y grandes bigotes. Sus cabellos eran grises y escasos. Frunció el ceño mientras lo contemplaba en silencio y tras asentir en varias ocasiones le tendió la mano en señal de bienvenida.
- Soy Jorg. Me envía...
- Sé quién te envía. Se bienvenido a mi casa. Pero vamos muchacho, no te quedes ahí o cogerás una pulmonía  – dijo haciéndole señas con su mano para que entrara. Jorg cerró la puerta a sus espaldas y caminó de manera cautelosa por el pasillo.- Martha. Martha –llamó el alcalde y al momento una hermosa mujer de cabellos rubios y ojos azules asomó por el pasillo.- Este es Jorg, el chico del que te hablé. Esta es Martha, mi mujer.
- Encantada Jorg –dijo mientras lo besaba en sendas mejillas.
- Prepara café. Jorg y yo tenemos que hablar –le dijo mientras indicaba un sillón junto al hogar.
Jorg accedió a su invitación y se sentó donde le indicó aguardando a que su esposa les llevara el café. En todo momento Matthias lo miraba y sonreía.
- De manera que la nieve te ha dejado atrapado en nuestro pueblo –comenzó diciendo mientras asentía.- Y que ellos te han impedido incorporarte a tu nuevo empleo –resumió mientras se frotaba el mentón.
- Veo que conoces mi situación.
- Heinrich ha sido muy amable en ponerme al día. Sí, conozco tu situación. Ah, aquí está mi querida esposa con el café –dijo levantándose de su sillón para coger la bandeja en sus manos.
El alcalde sirvió el café en ambas tazas y después le tendió a Jorg la suya.
- Bien, necesito a alguien que se encargue de echarme una mano con el papeleo. Mi anterior ayudante se ha jubilado, y no tengo a nadie. De manera que cuando Heinrich me contó tu situación le dije que estaría encantado en charlar contigo.
- La verdad es que no tengo trabajo en Frankfurt y dado que parece que pasaré algún tiempo aquí por culpa de la nieve...-le dijo algo desanimado por su situación. La verdad era que sus ambiciones no incluían un puesto de ayudante del alcalde de un pueblo perdido en el valle del Rhin. Pero, por ahora no cabía otra posibilidad.
- Entonces no se hable más –sentenció el alcalde dejando la taza sobre una mesa, y palmeándose la rodilla.- ¿Te viene bien empezar hoy mismo? –le preguntó arqueando sus cejas.
- ¿Ahora mismo? –repitió Jorg algo asombrado por la predisposición del alcalde.
- Bueno, si no quieres –dijo a continuación con una sonrisa.- Pero primero podemos charlar un poco de lo que te parece Bacharach. De los lugares que conoces, de sus gentes, y de sus muchachas –comentó con una sonrisa picarona.        
El muchacho no supo que responderle en un primer momento ya que de repente se acordó de Ingrid y de cómo se había sonrojado cuando la había mirado momentos antes en el comedor de la posada. Ingrid...
- Lo cierto es que Heinrich ha sido muy amable enseñándome el pueblo   
- Ayer noche estuvisteis bailando con su hija, Ingrid –le dijo con toda intención antes de llevarse el borde de la taza a sus labios y sorber un poco de café. Al ver que no respondía lo miró y sonrió.- ¿Te gustó?
- ¿Cómo dice? –exclamó algo aturdido por su pregunta mientras sentía una ola de calor invadir su cuerpo y asentarse en su rostro. Debía parecer un colegial a ojos de aquel hombre.
- Me refiero a lo que has visto del pueblo –repitió esta vez con una voz pausada y sonriendo de manera ladina.
- Maravilloso. Idílico. Como sacado de un cuento de los hermanos Grimm.
- ¿Has subido hasta el albergue?  –le preguntó abriendo sus ojos hasta su máxima expresión y dejando de nuevo la taza sobre el plato que había en la mesa.      
- No. ¿Por qué? –le preguntó confundido e intrigado sin apartar su mirada de él.
- Contemplarás unas vistas increíbles del valle del Rhin. Maravilloso, espléndido, Pero cuidado esa belleza que puedes observar desde lo alto es traicionera como ella misma. Las rocas escarpadas han sido testigo de numerosos naufragios.
- Me di cuenta que es una zona rocosa y escarpada con grandes salientes cuando venía en el tren desde Colonia. Los barcos que navegan por el Rin no deberían acercarse demasiado a la orilla –precisó mientras cada vez se sentía más a gusto conversando con el alcalde. Éste sonrió mientras se inclinaba sobre el hogar para atizar las brasas para que desprendieran más calor.
- El mayor peligro no han sido siempre las rocas –dijo muy seguro mientras se incorporaba y regresaba a su asiento.
- ¿Ah, no?
- No. Apuesto a que alguien como tú conoce la historia de Ulises y las sirenas –le preguntó mientras entrecerraba los ojos y lo miraba fijamente.    
- ¿Y quién no? –respondí con una pregunta que denotaba cierta sorpresa.
- ¿Te apetece escuchar una historia que sucedió hace siglos en este lugar?.
- Por supuesto. Será un placer –asintió- Pero, dime, ¿también tú eres un experto en relatos y cuentos como el posadero y el maestro? –le preguntó perplejo por este hecho.
Le sonrió y asintió.
- Somos muchos en el pueblo los que contamos historias. No hay nadie en Bacharach que no pueda contarte alguna en algún momento.
- Es curioso y a la vez increíble –murmuró en voz baja mientras una idea comenzaba a bullir en su mente. ¿Por qué no recopilar las historias de aquellas gentes y ponerlas por escrito? Darlas a conocer al público lector.
- Entonces escucha cual era el mayor peligro para los barcos.
Jorg miró al alcalde intrigado por lo que fuera a contarle, mientras éste apuraba su café. Después se aclaró la voz y tras acomodarse en su sillón cruzó sus manos sobre su regazo y comenzó su relato:

