23 ago. 2011

La máscara


Una tarde de otoño un hombre caminaba con paso rápido por las sinuosas callejuelas del  Quartier Latin de París en un intento por escapar del aguacero que estaba cayendo en esos momentos sobre la ciudad. Dicho hombre era un célebre anticuario que se encontraba en aquel barrio buscando una tienda de antigüedades. Caminaba a toda prisa, como ya hemos mencionado, esquivando a los viandantes que se habían aventurado a salir de sus casas aquella tarde. Iba tan absorto en sus pensamientos acerca del objeto que iba a adquirir que ni siquiera hizo caso al hombre con quien se había chocado y que ahora le estaba recriminando su actitud. El anticuario ni siquiera se molestó en disculparse, es más, apretó el paso haciendo oídos sordos a los improperios que aquel le lanzaba.
            Nuestro anticuario era un coleccionista obsesivo que no dudaba en viajar de una ciudad a otra con el fin de reunir las piezas más antiguas. Había recorrido medio mundo para adquirir piezas que en ocasiones a simple vista podían parecer meras bagatelas sin valor alguno. Sin embargo, él no dudaba en afirmar una y otra vez que eran auténticas reliquias de incalculable valor.
            En esta ocasión se había desplazado a París ya que había obtenido cierta información sobre cierta máscara la cual quería poseer a cualquier precio. Había concertado una cita con el dueño de la tienda de antigüedades a través de un e-mail. Al principio le costó un poco convencer a su dueño para que la vendiera pues no parecía con ganas de desprenderse de ella. Tras varios días de intercambiarse correos electrónicos el dueño de la máscara aceptó a concederle una entrevista dejando claro que la máscara no estaba en venta.   Sin embargo, el anticuario cuyo nombre era Clovenhoof, no hizo caso a las advertencias pues sabía que todo tiene un precio. Y la máscara no iba a ser menos, así que estaba decidido a pagar lo que le pidiera.
            Al llegar a la tienda el dueño, monsieur Brochard, le invitó a pasar al interior de su acogedor lugar de trabajo. Dentro de la tienda hacía un calor agradable proporcionado por una pequeña estufa de carbón situada en un rincón de la habitación. La tienda no era muy grande pero si lo suficientemente espaciosa para desplegar una infinidad de obras de arte y artilugios dignos de un coleccionista. Monsieur Brochard le pidió al anticuario Clovenhoof que le entregara su abrigo y su sombrero a fin de que pudiera ponerlos a secar. Luego cerró la puerta de la tienda colocando el letrero de fermé, lo cual extrañó al anticuario quien miró a monsieur Brochard contrariado.
            - Así nadie nos molestará- le explicó.
            Luego, lo condujo hacia una pequeña habitación amueblada con una mesa camilla y dos butacones de color azul oscuro donde se sentaron. Había diversos cuadros colgados en las paredes pero Clovenhoof se detuvo de inmediato en la máscara que también colgaba junto a ellos. Monsieur Brochard se percató del brillo que había en los ojos del anticuario Clovenhoof y se acercó hasta la máscara. Ésta representaba un rostro cuyo pelo y barba eran extremadamente largos. Tenía el ceño fruncido lo cual hacia que sus ojos fueran dos puntos diminutos. Una prominente nariz sobresalía en medio del rostro al igual que sus pómulos, redondos e hinchados, pues la máscara estaba soplando con furia. Toda ella estaba hecha de madera de color oscuro y salvo por algunas zonas que estaban astilladas su estado de conservación era óptimo.
            - ¿Es esta verdad? –le preguntó Clovenhoof pasando las manos por ella sintiendo la dureza de la madera.
            - Esta es efectivamente –respondió monsieur Brochard
            - Dígame, ¿dónde y cómo la consiguió? –preguntó otra vez Clovenhoof sin apartar la vista de ella.
            - La encontré en una tienda de antigüedades en Oslo, durante unas vacaciones que hice por los países nórdicos,
            - ¿Se trata entonces de una máscara nórdica?
            - Exacto.
            - ¿Y qué representa?
            - Según me dijeron representa a alguno de los dioses de la mitología escandinava. Bien pudiera tratarse del propio Odin.
            - ¿Y qué significa este pequeño reloj que lleva incrustado? –le preguntó señalando una pequeña esfera que marcaba la hora exacta en aquel momento: las siete en punto.
            - Parece ser que si se atrasa podemos volver al pasado y revivir el mismo momento e intentar cambiar aquello que no nos gustó. Por ejemplo, si yo quisiera que usted y yo nos volviéramos a encontrar en la tienda justo en el momento en el que usted llegó, podría hacerlo.
            - Fascinante, verdaderamente fascinante.
