7 sept. 2011

El cardo y la rosa

Aquella mañana de comienzos de octubre del año... mis pasos se encaminaron sin saber porqué a la posada de Fife. El tiempo era desapacible como de costumbre por estos lugares. El viento soplaba fuerte y en ocasiones dificultaba en gran medida avanzar. De manera que decidí buscar refugio. Cuando penetré en la taberna apenas si había cinco personas degustado alguna clase de bebida. Qué diferencia verla de esa guisa. En nada se parecía al bullicio que se formaba cuando a eso de las cinco el antiguo farero de la costa de Fife acudía a su puntual cita con su audiencia para deleitarla con uno de sus múltiples relatos. Me acerqué a la barra donde el de inmediato fui reconocido por el tabernero. Nunca he hablado de este personaje, pues no es él el auténtico protagonista de estas crónicas. Sin embargo, para hacerle justicia diré que es un hombre bastante afable. Siempre tiene esa expresión de complicidad que hace que uno se aproxime a él para consultarle cualquier cosa. Lleva más de diez años regentando el negocio junto a  su esposa. Desde que Jarvis empezó con su particular narración de cuentos su caja se ha visto aumentada ostensiblemente. Es por ello que siempre que el buen farero le solicita algo de beber o de comer siempre se lo sirve con gusto. Me disponía a tomarme mi café caliente y humeante cuando divisé la encorvada silueta de Jarvis sentado a una mesa. Se me hizo raro no verle en su butaca junto al calor de la lumbre como solía hacerlo por las tardes. Titubeé unos segundos sobre si acercarme o no. No estaba seguro de si mi presencia podría importunarle. Finalmente me armé de valor y decidí acudir junto a él. Estaba ensimismado en un montón de legajos  escritos a mano, de manera que no se percató de mi presencia hasta que no hube carraspeado para llamar la atención. Jarvis levantó la vista de los papeles y se me quedó mirando pensativo intentando encajar mi rostro en algún sitio. Entrecerró sus diminutos ojos y después de varios segundos de duda me indicó que me sentara en la silla vacía que había frente a él. Agradecí su gesto asintiendo con la cabeza. No me había sentado y depositado mi taza de café cuando Jarvis me dijo en tono directo:
- Sin duda eres el oyente que todas las tardes permanece apostado sobre la barra escuchando mis relatos. Siempre pide la misma taza de café, que sorbe con tragos cortos, mientras toma notas en un cuaderno que extrae de su cartera de piel. Esa que ahora porta –dijo señalando a mi vieja y roída cartera de piel que yo había emplazado junto a la silla.
- Vaya, nunca podía imaginar que mientras cuenta sus historias se pudiera fijar tanto en la gente.
- Sólo en aquellos que día tras día siguen con sus mismas costumbres. Uno llega a familiarizarse con ellas.
- Me gustaría expresarle mi más profunda admiración por sus relatos.
- No son nada. Sólo historias... –dijo restando importancia a su labor.
- Pero debe reconocer que posee una memoria privilegiada. Recordar todos esos datos, personajes, hechos. Sin duda alguna...
-...sin duda alguna son ficción. Es cierto que los hechos ocurrieron tal y como los cuento; pero no es menos cierto que los aderezo con ingredientes de mi propia cosecha.  El relato oral puede experimentar diversas modificaciones, pese a que su trama sea la misma. Por ejemplo, yo podría iniciar un relato diciendo que “era un día nublado y lluvioso cuando Murray Campell despertó aquella mañana”. Sin embargo, si usted lo contara podría alterar la climatología, y decir que era un día soleado. ¿Entiende lo que digo? –me preguntó mirando por encima de sus gafas y enarcaba las cejas.
- Creo que sí. Depende del narrador que el relato tenga una u otra forma.
- Exacto. ¿Conoce el refrán ese que dice que cada maestrillo tiene su librillo?
Asentí pues en ese momento estaba sorbiendo de mi taza.
- Pues aplíquelo en este caso.
- Pero, dígame ¿de dónde saca tantas historias? –pregunté esperando que me revelara su secreto.
Jarvis sonrió con malicia antes de responder a mi pregunta.
- De la propia historia.
- ¿Hay algo de autobiografía en sus relatos?
El farero volvió a sonreír.
