28 ago. 2011

El arquero ciego


Prólogo.
El pueblecito de Bacharach se encuentra situado en el valle del Rhin, en Alemania. Se trata de un lugar entrañable a orillas del mencionado río, y que bien parece sacado de un cuento de hadas. El porqué el joven Jorg acabó allí es una cuestión que no viene al caso explicar aquí y ahora, pero que sin duda alguna fue de lo más enriquecedora. Nunca pudo imaginar que aquel pueblo y aquellas gentes fueran las culpables de que su estancia se prolongará indefinidamente. Y más en concreto por estas últimas, a quienes tuvo el placer de conocer. A todos ellos dedicó esta recopilación de relatos y cuentos alemanes, que guardan relación con el folclore y las leyendas germanas.
Porque no pienses, querido lector, que yo soy el artífice de estas historias. No. Nada más lejos de la realidad. Yo sólo soy la persona que recibió el legajo de papeles, que contienen todas estas historias. Fue el propio Jorg quien me envío todas sus notas para que yo tratara de hacerlas llegar a los lectores. Por ese motivo, no quiero atribuirme, ni que nadie me atribuya un mérito que no es mío. Por eso quiero dejar firme y clara constancia de que los únicos autores de estas historias son las sencillas gentes de ese recóndito y pintoresco pueblo a orillas del Rin, y su compilador Jorg.


El arquero ciego
(Narrado por el tabernero Wolfgaungsen)

