31 ago. 2011

Glencoe

Nunca pude imaginar el éxito que obtendrían los relatos del viejo Jarvis, antiguo farero de la costa de Fife. Ni tampoco pude pensar que la gente me quisiera atribuir un éxito y un reconocimiento que en nada merezco. Ya les he explicado a mis lectores que yo no soy el autor de estas narraciones. Ojalá pudiera ser yo el responsable de dichos cuentos. Antes de contar una nueva historia quiero hacerles partícipes de cierta anécdota que me sucedió con un amigo mío. Me encontraba ojeando unos ejemplares en un puesto en la feria antigua del libro en mi localidad natal, cuando el bueno de Max se acercó hasta mí con una expresión de felicidad en su rostro que no llegué a comprender hasta que se explicó.
- Mi querido amigo –me dijo tendiéndome su mano.- Que maravillosos relatos los tuyos.
Como pueden comprender no sabía a qué se refería el bueno de Max quien se extrañó al contemplar en mi rostro un gesto de extrañeza.
- Tan modesto como siempre ¿eh?. No me digas que no son merecidos los laureles que te otorgan por el éxito de tus relatos.
- Creo que te equivocas amigo –le interrumpí.
- No, no puedo equivocarme. Todo el mundo comenta las hazañas de Lady Killgrew, o el triste final de Sir Robert Langdon...
- Verás antes de que sigas déjame decirte que yo no he escrito esas historias.
Ahora fue Max quien no comprendía nada. Me miró por encima de sus gafas y dijo:
- ¿Cómo que tú no has escrito esos relatos, si vienen firmados por ti?
- Es cierto. Pero en la introducción al mismo dejo claro que yo no soy el autor de los hechos narrados –le expliqué con naturalidad.
- Ya. ¿Entonces?
- El verdadero autor es el antiguo farero de la costa de Fife. Yo sólo soy su compilador.
- Bueno, es igual. Dime, ¿tienes más cuentos de ese...? –pregunto sin recordar su nombre.
- Jarvis.
- ¿De ese Jarvis?
- Estás de suerte quiero Max, pues ahora mismo iba a entregarle a mi editor un nuevo relato.
- ¿Lo tienes aquí? –me preguntó agarrándome del brazo para que no pudiera escaparme.
- Claro –le dije mostrándole un legajo de hojas escritas.
- ¿Puedo leerlo?
- Me temo que no. No hasta que no se haya publicado.
- Al menos dime su título.
- Eso sí. Se titula “Glencoe”.
- ¿Glencoe? –repitió Max mirándome sin comprender nada.- Un título bastante extraño para un relato. ¿De qué trata?
Miré a mi amigo y sonreí abiertamente.
- Querido Max, si te has fijado en los relatos de Jarvis sabrás que éstos están siempre relacionados con la historia, y más en concreto con la de Inglaterra y Escocia.
- Sigo sin comprenderte amigo.
- Entonces espera a leerlo y lo comprenderás mejor.
El descontento de Max se hizo más patente al comprobar que no cedería ante sus insistentes súplicas para que le permitiera si quiera un rápida lectura de la historia. Ese privilegio se lo concedo a mi editor, y después al público de Jarvis. He aquí el manuscrito que entregué al señor... para su publicación y que comienza como los anteriores relatos en la posada de la costa de Fife donde Jarvis ya se encontraba preparado aquella tarde de octubre para deleitar a su audiencia con un nuevo relato.