- Creo que hace demasiadas preguntas. Verá todos los relatos contienen algo de la persona que lo escribe o lo cuenta, pero eso no indica que lo narrado sea del todo real.
- Comprendo. ¿Y dígame cuál será su próximo relato?
- Estaba echando un vistazo a estos viejos papeles decidiendo cual debía contar –me dijo señalando el conjunto de papeles viejos y arrugados.
- ¿Es esta la  fuente de la que extrae sus relatos? –le pregunté tomando alguno de los manuscritos que me tendía.
- No puedo retener en mi memoria todos las historias. Alguna vez he de inspirarme en algún hecho.
Repasé con mi vista algunas de las historias allí escritas pero no encontré una que me llamara la atención. De modo que le sugería que continuara con la historia que había comenzado el día anterior.
- Quiere que le cuente cómo qué fue de Murray Campbell después de lo de Glencoe? –me preguntó extrañado.
- Sí, me complacería.
- Está bien. Entonces póngase cómo –me dijo mientras extraía su vieja pipa de madera y la encendía. Se reclinó sobre la silla y al momento los pocos clientes que había en la taberna se aproximaron en cuanto vieron que el farero hubo encendido su pipa. Era señal inequívoca de que iba a relatar una historia.

“Cuando Murray, evitaré su apellido ya que desde lo de Glencoe había decidió renegar de él, terminó de enterrar a todos los miembros de los Macdonald emprendió el camino en solitario hacia las montañas altas. Allí permaneció oculto por algún tiempo hasta que todo hubiera pasado. Sin embargo, la situación en Escocia no era la más óptima. El heredero al trono Jacobo Estuardo había sido expulsado del trono hacía tiempo, y sus seguidores no estaban por la labor de quedarse cruzados de brazos. Pronto surgió el movimiento jacobita a favor de la causa de los Estuardo. Estos partidarios se aglutinaron bajo ese nombre en honor a quién, según ellos, era su legítimo monarca. Capitaneados por John Graham de Claverhouse estos jacobitas iniciaron una serie de hostilidades contra los ejércitos ingleses del rey Guillermo y la reina María. Era curioso el hecho de que la reina fuese la hija del depuesto Jacobo, y que por lo tanto el actual monarca de Inglaterra y Escocia fuese su yerno.
En medio de esa rebelión Murray se rodeó pronto de un grupo de valientes y feroces seguidores jacobitas procedentes de las Tierras Altas. Durante todo este tiempo no había olvidado la afrenta de Breadalbane y sus hombres contra los Macdonald de Glencoe, y menos contra su amada Helena. Había jurado vengarse de él, y para ello se había rodeado de hombres fieles a él y al príncipe Estuardo. Desde el primer momento se habían dedicado a asaltar todos los destacamentos de soldados del rey Guillermo en un intento por debilitar su ya de por sí débil gobierno. Sin embargo, lo único que Murray conseguía era llamar la atención del propio monarca que no dudaba un solo instante en enviar nuevos destacamentos a las tierras de Atholl, donde ahora vivía, para capturarlo.
Un día que Murray y sus hombres acampaban tranquilamente en las tierras de Glencoe que en su día pertenecieron a los Macdonald, llegaron noticias de que un nutrido destacamento de soldados ingleses pasarían cerca de allí en dirección a las tierras de Breadalbane, quien tras su expedición de castigo contra los Macdonald había recibido el señoría de Glenorchy y con ello el castillo de Tymouth de parte del rey. Murray interrogó a los dos hombres que habían llevado la noticia.
- ¿Dónde los habéis avistado? –les preguntó Murray poniéndose en pie de un salto al tiempo que el resto de sus hombres.
- En estos momentos deben estar cruzando sus tierras. Sin duda se dirigen al castillo de Tymouth –respondió el escocés consultado. Un montañés rudo y corpulento de pelo y barba pelirrojos. Iba vestido con las ropas clásicas de los hombres de las Tierras Altas, así como con el tartán del clan de Atholl.
- A juzgar por el destacamento deben escoltar a alguien importante –apuntó el otro hombre. Este montañés era todo lo contrario al primero. Era más pequeño y con el pelo negro.
- ¿Por qué dices eso, Melville? –preguntó intrigado Murray.