Sucedió hace ya casi tres años, cuando Jorg se detuvo en este pintoresco pueblo de camino a Frankfurt, y que todas las guías turísticas de Alemania recomiendan visitar. Tenía un día libre antes de llegar a la ciudad de los negocios y ocupar su nuevo puesto de trabajo. No sabía a ciencia cierta qué era lo que podía encontrarse, pero el paisaje invitaba a que pudiera soñar con una estancia memorable. Encaminó sus pasos por la calle principal del pueblecito y al momento no quedó la menor duda de que nunca olvidaría su estancia allí. Tenía la sensación de encontrarse en una especie de cuento de hadas. Las casitas típicas alemanas se distribuían a ambos lados de la calle con sus tejados de pizarra acabados en cúpulas. Sus blasones adornando las fachadas y sus letreros sobresaliendo para ser mecidos por el suave viento, que soplaba aquella mañana de comienzos de octubre. Sus callejones de suelo adoquinado, que conducían a las majestuosas vistas del Rin. Orgulloso y majestuoso río que cruza Alemania, y que da nombre a este emblemático valle, donde se asientan los pueblos más pintorescos del país.
            Estaba tan sorprendido contemplando las maravillas del pueblecito que no se percató de que una fina lluvia había comenzado a caer. Cuando se hubo repuesto de su estado de asombro, decidió resguardarse en una cafetería. El dueño sonrió amablemente al verlo, y pronto Jorg se dio cuenta que se encontraba ante una persona que no era de allí. Las paredes del local estaban adornadas con mapas y motivos de Francia. Pero lo que resultó determinante fue el hecho de que estuviera conversando en francés con una mujer.
            - Un café –le pidió al gentil hombre, quien solicito se dispuso a satisfacer su petición.
          Jorg tomó asiento en una pequeña mesa algo alejada de puerta y se dispuso a disfrutar de su café. Mientras, el hombre seguía su animada charla con la mujer. Echó un vistazo a la guía que llevaba consigo para recordar lo que podía verse y hacerse en este lugar. Aquello captó la atención del dueño del local, quien al momento se acercó hasta él.
            - ¿Eres un turista?.
          - No, no. Voy camino de Frankfurt y he decidido detenerme aquí un par de horas a conocer el pueblo. Todas las guías lo recomiendan –le dijo mostrándosela.
- Pero estoy seguro de que esa guía suya no incluye algo típico de este lugar. ¿Quieres que te recomiende algo que no viene en ninguna guía? –le preguntó mirándolo fijamente.
            - Bueno... –titubeó en un principio recelando de la proposición de aquel hombre, quien sonrió al momento.- No sé si debería. Si no me entretiene mucho tiempo. Querría coger el tren de media tarde para llegar a la noche a Frankfurt.
- No temas por ello. Pasan trenes cada treinta minutos más o menos. Y mi recomendación vale la pena. Es algo curioso y que apuesto, que te gustará si eres aficionado a los cuentos –le explicó con un toque de misterio en el tono de su voz.
            - Adelante pues. Aunque primero debo almorzar. ¿Podéis recomendarme algún sitio?
          - Por supuesto. La posada de Heinrich y Flora –le respondió muy seguro de lo que le decía. Pero al momento se dio cuenta que aquel joven era un turista.-  Camina un poco más hasta que llegues a un edificio de tres plantas, y que reconocerás de inmediato por su exquisita decoración exterior. Luego ve a la taberna que hay enfrente de la posada.
            - ¿Por qué? –le preguntó Jorg extrañado.
            - Porque podrás disfrutar de un entretenimiento que jamás encontrarás en otro lugar, ya te lo he dicho –le respondió rodeando su explicación de cierto misterio que lo cautivó en seguida.- Hazme caso.
           Jorg contempló como se retiraba el hombre hacia el mostrador, mientras terminaba de sorber su café. Abonó la cuenta y abandonó el lugar encaminando sus pasos hacia la posada, que le habían recomendado.
Estaba revestida toda en madera dándole un aspecto muy lugareño y acogedor. Su letrero en latón decorado con un enorme blasón atrajo la atención de Jorg.  Y cuando empujó la puerta se dio cuenta que volvía a encontrarse en un sitio extraído de algún cuento de los hermanos Grimm. Un lugar acogedor y ricamente engalanado con cuadros y emblemas del país. La mesas  presentaban un orden y una pulcritud exquisita. Con un pequeño jarrón del que sobresalía una flor, que dotaba de colorido a ésta. Tomó asiento mientras una linda muchacha de cabellos oscuros y ojos claros se dirigía a él. Le pidió un lugar para comer y ella le indicó que eligiera cualquier mesa. Ocupó la primera que quedaba justo a su lado y se sentó a esperar a pedir la comida. La carta, estaba situada sobre la propia mesa y tras echarle un rápido vistazo, se decantó por comida típica de aquel lugar.
         Degustó aquel delicioso plato acompañado de la típica cerveza. Después de lo cual pidió un café. Mientras sorbía éste muy despacio en su mente se agolpaban de nuevo las palabras del camarero francés: “Después de comer diríjase a la taberna de enfrente. Espere pacientemente y verá algo que jamás ha visto”. No sabía a qué se estaba refiriendo, pero dada la intriga que rodeaba a este acontecimiento se dedicó a sorber con lentitud su café. A los pocos minutos la taberna comenzó a quedarse vacía de gente, incluidos los que trabajaban en ésta. 
          - ¿Vas a escuchar al señor Wolfgaungsen? –le preguntó la camarera sorprendida por la calma que demostraba el joven Jorg.
             - ¿Cómo dices? –replicó sin entender muy bien el significado de aquella invitación.
            - Te preguntaba si ibas a acercarte a escuchar al dueño de la taberna –le dijo indicándole con la mano el lugar .- Hoy le toca a él narrar una historia.
        Jorg se quedó pensativo, y se levantó de su asiento de manera dubitativa mientras lanzaba fugaces miradas a la muchacha.  Con paso torpe se dirigió hacia la puerta recelando de las indicaciones de la camarera. ¡Era la segunda vez que le recomendaban el lugar!. Picado por la curiosidad y el hecho de que aún tenía tiempo siguió decidió hacerle caso. Y aún más cuando pudo comprobar que ella también parecía irse, decidió seguir sus consejos.
            - ¿Tú también te marchas? –le preguntó contrariado porque abandonara su trabajo.
        - Sí. Cuando llega la hora del cuento todo el pueblo acude a la taberna –le explicó con toda naturalidad.
            Con cada minuto que pasaba, más intrigado y expectante se sentía por descubrir que era lo que sucedía en aquel lugar.
Abandonó la posada junto con la muchacha, quien le sonreía mientras lo miraba con el rabillo de su ojo. Jorg percibió que el día se había vuelto más gris, y que el cielo se había cubierto de espesas nubes; por fortuna no hacía nada de frío. Abrió la puerta de la taberna y sonriendo a la muchacha la dejó pasar, para posteriormente  adentrarse en el lugar al que todos acudían a esa hora.
La taberna estaba tan concurrida que no parecía que hubiera ni un solo sitio libre. Cuando se dio cuenta, la muchacha había desaparecido misteriosamente de su lado. Centró su atención en un  espacioso salón presidido por una amplia chimenea en la que ardían varios tizones, y que arrojaban su calor a toda la estancia. También había varias sillas y tajos de madera diseminados en torno a un mesa redonda, a la que había sentado un hombrecillo de pelo cano, que en ese preciso instante se limpiaba sus gafas. Vestía con ropas sencillas y estaba por apostar a que era un lugareño de Bacharach. El hombre tomó un sorbo de una copa que contenía un líquido transparente, y tras aclararse la garganta encendió su pipa de madera, cruzó las piernas y se dejó caer sobre el respaldo de la mecedora, en la que estaba cómodamente sentado. Durante unos segundos se hizo un silencio sólo semejante al momento en el que llega la noche y todo el mundo duerme. Hasta que la voz potente y grave del hombre lo rompió como si de un trueno se tratara.
- La historia que voy a relataros tiene relación con el castillo de Sooneck y con ciertos acontecimientos que sucedieron en éste hace ya bastante tiempo.
Jorg dedujo que aquel hombre que se dirigía a la audiencia debía ser el señor Wolfgaungsen, dueño de la taberna. Entrecerró los ojos y se acomodó junto a una ventana dispuesto a escuchar lo que tenía que contar.

