31 ago. 2011

El laird *

Quiero que quede constancia de que el éxito obtenido desde el primer relato debo atribuírselo por entero al bueno de Jarvis, autor de todas y cada una de la narraciones, que este humilde servidor suyo ha decidido poner por escrito en un intento de rendirle un más que merecido homenaje una vez fallecido. En prueba de mi agradecimiento por los comentarios, siempre favorables, vertidos hacia el mismo, quiero obsequiar a los lectores con una nueva entrega de sus relatos.  No me gustaría que éstos me atribuyeran un galardón que no merezco, pues como dije en la primera y única ocasión en que he traído hasta ustedes los relatos del farero, yo sólo soy el compilador y escribiente de los mismos. Ya les conté que el bueno de Jarvis ocupaba cada tarde su viejo sillón de madera junto a la estufa en la posada que hay en la costa de Fife.  Como de costumbre ésta estaba atestada de gente que cada día madrugaba más para escuchar al bueno de Jarvis. Se había corrido la voz de sus dotes como juglar, y pronto gentes de otros pueblos cercanos a Fife acudían para escuchar aquellos cuentos. Aquella tarde el cielo estaba completamente encapotado. Los negros nubarrones amenazaban con descargar un aguacero, así que mejor lugar para pasar la tarde que la posada donde Jarvis solía relatar sus historias.  Tanto los jóvenes como los ancianos, los ricos y los que no lo eran se acomodaron en torno a nuestro personaje, para escucharle relatar lo que había preparado para aquella tarde de comienzos de otoño en la que los árboles comenzaban a quedarse desnudos de hojas. El viento soplaba fuerte agitando las ventanas de madera de la posada, mientras la gente se juntaba la una con la otra en un intento por dar, y recibir más calor si cabe.
Me encontraba apoyado en la barra sorbiendo mi taza de té caliente, cuando Jarvis comenzó la narración sin más preámbulos. Como bien dije la primera vez que hable aquí de Jarvis, éste solía comenzar sus narraciones sin ningún tipo de aviso o introducción. Yo me apresuré a sacar mi material y comencé a tomar notas. He aquí la historia que Jarvis nos narró aquella tarde de otoño a todos los allí reunidos. Me he permitido titularla El laird ya que narra las aventuras de un señor en el siglo XII:

“Sabed que este país ha permanecido en guerra durante siglos, y que la sangre de valientes guerreros ha corrido montaña abajo regando a su paso estas tierras. Pero gracias al sacrificio de aquellos antepasados hoy somos una nación libre. En los tiempos en que el rey Eduardo II quiso anexionarse Escocia hubo una raza de valientes patriotas que opusieron resistencia a tal deseo del monarca inglés.  Entre ellos se encontraba Sir Robert Langdon dueño y señor de las tierras de Balqhidder. Como otros muchos lairds acudió a la llamada de los nobles para luchar contra los ingleses. Sir Robert estaba casado con una hermosa muchacha de cabellos cobrizos y ojos claros. Su piel era tan blanca como la leche, y suave como un manto de plumas de ganso. Pronto las noticias de la guerra alcanzaron el idílico paraje de Balquidder. Sir Robert, en calidad de señor de aquellas tierras, obedeció la llamada de los demás nobles y se prestó a acudir a la cita. La mañana en que Sir Robert hubo de partir su mujer, Marion, se mostraba nerviosa. Una serie de extraños sueños no la habían permitido descansar durante la noche. Algo en su interior le decía que tal vez no volvería a ver a su marido. De todos es conocido la superstición que envuelve a todo escocés, recalcó el viejo farero antes de sorber un trago de su taza. Luego continuó con su narración.
- No son más que tonterías –le dijo Sir Robert para tranquilizarla.- Verás como mañana estaré de vuelta.
Aquella explicación pareció convencer a la joven esposa quien decidió regalarle una medalla que había llevado colgada al cuello desde niña.
- Llévala de día y de noche. Te protegerá allá donde te encuentres.