En esta tierra bañada por el Rin, y cuyas colinas están pobladas por viñedos las escarpadas rocas tienen su propia historia. En torno a éstas se han tejido las más diversos relatos y leyendas, pero sin duda alguna la más famosa es la que hace referencia a Loreley. Se dice que los patrones de los barcos hacen una especie de reverencia cuando cruzan el Rin por delante de ésta para pedirle protección para su navío. Al igual que los inquietos críos, las olas rompen contra los acantilados produciendo un ligero arrullo, y su espuma brilla a la luz de la luna cual estelas de plata. Se dice que cuando las olas chocan contra la piedra puede escucharse aún el lamento de Loreley. La hermosa pero traidora ninfa vestida toda de blanco con una corona de estrellas ceñida sobre sus cabellos. Loreley solía sentarse en las rocas y cantar bellas melodías hasta aquel fatídico día en el que desapareció.

El alcalde poseía el mismo don que los demás cuentistas: sabía como mantener el suspense y la emoción en todo momento, y como provocar en el oyente ese deseo de querer conocer más. Entornó su mirada y cogiendo la cafetera se sirvió un poco más de café. Luego se la tendió al muchacho para que se sirviera si tal era su deseo.

Mucho tiempo había pasado, cuando una noche Loreley descendió de las colinas acompañada tan solo por su fiel y muda compañera: la luna. Ésta arrojaba su haz de luz sobre el verde de las colinas iluminando una especie de sendero por el que Loreley caminaba. Después de sentarse sobre las rocas, la luz se aposentaba de manera plácida y suave sobre la hermosa criatura vestida toda en color blanco. Sus rizos flotaban sobre sus hombros cubriéndolos como una especie de manto real, y dándole la apariencia de una divinidad. ¡Pobre de aquel marinero que cruzara por delante de ella aquella noche! Como aquel antiguo marinero griego atraído hacia las rocas por los hermosos cantos de las sirenas, y que apunto estuvo de perder su alma entre los rocosos acantilados. Olvidándose de todo lo demás, se dirigiría hacia ella con el firme propósito de alcanzarla, pero las celosas olas conducirían su nave hacía una más que segura muerte. Las rugientes aguas del Rin ahogarían los gritos y los lamentos de los que nunca más se volvieron a ver. Pero la virgen a quien nadie jamás había conseguido acercarse, continuaba cada noche cantando de manera lenta, suave y mágica hasta que desaparecía en la oscuridad, y se desvanecía con las primeras luces del alba.