Siebold era uno de los barones más déspotas y despiadados de todos los que habitaban en estas tierras. Vivía en su castillo de Sooneck, arrebatado a su anterior dueño, y donde con frecuencia ofrecía fiestas a todos sus más allegados. En éstas uno podía contemplar a las más hermosas mujeres y los más gallardos caballeros compartir la mesa del anfitrión. La música se dejaba escuchar de fondo, mientras el vino fluía de copa en copa sin detenerse en ningún instante. En una de esas innumerables fiestas, el señor de Sooneck se levantó de su asiento para dirigirse a sus invitados:
- Nobles damas y apuestos nobles, después de haber comido y bebido, yo, vuestro anfitrión, quiero entreteneros con algo que nunca antes habéis contemplado. Se trata del animal más feroz y peligroso de estos parajes, y al que por fortuna, he conseguido dar caza, y ahora tengo encerrado en las mazmorras de mi castillo, y que antes fue de su propiedad.
Aquellas palabras provocaron que las damas buscaran refugio tras los valientes caballeros, quienes gustosamente las recibieron entre sus brazos, mientras miraban a su anfitrión con sorpresa. En ese momento las puertas del salón se abrieron de par en par y un hombre en harapos fue introducido en éste por dos sirvientes. El pelo y la barba se confundían en uno solo.
Los comentarios se elevaron como un susurro. Como el viento cuando acaricia las hojas de los árboles. Todos los ojos se clavaron en aquel hombre de aspecto tenebroso. Con los cabellos grises y enmarañados al igual que su barba, la cual le llegaba hasta la mitad de su pecho. Movía la cabeza de un lado a otro como si estuviera preso de un ataque de nervios.  Y cuando éste alzó sus ojos, se percataron que estaba ciego.
La voz del señor del castillo se elevó por encima de los comentarios de los invitados.
- Encantadoras damas, y valientes caballeros, os presento al mejor arquero del Rin, Hans Veit de Fúrsteneck. Como todos sabéis el anterior inquilino de este castillo –explicó con un tono de ironía mientras abría sus brazos abarcando el gran salón del mismo.
- Eres un traidor Siebold –bramó el hombre ciego.- Este castillo ha pertenecido a mi linaje durante siglos.
- Nuestro querido Hans – continuó Siebold sin hacer caso a las palabras del ciego-  estaba lejos de estas tierras. Y fue entonces cuando yo reclamé mis derechos sobre el castillo.
- Te aprovechaste de mi ausencia en las Cruzadas para robarme –le espetó entre dientes mientras los invitados sentían la furia de Hans, quien se revolvía como una fiera enjaulada entre los brazos de los que lo tenían apresado.
- Sólo hice lo que me correspondía por derecho, hermanastro –le dijo pronunciando aquella palabra con toda intención.
- Nuestro padre nunca te reconoció.
- Exacto –le dijo sujetándolo por los cabellos mientras levantaba su cabeza para mirarlo fijamente- Siempre fui el bastardo. Pero eso ya no me preocupa. Un día él y yo nos encontramos en una lucha a vida o muerte. Y él perdió –explicó a los allí presentes mientras lo señalaba con su dedo acusador.
- Lo único que hice fue reclamar lo que era mío –chilló enfurecido mientras recordaba aquel trágico día.- Me tendiste una trampa.
- ¿Una trampa dices? –le preguntó Siebold contemplando sorprendido.
- Tus hombres me rodearon como a un perro herido. Con mi armadura hecha trizas, herido y derrotado me postré delante de ti aguardando a que me dieras el golpe de gracia –comenzó diciendo el prisionero, cuya voz parecía salir de una caverna.
- Sentí lástima por él –dijo el señor del castillo.- De manera que ordené que lo dejaran ciego. De este modo ya no podría ser llamado el mejor arquero del Rin, apelativo que se había ganado antes de acudir a las Cruzadas.
- Mi ceguera será tu muerte –dijo de repente el arquero.
- Admite que fue un gesto de caballerosidad. La misma que aún pervive en Sooneck.  Mis sirvientes me han informado que incluso ciego, puedes guiarte sólo por los sonidos, y acertar en el blanco. Si eres capaz de hacerlo te concederé la libertad.
Los aplausos invadieron el salón por completo. Los invitados estaban expectantes ante tal acontecimiento.”