“El año 1692 es de infausto recuerdo para nuestro país y para las gentes que lo habitaban entonces. En especial para el clan de los Mcdonalds de Glencoe. Cuando la nueva monarquía subió al trono se encontró con una situación algo agitada en nuestro país. Desde un primer momento el objetivo del nuevo monarca fue la de someter a los habitantes de las Tierras Altas sin escatimar esfuerzos. Las continuas disputas entre los clanes escoceses con el Parlamento de Londres no son ajenas para ningún conocedor de la historia de ambos países. Pues bien, como os iba contando, en aquel año de gracia de 1692 el rey Guillermo ofreció una cuantiosa suma de dinero a todos aquellos jefes de los clanes que abandonaran las armas, y le rindieran pleitesía. Para tal fin se fijo una fecha que todos debía respetar: el 1 de enero del año anteriormente citado. Todos los jefes debían acudir a Londres a presentar sus respetos. Cuando los principales consejeros del rey esperaban que ninguno se presentara para tal evento, un nutrido grupo de bravos y rudos montañeses hizo su aparición en la capital de Inglaterra dispuestos a acatar las órdenes del nuevo soberano. Sin embargo, sucedió que uno de los principales clanes el de los Macdonald de Glencoe, no pudo acudir a tal ceremonia. Aquello como era de prever se consideró como un acto de rebeldía como asó lo expresó el propio monarca:
- De manera que todos los principales jefes han acudido a excepción de los Macdonald de Glencoe.
Su irritación aumentaba por momentos alentada en parte por el más ladino de sus consejeros Sir John Dalrymple, quien no hizo sino añadir más leña al fuego.
- Vuestra majestad debería mostrar su autoridad castigando tal ofensa.
- No podemos precipitarnos. Acabo de llegar al trono y no sería una buena propaganda mostrarme severo con mis súbditos.
- Dejadme deciros que los Macdonald de Glencoe siempre se ha comportado como un clan díscolo, y difícil de hacer entrar en razón. Tal vez si vuestra majestad cambiara el guante de seda por una mano de hierro...
- No –respondió el rey mirando fijamente a los ojos a su más leal y también más pérfido consejero”.   

En este punto Jarvis hizo un pequeño inciso para volver a encender su pipa, mientras la audiencia que se había dado cita aquella tarde en la posada aguardaba expectante el desenlace de la historia. Uno podía contemplar los rostros de la gente siguiendo con la mirada cada movimiento de Jarvis. Cuando por fin hubo terminado su ritual de encender la pipa continuó con la narración..
- Como iba diciendo –continuó...

“El rey Guillermo aguardó con impaciencia algunos días hasta que al quinto un hombre vestido con el traje típico de los habitantes de las Tierras Altas se presentó en el palacio para solicitar audiencia al rey. Sir John Dalrymple acudió a responder a la petición de aquel hombre cuyos cabellos y su barba eran del color del fuego. Al ver acercarse a Sir John se inclinó ante su presencia en señal de respeto.
- ¿Qué quieres? –le preguntó con voz áspera y cierto desdén hacia el recién llegado.
- Soy Clive Macdonald, jefe del clan de los Macdonal de Glencoe. Vengo a presentar mis respetos al rey Guillermo...
Al escuchar su nombre Sir John Dalrymple estalló de ira y gritando al jefe del clan le dijo:
- ¡Llegas cinco días tarde! ¿Cómo osas pedir audiencia con el rey Guillermo? ¿Acaso has olvidado que debías presentarte el primer día del año?.
- Ya lo sé, pero...
- Lo sabías y aún así desobedeciste la orden del rey –vociferó fuera de sí Sir John.
- Sí, pero no ha sido culpa mía. Si me he retrasado ha sido debido al tiempo. Una feroz tormenta nos sorprendió y tuvimos que refugiarnos en Glengyle hasta que fuera posible continuar la marcha.
- No es disculpa. Debisteis poneros en marcha unos días antes para estar presentes el día que se os ordenó.
El jefe del clan no supo que responder a tal orden, y agachando la cabeza en señal de respeto aguardó la resolución de Sir John Dalrymple.
- Será mejor que regreséis a vuestras tierras. El rey Guillermo no os recibirá.
- ¿Qué sucederá entonces?- preguntó el jefe Macdonald con cierto tono de angustia en su voz.
- Lo que suceda no es asunto vuestro. El consejo de nobles se reunirá con su majestad para debatir que solución debemos darle a vuestro desleal comportamiento.
Y diciendo esto se dio la vuelta dándole la espalda al jefe de los Macdonald.