Matthias convino en hacer otra breve pausa, mientras su mirada permanecía fija en las llamas que ahora habían brotado de los rescoldos. Jorg miraba fijamente su rostro iluminado precisamente por las llamas. Parecía estar concentrado en éstas como si fueran las transmitirle la historia. Estaba absorto en el fuego y llegué a pensar que el relato había concluido cuando de repente, prosiguió:          

Ronald era un joven orgulloso y el más valiente guerrero en la corte de su padre, el conde del Palatinado del Rin. Había oído hablar del encanto y de la divinidad de Loreley y su pecho ardía de emoción con la sola idea de ir a su encuentro. Con la disculpa de ir a una cacería, abandonó la corte y consiguió un barco con el que se dirigió hacia esta parte del Rin. Anochecía ya sobre el valle cuando se acercaron hasta el lugar donde Loreley solía sentarse a cantar. El sol ya se había escondido tras las montañas y un silencio aterrador rodeaba esta región. El cielo comenzó a llenarse de puntos luminosos que emitían sus destellos como aviso del peligro, que cernía al joven Ronald. ¿No podían tratarse de una especie de ángeles de la guarda del joven Ronald?.
Su mirada se dirigió hacia éstas durante algunos momentos en lo que pareció olvidarse de su propósito. Hasta que el grito ahogado del marinero lo despertó.
- ¡Loreley! ¿La veis? –le preguntó al joven muchacho.- ¿Veis a la encantadora?
La única respuesta fue un leve murmullo que dejó escapar por sus entre abiertos labios. Abrió los ojos hasta su máxima expresión. ¡Sí, allí estaba! Era ella. La criatura más hermosa que jamás había visto. Con sus dorados cabellos resplandeciendo a la luz de la luna, y flotando como filamentos de oro bruñido.

Estaba sentada sobre las rocas peinándose sus cabellos mientras diversos haces de luz la iluminaban revelando sus encantos a los dos hombres. De repente abrió sus labios para dejar escapar una leve y suave melodía que envolvió al joven Ronald. Loreley lo vio al momento. Sus ojos fijos en ella. Pudo percibir lo que sentía hacia ella y que no era otra cosa que admiración, devoción, amor... El joven Ronald no fue consciente de la bruma, de las olas, y de las rocas. Sólo veía a aquella figura sentada sobre las rocas que parecía llamarlo a sus brazos.
Un grito de desesperación se escuchó entre las rocas... y las olas suspiraron y se abalanzaron furiosas sobre el cuerpo sin vida del joven Ronald.
           
Matthias se quedó callado como si pareciera que estuviera viendo en esos momentos el cuerpo del joven Ronald en las llamas. O como si en verdad sintiera su muerte. Al cabo de breves segundos, retomó la narración.