Sir Robert prometió que así lo haría, y tras despedirse de ella y de sus sirvientes partió a la batalla. Ésta no pudo ser más nefasta para lo intereses de Escocia. En ella Sir Robert cayó prisionero de los ingleses y fue encerrado en una mazmorra del castillo de York. El aspecto de su nueva morada era tétrico. Llena de goteras por las que se filtraba un humedad que calaba los huesos de Sir Robert. De las esquinas de las paredes las ratas entraban y salían sin importarles para nada la presencia del nuevo inquilino. La suciedad era extrema tanto que Sir Robert a penas si tenía un poco de paja para recostarse a ratos, pues no sabía cuando amanecía o anochecía salvo por la comida que el carcelero le pasaba a través de una trampilla en la parte inferior de la puerta. Un cuenco de sopa, que más que sopa parecía agua de fregar, y un mendrugo de pan duro, que prefería echar a su compañera las ratas, eran su sustento diario. Los días pasaban sin saber nada de cuando sería ejecutado, pues había sido hallado culpable de traición a la corona inglesa. Se aferraba al medallón de su mujer en un intento por darle fuerzas, y cada vez que lo hacía parecía como si ello le reconfortara. ¿Qué será de mi amada Marion?, se decía constantemente. Su desesperación comenzó a ser tal que creyó que iba a morir allí mismo en la celda sin ser ejecutado. Entre susurros pronunciaba el nombre de Marion, y alargaba la mano en la oscuridad como si pudiera tocarla.
- Si al menos pudiera verte una última vez antes de que la muerte cierre mis ojos. Daría mi vida por volverte a ver.
Sir Robert cayó dormido en un profundo sueño hasta que el tintineo de las llaves del carcelero lo despertó. Creyó en un principio que venía a recoger la escudilla, pero su sorpresa fue mayúscula cuando al abrir la puerta se encontró con un personaje alto y delgado vestido elegantemente. Sir Robert creyó que seguía soñando. Entrecerró los ojos pues la luz del pasillo le impedía ver con claridad. Con el paso de los días se había acostumbrado a la siniestra oscuridad de la mazmorra, y el más tenue rayo de luz le causaba dolor.
- Vamos. Sal de ahí –le ordenó el hombre desde el umbral de la puerta.
- ¿Ha llegado ya mi hora? –le preguntó Sir Robert incorporándose a duras penas. Apoyó sus manos sobre la pared para poder ponerse en pie, pero ésta estaba tan húmeda y él tan débil que volvió a caerse. Fue entonces cuando el extraño decidió ayudarlo a salir de la celda.- ¿Dónde me llevas?
- ¿No quieres abandonar la celda? ¿No quieres ser libre? –le preguntó el extraño con voz autoritaria.
Sir Robert estaba tan asombrado por aquella nueva situación que no supo que decir. Así que decidió seguir al extraño por aquellos estrechos y lóbregos pasillos. La luz mortecina de las antorchas a penas le dejaba ver el rostro de su salvador. Varias veces tropezó aquí y allá, pero logró incorporarse esta vez sin ayuda. Le extrañó que nadie los detuviera. No en vano no había ni rastro de los guardias. Cuando por fin salieron de aquel maldito lugar la luna brillaba en lo alto del cielo arrojando su halo de luz sobre la siniestra figura, quien se había embozado en una capa. Emitió un silbido que sólo dos briosos corceles pudieron escuchar. Hermosos ejemplares sobre los que Sir Robert y su extraño amigo montaron. Pronto pusieron una distancia prudencial entre ellos y el castillo donde Sir Robert había estado cautivo.
Pasaron los días y Sir Robert mejoró su aspecto físico gracias en parte a los cuidados y las atenciones del extraño personaje. Éste hablaba poco, y lo poco que decía era para dar órdenes. Cuando por fin estuvo restablecido del todo quiso saber algo más de él:
- ¿Por qué me has ayudado?
- Porque tu vida vale mucho.
- ¿Qué quieres por salvarme? Fija un precio.
El extraño sonrió mostrando una hilera de blancos dientes antes de responder:
- Lo que quiero lo tendré a su tiempo. Soy paciente.
- Eres muy misterioso, pero te agradezco lo que has hecho por mi.
- Yo también te lo agradezco.
- No comprendo –dijo extrañado Sir Robert mirando fijamente al extraño.
- No te preocupes. Pronto lo comprenderás.
El extraño volvió a sonreír dejando algo turbado a Sir Robert, quien intentaba recordar donde podía haber visto a aquel hombre. Tenía un aire siniestro en la mirada. Y esa voz...