- Por el carruaje.
- ¿Un carruaje? –se sorprendió el joven jefe.
- Sí. Un coche tirado por cuatro hermosos ejemplares –comentó el montañés de la barba.
Aquella información hizo que pensar a Murray, quien se apartó del grupo en silencio mientras en su cabeza bullía una idea. ¿Iría el propio Breadalbane en ese coche?  Sí así fuera estaban de suerte. No podía decirse lo mismo del ahora conde de Breadalbane. Volvió hacia su grupo de hombres que lo contemplaban en silencio aguardando las correspondientes órdenes de ponerse  en marcha bien para huir, o bien para asaltar el carruaje.
- Bien –comenzó diciendo Murray.- Nos apostaremos al final de Loch Rannoch e interceptaremos el carruaje.
- ¿Qué haremos con los soldados? –preguntó un escocés alto de pelo largo mientras revisaba sus armas.
- Si oponen resistencia ya sabéis –respondió Murray mirando al grupo de veinte hombres.- Y ahora en marcha.
La comitiva corrió hacia la desembocadura de Loch Rannoch para aguardar el paso del destacamento de soldados con su correspondiente carruaje. Se habían apostado ocultos entre unas pequeñas protegidas por abundante y espesa vegetación. El color de sus tartanes se fundía con el de aquella dificultando su localización. Los clanes escoceses solían elegir colores oscuros para su tartán identificativo de cada clan con el fin de poderse camuflar mejor entre los árboles y la maleza. De este modo lograrían pasar desapercibidos para los ingleses y les sería más fácil sorprenderles. Murray había dado órdenes de no disparar salvo que fueran los ingleses quienes abrieran fuego primero. No era partidario de acabar con vidas inocentes. Se respetaría la vida de todos aquellos que decidieran rendirse. Por el contrario acabarían con los que se resistieran.
El carruaje era un elegante coche en color negro con adornos y ribetes dorados. Iba tirado por cuatro hermosos corceles como le había informado el montañés de barba y que respondía al nombre de Gourlay. En el pescante del mismo iban dos hombres uno de los cuales iba armado con un mosquete. No se podía distinguir quien era su ocupante ya que las cortinas iban cerradas tal vez para que nadie pudiera averiguar la identidad del mismo. Delante del carruaje un grupo de seis soldados a caballo abría la marcha, mientras que un grupo de otros ocho la cerraba. En total hacía catorce, pensó Murray sin apartar los ojos de la comitiva. Cuando por fin estuvieron cerca de ellos levantó la mano para que tres fornidos montañeses comenzaran a talar un enorme árbol con sus hachas de Lochaber. El ritmo era frenético y pronto el árbol comenzó a ceder ante el ímpetu de los res improvisados leñadores. Cuando los primeros soldados ingleses se aproximaban al lugar donde Murray y sus hombres aguardaban el árbol cedió del todo cayendo en mitad del camino para sorpresa del soldado que iba de avanzadilla. La repentina aparición del árbol encabritó a su montura quien levantado sus patas delanteras consiguió derribar a su jinete. Pronto el desconcierto se adueñó de los soldados que se vieron de inmediato sorprendidos por los feroces gritos de los montañeses. Por su parte los ingleses tuvieron el tiempo justo de efectuar algún que otro disparo que hizo blanco. Murray no esperaba tener que disparar pero no le dejaron más remedio y de certero disparo derribó al jinete que se encontraba más próximo al carruaje. El que parecía ser el capitán de la escolta desenvainó su sable y ordenó cargar a sus hombres contra los montañeses. Éstos aguardaban firmemente en su posición la carga mientras cargaban sus pistolas y mosquetes de pedernal. Cuando se produjo la detonación varios jinetes cayeron de sus monturas dejándolas a éstas sin gobierno. Los montañeses cargaron contra los soldados derribados blandiendo sus espadas conocidas por el nombre de claymore . Tras unos minutos de ardua lucha los soldados que quedaban en pie decidieron rendirse ante el arrojo de los montañeses. El que parecía ser el oficial de más rango quedó a merced del joven Murray, quien al ver como se rendía ordenó a sus hombres bajar las armas.
- ¿Quién va en el carruaje? –preguntó señalando al coche que se había quedado atascado junto al árbol. Sus dos conductores habían descendido del mismo por miedo a ser alcanzados por una bala.