“Los días pasaron sin que los Macdonald de Glencoe tuvieran noticias de la decisión a la que habría llegado el rey con respecto a su retraso. Clive mientras tanto se entregaba a sus quehaceres diarios como jefe del clan, esto es repartir el trabajo entre sus seguidores. Clive estaba casado y tenía una hija, Helena, a la que veneraba por encima de todas las cosas. Era una muchacha alegre y afable que ayuda a las demás mujeres del clan en la elaboración del whisky. Eran las mujeres las encargadas de destilarlo, para posteriormente beberlo acompañando a las comidas. Su padre tomaba un trago desde muy temprano antes de ir a cuidar del ganado. Los Macdonald vivían del pastoreo en los verdes  glens  palabra de origen gaélico que emplean los habitantes de las Tierras Altas o Highlands para designar a los valles. Aquella mañana del doce de febrero un mal presagio se ceñía sobre él. No había dormido bien, y eso se notaba en la expresión de su rostro. Cuando su mujer le preguntó qué era lo que le ocurría, el bueno de Clive se disculpó achacando su malestar a la cena.
- Tu padre no sabe mentir –le dijo Clara a su hija cuando Clive se hubo marchado junto con otros dos hombres.- Algo le ronda la cabeza. Desde que regresó de su entrevista con el rey no es el mismo.
- No te preocupes más por él mamá, seguro que no es nada –le respondió la bella Helena restando importancia a las sospechas de su madre.
Por la tarde un nutrido grupo de hombres se aproximó a la región en la que habitaban los Macdonald de Glencoe. Clara y su hija se encontraba en ese momento a las afueras de su casa charlando amistosamente con otras mujeres cuando se percataron de la presencia de aquellos.
- Son los Campbell –dijo Clara a las demás mujeres.
Los Campbell eran el clan más poderoso de la parte occidental de Escocia, y uno de los más leales al rey gracias a lord Breadalbane. Éste había sido el encargado de convocar a los clanes para jurar lealtad al rey. Al verlos aparecer un escalofrío recorrió el cuerpo de Clive, quien llegaba en ese momento procedente de las montañas acompañado de sus hombres. Sabía que su presencia allí tenía que ver con el hecho de no haberse presentado el primer día del año ante el rey. Por ello se mostró cauto ante lo que pudieran decidir los Capmbell, y en especial Breadalbane. Éste mostraba una amplia sonrisa en su rostro como si lo acaecido el mes pasado hubiese quedado olvidado. Pero Clive sabía que aquello no era posible, pues Breadalbane era un hombre vengativo.
- Saludos amigos –dijo Breadalbane al aproximarse al grupo de casas habitadas por el clan Campbell.
- Saludos a ti Breadalbande –respondió Clive Macdonald saliendo a su paso y tendiéndole la mano.
Para sorpresa del propio Clive, Breadalbane se la estrechó fuertemente para después abrazarse a él.
- ¿A qué debemos esta visita? –le preguntó Clive recelando de aquella ptitud tan amable.
- Vengo a hablar contigo en relación a lo que tú ya sabes –respondió con gesto preocupado.
Los rostros de Clara y Helena mudaron su color, y sus mejillas palidecieron como si una ráfaga de frío procedente de las montañas las hubiera dejado heladas. Ambas miraron primero a Breadalbane y después a Clive.
- No es nada, no es nada –intervino el señor de los Campbell.- No hay motivo para preocuparse. ¿Podemos pasar aquí algunos días? El tiempo en las montañas no es muy bueno, y presiento que pronto nevará. No quisiera que nos quedáramos atrapados en la nieve mis hombres y yo.
- Por supuesto que podéis –dijo Clive haciendo señas a los demás Campbell para que se acomodaran.
Cuando todos estuvieron en sus respectivos lugares se dispuso un gran banquete con las mejores carnes y el mejor pescado desalado. Bebieron el whisky destilado por las mujeres, y cantaron y bailaron toda la noche. En medio del jolgorio y ajenos a las miradas de los demás tenían lugar dos escenas diferentes. Por un lado Clive y Breadalbane charlaba amistosamente hasta que éste último habló de lo referente a su retraso en presentar sus respetos al nuevo monarca.
- Te juro que nunca tuve intención de llegar tarde. El mal tiempo nos retrasó. Tú mismo acabas de decirlo –se explicaba el honrado de Clive. Breadalbane lo miraba y asentía una y otra vez a todo lo que su compañero y amigo le contaba.
- Pero me dejaste en mal lugar amigo –le dijo.
- De veras que lo siento. No era mi intención –comentó Clive con gesto serio mientras apoyaba su mano sobre el hombro de Breadalbane.
Por otro lado en un rincón apartado de la casa Helena y el joven teniente Murray, prometidos desde hacía dos años, se hacía confesiones al calor de la lumbre como dos enamorados. El joven Murray estaba deseoso de hacer de Helena su esposa y forma su propio clan. Ella por su parte no había olvidado el día en que él se le declaró y en el que formalizaron su compromiso. Ahora ambos se miraban a los ojos llenos de amor. El muchacho tenía las manos de Helena entre las suyas acariciándolas para darles calor, mientras ella no apartaba su mirada de los ojos de su enamorado.
- Tengo que hablar con tu padre para fijar la fecha de nuestro enlace, Helena. No veo que llegue el día en el que seas mi esposa.
- Sí, yo también –comentó la muchacha con el rostro iluminado por una amplia sonrisa.