Las noticias de la muerte de Ronald pronto llegaron a la corte, y su padre se vio sobrecogido por la pena y el dolor. Ordenó que la falsa encantadora le fuera entregada viva o muerta.
Al día siguiente un navío zarpó con rumbo al Rin capitaneado por cuatro valientes guerreros. El líder de éstos miraba con angustia hacia las rocas, donde había perecido el joven Ronald, y que ahora parecían sonreírle y burlarse de él. Había solicitado permiso al conde para eliminar a la diabólica seductora arrojándola desde lo alto de los acantilados. Allí, en el fondo del Rin encontraría la muerte y él su venganza. Las luces del día comenzaron a ocultarse tras las montañas y las colinas. La roca estaba rodeada en esos momentos por los camaradas más aguerridos de Ronald. Y ahora comenzaban a escalar la montaña en dirección a su cima en la que aparecía una misteriosa bruma dorada. De repente un rayo de luz surgió envolviendo a la ninfa, quien apareció peinándose sus cabellos. Tomó un collar de perlas de su pecho y con gran delicadeza se lo puso sobre su cabeza. Luego lanzó una mirada hacia los hombres, que se acercaban a ella con ciertos signos de amenaza.
- ¿Qué buscan en esos lugares los débiles hijos de la Tierra? –preguntó sin a penas mover sus sonrosados labios.
- ¡A ti, hechicera! –gritó el líder enrabietado.- ¡Hemos venido a arrojarte a las aguas del Rin!
Una risa que hizo eco entre las rocas se dejó escuchar por encima de las montañas.
- Oh, el propio Rin vendrá en mi busca si se lo pido –replicó la ninfa.
Entonces, inclinando su delicado cuerpo sobre el precipicio bajo sus pies, arrojó con gesto de triunfo las joyas de su frente, mientras cantaba en voz baja:
- Ven por mí, ven por mi padre querido. Manda a buscarme desde las limpias aguas, que yo marcharé sobre las olas y el viento.
En ese momento se desató una tempestad y el propio Rin se alzó cubriendo las rocas con espuma. Dos gigantescos tentáculos se alzaron de las profundidades y se llevaron a la ninfa hacia lo más profundo de sus aguas ante la atónita mirada de los hombres. Los aterrorizados guerreros del conde regresaron para narrarle lo sucedido. Ronald, cuyo cuerpo por azar había traído una ola hacia la orilla del río, fue llorado por toda la región. Desde aquel momento, nunca más se volvió a ver a Loreley. Y sólo cuando la noche arroja su manto oscuro sobre las colinas, y la pálida luz de la luna tiende un puente de plata sobre el verde valle, entonces la dulce y suave voz  de una mujer se escucha entre las rocas.

- Loreley ha desaparecido pero su encanto aún pervive. Puedes encontrarla, oh tú viajero -dijo el alcalde mirando a Jorg fijamente- en la mirada de cada una de la jóvenes que habitan a orillas del Rin. En sus sonrosados labios, en sus pálidas mejillas. Allí la encontrarás. Y harás bien en armar a tu corazón, en cubrir tus ojos, o en reforzar tu voluntad. Como bien dijo en una ocasión un poeta del Rin, querido hijo mío, ten cuidado con el Rin. Loreley ha desaparecido, pero su encanto aun pervive –concluyó  mientras asentía de manera firme y convencida y llevaba su taza de café a los labios.
- ¿De verdad crees que Loreley habita en las muchachas del Rin? –le preguntó un más que intrigado Jorg.
- ¿Acaso tú no? –le respondió sonriendo con toda intención.
Abrió la boca para decir algo pero las palabras no le salieron. Al momento, sin saber como ni porqué la imagen de Ingrid cruzó su mente como un relámpago una vez más. ¿Sería posible que ella fuera el fiel reflejo de Loreley? ¿Y que él fuera como los marineros que se acercaban a la orilla del Rin?. Vio que el alcalde se incorporaba de su sillón, mientras él aún permanecía sentado dándole vueltas en mi cabeza al relato y a su posible significado. ¿Qué relación podía tener el muchacho con antiguas leyendas? ¿Acaso era  una especie de marinero que había llegado a Bacharach atraído por una mujer? ¡No! Pero era cierto que desde el momento que había visto a Ingrid, no había podido apartar su mirada de ella. Y como una especie de hechizo aún permanecía en el pueblo.
- Ven conmigo y te enseñaré tu despacho –le dijo indicándole el camino.
Jorg siguió al alcalde por el pasillo hasta la puerta. Cogió su abrigo que estaba colgado en el perchero de la entrada y tras ponérselo se echó una bufanda alrededor del cuello. Abrió la puerta y ambos salieron de nuevo a la nieve. La temperatura era agradable. No hacía nada de frío debido a la nevada.
- Dime Matthias, ¿nadie se ha preocupado por recoger por escrito todas estas historias?
- Pues claro que no.
- ¿Por qué?
Matthias se detuvo en mitad de la calle se volvió.
- Porque es imposible recopilar todas y cada una de las historias que acontecieron a lo largo de la Historia en este lugar. Tal vez estemos hablando de decenas o cientos o miles de ellas –respondió mientras se volvía y encaminaba sus pasos a la alcaldía.
- ¿Qué me dirías si yo me encargara de hacerlo?
Matthias se giró para centrar su mirada de nuevo en el muchacho. Entrecerró sus ojos hasta convertirlos en dos puntos diminutos y brillantes que parecían querer leer el pensamiento de Jorg.
- ¿Estás seguro?
- Si la gente me da su permiso.
Matthias asintió complacido ante tal propuesta.
- Sería una magnífica idea. De ese modo pasarían de generación en generación sin que con ello se olvidaran.
- Entonces no se hable más –le dijo animado por tal empresa que pretendía llevar a cabo.- Por su puesto, ese trabajo lo haré en mis horas libres.
- Como quieras muchacho –dijo mientras abría la puerta de la alcaldía y penetraban en esta.
Sin saber como ni porqué Jorg acababa de dar un giro de ciento ochenta grados a su vida. Había aceptado un empleo en la alcaldía de un pueblo del valle del Rhin, y además se proponía recoger las leyendas y cuentos de aquellos parajes. No sabía a ciencia cierta en qué acabaría todo aquello pero, lo cierto es que se encontraba más animado que el día anterior, y que aquella mañana al levantarse. De repente Frankfurt y el empleo que le habían ofrecido allí le parecieron lejanos, y sin atractivo alguno.