El oficial no respondió lo que Murray interpretó como una descortesía por su parte. Viendo que ni el inglés iba a responderle, ni que el ocupante no se dignaba a aparecer fue él mismo quien tiró del manillar de la puerta para dejar paso a una especie de visión. Una cara de ángel se apareció a Murray. Una joven de mirada penetrante lo contemplaba sentada en el interior. Su rostro era fino y delicado cual un muñeca de porcelana. Sus ojos claros irradiaban una belleza extrema. Sus cabellos dorados iban recogidos y ocultos bajo una especie de sombrero. Su vestido de raso en color crema se ajustaba a su figura como un guante. El joven Murray le ordenó que saliera, lo que le prohibió el oficial inglés.
- No lo hagáis señorita.
- No estáis en posición de exigir –le recordó el jefe de los montañeses apuntándole con su pistola.
Luego volviéndose hacia la grácil muchacha la ayudó a descender del carruaje. La contempló durante unos instantes antes de dirigirse a ella.
- ¿Quién sois?
Pero la linda inglesa permaneció callada con gesto altivo desafiando al escocés.
- ¿Es que no tenéis lengua? –le preguntó con cierto tono de impaciencia.
Viendo que seguí sin responder apuntó al oficial inglés con su pistola, y tirando hacia atrás del percutor le advirtió.
- Si no me decía quien sois me obligareis a emplear otros métodos para lograr saber lo que quiero.
Ante esta situación la muchacha no tuvo más remedio que responder.
- Me llamo Allison Campbell.
- ¿Sois por casualidad la hija del conde de Breadalbane?
- Lo soy –respondió levantando la barbilla en tono desafiante.
- La hija de Breadalbane –murmuró Murray sopesando lo que aquello significaba.
- Y vos, ¿tenéis nombre? –le preguntó la muchacha.
- Me llamo Murray.
- ¿Sin más?
- Sí.
- ¿Es esta la hospitalidad de Escocia? –le preguntó mirando en rededor.
- ¿Acaso no sabéis que Inglaterra y Escocia están en guerra? ¿No os ha informado vuestro padre?
La muchacha negó con la cabeza y por primera vez Murray percibió cierto temor en su rostro.
- Pero, no temáis no tengo por costumbre asesinar mujeres a sangre fría.
- Me alegra saberlo, ya que según me han dicho este país está plagado de salvajes asesinos–comentó con cierto desdén mirando con desprecio a los montañeses.
Aquello hirió el orgullo de Murray y trajo a su mente recuerdos que jamás podría olvidar.
- Habláis de asesinos y de salvajes sin ni siquiera conocernos. ¿Es esa la imagen que os ha transmitido vuestro padre el conde?.
- Sí. Mi padre me ha advertido.
Murray no pudo reprimir una sonora carcajada ante el asombro de todos los presentes incluidos sus propios hombres. La muchacha lo miró contrariada y cuando por fin Murray hubo dejado de reírse le preguntó en tono de reproche.
- ¿Puede saberse qué os hace tanta gracia?
- Que haya sido vuestro propio padre el que os lo haya dicho.
- ¿Conocéis por casualidad a mi padre? –le preguntó con cierto aire de sospecha.
- Sí claro. Conozco muy bien a vuestro padre. Lord Breadalbane Campell. El carnicero de Glencoe.
Aquel apelativo sorprendió a la muchacha tanto como a los demás hombres quienes a pesar de no conocer en persona al conde de Breadalbane, si habían oído ese calificativo, y el porqué se lo habían puesto.
- ¿De qué habláis? –le preguntó lady Allison con un tono de nerviosismo en su voz.
- ¿No os lo ha contado vuestro padre?. ¿Cómo asesinó a sangre fría a los miembros del clan de los Macdonald de Glencoe?.- El tono de Murray iba subiendo. La ira y los recuerdos de aquella fatídica noche volvían a su mente. El recuerdo de su amada Helena muerta. Cómo enterró a todos los miembros con sus propias manos y juró vengarse de Breadalbane.
- Eso son calumnias que os estáis inventando.
- No son calumnias –interrumpió Murray acorralando a la muchacha contra la puerta del carruaje. – Preguntadle a vuestro padre qué sucedió en la noche de San Valentín hace un año.