Los días se hicieron semanas hasta que por fin se encontraron en las tierras de Sir Robert. Durante el camino le había hablado de su mujer, de su castillo, de sus sirvientes, de sus cosechas, pero el extraño no parecía tener mucho interés en ello. Cuando por fin llegaron a las inmediaciones del castillo el extraño detuvo su cabalgadura y la de Sir Robert.
- ¿Por qué haces eso? –le preguntó extrañado.
- Es hora de que te recuerde que no tenemos mucho tiempo. De manera que despídete de tu esposa pronto.
- Pero, ¿de qué me hablas?
- ¿Recuerdas las palabras que pronunciaste en la celda oscura del castillo?. ¿Lo que darías a cambio de volver a ver a tu amada esposa?
Al momento Sir Robert palideció y gritó enfurecido al extraño.
- ¡Tú! No puedes hacerlo. No lo permitiré.
- Es inútil que te resistas. Tu herida se está infectando. Pronto el mal se extenderá por todo tu cuerpo. Y serás mío.
- Pero... ¿cómo puedes atreverte a...?
- En una ocasión me dijiste que me darías lo que fuera a cambio de haberte salvado. Ya lo tengo. De hecho lo tenía desde hacía bastante tiempo. Antes siquiera de que te encerrarán en la mazmorra.
- Sabías que me encontraba moribundo y aún así te aprovechaste de mi.
- Te queda poco tiempo –le dijo extrayendo un reloj de arena de su bolsillo interior. Los granos de arena se deslizaban lentamente por el estrecho paso hacia el fondo. Sir Robert a penas tenía tiempo para poco más que explicarle a su esposa.
- Detenlo. Dale la vuelta. Permíteme una sola noche y después seré tuyo.
- ¿Por qué no? –se dijo el misterioso hombre encogiéndose de hombros.- Esta noche. Después vendrás conmigo.
Así quedó convenido. Sir Robert pasaría la noche con su amada Marion, pero al la mañana siguiente volvería a marcharse de su lado sabiendo que no volvería a verla.  La bella Marion no lo reconoció hasta que su mirada descendió hasta la medalla que ella misma le había regalado el día que partió, y no tuvo dudas. Enloqueció de alegría al ver a su marido de vuelta en el hogar. Los sirvientes engalanaron el castillo para dar una fiesta por todo lo alto. Sin embargo, a pesar de la fiesta y de la felicidad de Marion, Sir Robert se consumía por dentro con el paso de los minutos, de las horas. El tiempo volaba para él. Tenía tantas cosas que decirle a su mujer. En todo momento su rostro reflejó la alegría propia del momento. No quería que su mujer adivinara ni por un solo momento cual sería su destino a  la mañana siguiente. Por su parte el extraño se entremezcló con los asistentes al banquete y disfrutó en todo momento con la música, los bailes y las canciones. Al verlo allí Sir Robert se agitó nervioso. Un sudor frío le recorrió la espalda y empapó su frente. El extraño volvió a sacar su reloj de arena y a mostrárselo. Cada vez quedaba menos tiempo. Llegada la hora de retirarse Sir Robert tomó en sus manos el rostro de su esposa y depositando un beso en sus dulces labios quedó dormido.
Al alba Sir Robert partió con el extraño dejando atrás sus tierras, su castillo y lo que más quería en el mundo: su amada Marion. Cuando ésta descubrió el cuerpo sin vida de su esposo rompió a llorar y todos los sirvientes del castillo pudieron escuchar el grito desesperado de la señora. Un grito que Sir Robert no pudo escuchar por hallarse muy lejos en esos momentos de allí”

Así terminó su narración el bueno de Jarvis mientras apagaba su pipa de madera dando unos golpecitos en la palma de su mano. La audiencia permanecía en silencio expectante por si Jarvis iba a continuar, pero lejos de hacerlo se levantó de su sillón junto a la estufa, y se abrió paso entre el bosque de piernas que había crecido en la posada.  Yo lo miré pasar camino de la puerta, pero antes se detuvo en la barra a pagar su cuenta. El posadero, como de costumbre, rechazo el dinero del farero pues gracias a sus historias las ganancias se habían visto incrementadas casi al doble.
- Un relato un poco triste señor Jarvis –me aventuré a decirle.
Se giró para quedar de frente a mí y con voz firme me dijo:
- Un relato por el que todos hemos de pasar tarde o temprano.
Y diciendo esto se alejó con paso cansino hacia la puerta. La abrió y salió al exterior dejándonos tras de sí cariacontecidos a todos los que allí nos encontrábamos, y esperando ansiosos a que llegara el día siguiente para seguir disfrutando con sus historias, aunque por otra parte deseando que el próximo relato no fuera tan triste.
 
 (Literatura Virtual, Méjico, Diciembre, 2007)


·         La palabra laird hace referencia al señor y dueño de un territorio en Escocia.

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