1 sept. 2011

El emblema de los Estuardo

 Aquella gris y húmeda tarde en Edimburgo me encontraba paseado por la New Town, y en concreto por Victoria Street, calle muy conocida por ser de dos niveles, cuando me detuve en una librería anticuaria. Necesitaba encontrar algunos ejemplares de la historia de los clanes escoceses, para una investigación que tenía en curso. Empujé la puerta, y lo primero que captó mi atención fue la cascada de estrellas plateadas que colgaban del techo, y que al abrir la puerta acariciaban los oídos de todo aquel que la atravesaba con un encantador tintineo musical. A mano derecha sobre un pequeño mostrador de madera deslustrada se hallaba el dueño. Éste levantó la vista por encima de sus gafas y me saludó con una sonrisa y un movimiento de cabeza. Era un hombre entrado en años con el pelo encanecido. Su rostro estaba surcado por numerosas arrugas que le daban un aspecto apergaminado. La librería, por otra parte, era estrecha pero muy larga como si de un pasillo se tratase. A ambos lados se erguían numerosas estanterías que iniciaban su ascenso en el suelo hasta culminar en el techo. Una pequeña escalera de tres peldaños reposaba junto a una de ellas, por si alguien necesitaba encaramarse sobre ella para alcanzar algún ejemplar. No tuve ninguna prisa en localizar la sección que contenía los libros sobre la historia de Escocia. Es más casi me recreé mirando algunos ejemplares literarios de escritores escoceses. Allí había ediciones de Jane Porter, Robert Burns, Robert Louis Stevenson, y por supuesto, el bardo del Norte, apelativo cariñoso con el que se conocía a Walter Scott. Allí se encontraban sus Waverley Novels, cuyas descripciones sobre la vida de los clanes escoceses en el siglo XVIII podrían considerarse como inigualables para un escritor de su tiempo, y que en poco o nada tienen que envidiar a la historiografía. Pronto encontré lo que andaba buscando. La sección de libros de historia, y en concreto la historia de las Highlands o Tierras Altas era la que más interés despertó en mí. Tras pasar un largo rato leyendo las portadas y contra portadas de varios libros me decidí por varios de ellos. Al acercarme al mostrador donde el dueño no había levantado la cabeza del artículo que estaba leyendo en la media hora que yo había pasado en la librería. Me volvió a sonreír y al ver cuales eran los libros que había elegido me preguntó con el acento cerrado propio de Escocia.

- ¿Le interesa la historia de las Highlands?
- Sí, sin duda. Estoy interesado en todo lo que tenga que ver con los clanes escoceses durante el siglo XVIII.
- Un siglo bastante tumultuoso –dijo mientras tomaba nota de los precios marcados en la primera página.
- Sí, es verdad.
- ¿Conoce la historia de las rebeliones?
- Por supuesto –asentí muy seguro de mi respuesta.- Sin duda alguna debió de ser bastante emocionante ver a todos los clanes reunidos en Glenfinnan en respuesta a la llamada del príncipe Estuardo, ¿no?
El librero me miró otra vez por encima de sus minúsculas gafas y frunciendo el ceño me dijo:
- Apuesto a que usted es uno de esos que piensa que los clanes siempre permanecieron tan unidos como en las rebeliones de los Estuardo.
No supe que responder pues su deducción me dejó sin aliento. Cuando por fin reaccioné me limité a preguntarle cuanto eran los libros.
- Veinte libras.
Saqué un billete de veinte libras algo usado con la cara de Walter Scott impreso en el anverso del mismo, y se lo entregué al hombre.
- Si tuviera tiempo me gustaría contarle una disputa que acaeció en aquellos días de infausto recuerdo para nosotros.
El librero me sorprendió una vez más con sus comentarios y lo único que pude decir fue que sí.  Entonces el hombre cogió una silla que había detrás del mostrador y me la ofreció como asiento. Cuando estuvimos acomodados me miró seriamente y me dijo:
- Esta historia no la encontrará en esos libros –dijo refiriéndose a la bolsa que contenía los cuatro ejemplares que acababa de comprarle.- No la encontrará en ningún libro especializado en el tema.
- ¿Por qué? –pregunté intrigado.
- Porque se ha ido transmitiendo de manera oral de padres a hijos desde los tiempos del último Estuardo.
- ¿Y nadie se ha molestado en ponerla por escrito? –pregunté mostrando interés por el tema.
- Nadie lo ha hecho. Tal vez tú quieras hacerlo cuando la hayas escuchado, y si consideras que merece la pena.
Asentí mientras entrecerraba mis ojos imaginándome escribiéndola a mi regreso de Edimburgo. Me encontraba dándole vueltas en mi cabeza a la propuesta de aquel hombre cuando de repente comenzó su narración:

Sucedió en los días previos a la rebelión de 1745 cuando  el príncipe Carlos Eduardo Estuardo último descendiente de tan magnánima dinastía recaló en la pequeña y remota isla de Moidart procedente de Francia, donde había permanecido exiliado. Su llegada había sido debidamente anunciada a todos sus partidarios. Allí acudieron los principales jefes de los clanes más poderosos. El príncipe sentía predilección por el clan Cameron el cual había apoyado a su padre treinta años antes durante la primera rebelión contra los ingleses. Es más en agradecimiento a su valor y a su lealtad Jacobo Estuardo había nombrado al clan Cameron guardián del emblema real de los Estuardo. Pronto corrió la voz de que el príncipe solicitaba el apoyo de todos los clanes habitantes de las Highlands, para que acudieran hasta el valle de Glenfinnan donde le presentarían sus respetos, y lo reconocerían como el legítmo rey de Escocia e Inglaterra. Durante su estancia en Moidart el príncipe se alojó en una pequeña cabaña propiedad de un seguidor de la causa de los Estuardo. Estando allí alojado recibió la visita del jefe del clan McDonald. Al verlo, el príncipe corrió a saludarlo con un fuerte abrazo. Angus tal era el nombre del citado jefe, mostró sus respetos al príncipe y le expuso su parecer. Angus era un tipo alto y fuerte de cabellos y barba rojizos. Vestía el traje típico de los escoceses e iba acompañado por sus hombres de confianza.
- ¿Estáis solo?
- Conmigo han venido mis amigos más cercanos, Tullibardine, Sheridan, O’Sullivan entre otros –respondió el príncipe.
- ¿Nada más? ¿No traéis el apoyo de Francia? –le preguntó extrañado Angus
- Lo espero para dentro de unos días. Mientras tanto me gustaría contar con la inestimable ayuda de los clanes.
Angus lo miró con gesto serio mientras asimilaba las palabras del príncipe quien en todo momento parecía entusiasmado con su misión.
- Tú puedes reclutar a muchos hombres –le dijo el príncipe Estuardo.- Muchos de los clanes de las montañas están adscritos al clan McDonald. Los Wilkinson, MacCurie, MacConnall, Leitch, MacAllan, Gowan, Galbraith y muchos más –enumeraba el príncipe cuya voz se emocionaba con cada uno de los nombres que mencionaba.
- Es cierto príncipe. A una orden mía tendré a mi disposición a más de dos mil Highlanders dispuestos a seguirme.
- Entonces ya puedes dar la orden para que acudan el día diecinueve a Glenfinnan.
- Está bien. Lucharán para vos si accedéis a mi petición.
- Lo que me pidáis Angus.
- Entonces los McDonald portaremos el estandarte con el emblema de Escocia.
El príncipe se mostró turbado por aquella petición.
- Pero... le corresponde a los Cameron llevar dicho emblema. Mi padre se lo entregó antes de partir a Francia después de la batalla de Sheriffmuir. Yo no puedo contradecir la voluntad de mi padre.
- Entonces los McDonald y los clanes afines a ellos no lucharán por vos –respondió tajante Angus.
- Pero... habrá otra manera de convenceros para que me apoyéis. 
- No. Es mi última propuesta. Os ayudaremos a recuperar el trono de Inglaterra si vos nos entregáis el estandarte de los Estuardo.
Con estas palabras se despidió del príncipe Carlos el jefe del clan Cameron. Como es lógico el príncipe quedó sumido en una gran preocupación pues para complacer a un clan debería perjudicar a otro clan. Los Cameron habían sido los más fieles aliados de su padre y pedirles que rindieran el estandarte de la casa de Escocia para complacer a los McDonald se le antojaba una tarea algo complicada.
- ¿Perjudicaréis a los Cameron sólo por satisfacer las ansias de poder de los McDonald? –le preguntó el marqués de Tullibardine con gesto serio.
- ¿Y qué puedo hacer? –le preguntó el príncipe encogiéndose de hombros.- Necesito el apoyo de los clanes para tomar el trono que por derecho me corresponde. Y los McDonald son el clan más poderoso de toda las Highlands, más incluso que los  Cameron.
- ¿Estáis dispuesto a enfrentaros a vuestro viejo amigo Cameron de Lochiel con tal de tener a los McDonald en vuestro ejército?
El príncipe Estuardo se giró de repente y mirando fijamente a los ojos a Tullibardine le respondió:
- Haré lo que sea necesario.