- No, no, estáis mintiendo –decía la pobre muchacha intentando no escuchar las palabras del joven escocés.
- Sí, sí, es cierto por que yo estuve allí.
Después de esta confesión Murray se calmó y más tranquilo continuó su relato.
- Yo era uno de los enviados por el rey a castigar la desobediencia de los Macdonald de Glencoe. Pero nunca pude imaginar que el castigo era exterminarlos a todos. Cuando vuestro padre me explicó el verdadero motivo de nuestra presencia allí quise evitar la matanza, pero no pude. ¿Sabéis lo que recibí a cambio?. ¿No? Yo os lo diré, una herida de la que conseguí recuperarme. Pero hubo otra herida de la que jamás me recuperaré.- Luego Murray agachó la cabeza y susurró.- Entre los Macdonald se encontraba mi prometida Helena.
Aquellas palabras enmudecieron a lady Allison al tiempo que su rostro mudó de color. Murray se volvió hacia ella  y vio la pena en sus ojos. Luego hacia sus hombres:
- Dejad que se vayan.
El oficial inglés no había podido contener sus lágrimas al escuchar el relato del joven montañés, ni tampoco lady Allison.
- Marcharos –le ordenó mientras le abría la puerta del carruaje para que subiera. Cuando se hubo acomodado de nuevo en éste asomó la cabeza por la ventana para contemplar por última vez el rostro del joven montañés. Éste levanto el rostro hacia ella y con voz firme le dijo:- Decidle a vuestro padre que Murray Campbell no asesina a inocentes. Decídselo que él os entenderá.
Con estas palabras se despidieron. Los montañeses apartaron el tronco del camino dejando el paso libre al carruaje y a los soldados que no habían perecido en el combate. Cuando se hubieron marchado Gourlay se dirigió a Murray.
- Perdona que te lo pregunté, pero ¿por qué no la has retenido para que su padre pagara el rescate?
Murray miró a su compañero y poniendo la mano sobre su hombro le respondió:
- Hay verdades que valen el rescate de un rey.

Jarvis terminó así su narración y se quedó mirándome fijamente a los ojos esperando tal vez que dijera algo acerca de la historia. Cuando vio que ni siquiera abría la boca me preguntó directamente mi opinión al respecto.
- No podía imaginar una continuación como ésta –respondí sin saber muy bien qué decirle.
- ¿No?
- No. Pensé que Murray... bueno no sé. Como bien ha dicho cada juglar cuenta la historia como mejor le parece, ¿no?. Pero dígame, ¿supo lady Allison la verdad por boca de su padre? ¿Volvió a ver a Murray? –le pregunté intentando vislumbrar algún indicio que me permitiera asociar la historia  a la propia vida de Jarvis.
El farero negó con la cabeza mientras chupaba de su pipa.
- No puedo afirmarlo. No tengo las respuestas a esas preguntas.
- Y dígame, ¿cómo lo titularía? –le pregunté con curiosidad.
- Ummm –Jarvis hizo un gesto y después de unos segundos de silencio me señaló con la boquilla de su pipa y dijo muy seguro.- El cardo y la rosa.
Ahora fui yo el que permanecí en silencio sin saber qué significado podía tener ese título con la historia.
- ¿Qué relación puede existir entre el título y la historia?.
- El cardo es la flor de Escocia. Es áspero y espinoso. Así es el carácter de Murray. Y la rosa la asociamos a Inglaterra, recuerde la guerra de las dos rosas. La rosa representa la pureza como lady Allison, aunque también tiene espinas.
- Como Breadalbane –apunté.
- Bien, puede valer. Bueno ahora si me disculpa he de dar mi habitual paseo por la costa. Las viejas costumbres nunca se pierden. Me gusta recorrer el camino que conduce al faro. Buenos días –dijo despidiéndose de mi tocando el ala de su gorra con su mano derecha. Yo por mi parte permanecí sentado unos minutos con mis pensamientos hasta que la puerta de la taberna se cerró detrás de Jarvis.

1 comentario:

  1. Ummmm!!!!! mi querida Escocia, como me gusta ya he ido tres veces y no me importa volver las veces que haga falta.

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