El momento tan íntimo entre ambos enamorados se vio interrumpido con la llegada de la hora en que debían retirarse a descansar. Ambos se despidieron prometiéndose reanudar su conversación a la mañana siguiente. Helena se retiró en compañía de su madre, mientras Murray Campbell se retiró junto a los demás hombres. Clive Mcdonald le dijo a Breadalbane que podrían pasar la noche en el granero algo  que el jefe de los Campbell agradeció dada la noche que estaba. De este modo el grupo de hombres de Breadalbane se puso en camino hacia el edificio construido con piedras y maderas que hacia las veces de granero y de cuadra para las bestias. Al entrar comprobaron que los caballos ya se habían dormido. Breadalbane dio orden de cerrar la puerta y atrancarla con un madero para que nadie pudiese entrar aunque tranquilizó a sus hombres diciéndoles que lo hacía para que el viento no interrumpiera sus sueños abriendo de par en par las puertas. Después acordó con todos permanecer despiertos un rato antes de irse a dormir. De este modo Bredalbane se sentó junto a un montón de paja seca que amontonó con el fin de reposar sobre ella. Cuando sus hombres se hubieron despojado de sus armas y las hubieron colocado junto a ellos Breadalbane habló abiertamente al resto.    
- Ya sabéis cual es nuestro cometido en estas tierras –comenzó diciendo mientras miraba a cada uno de sus hombres. Este comentario dejó algo perplejo al joven Murray Campbell quien no sabía de qué estaba hablando Breadalbane.- Su majestad el rey Guillermo por medio de Sir John Dalrymple me ha concedido poderes para aplicar la justicia con el clan Mcdonald. ¿Qué te ocurre muchacho? –le preguntó a Murray que seguía sin comprender muy bien que estaba pasando.
- Lamento interrumpiros pero no sé muy bien de qué estáis hablando.
- Por eso os lo estoy explicando. Aguarda unos segundos y lo sabrás. Bien como iba diciendo el rey quiere que demos una lección a los Mcdonald de Glencoe como respuesta a la desobediencia mostrada por su jefe. Por eso ha decidido que mañana al amanecer ningún miembro del clan quede con vida.
Aquellas palabras fueron como una bala en el corazón para el joven Murray. Si había entendido debían matar a todo el clan  sin respetar la vida de ninguno de sus miembros incluidos las mujeres, los niños y los ancianos. Y eso también iba por Helena. Su amada Helena. La dicha de sus días. Miró consternado a Breadalbane quien había continuado su explicación.
- ¡Esto es un vil y cruel asesinato! –protestó poniéndose en pie como un resorte.
Todos lo contemplaron en silencio. Murray estaba rojo de ira y de rabia dispuesto a batirse con todos aquellos desalmados si se presentara la ocasión. Pero nadie le respondió a excepción de Breadalbane.
- Siéntate muchacho. Tu rey te ordena que cumplas una orden y...
- No es mi rey quien orden acabar con la vida de personas inocentes, y menos a sangre fría y al amparo de la noche.
- Entonces me obligas a acusarte de alta traición a la corona –le advirtió con gesto serio.
Aquellas palabras calmaron los ánimos del joven Murray. El tren del ingenio acababa de parar en la estación de su mente. Si seguía la corriente a Breadalbane tal vez podría descubrir cuando pensaba entrar en acción, y poder avisar a Helena y a sus padres. Se tranquilizó para sosiego de los demás reunidos allí, y volvió a sentarse como si nada de aquello hubiese ocurrido. Cuando Breadalbane hubo terminado de dar las oportunas instrucciones Murray logró deslizarse sin ser visto por un abertura que había en uno de los laterales del granero y salir a la oscura y desangelada noche. No tenía mucho tiempo para avisar a Helena y a sus padres de las intenciones de los Campbell antes de que éstos se pusieran manos a la obra. Llegó raudo y veloz hasta la puerta de la casa de su amada y tras aporrearla con sus dos manos escuchó ruido en el interior. Primero fueron voces. Luego pasos arrastrándose por el suelo. Finalmente el cerrojo que se descorría y por fin la puerta que se abría. A la luz de una vela Murray contempló el rostro adormecido de Clive Mcdonald, quien contempló al muchacho con gesto extrañado.
- ¿No crees que es un poco tarde para visitar a Helena muchacho?- le preguntó levantando la llama de la vela para poder ver mejor su rostro.
- ¡Deben irse de inmediato! –gritó exasperado el joven Murray.
- ¿Irnos? ¿En mitad de la noche? ¿A dónde? –le preguntó intrigado el jefe de los Macdonald.
- Los Campbell van a venir a mataros a todos.
- ¿Te has vuelto loco muchacho?
- No, no estoy loco. He escuchado a Breadalbane transmitirnos las órdenes del mismísimo rey Guillermo. Es el castigo por su falta el primer día del año.
Entonces por fin Clive Mcdonald comprendió la visita tan inesperada de sus vecinos los Campbell, cuanto nunca antes se habían dignado a hacerlo. Tardó en reaccionar unos segundos, los justos para que el tropel de hombres armados de Breadalbane aparecieran a lo lejos con sus armas prestas a ser disparadas. Murray se precipitó en la casa en un intento por salvar la vida de su amada Helena, mientras Clive daba la voz de alarma a los miembros de su clan. Cuando Helena y su madre entendieron lo que ocurría no pudieron dar crédito a sus ojos. Los Campbell habían iniciado ya su trabajo para entonces y varios miembros del clan Macdonald de Glencoe había caído bajo el disparo de las pistolas o acuchillado por las dirks y las claymores, armas que empleaban aquellos días los habitantes del Tierras Altas de Escocia. Cuando Breadalban descubrió la traición de Murray empleó todos sus medios para capturarlo y llevarlo ante rey acusado de lata traición a la corona.