- ¿Y lo hizo? –le pregunté al librero mientras este paraba para beber un poco de té que había servido en dos pequeñas tazas de porcelana, y que se encontraban depositadas sobre una pila de libros que hacían las veces de mesa.
- Esperad un poco y lo sabréis –me respondió volviéndome a mirar por encima de sus gafas mientras esbozaba una sonrisa.

Al día siguiente de su reunión con Angus McDonald el príncipe recibió la visita de su gran amigo y valedor Cameron de Lochiel. El viejo jefe del clan era un leal servidor de la familia Estuardo. Había luchado al lado del padre del príncipe en la rebelión de 1715, y pocos años después en la de 1719. No dudó ni un solo instante en acercarse hasta Moidart para presentar sus respetos a Carlos Estuardo ante quien se inclinó nada más verlo.
- Majestad –dijo haciendo una reverencia mientras se despojaba de su gorra con la escarapela blanca distintivo de los partidarios de los Estuardo.
- Mi buen amigo Cameron. Cuánta alegría poder veros.
- En cuanto recibí las noticias de vuestra llegada me puse en camino para llegar lo antes posible a Moidart. Decidme, ¿es verdad que estáis convocando a todos los clanes de Escocia para luchar contra los ingleses del rey Jorge de la casa de Hannover?.
- Es verdad. Espero a todos los habitantes de las Highlands el día dieciocho en Glenfinnan.
- Contad con los Cameron señor. Estarán orgullosos de servir a los legítimos soberanos de Inglaterra, Gales y Escocia. Desfilaremos por los valles y las montañas portando el estandarte de la casa real de los Estuardo –dijo lleno de emoción Cameron de Lochiel.
Pero el rostro del príncipe se tornó triste. Sabía que debía pedirle un gran favor a su viejo amigo y no sabía como decírselo.
- Hay algo que tengo que pedirte Cameron –comenzó diciendo Carlos Estuardo.
- Pedidme lo que sea señor. Tanto mi clan como yo somos vuestros más humildes servidores.
- Quiero que me entreguéis el estandarte que os confirió mi padre.
- ¿Cómo? ¿Nos consideráis a los Cameron dignos de tal honor?
- Sí, por supuesto. Nunca dudaría de vuestra lealtad y vuestro honor –le dijo poniendo su mano sobre el hombro de Cameron.
- ¿Entonces? –le preguntó extrañado el viejo jefe del clan.
- Los McDonald han solicitado ser ellos los que porten el estandarte hasta Glenfinnan para después izarlo y proclamarme rey de Inglaterra, Gales y Escocia.
- Malditos sean los McDonald –dijo entre dientes Cameron apartándose del príncipe.- ¿Y vos se lo habéis prometido?
- Necesito su apoyo para invadir Inglaterra entiéndelo –le dijo el príncipe en tono de súplica.
- El estandarte de los Estuardo ha permanecido durante casi treinta años en poder del clan Cameron. Vuestro padre nos lo entregó para salvaguardarlo antes de huir a Francia. Y ahora vos nos lo quitáis para dárselo a los McDonald.
- Es necesario para...
- Sí es el precio que debéis pagar para contar con su apoyo en esta empresa.
- Soy el príncipe Carlos Estuardo. Me debes obediencia Cameron no lo olvides.
Cameron miró fijamente al príncipe con semblante serio, aunque cuentan los que lo vieron que sus ojos se empañaban por las lágrimas fruto de la rabia y la impotencia que sentía en aquel momento.