En este punto Wolfgaungsen hizo un alto en su narración para beber de su taza, y mantener así el suspense por unos minutos más. Mientras, la audiencia permanecía expectante y ansiosa por conocer el desenlace de la historia, incluido Jorg. Había que  admitir que aquel hombre poseía el don de captar la atención de la gente desde la primera palabra, y conseguir que nadie respirara durante la narración. Por un momento Jorg desvió su mirada de aquel hombre que narraba la historia y sus ojos se cruzaron con los de la joven camarera de la posada. No estaba sentada muy lejos de él, lo cual le permitió contemplar sin reparo, y libremente su rostro. Su tez blanca y tersa a la tenue luz de las lámparas diseminadas por la taberna la hacía parecer más blanca pese a sus mejillas encendidas. Sus ojos titilaban por la emoción del relato, sus cabellos ocultaban un aparte de ella como si quisieran dotarla de un halo de misterio. El mismo que envolvía la narración de aquel hombre. Su voz se dejó escuchar de nuevo sacando a Jorg de su ensoñación.

         – La muerte me es más apreciada que la propia vida –le dijo el arquero mientras asía con firmeza la ballesta, que le tendía una sirviente. Nadie pudo contemplar el brillo de emoción que iluminó su pecho en ese mismo instante que sentía las formas de la ballesta entre sus manos.
Los invitados permanecían mudos y expectantes en un rincón del salón. El señor de Sooneck tomó una copa y ordenó al prisionero que disparara contra ésta cuando escuchara la orden. Al momento un sonido metálico le indicó que lo hiciera. Pero el arquero no se inmutó. El señor de Sooneck se sintió desobedecido y burlado. En un arrebato de furia gritó:
- ¡Dispara!
Al momento la flecha entró por su boca y atravesó su garganta. Con un último gruñido, el señor de Sooneck se derrumbó en mitad del salón del castillo. El silencio sepulcral invadió a los presentes, quienes ahora contemplaban al arquero con los rostros cenicientos por el temor a moverse y ser ellos la siguiente victima. El arquero inclinó la cabeza y respiró aliviado. Al momento comenzó a moverse en dirección a la puerta, mientras los invitados huían como bandadas de cuervos. Sólo permanecieron los sirvientes del señor de Sooneck para recoger su cuerpo y enterrarlo.”