En este punto Jarvis volvió a detenerse mientras su vista permanecía clavada en un punto fijo. Todos aguardaban impacientes el desenlace, aunque bien es cierto que ya lo conocían. No se puede cambiar el curso de la propia Historia, ni siquiera en la ficción.  Tras unos segundos que parecieron eternos Jarvis, el farero de la costa de Fife volvió a continuar su narración.
- Creo que será mejor que evite los detalles más cruentos de aquella noche, y continúe con los hechos acaecidos a la mañana siguiente.

Temprano de mañana su espesa niebla envolvía la región de Glencoe como un mal presagio de los que allí había sucedido la noche anterior. El joven Murray sintió que tenía el cuerpo magullado y dolorido. Una herida en su mejilla derecha, tal vez un rasguño de un disparo, o el trazo de una dirk  afilada eran los causantes de ella. Lentamente se desperezó y se incorporó aún sin comprender muy bien  que había ocurrido finalmente. Su vagos recuerdos se volvían borrosos cuando intentaba por todos los medios hacer memoria. La última imagen que le venía a la mente era la de su amada Helena pidió ayuda. El joven Murray se puso de pie finalmente con la ayuda de un mosquete depositado junto a él. Hacía frío y la niebla comenzaba a disiparse para horror suyo. A media que clareaba contempló con sus propios ojos la carnicería llevada a cabo por los Campbell. Los cuerpos diseminados por toda la aldea de casas en sus más grotescas formas. Caminó con paso turbado entre los cuerpos hacinados unos sobre otro. Entre ellos reconoció a Clive Macdonald y a su esposa. Pero también a niños, ancianos, mujeres. Los Campbell no había respetado a nadie, y ni siquiera a las bestias. Habían incendiado las casas, el pajar y el granero que ahora eran sólo cenizas y escombros humeantes. El pavor se apoderó de él pues temía encontrar a su bella Helena entre los muertos. Pero no la veía por ningún lado. Deambuló largo rato entre los muertos buscándola. El hecho de no encontrarla le daba esperanzas de que hubiera podido escapar. Más cuan cruel es el destino. Y más cuando se trata de jóvenes enamorados por los eran Murray Campbell y Helena Mcdonald. Justo al doblar los restos de una casa encontró el cuerpo semidesnudo de su enamorada. Muerta. Ultrajada. Tiznada de negro por el humo, y con una bala alojada en su cuerpo. Corrió hacia ella pero nada podía hacer. Estaba muerta. La arrulló contra su pecho y lloró amargamente. “