- ¿Entregaron el estandarte a los McDonald, finalmente? –le pregunté deseoso de conocer el final.
- Pues claro. El príncipe no podía negarse a cumplir las peticiones del clan McDonald. Justo el día antes de la reunión en Glenfinnan una delegación del príncipe acudió al territorio que ocupaba el clan Cameron para solicitar el estandarte. Acudieron temprano cuando la bruma no se había disipado aún, y las montañas aparecían cubierta por una espesa capa de niebla. Cuando el rocío apenas había dejado su impronta huella en la tierra. Cuando el vapor de los arroyos aún no había alcanzado su cota más elevada, y el  día aún no había clareado. Cuando los miembros del clan Cameron aún dormían en sus cabañas de barro y pajas. Un día triste para el clan Cameron. Contemplaron con impotencia como el estandarte de los Estuardo, que durante tantos años había quedado bajo su guardia y custodia, y que habían portado con orgullo en la rebelión de 1719, abandonaba sus tierras para no regresar nunca.
- ¿Y qué pasó con Cameron de Lochiel? Tengo entendido que acudió a Glenfinnan con sus hombres, y que posteriormente peleó en defensa del príncipe contra los ingleses.
- Así es. Y no sólo eso sino que además los Cameron fueron los primeros en entrar en combate en Prestonpans. Cargaron contra las líneas inglesas como si nada hubiera pasado.
- ¿No se enfrentaron a los McDonald? –pregunté sorprendido.
- No sólo no se enfrentaron a ellos, sino que lucharon codo con codo en defensa del príncipe. 
- Pero... ni siquiera una simple pelea por el estandarte.
- Ni una sola. Los miembros de ambos clanes se dieron cuenta de que si le seguían el juego a sus jefes acabarían enfrentándose entre ellos. Y eso es algo que ninguno quería. Escúchame bien. Muchas veces los jefes de los clanes enredaban a sus miembros de tal manera, que hacían creerles que otro clan quería arrebatarles las tierras o el ganado. Pero siempre había alguien más listo que ellos para reconducir la situación. Imagino que el final de la rebelión la conocerás, de modo que no voy a aburrirte más.
- No puedo creer que al final de todo ambos clanes no se enfrentaran –le dije incrédulo.
- No cayeron en el juego de sus jefes. Fueron lo bastante listos como para no dejarse engañar. Espero que te haya gustado.
- Ya lo creo. Es un relato que desconocía.
- Como te comenté de ti depende transmitirlo por escrito a la gente –me dijo esbozando una vez más su sonrisa, y volviéndome a mirar por encima de sus gafas.
Cuando abandoné la librería y caminé en dirección a Grassmarket, plaza donde durante varios siglos se ajusticiaba a los condenados a muerte, iba dándole vueltas en la cabeza a la idea de poner por escrito lo que aquel sabio hombre me había relatado. Y aquí está. Una vez terminado voy a ponerme en contacto con él para hacerle llegar una copia. Espero que mis palabras hayan plasmado el fiel reflejo de su narración.

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