El silencio se hizo en todo el salón. Nadie se atrevía a moverse, ni a decir una sola palabra. Era como si todos estuvieran inmersos en una especie de hechizo mágico. Ni siquiera Jorg. Y de pronto, un clamor semejante a una tormenta estalló. Aplaudieron con enormes ganas la narración del señor Wolfgaungsen, quien tímidamente saludó al público. Pasados unos minutos Jorg comenzó a caminar aún preso de esa sensación de paz y magia que envolvía la taberna de Bacharach.  Se volvió para  encontrarse con el hombre, que regentaba la cafetería primera en la que se había parado. Lo miraba con una sonrisa en sus labios.
          - ¿Qué le ha parecido el señor Wolfgaungsen? –le preguntó deseoso de conocer su respuesta.
          - No sé qué puedo decir... –balbuceó nervioso.
          - Ya le dije que no vería nada igual en otro sitio. ¿No es cierto? –le preguntó enarcando sus cejas esperando que le diera la razón.
           - Cierto.
           - Mañana puede volver si lo desea.
           - ¿Mañana? –repitió Jorg confundido.
         - Sí, y pasado, y el siguiente. Todas las tardes nos reunimos a esta hora para escuchar una cuento. Este lugar atesora una riqueza de leyendas e historias sin igual.
           - ¿Y ese hombre es el encargado de relatarlos? –le preguntó un sorprendido Jorg.
           - No.
           - ¿Ah no? –le pregunté mirándolo con gesto de sentirme sorprendido.
          - No. Además del señor Wolfgaungsen, otros habitantes del pueblo poseen el don de relatar las historias más fabulosas jamás antes conocidas.
            En un acto reflejo Jorg consultó su reloj y se dio cuenta que había perdido el tren en dirección  a Frankfurt.
            - ¿Le sucede algo?.
            - Creo que he perdido el último tren que me debía llevar de vuelta a Frankfurt.
            - Bueno, no importa amigo. Mañana puede tomar otro.
            - Mañana –murmuró Jorg algo confuso.- Sí claro, mañana. ¿Y donde pasaré la noche?.
          - No se preocupe. Puede pedir una habitación en la posada donde ha comido. Venga conmigo –le dijo abriéndose paso hacia la barra donde un hombre de gran estatura estaba apoyado en esos momentos.
            - Heinrich –llamó su  anfitrión mientras saludaba a un corpulento hombre.
          - Ah, Francois. ¿Qué se te ofrece? –le preguntó posando su mano sobre el hombro de éste en claro gesto de cordialidad.
         - Este viajero ha perdido el tren para Frankfurt –comenzó diciendo mientras se volvía hacia Jorg.- Me gustaría saber si puedes alojarlo en tu posada.
            - Pues claro –asintió éste estrechándole la mano.- ¿Cómo te llamas,  muchacho?.
            - Jorg.
           - Muy bien Jorg, soy Heinrich. Pero, ¿no has estado comiendo allí? –le preguntó mirándolo con los ojos entrecerrados.
            - Sí. Precisamente vengo de allí.
- Entonces ya sabes donde queda. Le diré a mi hija que te aloje. Espera aquí –le dijo mientras desaparecía dejándolo a solas con Francois. A los pocos minutos regresó acompañado de la muchacha que le había servido la comida. Sus miradas volvieron a cruzarse por unos segundos y una especie de fogonazo iluminó su mente.- Si tienes la amabilidad de seguir a Ingrid. Ella te dará una habitación.
- Muy amable –dijo Jorg estrechando la mano de Heinrich, quien asintió y volvió a su conversación con los demás clientes de la taberna.
- ¿Vienes? –le preguntó la muchacha que respondía al nombre de Ingrid.
Algo intimidado o sorprendido por el rápido desarrollo de los acontecimientos, Jorg se dispuso a abandonar la taberna para regresar de vuelta a la posada.
            - Te dejo en buenas manos muchacho –le dijo Francois sonriendo mientras Jorg se marchaba, pero al momento sintió que algo tiraba de su brazo. Se giró para descubrir al francés aferrado a éste.- Y no tengáis prisa por dejarnos.             
       Sonrió sin saber qué responderle y se dirigió hacia la muchacha, quien lo aguardaba pacientemente en la puerta con una enigmática sonrisa. Por ahora no podía hacer otra cosa que permanecer aquella noche en el pueblecito, y partir al día siguiente seguir su camino. Pero en su mente aún resonaba las palabras y la figura del señor Wolfgaungsen, quien con su historia lo había tenido tan absorto, hasta tal punto que no se dio cuenta de que la hora del último tren había pasado. Salió a la calle y tras cruzar la carretera llegó a la posada.
            - ¿Te ha gustado el relato? –le preguntó Ingrid mientras entraba en la posada.
            - Me pareció bastante interesante –respondió sin saber qué decir.
           - Bien, vamos a ver –murmuró mientras rodeaba el mostrador de la entrada y tomaba una llave.- Ten. No hay mucha gente alojada en la posada en estos días. La habitación está en el primer piso –dijo indicando con su mano a éste.- El desayuno se sirve a las ocho. Me dices tu nombre.
            - Jorg –respondió mientras ella lo anotaba en un libro de huéspedes y después lo volvía hacia él para que firmara.- ¿Quieres que te pague ahora? –le preguntó mientras dejaba la bolsa de viaje en el suelo y firmaba.
       - Es mi padre, con quien debes hablar. Luego cuando regrese –le explicó la muchacha depositando la llave en la palma de su mano.
            Jorg sonrió agradecido mientras no dejaba de contemplar el hermoso rostro de la joven. Subió el tramo de escaleras hasta su habitación. Era sencilla pero elegante. Acogedora. Se asomó a la ventana que daba a la calle principal, y su mente se llenó con el relato del tabernero Wolfgaungsen; pero también con la imagen de Ingrid. Abandonó su habitación a media tarde. Poco antes de cenar. Volvió a ver a Ingrid y sonrió agradecido cuando ésta le sirvió la cena. Luego se sentó en la sala de estar al calor de la chimenea y contempló como la noche avanzaba en aquel pueblo del valle del Rin. Aquella noche durmió plácidamente imaginándose la historia del arquero ciego. No sabía porqué, pero sabía que nunca olvidaría esa tarde y aquella taberna de Bacharach la cual sería parte indispensable en su vida.      

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