Cuando por el mediodía regresó a la posada para el almuerzo y encontró a Ingrid no pudo evitar mirarla fijamente y pensar en la historia del alcalde. Y cuando ella se acercó a él no pudo creer que fuera verdad.
- ¿Te ocurre algo, Jorg? –le preguntó con voz dulce y musical mientras su mirada parecía leerle el pensamiento.- ¿Por qué me miras de esa manera?
El muchacho sacudió la cabeza desechando las ideas del relato del alcalde y se burló de sus absurdas conjeturas.
- Oh, nada. Estaba pensando...
- ¿En Loreley? –le preguntó provocando en él un sobresalto.
Por un momento pensó que ella era en verdad capaz de leer la mente de las personas; y que al igual que el personaje del relato del alcalde poseía poderes. La miró con una mezcla de asombro y temor, pero al momento su sonrisa dulce y cautivadora lo tranquilizaron un poco. Aunque lo que finalmente lo hizo fueron sus palabras.- Matthias estuvo aquí y me dijo que te había contado esa historia –dijo sonriendo.- ¿Te la has creído? –le preguntó con un toque burlón.
- Bueno... eh... la verdad es que... –pero sus palabras dejaron de salir por su boca en el momento que ella se acercó aún más a él mientras sus ojos claros centelleaban.- No lo sé –susurró sintiéndose atraído por aquella hermosa muchacha como Ronald lo había sido por Loreley. Sólo esperaba no correr su misma suerte, se dijo mientras bromeaba con Ingrid.- Claro que no...
Ella lo miró de una manera extraña que provocó un escalofrío en su cuerpo. Se inclinó sobre él para susurrarle de manera cautivadora:
- Puedes contemplarla en la mirada de las muchachas de estos parajes.
Cuando se apartó las miradas estaban separadas por escasos centímetros, al igual que sus bocas. De repente, Jorg sintió un extraño deseo de probar aquellos labios tan tentadores y carnosos, que ahora se entreabrían.
Ingrid se marchó dejándolo solo con sus pensamientos, los cuales ahora mismo se mostraban extremadamente confusos. ¿Acaso Ingrid era la imagen de Loreley? ¡Por todos lo santos, pues claro que no! Pero lo cierto era que sin saber como ni cuando Ingrid comenzaba a ejercer cierto poder de atracción sobre él. ¿Era ficticio o real?

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