            - Ya lo creo. Es una auténtica joya. Es por ello...que no está en venta como ya le dije. Lamento que haya hecho el viaje para nada, monsieur Clovenhoof –comentó monsieur Brochard con tono de lástima.
            - Eso es algo que tenemos que discutir –dijo Clovenhoof volviendo su mirada hacia monsieur Brochard.
            Era ya casi la medianoche cuando Clovenhoof se acercaba a su hotel en la ciudad del Sena. Un hotel cerca de los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo que permanecía iluminado durante la noche para que pudiera ser contemplado por los turistas que acudían a París. Clovenhoof llevaba bajo el brazo un paquete de considerables dimensiones de color claro. Al entrar en la recepción del hotel pidió la llave y subió de inmediato a su habitación. Preso de la excitación del momento entró en la habitación y sin quitarse el abrigo desenvolvió el paquete y contempló extasiado su contenido que no era otro que la máscara. Levantó los brazos en señal de triunfo por su logro y después rió a carcajadas mientras sostenía el preciado objeto y se decía así mismo:
            - Sabía que al final la conseguiría sin importar el precio que tuviera que pagar.
            La contempló una última vez y después la depositó sobre una silla para contemplarla de lejos. Se dejó caer sobre la cama y de pronto se quedó dormido. Sin embargo algo en su mente lo atormentaba. De repente se encontró de nuevo en la tienda del anticuario el cual yacía a sus pies junto a un charco de sangre. No comprendía que es lo que había sucedido. De repente se escucharon pasos y alguien que llamaba a la puerta.
            - Policía abra la puerta.
            Clovenhoof no sabía como había llegado a aquella situación tan extraña. ¿Qué estaba haciendo allí? Intentaba despertarse pero no podía. ¿Qué estaba pasando?
            - Policía abra la puerta o tendremos que derribarla.
            Clovenhoof  seguía sin poder moverse. El anticuario muerto a sus pies, la policía entrando en la tienda, y él allí, con las manos manchadas de sangre y la máscara en la mano. Pero aquello, no podía ser realidad, tenía que ser un sueño. Un sueño, por otra parte, del que no podía despertarse.
            Cuando la policía entró y lo rodearon Clovenhoof intentó explicar lo ocurrido pero no lograron creerle pues las pruebas demostraban todo lo contrario. Fue detenido y conducido a comisaría por dos agentes. Mientras, el inspector Legrain registraba el lugar en busca del arma homicida sin éxito lo cual extrañó al veterano inspector pues no aparecía por ninguna parte.
            - Seguramente le haya propiciado algún golpe en la cabeza que es por donde brota la sangre –murmuró.
            En la prefectura de la policía un interrogatorio se llevaba a cabo sin ningún resultado. Clovenhoof juraba y perjuraba su inocencia ante el oficial encargado de hacerle confesar. Tras varias horas sin obtener ni una confesión, Clovenhoof fue encerrado en una celda para que pasara la noche. Se acostó en un viejo camastro de madera y decidió dormirse pues sabía que aquello no era más que un sueño y que cuando despertara a la mañana siguiente todo habría acabado.
            Cuando llegó la mañana y se despertó Clovenhoof se vio para su asombro encerrado en la celda de la prefectura de policía de París. De inmediato llamó al oficial de guardia para que le contara que hacía allí.
            - Está usted acusado de asesinar al célebre anticuario monsieur Brochard.
            Cuando conoció la respuesta creyó enloquecer pues siempre había creído que todo había sido un sueño. Pero, ¿cómo era posible? De repente se dio cuenta: la máscara. Había vuelto atrás en el tiempo. Le había tendido una trampa. ¿Quién había girado las manecillas del reloj? Clovenhoof empezó a reír a carcajadas, tan altas que trajeron de vuelta al oficial de guardia quien no comprendía que ocurría. Tan sólo repetía una y otra vez la misma frase.
            - ¿Cuál? –me preguntó mi querido amigo a quien le estoy refiriendo la historia.
            - La máscara, la máscara lo hizo. 
            - ¿A qué máscara se refería? –preguntó intrigado mi amigo.
            - Esa misma que tienes tú ahí colgada en la pared. ¿Por cierto cómo la conseguiste?.
            - Fue hace unas semanas en una subasta, pero dime ¿qué fue de él?
            - Lo último que se es que terminó sus días en un sanatorio de París.
            - ¿Cómo conociste los detalles de la historia?
            - Porque él me la contó cuando estaba en la celda de la prefectura de París –le respondí contemplando la máscara escandinava que ahora me miraba a mi desde su posición.




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