- No me detendré mi querida audiencia en narrar la pena que embargó al joven Campbell.
- ¿No sobrevivió nadie? –preguntó un joven avispado de pelo rojizo y mirada despierta.
- Nadie excepto el joven Murray –respondió moviendo la cabeza de lado a lado.
- ¿Y qué fue de él? –preguntó un muchachita sentada en primera fila.
- Desapareció en las montañas, y nunca más se supo de él. Dicen que allí reunió a un grupo de valientes y leales seguidores y combatió a las tropas inglesas del rey Guillermo, y en especial a los Campbell.
- ¿Siguió llamándose Campbell después de lo que habían hecho su familia? –preguntó un joven apoyado sobre la barra que escuchaba atentamente cada palabra del farero.
- No. Se cambió el apellido. Nunca más volvió a llamarse Campbell. Pero esa es otra historia que algún día os contaré.
El bueno de Jarvis apagó su pipa, se levantó de su butaca y se marchó de la posada hasta el día siguiente.
           
Cuando días más tarde volví a encontrarme con mi querido amigo Max lo primero que hizo fue expresar su agradecimiento por dicho relato. Después echándome una mirada inquisidora me preguntó:
- Por cierto, ¿qué sabes de la vida de nuestro misterioso bardo?
- Apenas nada. Sé que fue el farero de la costa de Fife. ¿Por qué?
- ¿No crees que haya algo de autobiográfico en alguno de sus relatos? –me preguntó con cierta sospecha de que yo conocía el secreto del farero.
- Mi buen Max, la literatura está compuesta una parte real y otra de ficción. Los escritores suelen basarse en experiencias vividas.

Me despedí de mi amigo quien se quedó con el gesto turbado por mis palabras. Yo en cambio volví a mi casa a sumergirme en la colección de historias de Jarvis para seleccionar cual sería la próxima, aunque ya la había decido con anterioridad. 

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